Uno
Después de comer juntos por primera vez, Dmitri Dmítrich Gúrovy Anna Serguéievna von Diederits, el héroe y la heroína del relato de Antón Chéjov La dama del perrito (1899), se dirigen al amanecer a una aldea cercana a Yalta llamada Oreanda, donde se sientan en un banco junto a una iglesia y contemplan el mar. «Yalta apenas alcanzaba a verse a través de la bruma matinal, las cumbres de las montañas estaban cubiertas de nubes blancas e inmóviles», escribe Chéjov al comienzo de ese famoso pasaje, que continúa:
Las hojas estaban quietas en las ramas, se oía el chirrido de las cigarras; el ruido sordo y monótono del mar, que llegaba desde abajo, hablaba de sosiego, del sueño eterno que nos espera. Así era su rumor cuando ni Yalta ni Oreanda existían, así era ahora y así seguirá siendo, sordo y monótono, cuando nada quede de nosotros. En esa constancia, en esa total indiferencia a la vida y la muerte de cada hombre reside, quizá, la prueba de nuestra salvación eterna, del movimiento ininterrumpido de la vida sobre la tierra, de un perfeccionamiento constante. Sentado al lado de una mujer joven, que tan bella parecía a la luz del amanecer, con el ánimo sereno, anonadado por la visión de ese fastuoso panorama —el mar, las montañas, las nubes, el anchuroso cielo—, Gúrov reflexionaba que en realidad, si se para uno a pensarlo, todo es bello en este mundo, salvo lo que nosotros mismos discurrimos y hacemos cuando olvidamos los fines supremos de la existencia y nuestra dignidad humana.
Hoy estoy sentada en ese mismo banco junto a la iglesia, contemplando la misma vista. A mi lado se encuentra mi guía de habla inglesa Nina (no sé ruso), y a un cuarto de milla de distancia un chófer llamado Yevgueni espera en su coche a la entrada del sendero que conduce a la atalaya donde Gúrov y Anna se sentaron, aún inconscientes del gran amor que se abría ante ellos. Soy un personaje de un nuevo drama: la farsa absurda del peregrino literario que abandona las mágicas páginas de una obra genial y viaja a un «escenario original» que sólo puede defraudar sus expectativas. No obstante, como Nina y Yevgueni se han tomado la molestia de encontrar el enclave, pretendo mostrarme entusiasmada con él. Nina —una mujer corpulenta, a punto de entrar en los setenta, con cortos y lacios cabellos rubios, ojos azules del color del nomeolvides y un carácter abierto y apasionado— se siente complacida. Se pone a cantar. «Vivimos en un mundo grande y maravilloso», tararea, y a continuación me pregunta:
—¿Conoce usted esa canción?
Cuando le dije que sí, me contó que Deanna Durbin la cantaba en la película For the Lave of Mary [Por el amor de María], de 1948.
—¿Le gusta a usted Deanna Durbin? —me pregunta.
Asiento.
—Adoro a Deanna Durbin —dice Nina—. La adoro desde niña.
Me habla de un encuentro casual en una iglesia de Yalta, dos años antes, con una mujer inglesa llamada Muriel, que resultó ser otra adoradora de Deanna Durbin y que más tarde la invitó a la conferencia anual de una organización llamada Deanna Durbin Society, que ese año se celebraba en Scarborough, Inglaterra. Nina tiene en cinta de vídeo todas las películas de Deanna Durbin y conoce todas sus canciones. Se ofrece a darme la dirección de la Deanna Durbin Society.
Nina, nacida y educada en San Petersburgo, estudió idiomas en la universidad y se convirtió en guía de Inturist; más adelante se trasladó a Yalta. Se había jubilado y, como muchos jubilados de la antigua Unión Soviética, no podía vivir de su pensión. Ahora trabaja como guía independiente, esperando que el Hotel Yalta, en la actualidad el único habitable de la ciudad, le encargue alguna misión. Mi viaje a Yalta ha sido un golpe de suerte para ella, pues llevaba tiempo sin trabajar cuando la llamaron del hotel.
Es el segundo día de mi relación con Nina, el tercero de mi estancia en el Hotel Yalta y el noveno de mi viaje a la antigua Unión Soviética. He viajado al sur desde San Petersburgo y Moscú. Mi llegada a Yalta estuvo marcada por un incidente que, de forma bastante dramática, puso de relieve algo de lo que no había sido consciente mientras proseguía mi itinerario de visitas a las casas en las que había vivido Chéjov y los lugares sobre los que había escrito. Había volado desde Moscú hasta Simferopol, la ciudad con aeropuerto más cercana a Yalta, a unas dos horas en coche. Chéjov pasó en Yalta gran parte de sus últimos cinco años de vida. (Murió en julio de 1904). En aquella época, el retiro a lugares de clima templado, como Crimea y la Riviera, era la terapia habitual para tratar la tuberculosis, en cuyos estadios finales Chéjov había entrado a finales de la década de 1890. Se hizo construir una agradable villa a unas pocas millas del centro de la ciudad, en un barrio de las afueras llamado Autka y compró también una quinta junto al mar en una aldea tártara llamada Gurzuv. En esas casas escribió Tres hermanas y El jardín de los cerezos, así como La dama del perrito y El obispo.
En el aeropuerto de Simferopol, mientras hacía cola ante el mostrador de inmigración para que me sellaran el pasaporte y el visado, vi, como en el lento movimiento de un sueño, a un hombre en el área de equipajes, al otro lado de un panel de cristal, saliendo del edificio con mi maleta. La alucinación resultó ser real. Aturdida, rellené un formulario de equipajes perdidos y seguí a una mujer que hablaba inglés y trabajaba para el Hotel Yalta hasta el aparcamiento, donde nos esperaba un coche. Dijo que encontraría mi maleta y desapareció. El conductor —ese mismo Yevgueni que ahora está sentado en el coche en Oreanda— me llevó al hotel en silencio, pues su conocimiento del inglés estaba en consonancia con el mío del ruso.
A medida que nos acercábamos a la costa del mar Negro, los campos ucranianos de labranza cedían su lugar a un terreno que se asemejaba —y superaba en la variedad y belleza de su vegetación— al de las cornisas de la Riviera. La tortuosa carretera ofrecía vistas de montañas y, abajo, vislumbres del mar. Pero cuando el Hotel Yalta se hizo visible, su espectacular fealdad me cortó la respiración. Ese edificio monstruoso —erigido en 1975, con una capacidad para dos mil quinientas personases una bofetada al paisaje. Su tamaño sería problemático en cualquier lugar, pero en la ladera que domina Yalta resulta catastrófico. Centenares —quizá un millar— de balcones idénticos sobresalen de las ventanas y de la fachada de hormigón. La entrada es un aparcamiento semejante al de un supermercado estadounidense. El vasto vestíbulo de techo bajo, con negros suelos de mármol y muros metálicos, parece una mezcla de banco en quiebra y sórdido club nocturno. Hay un bar en una esquina y a lo largo de una de las paredes una hilera de máquinas tragaperras. Entre éstas y la recepción del hotel se extiende un amplio espacio vacío con suelo de mármol negro. Cuando entré en el vestíbulo estaba casi completamente desierto: dos o tres hombres jugaban a las máquinas tragaperras y una pareja estaba sentada en el bar. En recepción me dieron la llave de una habitación de la cuarta planta con la que, después de atravesar un pasillo vacío casi ridículamente largo, abrí la puerta de un cubículo de unos dos metros y medio por tres metros y medio, con agradables muebles de madera clara de estilo escandinavo moderno, tipo años cincuenta o sesenta, en el que apenas había espacio para una cama doble, una pequeña mesa redonda con dos sillas, un armario y un minúsculo frigorífico. Desde mi pequeño balcón —como desde sus incontables réplicas— se divisaba una porción de mar y una vista con amplias piscinas, pistas de tenis, varias dependencias y un auditorio. No había nadie en las piscinas ni en las canchas, pero desde un altavoz sonaba a todo volumen música popular estadounidense. Cerré la puerta de cristal para amortiguar el sonido y abrí esperanzada el frigorífico. Estaba vacío. En el cuarto de baño encontré unos sanitarios prácticos y una jabonera de plástico que imitaba el mármol color crema.
A mi llegada, un adusto joven llamado Igor, que hablaba inglés con soltura, se había acercado a mí en el vestíbulo y me había conducido a su oficina, donde enumeró las actividades que había organizado para los dos días siguientes con Nina y Yevgueni. Éstas habían sido pagadas con antelación y el joven quería que entendiera que todo lo demás tendría un coste adicional. (El viaje a Oreanda se incluiría entre esos extras). Cuando le mencioné mi maleta perdida y le pregunté si había algún lugar donde pudiera comprar un camisón y una muda, consultó su reloj y comentó que si bajaba a la ciudad —un paseo de unos veinte o treinta minutos— todavía podría encontrar abierta alguna tienda de ropa.
Mientras me dirigía a la ciudad a la última luz del atardecer, bajando por una tortuosa carretera impregnada del olor de los árboles, arbustos y flores silvestres que la circundaban, y dejando el hotel a mis espaldas, sentí una oleada de felicidad. Aunque estábamos en el mes de mayo, en San Petersburgo reinaba un crudo clima invernal y en Moscú la temperatura sólo era unos grados más alta. Pero aquí la primavera había empezado de verdad; el aire era fresco y suave. En unos meses —lo sabía por La dama del perrito— Yalta sería un lugar caluroso y polvoriento. El día en que Gúrov y Anna se convirtieron en amantes, «en las habitaciones el ambiente era sofocante y en las calles el viento levantaba remolinos de polvo y arrancaba los sombreros. La sed no les abandonaba, de modo que Gúrov entraba a menudo en el restaurante e invitaba a Anna Serguéievna a un refresco o un helado. No sabía uno dónde meterse». Al atardecer, en medio de la multitud que abarrotaba el muelle para recibir el vapor, Gúrov besa a Anna y a continuación ambos se van al hotel. Después de hacer el amor, Anna se muestra abatida «como “la pecadora” de un cuadro antiguo», mientras Gúrov corta con indiferencia una rodaja de sandía y se la come «sin prisas». El gesto inolvidable de Gúrov —la marca del viejo libertino que es— aumenta el misterio y refuerza el patetismo de su posterior transformación en un hombre capaz de sentir un amor verdadero.
A medida que caminaba, empezaron a aparecer pequeñas casas de campo de tipo antiguo y corriente. Yalta parecía no haber sido tocada por las manos que habían levantado mi monstruoso hotel en la ladera. En el paseo marítimo se habían producido algunos cambios desde que Gúrov y Anna caminaron por él. En la plaza que hay frente a la bahía se alza una enorme estatua de Lenin señalando hacia el mar; la propia bahía alberga un parque infantil, provisto de unas figuras de colores chillones. Las tiendas que se alineaban a lo largo de la alameda —las cuales vendían carretes, bronceadores, sirenas y recuerdos de porcelana— tenían un aspecto descuidado y parecían poco frecuentadas; quizá los negocios se animaban en la temporada calurosa y polvorienta. Muchas estaban cerradas, incluyendo las de ropa. Cuando Chéjov visitó Yalta por primera vez, en julio de 1888, ofreció esta despectiva descripción a su hermana María: «Yalta es una mezcla de algo europeo, del tipo de una vista de Niza, y algo burdo y chabacano. Los hoteles semejantes a cajas en los que languidecen tísicos desdichados, los insolentes rostros tártaros, el ajetreo de las damas con una expresión de asco apenas velada, las caras de los ricos ociosos en busca de aventuras fáciles, el olor de los perfumes en lugar de los aromas de los cedros y del mar, el paseo marítimo sucio y miserable, las melancólicas luces en alta mar, la conversación de las jovencitas y los caballeros que se amontonan aquí para admirar la naturaleza, de la que no tienen ni idea: todo eso, tomado en su conjunto, produce un efecto tan deprimente y resulta tan agobiante que uno empieza a culparse de ser parcial e injusto».
Inicié la ascensión a la colina. El sol estaba próximo al horizonte y hacía fresco. La idea de encontrarme a miles de kilómetros de mi hogar, sin otra cosa que ponerme que la ropa que llevaba encima, empezó a hacer mella en mí. Traté de tranquilizarme, de superar mi mezquina obsesión por la pérdida de unas prendas, y con ese fin invoqué a Chéjov y ese sentido de lo que es importante en la vida que con tanta fuerza se desprende de su obra. La sombra de la mortalidad planea sobre sus textos; sus personajes se recuerdan unos a otros sin descanso: «Todos tenemos que morir» y «la vida no se concede dos veces». Chéjov no necesitaba tales recordatorios: la última década de su vida fue una batalla diaria con una tuberculosis pulmonar e intestinal cada vez más virulenta. Incluso cuando se estaba muriendo, en el balneario de Badenweiler, adonde un especialista había cometido la estupidez de enviarlo, escribía cartas a María en las que se quejaba una y otra vez no de su destino, sino de lo mal que se vestían las alemanas: «En ninguna parte las mujeres se visten de modo tan abominable […]. No he visto una sola mujer hermosa o que no llevara una trenza absurda», escribió el 8 de junio de 1904, y más tarde, el 28 de ese mismo mes —en su última carta a alguien y su último comentario sobre algo—: «No hay una sola alemana que vaya bien vestida. La falta de gusto es deprimente».
Seguí subiendo a la colina, presa de una invencible tristeza por la pérdida de mi ropa. Y entonces caí en la cuenta: reconocí que la sustracción de mi maleta me había restituido algo: la propia capacidad de sentir. Hasta el contratiempo en el aeropuerto, apenas había sido capaz de sentir nada. Sin saber exactamente por qué, siempre he encontrado la literatura de viajes algo aburrida y ahora la razón me parecía evidente: el viaje en sí mismo es una discreta experiencia emocional, un acontecimiento intrascendente en comparación con la vida diaria. Cuando Gúrov se dirige a Anna en la terraza de un restaurante (valiéndose del perro de ella para iniciar la maniobra), entablan la siguiente conversación:
—¿Lleva mucho tiempo en Yalta? [dice él].
—Unos cinco días.
—Yo llegué hace dos semanas.
Durante un rato guardaron silencio.
—El tiempo pasa deprisa y, sin embargo, ¡hay que ver cómo se aburre una aquí! —dijo ella, sin mirarlo.
—La gente se ha acostumbrado a decir que se aburre aquí. Un habitante de Beliov o Zhizhdra no se aburre en su casa, pero viene aquí y dice: «¡Ah, qué aburrimiento! ¡Ah, qué polvo!». Ni que viniera de Granada.
Aunque el pasaje sirve (como señala Vladímir Nabokov) para ilustrar el atractivo y el ingenio de Gúrov, también expresa esa verdad que acababa de revelárseme, y que la estancia de Chéjov en Yalta le reveló a él: que nuestro hogar es Granada. Es allí donde se encuentra la acción; allí donde se despliega toda la riqueza de nuestra experiencia. En nuestros viajes nos encontramos ante decorados y miramos un escenario, en ocasiones nos movemos, pero rara vez nos sentimos tan imbuidos en la vida como en el curso de cualquier día corriente en nuestro entorno habitual. Sólo cuando afrontamos uno de los pequeños e inevitables contratiempos del viaje salimos del trance del turismo y volvemos a percibir el intenso sabor de la realidad. («Nunca me he encontrado con alguien que tuviera menos de turista —escribió de Chéjov su compatriota Maksim Kovalevski, un profesor de sociología al que el escritor conoció en Niza en 1897, añadiendo a continuación—: Las visitas a los museos, a las galerías de arte y a las ruinas le causaban más fatiga que satisfacción[…]. En Roma me sentí obligado a asumir el papel de guía, mostrándole el Foro, las ruinas del palacio de los Césares, el Capitolio. Ante todas esas cosas se mostró más o menos indiferente»). Antes de construir su casa y plantar su jardín, Chéjov se aburría soberanamente en Yalta, e incluso después se sentía como si hubiera sido desterrado y la vida se encontrara en otra parte. Al describir la nostalgia de Moscú que embarga a las tres hermanas, Chéjov estaba expresando su propia idea del exilio: «Uno no sabe dónde meterse».
La villa de Chéjov en Autka —Nina me llevó allí el primer día que pasamos juntas— es un edificio de dos plantas, distinguido, sin ornamento, con fachada de estuco y cierto aire morisco, con un extenso y bien ordenado jardín y espaciosas habitaciones con vistas a Yalta y al mar. María Chéjova, que vivió allí hasta 1957, preservó la casa y el jardín, protegiéndolos de los ocupantes nazis durante la Segunda Guerra Mundial y soportando los insultos de los períodos de Stalin yjruschov. Conserva los muebles de los tiempos de Chéjov, espléndidos, sencillos, elegantes. La misma preocupación que mostraba por el vestuario de las mujeres (como se advierte en su obra, donde siempre constituye un aspecto importante), manifestaba por los muebles de sus casas. Quizá su amor por el orden y la elegancia fuera innato, aunque lo más probable es que se tratara de una reacción contra el desorden y la dureza de sus primeros años. Su padre, Pável Yegórovich, era hyo de un siervo que se las había arreglado para comprar su libertad, así como la de su mujer y sus hijos. Pável prosperó y se convirtió en propietario de una tienda de ultramarinos en Taganrog, una ciudad con una importante población extranjera (sobre todo griega), a orillas del mar de Azov, en la Rusia meridional. La tienda, como Ernest J. Simmons, el mejor biógrafo de Chéjov, la describe en Chekhov (1962), se parecía a un almacén de Nueva Inglaterra —en ella podían encontrarse artículos como queroseno, tabaco, hilo, clavos y remedios caseros—, aunque en ella, a diferencia de en éstos, también se vendía vodka, que se consumía en una habitación aparte. Según la descripción de Simmons, había «desperdicios en el suelo, hules sucios y desgarrados en los mostradores y en verano nubes de moscas se posaban en todas partes. Una mezcla desagradable de olores emanaba de las mercancías expuestas: el azúcar olía a queroseno, el café a arenque. Ratas descaradas merodeaban entre las existencias».
El hermano mayor de Chéjov, Aleksandr, en una semblanza de Antón, se refirió a una helada noche de invierno en la que «el futuro escritor», entonces un escolar de nueve años, fue sacado por su padre de la cálida habitación en la que estaba haciendo sus deberes y obligado a atender la tienda sin caldear. El relato subraya la crueldad del padre y el sufrimiento del muchacho, y está escrito con crudeza, en una especie de estilo sensacionalista. El reticente Antón no dejó testimonio de sus padecimientos infantiles, aunque hay pasajes en sus relatos que probablemente se refieren a ellos. En la novela corta Tres años (1895), por ejemplo, el héroe, Láptev, le dice a su mujer: «Puedo recordar cómo mi padre me castigaba —o, para decirlo sin rodeos, me azotaba— antes de que tuviera cinco años. Solía golpearme con una vara de abedul, tirarme de las orejas, pegarme en la cabeza, de modo que todas las mañanas, cuando me despertaba, mi primer pensamiento era si me azotaría ese día». En una carta de 1894 a su editor y amigo íntimo Alekséi Suvorin, Chéjov se permitió esta amarga reflexión: «Adquirí mi fe en el progreso cuando era niño; no podía dejar de creer en él, porque la diferencia entre el período en que me daban palizas y el período en que dejaron de hacerlo era enorme». Chéjov tenía lo que describió a otro corresponsal en 1899 como «autobiografofobia». El corresponsal era Grigori Rossolimo, que había sido su compañero de clase en la escuela de medicina, y había escrito a Chéjov para pedirle una autobiografía destinada al álbum que estaba recopilando para una reunión de antiguos alumnos (que Chéjov proporcionó, pero no sin expresar antes su renuencia a escribir de sí mismo). Siete años antes, cuando V. A. Tíjonov, el editor de una revista llamada Siever, le solicitó información biográfica para acompañar una fotografía, Chéjov ofreció la siguiente respuesta:
¿Necesita usted mi biografía? Aquí la tiene. Nací en 1860 en Taganrog. En 1879 terminé mis estudios en la escuela local. En 1884 terminé mis estudios en la escuela de medicina de la Universidad de Moscú. En 1888 recibí el Premio Pushkin. En 1890 emprendí un viaje a Sajalín atravesando Siberia y regresando por mar. En 1891 hice una gira por Europa, donde bebí un vino espléndido y comí ostras. En 1892 acompañé a V. A. Tíjonov a la fiesta onomástica [del escritor Scheglov]. Empecé a escribir en 1879 en Strekosa, Mis colecciones de cuentos son Relatos abigarrados, En el crepúsculo, Relatos, Gente sombría y la novela corta El duelo. También he pecado en el ámbito del drama, aunque moderadamente. He sido traducido a todos los idiomas menos a los extranjeros. No obstante, he sido traducido al alemán hace poco. Los checos y los serbios también me aprueban. Asimismo, tengo relación con los franceses. Descubrí los secretos del amor a la edad de trece años. Mantengo excelentes relaciones con mis amigos, tanto médicos como escritores. Estoy soltero. Me gustaría recibir una pensión. Me ocupo de la medicina hasta tal punto que este verano voy a realizar varias autopsias, algo que no he hecho en dos o tres años. Entre los escritores prefiero a Tolstói; entre los médicos a Zajarin. No obstante, todo esto no vale nada. Escriba lo que le parezca. Si no hay hechos, sustitúyalos por algún comentario lírico.
Maksim Gorki escribió de Chéjov que «en presencia de Antón Pávlovich todos sentían un deseo inconsciente de ser más sencillos, más sinceros, más ellos mismos». El remedo de biografía de Chéjov produce el mismo efecto aleccionador. Después de leerlo, cualquier intento de autodescripción más largo y menos festivo se antoja pretencioso y bastante ridículo.