Uno



—Esto es algo que siempre me gusta ver: el jefe de obras vigilando a sus trabajadores.

La jefa de obras —Anastasia Clark contemplaba el trabajo de los hombres mientras procuraba no mirar al hombre de anchas espaldas que se le había acercado sigilosamente—. No es la primera vez que te equivocas. Cualquiera diría que lo haces a propósito.

—Es que lo hago a propósito.

Ana se arriesgó a mirarlo. Zach Marcum seguía siendo tan sexy como la última vez que lo había visto en la oficina de Victor Lawson, cerca de dos años atrás. Maldijo para sus adentros. ¿Por qué tenía que encontrarlo tan atractivo?

—Vayamos a tu oficina —le dijo él, mirándola por encima de sus gafas de sol—. Tenemos que hablar de algunas cosas.

Ana se abrazó a su tablilla sujetapapeles mientras se volvía del todo para mirarlo.

—¿No podemos hablar aquí?

No podía leer su expresión detrás de aquellas gafas de espejo que llevaba, pero casi se alegraba de no tener que mirarlo a los ojos. Aquellos ojos oscuros y enigmáticos podían dejar a una mujer literalmente sin habla. A cualquier otra mujer, que no a ella. Que Dios la ayudara. Porque en el Medio Oeste, de donde era originaria, no había hombres tan atractivos.

—No. Aquí hace demasiado calor —sonrió.

Y girando en redondo sobre sus botas de trabajo, se dirigió hacia el pequeño remolque de Ana como dando por supuesto que no podía hacer otra cosa que seguirlo. Era igual que su padre. Pero que lo reconociera como uno de los hombres más atractivos que había visto en su vida no significaba que tuviera que transigir con su arrogante actitud.

Nunca en toda su vida había tenido que lidiar con un arquitecto tan arrogante… ni tan guapo. Tuvo que borrar ese último pensamiento de su mente si no quería añadir más preocupaciones a su trabajo, aparte de la lluvia de Miami que se empecinaba en caer todos los días a primera hora de la tarde. Si Victor Lawson, el famoso multimillonario del negocio hotelero, no hubiera estado detrás del proyecto de construcción de aquel gran centro turístico, Ana habría declinado el ofrecimiento de Zach Marcum sin dudarlo. Tenía trabajo suficiente y no le faltaba el dinero, sobre todo teniendo en cuenta que no se lo gastaba en cosas frívolas. Cada dólar que no servía para pagar facturas, entre las que se contaban por cierto las pérdidas de juego de su padre, se transformaba en ahorros, tanto para ella como para su madre, Lorraine.

Pero la entrevista que tuvo con Victor y con la agencia Marcum la obligó a enfrentarse con la realidad. Aquel proyecto podría asentar su reputación en un territorio interesante. El hermano gemelo de Zach, Cole, y su prometida, Tamera, eran los arquitectos diseñadores y además gente estupenda. Al parecer la pareja se había reconciliado gracias a que Victor Lawson había contratado al mismo tiempo a la agencia Marcum y al estudio de arquitectura de Tamera.

Ana todavía no conocía a la hermana pequeña de los gemelos Marcum, Kayla, pero hasta el momento solo había oído maravillas sobre ella. Con lo cual solo quedaba Zach. Siempre tenía que haber uno en cada familia: alguien que tenía que ser la estrella de cada show, el que acaparara toda la atención, lo mereciera o no. Zach era una especie de réplica del padre de Ana: o al menos del hombre que había sido antes de que se diera al juego y lo perdiera todo. Un hombre guapo al que le sobraba el dinero y que gustaba de derrochar tanto como sus encantos, convencido de que las mujeres caerían rendidas a sus pies.

Pero si Zach pensaba que lo mismo le sucedería a ella… iba listo. Ana era una profesional y siempre lo había sido. Y no estaba dispuesta a dejar que Zach y su ego le arruinaran la vida o el proyecto más importante de toda su carrera. Además de que no se trataba solamente de ella. Tenía detrás todo un equipo de hombres y mujeres con familias a su cargo. Por no hablar de su padre, que ya la había llamado para pedirle otros diez mil. Si su madre se decidiera a romper de una vez con él, Ana podría mantenerla, hacerse cargo de todos sus gastos. Y todo el dinero que Lorraine generalmente empleaba en financiar el vicio de su marido podría por fin ser utilizado, por ejemplo, en la compra de la casa que tanto soñaba con tener.

Girando sobre sus talones, siguió resignada a Zach a la oficina instalada en el remolque. Él ya había entrado y se había puesto cómodo, tomando asiento en una vieja silla de vinilo amarillo, frente al escritorio.

—¿Qué pasa? —inquirió ella antes de cerrar la puerta a su espalda para no desperdiciar el aire acondicionado.

Zach se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la mesa cubierta de planos. Y a continuación tuvo el descaro de quedársela mirando con los párpados entornados, como esperando que fuera a encenderse o a derretirse de deseo. Ana pensó que el calor infernal de Miami debía de haberla afectado bastante… porque efectivamente casi se derritió.

—Dime una cosa. ¿Qué te he hecho yo?

—¿Perdón? —dio un leve respingo, sorprendida por su brusca pregunta.

Zach apoyó las manos en la cintura de sus téjanos.

—Siempre se me ha dado bien juzgar a la gente. Algo lógico tratándose del más callado de la familia, siempre sentado al fondo observándolo todo… Y lo que observo en tu actitud es que no me tienes en mucho aprecio.

A punto de desternillarse de risa, Ana apoyó una cadera en una esquina del escritorio.

—Zach, apenas te conozco. No tengo ningún problema ni contigo ni con nuestra relación de trabajo.

Él se le acercó entonces, frunciendo las cejas como si la estuviera evaluando, poniéndola a prueba.

—No, esto no tiene nada que ver con nuestra relación de trabajo. Tu compañía es una de las más profesionales con las que he trabajado. Se trata de ti. Hay algo en la manera que tienes de tensar la espalda, de alzar la barbilla cada vez que me ves. Es algo muy sutil. Una cuestión de actitud, que sospecho intentas compensar insistiendo en el aspecto laboral de nuestra relación.

—¿Actitud? —repitió ella—. No entremos por favor en actitudes o valoraciones personales. ¿Es eso lo que has venido a decirme?

—¿Dónde está el resto de tu equipo?

Ana no se retorció las manos de puro nerviosa, como habría querido hacer. No le dejaría saber que estaba tan intranquila.

—Llegará a lo largo de esta semana —lo miró directamente a los ojos, aunque el esfuerzo le costó que se le disparara el pulso—. Estamos terminando otro proyecto en Seattle y allí las lluvias nos han ocasionado un retraso de un mes. La madre naturaleza no entiende de plazos.

Zach cerró la distancia que los separaba y apoyó las manos en el borde del escritorio, muy cerca de su cadera.

—¿Estás poniendo en peligro un contrato multimillonario solo por un problema meteorológico?

Esa vez se levantó para erguirse todo lo alta que era, pese a que él seguía sacándole unos cuantos centímetros.

—Puedo enfrentarme a cualquier problema, señor Marcum, y me atendré al presupuesto y a los plazos establecidos.

Una sonrisa iluminó los duros y atractivos rasgos de su rostro.

—Vuelvo a detectar un cambio de actitud. Te has enfadado y me has llamado «señor Marcum», cuando hace solo un momento seguía siendo «Zach».

Millonario o no, Zach tenía una faceta de chico malo que hacía que le entraran ganas de ponerse a gritar. ¿Por qué tenía que encontrarlo tan atractivo? Y, lo que era más importante: ¿por qué tenía que ser él tan consciente de ello? No, discutió consigo misma, la pregunta relevante era otra: ¿por qué lo encontraba tan atractivo y tan irritante al mismo tiempo?

—Yo prefiero que me llames Zach —continuó con aquella arrogante sonrisa suya—. Hasta que terminemos este proyecto, vamos a tener que vernos tanto que casi será como si nos hubiésemos casado.

Ana se apartó un mechón de pelo de la sudorosa frente al tiempo que exhibía su más dulce y sarcástica sonrisa.

—Pues qué suerte la mía…

—Sabía que te convencería —se burló—. El cemento llegará el lunes. Tu equipo estará disponible para entonces, supongo…

Ana asintió, mordiéndose la lengua. Aunque Zach era un buen profesional, su personalidad la sacaba de quicio. Pese a ello, y eso no podía dejárselo saber por ningún concepto, se habría ahogado literalmente en su encanto. Pero se negaba, se negaba radicalmente a dejarle saber los estragos que su presencia hacía en su lado femenino y no profesional.

Qué fácil le habría resultado enamorarse de aquella imagen de chico malo y sexy que tan bien sabía proyectar… sabiendo durante todo el tiempo que debajo de aquellos gastados téjanos y aquella ajustada camiseta negra acechaba un ejecutivo multimillonario.

—Estás sudando.

—¿Qué? —volvió a dar un respingo.

—Si no bebes agua ahora mismo, te desmayarás por el calor —se acercó a la pequeña nevera que tenía al lado del escritorio y sacó una botella de agua—. Anda, bebe. No puedo consentir que mi jefa de obras quede fuera de servicio antes de que levantemos la primera viga.

Le quitó la botella de las manos y la destapó, sabiendo que tenía razón.

—Gracias.

—Así está mejor —comentó él, todavía estudiando su rostro—. Con este calor, necesitas hidratarte constantemente.

—Tengo una nevera a mi disposición y a la de mi equipo. No es mi primer trabajo, ¿sabes? Además, por muchas ganas que tenga de quedarme aquí sentada bebiendo agua junto al aparato de aire acondicionado, tengo que volver al trabajo. ¿Hay algo más que desees de mí?

La arrogante sonrisa desapareció al tiempo que encogía de hombros.

—Mis deseos son incontables, pero me conformaré de momento con que te mantengas hidratada.

Ana pensó que iba a tener que medir mucho sus palabras con aquel hombre. Aunque tenía la sospecha de que siempre acabaría por encontrarles un doble sentido. Cerró la botella de agua y se dirigió hacia la puerta. La abrió y se hizo a un lado, indicándole que saliera primero.

—Hasta mañana —se despidió él mientras montaba en su espectacular motocicleta, que a buen seguro costaría más que el salario anual de varios de sus trabajadores. Ana pensó en encargar más agua mineral. Entre el insoportable calor de Miami y el espectáculo que ofrecía aquel hombre, iba a tener verdadera necesidad de mantenerse hidratada.

Pero rápidamente se recordó que su padre también había tenido, y seguía teniendo, todo el encanto del mundo. Él también había estado una vez en la cumbre del éxito, con su propio negocio del ramo de la construcción. Sin embargo, el vicio del juego y su afición a las aventuras habían terminado por resquebrajar la imagen de héroe que Ana se había hecho de él desde pequeña.

Regresó a la obra, aunque volvió a experimentar un cosquilleo por todo el cuerpo cuando oyó el rugido de la moto de Zach alejándose a toda velocidad. Aquel hombre parecía tener el poder de afectarla hasta cuando no lo veía…

«Acoso sexual». Esa era justamente la denuncia a la que se enfrentaba si no dejaba de molestar a Ana. Tal parecía, por lo que se refería a Anastasia Clark, que era incapaz de mantener separados los negocios del placer. ¿Pero cómo mantener las distancias? Al fin y al cabo, él era el arquitecto director del proyecto. Tenía múltiples razones para dejarse caer por el tajo, y eso que las obras apenas iban por su segunda semana.

Por cierto que, si el resto del equipo de Ana no se presentaba en el tajo para finales de aquella misma semana, todavía tendría que verla más, y no precisamente por gusto. Dejando a un lado los aspectos personales, aquel proyecto tenía que salir perfecto, ajustado al presupuesto y dentro de los plazos.

Ese día, sin embargo, se alegraba de haberse pasado por las obras de camino a la oficina. Aquella maldita mujer lo tenía al borde del ataque cardiaco. Se echó a reír. Estaba claro que Ana no iba a caer rendida a sus pies, como solía suceder con la mayoría de las mujeres. No: por el poco trato que había tenido con ella, sabía que era independiente, tozuda y una celosa defensora de su intimidad. Y sin embargo percibía al mismo tiempo en ella cierta vulnerabilidad, algo que le recordaba a su hermana pequeña.

Sabía que a Ana no le habría gustado nada saber que había puesto la mira en aquel rasgo concreto de su personalidad, pero entendía bien a las mujeres como ella. Él mismo era un consumado maestro en el arte de disimular los sentimientos. ¿Acaso no seguía aún confuso, dolido e intrigado por su exmujer? ¿Una mujer que se había escabullido de su vida con la misma facilidad con que había entrado en ella, y que recientemente había reaparecido para querer volver? Toda aquella situación no podía resultar más patética. Tal vez ella quisiera volver, pero Zach se negaba a colocarse nuevamente en su cola de admiradores. A veces en la vida las segundas oportunidades eran necesarias, pero su exesposa no tendría ninguna a la hora de recuperar su corazón. No después de haberse marchado con un tipo al que antaño él había tenido por amigo, dejando detrás nada más que una patética nota.

Volviendo a asuntos mucho más placenteros, a Zach no le había pasado desapercibido el hecho de que Ana había estado a punto de entrar en combustión cuando él le acarició la ruborizada mejilla. Lo cual era precisamente un aspecto más que le intrigaba de ella. Había trabajado antes con mujeres, pero a ninguna le habían sentado tan bien las camisetas blancas de tirantes y los téjanos gastados y desteñidos. Quizá la culpa la tuviera aquella melena cobriza que Ana se empeñaba en recogerse descuidadamente en lo alto de la cabeza. O la manera tácita que tenía de desafiarlo tanto en el plano profesional como en el personal.

Sí, aquella mujer lo atraía. Decididamente. La pasión que sin duda escondía sería de lo más divertido y entretenido si conseguía llegar hasta el fondo. Constituiría otra perfecta distracción, una más de las que había tenido últimamente, que le ayudaría a quitarse de la cabeza a Melanie, su ex.

Aparcó la moto en su lugar reservado del aparcamiento de la agencia Marcum, advirtiendo en seguida que el de Cole estaba vacío. Ahora que su hermano gemelo estaba comprometido con su antigua novia de la universidad, Tamera Stevens, cada vez lo veía menos. Se alegraba por ellos, siempre y cuando los tortolitos no intentaran jugar a los casamenteros con él. Cada vez que alguien descubría el amor, parecía dar por supuesto que el resto de sus amigos y conocidos lo estaban buscando también, cuando para Zach se trataba precisamente de lo contrario.

Se dirigió a su despacho y saludó a su secretaria, Becky. Nada más cerrar la puerta, quedó nuevamente a solas con sus pensamientos que, una vez más, volvieron a girar en torno a la señorita Clark y a su melena pelirroja. Aquella mujer tenía un temperamento enérgico que casaba bien con el color de su cabello. Lo cierto era que tanto en genio como en actitud rivalizaba con su exesposa. Quizá fuera por eso por lo que no podía dejar de pensar en ella y por lo que se había sentido tan atraído desde un principio.

¿Era culpa de Ana que le recordara tanto a la mujer que lo había abandonado antes de que hubiera llegado a secarse la tinta de su licencia de su matrimonio? No, pero sí que era culpa suya que no pudiera quitársela de la cabeza. Si no fuera tan condenadamente misteriosa, no supondría mayor problema. Aquella mujer le irritaba. Y lo que le irritaba aún más era que una misma persona pudiera recordarle tanto a su hermana, a la que amaba con todo su corazón, como a la mujer que había acabado por rompérselo en pedazos.

Además, Ana tenía una excelente reputación profesional y Zach nunca había tenido la menor queja ni de su ética laboral ni de sus resultados. Su compañía constructora era puntera a nivel nacional y él sabía que había tomado la decisión correcta al contratarla: aunque era el proyecto más ambicioso al que se había enfrentado nunca, Cole y él estaban seguros de que lo sacaría adelante. Ana había fundado y levantado su empresa a pulso, poco a poco. Y Zach no podía evitar admirar aquella actitud, teniendo en cuenta que tanto Cole como Kayla y él mismo habían alcanzado también el éxito a fuerza de pura voluntad.

Aquella mujer lo había trastornado por completo. No sabía si lo que quería era perseguirla o evitarla como si fuera una plaga. En cualquier caso, disponía de un año o más para averiguarlo. Nunca se había tomado tanto tiempo para llegar a conocer a una mujer: la química o existía o no existía. En aquel caso, sin embargo, existía sin lugar a dudas.

—Zach.

La voz de su secretaria interrumpió sus pensamientos. Pulsó el botón del intercomunicador.

—¿Sí, Becky?

—La señorita Clark por la línea uno.

—Pásamela —levantó el auricular y pulsó el botón—. Anastasia.

—Zach, tenemos problemas.