Diecinueve
Zach aparcó su Screamin ‘n Eagle en la obra.
Dos semanas habían pasado ya desde la última vez que había hablado, a solas, con Ana. Cada vez que había aparecido por la obra, ella había estado en algún lugar del interior del edificio y había sido su capataz quien le había puesto al tanto de la marcha de los trabajos. Se negaba a devolverle las llamadas, ignoraba sus mensajes de texto.
Ana se estaba comportando como si no hubiera sucedido nada entre ellos, como si sus vidas no hubieran quedado alteradas. Porque ella le había cambiado la vida. No sabía exactamente cuándo había empezado a hacerlo, pero lo había hecho. Hervía de furia por dentro. ¿Acaso no le había dicho Ana que lo amaba? Entonces no podía desentenderse tan fácilmente de su persona. A no ser que no hubiera sido sincera. Pero Zach sabía que ella nunca le habría mentido.
Quería que Ana le escuchase. Quería hacerle comprender que Melanie ya no formaba parte de su vida. Que había terminado con ella para siempre. Solo había necesitado ver a las dos juntas para asumir y aceptar lo que había sabido desde un principio. Llamó a la puerta del remolque, pero no esperó a que ella abriera o respondiera. Entró directamente… y se quedó paralizado.
Ana se hallaba en su escritorio, y una mujer madura, muy hermosa, estaba sentada frente a ella. Las dos, que al parecer habían estado comiendo en agradable compañía, se quedaron igualmente sorprendidas cuando lo vieron entrar.
—No quería interrumpir —dijo, cerrando la puerta a su espalda—. Ana, necesito hablar contigo.
Ana dejó el tenedor sobre su plato de ensalada y se levantó.
—Ahora mismo estoy comiendo con mi madre, Zach. ¿Se trata de un asunto de trabajo?
Zach desvió la mirada hacia la otra mujer. Dios, ¿aquella mujer era la madre de Ana? Obviamente se conservaba muy bien.
—Soy Zach Marcum —le tendió la mano—. Ya veo de quién ha sacado Ana esa belleza suya…
La mujer se la estrechó, sonriente.
—Ya me dijo mi hija que eras un hombre encantador… Lorraine Clark.
Zach le retuvo la mano al tiempo que miraba a Ana arqueando una ceja.
—Ella le ha hablado de mí…
—Solo a manera de advertencia —repuso Ana, muy seria—. ¿Qué es lo que necesitas?
Zach hundió las manos en los bolsillos de sus téjanos.
—Lo mismo que llevo semanas necesitando. Hablar contigo a solas.
—Seguro que tú precisamente sabrás lo que significa que te den calabazas, Zach. ¿No es así como funciona la cosa? Vuelve con Melanie o con quien quieras. No me interesas.
Zach pensó que, si a ella no le importaba que su madre escuchara su conversación, a él tampoco.
—Yo no estoy interesado en Melanie. Te quiero a ti.
Ana se lo quedó mirando fijamente antes de bajar la vista a su escritorio, pero a Zach no le pasó desapercibido el brillo de lágrimas de sus ojos. O la manera que tuvo de parpadear rápidamente para disimular su emoción.
—Bueno, pues resulta que no siempre podemos tener lo que queremos —su tono parecía haberse suavizado un tanto. Recogió los restos de ensalada y los arrojó a la basura—. Y ahora, si no tienes nada más que decirme, me gustaría terminar de hablar con mi madre.
Zach asintió, negándose a pedirle perdón de rodillas. Había sido él quien había causado aquel desastre, y ahora tendría que vivir con ello.
—Ha sido un placer conocerla —regaló una sonrisa a Lorraine aunque se moría de ganas de ponerse a gritar o a lanzar cosas, lo que fuera con tal de que Ana lo escuchara—. Necesito hablar con el capataz antes de marcharme. Con permiso.
Abandonó la oficina sin mirar atrás. Si Ana había terminado realmente con él, entonces lo mejor que podía hacer era marcharse y dejarla en paz. Pero todavía no podía creer que esa fuera la situación, porque ella se había mostrado incapaz de mirarlo a los ojos…
Montó en su moto. No estaba tan desesperado como para hablar con el capataz: tenía algo mucho más importante que hacer. Un plan estaba cobrando forma en su mente. Un plan del que dependía su futuro con Ana. Por una vez en su vida, estaba anteponiendo su vida personal a su trabajo. Y anteponiendo una mujer a su propia persona. No conocía otra palabra que explicara ese comportamiento: tenía que ser amor.
Ana se enfrentaba a la perspectiva de un fin de semana sin Zach. Había planeado pasar un fantástico día en la playa con su madre, no haciendo otra cosa que tomar el sol y leer un poco. Ya ni se acordaba de la última vez que había hecho algo así.
Mientras su madre se cambiaba en el dormitorio de la suite, Ana guardó varias botellas de agua, un libro y una toalla en su bolsa playera. El día del pasado fin de semana que habían pasado juntas en el spa había sido fantástico, pero Ana necesitaba otro más de relajación. Sobre todo después de la conversación que había tenido con Zach.
El dolor que parecía haberse instalado de manera permanente en su pecho echaba raíces cada día. Por la manera que Zach había tenido de escucharla, de aconsejarla cuando ella le había hablado de su padre y de su infancia, de hacerle sonreír y reír a carcajadas, había estado convencida de que la quería. O de que, si no la amaba, la apreciaba y se preocupaba por ella. Le había comprado un perro, una mascota… ¿Y acaso no había dicho su ex que en su casa siempre había tenido prohibidas las mascotas?
—Lista.
El alegre tono de su madre la sacó de sus dolorosas reflexiones. Lorraine salió del dormitorio vestida con un bañador rojo de una pieza y un pareo negro a la cintura.
—Recojo mi bolso y nos vamos.
Justo en aquel momento llamaron a la puerta.
—Ya abro yo —dijo Ana.
Atravesó el salón y abrió la puerta. Era Zach. Con el cachorro en los brazos.
—Jake te echaba de menos —le dijo mientras se lo entregaba.
Ana estrechó al animalito contra su pecho, luchando contra el nudo de emoción que le atenazaba la garganta.
—Gracias. Iba a salir con mamá. Me lo llevaré con nosotras.
Zach hundió las manos en los bolsillos, apoyado en el marco de la puerta.
—Esperaba que vinieras conmigo… Tengo algo que enseñarte.
Ana no quería estar tan cerca de él, y menos aún acompañarlo a alguna parte. El limpio y seductor aroma al que tanto se había acostumbrado parecía envolverla. La sensual sombra de su barba parecía algo más negra que lo usual. Tenía los ojos levemente hinchados, como si no hubiera dormido, y el pelo despeinado.
—No creo que sea una buena idea.
—Pues yo creo que es una idea estupenda —intervino Lorraine, apareciendo tras ella—. Ve con él, Ana. Ya saldremos a la playa el siguiente fin de semana que tengas libre.
—¿Y tú qué harás?
—No te preocupes por mí —sonrió—. Anda, vete.
Por mucho que detestara admitirlo, Ana sentía curiosidad por ver lo que él quería enseñarle. Y, para ser sincera, sabía que necesitaban hablar. No podían dejar las cosas así, por muy segura que ella estuviera de su desenlace. Salir por aquella puerta con Zach le produciría aún más dolor, pero después de todo lo que ella le había dado, se merecía la oportunidad de hablar con él y de explicarle exactamente lo que sentía.
—De acuerdo —se volvió hacia Zach—. Recojo mi bolso.
—No necesitarás nada —le aseguró—. Solo a Jake.
Vacilante, decidió recoger solamente las llaves, que se guardó en un bolsillo del pantalón corto. Besó a su madre y salió con Zach. Un denso silencio los acompañó durante todo el recorrido por el pasillo y el ascensor, hasta que subieron a su todoterreno.
Pensó que evidentemente no estaba de humor para hablar. Por el momento, se resignó. Sabía que al final tendrían que hacerlo, pero supuso que podría esperar a que llegaran a su destino final… que no fue otro que su casa.
Nada más aparcar en el sendero de entrada, bajó del vehículo y se apresuró a ayudarla. Sosteniendo a Jake, Ana lo siguió al interior de la mansión.
—Vamos a mi despacho.
Dejó al perrito en el suelo y entró en la gran habitación. No pudo menos que admirar los altísimos ventanales que daban al bien cuidado jardín. Una vista muy inspiradora para cualquiera que trabajara en el enorme escritorio de caoba. Fue ese escritorio el que llamó precisamente su atención. O más bien los planos que estaban extendidos sobre el mismo.
—Antes de que eches un vistazo a eso, necesito que sepas una cosa.
Ana se arriesgó a desviar la mirada de los planos para clavarla en sus ojos oscuros.
—¿Qué?
—Tu padre no volverá a darte problemas. He saldado todas sus deudas y él ha firmado un documento legal por el cual se compromete a no volver a ponerse en contacto ni contigo ni con tu madre nunca más. Ni personalmente, ni a través de internet, teléfono o cualquier otra forma de comunicación.
Ana se había quedado sin aliento. Un músculo latía en la mandíbula de Zach mientras bajaba la mirada al escritorio.
—No quiero secretos entre nosotros.
Soltando una burlona carcajada, Ana se cruzó de brazos.
—Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?
—Mira estos planos. Estoy buscando una empresa para que levante este edificio.
—Zach, una vez que terminemos el centro turístico, mi compañía se irá a otra parte —tragó saliva—. Tenemos un edificio de oficinas de seis plantas que construir en Dallas. Además, no creo que sea una buena idea que sigamos trabajando juntos. Terminemos de una vez con estos dos últimos meses que nos faltan y que siga después cada uno su camino.
—¿Te importaría mirar los planos, por favor? —le suplicó.
Así lo hizo. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que no se trataba de un proyecto comercial.
—Esto es una casa. Yo no suelo construir viviendas —estudió los impresionantes planos, casi salivando de envidia por el afortunado propietario—. ¿Quién ha encargado esto? ¿Victor?
—Yo.
Alzó la mirada hacia él.
—¿Tú?
¿No le bastaba con haberle hecho sufrir, que todavía quería regodearse ahondando en su herida? Ahora esperaba que ella le construyera la casa en la que pretendía volver a residir con su exmujer. Sí, debería haber hecho caso a su intuición y haberse negado a acompañarlo. En aquel momento habría podido estar tranquilamente en la playa con su madre y…
En lugar de eso estaba allí, sufriendo. ¿Estaría Melanie en alguna parte de la casa? ¿Todavía tendría en la cara aquella sonrisa que tanto odiaba? Miró hacia la puerta, medio esperando verla aparecer.
—¿Sabe Melanie que me estás pidiendo que le construya la casa?
Zach rodeó el escritorio y se detuvo muy cerca de ella, apenas a unos centímetros. Ana tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—No vas a construir una casa para Melanie. Vas a construir una casa para mí… y para ti.
Esperanza, dolor, tensión… todas esas emociones la asaltaron a la vez, de manera que no pudo seguir mirándolo a los ojos ni por un segundo. Se volvió y cruzó la habitación para sentarse en el cómodo sofá de piel. Por mucho que quisiera creer en sus palabras, no podía mirarlo, no podía dejarse arrastrar de nuevo por las oscuras profundidades de sus ojos.
—No. No. Esto no puede suceder, Zach.
—¿Qué es lo que no puede suceder?
Ana se apartó los rizos de la cara y lo miró.
—Lo que seas que hayas planeado. No has dejado a tu ex, eso es obvio. Y a mí parece bien. Cuando me enredé contigo, sabía que no querías una relación estable. Parte de todo este desastre es culpa mía pero, por favor, no me hagas creer en algo que no puedes darme.
Zach se agachó para tomarle las manos entre las suyas.
—Tienes razón. Cuando nos conocimos, yo no estaba en posición, ni siquiera quería hacerlo, de relacionarme con nadie. Yo aún estaba colgado de Melanie, aunque me negaba a admitirlo.
Escuchar aquellas palabras de sus labios, saber que eran sinceras no logró sin embargo atenuar el nudo de acero que seguía atenazándole el pecho. Todavía logró apretarlo aún más.
—Pero tú lo cambiaste todo —continuó él—. Yo nunca quise tener otra relación, pero no puedo negar lo que siento. No puedo renunciar a ti.
Ana se lo quedó mirando fijamente a los ojos, reconociendo en ellos el brillo de las lágrimas.
—¿Cómo puedo creerte? ¿Cómo puedo saber que no me quieres solo porque me habías perdido? ¿Y si decidieras dejarme el mes que viene? Tú mismo has admitido que siempre estás buscando algo mejor… —mientras lo miraba, la esperanza que había nacido en su pecho cuando vio los planos de la casa iba creciendo poco a poco—. ¿Qué me dices de Melanie? Tú la amas.
—No —se sentó a su lado, en el sofá—. Creía que la amaba, y quizá la amaba de algún modo, pero lo que fuera que sintiera por ella no es absolutamente nada comparado con lo que siento por ti.
Ana se acercó a él: quería mirarlo a los ojos cuando le hiciera la siguiente pregunta. Quería acechar en ellos la posible duda, la mentira.
—¿Qué es lo que sientes por mí?
—Amor —una amplia sonrisa iluminó su rostro—. Admito que, la primera vez que me di cuenta de que te amaba… me negué a mí mismo. No quería volver a sufrir.
Ana ya no intentó contener las lágrimas:
—¿Sufrir, dices? Tú me destrozaste cuando descubrí que habías estado comunicándote con Melanie… Pero saber que me amas… Dios mío, Zach, eso es más de lo que pensé que jamás sentirías por mí. Quiero creer…
Zach le acunó entonces el rostro entre las manos y se apoderó de sus labios en un violento, apasionado beso. Apasionado, sí. Ana lo sintió en cada fibra de su ser: la amaba. Le echó los brazos al cuello, incapaz de controlar sus sentimientos por un momento más.
—Créeme —murmuró él contra su boca, y apoyó la frente contra la suya—. Ana, cree en todo lo que te estoy diciendo. No dudes de mi amor por ti. Jamás.
No pudo hablar debido a la emoción, de modo que asintió con la cabeza.
—¿Eso es un sí a la pregunta de si construirás mi casa?
—Sí… sí —se sorbió la nariz—. Sabía que en el fondo me amabas, Zach. Lo que no sabía era si llegarías alguna vez a descubrirlo por ti mismo. Has sido tan paciente, tan comprensivo conmigo… Sé que lo que he encontrado en ti me convertirá en la mujer más feliz del mundo.
Zach se apartó, enjugándole delicadamente las lágrimas con las yemas de los pulgares.
—Tengo otra condición.
—¿Cuál?
—Solo nos quedan un par de meses con el centro turístico de Victor y luego mandarás a tu equipo a Dallas, pero antes quiero que te quedes un tiempo aquí.
—Pero tendré que comenzar las nuevas obras, Zach, yo…
—Cásate conmigo —le pidió con una sonrisa—. Dime que te quedarás en mi vida para siempre.
Estupefacta, eufórica, nerviosa… Ana no sabía cómo nombrar todos los sentimientos que se arremolinaron en su mente, en su corazón.
—¿Estás seguro? —inquirió—. Ya te casaste antes y juraste que no volverías a hacerlo.
La besó de nuevo. Abrazándola de la cintura, la estrechó con fuerza contra sí.
—Por supuesto —la tumbó en el sofá, y empezó a desabrocharle el vestido—. Y tengo otra sorpresa para ti…
—Ya la he visto —rio, picara.
—No es ésa… Te he comprado una moto. Está en el garaje.
—¿Una moto?
—Sí. Quiero que montes conmigo.
Ana reflexionó por un segundo y asintió con la cabeza.
—Bueno, supongo que dado que me has iniciado en tantas cosas… también podrías enseñarme a montar. Espero que esta vez podamos al menos arrancarla.
Zach no dejó de sonreír, pero su mirada se tornó seria mientras recorría su rostro.
—Tú también me has iniciado a mí. El amor nunca tuvo ningún significado en mi vida hasta que te conocí, Anastasia Clark. Y Ana supo que el viaje en el que estaba a punto de embarcarse con Zach no era más que el comienzo de una larga serie de iniciaciones.
Fin