Dieciséis
Lo que por encima de todo más anhelaba Zach era deslizar las manos por su cuerpo esbelto, pero sabía que a partir del instante en que tocara su piel, la noche se desarrollaría a un ritmo mucho más rápido que el que pretendía. Y, ahora mismo, quería saborear aquellos momentos con los ojos y retener una imagen mental de cada detalle, de cada curva de su cuerpo.
—El vestido era impresionante —pronunció, casi sin reconocer su propia voz—. Pero esto… lo es más aún.
—Esperaba que te gustara —una amplia sonrisa iluminó el rostro de Ana.
Vestir aquel cuerpo sería un pecado. Pero vestirlo con aquel conjunto de corpiño y tanga dorados era una bendición divina.
—Me alegro de que te guste, Zach, pero… ¿podrías tocarme o al menos empezar a desnudarte? Me siento un poco ridícula…
Se desabrochó la camisa y la arrojó descuidadamente a un lado. Solo entonces la abrazó por la cintura, apretándola contra su pecho. Sus cuerpos encajaban perfectamente.
La sorprendió al levantarla en brazos para atravesar con ella el salón y el largo y ancho pasillo que llevaba al frente de la casa, donde estaba localizado el dormitorio principal. Le asaltó la tentación de pasar los dos días siguientes encerrado allí con ella, desnudos los dos… Por fin la bajó al suelo. Todavía llevaba sus tacones de aguja.
—Antes tienes que estar segura, Anastasia.
Ana deslizó las palmas de las manos por su torso desnudo, sin dejar de mirarlo a los ojos. Lentamente fue acercándose más a él, hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de los suyos, y sonrió. Echándole los brazos al cuello, empezó a retroceder hacia la cama de dosel que se alzaba en el centro del inmenso dormitorio.
Sin soltarlo, se sentó en el borde; un puro, crudo calor brillaba en sus ojos verdes. Su melena cobriza, habitualmente rizada e indómita, caía en suaves ondas sobre su espalda. Zach no podía esperar a verla derramada sobre las sábanas.
Ana se humedeció los labios, pero no de la insinuante manera en que lo hacían tantas mujeres. Bajó la mirada al suelo y la levantó de nuevo. De repente, el hecho de que se sintiera tan tímida, tan humilde, lo abrumó. Y le hizo ansiar, por encima de todo, hacer de aquella noche algo perfecto y único para ella.
Apoyó las manos en el colchón, a cada lado de sus caderas, y se inclinó para capturar sus labios. Y ella levantó la cara para acudir a su encuentro. Suspirando profundamente mientras abría la boca, le ofreció pleno acceso. Arqueó la espalda, rozándole el pecho desnudo con el satén del corpiño.
Tomándola de los hombros, la apartó delicadamente y apoyó una rodilla en la cama. Por mucho que deseara continuar besándola, primero quería liberarla completamente de la ropa. Sabía que necesitaba tomarse su tiempo y quería prolongar aquella noche por los dos. Se concentró en abrirle el pequeño broche y los corchetes delanteros del corpiño. Uno por uno fueron cediendo, revelando la piel fina y cremosa.
—Haces que me sienta bella —susurró.
Abrió el sedoso material, descubriendo sus senos. Acto seguido enganchó los pulgares en las tiras de su tanga y se lo bajó todo a lo largo de sus esbeltas piernas, hasta los tobillos, para arrojarlo finalmente a un lado.
Tumbada desnuda ante él, en su cama, Ana parecía la imagen personificada del pecado. Sus ojos hipnóticos relampagueaban, su pecho subía y bajaba al ritmo de su acelerada respiración. Tenía los húmedos labios entreabiertos, como suplicándole que la tomara de una vez. Le abrumaba saber que estaba mirando un cuerpo intocado, que nunca había sido saboreado por nadie.
—No tienes idea de lo que me estás haciendo —le confesó mientras subía las manos por sus piernas, hasta su monte de Venus, y continuaba luego hacia sus senos.
Incorporándose, Ana se apresuró a soltarle el botón del pantalón y a bajarle la cremallera.
—Lo sé, Zach. Lo sé porque tú me haces lo mismo a mí.
Tras despojarse del pantalón, junto con los zapatos y los calcetines, se agachó para quitarle los tacones. Una vez que la tuvo completamente desnuda, trazó un sendero de besos desde sus pies hasta sus senos, pasando por su sexo.
Gemía y se convulsionaba bajo sus caricias. Zach anhelaba enterrarse en ella y calmar así su dolorosa ansia, pero era realista. Sabía que, con Ana, una sola ocasión nunca sería suficiente. Tenía la sensación de que, una vez que le hiciera el amor, olvidarla sería lo más difícil del mundo. Concentrándose en el presente, se apoderó de un pezón con los labios. Mientras ella se arqueaba contra él, la abrazó de nuevo por la cintura. De alguna forma, también para él era la primera vez. Era como si no pudiera saciarse nunca de tocarla, como si no pudiera acercarse lo suficiente a ella. Literalmente, no podría esperar para fundirse con su cuerpo.
Concentró entonces su atención en el otro pezón antes de subir los labios por su cuello y reclamar finalmente su boca. Ana lo agarró de los hombros, hundiéndole las uñas al tiempo que alzaba las rodillas.
Deslizó una mano hasta su sexo y empezó a acariciárselo. Necesitaba asegurarse de que estaba dispuesta, y no solo emocionalmente hablando.
Dejó de besarlo para soltar un grito de placer. A esas alturas, Zach no podía esperar ni un minuto más. Se apartó para recoger el pantalón del suelo y sacó un preservativo de la cartera.
—Mírame —le dijo mientras se colocaba entre sus piernas—. No te olvides nunca de este momento.
«No me olvides», le suplicó en silencio. Con agonizante lentitud, entró en ella. Sus miradas quedaron engarzadas mientras esperaba a que lo acomodara en su cuerpo. Ana subió las manos hasta sus mejillas, acunándole el rostro.
—Por favor, Zach. No te contengas.
—Rodéame la cintura con las piernas.
Cuando lo hizo, se hundió en ella aún más profundamente. Sintiendo el movimiento de sus caderas a cada embate, tuvo que apretar los dientes para mantener el control.
—Estoy tan contenta de que hayas sido tú… —murmuró Ana justo antes de cerrar los dedos sobre el edredón, echar la cabeza hacia atrás… y tener un orgasmo.
Zach no necesitó más para reunirse con ella. Con la misma ansia con que anhelaba que recordara aquel momento, quiso grabarlo a fuego en su alma y la besó con pasión mientras la sentía temblar. E incluso cuando cesaron los temblores.
Saciada, Ana mantenía los ojos cerrados. Temía abrirlos y descubrir que todo había sido un sueño. O, peor aún: que Zach se había quedado decepcionado.
Lo sintió apartarse y experimentó al instante el vacío de su presencia. Pero al segundo siguiente estaba otra vez a su lado, deslizando las yemas de los dedos por su piel febril.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Ana se sonrió, abrió los ojos y giró la cabeza hacia él.
—No puedo creer que esté ahora mismo en tu cama, Zach. Nunca pensé que esto me haría sentirme tan… viva.
La expresión de Zach era sensual, pero al mismo tiempo vulnerable. Mirándolo, las palabras «te quiero» le bailaban en la punta de la lengua. Quería confesarle lo que sentía, pero no deseaba arruinar aquel momento haciendo que se sintiera de alguna manera culpable, o arrepentido. Así que se guardaría el secreto para otra ocasión. Pero se lo diría. Y pronto. Porque Zach necesitaba saber de qué manera había afectado, conmovido su vida. Que siempre formaría parte de su ser, aunque no estuvieran juntos.
Fue él quien rompió el silencio:
—Tengo que decirte… que las pocas horas que te he visto con ese vestido han supuesto la más dura prueba que ha tenido que superar nunca mi fuerza de voluntad.
Se echó a reír, volviéndose hacia él e imitando su postura. Con un codo flexionado y la cabeza apoyada en la mano, se lo quedó mirando fijamente.
—No era más que un vestido, Zach. Yo soy la misma persona con mis botas y mis téjanos llenos de agujeros.
—Eso es lo que estoy intentando averiguar —frunció el ceño, extrañado—. ¿Cómo puede alguien ser tan increíblemente sexy con dos atuendos tan distintos?
—No lo sé. ¿Por qué no me lo dices tú? Tú también pasas en un santiamén de ejecutivo de la construcción a motero.
—¿Me estás diciendo que no somos tan diferentes? —una ancha sonrisa iluminó su rostro—. Yo estoy completamente seguro de que ese vestido no me habría quedado tan bien.
Ana se echó a reír y le dio un empujón. Arrodillándose en la cama, sin dejar de reír, agarró una almohada y se la lanzó.
—Te estás burlando.
—Quizá un poco, sí.
Entrelazó las manos por detrás de la cabeza flexionando instintivamente los abultados bíceps, con el tatuaje que lucía en uno de ellos. ¿Cómo habría podido no enamorarse de aquel hombre? Habría podido acostarse con cualquier mujer, y sin embargo se había tomado su tiempo y esperado a ganar su confianza, para demostrarle lo que era la pasión y… sí, también el amor. Toda la felicidad que desbordaba su pecho en aquel momento, toda la renovada confianza que tenía ahora en sí misma se debía enteramente a Zach.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó él.
Se encogió de hombros, sentándose sobre los tobillos. Sorprendida de lo muy cómoda que se sentía estando desnuda en su cama.
—En todo. En nada.
—Estabas sonriendo, pero de repente cambiaste completamente de expresión —apoyó una mano grande y morena sobre su muslo cremoso—. ¿Qué era?
—Te quiero.
Un silencio tan sumamente denso se abatió sobre la habitación… que Ana deseó que se la tragara de pronto la tierra.
—Oh, Dios mío. Me había prometido a mí misma que no te lo diría… aún.
Se tapó la cara con las manos, rezando para que aquellos diez últimos segundos de su vida quedaran borrados del recuerdo de Zach.
—Ana…
Sintió que se sentaba en la cama, para tomarle las manos entre las suyas.
—Mírame.
Lo miró. Pero no fue sorpresa ni horror lo que vio en sus ojos. Al menos, no lo parecía.
—Estoy segura de que habrás escuchado esas palabras miles de veces. Yo no te las he dicho porque hayamos hecho el amor. Me prometí a mí misma que hoy no te diría nada, que no estropearía lo que acabamos de vivir sacando a relucir mis sentimientos. Pero no he podido evitarlo. Sé que tú no sientes lo mismo, y lo acepto. Siempre he sabido que tú no me amarías.
Zach permaneció inmóvil mientras duró su perorata. Con una media sonrisa asomando en su boca sensual.
—¿Has terminado?
Ana negó con la cabeza.
—Intenté no enamorarme de ti… pero sucedió, Zach. ¿Tienes idea de lo mucho que has hecho por mí?
—¿Cómo? —frunció el ceño—. Yo no he hecho nada.
—Encargaste a mi empresa ese proyecto tan increíble —empezó, contando con los dedos—. Estuviste a mi lado cuando allanaron mi oficina. Y lo mismo cuando se presentó mi padre. Has sido enormemente paciente conmigo, pese a que sé que eso va en contra de tu comportamiento habitual con las mujeres. Y Jake: me regalaste un perro, Zach. Algo que quería tener desde que era niña.
—A ver si lo entiendo bien… —le dijo él, sin soltarle las manos—. ¿Me amas porque estuve en el lugar adecuado cuando lo del allanamiento y lo de tu padre, y porque te regalé un cachorro?
Ana cerró los ojos.
—Todo eso es lo aparente, lo que está en la superficie —susurró, consciente de que estaba a punto de llorar. Abrió de todas formas los ojos, sin importarle desnudar de esa manera toda su emoción—. Tú me diste un sentido de esperanza… la esperanza de creer que no todos los hombres son egoístas e insensibles. Tú me antepusiste a mí primero, por encima de todo lo demás. No creo que puedas imaginar lo mucho que eso significa para mí.
—Ana —suspiró Zach—. No sé qué decirte. Yo te aprecio, significas mucho para mí. Eso nunca se me ocurriría negarlo. Pero…
Ana habría mentido si le hubiera dicho que, justo en aquel instante, no había sentido resquebrajarse su corazón. Nunca había dudado de que Zach jamás se enamoraría perdidamente de ella. Y sin embargo había esperado contar al menos con una brizna de su amor…
—No espero que me digas nada. Pero yo no puedo mentirte, Zach. No lamento que sepas lo que siento. Así que, ahora que ya me he puesto lo suficiente en ridículo… ¿podemos disfrutar del resto de la velada o te parece que la he estropeado por completo?
Se inclinó hacia ella, acariciándole los labios con los suyos.
—Eso jamás.
Ana sonrió, agradecida.
—Apuesto a que nunca más me preguntarás por lo que estoy pensando.
Zach se bajó de la cama y la levantó en brazos.
—Por un buen rato, no volveré a hacerlo.
Mientras la llevaba al suntuoso cuarto de baño, Ana no pudo evitar sonreírse. Las palabras anteriores habían quedado olvidadas y en ese momento se sentía aliviada. Asustada, pero aliviada.
Y ahora que la verdad había aflorado por fin… ¿se plantearía Zach tener con ella algo más que una aventura? Esperaba fervientemente que así fuera. Ansiaba desesperadamente ver adonde podía llevarla aquel amor. Y que Zach abriera por fin los ojos y le entregara su corazón.