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De Los mundos que conocí, de L. G. Dusenyi:

«El templo municipal de Astrópolis es un edificio espléndido de porfirio rojo con un notable altar de plata maciza. Los astropolitanos están divididos en trece cultos, dedicado cada uno a una Deidad Suprema distinta. Para determinar qué imagen se sitúa en el lugar más elevado, cada siete años los astropolitanos celebran un Torneo de los Dioses, que incluye pruebas para juzgar el Poder Supremo, La Sublimidad Inaccesible y el Misterio Inefable.

»En la primera prueba, imágenes de madera de los dioses se colocan sobre onagros atados a pesados troncos. Los onagros concurren en una carrera, y al dios ganador se le atribuye el Poder Supremo.

»En la segunda prueba las imágenes son introducidas en un caldero de cristal que es posteriormente sellado e invertido. El dios que flota en lo alto merece el atributo de la Sublimidad Inaccesible.

»Ambas imágenes son ocultadas en unas casillas. Los candidatos al sacrificio son conducidos ante ellas, y deben adivinar qué dios se oculta detrás de cada una. El candidato con menor puntuación recibe la unción y el cuchillo, mientras que el dios que mejor oculta su identidad es juzgado como el del Misterio Inefable.

»En los últimos veintiocho años, el dios Kalzibab ha demostrado tanta constancia y el dios Syarasis ha fallado tan a menudo que los syaráticos han ido abandonando su culto para convertirse en ardientes devotos de Kalzibah

El jardín terminaba en un bosquecillo de árboles autóctonos, de un tipo que Gersen no había visto antes: ejemplares altos y escuálidos de pulposas hojas negras que segregaban una savia mohosa y desagradable. Temiendo que fuera venenosa, Gersen retuvo el aliento y le alegró llegar a un terreno despejado sin otra sensación que náuseas. En dirección al océano se veían huertos y tierras de labor; al oeste destacaba una docena de largos cobertizos. ¿Graneros? ¿Almacenes? ¿Dormitorios? Gersen caminó hacia al oeste amparado en las sombras de los árboles y al poco rato alcanzó una carretera que comunicaba los cobertizos con las montañas.

No había a la vista ningún ser viviente. Los cobertizos parecían deshabitados. Gersen decidió que no valía la pena explorarlos; no podían ser el cuartel general de Viole Falushe.

Una parte de la carretera estaba obstaculizada por matas espinosas. Gersen escudriñó la ruta que serpenteaba adelante. Sería mejor viajar a través de los eriales; existirían menos posibilidades de ser descubierto. Se agachó y corrió hacia las montañas. El sol de la tarde brillaba con toda su fuerza. Un enjambre de pequeños ácaros rojos hormigueaba en las matas, emitiendo un zumbido impaciente cuando se les molestaba. Al dar la vuelta a un montículo (tal vez una colmena o una especie de madriguera), Gersen se topó con una hinchada criatura similar a una serpiente, con un rostro extraordinariamente parecido al de un ser humano. La criatura contempló a Gersen con una expresión de cómica alarma, luego se irguió y desplegó una trompa con la que intentó disparar un fluido. Gersen se batió en rápida retirada y, a partir de entonces, caminó con más precauciones.

El sendero se desviaba al oeste del jardín. Gersen cruzó otra vez y se refugió bajo un grupo de plantas amarillas. Examinó la montaña y trazó una ruta que le condujera a la cumbre. Por desgracia, seria bien visible a la vista de cualquiera mientras escalara… No había otra solución. Echó una última ojeada en torno suyo y, al no divisar ningún peligro, se puso en marcha.

La ladera era empinada, en ocasiones cortada a pico. Gersen progresaba a paso lento. Bajo sus pies se extendían el Palacio del Amor y el jardín. Le dolía el pecho y tenía la garganta seca, como si le hubieran anestesiado… ¿Influencia del nocivo bosque de hojas negras? Subió a mayor altura; el panorama se ensanchaba cada vez más.

Hubo un momento en que el camino se hizo menos difícil, y Gersen torció hacia el este, donde suponía que Viole Falushe ocultaba su cuartel general. Un movimiento. Se detuvo en seco. Por el rabillo del ojo había visto… ¿qué? No estaba seguro. Un destello abajo y a la derecha. Escrutó la pared de la montaña y entonces vio algo que de otra forma le habría pasado inadvertido… Una profunda grieta o fisura con un puente entre dos aberturas abovedadas, todo ello camuflado por un muro de piedra.

Gersen, haciendo penosos esfuerzos, se arrastró hasta la grieta y llegó a un punto situado a un metro por encima de la entrada. No había manera de descender. No podía ir hacia adelante, hacia arriba o hacia abajo. Tenía los dedos doloridos y las piernas entumecidas. Un metro… demasiado lejos para saltar; se rompería las piernas. Sobre el puente apareció un hombre pálido cargado de espaldas con una ancha cabeza húmeda y el pelo cano recogido en una melena. Vestía chaqueta blanca y pantalones negros. Fue la chaqueta blanca lo que llamó la atención de Gersen. Si el hombre alzaba la vista, si una piedra se desprendía y caía en el puente, Gersen estaría perdido… El hombre avanzó hacia la abertura, fuera de su campo visual. Gersen, como desafiando a la ley de la gravedad, dio un fantástico salto que le impulsó hacia el ángulo de la fisura. Flexionó las piernas, dobló las rodillas y se apretó contra la pared. Fue descendiendo centímetro a centímetro y salvó de otro salto los últimos dos metros. Se estiró, friccionó sus músculos doloridos y se deslizó hacia la puerta del oeste, por la que el hombre había desaparecido. Un vestíbulo de baldosas blancas, interrumpidas por zonas de cristal y puertas ocasionales, se adentraba cincuenta metros en el corazón de la montaña. El hombre cargado de espaldas estaba de pie junto a una de estas zonas acristaladas, mirando algo que había atraído su atención. Levantó la mano e hizo una señal. Desde algún lugar que Gersen no veía llegó un hombre corpulento de cuello fornido, cabeza estrecha, una mata de áspero cabello amarillo y ojos claros. Ambos miraron a través del cristal, y el hombre de los ojos claros esbozó una sonrisa.

Gersen retrocedió. Consideró el pasillo que corría en dirección este y vio una sola puerta al final. Las paredes y el suelo eran de baldosas blancas. Lámparas vistosas derramaban luz de varios colores.

Gersen corrió a grandes zancadas hasta la puerta opuesta. Apretó el botón de apertura. No hubo respuesta. Buscó alguna forma de abrirla sin ningún resultado. El mecanismo se controlaba desde el otro lado. Podía considerarse esperanzador, desde el momento en que el hombre cargado de espaldas había hecho este mismo recorrido y sólo le quedaba la posibilidad de tratar con aquel que estuviera detrás de la puerta.

No debía llamar la atención, pero tenía que hacer algo y rápido. En cualquier momento uno de los dos hombres se acercaría y no había dónde esconderse. Escudriñó la puerta con suma atención. El pestillo era magnético; la retracción era activada mediante electricidad. El escudo de armas estaba fijado a la hoja de la puerta con pasta adhesiva. Gersen rebuscó en sus bolsillos pero no halló nada que le sirviera. Volvió de puntillas al vestíbulo, removió el primer soporte de luz que encontró y desarmó un adorno de metal acabado en punta. Regresó a la puerta, atacó la placa del escudo de armas, la soltó y descubrió el mecanismo del botón de apertura. Gersen estudió el circuito y con la punta de metal del adorno provocó un cortocircuito. Apretó el botón. La puerta se deslizó a un lado en silencio.

Pasó a un vestíbulo desierto. Volvió a colocar la placa y dejó que la puerta se cerrara.

Había mucho que ver. El otro extremo de la sala era de cristal ondulado. A la izquierda, una arcada daba paso a un tramo de escalera. A la derecha, cinco pantallas mostraban a Jheral Tinzy vestida con diferentes trajes y en varias épocas de su vida. ¿O eran cinco chicas distintas? Una, que llevaba una falda corta negra, era Drusilla Wayles. Gersen reconoció la expresión de su cara el fruncido de su boca, la costumbre siempre repetida de ladear la cabeza. Otra, un delicioso diablillo disfrazado de payaso, daba cabriolas sobre un escenario. Una Jheral Tinzy de trece o catorce años con el vestido blanco de las bailarinas de ballet se movía lentamente en un extraño decorado de piedra, sombras negras y arena. Una cuarta Jheral Tinzy, un año o dos más joven que Drusilla, se cubría sólo con una falda de cuero y bronce, como las de las mujeres bárbaras. Estaba de pie sobre una terraza pavimentada de piedra y parecía representar un ritual religioso. Una quinta Jheral Tinzy, algo mayor que Drusilla, caminaba con rapidez por la calle de una ciudad…

Gersen lo vio todo en el espacio de dos segundos. El efecto era fascinante, pero no tenía tiempo que perder. Porque al otro lado de la pared de cristal ondulado se veía la imagen de un hombre alto y enjuto.

Gersen cruzó la estancia en cuatro silenciosas zancadas. Su mano se precipitó hacia el botón de la puerta y lo apretó. La puerta no se abrió. El hombre giró la cabeza al instante. Sólo era visible un contorno vago e impreciso.

—¿Retz? ¿Ya estás de vuelta? —echó la cabeza hacia adelante; era evidente que podía ver a través del cristal.

—¡Soy Lucas… Henry Lucas el periodista! —su voz sonó estrangulada.

—Creo que tendrá que darme muchas explicaciones. ¿Qué está haciendo aquí?

—La respuesta es obvia —dijo Gersen—. Vine para hacerle una entrevista. Me pareció el único modo.

—¿Cómo encontró mi residencia?

—Escalé la montaña y salté al punto en que el puente cruza la fisura. Luego me introduje por el pasadizo.

—Vaya, vaya. ¿Es usted una mosca humana para trepar por el precipicio?

—No fue tan difícil. No había otra forma.

—Me causa una molestia muy seria. ¿Se acuerda de mis comentarios acerca de la intimidad? Soy muy rígido a este respecto.

—Dedico esos comentarios a sus invitados. Soy un hombre que tiene un trabajo que hacer.

—Su profesión no le autoriza a violar las leyes —declaró Viole Falushe con voz serena—. Se halla al corriente de mis deseos, que aquí, como en cualquier otro lugar de mis dominios, son la ley. Encuentro su intrusión no sólo insolente sino inexcusable. De hecho, va mucho más allá del descaro tolerado normalmente a un periodista. Incluso da la impresión…

—Por favor —interrumpió Gersen—, no permita que su imaginación domine su ecuanimidad. Estoy interesado en fotografiar su mansión. Es una petición de la joven que nos acompañó durante el viaje: la pupila de Navarth.

—Se da el caso de que estoy muy interesado en esa joven. Confié su educación a Navarth con infaustos resultados. Es una muchacha frívola y extravagante.

—¿Dónde está ahora? No la he visto desde que llegamos al Palacio. —Está disfrutando de su visita en circunstancias algo diferentes de las suyas. Pero ¿por qué tanto interés? Ella no significa nada para usted.

—Excepto que nos hicimos amigos y traté de aclarar ciertos asuntos que no entendía.

—¿Qué clase de asuntos?

—¿Me permite que hable con sinceridad?

—¿Por qué no? Será difícil que me provoque más de lo que ha hecho ya.

—La chica temía lo que fuera a sucederle. Quería vivir una vida normal, pero no deseaba exponerse a sufrir represalias por acciones que no había cometido.

—¿Así es cómo se refería a mí? —la voz de Viole Falushe tembló—. ¿Sólo en términos de miedo y represalia?

—No tenía razones para hablar de otra forma.

—Es usted un hombre valiente, señor Lucas. Seguro que conoce mi reputación. Suscribo la doctrina de la equidad general… el que comete un agravio ha de reparar los efectos de su acción.

—¿Qué me dice de Jheral Tinzy" —preguntó Gersen tratando de distraer a Viole Falushe.

—Jheral Tinzy —Viole Falushe paladeó el nombre—. Querida Jheral: tan testaruda y promiscua como la infortunada amiga suya de la que hablábamos. Jheral nunca pudo reparar el daño que me hizo. ¡Oh, aquellos años desperdiciados! —la voz de Viole Falushe tembló de nuevo como presa del dolor—. Nunca pudo compensar sus errores, aunque hizo lo que estuvo en su mano.

—¿Está viva?

—No —el tono de Viole Falushe cambió de nuevo—. ¿Por qué lo pregunta?

—Soy periodista. Ya sabe por qué estoy aquí. Quiero una fotografía de Jheral Tinzy para nuestro artículo.

—Éste es un tema del que no quiero publicidad.

—Me asombra el parecido entre Jheral Tinzy y Drusilla. ¿Me lo puede explicar?

—Podría, pero no lo haré. Y aún está el problema de su intrusión, que me ha disgustado hasta el extremo de que solicitaré una indemnización.

Viole Falushe se recostó con negligencia en una pieza del mobiliario.

Gersen reflexionó un momento. Huir era inútil; el ataque, imposible. Viole Falushe llevaría armas, Gersen no. Debería convencer a Viole Falushe de que cambiara de idea. Intentó un acercamiento razonable.

—Es concebible que violara la letra de su ley, pero ¿qué crédito merecerá un artículo sobre el Palacio del Amor sin algunos comentarios de su creador? Es imposible comunicarse con usted desde que decidió mantenerse apartado de los invitados.

—Navarth sabe de memoria mi número de videófono —Viole Falushe pareció sorprendido—. Un criado le habría proporcionado un aparato para llamarme a cualquier hora.

—No se me ocurrió. No, no pensé en el videófono. ¿Dice que Navarth sabe el número?

—Desde luego. Es el mismo que utilizo en la Tierra.

—Los hechos subsisten. Estoy aquí. Ha visto la primera parte del artículo proyectado; la segunda y la tercera parte son aún más vistosas. Si queremos presentar su punto de vista, es importante que hablemos. De modo que abra la puerta y discutamos el tema.

—No. Me gusta permanecer en el anonimato, a pesar de que a veces me mezclo con los invitados. Bien… de momento me tragaré su insulto. No es que vaya a librarse de pagar su deuda; o tal vez sí. Por ahora, considérese indultado —pronunció una palabra en voz baja y una puerta se abrió en la antesala—. Entre; ésta es mi biblioteca. Hablaré con usted aquí.

Gersen penetró en una gran sala con alfombras de color verde oscuro. En el centro, una pesada mesa aguantaba un par de lámparas antiguas y una selección de revistas de actualidad. Una pared estaba cubierta de libros desgastados por el uso. Las estanterías se combaban bajo el peso de los volúmenes y de los innumerables periódicos y revistas. Había un sistema normal de informática y cierto número de cómodas sillas.

Gersen miró en derredor con un dejo de envidia; la atmósfera era tranquila, civilizada, racional, muy alejada de la vida hedonista en el Palacio del Amor. Una pantalla se iluminó para revelar a Viole Falushe arrellanado en una silla. Una luz convirtió su forma en una silueta; no había manera de identificar sus rasgos.

—Bien, aquí estamos —dijo Viole Falushe—. ¿Ha hecho fotografías ya?

—Varios centenares. Más de las necesarias para cubrir los aspectos superficiales del Palacio… los que ofrece a sus invitados.

—¿Y le interesa saber qué más ocurre?

Viole Falushe parecía divertido.

—Desde un punto de vista profesional.

—Hum. ¿Qué piensa del Palacio?

—Es muy agradable.

—¿Alguna reserva?

—Algo falla. Quizá el defecto procede de los criados. Les falta profundidad; no parecen reales.

—Lo reconozco. Carecen de tradiciones. El único remedio es el tiempo.

—También carecen de sentido de la responsabilidad. Al fin y al cabo, son esclavos.

—No del todo, porque no se dan cuenta. Se consideran la Gente Afortunada, y eso es lo que son. Es precisamente esta irrealidad, esta sensación de cuento de hadas, la que me ha costado más desarrollar.

—Y cuando se hacen mayores, ¿qué pasa? ¿En qué se transforma la Gente Afortunada?

—Algunos trabajan las tierras que circundan los jardines. Otros son enviados a diversas partes.

—¿Al mundo real? ¿Los venden como esclavos?

—Todos somos esclavos en una u otra forma.

—¿Usted también?

—Soy víctima de una terrible obsesión. Fui un chico sensible, cruelmente maltratado; Navarth le habrá proporcionado más detalles. En lugar de someterme, mi sentido de la justicia me obligó a buscar compensación… y todavía la busco. Soy un hombre muy difamado. La gente me considera un sibarita voluptuoso, un glotón erótico. La verdad está en el reverso de la medalla. Soy, para qué andar con remilgos, absolutamente ascético. Y lo seré hasta que mi obsesión desaparezca. Soporto el peso de una maldición. Pero a usted no le interesan mis problemas personales, ya que jamás se publicarán.

—No obstante, me interesan. ¿Es Jheral Tinzy la causante de su obsesión?

—Precisamente —Viole Falushe hablaba con voz serena—. Arruinó mi vida. Debe expiar su crimen. ¿No es esto la justicia? Hasta la fecha se ha demostrado poco dispuesta, incapaz.

—¿Cómo podría destruir esta obsesión?

—¡Qué falta de imaginación! —Viole Falushe se removió en la silla—. Ya hemos hablado antes de esto.

—¿Así que Jheral Tinzy todavía vive?

—Sí.

—Pero, si no me equivoco, antes dijo que estaba muerta.

—Vida, muerte… son términos imprecisos.

—¿Quién es, pues, Drusilla, la joven que dejó bajo la custodia de Navarth? ¿Jheral Tinzy?

—Ella es la que es. Cometió un terrible error. Ella fracasó, Navarth fracasó, tenía que haberla educado convenientemente. Es frívola, casquivana; mantuvo relaciones con otros hombres, y servirá para lo que sirvió Jheral Tinzy. Así será, por siempre jamás, hasta que haya expiación, hasta que me sienta aliviado y completo. A estas alturas, la cuenta es enorme. ¡Treinta años! ¡Piense en ello! —La voz de Viole Falushe vibró y se quebró—. ¡Treinta años rodeado de belleza, e incapaz para gozar de ella! ¡Treinta largos años!

—No me atrevería a darle ningún consejo —dijo Gersen con cierta sequedad.

—No necesito consejos, y todo lo que le estoy diciendo es, por supuesto, confidencial. Sería ingrato por su parte publicarlo. Me sentiría dolido y exigiría una satisfacción.

—¿Qué es lo que puedo publicar?

—Lo que quiera, en tanto no me calumnie.

—¿Y los demás aspectos de este lugar? ¿Qué ocurre, por ejemplo al otro lado del vestíbulo?

Viole Falushe le examinó un momento. Gersen podía sentir, aunque no ver, el fuego de sus ojos.

—Este es el Palacio del Amor —dijo con voz suave—. Estoy interesado en el tema, incluso fascinado, especialmente en el mecanismo de la sublimación. He puesto en marcha un elaborado programa de investigación. Exploro las emociones en circunstancias artificiales y arbitrarias.

No me apetece discutir del asunto ahora. Tal vez dentro de cinco o diez años publique un resumen de mis hallazgos. Darán qué hablar.

—Con respecto a las fotografías de la antesala…

—¡Basta! —Viole Falushe se puso violentamente en pie—, hemos hablado demasiado; me siento incómodo. Usted lo ha provocado, y he preparado una incomodidad similar en su honor, que conseguirá tranquilizarme. A partir de ahora, precaución y discreción. Aproveche su tiempo, porque en breve plazo volverá a la Realidad.

—¿Y usted? ¿Va a quedarse aquí?

—No. Yo también me iré del Palacio. Mi trabajo ha terminado y me espera una importante misión en Alphanor, que podría cambiar… Sea tan amable de regresar al vestíbulo. Mi amigo Helaunce le espera.

Debía de ser el hombre de ojos claros. Poco a poco, mientras Viole Falushe le vigilaba desde la pantalla, Gersen fue hacia la puerta. El hombre de ojos claros aguardaba en el vestíbulo. Portaba un objeto semejante a un mayal; una vara rematada por un grupo de cuerdas. En apariencia no llevaba más armas.

—Desnúdese —dijo Helaunce—. Va a recibir su castigo.

—Será mejor que no lo intente —dijo Gersen—. Insúlteme cuanto quiera, pero entretanto volvamos al jardín.

—He recibido órdenes —sonrió Helaunce—. Puede resistirse, pero las órdenes han de cumplirse.

—Pero no será usted quien lo haga. Es demasiado pesado y demasiado lento.

Helaunce balanceó el mayal; las cuerdas silbaron de forma siniestra.

—Rápido o acabará con nuestra paciencia; el castigo será todavía peor.

Helaunce parecía duro y fuerte, con toda seguridad un luchador preparado, tal vez tan bien preparado como Gersen. Helaunce pesaría unos quince kilos más que él. No percibía ningún punto débil en su estructura. Gersen se sentó de pronto en el vestíbulo, se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar.

—¡Quítese la ropa! —gritó Helaunce estupefacto—. Levántese de ahí. —Se acercó a Gersen y le golpeó con el pi—. ¡Arriba!

Gersen se irguió con el pie de Helaunce apretado contra su pecho. Helaunce trastabilleó hacia atrás; Gersen le retorció sin piedad el pie por el punto en que los músculos no prestaban ninguna protección. Helaunce lanzó un grito de agonía y se desplomó sin sentido. Gersen le arrebató el mayal y lo descargó sobre la espalda del hombre. Las cuerdas silbaron y restallaron. Helaunce gimió.

—Si puede andar —dijo Gersen—, sea tan amable de mostrarme el camino.

Oyó una pisada detrás suyo. Gersen se giró y distinguió vagamente una forma alta vestida de negro. Algo iluminó en su cerebro luces blancas y púrpura. Gersen cayó y se desmayó.

La pesadilla duró media hora. Gersen recobró el control de sus facultades con lentitud. Yacía desnudo en el jardín, junto a la pared blanca del palacio. Sus ropas estaban amontonadas pulcramente a su lado.

«Menos mal», pensó. El proyecto había fracasado. Pero aún conservaba la vida. Gersen se vistió, una sonrisa amarga en los labios. Habían intentado humillarle, sin éxito. Había pagado, pero el dolor, como el placer, se extingue pronto. El orgullo era más persistente.

Gersen se apoyó en la pared mientras su cerebro se recobraba. Sus nervios aún temblaban ante el recuerdo del terrible mayal. No advirtió contusiones ni heridas, tan sólo unos cuantos verdugones rojos. Gersen se sentía irritado. La auténtica humillación consistía en comer los alimentos de Viole Falushe, en pasear por el maravilloso jardín concebido por la mente de Viole Falushe… Gersen sonrió de nuevo, una sonrisa lobuna. Por suerte, siempre había sabido que su vida no sería fácil ni agradable.

Se acercaba el crepúsculo. El jardín parecía más bello que nunca. Las mariposas revoloteaban entre los jazmines; las urnas de mármol brillaban en contraste con la oscura vegetación, como si difundieran una luz pálida. Un grupo de chicas procedentes de uno de los pueblos venían brincando y jugueteando. Llevaban pantalones blancos anchos y portaban farolillos amarillos. Al ver a Gersen le rodearon y cantaron una alegre canción; Gersen no entendió la letra. Una se acercó y alumbró el rostro de Gersen con su farolillo.

—¿Por qué pones esa cara, invitado? ¿Por qué estás tan serio? ¡Ven a divertirte, ven con nosotras!

—Gracias. Me temo que esta noche no me divertiría mucho.

—Bésame. ¿No me encuentras bella? ¿Por qué estás tan triste? ¿Porque has de abandonar para siempre el Palacio del Amor? Nosotras nos quedaremos, seremos siempre jóvenes y alumbraremos nuestros farolillos en la noche. ¿Es eso lo que te duele?

—Sí —sonrió Gersen—. He de regresar a un mundo lejano, y la idea me entristece. Pero no dejéis que perturbe vuestra alegría.

—Esta noche es tu última noche —la chica le besó en la mejilla—, tu última noche en el Palacio del Amor. Esta noche has de hacer lo que nunca te atreviste; no habrá otra ocasión.

Las chicas siguieron su camino y Gersen las estuvo mirando hasta que desaparecieron.

—¿Hacer lo que nunca me atreví? Ojalá pudiera…

Se dirigió a la terraza en que se celebraba la cena. Navarth estaba inclinado sobre un cuenco de gulash; Gersen tomó asiento a su lado. Un criado trajo un carrito de ruedas. Gersen, que no había comido nada desde la mañana, se sirvió.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó al fin Navarth—. Parece agotado.

—Pasé la tarde con nuestro anfitrión.

—Vaya. ¿Habló con él cara a cara?

—Casi.

—¿Y ya sabe quién es? ¿Mario? ¿Ethuen? ¿Tanzel?

—No estoy seguro.

Navarth gruñó y se dedicó de nuevo al gulash.

—Esta noche es la última noche —dijo Gersen al cabo de un momento.

—Eso me han dicho. Me alegraré de marchar. Aquí no hay poesía. Siempre lo dije: la alegría proviene de su misma libre voluntad; no se puede forzar. Mire… un gran palacio, un espléndido jardín con ninfas y héroes vivientes. Pero ¿dónde está el sueño, dónde está el mito? Sólo la gente de pocas luces halla alegría aquí.

—Su amigo Viole Falushe se sentiría deprimido si escuchara sus palabras.

—Es lo menos que puedo decir —Navarth dirigió a Gersen una dura mirada—. ¿Preguntó por la chica?

—Sí. No averigüé nada.

—Me he hecho viejo e inútil —Navarth cerró los ojos—. Henry Lucas, o como se llame, ¿es incapaz de actuar?

—Hoy lo intenté. No salí bien parado.

Los dos guardaron silencio. Gersen preguntó:

—¿Cuándo nos vamos?

—Sé lo mismo que usted.

—Haremos lo que podamos.