Quince
Esa noche sería la noche. Era lo único en lo que Ana podía pensar mientras salía al vestíbulo del edificio de apartamentos para esperar a que Zach la recogiera. Desde el instante en que aceptó acompañarlo a la boda de su hermano, había sabido que acabaría entregándose a Zach. Ya no podía seguir rechazándolo por más tiempo. Ni a él ni a sí misma.
Hervía por dentro de pura excitación ante las promesas de aquella velada. Aferrando entre los dedos su bolso dorado, se miró en los espejos del vestíbulo. Se alegraba tanto de haberse dejado convencer por Kayla de que la acompañara a comprarse un vestido para la boda… El verde esmeralda que había elegido, de reflejos y sin tirantes, largo hasta el suelo, destacaba maravillosamente el color de sus ojos. Incluso se había resignado a domeñar su cascada de rizos yendo a un salón de belleza, apenas unas horas atrás. En ese momento, toda brillante, la larga melena le caía sobre la espalda en delicadas ondas.
Una limusina apareció de pronto y Ana dejó de preocuparse por su vestido y su peinado. Se abrió la puerta trasera y Zach bajó todo elegante, luciendo un espléndido traje negro. Su mirada acarició su cuerpo como si lo hubieran hecho sus grandes y fuertes manos.
Ana ladeó la cabeza, sonrió y dio una vuelta sobre sí misma, con los brazos extendidos, enviándole la sutil señal de que se le entregaría por completo… después. Solo esperaba que su recién descubierta valentía no la abandonara durante lo que quedaba de noche. Salió por fin del edificio.
—Me alegro de que no hayas traído una de tus motos.
—Y yo me alegro de que decidieras acompañarme —deslizó un dedo por la base de su cuello—. Sí que estás sexy… Te desearán todos los hombres presentes en la ceremonia.
—Pero yo soy tuya.
Detuvo la mano sobre su acalorada piel.
—Ana…
Se acercó todavía más a él, susurrándole al oído para que ni el chófer ni los porteros pudieran escucharla:
—Por esta noche, soy tuya. Hoy no quiero pensar en lo muy diferentes que somos, o en los meses que faltan para que nos separemos. Esta noche, Zach, toma de mí lo que quieras —al apartarse, vio que tragaba saliva. Por primera vez desde que lo conocía, le había dejado sin habla.
Zach se volvió entonces hacia la puerta abierta y la ayudó a subir al vehículo. La siguió antes de que el chófer cerrara la puerta.
—Siempre he pensado que eras preciosa —susurró, tomándole una mano—. Pero hoy me has dejado mudo de la impresión.
—Si sigues así —se echó a reír—, me temo que no seremos capaces de bajarnos del coche para asistir a la boda.
—¿Tan malo sería eso? —arqueó una ceja.
—No estaría bien que el padrino no se presentara —soltó una carcajada—. Procura dominarte.
—Estás de broma, ¿verdad?
—Solo piensa en la recompensa que recibirás al final si te portas bien. Oh, e intenta imaginarte lo que llevo debajo de este vestido…
Zach soltó un gruñido y le apretó la mano.
—¿Estás segura de que nunca habías hecho esto antes? Eres buena torturándome.
—Te lo prometo —respondió, nerviosa por dentro—. He estado esperando a conocer al hombre adecuado. Pero tú… ¿estás seguro de que quieres estar con alguien que puede que lo haga todo mal?
—No harás nada mal. Haremos esto juntos y todo saldrá perfecto. Relájate.
¿Relajarse? Claro, sin problema. Faltaban apenas unas pocas horas para que aquel hombre le descubriera un nuevo aspecto de sí misma… y para que lo exploraran juntos.
Así que relajarse no debería suponer ningún problema, ¿verdad?
Hacer de padrino de la ceremonia fue una verdadera tortura mientras buscaba a Ana con la mirada una y otra vez entre la multitud. Quería estar a solas con ella. Cuanto antes. Cuando su hermano gemelo y Tamera pronunciaron solemnemente sus votos, no tuvo más remedio que dejar de mirarla. La había visto emocionarse como solían hacerlo las mujeres en aquellas circunstancias. No tenía la menor duda de que se estaría preguntando cómo sería su propia boda…
En aquel preciso instante odió con toda su alma al hombre que se casaría con Ana y la haría suya para siempre. Si él hubiera pretendido sentar la cabeza, algo ridículo por imposible, habría querido ciertamente establecer una relación a partir del deseo que sentía por ella… Pero ese no era el caso, así que se conformaría con lo que le ofreciera aquella noche y no se preocuparía de nada más.
—Puedes besar a la novia —dijo en ese momento el sacerdote.
Por fin. Zach aplaudió junto a los otros ciento cincuenta invitados mientras Cole y Tamera se besaban y eran aclamados como señor y señora Marcum.
Mientras el sol se ponía al fondo del jardín y las palomas, recién soltadas, volaban sobre sus cabezas, Zach sonrió irónico. Aquella clase de fantasía no era para él. Pero se alegraba enormemente por su hermano y por su nueva cuñada. Se sentía feliz por ellos. Feliz de que se hubieran reencontrado y de que quisieran compartir su amor con tanta gente. Una vez acabada la ronda de felicitaciones, salió en busca de Ana. Su intención no era otra que desaparecer pronto de la fiesta y llevársela a una de las numerosas habitaciones de invitados para hacerle el amor durante toda la noche.
Cuando la encontró, se quedó sin aliento. Aquellos hipnóticos ojos verdes estaban fijos en él, bajo los párpados levemente entornados. Y tenía la misma expresión que había visto en Tamera cuando pronunció sus votos. No, no, no. No podía estar enamorada, ¿o sí? Toda aquella felicidad nupcial estaba haciendo estragos en su alma. Había llegado la hora de hacer una rápida salida de escena. En el momento en que llegó hasta ella, estaba charlando con unos invitados. Tomándola suavemente del codo, le susurró al oído:
—Vámonos.
El temblor que la recorrió reverberó también a través de su cuerpo. Ana se despidió con elegancia y se dejó guiar al interior de la mansión.
—¿Te has despedido al menos de Tamera y de Cole? —le preguntó ella mientras cruzaban el vestíbulo de mármol y se dirigían a la ancha escalera curva.
—Se marcharon hará una hora. Ellos también tenían ganas de estar solos.
Pero en lugar de llevarla escaleras arriba, tal y como había planeado en un principio, salieron por la puerta principal.
—¿Adónde vamos? Yo creí que íbamos a quedarnos aquí esta noche. ¿No es eso lo que había previsto Cole para los familiares y amigos más cercanos?
La llevó a su Camaro y le abrió la puerta; pero antes de que ella llegara a subir, la obligó a volverse y la besó con pasión. No hubo ternura alguna en aquel beso: no cuando estaba a punto de explotar.
Se apartó por fin, antes de que pudiera perder el control. Pero no lo suficiente como para no dejarle sentir lo muy excitado que estaba.
—Te quiero en mi cama —murmuró contra sus húmedos labios.
Mientras se hacía a un lado para permitirle subir al coche, Ana seguía mirándolo asombrada:
—¿Siempre eres tan apasionado?
—Sinceramente te digo que jamás me había sentido antes así.
—No me digas esas cosas… —cerró los ojos, suspirando.
No sabía lo que quería decir ni por qué parecía sufrir tanto. En lugar de preguntárselo, le indicó con un gesto que subiera al coche. Meses atrás se había mostrado tan confiado, tan seguro de que acabaría acostándose con ella… Por supuesto, en aquel tiempo no había tenido la menor intención de llevársela a su hogar, a su santuario.
Sí, había estado arrogantemente seguro de sí mismo. Pero en ese preciso momento, mientras se sentaba al volante, se vio asaltado por un insólito ataque de nervios. Ana era una mujer inocente y candorosa. Lo que quería decir que también para él aquella noche sería la primera.
Sorprendentemente, Ana no se sentía tan nerviosa como había imaginado que se sentiría en aquel momento soñado. Experimentaba incluso una sensación de paz, como si estuviera haciendo algo justo, correcto. Mientras Zach aparcaba en el garaje y apagaba el motor, un denso silencio los envolvió.
Sí, había esperado mucho tiempo para entregarse a un hombre, pero con Zach eso no la inquietaba. Lo amaba, y él la quería y se preocupaba por ella. Tiempo atrás, no se habría conformado con eso. Ahora era diferente, porque estaba enamorada cuando antes no lo había estado nunca. ¿Era acaso culpa suya que su corazón hubiera escogido alguien tan receloso y desconfiado con el amor? No era de extrañar, después de la experiencia que había tenido con su ex.
Abrió la puerta del coche antes de que lo hiciera él. Pasaron al lado de sus dos motos, el Jaguar y el Bugatti antes de entrar finalmente en la casa.
—¿Dónde está Jake? —preguntó mientras dejaba el bolso sobre el mostrador de la cocina.
—En su cajón. Será mejor que le saque para hacer sus cosas antes de que…
Sonriendo, vio que Zach entraba en el cuarto de lavado para recoger al perro. Su perro: el de los dos. No, no había manera de que Zach pudiera negar que la amaba. Quizá no estuviera preparado para reconocerlo, pero en el fondo la amaba. De lo contrario, nunca le habría hecho un regalo tan significativo, tan simbólico. No habría recordado la íntima confesión que ella le hizo cuando estuvo hablándole de su familia.
Sí, tal vez Zach Marcum se mostrara reacio a todo lo que significara compromisos y relaciones, pero lo cierto era que todavía no habían hecho el amor y él llevaba meses sin estar con otra mujer. Eso también resultaba suficientemente elocuente, más que cualquier frase. Aunque cada uno siguiera su camino una vez que el proyecto estuviera acabado, Zach siempre se llevaría consigo un pedazo de su corazón.
—¿Te apetece una bebida?
Se giró en redondo cuando Zach volvió con ella.
—No, gracias. ¿Ya has sacado a Jake?
—Sí. Lo he dejado en el jardín. Ahí tiene suficiente espacio: estará perfectamente.
Ana atravesó la cocina y entró en el salón: una enorme pantalla plana de televisión estaba enmarcada como simulando un cuadro entre dos estanterías de libros altas hasta el techo. Las paredes, de un blanco inmaculado, estaban adornadas con láminas de veleros surcando el mar.
—¿Te gustan los veleros? No me había fijado en estas pinturas cuando trajimos a Jake el otro día. Supongo que estaría demasiado ocupada jugando con él…
—¿Y te has fijado en ellas ahora, cuando me estoy muriendo de ganas de quitarte ese vestido? —se le acercó por detrás. Su aliento le acarició el hombro desnudo, con sus labios apenas a unos centímetros de su oreja.
Se volvió hacia él, con sus senos rozándole la camisa. Sí, deseaba a ese hombre y le entusiasmaba que él la deseara a ella… pero habría sido una irresponsable si no hubiera sentido, como sentía en aquel momento, una punzada de temor.
—Relájate, Zach —sonrió, poniéndole una mano sobre el pecho—. No pienso irme a ninguna parte. Aunque esté nerviosa y asustada, necesito tomarme las cosas despacio. Con tranquilidad. ¿Crees que serás capaz de soportarlo?
Apoyó las manos sobre sus hombros desnudos, estirando los pulgares para rozar el nacimiento de sus senos por encima del escote.
—No he dejado de mirarte en toda la velada con ese vestido. He visto a los otros hombres mirándote y a cada momento he suspirado por tocarte. Pero no quiero asustarte. Quiero demostrarte lo perfecta que será esta noche. Permítemelo, Ana…
No protestó cuando sintió sus manos en la espalda, bajándole la cremallera del vestido. La seda verde esmeralda resbaló hasta el suelo en medio de un absoluto silencio. ¿Cómo hacer que aquella noche fuera tan perfecta para él como él le había prometido que lo sería para ella? Ana no tenía la menor idea sobre cómo complacer a un hombre. Pero su expresión le decía que estaba a punto de averiguarlo.