Dieciocho
Ana llamó a casa de Zach, esperando que respondiera la asistenta. Afortunadamente la mujer la reconoció. Le preguntó si podía pasarse por allí para recoger a Jake y llevárselo a pasear.
En aquel momento se dirigía a la oficina de Zach en un coche alquilado, con toallas extendidas sobre el asiento trasero y el suelo en previsión de alguna incidencia por parte del cachorro. Pretendía darle una sorpresa. Dado que él había tenido tantos detalles con ella, había decidido tomarse medio día libre y pasarlo en su compañía. Al fin y al cabo, su madre llegaría al día siguiente y ella todavía no le había dicho nada al respecto. ¿Cómo reaccionaría cuando se lo dijera?
Encontró un lugar para aparcar justo delante del edificio. Experimentó una punzada de excitación cuando echó un vistazo a la gran cesta de picnic que descansaba en el asiento trasero, con la manta que había traído. Entró con el diminuto Jake en la mano. La recepcionista se apresuró a saludarla.
—Buenas tardes, señorita Clark. ¿Ha venido a ver al señor Marcum?
—Sí, pero no le diga que estoy aquí. Quiero darle una sorpresa.
La joven desvió inmediatamente la mirada hacia el pasillo que llevaba a los ascensores, mordiéndose el labio.
—Umm… de acuerdo.
«Extraño», pensó Ana mientras se dirigía hacia allí. Otra mujer, una rubia despampanante, muy alta, estaba esperando también.
—Qué cachorro más precioso… —comentó la mujer cuando entraron a la vez en el ascensor—. ¿Cómo se llama?
—Jake —pulsó el botón de la cuarta planta—. Me lo regaló mi novio. He venido con el perrito para darle una sorpresa e invitarlo a comer fuera.
Segundos después se abrieron las puertas.
—Pero… yo creía que Cole acababa de casarse —dijo la rubia, frunciendo el ceño.
Ana salió con ella del ascensor.
—Sí, se casó el sábado pasado. Yo estoy saliendo con su hermano.
La mujer se la quedó mirando boquiabierta.
—¿De veras? Pues yo soy su esposa.
Ana agarró con fuerza el cachorro, involuntariamente. Tenía que haber oído mal. Aquella mujer se engañaba.
—¿Y dices que Zach te compró el perro? Curioso, él siempre decía que no quería animales en su casa. Todavía no me has dicho tu nombre…
Ana no estaba dispuesta a demostrar ninguna emoción y dejar así que aquella mujer se le impusiera.
—Si me disculpa… —musitó, ignorando la pregunta a propósito.
Pero justo cuando se volvía para marcharse, la mujer le tocó un brazo.
—Necesito verlo antes que tú, perdona. Pienso entrar yo primero.
Por el rabillo del ojo, Ana vio a Zach avanzando por el pasillo. Y la ex lo descubrió al mismo tiempo, también. Ambas se lo quedaron mirando mientras seguía avanzando, concentrado en el documento que sostenía en las manos.
—Zach.
Ana se quedó detrás mientras la ex se acercaba a él.
—Melanie —se detuvo, y mirando luego por encima del hombro de la rubia, la descubrió a ella—. ¿Ana? ¿Qué está pasando aquí?
Se encogió de hombros, dejando que Melanie le dijera lo que tuviera que decirle. No tenía ninguna intención de interrumpir la escena. Ver la reacción de Zach con su ex le daría una idea exacta de sus verdaderos sentimientos… de los cuales no había dudado hasta ahora.
—Necesito hablar contigo —dijo Melanie—. A solas.
De repente Ana deseó haberse puesto un bonito vestido de verano en lugar de una camiseta azul y un pantalón corto blanco. Pero su idea había sido comer de picnic en la playa y había querido estar cómoda. Melanie, sin embargo, parecía perfectamente cómoda con su minivestido sin tirantes y sus tacones de aguja. Y sí, podía ver que Zach deseaba más bien pasar el resto de su vida con aquel cuerpo escultural que con una chica más bien flacucha y poca cosa como ella.
Jake se puso a gimotear y Ana hundió la nariz en su sedoso pelaje.
—Tranquilo —le susurró a la oreja.
—Después de nuestra conversación del otro día ya no volví a saber de ti, de modo que pensé en venir para hablar contigo en persona —dijo Melanie—. No respondiste a los mensajes de texto que te mandé el sábado por la noche.
El sábado por la noche. La noche en la que se había entregado a un hombre que había seguido manteniendo relaciones con su exmujer. Un nudo le atenazó el corazón, impidiéndole respirar. Zach desvió en seguida la mirada hacia ella, como si le hubiera adivinado el pensamiento.
Qué ingenua y estúpida había sido… Pero Ana se negaba a resignarse a ser la «otra», como lo había sido su madre durante tantos años.
—Si me hubieras dicho que tenías una relación formal, ahora mismo no estaría aquí —continuó diciendo Melanie.
Zach se volvió de nuevo hacia su ex y se pasó una mano por el pelo. Bajó la otra con gesto cansino, sosteniendo todavía el documento.
—No te dije nada… porque no es una relación formal.
—¿De veras? —rio Melanie—. Pues lo parece. ¿Un perro? ¿Le has regalado tú un perro, Zach?
El puño que sentía Ana dentro de su pecho terminó de estrujarle el corazón. Se negaba a representar el papel de amante en la relación aparentemente perversa que Zach parecía seguir teniendo con su ex. Quería salir cuanto antes de allí, pero no quería parecer que lo hacía movida por los celos, o dolida.
—Adelante, habla en privado con ella —lo animó con una falsa sonrisa—. De todas formas, necesitaba sacar a Jake.
Se volvió para marcharse, y Zach la llamó. Ignorándolo, pulsó el botón de llamada del ascensor.
—Ana —la agarró de un brazo—. Lo siento.
—¿Sientes haberme mentido o sientes que te haya sorprendido? —cada una de sus palabras destilaba puro veneno.
—No te marches así. Deja que te explique…
Pero ella se liberó de un tirón y sostuvo con ambas manos a Jake, que en ese momento estaba intentando acercarse a Zach.
—No te preocupes. Te has explicado muy bien, cuando le dijiste a tu ex lo que teníamos. Lo nuestro no iba en serio, así que habla con Melanie o con quien quieras. Solo asegúrate de que no sea conmigo.
Se abrieron las puertas y entró en el ascensor. Cuando se dio la vuelta, lo último que vio fue la furiosa expresión de Zach y la triunfante de su ex. Le pareció que no llegaba nunca al coche. Pasó de largo corriendo por delante de la recepcionista, que le lanzó una tímida sonrisa de disculpa.
Una vez sola, instaló a Jake en el asiento del pasajero y partió a toda velocidad, sin rumbo fijo. No quería tener a Zach Marcum cerca por una larga temporada. De hecho, no quería volver a verlo nunca, aunque eso sería imposible dado que todavía no habían acabado con el proyecto del centro turístico.
«Maravilloso. Sencillamente maravilloso», exclamó para sus adentros. Tendría que verlo cada día durante los próximos meses. Afortunadamente, el exterior del edificio estaba casi acabado y la mayor parte de los trabajos se desarrollaban en el interior. Allí tendría amplio espacio donde esconderse cuando Zach se pasara para revisar la marcha de los trabajos. Haría que su segundo al mando le informara puntualmente de los progresos realizados.
La culpa de todo aquello había sido suya. Únicamente suya. Pero entonces… ¿por qué estaba enfadada con Zach? Él le había dicho desde el principio que no quería tener relación alguna. ¿Acaso no le había confesado que el matrimonio le había hecho perder la confianza en el amor? En eso no le había mentido. Pero sí que le había mentido por omisión.
Eso era precisamente lo que más le dolía. Zach había estado hablando durante todo el tiempo con su ex, mientras esperaba acostarse con ella. Se había mostrado tan convincente a la hora de asegurarle que le importaba, tan sumamente tierno cuando al final hicieron el amor… Hacer el amor. Ya. Eso había sido algo completamente unilateral por su parte. No le extrañaba que se hubiera asustado tanto cuando le confesó sus sentimientos.
Sacó el coche de la carretera y aparcó frente a la calle. Con la cabeza entre las manos, dejó que afloraran las lágrimas, una tras otra, furiosa consigo misma por haberse dejado romper el corazón de aquella manera. ¿Por qué no había reconocido las señales, los síntomas? ¿Por qué? Incluso después de que ella se hubiera abierto a él y revelado sus sentimientos, Zach se había negado a confesarle nada. Su silencio había resultado suficientemente elocuente: lo malo era que lo hubiera escuchado tan tarde.
Jake se le acercó para lamer con su áspera lengüecita las lágrimas que resbalaban entre sus dedos. Sí, todo aquel desastre era culpa suya, con lo cual había quedado como una imbécil. Y el hecho de que a pesar de todo lo siguiera amando la convertía en una absoluta estúpida.
—Oh, cariño, no te hagas esto a ti misma.
Sentada en la cama, Ana sollozaba en los amorosos brazos de su madre.
—No puedo evitarlo. He intentado odiarlo. Incluso he intentado olvidarme de su traición… pero es que soy incapaz de pensar en otra cosa.
Lorraine Clark acariciaba tiernamente el cabello de su hija, recostada en el cabecero de satín de la cama.
—¿Te ha llamado?
Ana apoyó la cabeza en su regazo, dejándose consolar por sus dulces caricias.
—Lo ha intentado. Pero yo no he respondido. Soy tan cobarde… Hoy incluso no he aparecido por la obra. Pero, como es viernes, hay poco trabajo que hacer. Por un día, mi equipo podrá arreglárselas solo. Además, espero que para el lunes me encuentre mejor.
—¿Por qué no puedes ir a la obra?
Ana cerró los ojos mientras se limpiaba las húmedas mejillas.
—Porque él es el arquitecto del proyecto. Se pasa por la obra al menos una vez al día.
—Oh, Anastasia…
El dulce tono de su madre le desgarró el corazón. Incluso ella advertía la gravedad de la situación… Aunque, por supuesto, habría debido ser la primera en notarlo, en reconocerlo. Había llevado una vida que en realidad había sido un infierno. Pero ahora se había liberado. Ambas se habían liberado… y ella lo había hecho gracias a Zach.
Otro desgarrador sollozo le subió por la garganta. Al parecer, ni siquiera las consoladoras palabras de su madre y su reconfortante presencia parecían recomponer su mundo resquebrajado, destruido. Tenía que salir cuanto antes de aquella situación. De ninguna manera debería demostrar el más mínimo gesto de tristeza cuando volviera a la obra.
—Detesto ser tan débil —murmuró contra la larga falda plisada de su madre—. Odio pensar que he dejado que alguien me hiciera esto… cuando sabía desde un principio cómo terminaría. Sí, sabía lo que pasaría al final… pero era como si no me importara. En lo más profundo de mi alma, estaba convencida de que Zach me amaría, de que yo sería la mujer de su vida. Es tan estúpido… La única vez que me he sentido tentada de entablar una relación… y ha tenido que ser con alguien como él.
—Lo amas —las manos de su madre se detuvieron en su pelo, cesando en sus caricias.
—No quiero amarlo.
—Por desgracia, no escogemos a quien amamos —suspiró—. Equivocados o no, a veces nuestros corazones y nuestras mentes no se comunican lo bien que debieran.
Ana se sentó en la cama, volvió a enjugarse las lágrimas y se sorbió la nariz.
—Siento haberte recibido en este estado. Tú ya tienes bastante con tus propios problemas.
Su madre sonrió mientras le tomaba las manos.
—Ahora mismo mi vida no importa. Nunca estaré demasiado ocupada para ti.
Ana contempló la piel cremosa de su madre, las leves arrugas que tenía alrededor de los ojos y de la boca. Con su larga melena rubia y sus preciosos ojos verdes, Lorraine Clark seguía siendo toda una belleza a sus sesenta años. Ana fue de pronto consciente de lo afortunada que era por tener a su lado a alguien capaz de dejarlo todo para estar con ella.
—¿Qué diablos le pasa a papá? —le preguntó antes de que pudiera evitarlo—. No entiendo cómo no… Perdona. Eso ha sido una grosería.
—No pasa nada. A menudo me he preguntado qué habría pasado si me hubiera comportado de otra manera… —una triste sonrisa se dibujó en sus labios mientras contemplaba la bahía por el ventanal—. Él no era el hombre que yo quería que fuera. No tuvimos la relación que yo me había imaginado desde el principio.
—¿Por qué te quedaste con él?
Su madre se volvió para mirarla.
—Miedo a quedarme sola. Llevaba tanto tiempo con él que no sabía arreglármelas sola. Además, cuando eras pequeña, me aterraba no ser capaz de mantenerme económicamente. Por supuesto, en aquel entonces no tenía idea de que había empezado a jugarse todo lo que teníamos.
Ana la abrazó, emocionada.
—Hagamos algo hoy exclusivamente para nosotras… ¿qué te parece si utilizamos el spa del hotel? Necesitamos cuidarnos un poco.
—No podría estar más de acuerdo contigo —sonrió Lorraine—. Y basta ya de hablar de hombres. Hoy toca día de chicas.
Ana podía pasarse el resto del día sin hablar de Zach, aunque eso no significaba desterrarlo de sus pensamientos. Y sin embargo, la única manera que tenía de superar su desengaño era mirar hacia delante. A partir de aquel momento, se concentraría únicamente en su madre y en su trabajo. ¿Qué más necesitaba?