Cinco



Zach recorría a toda velocidad las calles flanqueadas de palmeras de Miami. Cuando cayó la noche, había sacado una de sus motocicletas favoritas con la intención de despejarse la cabeza, saborear un poco de libertad e intentar resolver los problemas que lo acosaban. Que, en aquel preciso momento, parecían girar todos en torno a una sexy y tozuda jefa de obras.

Detuvo su Harley en el arcén de una calle, cerca del mar. La luna se reflejaba en la blanca espuma de las olas que morían en la costa. Después de dejar a Ana en su apartamento, había necesitado de un tiempo para recuperarse. Esa noche había percibido en ella una insólita inocencia, una curiosa ingenuidad.

De repente le sonó el móvil. Lo sacó el bolsillo, miró la pantalla y suspiró mientras aceptaba la llamada.

—¿Melanie?

—¿Puedo pasarme por tu casa?

Sintió una inmediata opresión en el pecho. Allí estaba, hablando con la mujer con la que se había casado, la que había creído que amaría para siempre. La mujer que lo había abandonado sin mirar atrás…

—Mel, tú misma me dejaste. Y yo no doy segundas oportunidades.

—Cometí un error. ¿Es que no podemos hablar simplemente?

Por mucho que quisiera hacerlo, no podía; no le daría la oportunidad de que lo destruyera de nuevo.

—Tengo que dejarte.

Cortó la llamada y volvió a guardarse el móvil antes de clavar la mirada en la espuma blanca de las olas. No podía evitar pensar en el día de su boda y en los escasos meses de felicidad… a los que siguió aquel momento de pesadilla. Un momento de pesadilla que pretendía olvidar, y que sin duda olvidaría en cuanto Melanie dejara de llamarle y de enviarle mensajes. Sí, su ex le había hecho mucho daño, pero él también había tenido algo de culpa en aquel desastre. Si no se hubiera mostrado tan vulnerable, tan expuesto, no habría sufrido tanto cuando ella lo abandonó para largarse con uno de sus presuntos amigos. Era un tópico, y lo sabía. Pero Zach estaba decidido a mirar al futuro. A disfrutar de cada momento de su libertad y de su soltería.

Se negaba a cuestionarse a sí mismo, o a admitir siquiera que se había acostado con cada mujer disponible que se había cruzado en su camino después del divorcio. ¿Qué mal había en querer disfrutar de la compañía de una mujer sin la carga de una relación? Como, por ejemplo, la de Ana.

¿Estaría Ana dispuesta a renunciar aquel muro defensivo que había erigido en torno a sí misma? Si no era así… ¿estaría él realmente dispuesto a arriesgarse a la posibilidad de otro rechazo? Sin duda. ¿Acaso no había endurecido su corazón tras su desengaño con Melanie? Estaba perfectamente preparado para mantener una relación íntima con Ana. ¿Relación? No, ésa no era la palabra. «Aventura», en cambio, sí. Aunque tenía el presentimiento de que la señorita Clark no era nada aficionada a las aventuras.

Así que tenía que volver a la pregunta de la relación. ¿Estaría dispuesto a…? Maldijo entre dientes cuando alzó la mirada y vio los oscuros nubarrones tapando la luna llena. Arrancó la moto y puso rumbo a casa cuando la primera gota de lluvia le caía en el brazo. No interpretó como una simple coincidencia que la lluvia hubiera interrumpido sus pensamientos justo cuando estaban a punto de aventurarse en un terreno tan delicado. El destino le estaba diciendo algo.

Una semana entera había pasado desde que Zach se le insinuó. Desde luego, se habían visto a diario en la obra. Pero él había mostrado una actitud exclusivamente profesional. De pie frente al espejo del baño de su apartamento, vestida únicamente con una toalla, Ana sentía un nudo de nervios en el estómago. Porque lo de aquella noche iba a ser cualquier cosa excepto profesional. Victor Lawson daba una fiesta a la que por supuesto no solamente estaba invitada, sino que se esperaba su asistencia. Zach estaría allí, por lo que estaba poniendo un especial cuidado en peinarse su melena rizada. La humedad del sur de Florida le rizaba todavía más el pelo, así que no le quedó más remedio que alisarse las puntas para recogérselo en un moño bajo.

Echó un último vistazo a su peinado y a su maquillaje antes de acercarse al armario para escoger entre los pocos vestidos que se había traído a Miami. El vestido de noche azul cielo, el corto de color verde esmeralda sin espalda o quizá el más atrevido, el rojo sin tirantes. Ganó el verde. Era cómodo, ligero y coqueto. Además, el color resaltaba sus ojos, poco maquillados. Escogió su ropa interior con cuidado, pero no porque esperara que alguien la viera. Al contrario. Usar lencería sexy le daba una dosis extra de confianza. Y sabía que en una fiesta con tantos machos alfa como Victor, Cole o Zach, iba a necesitar toda la confianza del mundo.

Teniendo en cuenta lo escaso de su busto, optó por prescindir del sujetador. Se decidió por una braga negra de encaje, de cintura alta. Se puso luego el vestido y se ató los lazos de chifón al cuello. Por último, se calzó unas sandalias de tacón, doradas.

Acababa de retocarse la pintura de labios cuando llamaron a la puerta. Atisbo por la mirilla y no se sorprendió de ver a Zach tan guapo y sexy como siempre. Se alisó con mano temblorosa el vestido y abrió la puerta.

La mirada de Zach la recorrió de la cabeza a los pies, dos veces, antes de posarse en sus labios de un rojo brillante. La expresión de su rostro le arrancó una sonrisa, llenándola de alegría: evidentemente había escogido bien su conjunto para el efecto buscado.

—Me alegro de haber venido a recogerte —le confesó con voz ronca, sensual—. Si hubieras ido a esa fiesta sola, habrías sido devorada viva por cada soltero disponible. Y probablemente también por algunos casados.

—¿Qué te hace pensar que quiero ir contigo? A lo mejor tenía intención de ir sola a la fiesta de Victor.

Aquellos ojos de color chocolate parecieron oscurecerse mientras la miraba.

—Tú sigue burlándote, corazón, y te enfrentarás a las consecuencias.

—Si no quieres que se burlen de ti —replicó sonriente—, guarda las distancias.

Zach cerró de pronto la distancia que los separaba, le pasó un brazo por la cintura y acercó peligrosamente su rostro al suyo.

—Lo he intentado. Incluso cuando no estás conmigo, llenas mis pensamientos… ¿Qué te parece a ti que deberíamos hacer al respecto?

No tan confiada como antes, apoyó las manos en su duro y ancho pecho.

—Me parece que debemos salir para la fiesta antes de que Victor se pregunte por qué nos hemos retrasado tanto.

—Una vez que te vea —se apartó lo suficiente para admirar el escote de su vestido—, no solo adivinará en seguida el motivo, sino que lo entenderá perfectamente.

Ana le dio entonces un empujón muy poco delicado y se dirigió a su habitación.

—Déjame que recoja el bolso y las llaves y nos vamos. Espero que no hayas traído una de tus llamativas motos, por cierto.

—Esta noche se merece lo mejor, Anastasia —ladeó la cabeza, sonriendo—. He traído mi nuevo Camaro.

—¿Un Camaro? Yo creía que los playboys como tú preferían los modelos caros y extranjeros.

—De esos coches extranjeros tengo unos cuantos, pero cuando estudiaba en el instituto siempre quise tener un Camaro y nunca me lo pude permitir. En el instante en que puse los ojos en ese nuevo modelo, negro por supuesto, supe que tenía que ser mío.

Ana se lo quedó mirando pensativa.

—¿Me estás diciendo que de adolescente no tenías coche?

—No, Cole y yo compartíamos el coche que solía conducir mi madre. La pobre Kayla solo pudo comprarse uno cuando entró en la universidad.

A Ana le entraron ganas de saber más cosas sobre su sorprendente infancia. ¿Cómo habrían pasado los tres hermanos de tener un solo coche y nada de dinero a poseer suntuosas casas y una empresa multimillonaria?

—Pero ahora me encanta tener un Camaro —añadió él, sonriente—. En aquel entonces no era más que un chico. Demasiado coche para tan poco adolescente.

Ana se rio al tiempo que avanzaba hacia él, indicándole que ya podían marcharse.

—¿Y ahora sí te consideras lo suficiente hombre para manejarlo?

Dejó bruscamente de sonreír, mirándola de tal forma que la dejó paralizada:

—Soy lo suficiente hombre como para manejar cualquier cosa.

Sin saber qué responder a eso, Ana sacó su bolso sin asas y las llaves de la cómoda.

—¿Quiénes son? —le preguntó de repente Zach, señalando la fotografía enmarcada que tenía sobre la cómoda.

—Mi abuelo y mi madre —no quería que curioseara en sus cosas. Sus fotografías eran algo privado, al igual que su vida—. ¿Listo? Asintió con la cabeza y le ofreció su brazo. En el instante en que lo aceptó, percibió el calor que irradiaba. Que el cielo la ayudara: la noche acababa de empezar.