17 DE SEPTIEMBRE, LUNES (AÑO 25)
Aquel amanecer se presentó extraño; hermoso e incierto al mismo tiempo. Los relojes de la «cuna» marcaron el orto solar a las 5 horas, 16 minutos y 6 segundos.
Una espesa niebla ocultaba la cumbre principal del Hermón. Lenta, sin prisas, rodaba pendiente abajo, devorando los bosques de cedros. No tardaría mucho en alcanzar también la explanada en la que se levantaba nuestro campamento. El sol, naranja, se anunciaba ya entre los blancos y largos jirones de la inesperada niebla.
La tienda de pieles del Maestro aparecía recogida y dispuesta para el transporte. Y junto a ella, el saco de viaje de Jesús de Nazaret.
Eliseo tampoco se encontraba en el campamento. Supuse que ambos podrían hallarse en la «piscina», en la zona de las cascadas.
Y digo que aquel lunes, 17 de septiembre del año 25 de nuestra era, se presentaba incierto porque, para estos exploradores, todo era nuevo. Nada sabíamos de los planes del Maestro. El Destino quiso que diéramos con Él cuatro semanas antes y que tuviéramos la fortuna de ser testigos de un suceso del que no hay constancia y para el que, sinceramente, no tengo explicación: el proceso (?) de recuperación (?) o materialización (?) de la naturaleza divina. Desde el punto de vista de la comprensión humana, al menos desde mi corto conocimiento, ese cambio (?) resulta difícil de entender, aceptando que se tratara de un cambio. Sea como fuere, lo que contaba es que aquel Hombre, a partir de agosto del año 25, se transformó en ser muy especial (más todavía). Para quien esto escribe, la definición más aproximada sería «Hombre-Dios», tal y como he manifestado en otras páginas de este apresurado diario. Es decir, un Hombre con un poder que nada tenía que ver con la mísera naturaleza humana. Algo nunca visto en la historia del mundo.
Éste era nuestro amigo y ésta, la nueva misión: seguirlo día y noche y dar testimonio de cuanto viéramos y oyéramos.
Me apresuré a desmontar la tienda y revisé los petates. Sospechábamos que Jesús regresaría al yam (mar de Tiberíades), aunque, como digo, ignorábamos sus planes. Las noticias proporcionadas por el Zebedeo padre terminaban ahí: «En el mes de tišri (septiembre-octubre), el Maestro descendió del Hermón…». ¿Se trasladaría a Saidan, al viejo caserón de los Zebedeo, a orillas del lago? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Se aproximaría al yam por la ruta acostumbrada? ¿Se desviaría hacia Nazaret? ¿Cuánto tiempo dedicaría al viaje de regreso? Estas cuestiones, en esos momentos, me mantenían relativamente preocupado. Hacía casi un mes que habíamos abandonado la cumbre del Ravid y, aunque la «cuna» se encontraba en las mejores manos —las de Santa Claus, el ordenador central—, la seguridad de la nave seguía siendo una de nuestras prioridades. Debíamos regresar lo antes posible. Pero quizá el mayor desasosiego lo provocó la alarmante escasez del fármaco que actuaba como antioxidante (dimetilglicina) y que, como se recordará, trataba de frenar el mal que nos aquejaba, consecuencia de las sucesivas inversiones de masa de los swivels. Al repasar la «farmacia» de campaña, verifiqué lo que ya sabía: sólo quedaban dos tabletas. Al día siguiente, martes, el tratamiento se vería inexorablemente interrumpido, animando así, en teoría, la producción de óxido nitroso (NO) que estaba «canibalizando» nuestros cerebros. Esto, en suma, como ya expuse en su momento, podía significar una catástrofe…
En cuanto a las provisiones, reducidas a unos pocos huevos y a los recipientes que contenían sal, aceite, vinagre y miel, casi ni lo consideré. La invasión de las hormigas arbóreas, las insaciables camponotus, había malogrado muchas de las viandas pero, como digo, ése no era el principal problema. Nuestras bolsas de hule conservaban buena parte del dinero con el que iniciamos esta nueva exploración (treinta denarios de plata). Al entrar en la cercana aldea de Bet Jenn podíamos adquirir todo lo necesario. «Por cierto —seguí reflexionando—, hoy es lunes, uno de los días en los que el joven Tiglat, el fenicio, debe aprovisionar el campamento. Si el Maestro se dispone a dejar estas cumbres, ¿cómo piensa resolver el asunto de los víveres?».
¿El Maestro? ¿Eliseo? ¿Dónde demonios estaban? Inspeccioné el banco de niebla. Proseguía el descenso, lamiendo ya los corpulentos cedros que rodeaban la explanada por la cara norte. En cuestión de minutos cubriría el campamento, haciendo muy difícil el avance de estos exploradores. Pero mis pensamientos regresaron a los antioxidantes. Los cálculos habían fallado. Si Jesús de Nazaret no retornaba al lago de inmediato, ¿qué podíamos hacer? La reserva de fármacos finalizaba, justamente, ese lunes… Y los viejos fantasmas se presentaron de nuevo. ¿Qué sucedería si las neuronas se colapsaban y provocaban un accidente cerebrovascular? ¿Qué sería de nosotros ante una súbita pérdida de memoria o de visión?
En ello estaba cuando, de pronto, en el fondo del saco, mis dedos tropezaron con la pequeña plancha de madera, obsequio de Sitio, la posadera del cruce de Qazrin. Casi la había olvidado.
«Creí no tener nada, pero, al descubrir la esperanza, comprendí que lo tenía todo». La leyenda, en koiné (griego internacional), me conmovió. Y sentí una cierta vergüenza. ¿No había aprendido nada en aquellas cuatro semanas junto al rabí de Galilea? ¿Por qué me preocupaba? Según el Maestro, todo estaba en las manos del Padre…
Me sobresalté. No oí sus pasos, que se aproximaban por mis espaldas. Unas manos se posaron dulcemente en mis hombros y, al volverme, aquellos ojos rasgados, acogedores, luminosos como la miel líquida, me sonrieron. Jesús presionó ligeramente con los largos y estilizados dedos. Eliseo, a escasos metros, contemplaba la escena con curiosidad.
—Confía —exclamó el Maestro, acariciándome con aquella voz firme y profunda. Y tomando la pequeña madera, tras algunos segundos de atenta lectura, concluyó—: Aquí lo dice bien claro… Si tienes esperanza, si confías, lo tienes todo.
Era imposible acostumbrarse. Aquel Hombre, de pronto, se deslizaba en nuestras mentes, saliendo al paso de los pensamientos. Supongo que este poder formaba parte de su recién estrenada divinidad. A decir verdad, nunca nos acostumbramos…
—Vamos, es la hora…
Y cargando sacos y tiendas, el Maestro y estos exploradores se alejaron del mahaneh, el rústico campamento ubicado en la cota 2000, muy cerca de las nevadas cumbres del Hermón; un paraje difícil de olvidar y al que tendríamos la fortuna de regresar en su momento.
El Galileo, en cabeza, tomó el senderillo que culebreaba entre los árboles, e inició el descenso hacia el refugio de piedra en el que la familia de los Tiglat acostumbraba a depositar las provisiones todos los lunes y jueves. Mi hermano lo seguía a corta distancia, y quien esto escribe, como siempre, cerraba la menguada expedición.
La niebla, advertida quizá por el sol, parecía detenida en los alrededores del dolmen. Eso nos benefició, permitiendo un avance más rápido y seguro.
¿Un avance? ¿Hacia dónde nos dirigíamos? Ni Eliseo ni yo cambiamos impresiones con el Maestro. Sencillamente, nos limitamos a seguirlo. Él, en todo momento, tomó sus propias decisiones. No podía ser de otra forma. Según mi hermano, esa mañana, mientras acompañaba a Jesús al último baño en la llamada «piscina de yeso», poco faltó para que lo interrogara sobre sus inmediatos planes. El ingeniero, sin embargo, fiel a las normas, optó por el silencio. Era mejor así.
Alcanzamos el «refugio», en la cota 1800, en cuestión de minutos. Jesús parecía tener prisa. Pensé que haría un alto y esperaría la llegada de Tiglat con las provisiones. Me equivoqué. El Maestro dejó atrás el pequeño semicírculo de piedras negras que había servido de almacén y prosiguió por la senda, rumbo a la aldea de Bet Jenn. Eso, al menos, fue lo que supuse. Era verosímil que Jesús quisiera despedirse de la amable familia.
La estrecha y voluntariosa huella de ceniza volcánica desembocó, al fin, en un claro de tristes recuerdos. Jesús se detuvo y, en silencio, contempló la media docena de osamentas y vísceras de cabras que colgaban de las ramas de la corpulenta sabina. Allí, casi descarnada, oscilaba también la cabeza de Ot, el fiel y valiente perro de Tiglat, decapitado por uno de los bucoles (bandidos de la Gaulanitis). Y durante algunos segundos rememoré la lucha bajo el fortísimo aguacero y la huida de los bucoles.
Eliseo y yo cruzamos una significativa mirada. Nadie dijo nada.
Jesús reanudó la marcha. Mi hermano se encogió de hombros y se apresuró a seguirlo. Por un momento pensé en la reaparición de «Al», el bandido de la pata de palo. Pero ¿por qué me atormentaba? Nosotros éramos unos simples observadores. Debíamos esperar. Sólo eso…
Al llegar a la altura de los restos del bucol llamado «Anaš» («castigo»), entre el camino y el apretado bosque de pinos albar, el Galileo se detuvo nuevamente. Su atención se hallaba centrada en el fondo del senderillo. Ni siquiera reparó en el esqueleto de Anaš. Avanzó algunos pasos y volvió a detenerse. ¿Qué sucedía? Al final de aquel tramo, si no recordaba mal, se alzaba el asherat, la formación megalítica integrada por cinco piedras cónicas de basalto negro, toscamente labradas, que representaban a otros tantos dioses fenicios.
La inquietud se prolongó unos segundos. Mis dedos, instintivamente, se deslizaron hacia lo alto de la «vara de Moisés»…
Al poco respiré aliviado. Por la negra senda vimos ascender al joven Tiglat. Caminaba despacio, tirando de las riendas del alto y poderoso onagro, el asno propiedad del Maestro. Al vernos detuvo la marcha. El sol, despegando sobre la sierra, lo iluminó de frente, entorpeciendo la visión. Supongo que necesitó asegurarse sobre la identidad de aquellos tres inesperados caminantes. Finalmente, sentándose en la orilla del Aleyin, el aprendiz de río que nacía en los ventisqueros, aguardó nuestra llegada.
El muchacho, en efecto, conducía al animal hasta el «refugio» de piedra. En las dos grandes alforjas de junco, la familia había reunido las acostumbradas provisiones, suficientes para tres días.
Y me hice una pregunta cuya respuesta conocía muy bien: ¿cómo había detectado aquel Hombre la presencia del joven guía fenicio? Ni Eliseo ni yo lo descubrimos hasta tenerlo a la vista.
Jesús se acomodó al pie de uno de los ídolos de piedra y nos invitó a que lo imitáramos, descansando. Tiglat, lógicamente confuso, nos interrogó sobre el destino de las provisiones. Mi hermano y yo guardamos silencio. Y Jesús, ausente, continuó con la cabeza reclinada en el basalto negro, ofreciendo el rostro al azul del cielo y a los tibios y primerizos rayos solares. Tiglat no repitió la pregunta. Se dirigió al onagro y buscó entre las viandas.
Eliseo se alejó unos metros del asherat, confundiéndose entre el oloroso maquis de tomillo, menta y salvia amarilla. Comprendí que deseaba orinar.
Y mi atención regresó al Hijo del Hombre.
El rostro, bronceado, alto y estrecho, de frente despejada y barba partida en dos, ahora algo descuidada por la larga permanencia en el Hermón, aparecía sereno, casi radiante. Tenía los ojos cerrados, mostrando aquellas hermosas y tupidas pestañas. No había duda. Jesús era un Hombre feliz, al menos en esos instantes.
Era desconcertante. El Maestro había ido a sentarse al pie de la representación de Resef y Aleyin, hijos del también dios fenicio Baal-Ros, el señor de los promontorios. A pesar de su condición de yehuday (judío), no pareció importarle, en absoluto, la naturaleza pagana de la hilera de piedras. Pronto nos acostumbraríamos también a esta actitud del Galileo, siempre respetuosa y comprensiva con todos y con todo.
Tiglat extendió una estera de hoja de palma sobre la hierba que cubría el asherat y, en silencio, procedió a ordenar una serie de provisiones. Entonces recordé que todavía no habíamos desayunado.
Mi hermano se aproximó eufórico a la improvisada mesa e interrogó al muchacho. En esos momentos, Jesús abrió los ojos y, buscándome con la mirada, me hizo un guiño…
—Tarta de semillas de amapolas —anunció Tiglat, señalando un esponjoso pastel de color dorado—. Recién horneada por mi madre… Miel, sultanas, manzanas, mantequilla, huevos y cáscara de limón…
El delicioso dulce fue rematado con una capa de salsa de almendras y huevo batido. A su lado, mantequilla, confitura de granada y queso.
Jesús inspiró profundamente. Se recogió los largos y lacios cabellos color caramelo en la acostumbrada cola y, frotándose las largas y velludas manos, procedió a trocear el pastel, repartiéndolo.
¿Por qué me había guiñado el ojo? Sólo se me ocurrió una explicación. Él sabía lo que estaba pensando…
El Maestro, entonces, aclaró las dudas del joven fenicio y, de paso, algunas de las nuestras. Su hora estaba cercana —dijo—, y debía regresar con los suyos, preparándose para el momento en el que revelaría al Padre. No habló de fechas. Y ante el asombro de Tiglat, el Maestro le cedió el onagro, la tienda de pieles y la casi totalidad de las provisiones. Cargó algunas de las viandas en su saco de viaje y, tras desear la paz al muchacho y a los suyos, se alejó del asherat con sus típicas y rápidas zancadas. Eliseo y quien esto escribe, tan desconcertados como el fenicio, nos deshicimos igualmente de la tienda y, sin casi despedirnos, salimos tras Él, a la carrera.
Nos equivocamos de nuevo. El Maestro tenía muy claro qué y cómo hacer. E hicimos bien en situarnos en un discreto segundo plano. Lo sucedido en la cadena del Hermón fue una excepción. Nosotros, ahora, no debíamos hacer la más endeble o insignificante de las insinuaciones. Aun así…
Y decía que erramos en las apreciaciones porque, al llegar al cruce de caminos ubicado frente al aserradero, el Maestro, siempre en cabeza, tomó la dirección de Paneas, olvidando el senderillo que se alejaba hacia Bet Jenn, la aldea de los Tiglat. Aquella ruta, igualmente intrincada y solitaria, descendía entre los bosques en dirección suroeste. En la referida encrucijada, un poste de madera anclado en la escoria volcánica era la única señal de vida en varios kilómetros a la redonda: «Paneas. Siete millas». Eso, más o menos, dependiendo del Destino, significaba alrededor de hora y media de marcha. Busqué el sol y deduje que podrían ser las ocho de la mañana. Ahí terminaron mis cálculos. ¿Quién podía ir más allá con aquel Hombre?
Eliseo se unió a este explorador y me interrogó sobre la nueva senda. Poco pude decirle. Sospechaba que moría en la ruta de Damasco, muy cerca de la citada ciudad de Paneas o Cesarea de Filipo. Y de buenas a primeras, sin saber cómo había empezado, nos vimos enzarzados en una estúpida polémica. Mi hermano se preguntó si habíamos actuado correctamente a la hora de regalar la tienda de pieles al joven fenicio. Yo argumenté que era lo adecuado. Ahora caminábamos más ligeros y, además, en cierto modo, se lo debíamos. Los Tiglat habían sido generosos y hospitalarios. No hubo forma de aunar opiniones. Mi hermano esgrimió que el camino hasta el yam era largo y que esa dichosa tienda seguía siendo necesaria. Quien esto escribe protestó y lo acusó de ruin. Comprendo que me excedí. Y el ingeniero replicó, tachándome de manirroto, «sin conciencia alguna del valor del dinero». Las voces se alzaron y también los insultos. Lo dicho: absurdo.
Y así caminábamos cuando, al salir de un recodo, fuimos a tropezar con un Jesús al que casi habíamos perdido de vista y, por supuesto, al que habíamos olvidado momentáneamente.
Se hallaba inmóvil en mitad del camino y con el saco de viaje a los pies. Evidentemente nos esperaba. Eliseo y yo enmudecimos. Lo más probable es que hubiera oído los gritos y los improperios. Nos detuvimos a dos o tres metros, avergonzados. Su rostro aparecía grave. Sobre la frente lucía ahora aquel lienzo blanco, enrollado y anudado a la parte posterior de la cabeza, tan familiar en las largas caminatas. La mirada, serena, fue de uno a otro. Mi hermano terminó bajando la cabeza y yo, como un idiota, pinté una sonrisa de circunstancias. Entonces se inclinó, buscando en el interior del petate. Al poco nos hacía entrega de un par de porciones de la amarillenta keratia, las tabletas confeccionadas con las dulces semillas del haruv (algarrobo), que, sabiamente mezcladas con huevos, leche y miel, recordaban el sabor del chocolate. Un alimento típico de las montañas de la Gaulanitis, tan sabroso como energético.
—¿Por qué os empeñáis en saborear lo amargo cuando podéis disfrutar de lo dulce?
Fueron sus únicas palabras. De pronto, aquella familiar e irresistible sonrisa amaneció de nuevo en el bronceado rostro, dejando al descubierto la blanca e impecable dentadura. Nos abrazó con la interminable sonrisa y, sin más, dando media vuelta, cargó el saco de viaje, reanudando la marcha.
Ni Eliseo ni yo supimos qué decir. No era necesario. Tenía toda la razón.
En el tiempo previsto divisamos Paneas, pero el Maestro, sin titubeos, evitó la populosa ciudad, rodeándola. Dejamos atrás igualmente las obras en la calzada romana y, sin contratiempos dignos de mención, fuimos a entrar en la transitada ruta que discurría casi paralela al primer tramo del río Jordán y en la que mi hermano y quien esto escribe habíamos vivido momentos tan intensos. La negra y crujiente ceniza volcánica gimió bajo las sandalias, anunciando una nueva etapa en aquella magnífica e inolvidable aventura…
Caminábamos hacia el yam por la ruta que habíamos bautizado como la de los «catorce puentes». Eso era todo lo que sabíamos en esos momentos.
El Galileo se distanció nuevamente. Era su particular forma de decirnos que deseaba estar solo. Y Eliseo y yo nos mantuvimos a medio centenar de metros, siempre pendientes. A pesar del intenso trajín de hombres, caravanas y ganado, en uno y otro sentido, la notable estatura del Maestro (1,81 metros), muy superior a la media judía de aquel tiempo, nos permitió un seguimiento cómodo. Ya me he referido a ello en otros pasajes de este diario, pero creo oportuno recordar que Jesús de Nazaret era también un atractivo ejemplar humano, con una constitución física envidiable, más propia de un atleta que de un artesano. Sus hombros eran anchos y poderosos, con una musculatura elástica y armoniosamente desarrollada. Jamás percibí un gramo de grasa. Las piernas, especialmente duras y fibrosas, destacaban por su potencia y agilidad. Su capacidad torácica era tal que difícilmente conseguíamos igualarlo en las marchas o, como habíamos tenido oportunidad de presenciar en las cumbres del Hermón, en la natación. En el año 25 de nuestra era, en el que nos hallábamos en esos instantes, el Maestro, con sus treinta y un años recién cumplidos, se encontraba en plena forma física.
Y fue esa excelente forma física lo que me hizo dudar. ¿Se proponía llegar al mar de Tiberíades en esa jornada del lunes? A juzgar por las referencias tomadas en el viaje de ida hacia el Hermón, en esos momentos —más o menos hacia las diez de la mañana— podíamos estar a poco más de cincuenta kilómetros del yam. Demasiados para un solo día, si teníamos presente lo ya recorrido desde el amanecer. Y supuse, acertadamente, que Jesús tomaría la sensata decisión de pernoctar a lo largo de la agitada «arteria». Pero ¿dónde?
Decidí no darle más vueltas al asunto. Y los pensamientos volaron más allá…
Como he dicho, el Maestro no se había pronunciado sobre sus planes. Al menos, sobre los inmediatos. Eso me intranquilizaba. Teníamos algunas pistas, proporcionadas por el Zebedeo padre, la Señora y los discípulos, pero sólo se trataba de conjeturas y recuerdos, todos ellos, obviamente, sujetos a la duda. El viejo Zebedeo calificó aquellos meses previos al período de predicación como «especialmente importantes», ratificando lo expuesto por María, la madre del Galileo, y los íntimos respecto al bautismo de Jesús en el Jordán (mes de sebat o enero del año 26) y al célebre «milagro» (?) de Caná (febrero de ese mismo año 26). De ser ciertas estas opiniones, aún deberían transcurrir alrededor de tres meses para que el Maestro entrara en escena, oficialmente. Y digo bien —de ser ciertas— porque, a las lógicas dudas, se unieron las resultantes del estudio del Evangelio de Lucas, el único que apunta una fecha que podría estar asociada (?) a los inicios de la vida pública del Hijo del Hombre[1]. El problema, de muy difícil solución, era que la fecha indicada por el escritor sagrado (?) —«año decimoquinto del reinado de Tiberio César»— se hallaba sujeta a diferentes interpretaciones por parte de exégetas e historiadores. Para unos, ese año 15 se correspondería con el 29 de nuestra era, ajustándonos al momento de la muerte de Augusto, el emperador que precedió a Tiberio (Augusto falleció el 19 de agosto de 767 ab urbe condita, es decir, en el 14 de nuestra era). Según este cómputo, Jesús habría sido bautizado en el Jordán en ese año 29. Eso significaba más de tres años de espera…
Para otros especialistas, el año decimoquinto del reinado de Tiberio debía contemplarse desde el cómputo sirio. Ello nos situaría dos años atrás (12 de nuestra era). En esas fechas, Augusto dispuso que Tiberio fuera nombrado «colega imperial», iniciando así un período de gobierno conjunto. Aceptando esta hipótesis, el Bautista habría aparecido en la región del Jordán en el año 26 o 27 de nuestra era.
¿Quién tenía razón? A juzgar por los errores y las manipulaciones de los evangelistas, mi corazón se inclinó por la versión del Zebedeo. Y no tardaríamos mucho en comprobarlo…
Con el sol en el cenit (hora sexta), Jesús dejó que lo alcanzáramos. Habíamos descendido a poco más de cien metros sobre el nivel del mar, y la temperatura en el fértil valle del Hule seguía aumentando. Ahora, a las doce del mediodía, debía de oscilar entre los 20 y los 25 grados Celsius.
Dejamos atrás el cruce a la pequeña aldea de Dera y, tras comprar algunas provisiones ricas en vitaminas E y C, especialmente recomendadas para combatir nuestro mal, buscamos una sombra cerca del camino, en una de las prósperas plantaciones de zayit, los centenarios olivos de la alta Galilea. Era el momento de reponer fuerzas.
Eliseo, hambriento, dio buena cuenta de los huevos crudos, del trigo tostado, de las zanahorias, de los dátiles y de las nueces. Jesús prefirió una ración de lomo de ciervo curado. Yo compartí la carne y, de postre, higos secos.
Lo noté extraño. ¿Cómo describirlo? El Maestro parecía distante. Conversaba con nosotros, sí, pero su mirada terminaba perdiéndose en las caravanas y reatas de burros que iban y venían sin cesar por la ruta del yam. En algún momento, mi hermano y yo intercambiamos una mirada de complicidad. Después, lo confirmaríamos. Algo le sucedía. Aquél no era el expresivo, alegre y comunicativo Jesús del monte Hermón. Sólo fue una sospecha —quizá una intuición—, y como tal lo expreso: era como si el súbito contacto con las gentes lo hubiera transformado, casi volatilizado. Parecía temer algo. Parecía como si el Dios que ahora lo acompañaba le hubiera mostrado, de pronto, la inmensa distancia existente entre Él y sus criaturas. Pero, como digo, sólo fue una ráfaga de luz que cruzó por mi mente. ¿Quién sabe?
Y su atención, al final del almuerzo, fue a centrarse, casi exclusivamente, en los rostros tensos de los burreros, en sus gritos, en los pasos presurosos de los cargadores y en el polvo negro levantado por las caravanas, ahora arrastrado hacia el este por el puntual maarabit, el viento procedente del Mediterráneo. Y así permaneció largo rato, con una cierta tristeza posada en sus ojos…
Nos sentimos impotentes. No sabíamos qué le sucedía con exactitud y, además, poco o nada podíamos hacer. Como ya dije, sólo éramos observadores.
—Prosigamos —anunció finalmente—. Dejemos que el Padre haga su trabajo…
Esta vez fuimos nosotros los que, intencionadamente, nos quedamos rezagados. Eliseo, en efecto, lo había captado. ¿Qué sucedía? ¿A qué se debía aquel singular cambio? ¿Ya no éramos sus amigos? ¿Habíamos fallado en algo?
Le hice ver que, probablemente, como había sucedido en la jornada del 9 de septiembre en el Hermón, nosotros nada teníamos que ver con esta actitud del Maestro. Él tendría sus razones. Quizá, en algún momento, llegásemos a descubrirlas. Y así fue.
Serían las tres de la tarde (hora nona) cuando, inesperadamente, Jesús se detuvo. El viento arreció, lo que dificultó la marcha. Espesas masas de polvo se levantaban sobre la senda, obligándonos a adivinar la llegada de las caballerías y, sobre todo, forzándonos a no perder de vista la blanca y ondeante túnica del Galileo. Lo más probable es que, de no haberse detenido, estos torpes exploradores no habrían reparado en el nuevo rumbo tomado por el Maestro.
Jesús hizo un gesto con la mano izquierda y, señalando un desvío, desapareció por la derecha de la ruta principal. Poco faltó, como digo, para perderlo…
Al entrar en el senderillo, el paisaje cambió. Los huertos y las plantaciones de olivos y manzanos desaparecieron y nos vimos rodeados por una familiar y enredada «jungla» de altísimas cañas, de hasta cinco metros de altura, venenosas adelfas y compactas espadañas, con sus esbeltos tallos buscando la luz. Y en lo alto, sobre los agitados penachos de plumas y las finas hojas de suf, que sirvieron para trenzar la canasta que salvó a Moisés, millones de zumbantes y peligrosos mosquitos, zarandeados por el maarabit.
No tardé en reconocer la estrecha huella. Era el camino que conducía al kan, el siniestro refugio en el que nos habíamos introducido cuando marchábamos hacia el macizo montañoso del Hermón. El recuerdo de los enfermos que alcanzamos a ver en dos de las chozas me estremeció. ¿Qué nos reservaba el Destino en esta nueva e Inesperada visita[2]?
Según mis cálculos, en esos momentos nos hallábamos a unos seis kilómetros de la posada situada en el cruce de Qazrin y a veinte de la costa norte del lago o mar de Tiberíades. Dudé. ¿Era aquél el lugar en el que el Maestro se proponía pasar la noche? ¿En las chozas, junto a los lisiados y los dementes? Rechacé la idea y supuse que sólo se trataba de una visita. El sol huía hacia el oeste, pero aún faltaban tres horas para el ocaso. Lo lógico es que siguiéramos caminando, pernoctando, quizá, en el albergue de Sitio, el homosexual.
Al descubrir las chozas nos detuvimos. Eran siete, levantadas en círculo en una explanada de unos cien metros de diámetro, sobre una ceniza negra y volcánica, y rodeadas de un no menos impenetrable bosque de arundos. Por detrás del kan, a no mucha distancia, se adivinaba el rumor del río Jordán, que se alejaba del lago Hule. Cientos de aves acuáticas se recortaban en el cielo azul, preparándose con sus chillidos para la prometedora pesca de la puesta de sol. Algunas garzas y cigüeñas blancas, supongo que aburridas, habían optado por esperar sobre los tejados de ramas de palma de las chozas. Y desde allí, a tres metros del suelo, observaban o espantaban con displicencia los nubarrones de insectos que dominaban el calvero.
El Maestro avanzó seguro hacia el centro de la explanada. Estaba claro que conocía el lugar. Y Eliseo y quien esto escribe esperamos.
En mitad de la referida explanada, alguien se empeñaba en encender un fuego. El viento racheado, sin embargo, hacía inútiles los intentos de aquellos dos personajes. A nuestra izquierda, junto a la pared de cañas de una de las chozas, trajinaba una docena de hombres y mujeres.
Otros, sentados o tumbados sobre la ceniza, dormitaban o contemplaban el ir y venir de los primeros. Algunos de los hombres, con las túnicas arremangadas, limpiaban y troceaban pescado, arrojando las vísceras a grandes barreños de barro.
El corazón aceleró. Miré a mi hermano y éste, pálido, no replicó. Tenía la vista fija en el más joven de los dos individuos que luchaban por hacer prosperar el fuego.
¡Era Denario, el niño sordomudo que había tratado de robarnos en las proximidades del yam! Y recordé la información proporcionada por Sitio. El jovenzuelo, de ocho o nueve años de edad, cuyo verdadero nombre era «Examinado» (designación que se daba en aquel tiempo a los niños abandonados), había sido recogido en el kan por Assi, el responsable y administrador del albergue. A raíz del incidente en lo que llamábamos el «calvero del pelirrojo», justamente en recuerdo de Denario, Eliseo le tomó un especial cariño. Denario, sin embargo, al alcanzar la posada de Qazrin, desapareció de nuestra vista.
El niño, de pronto, alzó la cabeza y fue a distinguir la alta figura del Galileo, que se aproximaba. Se puso en pie y, alarmado, fue a tocar el hombro del que continuaba arrodillado. Al principio, cubierto con un blanco y generoso turbante, no lo reconocí. Además, era cinco años más joven…
El hombre se incorporó y, tras unos segundos de atenta observación, sonrió al Maestro. Rodeó las piedras que formaban el hogar y se dirigió a su encuentro.
Al desearle la paz y besarlo en la mejilla, Jesús le correspondió con el mismo saludo. Entonces supe que se trataba de Assi, el esenio. Era el único en el kan que vestía de blanco inmaculado, con una túnica hasta las rodillas. Lucía en el pecho la insignia de latón (la haruta) que lo acreditaba como médico o rofé: una hoja de palma. Él, sin embargo, rechazaba este título, asegurando que sólo Yavé era el verdadero rofé. Prefería proclamarse como un modesto «auxiliador». Lo conocí en la casa de los Zebedeo, en la aldea de Saidan, y en circunstancias «delicadas». Pero eso fue en el año 30. Ahora, cinco años atrás, no podía reconocerme.
Fue casi simultáneo. Mientras el Maestro y el «auxiliador» caminaban complacidos hacia el centro de la explanada, Denario emitió uno de aquellos sonidos guturales y, saltando sobre el hogar, corrió como un gamo a nuestro encuentro y se abrazó a la cintura de mi hermano. Eliseo sorprendido, acarició el desnutrido, casi esquelético, cuerpo del jovencito, y le besó los cabellos. Y el pelirrojo, tembloroso, permaneció así durante más de un minuto.
Assi y el Hijo del Hombre fueron a tomar posiciones alrededor de las piedras, turnándose en un nuevo intento por hacer brotar el fuego. Parecían viejos conocidos. Más adelante tendríamos puntual información sobre la amistad entre Jesús y el egipcio, destacado por la comunidad esenia de Qumran en la lejana Gaulanitis con la finalidad de ejercer como médico entre los más desfavorecidos. Assi se hizo cargo del kan y conoció al Maestro en una de sus habituales visitas a Nahum (Cafarnaún). Allí nació una sincera amistad. Jesús visitaba el kan con frecuencia, y ayudaba, incluso, con algunas contribuciones económicas. Siempre era bien recibido. Meses más tarde, en plena vida pública, como creo haber referido, aquel esenio dulce y compasivo y, en especial, los lisiados y dementes que habitaban el kan, jugarían un papel importantísimo en uno de los prodigios del rabí de Galilea. Pero vayamos paso a paso…
Jesús susurró algo al esenio y éste, levantando los negros y profundos ojos hacia estos inmóviles exploradores, nos animó de inmediato a que nos acercáramos.
Eliseo y el niño tomaron la delantera, uniéndose al jefe del kan y al Galileo. Yo respondí igualmente a los saludos de Assi y fui a sentarme a una prudencial distancia de los cuatro. El Maestro parecía más animado. El instinto, sin embargo, me previno.
Algo o alguien acechaba…
Fue necesario esperar. El maarabit no cedería hasta la puesta de sol. Con aquel viento obstinado no era fácil preparar el fuego.
Denario, acurrucado en el regazo de Eliseo, terminó por dormirse. Jesús y Assi siguieron conversando, y quien esto escribe, recordando la pasada experiencia en el interior de las chozas, se retiró discreta y silenciosamente, caminando hacia el grupo que procedía a la limpieza del pescado. Era casi seguro que el Maestro deseaba hacer noche en aquel lugar y, movido por la intuición, quise explorarlo en la medida de lo posible.
En un primer momento centré la atención en tres grandes canastos repletos de peces. Todavía saltaban, haciendo huir a las moscas y a las nubes de mosquitos. Los cortadores me observaron con curiosidad. Varias de las mujeres procedían a la selección y al lavado previos. Creí reconocer carpas, tilapias, barbos y siluros, todos ellos capturados en las cálidas aguas del Hule. Aunque la mayor parte de los «inquilinos» del kan no era judía, Assi, como esenio, respetaba estrictamente lo establecido por la ley mosaica sobre animales puros e impuros[3]. En este sentido, los alargados y «cilíndricos» siluros, sin escamas, de piel mucosa y prácticamente sin aletas, eran apartados y olvidados en un enorme cesto. Así lo disponía el extraño Yavé…
Las carpas, en cambio, azules, verdes y rosadas, eran abiertas por el vientre y, una vez extraídas las entrañas, depositadas en barreños de piedra. Allí, otras mujeres las sazonaban con especias y sal gruesa. Algunos de los ejemplares —tipo «espejuelos»— podían pesar del orden de los ocho kilos.
Al inspeccionar las tilapias y los barbos, dispuestos ya para el asado o la fritura, mis ojos se detuvieron unos instantes en los hombres y mujeres —supuestos «viajeros», de paso por el kan— que permanecían sentados o tumbados al pie de la choza. Me extrañó porque casi no se movían. No hablaban. Las miradas, vidriosas, como hipnotizadas, perseguían con frenesí los destellos de los machetes de los cortadores de pescado. Presentí algo pero, rechazando la idea, bajé la vista, simulando interés por uno de los ejemplares capturados por Assi y su gente en el Hule. Se trataba de un bīnīt[4] —así lo llamaron los cortadores—, un barbo de casi un metro de longitud y más de cinco kilos de peso, de aspecto similar al de las anguilas y que, días después, de regreso a la «cuna», Santa Claus identificó como el Clarias Macracantus, una de las especies autóctonas de Galilea, con ocho barbas, en lugar de las dos o cuatro que presentan el resto de los barbos en el labio superior. El Clarias, aunque perteneciente al mismo orden y género de los barbus, se diferenciaba también del resto de las familias por el hecho insólito de lanzar unos «gritos» que erizaban los cabellos en las noches de otoño.
Supongo que mi condición de médico fue decisiva. Había prometido no presentarme como tal en aquel tercer «salto», evitando así los problemas en los que me vi envuelto en las aventuras precedentes. Y estaba dispuesto a mantener esta decisión, pero, a la vista de lo que tenía delante, no pude o no supe alejarme…
No me equivoqué. La intuición jamás traiciona.
La verdad es que nadie me prohibió que los examinara. Y, lentamente, fui haciéndome a la idea. Aquel kan era muy especial…
Allí, junto a los que preparaban la cena, vigilados en cierto modo por cocineras y cortadores, aguardaba una serie de enfermos a los que no tuve acceso en mi primera visita al refugio. Assi, poco después, confirmaría la sospecha: se trataba de los «menos agresivos y problemáticos»; los únicos que no exigían una vigilancia estrecha y continuada.
¡Dios de los cielos! ¿Qué era aquello?
Uno de los hombres, hecho un ovillo, con la espalda reclinada en las cañas, miraba sin ver. Moscas e insectos lo devoraban, pero, inmóvil como un mármol, ni siquiera pestañeaba. Pasé la mano frente a los azules ojos y verifiqué lo que imaginaba: era ciego. Los dedos, especialmente los de las manos, eran extraordinariamente largos (los pulgares alcanzaban diez o doce centímetros). Examiné el resto de los tejidos de las extremidades y deduje que me hallaba frente a un posible síndrome que alteraba el crecimiento del esqueleto, la dolencia que padeció Abraham Lincoln[5].
A su lado, totalmente desnudo, aparecía un niño, de unos nueve o diez años de edad, de rodillas y con las manos atadas a la espalda. El mugriento rostro se hallaba igualmente torturado por nubes de insectos. Una mordaza, más sucia que la cara del infeliz, mantenía la boca abierta. Espanté las moscas y comprobé que los labios estaban destrozados. Al aproximarme no se movió; se limito a gemir. Inspeccioné los dedos de manos y pies. No había duda. Faltaban falanges completas. Quizá se trataba de un caso de autocanibalismo, conocido en medicina como síndrome de «Nyhan», otra dolencia de origen cromosómico y, como la anterior, de muy difícil solución[6]. El niño, víctima de un retraso mental y motor, terminaba devorando sus propios labios y dedos. De ahí la necesidad de atarlo y amordazarlo de forma permanente.
Antes de proseguir el examen de aquellas pobres criaturas lancé una ojeada al grupo que permanecía en el centro de la explanada. El Maestro y el resto, aunque aparentemente absortos en la conversación, seguían mis movimientos con curiosidad. Eso, al menos, fue lo que deduje de sus furtivas miradas.
En cuanto a las mujeres y los cortadores, ninguno de ellos se preocupó demasiado por mi presencia.
El tercer y cuarto enfermos me dejaron igualmente desarmado y con el corazón en un puño…
Sentado sobre la negra ceniza volcánica, un «niño-anciano» sostenía entre sus brazos a un joven (?) paralítico. Era la primera vez que me enfrentaba en las tierras de Israel a un caso de «progeria» o muchacho con el aspecto de anciano.
Me situé en cuclillas y aventuré una amplia sonrisa. El niño respondía a las principales características de esa enfermedad: cabeza enorme, desproporcionada, calva, con gruesas venas sobresalientes, ausencia de cejas y pestañas, ojos saltones y diminutos, nariz en forma de pico de loro, mentón retraído, casi inexistente, pecho angosto, articulaciones grandes y rígidas y numerosas manchas marrones en brazos y manos.
Replicó con otra sonrisa, mostrando unos pocos dientes, tan irregulares como mal repartidos. La piel era fina, muy frágil, y los brazos y las piernas, casi esqueléticos. No creo que levantara más de un metro de altura.
—¿Qué edad tienes?
Abrió de nuevo la enorme boca y respondió feliz:
—Veinte…
Aquello también era singular. Según mi información, pocos síndromes de envejecimiento prematuro[7] alcanzan tanta edad.
—… Éste es mi amigo Tamim. Yo soy Tamid.
Y volvió a sonreír ante el juego de palabras. Tamid, entre otras cosas, quería decir «vivir al día». En cuanto a su amigo, el paralítico, Tamim era sinónimo de «íntegro o intachable». Comprendí y sonreí para mis adentros. El que los había «bautizado» con estos apodos era muy consciente del doble significado: «vivir al día» era lo único a lo que podía aspirar el «niño-anciano». La progeria arrastra generalmente anomalías cardíacas y respiratorias, así como lesiones cerebrales o del sistema nervioso, que desembocan siempre en una muerte prematura. En cuanto a Tamim, el calificativo era «intachable»…, y sangrante. El joven, antaño fuerte y musculoso, sólo movía los ojos. Ni siquiera estaba capacitado para hablar. ¿Cómo no ser íntegro en tales circunstancias?
Tamim había sido buscador de esponjas en las aguas de Chipre y de Grecia. Un día empezó a sentirse mal. Los músculos de las manos fallaron y, poco a poco, la dolencia fue extendiéndose por los brazos. Fue trasladado a las costas de Fenicia y, desde allí, al kan del Hule. Hacía semanas que había dejado de comer. Sólo admitía líquidos[8]. Tamid, el «niño-anciano», cuidaba de él día y noche.
El muchacho paralítico, que parecía conservar intacta la inteligencia, me observó desde los profundos y vivísimos ojos negros. No supe qué hacer, ni qué decir. Y la tristeza, una inmensa tristeza, cayó sobre este impotente explorador. Yo no lo sabía en esos momentos pero, sin querer, estaba pasando revista a los protagonistas de un futuro y extraordinario suceso en el que, naturalmente, se vio envuelto Jesús de Nazaret. Pero esa historia llegará a su debido tiempo.
Algo más allá, tumbados en angarillas de tela y fibras vegetales, impasibles al viento y a las mortificantes moscas, se alineaban los más ancianos del kan. La mayoría, por lo que pude apreciar, se encontraban en las fases más avanzadas de Parkinson y Alzheimer. En los primeros, el temblor ya no era importante, aunque las funciones motoras aparecían muy deterioradas, haciendo inviable la marcha. En realidad, ninguno de ellos era capaz de ponerse en pie. Se hallaban en decúbito supino, con las cabezas inclinadas sobre el tórax, las bocas abiertas y negras por el mosquerío y con un permanente babeo. Algunos hablaban a gran velocidad, con un hilo de voz tan monótono como ininteligible. Por supuesto, nadie respondía[9].
Con los afectados por el mal de Alzheimer sucedía algo parecido. La fase última los había reducido a simples y molestos «vegetales», incapaces de valerse por sí mismos y allí permanecían durante horas, mudos y rígidos, aguardando a que una neumonía, una infección urinaria o las terribles úlceras provocadas por la permanente postura en decúbito acortaran su desgraciada existencia. Los cuidadores (?), ahora atareados en la preparación del pescado, no se distinguían precisamente por el cariño y la dedicación a estos infelices.
El último de los enfermos que alcancé a distinguir en aquellos momentos fue una mujer. Podía rondar los cuarenta años. Se hallaba sentada entre los «parkinson». Las muecas y los bruscos movimientos de manos y pies me indicaron de inmediato el mal que padecía: muy posiblemente un corea de Huntington, otro trastorno degenerativo y hereditario que se caracteriza por los movimientos rápidos y complejos, en especial en las extremidades[10].
Al llegar a su altura, las muecas arreciaron. Y la mujer, asustada, inició una rápida y continuada expulsión de la lengua, elevando las cejas y procediendo a la ininterrumpida contracción de labios y párpados. Me eché hacia atrás, tratando de evitar un empeoramiento de la demente. La fortuna, sin embargo, no estaba de mi lado. Al retroceder fui a tropezar con otro de los inquilinos del kan, y me precipité sobre él. Me incorporé a gran velocidad y, ante la atónita mirada de cortadores, limpiadoras y de quien esto escribe, la mujer que había resultado arrollada se puso en pie, gritando como una poseída.
Fue todo vertiginoso.
Hizo presa en mis testículos y, berreando, exigió que «le devolviera lo que era suyo».
Al zarandearme, el manto que le cubría resbaló dejando al descubierto unos ojos prominentes, grandes como huevos y con las córneas ensangrentadas y ulceradas.
Fuera de sí, tras soltar los genitales, echó mano del vientre, y, tirando con violencia del ceñidor, reclamó «su estómago y los intestinos».
—¡Me habéis robado, ladrones!… ¿Dónde está mi sangre? ¿Dónde habéis puesto mi estómago y mis entrañas?
Los ojos, con las pupilas dilatadas, incapaces de parpadear, con una exoftalmía (proyección anormal del globo) progresiva y aguda, me asustaron. Al reparar en el cuello y observar el abultado bocio estuve seguro. Aquella enferma padecía un hipertiroidismo (quizá la llamada enfermedad de Graves) al que había que sumar un problema mental grave que los psiquiatras denominan síndrome de Cotard o «delirio de negación». El sujeto, como consecuencia de una esquizofrenia o de una lesión cerebral, considera que le han robado, no sólo sus pertenencias materiales, sino también sus órganos. Y cree que los ladrones están por todas partes.
La mujer, entonces, tiró de la túnica que cubría mi pecho y, pasando de los gritos a los gemidos y el llanto, se preguntó y me preguntó por su corazón.
—¿Dónde lo has puesto?…
No hubo tiempo para nada más.
Dos de los cortadores de pescado y ayudantes del «auxiliador» saltaron sobre la pobre enferma y la redujeron. Yo recuperé la «vara de Moisés» y, avergonzado, sin saber qué hacer, me alejé del grupo.
Assi, en pie, alertado por los gritos de la demente, observaba atento. También Eliseo y el niño sordomudo se habían incorporado, expectantes. Sólo Jesús continuaba sentado. Tenía la cabeza baja, como si el incidente no hubiera existido.
Los cortadores hicieron una señal y el esenio, comprendiendo que todo estaba bajo control, volvió a arrodillarse frente a las piedras que formaban el hogar, aguardando mi llegada.
Mi mente, confusa ante lo que acababa de ver y lo que recordaba de la primera visita al kan, trató de estabilizarse. ¿Por qué habíamos ido a parar a semejante infierno? El Destino lo sabía…
Quizá caminé tres o cuatro pasos, no más, hacia el centro de la explanada, cuando, inesperadamente, el viento cesó. El maarabit, como creo haber mencionado, procedía del mar Mediterráneo y soplaba habitualmente entre el nisán (marzo-abril) y el tišri (septiembre-octubre), siempre entre el mediodía y la puesta de sol. Instintivamente, me volví y comprobé que faltaba más de una hora para el ocaso.
Fueron segundos. Todo sucedió muy rápido…
Al contemplar la posición del sol, un súbito aleteo de las aves que descansaban en lo alto de las chozas me previno. Algo las había asustado. Y varias de ellas, extendiendo y batiendo las blancas alas, se alejaron hacia el horizonte de cañas.
Acto seguido, en mitad del silencio provocado por la caída del viento, oímos un aullido desgarrador. En un primer momento, desconcertado, no supe si era humano. Procedía de algún punto cercano del cañaveral, al este del refugio.
Y las garzas y las cigüeñas que aún permanecían sobre las cabañas huyeron hacia el sol.
El aullido, ahora más cercano, se repitió por segunda vez, terminando de alertar a la totalidad del kan. Assi, de nuevo en pie, dirigió la mirada hacia una de las chozas próxima al camino de acceso al albergue. Hizo un gesto a Denario y éste, rápido como una gacela, corrió hacia el punto del que parecía proceder el triste y prolongado lamento.
Hombres y mujeres se movilizaron y, antes de que mi hermano y yo acertáramos a comprender, se dirigieron hacia la choza en cuestión, en la boca del kan. Eliseo no tardó en sumarse al agitado grupo, intentando averiguar qué sucedía.
Los aullidos arreciaron y deduje que el hombre o el animal se hallaba muy cerca de los vociferantes cuidadores y cocineras. Era extraño. Si se trataba de una fiera, ¿por qué no habían huido? Todos, como una piña, corrieron al encuentro del responsable de los aullidos…
En esos momentos de agitación, no sé muy bien por qué, busqué al Maestro con la mirada. Seguía sentado en el mismo lugar, con los brazos apoyados en las rodillas. Miraba fijamente las ramas depositadas en el hogar y que habían tratado de encender inútilmente. Su rostro, grave y ligeramente pálido, me alertó más, si cabe, que los aullidos y el tumulto. ¿Qué sucedía?
Los aullidos, de pronto, cesaron. Y también el vocerío.
El Maestro, entonces, levantó el rostro hacia el celeste de los cielos. Inspiró profundamente y así permaneció durante algunos segundos, con los ojos cerrados. Mi mente siguió en blanco. No entendía nada.
Y tan súbitamente como se apagaron, así regresaron los aullidos. Esta vez más lúgubres y prolongados…
El grupo, como un solo hombre, dio un paso atrás, al tiempo que alzaban los puños, amenazadores. Aquello —lo que fuera— seguía avanzando. Algunas mujeres, aterrorizadas, dieron media vuelta y escaparon entre agudos chillidos.
Cuando caí en la cuenta, el Galileo se había incorporado y caminaba hacia el grupo. No lo dudé. Me fui tras Él.
Jesús, con paso decidido, rodeó a los cuidadores y fue a situarse a la cabeza de los nerviosos individuos, junto al esenio y el niño sordomudo.
¿Cómo pude olvidarlo?
Allí estaba el responsable de los aullidos. Eliseo y yo tuvimos un encuentro con él en la primera visita al kan. Se trataba del joven encadenado, un muchacho de unos veinte años, negro como el carbón y «tatuado» de la cabeza a los pies con pequeños círculos (en realidad, escarificaciones o incisiones en la piel, provocadas con algún punzón o arma blanca). Aparecía igualmente desnudo, sudoroso, con el rostro desencajado por la cólera y el tobillo izquierdo lacerado y sangrante por el continuo roce del grillete que lo aprisionaba. Una cadena de gruesos eslabones, de unos tres metros, lo anclaba a la base de una de las cabañas. El negro, alto y musculoso como el Galileo, había llegado al límite permitido por la cadena, a poco más de dos metros de Assi y de Denario. Jadeaba violentamente, amenazando a los habitantes del refugio con un pelícano muerto que sostenía por encima de la cabeza. Varias veces lo proyectó hacia el auxiliador, acompañando los ataques con otros tantos aullidos.
El desgraciado, como ya indiqué, padecía un síndrome ligado a la locura que provocaba furiosos ataques de ira. En esos momentos se transformaba en una bestia salvaje, sin control alguno, capaz de aplastar a quien se pusiera a su alcance. La posible dolencia, llamada amok («lanzarse furiosamente a la batalla», según interpretación malaya), era relativamente habitual entre los orientales y determinadas etnias del África central.
A cada acometida, Assi y el grupo retrocedían instintivamente. El esenio, nervioso, trataba de calmar al loco, aconsejándole que dejara en tierra la pesada ave del largo y afilado pico azul. Las palabras, los gestos y la proximidad del jefe del kan tuvieron un efecto contrario al deseado. Y el negro, en plena crisis, ciego por la rabia, lanzó otro ataque. Esta vez, frenado bruscamente por el grillete, aquella masa de odio y fuerza bruta perdió el equilibrio y se precipitó contra la ceniza volcánica. El pelícano rodó por tierra y Assi se apresuró a capturarlo.
Jesús, entonces, se dirigió a su amigo, el auxiliador, y pidió que liberara al negro. El rostro del Maestro continuaba serio.
Assi, como era de esperar, se negó en redondo, argumentando, con razón, que el estado de «Aru» era peligroso para todos.
¿Aru? Aquél, en efecto, era el nombre —mejor dicho, el sobrenombre— del joven negro amok. En arameo significa «mira» o «he aquí». Pero no entendí el porqué del apodo.
Y Assi prosiguió con sus razonamientos, tratando de convencer a Jesús de lo inadecuado de la petición. Según el esenio, Aru estaba poseído por un espíritu inmundo; liberarlo sería una provocación para dicho demonio.
Jesús no replicó. Clavó la rodilla izquierda en la ceniza Y, lentamente, con ambas manos, acarició el húmedo y «tatuado» cráneo del demente. Nadie respiró. La reacción del amok podía ser fulminante y peligrosa. El grupo retrocedió otro paso e, imaginando un feroz embate, se disolvió, perdiéndose por la explanada y las chozas próximas.
Assi lanzó un grito, suplicando al Maestro que se alejara de Aru. Jesús siguió mudo. Los largos dedos del Hijo del Hombre se posaron una y otra vez sobre el pelado cuero cabelludo del agitado negro. La respiración de Aru era convulsa. Continuaba boca abajo, no sé si inconsciente. Busqué a Eliseo con la mirada. Permanecía detrás del niño, tan desconcertado como todos. En esos momentos no sabíamos —no podíamos saber— cuáles eran los pensamientos y las intenciones de aquel Hombre. Fue después, mucho después, cuando entendimos lo que realmente sucedió en aquel atardecer, en el kan del lago Hule…
El Maestro miró al excitado auxiliador, y aquellos ojos —firmes y dulces al mismo tiempo— lo traspasaron. Assi enmudeció. No cruzaron una sola palabra. Y el esenio, comprendiendo que la orden no admitía discusión ni demora, se volvió hacia Denario y, por señas, le indicó que buscara a alguien. El sordomudo, admirado ante el evidente valor del Galileo, obedeció al instante, desapareciendo por detrás de las cabañas.
No salía de mi asombro. ¿Por qué liberar al peligroso negro? ¿Qué pretendía Jesús?
Me hallaba muy cerca, a cosa de metro y medio, e intenté buscar una explicación en el rostro o en sus gestos. Lo que acerté a descubrir no me sirvió en esos críticos instantes. Como decía, era muy pronto para comprender…
El Maestro, en silencio, terminó por doblar la pierna derecha, arrodillándose frente al negro. Hizo girar el cuerpo de Aru y lo alzó suavemente, dejando que las espaldas descansaran sobre sus muslos. Inmovilizó la cabeza del amok sobre el vientre, buscó la cinta de tela que sujetaba sus cabellos y fue a desatarla.
Aru, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, parecía haber perdido la conciencia. Una de las cejas, rota por el impacto contra la escoria volcánica, manaba sangre en abundancia. El Maestro, entonces, se dirigió de nuevo al esenio y solicitó agua. Assi dudó. Al punto, sin embargo, rendido ante aquella voz afable y decidida, dio media vuelta, obedeciendo.
Jesús plegó el sudarium que le servía habitualmente para recoger los cabellos en las largas caminatas y, buscando una zona no contaminada por el sudor, taponó la herida de la ceja, presionando delicadamente. Al cabo de medio minuto levantó la improvisada gasa hidrófila y observó la brecha. Por lo que pude percibir sólo estábamos ante una herida incisa, de escasa importancia, pero aparatosa. La sangre (probablemente de los capilares), de un rojo vino, fluía de modo continuo, formando lagunas (napa).
El Maestro inspeccionó el «apósito» y su grado de absorción y, doblando la tela, repitió la operación, tratando de contener la hemorragia.
Fue un minuto largo, inolvidable. Difícil de entender, sí, pero inolvidable…
Un Dios, arrodillado, sostenía en su regazo a un mísero y anónimo negro. La mano izquierda, firme y segura, velaba sobre la herida, y la derecha, con dulzura, acariciaba la sucia mejilla de Aru. Los dedos se pasearon despacio por el mentón y los labios, agrietados y casi irreconocibles.
Espié cada gesto e intenté deslizarme entre sus sentimientos. ¡Pobre de mí! ¿Cómo pretender semejante cosa?
Jesús, ajeno a cuanto lo rodeaba, siguió frenando la hemorragia. La cabeza, ligeramente inclinada sobre el muchacho, empezó a recibir los anaranjados rayos de un sol que se retiraba más allá del Jordán pero que, a juzgar por su empeño en iluminar al Hijo del Hombre, sabía muy bien lo que estaba ocurriendo…
Quedé impresionado…, una vez más.
Los cabellos, color caramelo, ahora sobre los hombros, recibieron la luz del crepúsculo y yo diría que de Alguien más…
Fue en esos instantes, mientras rozaba con las yemas de los dedos los cerrados y ensangrentados párpados del amok, cuando quedé prisionero de sus ojos. No sé explicarlo. Las palabras, una vez más, son mi enemigo…
No fue posible desviar la mirada. Fue como si el universo entero lo hubiera visitado.
Los ojos, ahora más expresivos que nunca, más vivos y habladores, a pesar del silencio, se humedecieron. Y el rostro entero, dorado por aquel sol cómplice, se transfiguró. Yo vi la luz que lo bañaba y que se convertía en su verdadera piel. Entonces, estrangulándome el corazón, una lágrima rodó súbita y presurosa, y se escondió en la desordenada barba.
Supongo que palidecí. ¿Cómo definirlo?
Era un Hombre-Dios con un hombre entre las manos. Quizá fue la misericordia lo que hizo rodar aquella lágrima. Nunca lo supimos. Sólo lo sospechamos. Quizá fue una infinita piedad lo que movió e hizo descender el alma de aquel ser tan especial hasta los niveles en los que bregábamos. No sé explicarlo, pero el instinto me dice que fue el amor el que abrió la puerta de la ternura, conmocionando hasta la última célula de Jesús de Nazaret. Él había aparecido en un mundo imperfecto y cruel, y ahora tenía a una de esas imperfectas criaturas entre las manos. Quizá esa mezcla de misericordia, piedad, amor y ternura hizo el prodigio. Quién sabe…
Se presentaron al mismo tiempo, ahuyentando aquellas reflexiones.
Assi, con el agua y su inseparable caja de madera, en la que transportaba «lo necesario» para ejercer como médico o auxiliador. Y con él, Denario y otro singular personaje que nos dejó intrigados desde el primer momento. Yo lo había visto con anterioridad, pero no podía saberlo porque se presentó con la cabeza cubierta por un manto negro. Una túnica de un rojo encendido lo cubría hasta los pies, ocultando, incluso, las manos. Del ceñidor de cuerda colgaba un manojo de aquellas largas y pesadas llaves de hierro y madera a las que nunca nos acostumbramos.
Assi reclamó la atención de «Hašok» —así lo llamaban, con razón—, y ordenó que liberase el pie del negro. El embozado permaneció indeciso. Sus dudas eran comprensibles. Aru seguía inconsciente y nadie podía saber cómo reaccionaría al volver en sí. Pero el esenio repitió la orden…
—«Tinieblas»…, haz lo que te digo.
Hašok, en efecto, significa «tinieblas» en lengua aramea. No fui capaz de descubrir el rostro del hombre. Tinieblas se las ingeniaba para moverse con agilidad y, al mismo tiempo, mantener la cara en la oscuridad del manto. Poco después descubriríamos por qué.
Soltó el grillete y, tras arrojar la cadena al pie de la choza, se mantuvo inmóvil y vigilante, con los brazos desmayados sobre la túnica.
El Maestro retiró el «apósito» y verificó con satisfacción que la sangre había empezado a coagular. El tejido de algodón cumplió su cometido. El auxiliador le proporcionó un nuevo trozo de tela, previamente empapada en agua, y Jesús, con idéntica paciencia y delicadeza, dedicó un tiempo a una minuciosa limpieza de la herida, retirando los granos de lava que permanecían enterrados en la brecha.
Denario contemplaba la escena, escondido tras Eliseo. Ninguno de los ayudantes se atrevió a regresar. Asistían al desarrollo de los acontecimientos desde el lugar en el que limpiaban y troceaban el pescado. Creo que ninguno se percató de la liberación del amok.
Assi abrió la caja de madera y mostró al Galileo algunos de los remedios que había que utilizar en el caso que los ocupaba. Indicó con el dedo tres pequeños frascos de vidrio. Uno contenía miel. Otro —según dijo—, hojas de nogal cocidas en agua, y el tercero, una infusión de sófora, un árbol desconocido en Israel en aquellos tiempos y cuyas yemas eran transportadas por las caravanas desde las regiones más orientales de Asia[11]. Una vez más, me asombró el buen hacer del esenio. Tanto la miel como las hojas de nogal eran excelentes desinfectantes. En cuanto a la sófora, con un alto contenido en glucósido flavónico, qué podía decir. Ayudaría, y muy eficazmente, a la recuperación de los capilares heridos. Assi, como ya referí, estudió medicina en Alejandría, recibiendo una clara influencia de los seguidores de Hipócrates. Su veneración por el sabio de Cos se observaba, incluso, hasta en la forma de ejecutar vendajes. Recordaba casi de memoria De la oficina del médico, una de las obras del prestigioso galeno griego.
El esenio remató el vendaje en torno a la cabeza y, cuando lo ultimaba, Aru abrió los ojos.
Tinieblas, pendiente, alertó al jefe del kan. Assi, pálido, se echó atrás y recogió precipitadamente la caja de madera.
Jesús no se movió.
El negro paseó aquellos enormes y sorprendidos ojos verdes a su alrededor y, al reparar en Tinieblas, se incorporó asustado.
El Maestro, de rodillas, lo dejó hacer. Aru retrocedió un paso y, súbitamente, se detuvo. Lanzó una ojeada al suelo de ceniza y, al comprobar que no estaba encadenado, se inclinó, y palpó el desollado tobillo izquierdo. Así permaneció unos segundos.
Tinieblas, consciente de la gravedad del momento, fue a interponerse entre el amok y el auxiliador. Era evidente que procuraba la defensa de Assi.
Y en cuclillas, entre la sorpresa y la confusión, Aru desvió la mirada hacia el Galileo. Temí lo peor. Jesús era el más próximo. Si el loco se arrancaba, ¿qué debíamos hacer? E instintivamente deslicé los dedos hacia la parte superior del cayado, buscando la cabeza de cobre de los ultrasonidos.
El Maestro no movió un músculo. Tenía la vista fija en el verde manzana de los ojos del corpulento muchacho. Ninguno de los dos parpadeó. Y de la inicial firmeza, la mirada del Hijo del Hombre, como la luz que nos rodeaba, fue descendiendo —¿qué palabras utilizar?— hacia una dulzura que podía tocarse. Y aquel hilo invisible entre el Dios y el hombre propició un benéfico final. Eso, al menos, es lo que deduzco ahora, al poner por escrito aquellos inolvidables días…
Aru, para sorpresa de todos, sonrió. Assi y el embozado, mudos, lo observaron con desconfianza. El negro, sin embargo, se relajó y, curioso, fue a tocar el vendaje que protegía la ceja lesionada.
La crisis, aparentemente, se había alejado. E interpreté la calma como el período que sigue a los violentos ataques de furia. El enfermo queda abatido, sin fuerzas siquiera para ponerse en pie y con una demoledora amnesia que le impide recordar lo sucedido. Y allí mismo, al ser testigo del comportamiento del amok, algo me dijo que el diagnóstico no era del todo correcto. El negro «tatuado» se alzó de nuevo. No parecía exhausto. Todo lo contrario…
En esos instantes se produjo un detalle que multiplicaría mi confusión y, supongo, la del resto de los testigos. Aru reparó en su desnudez y, en un gesto instintivo, fue a tapar sus genitales con ambas manos. Nos miró avergonzado y terminó por bajar la cabeza.
No, aquélla no era la conducta habitual de un demente de esa naturaleza. Pero, entonces, ¿qué había sucedido? Y una idea, tan absurda como inquietante, me asaltó durante algunos segundos.
«No —me dije a mí mismo—, eso no es posible… Él mismo lo ha repetido: no ha llegado su hora».
El Maestro alivió la incómoda escena. Se deshizo del manto color vino y, despacio, fue al encuentro de Aru. El negro, al principio, retrocedió. Jesús le mostró el ropón de lana y, sonriente, siguió caminando. El muchacho, comprendiendo, aguardó y el Galileo fue a cubrirlo.
No conseguía entender lo ocurrido…
Y el Maestro, feliz, abrazó al joven. Aru, más confuso si cabe, no reaccionó y dejó hacer al extraño Hombre. Poco después, tras aconsejar que le dieran de comer, el Galileo retornó al centro del kan.
Tinieblas, Denario y Eliseo lo siguieron. Quien esto escribe, intrigado, permaneció en el sitio, vigilante. Assi debió de leer mis pensamientos e hizo lo mismo. Y el joven negro, arropado con el manto de Jesús, se dejó caer sobre la ceniza, sentándose junto a la cadena.
Jesús y el resto se afanaron y, al poco, vi alzarse un nervioso y voraz fuego. Los ayudantes y las cocineras iban y venían, preparando la cena.
Tinieblas no tardó en regresar. Portaba dos escudillas de madera. Una con un pan oscuro y la segunda con un cargado racimo de uva blanca. Dejó la comida frente al negro y se alejó de nuevo hacia la hoguera.
El esenio y yo esperamos la reacción del amok.
Negativo.
Aru no hizo nada anormal. Observó los alimentos y, desviando la mirada hacia el auxiliador, volvió a sonreír. Fue una sonrisa limpia, sin asomo de demencia y cargada de gratitud. No era posible. Un loco no debería comportarse de esa manera, al menos después de una crisis tan aguda…
Y la absurda idea regresó. ¿Fue curado por el Maestro? Como he dicho, eso no era posible. No era su hora. ¿O sí? Aru, finalmente, troceó el pan y empezó a comer con avidez. Assi, pensativo, se acarició la espesa y negra barba y siguió estudiando al demente. Creo que estaba tan asombrado como este explorador.
Tinieblas interrumpió las reflexiones del jefe del kan. Mostró una calabaza con agua al esenio y esperó instrucciones. Assi tomó el recipiente y, sin perder de vista al hambriento negro, lo depositó sobre la ceniza, entre sus piernas. Y así continuó durante algunos minutos, sentado y en silencio. Por último abrió la caja de madera y tomó una de las ampollitas de vidrio.
Aru, tranquilo, estaba finalizando el racimo de uva. De vez en vez, se detenía y nos miraba. Los ojos, insisto, aparecían serenos.
Y el auxiliador, tras dudar, procedió a verter el contenido de la ampollita en el agua. Lo hizo sin disimulo. Abiertamente. Me pareció, incluso, que exageraba los movimientos. Aru, por supuesto, percibió la maniobra de Assi. Fui yo, torpe como siempre, quien no se percató del alcance de la sutil operación…
Después, junto al fuego, Assi me aclararía el porqué del gesto y la naturaleza del brebaje que arrojó en el interior de la calabaza.
Según dijo, el líquido era un extracto de lúpulo, muy eficaz para calmar la ansiedad[12]. Tenía, además, un efecto sedante que garantizaba un profundo y reparador sueño. El esenio no se fiaba y, dejándose llevar por el sentido común, prefirió drogar al peligroso negro. Era una fórmula habitual en aquel lugar y con muchos de aquellos enfermos. Pero había también otra intencionalidad en los exagerados gestos del inteligente egipcio. Aru, en su demencia, mostraba siempre algunos tics o señales que anunciaban o presagiaban las violentas crisis. Una de esas «manías» era una incomprensible obsesión por la caja de madera del auxiliador y, especialmente, por su contenido. Si el loco veía o sospechaba cualquier manipulación del agua o de la comida, directamente relacionada con los «fármacos» de Assi, la negativa a ingerirlos era automática, y se desencadenaba de inmediato otro ataque de ira. Era por eso por lo que Assi y su gente procuraban suministrar los sedantes a espaldas del amok.
En esta oportunidad, sin embargo, todo fue a la vista y con premeditación. Y el esenio y su ayudante, el Tinieblas, asistieron perplejos a la pacífica reacción del muchacho. Aru no se inmutó. Terminó las uvas y, satisfecho, siguió con curiosidad los movimientos de los allí presentes.
Assi pidió al embozado que le aproximara la calabaza. Ése fue otro momento de tensión, según el auxiliador.
Tinieblas, con gran templanza, se colocó en cuclillas frente al negro y le ofreció el recipiente. Ignoro si acertó a ver el rostro del embozado. La cuestión es que Aru respondió de una forma imprevisible, en palabras de Assi. Tomó el cuenco y bebió hasta apurar el agua y el lúpulo. Retiró la calabaza y dibujó una fugaz sonrisa. De nuevo me pareció descubrir la gratitud…
Después se recostó sobre la ceniza y cerró los ojos.
Assi expresó sus pensamientos en voz alta…
—No lo comprendo…
Dejamos a Aru y nos incorporamos a la hoguera que crepitaba en el centro de la explanada. Estaba a punto de anochecer. Los relojes del módulo debían de señalar las 17.30 horas.
Durante unos instantes observé los movimientos del jefe del kan. Aquel hombre entregado, generoso, paciente y amable se unió al trajín de Jesús y de los ayudantes en la preparación de la cena. Iba y venía, multiplicándose. De vez en cuando, con disimulo, espiaba al Maestro y, supongo, se preguntaba qué había sucedido con aquel violento y errático negro. Ahora, con la ventaja del tiempo y de la distancia, es fácil llegar a conclusiones. Entonces (septiembre del año 25 de nuestra era), no fue sencillo. Aquel auxiliador, como el resto de las gentes con las que convivió Jesús de Nazaret, no podía saber quién era en realidad el Galileo. Eran amigos o conocidos, sí, pero, insisto, nadie imaginaba su poder y, mucho menos, su naturaleza divina. Era lógico, por tanto, que Assi se preguntara por la singular persuasión de su voz y de su mirada. ¿Quién era aquel Hombre? ¿Por qué actuaba así? ¿Qué había sucedido con el negro «tatuado»?
Tampoco nosotros lo supimos con certeza en aquellos momentos.
Me incorporé a la tarea de vigilar la cena. El resto, con Assi a la cabeza, rescataban las olorosas carpas, los barbos y las tilapias de la gran parrilla de hierro y repartían las grasientas raciones entre los enfermos y los lisiados del otro extremo del kan, a los que este explorador había pasado revista. En muchos de los casos, el pescado tenía que ser desmenuzado y llevado a la boca de aquellos infelices, incapaces de sostener un plato. Varios de los cortadores cargaron algunas bandejas y se perdieron en el interior de las chozas de caña. Esta vez no me moví. Ya había visto suficiente…
¿Suficiente? Y el Destino, una vez más, me salió al encuentro.
Mientras vigilaba el asado de uno de aquellos enormes bīnīt, o barbos del Hule, de casi un metro de longitud, los vi aproximarse. Formaban dos hileras. Eran otros «inquilinos» del kan, permanentemente recluidos en las cabañas y que, al parecer, sólo pisaban la explanada para ser alimentados o lavados.
Los hombres —no todos— vestían modestos saq o taparrabos, negros y deshilachados. Las mujeres, con las cabezas rapadas, presentaban el mismo ropaje: túnicas que en su día fueron de color naranja, ahora mugrientas y hechas jirones.
Mientras se acercaban a la hoguera percibí unos movimientos anormales, casi grotescos. Poco después, al detenerse frente al fuego, empecé a comprender…
Caminaban en zigzag. Otros levantaban exageradamente los pies, y luego los bajaban de golpe sobre los talones. Algunos, con las piernas rígidas, se arrastraban con pasos lentos y cortos. Observé igualmente a individuos que avanzaban con la cabeza erguida, mirando fijamente al cielo. Y entre aquellos no menos infortunados, varios niños y niñas, provistos de bastones, y con la típica marcha «en tijeras».
Un escalofrío me visitó de nuevo…
Los «poseídos», porque de eso se trataba según el auxiliador, habían sido atados con una larga cuerda, anudada a cada tobillo derecho, lo que anulaba cualquier intento de fuga. Entre las dos cuerdas de «posesos», vigilante, distinguí al enigmático Tinieblas. Sostenía en brazos a una criatura.
A un grito del embozado, los que encabezaban las hileras se detuvieron a escasa distancia del hogar. Entonces, aterrorizado, empecé a sospechar…
Los supuestos «poseídos» o «endemoniados» eran, en realidad, enfermos y lisiados que manifestaban, junto a los trastornos mentales, los estigmas de su dolencia. Así, los afectados por «parálisis cerebral» (encefalopatía estática) mostraban algunas de las consecuencias del problema: hemiplejía (con contracturas de cadera, rodilla y pie «equinos»), diplejía (con rodillas y pies equinovaros) y tetraplejía espástica (con las extremidades inferiores en la típica posición «en tijeras»). Otros, con la médula lesionada, presentaban lo que en medicina se llama «deambulación atáxica». Es decir, una falta de coordinación, especialmente en los movimientos musculares. Eran enfermos a los que, además, la «ataxia» en cuestión alteraba los músculos del rostro y de la lengua, lo que provocaba una mímica aparatosa al reír o al intentar hablar. Esa situación, en definitiva, los relegaba a la penosa e injusta clasificación de locos o poseídos por las fuerzas del mal.
Recuerdo a uno de aquellos infelices con especial tristeza. Era muy despierto. En su juventud, como consecuencia posiblemente de un tumor o de una hemorragia, su cerebro había resultado afectado, lo que le originó un caminar inseguro y llamativo. A cada paso se veía en la necesidad de separar las piernas, colocando los brazos en cruz con el fin de mantener el equilibrio (deambulación cerebelar). Esta patología, como digo, era suficiente para negar la indudable inteligencia del individuo, condenándolo al olvido y a la miseria. En este caso ocupaba el primer puesto en una de las cuerdas. Era uno de los pocos que obedecía las órdenes.
El que encabezaba la segunda tanda también sufría algún problema de origen nervioso. Al caminar, el pie, rígido, trazaba un arco, evitando que los dedos tropezaran con el suelo (marcha conocida como «del segador», por el parecido con el desplazamiento de la guadaña). Tanto éste, como otros síndromes, tenían su origen no en una «posesión», sino en alteraciones medulares o cerebrales que se remontaban al nacimiento o al período fetal[13]. ¿«Endemoniados»? Pobre gente… Tinieblas ordenó que se sentaran. Primero lo hicieron los «inteligentes». Después, a empujones, los ayudantes lograron a medias que los «posesos» se tumbaran sobre la ceniza. Las mujeres fueron las más recalcitrantes. Y entre risas nerviosas terminaron por ser acomodadas alrededor del fuego.
Al observarlas con más detalle presentí que aquellas infortunadas —igualmente «diagnosticadas» como «poseídas»— eran oligofrénicas[14]. En otras palabras: seres humanos de escasa inteligencia o, como prefieren los franceses, «débiles mentales». Sus ideas y conceptos son tan pobres, su experiencia tan escasa y su capacidad de relación tan breve que los rendimientos intelectuales resultan siempre muy deficitarios, por no decir inviables. Allí, obviamente, al aire libre, sólo permitían la presencia de las que demostraban una «posesión» leve o moderada. Las oligofrénicas graves o profundas no salían de las chozas. La incontinencia de esfínteres, los actos impulsivos elementales (masturbación, etc.) y, en suma, la absoluta incapacidad para valerse por sí mismas las mantenía prisioneras en las cabañas. Las débiles mentales de carácter leve eran las menos conflictivas. No sabían distinguir un pájaro de una mariposa o un niño de un enano, aunque eso, en aquel lugar, poco importaba. Estaban siempre apegadas a lo concreto y a lo material. Apenas tenían memoria y, como mucho, Assi y los suyos debían tener cuidado con los enseres que capturaban. Su egoísmo era tal que resultaba muy difícil la devolución. Las oligofrénicas «moderadas» eran más complejas. Desarrollaban también un lenguaje oral limitado, casi mímico, pero su dificultad para comprender las normas sociales las incapacitaba para casi todo.
¿Posesión diabólica?
¡Dios de los cielos! ¿Cómo hacerles entender que no se trataba de espíritus inmundos alojados en aquellos desgraciados? ¿Cómo explicarles que las oligofrenias tienen otro origen? ¿Cómo decirle al auxiliador que existen más de diez causas conocidas que pueden conducir a ese tipo de retraso mental[15]?
Naturalmente me abstuve. No era lo aconsejado. Para Assi, y para la sociedad de aquel tiempo, esas mujeres eran «territorio» ocupado por una legión de demonios, todos al servicio de Yavé o de los dioses, y todos encargados de castigar los pecados de aquellos infortunados o los de sus ancestros. El hecho de no conocer siquiera su propio nombre —¿cómo podía hacerlo una oligofrénica grave o profunda?— era una indudable «señal» del castigo divino. Eso decían. Y para «ejemplarizar» al resto de los ciudadanos sobre las consecuencias del pecado vestían a las «endemoniadas» de color naranja. Al ver esas túnicas, todos sabían a qué atenerse…
Jesús, de pronto, suspendió el desmigado del pan y, rodeando la hoguera, se encaminó hacia una de las cuerdas de «endemoniados». Uno de los infelices, no sé si como consecuencia de los empellones o por hallarse trabado con la cuerda, había caído pesadamente y permanecía mudo, con la cara hundida en la escoria volcánica. Eliseo y yo lo seguimos con la mirada. Creo que el resto de los ayudantes no se percataron de la decisiva maniobra del Galileo. Y digo decisiva porque aquel anciano, ciego y sordo, se estaba asfixiando con la ceniza que cubría el kan. Por lo que alcancé a distinguir, el hombre padecía lo que hoy llamamos enfermedad de Paget, una dolencia de origen desconocido que ataca esencialmente a los huesos y los destruye de forma rápida e irregular. Las piernas, muy arqueadas, parecían de trapo. No obedecían las órdenes cerebrales. La sobreactividad osteoclástica había erosionado el esqueleto, atacando, sobre todo, la cabeza. La enfermedad lo había transformado en un monstruo, con un espectacular engrosamiento de los huesos del cráneo. Yo jamás había visto una cabeza tan enorme y desproporcionada…
El Maestro lo incorporó y se apresuró a limpiar boca y fosas nasales. El hombre respiraba…
¿Endemoniado? ¿Un pobre viejo con una osteítis que estaba arruinando sus huesos y que, presumiblemente, se hallaba ciego y sordo como consecuencia de esa inflamación aguda y crónica de los huesos? Era injusto, lo sé, pero debía acostumbrarme. Éramos observadores. Sólo eso…
El Maestro, entonces, sentándose junto al anciano, solicitó de Assi una de las raciones de pescado. Tinieblas, atento, dejó al niño que portaba entre los brazos a los pies del esenio y se apresuró a cumplir los deseos del Hijo del Hombre. Jesús troceó la tilapia recién asada y fue introduciendo el pescado en la boca del «poseído». Una apagada bendición fue la particular forma de agradecer la ayuda del Galileo. Pero el anciano no obtuvo respuesta. Jesús, serio y grave, sólo se preocupó de alimentarlo.
Supongo que fue excesivo para él. Mi hermano, desolado, optó por retirarse. Me hizo una señal. Cargó el saco de viaje y se alejó unos metros del fuego. Lo vi cubrirse con el manto y buscar acomodo en el suelo de ceniza. Al poco oí sus familiares ronquidos…
La luna, en creciente, se despedía ya en un firmamento en blanco y negro.
Assi, tan agotado como Eliseo, tomó en sus brazos al niño y se dispuso a proporcionarle la comida. No lo permití. Le rogué que me cediera a la criatura. Yo lo haría. El esenio aceptó y, durante unos instantes, me contempló con curiosidad. El comportamiento de aquellos griegos de Tesalónica —silenciosos y pendientes del Galileo— no era muy normal. Me limité a remover el pan de cebada que flotaba en la leche. ¿Qué podía decirle?
Y fue al llevar la cuchara de madera a los labios del bebé —no creo que tuviera más de ocho meses— cuando recibí el penúltimo susto de aquel agitado día.
La oscuridad y la imagen del Maestro, depositando el pescado en la boca del hombre de la enorme cabeza, me despistaron.
El niño no reaccionó a mi voz. La cabeza colgaba flácida por encima de mi antebrazo. Como digo, me asusté. Deposité la escudilla en tierra y le tomé el pulso. Estaba vivo, pero…
El auxiliador, que no perdía detalle, preguntó si, además de «rico comerciante», era médico. La forma de tomar el pulso, en el cuello, no pasó desapercibida para el rápido egipcio. Negué como pude, y Assi tomó de nuevo al bebé y lo suspendió en el aire, sosteniéndolo por el pecho. La criatura, en esa posición ventral, presentaba la característica forma en «U» invertida, con una fijación deficiente de los brazos y la referida flacidez de la cabeza. Era como un guiñapo.
—Sus padres pecaron —aclaró el esenio—. Ahora, el Santo, bendito sea su nombre, lo ha castigado. Un espíritu maligno lo mantiene dormido todo el día… Guardé silencio.
El Santo, cuyo nombre no debía ser pronunciado, era Yavé. En cuanto al «castigo» —¡por el pecado de los padres!—, no se trataba, por supuesto, de la invasión de un demonio, sino de una hipotonía, un grave problema neurológico que afecta al sistema nervioso periférico y que, en definitiva, provoca una debilidad muscular.
No quise entrar en una discusión que, con toda probabilidad, no nos hubiera llevado a ninguna parte. Además, en todo caso, ése era uno de los cometidos del Maestro: mostrar al pueblo judío y al resto del mundo la «nueva cara del Padre».
E intentando contemporizar me interesé por el «demonio» que gobernaba —eso supuse— al negro «tatuado». Su extraño comportamiento, después de la crisis, me tenía desconcertado.
El esenio, acérrimo defensor de ángeles y demonios, asintió con preocupación. Él también había notado algo singular, pero no sabía qué pensar. En realidad, no estaba seguro del tipo de demonio que lo habitaba. Podía tratarse de un ángel caído —eso dijo— o quizá de uno de los hijos de Adán, «concebidos antes de los ciento treinta años, cuando el padre de la humanidad tuvo, al fin, un hijo según su imagen». Conforme hablaba, reconocí el capítulo quinto del Génesis.
—… Son invisibles —prosiguió Assi en voz baja, como si temiera que los diablos pudieran oírlo—, pero Tinieblas y yo hemos visto sus huellas en los pantanos. Son idénticas a las de los gallos, aunque más grandes…
Traté de averiguar algo sobre la procedencia y el perfil de Aru. Assi no sabía mucho. Formaba parte de un lote de esclavos. Era trasladado desde las tierras de África (posiblemente de los oasis al sur de la actual Libia) hacia el mercado de Damasco cuando la caravana se cruzó en el camino del jefe del kan. Assi, curioso, inspeccionó el «cargamento» y le llamó la atención el entonces adolescente. Era fuerte. Parecía sano. Señalaba los círculos que cubrían la totalidad de su cuerpo y repetía sin cesar: «¡Aru!… ¡Aru!» («¡Mira!, ¡observa!», refiriéndose a las escarificaciones o cicatrices que formaban el «tatuaje»). Nunca supo por qué, pero decidió comprarlo. Pagó una «mina» (aproximadamente, doscientos cuarenta denarios de plata); un precio regalado para lo que costaba entonces un esclavo no judío[16]. No tardó en comprender y en arrepentirse del «negocio». Nadie le habló del mal que padecía. Por eso, probablemente, se lo cedieron a un precio tan irrisorio. De eso hacía cinco años. Al llegar al kan, surgieron los problemas, y Aru tuvo que ser encadenado. En alguno de los ataques de cólera hirió gravemente a varios de los «endemoniados», que, obviamente, no podían huir o defenderse.
Algún tiempo después, como insinué en otro momento de este diario, el Destino revelaría el porqué de la presencia de Aru en aquel siniestro albergue. Todo, efectivamente, estaba «programado»…
Hablamos entonces del mantenimiento del kan. Assi, complacido por el interés de aquel extranjero, se sinceró y manifestó que, a pesar de la voluntad de Filipo, el tetrarca de la Gaulanítide[17], que corría con buena parte de los gastos (un talento y medio anual: casi veintidós mil denarios de plata), la realidad de aquellos enfermos e impedidos (más de sesenta) era más bien penosa. Aun así, él seguiría al frente de aquel desastre. Era médico y esenio. Es decir, «doblemente humano». Verdaderamente estaba ante un gran hombre…
La cena terminó. El embozado recuperó al bebé hipotónico y con un par de gritos alertó a las cuerdas de lisiados. Fue preciso el concurso de varios de los ayudantes para ponerlas en movimiento. Al poco desaparecieron en la oscuridad. Denario se fue con ellos.
Jesús regresó y, tras alimentar la hoguera, se sentó entre Assi y este explorador. No hablamos durante un tiempo.
Observé al Maestro. Continuaba ausente. Sus ojos permanecían fijos en el manso y rojo oscilar de las llamas. Después, no sé si consumido por la tristeza, elevó la mirada hacia las estrellas. Quise penetrar en aquellos ojos y averiguar qué ocurría. No me dejó. En esos momentos, como había sucedido en las nieves del Hermón, aquel Hombre se hallaba muy lejos, en íntima comunicación con el Padre. Era su forma de rezar. Podía hacerlo en cualquier circunstancia, siempre que lo deseara o lo necesitara. Me resigné. Si Él no aceptaba el diálogo, no sería este pobre observador quien lo forzara. Debíamos ser muy sutiles —casi exquisitos— en el seguimiento del Hijo del Hombre. Por supuesto, no siempre lo logramos…
Assi, finalmente, rompió el silencio y dirigió la conversación hacia un asunto que había quedado en suspenso y por el que yo sentía una especial atracción: la «posesión» de Aru en particular y la locura en general. Como ya he mencionado, el esenio fue adiestrado como rofé o «auxiliador» en las prestigiosas academias de medicina de la ciudad egipcia de Alejandría, en el delta del Nilo, y en el per-ankh o «Casa de la Vida» de Assi. De ahí tomó el nombre.
Era o se consideraba alumno de los discípulos del legendario Hipócrates. Había leído muchas de sus obras. Mencionó De la epilepsia o enfermedad sagrada, De los humores, Del régimen de las enfermedades agudas, Aires, aguas y lugares y De la oficina del médico, entre otras. Su devoción, sin embargo, era Herófilo, otro de los aventajados seguidores de la medicina hipocrática. De hecho, según confesó, pertenecía a la llamada escuela «herofilista», una especie de secta médico-filosófica que se extinguió a lo largo de ese siglo I de nuestra era y a la que, al parecer, pertenecieron médicos tan nombrados como Andreas de Caristos, experto en hierbas medicinales (el primero que informó sobre los peligros del opio adulterado); Facas, médico de Cleopatra; Demóstenes de Marsella, oculista, y Estrabón, que habla de los «herofilistas» en su obra La geografía. Fue de Herófilo de Calcedonia, a quien Plinio llamó «oráculo de la medicina», de quien aprendió la «doctrina del pulso», y estimó que las palpitaciones sólo se registraban en el corazón y en las arterias. De ahí su sorpresa al observar cómo este griego buscaba una señal de vida en el cuello del bebé. Y fue igualmente en Alejandría —notablemente influida por los «herofilistas»— donde recibió nuevas ideas sobre la crasis o armonía, una de las claves para entender las enfermedades, incluida la locura. Aunque Assi era judío y, como digo, perteneciente al grupo esenio, la obsesiva cerrazón de la ley mosaica respecto a la enfermedad no había hecho presa en él. Y como buen observador, dudaba de aquel principio supuestamente inamovible: pecado = castigo de Yavé = enfermedad. Supongo que la revolución hipocrática lo arrastró a un saludable y permanente estado de duda…
Para Assi, las dolencias tenían un triple origen. Partía del supuesto —falso, naturalmente— de un cuerpo humano integrado por sangre, pituita (moco), bilis amarilla y bilis negra. Eso era todo. Si estos elementos se hallaban en «discrasia» o desarmonía, tanto en calidad como en cantidad, aparecía el conflicto. La enfermedad, por tanto, procedía de un desequilibrio de los humores, según rezaba De la naturaleza del hombre, de Hipócrates. En el momento en el que la pituita o la bilis amarga «hervían» (!), el individuo se convertía en un loco. Ese proceso —decía— presentaba diferentes intensidades. Por eso había locos peligrosos y otros mucho más calmados.
La segunda «fuente» de enfermedades se hallaba en el viento. Para el auxiliador del lago Hule, se trataba de un alimento más, exactamente igual que el pan o la bebida. Ese aire penetraba en los vasos y en las cavidades del cuerpo, favoreciendo el ingreso de miasmas perniciosos y, lo que era peor, de toda suerte de espíritus inmundos. El viento enfriaba el interior de los órganos y provocaba tiriteras, calenturas y dolores. Lo más grave y comprometido —según Assi— era la invasión de los seres humanos por Lilit y los suyos, un grupo de diablos femeninos que, justamente, se desplazaban en el viento y que, una vez mezclados en la sangre y en el resto de los humores, ocasionaban parálisis de todo tipo, la enfermedad sagrada (epilepsia) y arrebatos de furia como los que padecía Aru. La tercera etiología o causa de locura era todavía más embrollada. El egipcio hizo suyos algunos de los principios de Platón[18], y los modificó según las ideas mosaicas. El hombre disponía de un alma inmortal (en el caso de la mujer había intrincadas discusiones), sometida al cuerpo, que fue ubicada en el interior de la cabeza. Era el centro de la inteligencia y de los sentimientos. Por debajo, separada por el cuello, en el tórax, residía una segunda alma que participaba de la razón y que era regada por los influjos del corazón, nudo de venas y fuente de la sangre. Una tercera alma, tan mortal como la anterior, anidaba entre el diafragma y el ombligo. No dependía de la razón; sólo de la comida y de la bebida. Pues bien, las tres almas podían verse alteradas por el viento o el desequilibrio humoral. Si los espíritus maléficos se adueñaban de la segunda, residente en el pecho, el sujeto dejaba de utilizar la razón y se convertía en un «poseso». Si se apoderaban de la tercera, el infeliz perdía el apetito, dejaba de comer y caía en un estado de postración que desembocaba generalmente en la muerte.
Aunque tenía información al respecto, al escucharlo de labios de Assi fue distinto. La realidad, una vez más, superaba toda ficción o imaginación. Aru, en definitiva, según el auxiliador, estaba siendo esclavizado por Lilit, el diablo mujer que se coló un día en su cuerpo y que invadió la «segunda alma». Y otro tanto sucedía con el resto de los lisiados y los dementes del kan. Todos, en mayor o menor medida, eran víctimas del «desfallecimiento» de las «tres almas», que, a su vez, era consecuencia de la ira de Yavé, provocada, naturalmente, por sus pecados o los de sus padres. Ésta era la situación y, en cierto modo, entendí el silencio del Maestro. No envidié su futuro trabajo como educador de aquellas atrasadas y supersticiosas gentes…
Assi percibió mi desaliento y, optimista a pesar de todo, se apresuró a enumerar algunos de los «remedios» con los que contaban para reducir a los espíritus inmundos y, si el Bendito quedaba aplacado, sacar de la «esclavitud física y moral» a cuantos enfermos lo mereciesen.
Al mencionar al Bendito (Yavé), miré de reojo al Galileo. Continuaba absorto, con los ojos fijos en los racimos de estrellas.
—… No es fácil —prosiguió el esenio con su exposición—, pero, de vez en cuando, nos hacemos con polluelos de halcón. En el Hermón abundan. La carne combate a los «diablos» y hace retroceder el deavón (pesar) y el kilayón (podría ser traducido como sensación de aniquilamiento).
Deduje que la supuesta acción curativa de las crías de halcón (más que supuesta) podría proceder del hecho de que los polluelos eran alimentados con carne de serpiente, el «antídoto», según los médicos de la época, contra las enfermedades mentales.
—… También incluimos carne de erizo, ideal para el hipazón (atolondramiento) y para el iŝavón (nerviosismo). Pero, como debes de saber, es la víbora la que, debidamente cocinada con sal, vinagre y miel, resulta definitiva contra todo tipo de šiga'ón (enajenación).
Algo sabía. Santa Claus, nuestro ordenador central, nos había informado al respecto. La carne de serpiente, cocida en vino o en aceite de oliva, era un «remedio» habitual, muy recomendado contra el asma, el reumatismo, la parálisis y la locura en general. En el Talmud y en la medicina griega de aquel tiempo se hablaba de la tariaka, una especie de «medicina de serpiente», vital para las enfermedades degenerativas, respiratorias y mentales. Si la serpiente se comía cruda, macerada en miel, mucho mejor…
—… Más escasos son el veneno y la sangre de cobra —añadió el auxiliador—. Aquí, en los pantanos, no se encuentran. Cuando alguien nos los proporciona pagamos un buen dinero. Son muy eficaces contra el ivarón (ceguera espiritual), el šimamón (estupor) y el šigayón (alucinación) (?).
Assi se lamentó por no poder practicar lo recomendado por los «herofilistas» para contribuir a la armonía de los humores del cuerpo. Tenía razón. Aquel kan, perdido en el fin del mundo, no era el lugar más apropiado para la música, el estudio o la filosofía, como pretendían los griegos.
Todos estos métodos, lo sé, eran de muy dudosa eficacia para luchar con los ya referidos síndromes neurólogos, hereditarios, etc. Pero tuve que reconocer algo: la entrega, el amor y la capacidad de sacrificio de aquel hombre eran tales que, en muchos momentos, la impotencia a la hora de sanar era lo que menos importaba. Cada vez que tuve la fortuna de tropezar con él —y fueron varias en el tercer «salto»—, aprendí mucho. Assi sentía una especial satisfacción con aquel ingrato trabajo de médico y repetía con frecuencia que el juramento hipocrático[19] lo obligaba hasta la muerte.
Assi insistió. Aunque no era un judío ortodoxo e intransigente, confiaba en la Ley y en su inspirador (Yavé). Era por esto por lo que, además, o por encima de fármacos y consejos, consideraba a Dios como el único rofé o sanador. Junto a los brebajes y la armonía corporal, daba también especial importancia a la oración. En el kan, todos los días se escuchaba el «Schema Israel», unas bendiciones similares a una espada de doble filo, «definitiva contra los demonios nocturnos». «Y si el viento arrecia —añadió—, entonces hay que recurrir a los "tefilín" o "filacterias"», las pequeñas cajas de cuero negro que amarraban en brazo y frente y en cuyo interior se depositaban versículos de la Biblia. Uno en particular, el quinto del Salmo 91, era especialmente recomendado contra Lilit y compañía: «No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela…». Hoy, muchos cristianos lo repiten durante el rezo de completas sin conocer muy bien el origen del mismo…
El misterioso hombre con la cabeza cubierta por el manto se incorporó de nuevo a la hoguera. El kan disfrutó entonces de un período de silencio. Todos los enfermos habían sido recluidos en las chozas.
Tinieblas, en pie junto al auxiliador, permaneció inmóvil unos segundos. Después se inclinó y susurró algo al esenio.
Assi me observó.
Instintivamente me puse en guardia. Desvié la mirada hacia mi compañero. Eliseo continuaba dormido. Más allá, en la oscuridad, entre las cabañas, adiviné el bulto de Aru, igualmente sumido en un profundo sueño. ¿Por qué Assi me escrutaba con tanta severidad? Traté de recordar los movimientos en el refugio, pero, a excepción del incidente con la mujer que padecía el síndrome de negación, no era consciente de haber infringido ninguna norma. ¿O se trataba de algo relacionado con mi hermano?
—Tinieblas dice que te conoce…
La confusión se hizo más densa. La inesperada respuesta del esenio me dejó atónito.
—No sé… —balbuceé.
La verdad es que no tenía la más remota idea. El embozo impedía cualquier identificación…
Tinieblas, comprendiendo, fue a sentarse cerca de las llamas y, lentamente, retiró el ropón que lo cubría. El fuego lo iluminó y, al reconocerlo, sentí un escalofrío y entendí por qué siempre se presentaba embozado…
Era el individuo con el que había conversado brevemente durante nuestra primera visita al kan. Sufría un mal que provocaba el miedo y la repulsa de cuantos lo rodeaban. Era un «cara de perro», otro pobre enfermo aquejado de «hipertricosis lanuginosa congénita», un hirsutismo o abundancia de pelo duro y recio que afeaba el rostro y, supongo, la totalidad del cuerpo. Las conjuntivas enrojecidas, la carencia de dientes y la fibromatosis gingival (encías ulceradas e inflamadas) terminaban por convertirlo en un monstruo repulsivo, más próximo al mito del hombre-lobo que a la triste realidad de un síndrome de origen cromosómico. Por eso lo llamaban «Hašok» («Tinieblas» en arameo). Difícilmente se lo veía a la luz del día, y mucho menos con la cara al descubierto. Aquel hombre, sin embargo, era la mano derecha de Assi. Todos lo querían y lo respetaban. Su corazón, ignorando su propio problema, era amable y cariñoso. Siempre estaba dispuesto a colaborar y a socorrer a los más débiles. En su momento, en plena vida pública del Maestro, se convertiría en otra notable «referencia» para este explorador. Una «referencia» que tampoco mencionan los evangelistas…
Tinieblas agradeció que no desviara la mirada y que no diera señal alguna de horror o de rechazo hacia aquel rostro enfermo. Sonrió con los ojos y, de inmediato, volvió a cubrirse, humillando la cabeza.
No sé por qué lo hice. Sentí, quizá, una rabia incontenible contra aquella situación. Tinieblas no era un «endemoniado» o un loco. ¿Por qué vivía en aquel lugar, apartado de todo y de todos? ¿Por qué Yavé permitía semejante injusticia?
Interrogué al esenio sobre el particular. Esta vez fui yo quien utilizó un tono severo.
—Responde primero a mi pregunta —repuso Assi con idéntica firmeza—. ¿Qué buscabais en el kan? ¿Quiénes sois?
No tuve oportunidad de responder. La voz profunda de Jesús se interpuso.
—Te lo dije, querido Assi… Ellos me buscaban.
Fue suficiente. El auxiliador aceptó y las dudas se disolvieron.
El Maestro, integrado nuevamente en nuestra realidad, fue a buscar una carga de leña. Alimentó el fuego y se sentó, dejando que el jefe del kan respondiera a mis cuestiones.
—Te diré lo que pienso, Jasón. Tinieblas no sufre un mal provocado por la posesión de los espíritus inmundos. Sus tres almas están en perfecto estado. Es algo peor…
No acerté a comprender. Miré a Jesús y me encontré con unos ojos serenos, casi cómplices. Tuve la sensación de que solicitaban paciencia.
—… Al principio, cuando llegó a mí, probé con toda clase de medicinas. El rostro de Hašok no cambió. Después, como aconseja el libro de los Aforismos, del gran Hipócrates, busqué la solución con el hierro. La enfermedad, no obstante, resistió.
»Y probé con el fuego…
Me estremecí.
—… Ahí concluyó mi labor como auxiliador. Lo que el fuego no sana debe considerarse incurable.
Seguía sin entender.
—Finalmente, Tinieblas confesó: era un halal, un hijo ilegítimo de un sacerdote[20]. Su madre, una esclava, fue violada por uno de esos perros del Templo de Jerusalén…
Empecé a intuir. El gran «pecado» de Tinieblas, lo que, en definitiva, provocó su mal, fue el hecho de haber sido concebido en una unión no autorizada por Yavé. Esta «mancha» era una indignidad y, naturalmente, Dios la castigaba con extrema crueldad. Éste era el pensamiento de Assi. Aunque, como esenio, detestaba a los sacerdotes (de ahí el calificativo de «perro»), compartía las ideas sobre la pureza de origen. El hirsutismo del halal, en suma, aparecía perfectamente explicado a ojos de los judíos: los padres pecaron (poco importaba que hubiera sido una violación) y, en consecuencia, el hijo recibió el castigo…
—Así lo quiere el Santo, bendito sea su nombre…
Permanecí mudo, contemplándolos. No merecía la pena discutir sobre aquel injusto principio. ¿Así lo deseaba Yavé? ¿Quería el Dios de los judíos que la pureza en el origen fuera prioritaria? ¿Era capaz de castigar a un inocente con la enfermedad por la supuesta culpa de sus padres? ¿Qué clase de Dios era Yavé?
Traté de serenarme. La mezcla de fanatismo religioso, error y superstición era lo habitual en aquel tiempo y entre los celosos de la Torá o Ley judía. La situación, en especial desde el regreso del destierro de Babilonia y la reforma de Esdras[21], había llegado a extremos tales que los contratos matrimoniales entre mujeres y hombres judíos (de origen puro) sólo podían ser firmados y ratificados por sacerdotes, levitas o por otros varones que demostraran su pureza racial, al menos en cinco generaciones.
Pero había más…
A la oscura historia de la pureza en el origen, los más fanatizados añadían un elemento económico y otro —digamos— «estético» que hacían aún más insufrible la vida de «pecadores» como Tinieblas o Aru. Fue Yavé quien, desde el principio, fijó las normas sobre curaciones. Sólo los sacerdotes tenían esa facultad. Si alguien —pecador, «endemoniado» o aquejado de una enfermedad— deseaba ser curado (es decir, perdonado por Yavé), sólo tenía una opción: acudir al Templo y, previo pago, ponerse en manos de la casta sacerdotal. El «negocio», como es fácil imaginar, resultaba redondo. El problema surgía cuando el «pecador», que continuaba con la dolencia en cuestión, regresaba ante los sacerdotes y reclamaba una curación que no se había producido con el primer pago. El individuo tenía que hacer un segundo desembolso y un tercero y un cuarto… El ciudadano no mejoraba y, finalmente, el prestigio del Templo se veía mermado. Cuando eso tenía lugar, los sacerdotes se las ingeniaban para incluir a los recalcitrantes en el submundo de los «impuros» (individuos que no podían ser perdonados por Yavé), prohibiendo, incluso, que se acercaran al recinto sagrado. Si los «pecadores» protestaban o se mostraban irreverentes, el consejo (pequeño sanedrín) estaba capacitado para ordenar el destierro, argumentando que «la sola visión de los impuros alteraba el ánimo de los justos». No pregunté si aquél era el caso de Tinieblas. Lo que importaba es que situaciones tan injustas habían conducido a la creación de guetos como el kan del Hule. Porque, en suma, de eso se trataba: un lugar escondido entre pantanos, lejos de los núcleos urbanos y de las conciencias de los más religiosos.
—… Así lo quiere —murmuró Assi por segunda vez—. Ése es el deseo del Santo, bendito sea su nombre…
No esperó respuesta. Se alzó y, tras desearnos la paz, se dirigió hacia una de las cabañas. Hašok, Tinieblas, se fue tras él. Imaginé que debían madrugar…
Jesús, sentado a la turca, me observó fugazmente. Fue como un calambre. Aquella mirada jamás pasaba desapercibida para el corazón. Nos habíamos quedado solos, con la única compañía del fuego y el silencio. Y, una vez más, hizo fácil lo difícil…
—¿Crees que el Padre lo quiere así?
Lo miré sin terminar de captar. La voz, templada, prosiguió:
—¿Crees que el Padre condena a sus hijos a la enfermedad?
—Lo importante, Señor, no es lo que yo crea, sino lo que ellos —y señalé la oscuridad de las chozas— entienden. Tú has enseñado que ese Padre es amor…
Guardó silencio durante unos instantes. Tuve la sensación de que medía las palabras.
En aquel tiempo, como ya he referido en otras ocasiones, la enfermedad era una consecuencia directa del pecado, incluso por omisión. Se trataba de una concepción exclusivamente religiosa de lo que hoy entendemos como dolencia o patología. Fue inventada por los mesopotámicos[22]. La Biblia está sembrada de alusiones a esa trágica ecuación: pecado = cólera divina = castigo (enfermedad)[23].
—Lo que tú observes, lo que escuches y, sobre todo, lo que termines por creer, sí es importante. Eres un enviado. Después, cuando regreses, sé fiel. Otros descubrirán la verdad de tu mano. ¿Es importante o no?
Sonrió, acogedor. Jesús volvía a ser el del Hermón. Risueño, afable, comunicativo.
—Responde a mi pregunta: ¿consideras que el Padre desea el mal y la enfermedad?
—Si yo tuviera un hijo —repliqué, un tanto abrumado—, nunca lo castigaría con una enfermedad. Probablemente —rectifiqué—, no lo castigaría…
Y en mi mente quedó flotando una frase que no supe interpretar en esos instantes: «cuando regreses…». ¿Por qué hablaba en singular? Pero, sumido en la conversación, aquel «chispazo» —importantísimo— se extinguió y no volví a recordarlo…, hasta un tiempo después.
—En verdad te digo, Jasón, que estás próximo a la esencia de la cuestión. El problema es que no conoces al Padre —todavía—, y, por tanto, no sabes que las palabras «castigo» y «pecado» no son concebibles para Él. Sois vosotros los que habéis levantado esas calumnias contra Dios.
Percibió mi confusión y, animándome con una interminable sonrisa, trató de ir paso a paso.
—Empecemos por el final. ¿Qué es para ti el pecado?
—Si yo fuera religioso —maticé—, lo entendería como una transgresión de las leyes y los preceptos divinos.
—¿Y cuáles son esas leyes y normas? —Me sorprendió. Él lo sabía mejor que yo. Él conocía la Torá y los 613 mandamientos revelados por Moisés (365 prohibiciones, según el número de días del año solar, y 248 órdenes positivas que —decían— correspondían a las partes del cuerpo humano).
No me dejó responder.
—¿Crees que el Padre dictó esas leyes?
—Tengo entendido que fue Yavé…
La mirada, como una daga, me advirtió.
—No estoy hablando de Yavé, sino del Padre, el Número Uno, como dice tu hermano…
Me atrapó.
—¿Sabes cuál es la única ley para el Padre?
—El amor. Eso lo sabemos por ti…
—Y el profeta Amos lo resumió en un solo mandamiento: «Buscadme y viviréis». Eso es lo que solicita el Padre: buscarlo. Ésa es la única ley.
»Pues bien, dime: ¿qué castigo puede derivarse del incumplimiento de esa ley? ¿Crees que si el hombre no busca a Dios es un pecador?
Me dejó perplejo, una vez más.
—Pero ésa, querido amigo, aun siendo importante, no es la cuestión principal. El problema, como te decía, es que la inteligencia humana no está preparada para entender la naturaleza del Número Uno. Es lógico. ¿Recuerdas la mariposa en el extremo de aquella rama?
Asentí en silencio. El Maestro se refería a la Euprepia oertzeni, el hermoso lepidóptero que se había posado en la rama que sostenía Jesús en una de las inolvidables noches en torno al fuego, en el Hermón. Recordaba muy bien sus palabras: «Dime, querido ángel, ¿crees que esa criatura está en condiciones de comprender que un Dios, su Dios, la está sosteniendo?».
—No (dijiste), hay demasiada distancia…
Y el Maestro siguió abriendo camino.
—… Correcto. Hay una distancia tan inmensa que ninguna mente humana puede sospechar cómo es el Padre. Lo finito (lo sabes muy bien) no está hecho para lo infinito. Mientras viváis sumergidos en el tiempo y en el espacio, no podréis intuir siquiera qué hay más allá, en las regiones del espíritu.
Jesús alivió la tensión. Señaló el negro y parpadeante firmamento y preguntó:
—¿Podría captar la mente de Aru el orden que rige las estrellas? Y, si no es así, ¿cómo aceptar que pueda ofenderlas? ¿Por qué sois tan vanidosos y engreídos? Si ni siquiera comprendéis a Dios, ¿cómo os atrevéis a colocarlo a vuestro nivel? ¿Cómo es posible que lo juzguéis capacitado para ser ofendido y para castigar?
No parpadeé. El Maestro fue rotundo.
—… ¿Pecar? ¿De verdad estimas que una criatura finita puede molestar, injuriar o provocar a Dios? ¿Crees que Dios es humano?
—Tú, sin embargo, has hablado (y hablarás) del pecado y de los pecadores…
—Os lo dije una vez: cuando llegue mi hora hablaré como un educador. Tú, mejor que nadie, deberías entender a qué me refiero. Habrá momentos en los que mis palabras deberán ser tomadas como una aproximación a la realidad. Ellos —añadió, refiriéndose a los que habitaban el kan— son la consecuencia de una época. Sólo conocen un lenguaje… Vosotros, en cambio, estáis más cerca…
Lo interrumpí. El asunto del «pecado» me tenía perplejo. Nunca fui un hombre religioso y, en cierto modo, me satisfacía la postura del Galileo. Pero…
—Si el pecado no existe, al menos como ofensa al Padre, ¿qué sucede con los asesinos, ladrones, etcétera? ¿No son pecadores?
El Hijo del Hombre esperaba la pregunta. Dibujó una media sonrisa y negó con la cabeza.
—Una cosa es intentar ofender al Padre (imposible, como te he dicho) y otra muy distinta causar daño a tus hermanos, los seres humanos. Cuando alguien incumple esas leyes está infringiendo las normas que rigen entre los hombres. No confundas ese pecado con el otro…
—Pero, a fin de cuentas, Dios castiga a esos pecadores, digamos, «de segunda»…
—Nuevo error, querido Jasón. El Padre es amor. Ya lo hablamos. Si el pecado no forma parte de la conciencia de Dios, y así es, ¿por qué pensar que es un juez castigador? Ni pecado, ni castigo son conceptos comprensibles para el amor. Y Él, tu Padre, el Número Uno, es el amor…
—Lo sé, con mayúsculas.
—¿Crees entonces que Él desea y envía la enfermedad?
Silencio.
—¿Puedes admitir que una persona enamorada imagine siquiera cómo ofender y castigar a su hombre o mujer amados?
Jesús permitió que las ideas planearan sobre mi corazón. Después, pausadamente, fue descendiendo…
—El Padre (no Yavé) no lleva las cuentas. Te lo dije: confía. Ahora estáis ciegos, pero algún día se hará la luz en vuestras inteligencias. Todo obedece a un orden, incluida la maldad.
La palabra «orden» se propagó solemne en mi interior. Aquello era nuevo para mí. Demasiado nuevo…
—Lo sabes muy bien, Jasón. La enfermedad no es un castigo divino. Su origen es otro. La enfermedad sólo existe en los mundos materiales. Forma parte del proceso natural. Pero ¿cómo explicárselo a estos pequeñuelos? ¿Podríais hacerlo vosotros?
—Necesitan tiempo —murmuré con tristeza.
—Y vosotros también… Confía, querido amigo. Sólo se os pide eso: confianza. En el amor no hay resquicios.
—Entonces, Yavé… ¿quién es?
—Di mejor quién fue…
Esperé, intrigado. El Maestro se perdió en el flamear de las llamas y así permaneció durante un tiempo que se me antojó interminable. Me arrepentí de la pregunta. Quizá no era oportuna. Finalmente, regresando a mí, sentenció:
—Éste es otro momento en el que mis palabras sólo pueden aproximarse a tu realidad. Digamos que fue un «instrumento»…
—¿Quieres decir que no era Dios?
No respondió. Su mirada buscó de nuevo los rojos de la hoguera y quien esto escribe creyó «leer» en el silencio.
—¿Por qué tanta confusión?
El Maestro volvió a negar con la cabeza. En parte comprendí su impotencia a la hora de transmitir ideas.
—Te lo he dicho. Todo obedece a un orden. Nada es casual. Lo que tú estimas como confusión es falta de perspectiva. Acabas de ser imaginado por Él. Acabas de aparecer como criatura mortal. Todo te parece confuso. Eres un recién llegado. Confía y recibirás la información…, en el momento adecuado. Éstos conciben a Dios como un juez y creen que el ideal es la total sumisión a los preceptos. La justicia divina (para ellos) es algo lógico. En el futuro, gracias a mensajeros como tú, eso cambiará. El mundo recordará mis palabras. Reconocerá el verdadero rostro de ese Dios-Padre y, sencillamente, lo buscará…
—Un momento —lo interrumpí—, ¿estás diciendo que algún día, en el futuro, la justicia divina desaparecerá? No es fácil concebir a un Dios sin justicia…
—Ahora, así es. Ése es el orden del que te he hablado. El amanecer llega siempre después de la oscuridad. Pero habrá un mañana y el mundo descubrirá que el Dios justiciero (como Yavé) forma parte de un tiempo pasado. Es más: te diré algo que ya deberías saber…
Me observó con picardía.
—El Padre nunca ha sido justo…
Y el Maestro, comprendiendo mi extrañeza, suavizó la afirmación:
—Al igual que sucede con el concepto de pecado, sois vosotros, los hombres, quienes habéis decidido que Dios imparta justicia…
—¿Y no es lo justo?
—El amor no precisa de la justicia. Insisto: es el ser humano el que se empeña en hacer a Dios a su imagen y semejanza. Yo dije en cierta ocasión que la divina justicia es tan eternamente justa que incluye, inevitablemente, el perdón comprensivo. Ahora, en el silencio de este lugar, te digo que mis palabras se quedaron cortas. Ahora, y a ti, mi querido mensajero, te digo que el Padre jamás ha necesitado de la justicia. Si el pecado, como ofensa a la divinidad, no forma parte de la conciencia de Dios, ¿dónde queda la justicia? ¿Comprendes el porqué de mis palabras? ¿Comprendes cuando digo que Dios nunca ha sido justo?
—Permite, Señor, que vuelva sobre mis pasos. Si el Padre no precisa de la justicia, ¿qué hacemos con los malvados? ¿Quién los juzga? ¿Cómo y dónde pagan sus atrocidades?
El Hijo del Hombre inspiró profundamente. Sus ojos, lejos de reprochar, me acogieron con dulzura. E intentó descender a mi realidad, una vez más…
—Éste es un lugar especial —asocié sus palabras al kan (grave error)—. Aquí, por expreso deseo de la divinidad, se autoriza todo: lo más noble y lo más bajo. Pero eso, Jasón, no significa que la creación se le haya ido de las manos al Padre. Te lo he dicho: nada escapa al amor del Número Uno. La maldad, incluso, forma parte del juego…
Era cierto. No prestaba la suficiente atención. Y, como un tonto, insistí…
—Pero ¿quién hace justicia?, ¿quién pide cuentas?
—También lo hablamos. Después de la muerte, nadie juzga. El amor nunca juzga. Sé paciente y confía. Existe un orden que tú apenas distingues…
—Entonces, ¿qué debemos hacer?
Jesús respondió con una sola palabra:
—¡Yeda!… ¡Dar gracias!
Así terminó aquella intensa jornada.