8

 

Mientras el otoño avanzaba y las hojas se ponían rojizas y doradas, la aventura amorosa entre Jonathan y Sophia Jacobs no decayó. Durante aquellos meses, mis encuentros con Jonathan fueron más escasos que nunca y dolorosamente breves. Aunque la culpa no era toda de Sophia —tanto Jonathan como yo teníamos obligaciones que nos quitaban tiempo—, yo la culpé a ella de todo. ¿Qué derecho tenía a acaparar tanto su atención? A mi modo de ver, ella no merecía su compañía. Su peor pecado era estar casada, y al continuar aquella relación estaba forzando a Jonathan a faltar a la moral cristiana. Lo estaba condenando al infierno junto con ella.
Pero las razones para no merecerlo no acababan ahí. Sophia distaba mucho de ser la chica más guapa del pueblo; según mis cuentas, había por lo menos veinte chicas de edad aproximada que eran más guapas que ella, aun excluyéndome yo de ese grupo por razones de modestia. Además, ella no tenía ni la posición social ni la riqueza necesarias para ser una compañía adecuada para un hombre de la categoría de Jonathan. Sus habilidades domésticas eran deficientes: su costura era pasable, pero los pasteles que llevaba a las reuniones de la iglesia eran pesados y estaban mal cocidos. Sophia era lista, no cabía duda, pero si alguien debía elegir a la mujer más inteligente del pueblo, su nombre no sería de los primeros que le vendrían a la mente. Así que ¿en qué se basaba exactamente para reclamar a Jonathan, quien solo debía tener lo mejor?
Hilé el lino de finales del verano pensando en aquella extraña situación, maldiciéndole por ser inconstante. Al fin y al cabo, aquel día en el campo de McDougal, ¿no había dicho que se pondría celoso si yo me enredara con otro chico del pueblo? Y sin embargo, estaba cortejando en secreto a Sophia Jacobs. Una muchacha menos enamorada habría sacado conclusiones de su conducta, pero yo no lo hice, prefiriendo creer que Jonathan aún me elegiría a mí si conociera mis sentimientos. Los domingos, después del oficio religioso, vagabundeaba sola lanzando miradas no correspondidas en dirección a Jonathan, con la esperanza de decirle lo mucho que le deseaba. Recorrí los caminos que llevaban a la casa de los Saint Andrew preguntándome qué estaría haciendo Jonathan en aquel momento, y soñaba despierta intentando imaginar la sensación de las manos de Jonathan en mi cuerpo, cómo sería estar apretada bajo él, comida a besos. Me sonroja pensar en lo inocente que era entonces mi concepto del amor. Tenía una idea virginal del amor, como si fuera algo casto y cortés.
Sin Jonathan, estaba sola. Era una anticipación de lo que iba a ser mi vida cuando Jonathan se casara y se ocupara del negocio de su familia... y yo estuviera casada con otro. Los dos quedaríamos cada vez más encerrados en nuestros pequeños mundos y nuestros caminos estaban destinados a no cruzarse más. Pero aquel día aún no había llegado... y Sophia Jacobs no era la esposa legítima de Jonathan. Era una entrometida que pretendía adueñarse de su corazón.
Un día, justo después de las primeras heladas, Jonathan fue a verme. Qué diferente se le veía, como si hubiera envejecido años. Tal vez fuera solo que la alegría de su porte había desaparecido; parecía serio, muy adulto. Me encontró en el henar con mis hermanas, recogiendo los últimos restos del heno dejado a secar durante el verano y metiéndolos en el granero, donde guardábamos la alfalfa que alimentaría a las vacas durante el largo invierno.
—Deja que te ayude —dijo, bajando de un salto de su caballo.
Mis hermanas, vestidas como yo con ropas viejas y pañuelos atados a la cabeza para sujetar el pelo, le miraron de reojo y soltaron unas risitas.
—¡No seas ridículo! —Miré su fina casaca de lana y sus pantalones de piel de cierva. Apalear heno es un trabajo desagradable y sudoroso. Además, yo todavía estaba dolida por su deserción y me dije que no quería saber nada de él—. Solo dime qué te ha traído aquí.
—Me temo que mis palabras son solo para ti. ¿Podemos al menos apartarnos un poco? —preguntó, y saludó con la cabeza a mis hermanas para mostrar que no pretendía faltarles al respeto.
Tiré mi horquilla al suelo, me quité los guantes y empecé a caminar en dirección al bosque.
El iba a mi lado, conduciendo su caballo con la rienda floja.
—Bueno, hace bastante que no nos vemos, ¿eh? —empezó, de un modo poco convincente.
—No tengo tiempo para cortesías —le dije—. Tengo trabajo que hacer.
Él abandonó por completo su pretexto.
—Ah, Lanny, nunca he podido engañarte. He echado de menos tu compañía, pero no es por eso por lo que he venido aquí hoy. Necesito tu consejo. No se me da bien juzgar mis propios problemas y tú siempre parece que ves las cosas claras, se trate de lo que se trate.
—Puedes dejar de intentar halagarme —dije, limpiándome la frente con una manga sucia—. No soy el rey Salomón. Hay en el pueblo personas mucho más inteligentes a las que podrías recurrir, así que el hecho de que hayas venido a mí significa que tienes algún tipo de problema que no te atreves a comentar con nadie más. Vamos, suéltalo. ¿Qué has hecho esta vez?
—Tienes razón. No puedo acudir a nadie más que a ti. —Jonathan volvió su bello rostro hacia otro lado, avergonzado—. Es Sophia. Eso ya lo habrás adivinado, seguro, y sé que el suyo es el último nombre que querrías oír...
—No tienes ni idea —murmuré, enrollándome la cintura de la falda para que no rozara el suelo.
—La nuestra ha sido una relación bastante feliz durante estos meses, Lanny. Nunca lo habría imaginado. Somos tan diferentes... Y sin embargo, he llegado a disfrutar inmensamente con su compañía. Tiene una mentalidad abierta y no le da miedo explicarse. —Hablaba sin darse cuenta de que yo me había detenido en seco, con la boca abierta. ¿No le había contado yo todo lo que me pasaba por la cabeza? Bueno, tal vez no se lo había contado todo en algunas cuestiones, pero ¿no habíamos conversado como iguales, como amigos? Era desquiciante que la conducta de Sophia le pareciera tan singular y notable—. Y es aún más extraordinario si consideramos la familia de la que procede. Cuenta unas cosas de su padre: que es borracho y jugador, que pega a su mujer y a sus hijas...
—Tobey Ostergaard —dije yo. Me sorprendía que Jonathan no conociera la mala reputación de Tobey, pero aquello solo demostraba lo aislado que estaba del resto del pueblo. Los problemas de Ostergaard eran bien conocidos. Nadie tenía buena opinión de él como padre y cabeza de familia. Tobey era mal granjero y cavaba tumbas los fines de semana para ganar dinero extra, que solía gastar en bebida—. Su hermano se escapó de casa hace un año —le dije a Jonathan—. Se peleó con su padre y Tobey le pegó en la cara con la pala de cavar tumbas.
Jonathan parecía sinceramente horrorizado pensando en Sophia.
—Esa infancia tan violenta ha endurecido a Sophia, y sin embargo no se ha vuelto insensible ni amargada, ni siquiera después de su deplorable matrimonio. Lamenta mucho haber accedido al casamiento, sobre todo ahora que... —No concluyó la frase.
—Ahora que... ¿qué? —quise averiguar, con el miedo atenazándome la garganta.
—Me ha dicho que está embarazada —soltó Jonathan, volviéndome la espalda—. Jura que el niño es mío. No sé qué hacer.
Su expresión era una máscara de terror y, sí, de aprensión por tener que contarme aquello. Le habría abofeteado si no fuera tan evidente que en realidad no deseaba hacerme daño. Aun así, yo quería echárselo en cara: había estado tonteando con aquella mujer durante meses. ¿Qué esperaba? Tenía suerte de que no hubiera ocurrido antes.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
—Sophia lo ha dejado claro. Quiere que nos casemos y criemos al niño juntos.
Una risa amarga brotó de mis labios.
—Debe de estar loca. Tu familia jamás lo permitirá.
Me dirigió una mirada fugaz e irritada que me hizo arrepentirme de mi estallido. Lo intenté de nuevo en un tono más conciliador.
—¿Qué es lo que tú quieres hacer?
Jonathan meneó la cabeza.
—Te lo aseguro, Lanny, no sé qué pensar de este asunto.
Pero yo no estaba segura de creerle. Algo en su tono de voz me decía que ocultaba pensamientos que no se atrevía a expresar. Parecía muy cambiado respecto al Jonathan que yo conocía, el granuja que tenía planeado permanecer sin ataduras el mayor tiempo posible.
Si tan solo supiera lo mucho que me afectaba su problema... Por una parte, parecía tan desdichado y tan incapaz de ver claro el camino que me daba pena. Por otra parte, mi orgullo escocía como la piel recién desollada. Di vueltas a su alrededor, con un puño apretado contra los labios.
—Bueno, vamos a pensar en ello con claridad. Seguro que sabes tan bien como yo que hay remedios para este tipo de situaciones. Tiene que ir a ver a la comadrona... —Me acordé de Magda; seguro que ella sabía cómo ocuparse de aquella desgracia, que siempre era una posibilidad en su trabajo—. He oído que con una tintura de hierbas o con algún otro método puede resolverse el problema.
Ruborizado, Jonathan negó con la cabeza.
—Ella no quiere. Desea tener el niño.
—¡Es que no puede! Sería una locura proclamar de ese modo su mala acción.
—Si portarse así es un signo de locura, entonces es verdad que no está en su sano juicio.
—¿Y qué me dices de... tu padre? ¿No has pensado en pedirle consejo a él? —La sugerencia no era del todo disparatada. Charles Saint Andrew tenía fama de acosar a sus sirvientas y probablemente se había encontrado en la situación de Jonathan una o dos veces.
Jonathan resopló como un caballo arisco.
—Supongo que tendré que decírselo al viejo Charles, aunque no me entusiasma la idea. Él sabrá qué hacer con Sophia, pero me da miedo el posible resultado.
Aquello quería decir, supuse yo, que Charles obligaría a su hijo a cortar todos los lazos con Sophia y, con niño o sin niño, no se volverían a ver. O peor aún, podría insistir en contárselo a Jeremiah, y este quizá solicitara el divorcio de su adúltera esposa e iniciara un proceso contra Jonathan. También cabía la posibilidad de que extorsionara a los Saint Andrew, accediendo a criar al niño como propio si se le pagaba por su silencio. No se podía saber qué ocurriría una vez que Charles Saint Andrew interviniera.
—Querido Jonathan... —murmuré, rebuscando en mi mente para encontrar un consejo que darle—. Lamento tu desgracia. Pero antes de que acudas a tu padre, déjame que me lo piense un día. Puede que se me ocurra una solución.
—Queridísima Lanny... —dijo él, mirando por encima del hombro hacia mis hermanas, que en ese momento estaban ocultas de nuestra vista detrás de un montón de heno—. Como siempre, eres mi salvación.
Antes de que pudiera darme cuenta, me agarró por los hombros y me atrajo hacia él, casi levantándome de puntillas, para besarme. Pero no fue un besito fraternal; lo forzado de su beso era un recordatorio de que podía utilizar mi deseo a voluntad, de que yo era suya. Me apretó con fuerza contra él, pero también él temblaba; los dos estábamos jadeando cuando me soltó.
—Eres mi ángel —susurró con voz ronca en mi oído—. Sin ti, estaría perdido.
¿Sabía lo que hacía al decirle aquellas cosas a alguien desesperadamente enamorada de él? Aquello hizo que me preguntara si se proponía involucrarme para que me ocupara de aquel desagradable asunto suyo, o si simplemente había acudido en busca de apoyo moral a la única chica de la que podía estar seguro de que le amaría hiciera lo que hiciera. Me gustaba pensar que una parte de él me amaba de un modo tan puro y que lamentaba haberme decepcionado. La verdad es que no puedo decir que conociera entonces las verdaderas intenciones de Jonathan; dudo que lo supiera él mismo. Al fin y al cabo, era un joven que se veía en un grave apuro por primera vez; es posible que Jonathan se hiciera la ilusión de que, si Dios podía perdonarle su pecado, él se enmendaría y se daría por satisfecho con una chica que le amaría ciegamente.
Volvió a subir a la silla y saludó cortés con la cabeza a mis hermanas antes de hacer que su caballo diera la vuelta en dirección a su casa. Y antes de que hubiera llegado al borde del campo y desapareciera de mi vista, se me ocurrió una idea, porque yo era una chica lista, y nunca me concentraba más que cuando se trataba de Jonathan.

 

Decidí visitar a Sophia al día siguiente y hablar con ella en privado. A fin de que no se notara mi ausencia, esperé hasta después de encerrar a nuestras gallinas en el gallinero para que pasaran la noche, antes de emprender el camino hacia la granja de los Jacobs. Su finca era mucho más tranquila que la nuestra, principalmente porque tenían menos ganado y porque solo estaban el marido y la mujer para encargarse de todas las tareas. Entré a hurtadillas en el establo, con la esperanza de no encontrarme con Jeremiah y sí con Sophia, y efectivamente la encontré encerrando tres corderos mugrientos en un pesebre para pasar la noche.
—¡Lanore! —Se sobresaltó y se llevó las manos al corazón.
Sophia iba ligera de ropa para estar fuera, con solo un chal de lana sobre los hombros en lugar de una capa que la resguardara del frío. Tenía que estar enterada de mi amistad con Jonathan, y Dios sabía lo que él le habría contado de mí (aunque puede que yo fuera una tonta al creer que pensaba en mí cuando no estaba conmigo). Me dirigió una mirada gélida, sin duda preocupada por la razón de mi visita. Yo debía de parecerle una niña, aunque solo era unos años más joven, dado que aún no estaba casada y todavía vivía bajo el techo de mis padres.
—Perdona que venga a verte sin avisar, pero tenía que hablar contigo a solas —dije, mirando por encima del hombro para asegurarme de que su marido no andaba cerca—. Hablaré claramente, ya que no hay tiempo para sutilezas. Creo que sabes de qué he venido a hablar contigo. Jonathan me lo ha contado...
Se cruzó de brazos y me obsequió con una mirada desafiante.
—Conque te lo ha contado, ¿eh? ¿Tenía que presumir ante alguien de haberme dejado embarazada?
—¡Nada de eso! Si crees que le alegra que vayas a tener un niño...
—Un niño suyo —insistió—. Y ya sé que no le alegra.
Entonces supe por dónde atacar. Había estado pensando en lo que le diría a Sophia desde el momento en que Jonathan se había alejado cabalgando el día anterior. Jonathan había acudido a mí porque necesitaba a alguien que fuera implacable con Sophia en su nombre. Alguien que pudiera dejarle clara la debilidad de su posición. Sophia sabría que yo comprendía a qué se enfrentaba; así habría menos espacio para conjeturas y para apelar a las emociones. Me aseguré a mí misma que no estaba haciendo aquello porque odiara a Sophia, ni por resentimiento de que hubiera ocupado mi lugar en la vida de Jonathan. No, yo conocía a Sophia y sabía lo que era. Estaba salvando a Jonathan de la trampa de aquella bruja astuta.
—Con el debido respeto, tengo que preguntarte qué pruebas tienes de que el niño es de Jonathan. Solo contamos con tu palabra y... —Hice una pausa, dejando que mi insinuación quedara flotando en el aire.
—¿Es que ahora eres la abogada de Jonathan? —Se puso colorada cuando yo no mordí el anzuelo—. Sí, tienes razón, podría ser de Jeremiah o de Jonathan, pero yo sé que es de Jonathan. Lo sé. —Se rodeó el vientre con las manos aunque aún no mostraba ninguna señal de embarazo.
—¿Esperas que Jonathan arruine su vida porque tú afirmas que estás segura?
—¡¿Arruinar su vida?! —chilló—. Y mi vida, ¿qué?
—Eso, y tu vida, ¿qué? —dije, irguiéndome tanto como pude—. ¿Has pensado en lo que ocurrirá si acusas públicamente a Jonathan de ser el padre de tu hijo? Lo único que conseguirás será que todos sepan que eres una perdida...
Sophia resopló, girando sobre sus talones para alejarse de mí, como si no pudiera soportar oír una palabra más.
—...Y él lo negará todo. Negará que pueda ser el padre del niño. ¿Y quién te creerá a ti, Sophia? ¿Quién creerá que Jonathan Saint Andrew decidió tontear contigo cuando podía elegir entre todas las mujeres del pueblo?
—¿Que Jonathan me va a negar? —preguntó, incrédula—. No gastes más aliento, Lanore. No me vas a convencer de que mi Jonathan me negaría.
«Mi Jonathan», había dicho. Me ardieron las mejillas, se me aceleró el corazón. No sé de dónde saqué el descaro para soltarle a Sophia todas las maldades que le dije a continuación. Era como si hubiera otra persona oculta dentro de mí, con cualidades que yo no poseía ni en sueños, y esa persona oculta hubiera sido conjurada de mi interior con la misma facilidad con que se conjura al genio de una lámpara. Estaba ciega de rabia; lo único que sabía era que Sophia estaba amenazando a Jonathan, amenazando con arruinar su futuro, y yo jamás permitiría que alguien le hiciera daño. Él no era su Jonathan, era mío. Yo lo había reclamado años atrás en el vestíbulo de la iglesia, y por tonto que pueda parecer, aquel sentido de posesión germinó en mí y arraigó con fuerza.
—Serás el hazmerreír de todos: la mujer más vulgar de Saint Andrew asegurando que el hombre más deseado del pueblo es el padre de su hijo, y no el patán de su marido. El patán al que ella desprecia.
—Pero es que es hijo suyo —dijo ella, desafiante—. Jonathan lo sabe. ¿No le importa lo que pueda sucederle a la carne de su carne?
Callé un instante al sentir una punzada de culpabilidad.
—Hazte un favor, Sophia, y olvídate de tu alocado plan. Tienes un marido. Dile que el niño es suyo. Le alegrará la noticia. Seguro que Jeremiah quiere tener hijos.
—Los quiere, pero hijos suyos —masculló ella—. No puedo mentirle a Jeremiah acerca de la paternidad del niño.
—¿Por qué no? Sin duda le has mentido acerca de tu fidelidad —dije sin la menor compasión. Su odio era tan evidente en aquel momento que pensé que podía atacarme como una serpiente.
Había llegado el momento de clavarle la estaca en el corazón. La miré de arriba abajo con los ojos entornados.
—¿Sabes? El castigo por adulterio para la mujer, si está casada, es la muerte. Esta es todavía la postura de la Iglesia. Piensa en ello, si insistes en seguir adelante con tu decisión. Te cavarás tu propia tumba.
Era una amenaza sin fundamento: ninguna mujer sería condenada a muerte por ser adúltera en Saint Andrew, ni en ningún pueblo fronterizo donde las mujeres en edad de tener hijos eran escasas. El castigo para Jonathan, si por improbables circunstancias los vecinos decidían que era culpable, sería pagar el impuesto de bastardía y tal vez sufrir el ostracismo durante algún tiempo por parte de algunos de los más beatos del pueblo. Sin ninguna duda, Sophia cargaría con la mayor parte del peso.
Sofía daba vueltas en círculos como si buscara atormentadores invisibles.
—¡Jonathan! —exclamó, aunque no lo bastante alto para que su marido la oyera—. ¿Cómo puedes tratarme así? Esperaba que te comportaras honorablemente. Pensé que esa era la clase de hombre que eras. Y en cambio... —Me lanzó otra mirada venenosa a través de las lágrimas—. Me envías a esta víbora para que haga el trabajo sucio por ti. No creas que no sé por qué haces esto —masculló, señalándome con el dedo—. Todo el pueblo sabe que estás enamorada de él, pero que él no te quiere. Tienes celos, te lo digo yo. Jonathan nunca te enviaría a tratar conmigo de esta manera.
Yo me había preparado para mantener la calma. Me alejé unos pasos de ella arrastrando los pies, como si estuviera loca o fuera peligrosa.
—Pues claro que él me ha enviado a verte. Si no, ¿cómo iba a saber yo que estás embarazada? Ha desistido de hacerte entrar en razón y me ha pedido que hable contigo, de mujer a mujer. Y como mujer, te digo: sé lo que te propones. Te estás sirviendo de su tropiezo para mejorar tu suerte, para cambiar a tu marido por alguien importante. Puede que ni siquiera estés embarazada. Yo te veo igual que siempre. En cuanto a mi relación con Jonathan, tenemos una amistad especial, pura y casta... y más fuerte que la de un hermano y una hermana, aunque no espero que tú comprendas esto —dije altivamente—. No pareces capaz de entender que exista una relación con un hombre que no implique levantarte la falda. Piensa bien en ello, Sophia Jacobs. Es tu problema, y la solución está en tus manos. Elige el camino más fácil. Dale a Jeremiah un hijo. Y no te vuelvas a acercar a Jonathan. Él no quiere verte —terminé con firmeza, y salí del establo.
Por el camino de regreso a casa iba temblando de miedo y de triunfo, ardiendo de nerviosismo a pesar del aire frío. Había hecho acopio de todo mi valor para defender a Jonathan y lo había hecho con una determinación que no sabía que poseía. Pocas veces había alzado la voz y nunca me había impuesto de manera tan vehemente sobre nadie. Saber que poseía aquel poder interior asustaba, pero también era una revelación excitante. Volví a casa atravesando el bosque, exultante y sonrojada, convencida de que podía hacer cualquier cosa.