Nueve
—Traeré un par de colchonetas —Zach entró en el reducido espacio del remolque—. Encárgate tú del café.
Ana puso los ojos en blanco.
—No vamos a montar un picnic, Zach. Y tú no vas a quedarte aquí.
El equipo de la policía científica había dejado residuos de polvo por todas partes y Ana quería limpiarlo todo y tener un momento para sí misma, sin la amenaza de aquella mirada tan sensual.
—Oh, pues da la casualidad de que me quedo —apoyó las manos en las caderas—. Aceptaré encantado tu compañía, pero por ningún motivo te dejaré aquí sola.
—Mira, esta no será ni la primera ni la última vez que me quede a dormir en mi oficina. No necesito una niñera. Estoy segura de que quienquiera que haya sido el responsable, solo pretendía hacer una gamberrada. Todavía no sabemos si fue Nate, y si resultara que ha sido él, probablemente a estas alturas se habrá quedado tranquilo después de haber desahogado sus frustraciones.
—No voy a poner en riesgo tu seguridad. Además, así tendremos tiempo para ponernos a trabajar con la lista de tareas de mi hermana.
Ana quiso seguir discutiendo, pero él parecía genuinamente preocupado. No estaba bromeando. Quizá no debería haberse apresurado tanto en quitar importancia al incidente.
—Si te quedas…
—Me quedo —la interrumpió.
—Bueno. Si te quedas, mantendrás las manos y cualesquiera otras partes de tu cuerpo bien quietas. ¿Está claro, donjuán?
—Sí, señora —sonrió.
Se sorprendió a sí misma haciendo verdaderos esfuerzos para no sonreír a su vez. Maldijo para sus adentros. Aquel hombre tenía una sonrisa contagiosa.
Su móvil sonó en ese preciso instante.
—¿Sí?
—Oh, gracias a Dios. Te he llamado dos veces esta tarde, Anastasia… —el tono preocupado, frenético de su madre le aceleró inmediatamente el pulso—. Siento molestarte, cariño. ¿Estás muy ocupada?
—No para ti. ¿Qué ha pasado? —se volvió para evitar la interrogante mirada de Zach.
—No sé cómo decírtelo… —se le quebró la voz—. Tu padre y yo estamos tramitando el divorcio.
Con el corazón en la garganta, se apoyó en el escritorio. Por el rabillo del ojo, vio que Zach se le acercaba.
—¿Qué?
—Lamento muchísimo tener que decírtelo por teléfono —para entonces, Lorraine ya estaba llorando—. Solo quería contártelo antes de que te enteraras de otra manera. Por fin me he decidido a dejarlo.
Ana no sabía si felicitarla o presentarle sus condolencias.
—Mamá, ¿dónde estás ahora?
—En la última propiedad nuestra que no ha perdido tu padre en el juego. La casa de Georgia.
—¿Necesitas que vaya para allá? —le preguntó con el corazón desgarrado.
—Oh, no, querida. Sé lo importante que es ese proyecto para ti. Estaré bien, de verdad.
¿Seguro? Después de treinta años de matrimonio y de las numerosas aventuras de su marido, para acabar sola al final… ¿cómo podía sonar tan positiva, tan tranquila pese a su dolor? Se sintió orgullosa de su madre. La fuerza que exudaba era algo digno de admirar.
—Llámame cuando quieras, mamá. Te lo digo en serio. Tan pronto como haya acabado con este proyecto, me tomaré unos días libres y nos iremos a algún sitio a relajarnos.
Su madre soltó una temblorosa carcajada.
—Eso me encantaría, Ana. Te quiero.
—Yo también —repuso, luchando contra las lágrimas—. Te llamaré mañana.
Cortó la llamada, cuadró los hombros y se volvió una vez más hacia Zach.
—Voy a salir a hablar con Victor y con el policía —anunció él, adivinando que desearía estar a solas en aquellas circunstancias—. A estas horas casi habrán terminado.
Una vez sola, Ana se enjugó la lágrima que se le había escapado. No quería llorar por aquello. ¿Acaso su padre no le había causado suficiente angustia y dolor con los años?
—Ya se han ido.
Ana dio un respingo cuando vio a Zach entrar de nuevo y cerrar la puerta.
—Oh, eh… ¿no necesitaban seguir hablando conmigo?
—Yo les dije que tenías una llamada urgente y que te acercarías a la comisaría por la mañana, para comunicarles si echabas algo en falta o rellenar algún informe.
Ana se quitó la banda del pelo, se lo recogió hacia atrás todo lo que pudo y se hizo un moño bajo.
—Gracias. Supongo que será mejor que me ponga a recoger.
Zach atravesó el reducido espacio, pisando papeles y carpetas, para detenerse a unos centímetros de ella.
—¿Te importaría decirme qué es lo que ha dejado ese rastro de lágrimas en tu cara?
—Ahora mismo, sí.
—Vamos a pasar la noche en este remolque. Quiero que sepas que seré todo oídos, si quieres contármelo.
Conmovida, se quedó muy quieta mientras él empezaba a recoger los papeles y a amontonarlos sobre el escritorio. No solo parecía haber dejado en paz el tema, sino que se había ofrecido a escuchar sus confidencias en caso de que estuviera dispuesta a contárselas, sinceramente preocupado por ella. Tenía pues que reconocer que, para ser un playboy, tenía grandes cualidades humanas. De una cosa estaba segura: tendría que mantener la guardia con aquel hombre. Estaba pisando un terreno resbaladizo, como si se deslizara por una pendiente resbalando cada día un poco más… en el proceso de enamorarse de Zach Marcum.
Cole y Tamera les habían llevado comida, una colchoneta, almohadas y un par de mantas ligeras. Después de que Zach les asegurara que pasarían una noche perfectamente cómoda en el remolque, se marcharon por fin.
Cuando volvió al remolque, vio que Ana había estirado ya la colchoneta en el suelo. Todas las ventanillas estaban rotas. Habían tenido que taparlas con tablas para mantener la temperatura del aire acondicionado.
—Hogar, dulce hogar —sonrió ella, de rodillas en el suelo mientras terminaba de inflar la colchoneta.
Aunque intentó adoptar un tono ligero y desenfadado, Zach detectó la pregunta que latía detrás de aquella frase. Cuando vio que desviaba la mirada hacia los cojines, las sábanas y las mantas que estaban sobre el escritorio, comprendió que estaba preocupada por los preparativos para dormir. Lógico: Cole solamente había traído una colchoneta.
—Ana, no tienes por qué quedarte aquí —cerró la puerta a su espalda, pero no se movió de donde estaba. No veía razón alguna para ponerla más nerviosa—. Puedo llamar a Cole para decirle que vuelva para recogerte y llevarte a casa.
Sacudiendo la cabeza, Ana se levantó.
—No seas absurdo. Ya te dije antes que no pensaba irme a ninguna parte.
—Estás nerviosa.
—Sí.
Sonrió al escuchar su rápida, honesta respuesta.
—Pues no lo estés. Yo tampoco te mentí cuando te dije que no pasaría nada entre nosotros mientras tú no estuvieras dispuesta. Yo jamás te presionaría, Ana.
—No eres tú quien me preocupa, Zach —cruzó los brazos—. En realidad tengo miedo de mí misma.
—¿Perdón?
—Últimamente es como si no me reconociera a mí misma —le confesó, mirando sus chanclas plateadas, con las piernas extendidas—. Tú me haces desear cosas que jamás antes había deseado. Me haces pensar en otras cosas que no tienen que ver con el trabajo o la familia. Hasta ahora, jamás había pensado en… La verdad es que no sé cómo actuar, qué hacer al respecto…
Acercándose, Zach se encogió de hombros.
—Casi no puedo creer que yo mismo esté diciendo esto, pero… tómate las cosas con tranquilidad. No quiero que te arrepientas de estar conmigo. Y dado que vamos a pasar la noche aquí, y que mi primera opción de actividad está descartada… trabajaremos con la lista de tareas de mi hermana.
—Contigo, nunca sé lo que harás o dirás a continuación —murmuró ella mientras se lo quedaba mirando fijamente—. No eres para nada quien yo creía que eras.
«Pues ya somos dos», pensó Zach.
—Voy a buscar la lista —le dijo mientras retrocedía de nuevo, necesitado de ganar alguna distancia.
Salió al exterior y se dirigió hacia la motocicleta, en una de cuyas faltriqueras guardaba la lista. Mientras caminaba, no pudo evitar pensar en todo lo que quedaba por hacer para terminar la obra. Normalmente, cuando empezaba un proyecto, se daba prisa en ejecutarlo. Esa vez no, sin embargo. Porque cuando aquel centro turístico estuviera terminado, Ana se trasladaría a otra ciudad, a otra obra. ¿Con otro hombre?