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De «El aprendiz de avatar» en El pergamino de la novena dimensión:
«Avanzando penosamente hacia la cumbre de la colina, Marmaduke buscaba el ciprés marchito que señalaba la cabaña del simbolista. Allí estaba el árbol, escuálido y solitario, muy cerca de una cabaña.
»El simbolista le dio la bienvenida. "He recorrido cien leguas —dijo Marmaduke— para formularte una sola pregunta: ¿tienen alma los colores?"
»"¿Alguien afirmó lo contrario?", preguntó el sorprendido simbolista. Alumbró una luz naranja, se recogió el borde de su vestido y bailó con gran entusiasmo. Marmaduke miraba alborozado, maravillado de ver a un anciano tan ágil.
»El simbolista hizo brotar una luz verde. Acurrucado bajo el banco hundió la cabeza entre los tobillos y se puso el vestido del revés, mientras Marmaduke aplaudía entusiasmado. El simbolista invocó la luz roja, saltó sobre los hombros de Marmaduke, lo arrastró juguetonamente al suelo y le cubrió la cabeza con el vestido. "Querido amigo —masculló debatiéndose Marmaduke—, ¡qué enérgica demostración!"
»"Lo que hay que hacer es mejor hacerlo bien —replicó el simbolista—. Me explicaré. Los colores admiten dos significados. El naranja representa la erupción de la ictericia, pero también el júbilo de un héroe agonizante.
»"El verde es la esencia de los pensamientos bien madurados y el estilo del viento del norte. El rojo, como ya hemos visto, es el acompañamiento de la exuberancia espontánea."
»"¿Y el segundo significado del rojo?", preguntó Marmaduke. El simbolista trazó un signo misterioso.
»Eso está por ver, como dijo el gato cuando le preguntaron quien había vaciado el azucarero."
»Divertido y edificado, Marmaduke se despidió, y no fue hasta llegar a mitad de la montaña cuando descubrió que le faltaba la cartera.»
Una fiesta clausuró la estancia en el Palacio del Amor. Hubo música, vapores intoxicantes y una compañía de bailarines procedente de los pueblos. Las parejas formadas durante aquellos días se enfrascaron en tristes conversaciones o se permitieron un último estallido de frenética pasión. Otros se sentaban en silencio, abandonados a sus pensamientos, y así transcurrió la noche. Las luces se fueron apagando una a una; la gente de blanco se desvaneció en la oscuridad del jardín; los invitados tomaron el camino de sus habitaciones, solo o en la compañía que preferían.
El jardín estaba silencioso; el rocío empezó a cubrir la hierba. Un criado se dirigió a cada uno de los invitados:
—Es hora de marchar.
Sólo había una respuesta para las protestas y los ruegos:
—Éstas son nuestras órdenes. El coche aéreo espera; los que no estén a tiempo tendrán que regresar por sus propios medios a Kouhila.
Los invitados recibieron nuevos vestidos: un austero conjunto azul, negro y verde oscuro. Fueron conducidos a una zona al sur del Palacio donde aguardaba un amplio transporte. Gersen contó: estaban todos, salvo Pruitt y Drusilla. Ethuen, Mario y Tanzel se mantenían algo apartados. Si uno de ellos era Viole Falushe, regresaría al Oikumene con los demás.
Gersen avanzó unos pasos y echó un vistazo a la cabina del piloto. Helaunce se sentaba allí. Los invitados iban entrando en el vehículo.
Gersen retuvo a Navarth.
—Espere.
—¿Por qué?
—Ya se lo diré. —Tanzel y Ethuen subieron a bordo; Mario puso el pie en la escalerilla. Gersen habló con rapidez—. Suba a bordo. Provoque un alboroto. Golpee el mamparo. Chille. Hay una cerradura de emergencia entre el salón y la cabina del piloto. Fuércela. Distraiga al piloto; intente no poner nerviosos a Mario, Ethuen o Tanzel. No deben intervenir.
—¿Y para qué servirá esto? —preguntó Navarth con expresión de no comprender nada.
—No importa. Haga lo que le digo. ¿Dónde está Drusilla? ¿Dónde está Jheral Tinzy? ¿Por qué no están a bordo?
—Sí… ¿Por qué no están a bordo? Me siento verdaderamente ofendido —Navarth saltó sobre la escalerilla, apartando de un empujón a la druida Laidig—. ¡Esperen! ¡No estamos todos! ¿Dónde está Zan Zu de Eridu? No podemos marcharnos sin ella. Me niego a partir; nadie me obligará.
—Tranquilo, viejo loco —rezongó Torrace da Noss—. Pórtese bien.
Navarth se agitaba como un loco. Golpeó el mamparo y tiró de la manija de la puerta comunicadora. Helaunce abrió por fin la puerta y salió a poner orden.
—Siéntese tranquilamente, viejo. Nos vamos ahora porque es una orden. A menos que quiera hacer el camino a pie, siéntese y calle.
—Vamos, Navarth —dijo Lerand Wible—. No conseguirá nada. Siéntese.
—Muy bien —dijo Navarth—. He protestado. He hecho cuanto he podido. Me rindo.
Helaunce regresó a su puesto. Entró en la cabina del piloto y cerró la puerta. Gersen, que esperaba a un lado, le golpeó con una piedra en la cabeza. Helaunce se tambaleó, dio media vuelta vacilante v vio a Gersen a través de sus ojos velados por la sangre de la herida. Lanzo un grito inarticulado. Gersen golpeó otra vez; Helaunce se desplomó sin sentido.
Gersen tomó los mandos. El coche aéreo se elevó hacia la luz del sol naciente. Gersen cacheó a Helaunce y encontró dos proyectores, que se metió en su bolsillo. Moderó la velocidad hasta que el vehículo se limitó a flotar, abrió la portezuela y arrojó a Helaunce afuera.
Viole Falushe estaría en el salón preguntándose por qué Helaunce mantenía un curso tan peculiar. Gersen escudriñó el océano y descubrió una pequeña isla a unas veinte millas de la costa. La rodeó en círculos y, al no percibir señales de vida, aterrizó.
Saltó a tierra. Fue a la puerta del salón, la abrió y entró.
—Todo el mundo fuera. Rápido —hizo un gesto de intimidación con los proyectores.
—¿Qué significa esto? —tartamudeó Wible.
—Significa todo el mundo fuera.
—Vamos —rugió Navarth poniéndose en pie—. Todo el mundo fuera.
Los invitados fueron saliendo desconcertados. Cuando Mario llegó a la puerta, Gersen le detuvo.
—Usted quédese. Tenga cuidado y no se mueva, o le mataré.
Tanto Ethuen como Tanzel fueron obligados también a sentarse y esperar. Navarth, en el exterior, amenazaba al grupo con toda la potencia de sus pulmones:
—¡No se inmiscuyan, o lo lamentarán! ¡Es un asunto de la PCI! ¡No lo duden ni un momento!
—¡Navarth! —gritó Gersen desde el salón—. Venga a ayudarme, por favor.
Navarth se izó hasta el salón. Registró a Mario, Tanzel y Ethuen mientras Gersen vigilaba. No descubrió armas ni pista alguna que permitiera identificar a Viole Falushe. Obedeciendo las órdenes de Gersen, Navarth ató los tres hombres a las sillas utilizando fragmentos de cuerdas, tiras de tela y correas. Los prisioneros insultaban ferozmente a Gersen y preguntaban los motivos de su arresto. Tanzel era el más hablador, Ethuen el más mordaz, y Mario el más encolerizado. Todos echaban fuego por los ojos y maldecían con idéntico vigor. Gersen aceptó las observaciones con ecuanimidad.
—Me disculparé ante dos de ustedes más tarde. Esos dos, una vez demostrada su inocencia, cooperaran conmigo. Del tercero sólo espero problemas, pero estoy preparado para resolverlos.
—¡En el nombre de Jehu!, ¿Qué desea de nosotros? ¡Diga a quién busca y acabemos! —se quejó Tanzel.
—Su nombre es Vogel Filschner, también conocido como Viole Falushe.
—¿Porqué nosotros? ¡Vaya a buscarlo al Palacio!
—No es una mala idea —rió Gersen. Comprobó las ataduras de los tres hombres y las aseguró—. Navarth, siéntese allí, a un lado. Vigílelos con suma atención. Uno de ellos le arrebató a Jheral Tinzy.
—Dígame cuál.
—Vogel Filschner. ¿No lo reconoce?
—Ojalá pudiera —señaló a Mario—. Ése tiene su mirada de astucia —indicó las manos de Tanzel—. Éste es tan afectado como Vogel —se giró para inspeccionar a Ethuen—. Y éste parece amargado; está claro que se siente desgraciado.
—¡Por supuesto que me siento desgraciado! —chilló Ethuen—. ¿Cómo quiere que me sienta?
—Obsérvelos bien —dijo Gersen—. Volvemos a Palacio.
Despegó sin hacer caso de las protestas de los demás viajeros. Todo iba bien, pero… ¿qué venía a continuación? Tal vez estaba equivocado; tal vez ni Tanzel, ni Mario, ni Ethuen eran Viole Falushe. Luego reflexionó sobre las circunstancias del viaje al Palacio y descartó esta idea.
El mejor método de introducirse en los aposentos de Viole Falushe era por arriba; Gersen no tenía ganas de volver a escalar el precipicio. Posó el coche aéreo cerca del castillo de piedra y volvió al salón. Todo seguía como antes. Navarth estaba sentado con la vista fija en los tres cautivos, que le miraban con odio.
—Si se presenta alguna dificultad, mate a los tres —Gersen le dio a Navarth uno de los proyectores—. Iré a buscar a Drusilla y a Jheral Tinzy. ¡Vigílelos con cuidado!
—¿Quién puede engañar a un poeta loco? —rió salvajemente Navarth—. Le agradezco este momento: mantendré el proyector apoyado en su garganta.
Gersen no pudo reprimir un cierto recelo. Navarth no era el más seguro de los guardianes.
—Recuerde… si escapa, estamos perdidos. Tal vez le pida un vaso de agua; deje que siga sediento. Los nudos le pueden hacer daño. ¡Que sufra! Si alguien interviene desde el exterior, no muestre la menor piedad: ¡mátelos!
—Será un placer.
—Muy bien. Controle su locura hasta que vuelva.
Gersen se encaminó a la puerta por la que tres semanas antes habían entrado los cansados viajeros. Estaba cerrada. Voló el cerrojo de un disparo y se abrió paso.
El silencio era absoluto. Las habitaciones húmedas estaban vacías.
Gersen bajó al vestíbulo, descendió por el camino que le había enseñado la chica vestida de terciopelo azul y encontró por fin la sala del banquete, ahora en tinieblas y conservando un débil olor a vino y perfume.
Gersen se movió con más cautela. Un pasillo conectaba la sala del banquete con el jardín. Debía de haber otro que condujera a los aposentos de Viole Falushe.
Gersen palpó las paredes y acabó encontrando, disimulado detrás de un tapiz, una puerta estrecha de madera maciza forrada de metal. El proyector despejó el camino.
Una escalera de caracol descendía a la cámara que buscaba.
Gersen registró la habitación. Encontró un cuaderno de notas que contenía numerosos apuntes sobre la psicología de Jheral Tinzy, así como los diversos métodos que Viole Falushe pensaba emplear para poseerla. Daba la impresión de que Viole Falushe quería algo más que amor: quería sumisión, una degradación abyecta y total, una mezcla de miedo y amor.
Por el momento, Viole Falushe no había alcanzado su propósito. Apartó la carpeta. Había una pantalla en la pared. Gersen giró un mando. Drusilla Wayles estaba sentada en una cama con un vestido blanco. Estaba pálida, delgada, pero ilesa en apariencia.
Gersen volvió a girar el mando. Contempló una zona arenosa medio en tinieblas flanqueada por altas puntas rocosas. Al fondo se veían cinco cedros oscuros y una cabañita no mayor que una casa de muñecas. Una chica de unos catorce años estaba sentada en un banco; una chica casi idéntica a Drusilla. Llevaba un vestido blanco transparente; su cara expresaba una peculiar dulzura, una peculiar melancolía, como si acabara de despertar de un sueño. Desde un ángulo se aproximó una alta criatura no humana que caminaba sobre piernas delgadas de piel negra. Se paro junto a la muchacha y habló con una voz fina y aguda. La chica respondió sin demostrar ningún interés.
Gersen giró el mando otra vez y obtuvo la visión de una terraza frente a la que se alzaba un templo. En su interior se podía divisar la estatua de una divinidad. Otra Drusilla se mantenía erguida sobre los escalones; tendría unos dieciséis años, vestía sólo una falda muy corta y se recogía los cabellos con una cinta de cobre. Otros hombres y mujeres, ataviados de la misma manera, deambulaban por las cercanías. A un lado aparecía una playa y un retazo de mar.
Gersen giró el mando varias veces. Contempló distintos entornos, distintos tipos de habitaciones y celdas. Contenían un surtido de chicos, chicas, adolescentes de ambos sexos, hombres y mujeres jóvenes, a veces juntos, a veces separados: los experimentos de Viole Falushe, de los que extraía un placer que gratificaba su pulsión escópica… Gersen no vio más versiones de Drusilla.
La falta de confianza en Navarth erizaba sus nervios. Atravesó el vestíbulo, cruzó el puente y entró en la sección del laboratorio, la sede de los experimentos: celdas y cámaras que se podían controlar tras espejos sólo transparentes para el carcelero.
Gersen encontró a Retz, el técnico cargado de espaldas, sentado en un pequeño despacho. Levantó la vista y parpadeó de asombro.
—¿Qué hace aquí? —preguntó a Gersen—. ¿Es un invitado? ¡El amo se enojará!
—Ahora soy yo el amo. —Gersen le apuntó con el proyector—. ¿Dónde está la chica que se parece a Jheral Tinzy?
—No diré nada.
Gersen le hundió el arma en un costado.
—Rápido. La chica que llegó hace tres semanas.
—¿Qué quiere que le diga? —gimió Retz—. Viole Falushe me castigará.
—Viole Falushe es mi prisionero. —Gersen levantó el arma—. Lléveme junto a la chica o le mataré.
Retz emitió un sonido quejumbroso.
—Me hará cosas terribles.
—Ya no.
Retz agitó las manos y le condujo por un pasillo. De pronto se giró.
—¿Dice que es su prisionero?
—Lo es.
—¿Qué piensa hacer con él?
—Matarle.
—¿Y con el Palacio?
—Ya veremos. Lléveme con la chica.
—¿Permitirá que me quede a cargo del Palacio?
—Le mataré si no se da prisa.
Retz siguió caminando desconsolado.
—¿Qué le ha hecho Viole Falushe a la chica? —preguntó Gersen.
—Nada todavía.
—¿Cuáles eran sus planes?
—Autofertilización: el parto de una virgen, como si dijéramos. A su debido tiempo daría a luz una niña exacta a ella.
—¿Cómo hizo con Jheral Tinzy?
—Ni más ni menos.
—¿Y con cuántas más?
—Otras seis. Luego se suicidó.
—¿Dónde están las otras cinco?
—¡Ah! Esto no lo sé.
Retz mentía, pero Gersen fingió que aceptaba su explicación.
Retz se detuvo ante una puerta y miró en torno suyo.
—La chica está ahí dentro. Diga lo que diga, recuerde que sólo soy un subordinado; me limito a obedecer órdenes.
—Por lo tanto, obedecerá las mías. Abra la puerta.
Retz titubeó, miró por encima del hombro de Gersen como si esperara algún tipo de ayuda, suspiró y abrió la puerta.
Drusilla, sentada en la cama, levantó los ojos con expresión de alarma. Vio a Gersen; la alegría sustituyó al estupor. Saltó de la cama y se precipitó sobre Gersen, llorando de alivio.
—Confiaba en que vendrías. ¡Me han hecho cosas horribles!
Retz intentó aprovecharse de la distracción de Gersen y se deslizó con sigilo hacia la salida. Gersen le llamó.
—No tan deprisa. Todavía me puede ser útil. —Habló a Drusilla—: ¿Has visto la cara de Viole Falushe? ¿Le reconocerías?
—Se quedaba en el umbral de la puerta con la luz a sus espaldas. Era un salvaje; me odiaba. No quería que yo le viera. Decía que yo era desleal. Yo le preguntaba cómo era esto posible, si nunca le había prometido nada. Se endureció. Decía que mi deber era esperar, mantener mis ideales, hasta que él regresara. Incluso entonces le había engañado, en la fiesta de Navarth y durante el viaje.
—Una cosa es cierta: se esconde bajo la personalidad de Tanzel, o de Ethuen, o de Mario. ¿Cuál te gustó menos?
—Tanzel.
—Tanzel, ¿eh? Bien, seguro que Retz nos puede decir quién es Viole Falushe… ¿verdad, Retz?
—¿Y cómo? Jamás le he visto de cerca, excepto tras el cristal de su despacho.
«Improbable, pero no imposible», pensó Gersen.
—¿Dónde están las otras hijas de Jheral Tinzy?
—Había seis —musitó Retz—. Viole Falushe mató a las dos mayores. Hay una en Alphanor. Ésta —señaló a Drusilla— fue enviada a la Tierra. La menor se halla al este del Palacio, donde las montañas se juntan con el mar. La siguiente es una sacerdotisa del dios Arodin, en la isla grande que se ve al este.
—Retz —dijo Gersen—, tengo prisionero a Viole Falushe. Soy tu nuevo amo. ¿Entiendes lo que digo?
—Lo acepto —asintió cabizbajo.
—¿Puedes identificar a Viole Falushe?
—Es un hombre alto, de cabello oscuro; puede ser duro o amable, cruel o bondadoso. Eso es lo único que sé.
—Éstas son mis órdenes: libera a estos pobres cautivos.
—¡Imposible! —gritó Retz con voz aflautada—. Sólo conocen este tipo de vida. El aire libre, el sol, el cielo… les volvería locos.
—Este será tu nuevo trabajo. Sácalos afuera con tanta gentileza y amabilidad como sea posible. Volveré dentro de poco y sabré cómo has cumplido tu tarea. Después, haz saber a la gente del jardín que ya no son esclavos, que son libres para marcharse o quedarse. Recuerda que te encerraré y castigaré por tus crímenes si no me obedeces.
—Obedeceré —murmuró Retz—. Estoy acostumbrado a la obediencia; no conozco otra cosa.
—Me preocupa Navarth —dijo Gersen cogiendo del brazo a Drusifla—. Tenemos que darnos prisa.
Pero cuando volvieron al transporte aéreo, las circunstancias no habían cambiado. Los tres cautivos continuaban amarrados y Navarth blandía fieramente el proyector apuntado a sus cabezas. Abrió los ojos ante la presencia de Drusilla.
—¿Qué pasó con Jheral Tinzy?
—Está muerta, pero tiene hijas. Hay otras. ¿Has descubierto algo desde que me fui?
—Cháchara. Lisonjas. Ruegos. Amenazas.
—Claro. ¿Quién era el más insistente?
—Tanzel.
Gersen examinó a Tanzel con una fría mirada. Tanzel se encogió de hombros.
—¿Cree que me gusta estar sentado aquí atado como un pollo?
—Uno de ustedes es Viole Falushe —dijo Gersen—. ¿Cuál? Me pregunto… Bien, creo que debemos continuar solucionando las maldades cometidas en nombre del amor.
Elevó el coche aéreo y se dirigió hacia el este, remontando las montañas. Al borde del océano, donde los peñascos se sumergían bajo el agua, un oscuro desfiladero desembocaba en una playa estrecha y gris. Más allá se abría una zona arenosa de un acre de extensión. Gersen dirigió el vehículo hacia el área sombreada y aterrizó. Saltó a tierra.
Drusilla IV, la más joven del grupo, avanzó con parsimonia. Dos criadas no humanas le espetaron airadas recriminaciones desde una fisura entre las rocas.
—¿,Eres el Hombre? —preguntó la muchacha—. ¿El Hombre que vendrá para amarme?
—Soy un hombre, es cierto, pero ¿quién es el Hombre?
—Ellas me han hablado del Hombre —Drusilla IV hizo un gesto vago en dirección a la grieta—. Hay uno mío y uno suyo, y cuando le vea le amaré. Esto es lo que me han enseñado.
—¿Has visto alguna ver al Hombre?
—No. Eres el primer hombre que veo. La primera persona igual que yo. ¡Eres maravilloso!
—Hay muchos hombres en el mundo. Te mintieron. Ven conmigo, te enseñaré a otros hombres, y una chica igual que tú.
Drusilla IV miró el sombrío desfiladero con alarma y estupor.
—¿Me sacarás de aquí? Estoy asustada.
—No debes estarlo. Sígueme.
—Claro —le cogió la mano y entró en el salón. Al ver a los pasajeros se detuvo asombrada—. ¡No sabía que había tanta gente! —examinó a Mario, Ethuen y Tanzel con ojo crítico—. No me gustan ¡Sus rostros son perversos y ridículos! —Se volvió hacia Gersen—. Me gustas. Eres el primer hombre que he visto en toda mi vida. Debes de ser el hombre, y me quedaré contigo para siempre.
Gersen escrutó los rostros de Mario, Ethuen y Tanzel. Malas noticias para Viole Falushe. Todos estaban sentados sin expresar la menor sensación, mirando a Gersen con el mismo grado de odio… excepto que en una comisura de la boca de Tanzel se contraía un músculo.
Gersen tomó los mandos del vehículo y voló hacia la más grande de las islas. Enseguida divisó el templo que se alzaba sobre un pueblo construido con cañas y hojas. Gersen aterrizó en la plaza, ante las miradas perplejas y alarmadas de sus habitantes.
Drusilla III salió con paso majestuoso del templo, una chica segura y dueña de sí misma, idéntica a las otras Drusillas, aunque diferente, como diferentes eran las otras dos.
Gersen volvió a bajar del vehículo. Drusilla III le examinó con sincero interés.
—¿Quién eres?
—Vengo del continente —respondió Gersen—. Vengo para hablar contigo.
—¿Quieres que celebre un rito? Vete a otra parte. Arodin es impotente. Le he suplicado que me envíe fuera de aquí, entre otros favores. Nunca obtuve respuesta.
—¿Tenéis su retrato ahí dentro? —preguntó Gersen mirando al templo.
—Sí. Soy la suma sacerdotisa del culto.
—Déjame ver la imagen.
—No hay mucho que ver… una estatua sentada sobre un trono.
Gersen entró en el templo. En el otro extremo se alzaba una figura de tamaño doble al normal. La cabeza estaba brutalmente desfigurada: nariz, orejas y barbilla rotas. Gersen no salía de su asombro.
—¿Quién mutiló la estatua?
—Yo.
—¿Por qué?
—No me gustaba su cara. De acuerdo con la Tradición, Arodin vendría en carne y hueso a poseerme. Le rogué a la estatua que sucediera lo más pronto posible. Desfiguré el rostro para retrasar el proceso. No me gusta ser una sacerdotisa, a pesar de que no puedo ser otra cosa. Pensé que otra sacerdotisa me sustituiría después del sacrilegio, pero no fue así. ¿Me sacarás de aquí?
—Sí. Arodin no es un dios, sino un hombre.
Gersen acompañó a Drusilla III al salón y señaló a Mario, Etlmen y Tanzel.
—Observa a esos tres hombres ¿Alguno se parece a la estatua de Arodin antes de que la desfiguraras?
Uno de los hombres parpadeó.
—Sí —asintió Drusilla III—. Sí, desde luego. Ésa es la cara de Arodin —su dedo acusó a Tanzel, el hombre que había parpadeado.
—¡Un momento! —gritó Tanzel—. ¿Qué está pasando? ¿Qué quiere hacer?
—Quiero identificar a Viole Falushe —respondió Gersen.
—¿Y por qué yo? No soy Arodin, no soy Viole Falushe, ni siquiera Belcehí, si nos ponemos en este plan. Soy el pobre Harry Tanzel, de Londres, ni más ni menos, y le agradecería que —me soltara las manos.
—Todo llegará —dijo Gersen—, todo llegará. —Se dirigió a Drusila III—: ¿Está segura de que es Arodin?
—Claro. ¿Por qué está atado?
—Sospecho que es un criminal.
—¡Menuda broma! —rió Drusilla III—. ¡Un hombre como ése erigiéndose una estatua y proclamándose dios! ¿Qué esperaba ganar?
—A usted.
—¿Yo? ¿Todos estos esfuerzos por mí?
—Quería que le amara, que le rindiera adoración.
De nuevo cascabaleó la fresca risa de Drusilla III.
—Mucho trabajo para nada.
Gersen, que mantenía en todo momento la vigilancia, creyó observar que la piel de Tanzel se teñía de púrpura.
—¿Está preparada para marchar?
—Sí… ¿Quiénes son esas chicas que se parecen a mí?
—Sus hermanas.
—Qué extraño.
—Sí. Viole Falushe… o Arodin, es un hombre extraño.
Gersen elevó el vehículo y luego puso el piloto automático para reflexionar. Todavía carecía de pruebas sobre la identidad de Viole Falushe. Un mohín de la boca, un rastro de color, un rostro desfigurado; todo muy interesante, pero faltaba la prueba definitiva… Estaba tan cerca de desenmascarar a Viole Falushe como al principio del viaje. Echó una ojeada al salón. Navarth se aburría con sus obligaciones y miraba a las chicas con una expresión en la que se mezclaba la expectación con el desamparo: tal vez ocurriría un milagro y todas se fundirían para dar vida a su propia Jheral Tinzy.
Gersen pasó revista a sus posibilidades. Eran pocas. Si hubiera tenido acceso a drogas detectoras de mentiras, la identidad de Viole Falushe ya no sería un misterio… No había nadie en el Palacio del Amor que conociera a Viole Falushe, tampoco en Atar ni en Kouhila. Navarth sabía el número de videófono de Falushe en la Tierra… Gersen se acarició el mentón.
—¡Navarth!
Navarth entró en la cabina del piloto. Gersen le señaló el sistema de comunicaciones y dictó unas instrucciones. Navarth sonrió de oreja a oreja.
Gersen regresó al salón y se sentó cerca de Tanzel. Miró a la cabina del piloto y asintió con la cabeza a Navarth.
Navarth tecleó el número telefónico de Viole Falushe. Gersen se inclinó hacia adelante. El lóbulo de la oreja de Tanzel vibraba imperceptiblemente. Tanzel dio una sacudida y tensó sus nudos.
—Viole Falushe —la voz de Navarth se oyó por los altavoces—. ¿Me escucha? ¡Viole Falushe!
Tanzel continuaba debatiéndose bajo la mirada atenta de Gersen.
Ya no había dudas: Viole Falushe había sido desenmascarado. Su rostro se cubrió de desesperación. Se retorció contra las ligaduras.
—Viole Falushe —dijo Gersen—, ha llegado tu hora.
—¿Quién es usted? ¿La PCI?
Gersen no respondió. Navarth salió de la cabina.
—Así que es él. Siempre lo supe. Me ponía los pelos de punta. ¿Dónde está Bieral Tinzy, Vogel?
—Ambos planeasteis matarme.
Viole Falushe se lamió los labios.
Gersen y Navarth lo arrastraron hasta la cabina del piloto y cerraron la puerta que comunicaba con el salón.
—¿Por qué? —gritó Viole Falushe—. ¿Por qué me hacéis esto?
—¿Me necesita? —preguntó Navarth a Gersen.
—No.
—Adios, Vogel. Tu vida ha sido notable.
Navarth volvió al salón.
Gersen inmovilizó el vehículo en el aire. Abrió la portezuela. El océano rugía a tres mil metros de distancia.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —gritó Viole Falushe—. ¿Por qué me hace esto?
—Usted es un monomaníaco —repuso Gersen—. Yo también. Cuando era un niño, los cinco Príncipes Demonio desembarcaron en Monte Agradable. ¿Se acuerda?
—¡Hace mucho, mucho tiempo!
—Destruyeron, mataron, esclavizaron. Todo lo que yo amaba: mi familia, mis amigos, todo destruido. Los Príncipes Demonio son mi obsesión. Ya he matado a dos. Tú serás el tercero. Soy Kirth Gersen, y toda mi vida se ha consagrado a… esto.
Avanzó hacia Viole Falushe, que se contorsionó terriblemente. Sus huesos crujieron; tropezó, agitó los brazos y salió despedido por la portilla. Gersen contempló la figura que caía hacia el océano hasta que se perdió de vista. Luego cerró la portezuela y volvió al salón. Navarth había dejado libres a Mario y a Ethuen.
—Acepten mis disculpas —dijo Gersen—. Espero que no hayan recibido ningún daño.
Ethuen le fulminó con una mirada de desagrado indecible; Mario farfulló palabras incoherentes.
—Bien —dijo Navarth alegremente—. Y ahora, ¿qué?
—Recogeremos a nuestros amigos. Sin duda se estarán preguntando qué será de ellos.
—¿Y luego? —gruñó Ethuen—. ¿Cómo volveremos a Sogdian? No tenemos nave.
—¿Ya no se acuerdan? —rió Gersen—. Esto es Sogdian. Aquél es el sol Miel. ¿No se dieron cuenta?
—¿Cómo? Un piloto lunático nos llevó a la deriva a través del grupo durante horas. —Un subterfugi—. Zog no era un lunático. Pero era distraído, todo le daba igua—. Cuando abría la portilla no vigilaba el nivel de presión o de composición atmosférica. La luz tenía siempre la misma intensidad; la gravedad era la misma, el cielo del mismo color, las nubes del mismo tamaño, la flora del mismo tipo.
—No advertí nada —dijo Navart—. Pero está claro que no soy un viajero espacial, y no me avergüenza. Si alguna vez vuelvo a la Tierra, no volveré a salir.
»Pero antes que nada: una parada en la ciudad de Kouhila. A la gente le gustará saber que ya no necesitarán pagar impuestos.
Gersen encontró en Atar su Pharaon tal como lo había dejado. Mario, Wible y da Nossa tenían sus propias naves; los otros invitados continuaron viaje al Oikumene en la nave que Viole Falushe había puesto a su servicio. Navarth y las tres Drusillas embarcaron en el Pharaon. Gersen les condujo hasta New Wexford y les acompañó hasta el paquebote que enlazaba con la Tierra.
—Le enviaré dinero —dijo a Navarth—. Será para las chicas. Asegúrese de que se educan correctamente.
—Hice lo que pude con Zan Zu. Es una chica educada. ¿Qué hay de malo en ella? Las otras necesitarán más cuidados.
—Exactamente. Cuando vuelva a la Tierra iré a visitarles.
—Bien. Nos sentaremos en el puente de mi barco vivienda y beberemos del mejor vino.
Navarth le dio la espalda. Gersen retuvo el aliento y fue a despedirse de Drusilla Wayles. Ella se apretó contra su cuerpo y le cogió las manos.
—¿Por qué no puedo venir contigo? No me importa a donde vayas.
—No te lo puedo explicar. Ya lo intenté una vez, sin éxito.
—Sería diferente.
—Sé que tú lo eres, pero habría graves problemas. No puedo llevarte conmigo.
—¿Le veré algún día?
—No lo creo.
—Adiós.
Drusilla dio media vuelta y se alejó.
Gersen quiso ir tras ella; luego lo pensó mejor y tomó su propio camino.
Gersen alquiló una nave de carga y regresó al Palacio del Amor. Los jardines parecían más descuidados. Un aire de melancolía se había apoderado de los etéreos edificios.
Retz le saludó con prudente cordialidad.
—He seguido sus instrucciones al pie de la letra. Poco a poco, con amabilidad, sin provocar alarma o disgusto.
Guió a Gersen a través de distintos espacios; describió los perversos y complicados modelos de pensamientos que Viole Falushe había impuesto a sus jóvenes víctimas. Éstas iban saliendo de una en una al aire libre, algunas estupefactas, otras llenas de gozo, y el resto deslumbradas y atemorizadas, ansiosas de volver.
Los pueblos del jardín también habían cambiado. La mayor parte de la Gente Afortunada había marchado; otros habían regresado desde el exterior con sus hijos. Con el tiempo, el Palacio del Amor se convertiría en una comunidad agraria alejada de la civilización.
Gersen no podía permitir que los libros de Viole Falushe se pudrieran. Los hizo transportar a bordo del carguero y los envió al cuidado de Jehan Addels, en New Wexford. Gersen partió con una última advertencia a Retz, puso rumbo al Grupo de Sirneste y volvió al Oikumene.
Meses después, sentado en la Explanada de Avente, Gersen advirtió que una joven se aproximaba. Iba vestida a la última moda con ropa del mejor gusto, como si hubiera sido educada en una atmósfera de elegancia y buenas maneras.
Gersen se levantó espoleado por un súbito impulso.
—Perdóneme, pero se parece a alguien que conocí en la Tierra. ¿Sus padres son terráqueos?
La muchacha le escuchó sin demostrar turbación. Sacudió la cabeza.
—Por extraño que parezca, no conocí a mis padres. Tal vez sea huérfana o… quién sabe. Mis tutores reciben una cantidad de dinero para proporcionarme un hogar. ¿Conoce a mis padres? ¡Dígamelo, por favor!
«¿Qué voy a hacer —pensó Gersen—, para qué atormentar a la chica con detalles de su pasado, o peor, para reavivar la pesadilla que evitó por un margen tan estrecho?» Porque delante suyo, sin duda alguna, tenía el asunto urgente que llevaba a Viole Falushe a Alphanor.
—Creo… que me he equivocado —fingió Gersen—. El parecido debe ser una coincidencia. Usted no puede ser la persona que yo creí reconocer.
—No le Creo —dijo Drusilla—. Usted sabe más de lo que dice. ¿Por qué no lo hace?
Gersen rió con amargura. La joven era inmensamente atractiva, graciosa y encantadora.
—Siéntese en el banco un momento. Permítame que le lea una o dos baladas seleccionadas de las obras del poeta loco Navarth. Creo que cuando las escribió estaba pensando en usted.
—Una manera poco convencional de iniciar una relación —admitió Drusilla I sentándose—. Pero soy una persona poco convencional… Bueno, léame la poesía.