Epílogo
La vida no ha sido fácil desde que Marie apareció en las cocinas de mi padre en el mes de julio. Pero tampoco la cambiaría por nada del mundo.
Vivir un amor a distancia no es la cosa más cómoda que exista, pero es algo a lo que al final, nos hemos acostumbrado, sobre todo, ahora que las cosas vuelven a cambiar un poco.
Marie lleva ocho meses de prácticas con mi padre, mientras yo he pasado temporadas más o menos largas en diferentes lugares del planeta para realizar algunos reportajes para mi blog. También he tenido que ir a Nueva York por negocios un par de veces. Primero, a firmar el contrato y luego, a supervisar las galeradas del primer libro que saldrá de la idea de 'El mundo, contigo'.
Es un proyecto precioso sobre la Selva Amazónica y será el primero de lo que se espera sea una serie larga y fructífera. Ya están en maquetación los siguientes, dedicados a Machu Pichu, La Gran Barrera de Coral australiana y los secretos de la cultura china. No puedo estar más contenta.
En estos meses, Marie ha adquirido muchísima confianza en sus habilidades como cocinero y mi padre le ha cogido mucho cariño. Y no sólo porque sea el hombre que hace feliz a su hija a diario, sino porque Marie se hace querer y, además, pone muchísimo empeño dentro de las cocinas.
Mi padre es el hombre más dicharachero y feliz del mundo desde que duerme todas las noches con el único amor de su vida. Y mi madre, por la que no daba ni dos duros, está a gusto con la vida pausada y sencilla de mujer de un cocinero vasco. Están pensando en casarse de nuevo en otoño y no hay nada que haga sombra a su felicidad recién recuperada.
Hablo muy a menudo con Saul, nos hemos convertido en algo así como en confidentes, confirmando esa corriente de buen rollo que nació y creció entre nosotros desde nuestro fin de semana en Chicago.
Coleman and Asociated Publishing ha remontado sus números de principios de año y ahora se encuentra luchando por ser la segunda compañía editorial del país. Todo un logro tras la crisis del robo de ideas. Ahora, son dueños de la mitad de TrendingBooks Publishing y eso ha facilitado las cosas con el tema de las ideas robadas.
Lo veo feliz porque, además de la compra de parte de las acciones de la editorial de la competencia, Saul se ha interesado también por su directora, Sandra Templeton, una mujer de armas tomar que, como yo hiciera una vez, no se corta en decir lo que piensa ni le baila el agua, como han hecho siempre el resto de sus novias.
Está tan contento que eso hace que mi corazón baile de alegría. Es un buen hombre, con mucho que ofrecer a la mujer adecuada, y espero que, si Sandra lo es, no la deje escapar con facilidad.
También me habla de su familia, de lo contentos que están en casa de su padre con el diablillo de Olivia, que crece preciosa y feliz. Y con los gemelos, que finalmente aceptaron su suerte de irse al Reino Unido a cumplir sus estudios.
A menudo, le pregunto por Onur, de quien no para de hablarme maravillas. Cuando estuve la última vez en la oficina apenas reconocí al hombre alto, elegantísimo y lleno de confianza en sí mismo y que vino a abrazarme en cuanto me vio entrar por la puerta.
Onur está viviendo por fin el sueño americano como sus conocimientos y capacidad se merecen. Sí, él también entró por un enchufe, por una recomendación a ciegas de una colega, pero soy consciente de lo mucho que demuestra, cada día y de lo bien que se ajusta al perfil que su puesto de trabajo precisa.
Se le veía radiante, y me consta que su departamento, pese a ser de nueva creación, es de los que mejores réditos le dejan a la compañía. Verlo feliz y, por fin, desarrollando un trabajo que le encanta y se le da tan bien, no pudo hacer otra cosa que llenarme de una sensación de bienestar maravillosa.
Claire Sontag ya no está en Coleman and Asociated Publishing, y yo me alegro mucho. Cuando desaparecí tan repentinamente y tuvo que volver otra vez a trabajar para que su falta de capacidad no fuera descubierta, le pidió a Saul que me reemplazara de inmediato. Pero Saul, que ya la tenía calada, se negó en redondo a proporcionar una secretaria a su secretaria, y ella solicitó la prejubilación, poniendo así fin a treinta y siete años de relación laboral con la compañía en la que había pasado toda su vida aprovechándose del trabajo de los demás.
Virginia Olsen ha recuperado su trabajo en la editorial, pero se ha dejado parte de sus humos y sus aires de grandeza en casa. Parece ser que los sucesos que la apartaron de la compañía han hecho verdadera mella en su carácter arisco y prepotente y, aunque sigue siendo implacable en su trabajo, sus modos y formas en el trato directo con el resto de trabajadores han sufrido una ligera mejora que todos agradecen.
Esto me lo cuentan las chicas, con las que no pierdo oportunidad de hablar por Skype cada viernes desde Antoine's. A veces nos puede la diferencia horaria y, depende de dónde esté yo en cada momento, hablo con ellas a las once de la noche o a las tres de la mañana. Pero es algo que no me pierdo porque me mantiene conectada a esa parte de Nueva York que siempre conservaré en un trocito de mi corazón. Mis chicas, todas ellas, hablando casi a la vez, me ponen en antecedentes de todo, incluso de los secretos mejor guardados, como que Marla le ha echado el ojo a Onur, aunque parece que él se le resiste un poco.
Chris sigue en la casa de acogida de la ex agente de policía Mandy Petersen. Ha entrado en el programa social de Hermano Mayor que tienen montado algunos de los compañeros de cuerpo de Marie y, por recomendación de éste, es el propio agente Roth, el mismo que le sacó a él del pozo en su adolescencia, quien se encarga de acompañar y asesorar a Chris.
Sabemos por Mandy que está haciendo grandes progresos, que han conseguido meterle en el sistema educativo, en un programa especial que combina conocimientos con el aprendizaje de un oficio, y que ha escogido el trabajo con madera, para el que tiene unas dotes bastante buenas. Sigue pintando en sus ojos la tristeza de cuando lo conocimos, pero cada vez en menor grado, y nos consta que no ha vuelto a pensar en coger una pistola y actuar a la desesperada desde que llegó a casa de Mandy.
Hemos prometido ir a verlo pronto, en cuanto Marie y yo saquemos tiempo para volar a Nueva York, algo que ambos tenemos muchas ganas de hacer juntos. Él tiene un poco de miedo por regresar a los escenarios de su antigua vida por si descubre que Priscilla no es feliz por culpa de su decisión, pero sé que, en algún momento, acabará por volver, aunque sólo sea para abrazar a su abuela, de la que no para de hablar y a la que tengo muchísimas ganas de conocer.
Ahora, entre Marie y yo va todo muy bien, aunque espero que aún mejore más la situación y es que, por fin, podremos estar juntos los siete días de cada semana. Mi padre ha estado hablando con algunos colegas de Grecia, Francia, Italia, Croacia y Túnez para permitirle a Marie tomar clases con ellos, en una especie de viaje itinerante a lo largo del Mediterráneo, con el que se ampliarán sus horizontes gastronómicos de esta región que tanto adora, mientras yo vivo cada lugar en que estemos para retratar su idiosincrasia en mi siguiente proyecto: las gentes y los sitios de la cuenca de este mar tan cálido y cercano.
Estamos emocionados por vivir juntos la experiencia y, además, compartir mucho más que nuestro amor y nuestra necesidad de estar juntos. Marie va a escribir para mi libro desde el punto de vista de la comida, los ingredientes y los fogones de los países mediterráneos que pisemos y, si va bien, continuaremos el proyecto con el resto de libros que salgan del blog.
No sé cómo nos irá en esta aventura, pero la vamos a recorrer juntos, de la mano, viviendo el sueño de ambos, estando uno al lado del otro para ayudarnos, querernos y completarnos. Sólo por eso, ya merece la pena subirse al acantilado y tener el valor de lanzarse. Y es que esta vida errante, en compañía, es la mejor opción a la que podría aspirar. Mi madre, a veces, hasta me mira con envidia por haber encontrado el equilibro perfecto que a ella siempre le faltó.
Marie tiene ganas de lanzarse ya a la aventura, y sé que le va a fascinar todo lo que va a aprender y los sitios que le tocará recorrer tras de mí. Aunque, a veces, sienta que lo estoy sacando de su zona de confort.
―¿Estás seguro de embarcarte en esta aventura conmigo? ―le pregunto una tarde, mirando el atardecer desde la playa de Sukarrieta, envuelta en sus brazos que me protegen del viento de marzo.
―El mundo nos espera, y no puedo estar más ansioso de recorrerlo y vivirlo contigo.