Ocho



Para cuando terminó la jornada, Ana se quedó sorprendida de que Zach no se hubiera pasado por la obra. No le tenía por un cobarde. De todas formas, se sintió aliviada de no tener que enfrentarse con el hombre que había vuelto su mundo cabeza abajo a fuerza de excitantes caricias y cautivadores besos.

Abandonó el tajo más tarde de lo que había esperado porque perdió la noción del tiempo mientras firmaba las nóminas. Se negaba a admitir que no quería volver a su apartamento, donde los recuerdos de la noche anterior le estallarían en la cara tan pronto como entrara por la puerta. Pero, justo cuando se disponía a introducir la tarjeta en la ranura, recuperó la confianza. En realidad no había sido más que un simple incidente. Seguro que a esas alturas Zach ya lo habría olvidado.

De repente le sonó el móvil. «Qué ironía», pensó en cuanto miró la pantalla. Zach había tenido que llamarla en el preciso instante en que acababa de entrar en el escenario donde había demolido todas sus defensas.

—Hola.

—Lamento no haberme pasado hoy por la obra.

Ana se apoyó en la puerta cerrada mientras intentaba sobreponerse al estremecimiento que le recorría todo el cuerpo, consecuencia del sonido de su voz.

—No te preocupes —repuso, sincera—. ¿Qué pasa?

—Esa distribución de los asientos de las invitadas me está volviendo loco. Sé que te has pasado el día trabajando, pero te necesito.

La necesitaba. Significaran lo que significaran aquellas palabras, no podía negar que le encantaba escucharlas.

—Bueno —entró en el dormitorio y empezó a desvestirse—. ¿Quieres que nos encontremos en alguna parte?

—Yo te recogeré. ¿Estarás lista dentro de media hora?

—Claro. Hasta luego.

Colgó antes de que pudiera cambiar de idea. Volver a estar cerca de Zach resultaba sencillamente inevitable. Después de refrescarse, maquillarse un poco y pintarse los labios, se recogió la melena en un apretado moño en la nuca. Esperaba que no la llevara a ningún sitio elegante, porque al final se puso unos téjanos cortos y una blusa azul pálido, con chanclas plateadas. Cuando se volvió para mirarse en el espejo de cuerpo entero, frunció el ceño: parecía una adolescente. Pero Zach llamó a la puerta antes de que pudiera acariciar la idea de cambiarse: sí que era rápido.

Cuando abrió la puerta, forzó una sonrisa. Sabía que se comportaría como si lo de la noche anterior no hubiera significado nada para él. Por ello, necesitaba poner una buena cara para que no sospechara que ella le había ocurrido todo lo contrario.

—Estoy lista —anunció al tiempo que recogía su bolso del pequeño estante que había cerca de la puerta—. Espero que vayamos a cenar. Me muero de hambre.

—¿Te gusta comer, eh? —preguntó, divertido.

—¿A quién no? —cerró la puerta y se guardó la tarjeta—. Me encantaría un buen filete. O una pizza.

Zach se echó a reír mientras estiraba una mano para pulsar el botón del ascensor.

—Nunca he salido con una mujer que no pidiera ensalada y se dejara luego la mitad.

El corazón le dio un vuelco en el pecho. Dio un respingo y se dio cuenta de que se la había quedado mirando fijamente.

—¿Estamos saliendo?

—¿A ti qué te parece?

Sonriendo, entró en el ascensor.

—Me parece que has estado saliendo con mujeres equivocadas… si estaban tan obsesionadas por vigilar su figura como si fueran adolescentes.

Zach soltó una carcajada, la siguió al interior del ascensor y pulsó el botón del vestíbulo.

—Estás intentando darme esquinazo, Anastasia.

—Has sido tú quien no se ha presentado hoy en la obra.

Vaya. No había querido decirlo como si hubiera estado matando el tiempo a la espera de que apareciera… De pronto, sin previo aviso, Zach se volvió para acorralarla contra la pared del ascensor.

—Me echaste de menos.

No era una pregunta, pero Ana negó de todas formas.

—No. Es que simplemente me había acostumbrado a que te dejaras caer por ahí al menos una vez al día.

—¿Te sentirías mejor si te dijera que habría preferido estar contigo en lugar de en mi oficina? —un brillo seductor relampagueó en sus ojos.

—Me sentiría mejor si me dejaras respirar un poco.

Zach le plantó un rápido beso a los labios y se apartó justo cuando llegaban a la planta del vestíbulo.

—Por ahora.

Ana soltó el aliento que había estado conteniendo mientras lo seguía fuera del edificio. Medio deslumbrada por el sol, no vio ni su Bugatti ni su Camaro.

—Por aquí —le indicó, y se dirigió hacia donde había aparcado la Harley.

Ana contempló asombrada aquella motocicleta tan masculina, toda negra y con suficientes cromados como para brillar con luz propia.

—Estás de broma.

Zach se sacó las gafas de sol de un bolsillo de la camiseta y se las puso.

—¿Qué?

—No pienso subir a eso.

Pero él ya había montado y le tendía su casco de repuesto. Justo en ese momento, le sonó el móvil.

—¿Sí?

Ana frunció el ceño, preocupada, al ver que le hacía señas para que se acercara. Oyó que preguntaba a su interlocutor por lo que había sucedido.

—Sí, está conmigo —dijo al teléfono—. De acuerdo. Estaremos allí en un momento.

—¿Qué pasa? ¿Quién era? —inquirió ella mientras él volvía a guardarse el móvil.

—Alguien ha forzado la puerta y ha entrado en tu oficina de las obras. Vamos.

—¿Quién te ha llamado? ¿Han destrozado algo? —no tuvo más remedio que ponerse el casco.

—Victor. Tiene que marcharse de viaje y pensó en acercarse por el tajo para ver cómo marchaban los trabajos. Vio que habían roto las ventanillas del remolque. Ha avisado a la policía —le ayudó a abrocharse el casco—. Ya está.

Vacilante, Ana se sentó detrás.

—Nunca habías hecho esto, ¿verdad? —le preguntó él mientras arrancaba.

Negó con la cabeza y juntó las manos alrededor de su cintura. Se alegró de haberse puesto los téjanos cortos.

—Tendrás que agarrarte más fuerte, Anastasia.

—Ya te gustaría a ti… —gritó para hacerse oír por encima del ruido del motor, pero en ese momento Zach arrancó y ya no pudo hacer otra cosa que sujetarse a él con fuerza.

Llegaron a la obra en un santiamén. Un coche patrulla estaba aparcado al lado de un lujoso deportivo negro. Ana se apresuró a revisar los materiales y los equipos. A primera vista todo parecía en orden, a excepción de los cristales destrozados del remolque. Zach se detuvo y apagó el motor.

—Ya puedes bajar.

—Oh.

Ana retiró las manos de su cálido cuerpo, casi decepcionada. Aunque la experiencia la había asustado bastante, ahora comprendía por qué Zach adoraba tanto las motos. La sensación de libertad que proporcionaban sintonizaba perfectamente con su estilo de vida. Bajó y esperó a que él terminara de desmontar para devolverle el casco.

—Vamos a ver qué ha pasado.

Sabía que él también estaba preocupado. Aquella misma semana Ana se había llevado un buen susto con la potencial amenaza de la tormenta tropical, que finalmente se había desviado hacia el mar. Pero el vandalismo era un asunto diferente. Ciertamente esas cosas pasaban en cualquier obra, pero con las últimas lluvias y el despido de Nate, no había tenido tiempo de pensar en la cantidad de horas que la zona de obras quedaba descuidada y… De repente vio la luz. Se detuvo en seco y agarró a Zach del brazo:

—¿Y si ha sido un acto de venganza?

—Yo estaba pensando en lo mismo. Tendrás que contarle al agente de policía lo que Nate dijo de mi hermana, lo que le dijiste tú cuando lo despediste y darle una dirección donde puedan localizarlo.

Ana asintió. Justo en ese momento, Victor Lawson y un agente de policía salían del remolque. La expresión sombría del multimillonario no ayudó a tranquilizar sus nervios.

—¿Son importantes los daños? —inquirió Zach.

—Lo han destrozado todo —explicó el policía—. Supongo que usted será el jefe de obras.

—No —lo corrigió Ana, procediendo a presentarse—. Soy yo. Me llamo Ana Clark y este es Zach Marcum, el arquitecto.

—Tendrá que entrar a ver si echa en falta algo.

Ana se volvió hacia Victor.

—Lo lamento muchísimo. Contrataré a un guardia jurado para que vigile la zona de obras fuera de horas de trabajo.

La generosa actitud de Victor alivió un tanto su preocupación:

—Te aseguro que no es la primera vez que pasa algo así en un proyecto mío. Ya he llamado a una empresa de seguridad. Llegarán mañana.

—Yo me quedaré aquí esta noche —se ofreció Zach.

—No, lo haré yo —saltó en seguida Ana—. Es mi responsabilidad.

—Estupendo. Me encantará tener compañía —le hizo un guiño.

Lo miró desconfiada. Si lo que se proponía era irritarla deliberadamente, lo estaba consiguiendo. Pero no iba a iniciar una discusión en público.

—Voy a revisar el remolque.

—Procure no tocar nada —le advirtió el policía—. Es el escenario de un delito y la brigada científica llegará en cualquier momento para recoger huellas.

Se abrió paso entre los tres hombres y subió los escalones del remolque. Habían dejado la puerta abierta, con lo que echó un primer vistazo desde el umbral. Había carpetas por todas partes, los cajones habían sido vaciados en el suelo. Afortunadamente Zach tenía duplicados de todo, pero el hecho de que alguien hubiera violado su espacio personal la indignaba profundamente.

—Habría podido ser peor —dijo Zach a su espalda.

Se volvió para mirarlo, contenta de tenerlo cerca. Se había subido las gafas y sus ojos oscuros escrutaban el desastre. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba de manera tan poderosa ante aquel hombre? Sorprendiéndola, le puso una reconfortante mano sobre un hombro: la ternura de aquel gesto la dejó impresionada. Y le recordó el suceso de la noche anterior, en el vestíbulo de su apartamento. No había podido mostrarse más tierno con ella. Ni siquiera cuando le soltó la gran noticia, casi cuando había sido demasiado tarde.