Cuatro



Al restaurante al que la llevó Zach jamás se le habría ocurrido ir sola. Y aunque era perfecto, eso era algo que jamás le confesaría al Señor del Ego Hiperinflado.

Mientras el maître los guiaba hasta su mesa, Ana se fijó en la decoración. Exuberantes plantas tropicales separaban las diferentes mesas, creando un ambiente íntimo y recogido. Las luces tenues y una pared por la que resbalaba agua a modo de cascada hablaban de una íntima y relajante experiencia… justo lo que ella necesitaba.

Ana se sentó en un banco de forma curva, en una esquina junto a la cascada. Zach también se sentó… pero directamente junto a ella. Lo miró arqueando una ceja:

—¿Piensas acercarte tanto mientras comemos?

—A la primera oportunidad, pienso acercarme mucho más.

—¿Te atrae físicamente cualquier mujer con la que te cruzas? —se burló.

—En absoluto. No diré que he sido un santo, pero tampoco me disculparé por ser sincero y decirte lo que siento.

—La sinceridad es una virtud que aprecio, sin duda, pero te advierto que yo no confío fácilmente en la gente.

—En mí confiarás. Quizá no ahora, pero sí a su debido tiempo.

«¡Oh, Dios!», exclamó Ana para sus adentros. ¿Querría eso decir que…? Flirtear era una cosa, pero el tono que había utilizado era tan serio, tan rotundo… Indudablemente Zach se sentía perfectamente cómodo en cuestiones sexuales, al menos eso era lo que decían las crónicas de sociedad. Así que probablemente aquella conversación sería únicamente incómoda para ella…

—Zach, nosotros no somos nada más que compañeros de trabajo y yo te estoy ayudando con ese homenaje. No hay nada personal en esto. Nunca lo habrá. La confianza no es un problema para mí, pero no me gustaría que fuera yo la que tuviera que restaurarla.

—Tú no tendrás que hacer nada —se inclinó para susurrarle al oído—: Ya me encargaré de arreglar tus problemas de confianza.

La caricia de su aliento le produjo estremecimientos por todo el cuerpo. Afortunadamente, el camarero escogió aquel momento para aparecer. Ana ni siquiera escuchó lo que pedía Zach: estaba demasiado ocupada intentando dominarse. Una vez que volvieron a quedarse solos, procuró ignorar el romántico ambiente del selecto restaurante, y al hombre tan poderoso como sexy que tenía delante, para ir directamente al grano:

—¿Por qué te esfuerzas tanto conmigo? Podrías tener a todas las mujeres que quisieras.

—A todas no —una chispa asomó a sus ojos. La calidez de su tono resultó más que elocuente.

—¿Qué lista te dio Kayla para la fiesta de chicas?

Zach sonrió ante aquel radical cambio de tema.

—Necesito elaborar una carta de distribución de asientos y elegir el menú.

—Eso no parece tan difícil —pensó que aquel terreno era mucho más seguro.

—Tú no has visto la lista de invitadas. Cada una tiene una anotación con instrucciones específicas. No se puede sentar a cierta gente al lado de otra, y las madres con niños tendrán que estar cerca de los baños.

Ana no pudo evitar reírse ante aquella imagen del poderoso magnate preocupado por tales asuntos.

—Todo saldrá bien. Te lo prometo —le aseguró, dándole unas palmaditas en el brazo—. Pero empecemos por lo más sencillo. El menú.

—Sí, con eso no tengo problemas. Filetes de ternera y pollo como lo más básico.

—Es una fiesta de chicas —le recordó ella—. A nosotras nos gusta algo menos… masculino.

—Pero si tú acabas de pedir un filete.

—Bueno, yo siempre tengo un apetito enorme.

—¿Qué elegimos entonces? ¿Palitos de zanahoria y salsa para untar?

Su tono burlón y el brillo malicioso de sus ojos no dejaban de divertirla.

—¿Para qué hora del día ha programado Kayla el evento?

El camarero volvió en ese momento para servirles el pan y las bebidas. Ana bebió un sorbo de agua y se recostó en el cómodo asiento.

—Me dijo que a primera hora de la tarde —respondió él—. A eso de las dos o las tres.

—De acuerdo: hagamos algo divertido. ¿Qué tal una degustación de helados? Para cuando comience la reunión todas las invitadas ya habrán comido, de manera que una rueda de postres sería ideal, y los niños se morirán por comer helado.

Zach se volvió un poco más hacia ella en su asiento, apoyó el brazo en el respaldo y le lanzó una de sus matadoras sonrisas:

—Continúa.

Ana experimentó una punzada de orgullo. El motivo de que quisiera impresionar a aquel hombre con sus planes para su cuñada era algo que se le escapaba.

—Tendrá que ser al aire libre. No, que sea un lugar donde se pueda entrar y salir. Queremos que la gente se mezcle y disfrute. Y los helados se derretirían con este calor.

—¿Sabes? Conociendo a Tamera y a mi hermana, sé que la idea les encantará.

—Pues siéntete libre para atribuirte el mérito y quedar como un héroe —dijo Ana mientras tomaba una rebanada de pan.

—¿Por qué? La idea no ha sido mía.

La partió en dos y se llevó un pedazo a la boca.

—No tienen por qué saber que una virtual desconocida intervino en la planificación de algo tan íntimo y personal.

Zach se le acercó un poco más. Lo suficiente para que pudiera distinguir las vetas negras de sus pupilas color chocolate.

—Tú no eres una desconocida, Ana.

El otro pedazo de pan que estaba sosteniendo escapó de sus dedos para caer sobre el inmaculado mantel.

—Zach, no vas a conseguir llevarme a la cama.

—¿Es eso lo que estoy intentando hacer? —sonrió.

—¿Acaso no lo es? Podemos fingir que estás flirteando o que únicamente estás siendo tú mismo y yo puedo reírme y batir pestañas con coquetería… o podemos saltarnos todas estas tonterías para ir al meollo de esa tensión que existe entre nosotros.

Zach le apartó un rizo de la frente y se lo recogió detrás de la oreja.

—Se llama química, no tensión. La tensión hace que la gente se sienta incómoda. Y yo no lo estoy en absoluto.

—Eso es porque estás acostumbrado a desplegar tu encanto y a que las mujeres caigan a tus pies para que puedas arrastrarlas a tu cueva.

Zach echó la cabeza hacia atrás y rio a carcajadas.

—Ana, yo no soy un Neanderthal —le aseguró con voz baja, todavía risueña—. No arrastro a las mujeres a ningún lugar donde no quieran estar. Si me has dicho eso, es porque te enfurece sentirte tan atraída por mí.

—Tu ego y tus comentarios están fuera de control —siseó, airada—. No voy a negar que me atraes, pero eso no quiere decir que tenga que seguir todos y cada uno de mis impulsos. Además, yo no tengo tiempo para juegos.

Intentó apartarse, ganar distancia. Pero él debió de pensar que pretendía escapar, porque la agarró del brazo para susurrarle al oído:

—Me disculpo por mis comentarios, pero sabes que tengo razón.

—No puedo hacer esto. En serio, Zach. Ni siquiera puedo fingir que seremos algo más que compañeros de trabajo porque ni me gusta hacer esas cosas ni quiero mentirte. Por favor, deja de empujarme a hacer algo que yo no quiero.

—Esa nunca ha sido mi intención, Anastasia.

Esa vez sí que se volvió para mirarlo, con sus bocas a la distancia de un suspiro.

—¿Cuál es tu intención, entonces?

Aparte de la manera tierna a la vez que posesiva en que sus labios empezaron a moverse sobre los suyos, Zach no llegó a tocarla. Ana no quería responder a aquellos labios, pero… ¿cómo podía resistirse? Con un suspiro y un cosquilleo que reverberó por todo su cuerpo, se apoyó ligeramente en él: lo suficiente para dejarle saber que deseaba aquello.

Zach ladeó levemente la cabeza, entreabriéndole los labios. Ella le había dado luz verde con aquel corto suspiro y aquella pequeña basculación. De repente sintió una caricia como de pluma a lo largo de la mandíbula: las yemas de sus dedos. Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. Pero antes de que pudiera formular otro pensamiento, él se retiró.

—Mi intención es demostrarte lo deseable que eres y que no todos los hombres se aprovechan de las mujeres.

Ana abrió los ojos y tragó saliva.

—Quizá, pero tampoco todos los hombres tienen buenas intenciones.

—No hay malo ceder a tu propia necesidad, a tu pasión —continuaba acariciándole el rostro—. Yo soy un hombre paciente, Anastasia, y creo que la espera bien merece la pena.

Ana volvió a estremecerse, aún más que antes. Ante aquella declaración, ¿o era una amenaza?, supo sin ninguna duda que estaba librando una batalla perdida. ¿Sabría él acaso algo de su inexperiencia? ¿Le habría dado acaso alguna pista?