Valparaíso

TODO el mundo nace con algún talento especial y Eliza Sommers descubrió temprano que ella tenía dos: buen olfato y buena memoria. El primero le sirvió para ganarse la vida y el segundo para recordarla, si no con precisión, al menos con poética vaguedad de astrólogo. Lo que se olvida es como si nunca hubiera sucedido, pero sus recuerdos reales o ilusorios eran muchos y fue como vivir dos veces. Solía decirle a su fiel amigo, el sabio Tao Chi'en, que su memoria era como la barriga del buque donde se conocieron, vasta y sombría, repleta de cajas, barriles y sacos donde se acumulaban los acontecimientos de toda su existencia. Despierta no era fácil encontrar algo en aquel grandísimo desorden, pero siempre podía hacerlo dormida, tal como le enseñó Mama Fresia en las noches dulces de su niñez, cuando los contornos de la realidad eran apenas un trazo fino de tinta pálida. Entraba al lugar de los sueños por un camino muchas veces recorrido y regresaba con grandes precauciones para no despedazar las tenues visiones contra la áspera luz de la conciencia. Confiaba en ese recurso como otros lo hacen en los números y tanto afinó el arte de recordar, que podía ver a Miss Rose inclinada sobre la caja de jabón de Marsella que fuera su primera cuna.

—Es imposible que te acuerdes de eso, Eliza. Los recién nacidos son como los gatos, no tienen sentimientos ni memoria —sostenía Miss Rose en las pocas ocasiones en que hablaron del tema.

Sin embargo, esa mujer mirándola desde arriba, con su vestido color topacio y las hebras sueltas del moño alborotadas por el viento, estaba grabada en la memoria de Eliza y nunca pudo aceptar la otra explicación sobre su origen.

—Tienes sangre inglesa, como nosotros —le aseguró Miss Rose cuando ella tuvo edad para entender—. Sólo a alguien de la colonia británica se le habría ocurrido ponerte en una cesta en la puerta de la Compañía Británica de Importación y Exportación. Seguro conocía el buen corazón de mi hermano Jeremy y adivinó que te recogería. En ese tiempo yo estaba loca por tener un hijo y tú caíste en mis brazos enviada por el Señor, para ser educada en los sólidos principios de la fe protestante y el idioma inglés.

—¿Inglesa tú? Niña, no te hagas ilusiones, tienes pelos de india como yo —refutaba Mama Fresia a espaldas de su patrona.

El nacimiento de Eliza era tema vedado en esa casa y la niña se acostumbró al misterio. Ese, como otros asuntos delicados, no lo mencionaba ante Rose y Jeremy Sommers, pero lo discutía en susurros en la cocina con Mama Fresia, quien mantuvo invariable su descripción de la caja de jabón, mientras que la versión de Miss Rose fue adornándose con los años hasta convertirse en un cuento de hadas. Según ella, la cesta encontrada en la oficina estaba fabricada del mimbre más fino y forrada en batista, su camisa era bordada en punto abeja y las sábanas orilladas con encaje de Bruselas, además iba arropada con una mantita de piel de visón, extravagancia jamás vista en Chile. Con el tiempo se agregaron seis monedas de oro envueltas en un pañuelo de seda y una nota en inglés explicando que la niña, aunque ilegítima, era de muy buena estirpe, pero Eliza nunca vislumbró nada de eso. El visón, las monedas y la nota desaparecieron convenientemente y de su nacimiento no quedó rastro. La explicación de Mama Fresia, sin embargo, se parecía más a sus recuerdos: al abrir la puerta de la casa una mañana a finales del verano, encontraron una criatura de sexo femenino desnuda dentro de una caja.

—De mantita de visón y monedas de oro, nada. Yo estaba allí y me acuerdo muy bien. Venías tiritando en un chaleco de hombre, ni un pañal te habían puesto, y estabas toda cagada. Eras una mocosa colorada como una langosta recocida, con una pelusa de choclo en la coronilla. Esa eras tú. No te hagas ilusiones, no naciste para princesa y si hubieras tenido el pelo tan negro como lo tienes ahora, los patrones habrían tirado la caja en la basura —sostenía la mujer.

Al menos todos coincidían en que la niña entró en sus vidas el 15 de marzo de 1832, año y medio después de la llegada de los Sommers a Chile, y por esa razón designaron la fecha como la de su cumpleaños. Lo demás siempre fue un cúmulo de contradicciones y Eliza concluyó finalmente que no valía la pena gastar energía dándole vueltas, porque cualquiera que fuese la verdad, de ningún modo podía remediarse. Lo importante es lo que uno hace en este mundo, no cómo se llega a él, solía decirle a Tao Chi'en durante los muchos años de su espléndida amistad, pero él no estaba de acuerdo, le resultaba imposible imaginar su propia existencia separado de la larga cadena de sus antepasados, quienes habían contribuido no sólo a darle sus características físicas y mentales, sino que también le habían legado el karma. Su suerte, creía, estaba determinada por las acciones de los parientes que habían vivido antes, por eso se debía honrarlos con oraciones diarias y temerlos cuando aparecían en espectrales ropajes a reclamar sus derechos. Tao Chi'en podía recitar los nombres de todos sus antepasados, hasta los más remotos y venerables tatarabuelos muertos hacía más de un siglo. Su mayor preocupación en los tiempos del oro consistía en regresar a morir en su pueblo en China para ser enterrado junto a los suyos; de lo contrario su alma vagaría para siempre a la deriva en tierra extranjera. Eliza se inclinaba naturalmente por la historia de la primorosa cesta —a nadie en su sano juicio le gusta aparecer en una caja de jabón ordinario— pero en honor a la verdad no podía aceptarla. Su olfato de perro perdiguero recordaba muy bien el primer olor de su existencia, que no fue el de sábanas limpias de batista, sino de lana, sudor de hombre y tabaco. El segundo fue un hedor montuno de cabra.

Eliza creció mirando el mar Pacífico desde el balcón de la residencia de sus padres adoptivos. Encaramada en las laderas de un cerro del puerto de Valparaíso, la casa pretendía imitar el estilo en boga entonces en Londres, pero las exigencias del terreno, el clima y la vida de Chile habían obligado a hacerle modificaciones sustanciales y el resultado era un adefesio. Al fondo del patio fueron naciendo como tumores orgánicos varios aposentos sin ventanas y con puertas de mazmorra, donde Jeremy Sommers almacenaba la carga más preciosa de la compañía, que en las bodegas del puerto desaparecía.

—Este es un país de ladrones, en ninguna parte del mundo la oficina gasta tanto en asegurar la mercadería como aquí. Todo se lo roban y lo que se salva de los rateros, se inunda en invierno, se quema en verano o lo aplasta un terremoto —repetía cada vez que las mulas acarreaban nuevos bultos para descargar en el patio de su casa.

De tanto sentarse ante la ventana a ver el mar para contar los buques y las ballenas en el horizonte, Eliza se convenció de que era hija de un naufragio y no de una madre desnaturalizada capaz de abandonarla desnuda en la incertidumbre de un día de marzo. Escribió en su diario que un pescador la encontró en la playa entre los restos de un barco destrozado, la envolvió en su chaleco y la dejó ante la casa más grande del barrio de los ingleses. Con los años concluyó que ese cuento no estaba mal del todo: hay cierta poesía y misterio en lo que devuelve el mar. Si el océano se retirara, la arena expuesta sería un vasto desierto húmedo sembrado de sirenas y peces agónicos, decía John Sommers, hermano de Jeremy y Rose quien había navegado por todos los mares del mundo y describía vívidamente cómo el agua bajaba en medio de un silencio de cementerio, para volver en una sola ola descomunal, llevándose todo por delante. Horrible, sostenía, pero al menos daba tiempo para escapar hacia las colinas, en cambio en los temblores de tierra las campanas de las iglesias repicaban anunciando la catástrofe cuando ya todo el mundo escapaba entre los escombros.

En la época en que apareció la niña, Jeremy Sommers tenía treinta años y empezaba a labrarse un brillante futuro en la Compañía Británica de Importación y Exportación. En los círculos comerciales y bancarios gozaba fama de honorable: su palabra y un apretón de manos equivalían a un contrato firmado, virtud indispensable para toda transacción, porque las cartas de crédito demoraban meses en cruzar los océanos. Para él, carente de fortuna, su buen nombre era más importante que la vida misma. Con sacrificio había logrado una posición segura en el remoto puerto de Valparaíso, lo último que deseaba en su organizada existencia era una criatura recién nacida que viniera a perturbar sus rutinas, pero cuando Eliza cayó en la casa no pudo dejar de acogerla, porque al ver a su hermana Rose aferrada a la chiquilla como una madre, le flaqueó la voluntad.

Entonces Rose tenía sólo veinte años, pero ya era una mujer con pasado y sus posibilidades de hacer un buen matrimonio podían considerarse mínimas. Por otra parte, había sacado sus cuentas y decidido que el matrimonio resultaba, aún en el mejor de los casos, un pésimo negocio para ella; junto a su hermano Jeremy gozaba de la independencia que jamás tendría con un marido. Había logrado acomodar su vida y no se dejaba amedrentar por el estigma de las solteronas, por el contrario, estaba decidida a ser la envidia de las casadas, a pesar de la teoría en boga de que cuando las mujeres se desviaban de su papel de madres y esposas les salían bigotes, como a las sufragistas, pero le faltaban hijos y esa era la única congoja que no podía transformar en triunfo mediante el ejercicio disciplinado de la imaginación. A veces soñaba con las paredes de su habitación cubiertas de sangre, sangre ensopando la alfombra, sangre salpicada hasta el techo, y ella al centro, desnuda y desgreñada como una lunática, dando a luz una salamandra. Despertaba gritando y pasaba el resto del día desorbitada, sin poder librarse de la pesadilla. Jeremy la observaba preocupado por sus nervios y culpable por haberla arrastrado tan lejos de Inglaterra, aunque no podía evitar cierta satisfacción egoísta con el arreglo que ambos tenían. Como la idea del matrimonio jamás se le había pasado por el corazón, la presencia de Rose resolvía los problemas domésticos y sociales, dos aspectos importantes de su carrera. Su hermana compensaba su naturaleza introvertida y solitaria, por eso soportaba de buen talante sus cambios de humor y sus gastos innecesarios. Cuando apareció Eliza y Rose insistió en quedarse con ella, Jeremy no se atrevió a oponerse o expresar dudas mezquinas, perdió galantemente todas las batallas por mantener al bebé a la distancia, empezando por la primera cuando se trató de darle un nombre.

—Se llamará Eliza, como nuestra madre, y llevará nuestro apellido —decidió Rose apenas la hubo alimentado, bañado y envuelto en su propia mantilla.

—¡De ninguna manera, Rose! ¿Qué crees que dirá la gente?

—De eso me encargo yo. La gente dirá que eres un santo por acoger a esta pobre huérfana, Jeremy. No hay peor suerte que no tener familia. ¿Qué sería de mí sin un hermano como tú? —replicó ella, consciente del espanto de su hermano ante el menor asomo de sentimentalismo.

Los chismes fueron inevitables, también a eso debió resignarse Jeremy Sommers, tal como aceptó que la niña recibiera el nombre de su madre, durmiera los primeros años en la pieza de su hermana e impusiera bullicio en la casa. Rose divulgó el cuento increíble de la lujosa cesta depositada por manos anónimas en la oficina de la Compañía Británica de Importación y Exportación y nadie se lo tragó, pero como no pudieron acusarla de un desliz, porque la vieron cada domingo de su vida cantando en el servicio anglicano y su cintura mínima era un desafío a las leyes de la anatomía, dijeron que el bebé era producto de una relación de él con alguna pindonga y por eso la estaban criando como hija de familia. Jeremy no se dio el trabajo de salir al encuentro de los rumores maliciosos. La irracionalidad de los niños lo desconcertaba, pero Eliza se las arregló para conquistarlo. Aunque no lo admitía, le gustaba verla jugando a sus pies por las tardes, cuando se sentaba en su poltrona a leer el periódico. No había demostraciones de afecto entre ambos, él se ponía rígido ante el mero hecho de estrechar una mano humana, la idea de un contacto más íntimo le producía pánico.

Cuando apareció la recién nacida en casa de los Sommers aquel 15 de marzo, Mama Fresia, que hacía las veces de cocinera y ama de llaves, opinó que debían desprenderse de ella.

—Si la propia madre la abandonó, es porque está maldita y más seguro es no tocarla —dijo, pero nada pudo hacer contra la determinación de su patrona.

Apenas Miss Rose la levantó en brazos, la criatura se echó a llorar a pulmón abierto, estremeciendo la casa y martirizando los nervios de sus habitantes. Incapaz de hacerla callar, Miss Rose improvisó una cuna en una gaveta de su cómoda y la cubrió con cobijas, mientras salía disparada a buscar una nodriza. Pronto regresó con una mujer conseguida en el mercado, pero no se le ocurrió examinarla de cerca, le bastó ver sus grandes senos estallando bajo la blusa para contratarla apresuradamente. Resultó ser una campesina algo retardada, quien entró a la casa con su bebé, un pobre niño tan mugriento como ella. Debieron remojar al crío largo rato en agua tibia para desprender la suciedad que llevaba pegada en el trasero y zambullir a la mujer en un cubo de agua con lejía para quitarle los piojos. Los dos infantes, Eliza y el del aya, se iban en cólicos con una diarrea biliosa ante la cual el médico de la familia y el boticario alemán resultaron incompetentes. Vencida por el llanto de los niños, que no era sólo de hambre sino también de dolor o de tristeza, Miss Rose lloraba también. Por fin al tercer día intervino Mama Fresia de mala gana.

—¿No ve que la mujer esa tiene los pezones podridos? Compre una cabra para alimentar a la chiquilla y dele tisana de canela, porque si no se va a despachar antes del viernes —refunfuñó.

En ese entonces Miss Rose apenas chapuceaba español, pero entendió la palabra cabra, mandó al cochero a comprar una y despidió a la nodriza. Apenas llegó el animal la india colocó a Eliza directamente bajo las ubres hinchadas, ante el horror de Miss Rose quien nunca había visto un espectáculo tan vil, pero la leche tibia y las infusiones de canela aliviaron pronto la situación; la niña dejó de llorar, durmió siete horas seguidas y despertó chupando el aire frenética. A los pocos días tenía la expresión plácida de los bebés sanos y era evidente que estaba subiendo de peso. Miss Rose compró un biberón cuando se dio cuenta que si la cabra balaba en el patio, Eliza empezaba a olisquear buscando el pezón. No quiso ver crecer a la chica con la idea peregrina de que ese animal era su madre. Esos cólicos fueron de los escasos malestares que soportó Eliza en su infancia, los demás fueron atajados en los primeros síntomas por las yerbas y conjuros de Mama Fresia, incluso la feroz peste de sarampión africano llevada por un marinero griego a Valparaíso. Mientras duró el peligro, Mama Fresia colocaba por las noches un trozo de carne cruda sobre el ombligo de Eliza y la fajaba apretadamente con un paño de lana roja, secreto de naturaleza para prevenir el contagio.

En los años siguientes Miss Rose convirtió a Eliza en su juguete. Pasaba horas entretenida enseñándole a cantar y bailar, recitándole versos que la chiquilla memorizaba sin esfuerzo, trenzándole el pelo y vistiéndola con primor, pero apenas surgía otra diversión o la atacaba el dolor de cabeza, la mandaba a la cocina con Mama Fresia. La niña se crio entre la salita de costura y los patios traseros, hablando inglés en una parte de la casa y una mezcla de español y mapuche —la jerga indígena de su nana— en la otra, vestida y calzada como una duquesa unos días y otros jugando con las gallinas y los perros, descalza y mal cubierta por un delantal de huérfana. Miss Rose la presentaba en sus veladas musicales, la llevaba en coche a tomar chocolate a la mejor pastelería, de compras o a visitar los barcos en el muelle, pero igual podía pasar varios días distraída escribiendo en sus misteriosos cuadernos o leyendo una novela, sin pensar para nada en su protegida. Cuando se acordaba de ella corría arrepentida a buscarla, la cubría de besos, la atiborraba de golosinas y volvía a ponerle sus atuendos de muñeca para llevarla de paseo. Se ocupó de darle la más amplia educación posible, sin descuidar los adornos propios de una señorita. A raíz de una pataleta de Eliza a propósito de ejercicios de piano, la cogió por un brazo y sin esperar al cochero la llevó a la rastra doce cuadras cerro abajo a un convento. En el muro de adobe, sobre un grueso portón de roble con remaches de hierro, se leía en letras desteñidas por el viento salino: Casa de Expósitas.

—Agradece que mi hermano y yo nos hemos hecho cargo de ti. Aquí vienen a parar los bastardos y los críos abandonados. ¿Es esto lo que quieres?

Muda, la chica negó con la cabeza.

—Entonces más vale que aprendas a tocar el piano como una niña decente. ¿Me has entendido?

Eliza aprendió a tocar sin talento ni nobleza, pero a fuerza de disciplina consiguió a los doce años acompañar a Miss Rose durante las veladas musicales. No perdió la destreza, a pesar de largos períodos sin practicar, y varios años más tarde pudo ganarse el sustento en un burdel trashumante, finalidad que jamás pasó por la mente de Miss Rose cuando se empeñaba en enseñarle el sublime arte de la música.

Muchos años después, en una de esas tardes tranquilas tomando té de la China y conversando con su amigo Tao Chi'en en el jardín delicado que ambos cultivaban, Eliza concluyó que aquella inglesa errática fue una muy buena madre y le estaba agradecida por los grandes espacios de libertad interior que le dio. Mama Fresia fue el segundo pilar de su niñez. Se colgaba de sus anchas faldas negras, la acompañaba en sus tareas y de paso la volvía loca a preguntas. Así aprendió leyendas y mitos indígenas, a descifrar los signos de los animales y del mar, a reconocer los hábitos de los espíritus y los mensajes de los sueños y también a cocinar. Con su olfato infatigable era capaz de identificar ingredientes, yerbas y especias a ojos cerrados y, tal como memorizaba poesías, recordaba cómo usarlos. Pronto los complicados platos criollos de Mama Fresia y la delicada pastelería de Miss Rose perdieron su misterio. Poseía una rara vocación culinaria, a los siete años podía sin asco quitar la piel a una lengua de vaca o las tripas a una gallina, amasar veinte empanadas sin la menor fatiga y pasar horas perdidas desgranando frijoles, mientras escuchaba boquiabierta las crueles leyendas indígenas de Mama Fresia y sus coloridas versiones sobre las vidas de los santos.

Rose y su hermano John habían sido inseparables desde niños. Ella se entretenía en invierno tejiendo chalecos y calcetas para el capitán y él se esmeraba en traerle de cada viaje maletas repletas de regalos y grandes cajas con libros, varios de los cuales iban a parar bajo llave al armario de Rose. Jeremy, como dueño de casa y jefe de familia, tenía facultad para abrir la correspondencia de su hermana, leer su diario privado y exigir copia de las llaves de sus muebles, pero nunca demostró inclinación por hacerlo. Jeremy y Rose mantenían una relación doméstica basada en la seriedad, poco tenían en común, salvo la mutua dependencia que a ratos les parecía una forma secreta de odio. Jeremy cubría las necesidades de Rose pero no financiaba sus caprichos ni preguntaba de dónde salía el dinero para sus antojos, asumía que se lo daba John. A cambio, ella manejaba la casa con eficiencia y estilo, siempre clara en las cuentas, pero sin molestarlo con detalles mínimos. Poseía un buen gusto certero y una gracia sin esfuerzo, ponía brillo en la existencia de ambos y con su presencia contrarrestaba la creencia, muy difundida por esos lados, de que un hombre sin familia era un desalmado en potencia.

—La naturaleza del varón es salvaje; el destino de la mujer es preservar los valores morales y la buena conducta —sostenía Jeremy Sommers.

—¡Ay, hermano! Tú y yo sabemos que mi naturaleza es más salvaje que la tuya —se burlaba Rose.

Jacob Todd, un pelirrojo carismático y con la más hermosa voz de predicador que se oyera jamás por esos lados, desembarcó en Valparaíso en 1843 con un cargamento de trescientos ejemplares de la Biblia en español. A nadie le extrañó verlo llegar: era otro misionero de los muchos que andaban por todas partes predicando la fe protestante. En su caso, sin embargo, el viaje fue producto de su curiosidad de aventurero y no de fervor religioso. En una de esas fanfarronadas de hombre vividor con demasiada cerveza en el cuerpo, apostó en una mesa de juego en su club en Londres que podía vender biblias en cualquier punto del planeta. Sus amigos le vendaron los ojos, hicieron girar un globo terráqueo y su dedo cayó en una colonia del Reino de España, perdida en la parte inferior del mundo, donde ninguno de esos alegres compinches sospechaba que hubiera vida. Descubrió pronto que el mapa estaba atrasado, la colonia se había independizado hacía más de treinta años y ahora era la orgullosa República de Chile, un país católico donde las ideas protestantes no tenían entrada, pero ya la apuesta estaba hecha y él no estaba dispuesto a echarse atrás. Era soltero, sin lazos afectivos o profesionales y la extravagancia de semejante viaje lo atrajo de inmediato. Considerando los tres meses de ida y otros tres de vuelta navegando por dos océanos, el proyecto resultaba de largo aliento. Vitoreado por sus amigos, quienes le vaticinaron un final trágico en manos de los papistas de aquel ignoto y bárbaro país, y con el apoyo financiero de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, que le facilitó los libros y le consiguió el pasaje, inició la larga travesía en barco rumbo al puerto de Valparaíso. El desafío consistía en vender las biblias y volver en el plazo de un año con un recibo firmado por cada una. En los archivos de la biblioteca leyó cartas de hombres ilustres, marinos y comerciantes que habían estado en Chile y describían un pueblo mestizo de poco más de un millón de almas y una extraña geografía de impresionantes montañas, costas abruptas, valles fértiles, bosques antiguos y hielos eternos. Tenía la reputación de ser el país más intolerante en materia religiosa de todo el continente americano, según aseguraban quienes lo habían visitado. A pesar de ello, virtuosos misioneros habían intentado difundir el protestantismo y sin hablar palabra de castellano o de idioma de indios llegaron al sur, donde la tierra firme se desgranaba en un rosario de islas. Varios murieron de hambre, frío o, se sospechaba, devorados por sus propios feligreses. En las ciudades no tuvieron mejor suerte. El sentido de hospitalidad, sagrado para los chilenos, pudo más que la intolerancia religiosa y por cortesía les permitían predicar, pero les hacían muy poco caso. Si asistían a las charlas de los escasos pastores protestantes era con la actitud de quien va a un espectáculo, divertidos ante la peculiaridad de que fuesen herejes. Nada de eso logró descorazonar a Jacob Todd, porque no iba como misionero, sino como vendedor de biblias.

En los archivos de la Biblioteca descubrió que desde su independencia en 1810, Chile había abierto sus puertas a los inmigrantes, que llegaron por centenares y se instalaron en aquel largo y angosto territorio bañado de cabo a rabo por el océano Pacífico. Los ingleses hicieron fortuna rápidamente como comerciantes y armadores; muchos llevaron a sus familias y se quedaron. Formaron una pequeña nación dentro del país, con sus costumbres, cultos, periódicos, clubes, escuelas y hospitales, pero lo hicieron con tan buenas maneras, que lejos de producir sospechas eran considerados un ejemplo de civilidad. Acantonaron su escuadra en Valparaíso para controlar el tráfico marítimo del Pacífico y así, de un caserío pobretón y sin destino a comienzos de la República, se convirtió en menos de veinte años en un puerto importante, donde recalaban los veleros provenientes del Atlántico a través del Cabo de Hornos y más tarde los vapores que pasaban por el Estrecho de Magallanes.

Fue una sorpresa para el cansado viajero cuando Valparaíso apareció ante sus ojos. Había más de un centenar de embarcaciones con banderas de medio mundo. Las montañas de cumbres nevadas parecían tan cercanas que daban la impresión de emerger directamente de un mar color azul de tinta, del cual emanaba una fragancia imposible de sirenas. Jacob Todd ignoró siempre que bajo esa apariencia de paz profunda había una ciudad completa de veleros españoles hundidos y esqueletos de patriotas con una piedra de cantera atada a los tobillos, fondeados por los soldados del Capitán General. El barco echó el ancla en la bahía, entre millares de gaviotas que alborotaban el aire con sus alas tremendas y sus graznidos de hambre. Innumerables botes capeaban las olas, algunos cargados con enormes congrios y róbalos aún vivos, debatiéndose en la desesperación del aire. Valparaíso, le dijeron, era el emporio comercial del Pacífico, en sus bodegas se almacenaban metales, lana de oveja y de alpaca, cereales y cueros para los mercados del mundo. Varios botes transportaron los pasajeros y la carga del velero a tierra firme. Al descender al muelle entre marineros, estibadores, pasajeros, burros y carretones, se encontró en una ciudad encajonada en un anfiteatro de cerros empinados, tan poblada y sucia como muchas de buen nombre en Europa. Le pareció un disparate arquitectónico de casas de adobe y madera en calles angostas, que el menor incendio podía convertir en ceniza en pocas horas. Un coche tirado por dos caballos maltrechos lo condujo con los baúles y cajones de su equipaje al Hotel Inglés. Pasó frente a edificios bien plantados en torno a una plaza, varias iglesias más bien toscas y residencias de un piso rodeadas de amplios jardines y huertos. Calculó unas cien manzanas, pero pronto supo que la ciudad engañaba la vista, era un dédalo de callejuelas y pasajes. Atisbó a lo lejos un barrio de pescadores con casuchas expuestas a la ventolera del mar y redes colgando como inmensas telarañas, más allá fértiles campos plantados de hortalizas y frutales. Circulaban coches tan modernos como en Londres, birlochos, fiacres y calesas, también recuas de mulas escoltadas por niños harapientos y carretas tiradas por bueyes por el centro mismo de la ciudad. Por las esquinas, frailes y monjas mendigaban la limosna para los pobres entre levas de perros vagos y gallinas desorientadas. Observó algunas mujeres cargadas de bolsas y canastos, con sus hijos a la rastra, descalzas pero con mantos negros sobre la cabeza, y muchos hombres con sombreros cónicos sentados en los umbrales o charlando en grupos, siempre ociosos.

Una hora después de descender del barco, Jacob Todd se encontraba sentado en el elegante salón del Hotel Inglés fumando cigarros negros importados de El Cairo y hojeando una revista británica bastante atrasada de noticias. Suspiró agradecido: por lo visto no tendría problemas de adaptación y administrando bien su renta podría vivir allí casi tan cómodamente como en Londres. Esperaba que alguien acudiera a servirlo —al parecer nadie se daba prisa por esos lados— cuando se acercó John Sommers, el capitán del velero en que había viajado. Era un hombronazo de pelo oscuro y piel tostada como cuero de zapato, que hacía alarde de su condición de recio bebedor, mujeriego e infatigable jugador de naipes y dados. Habían hecho buena amistad y el juego los mantuvo entretenidos en las noches eternas de navegación en alta mar y en los días tumultuosos y helados bordeando el Cabo de Hornos al sur del mundo. John Sommers venía acompañado por un hombre pálido, con una barba bien recortada y vestido de negro de pies a cabeza, a quien presentó como su hermano Jeremy. Difícil sería encontrar dos tipos humanos más diferentes. John parecía la imagen misma de salud y fortaleza, franco, ruidoso y amable, mientras que el otro tenía un aire de espectro atrapado en un invierno eterno. Era una de esas personas que nunca están del todo presentes y a quienes resulta difícil recordar, porque carecen de contornos precisos, concluyó Jacob Todd. Sin esperar invitación ambos se arrimaron a su mesa con la familiaridad de los compatriotas en tierra ajena. Finalmente apareció una criada y el capitán John Sommers ordenó una botella de whisky, mientras su hermano pedía té en la jerigonza inventada por los británicos para entenderse con la servidumbre.

—¿Cómo están las cosas en casa? —inquirió Jeremy. Hablaba en tono bajo, casi en un murmullo, moviendo apenas los labios y con un acento algo afectado.

—Desde hace trescientos años no pasa nada en Inglaterra —dijo el capitán.

—Disculpe mi curiosidad, Mr. Todd pero lo vi entrar al hotel y no pude dejar de notar su equipaje. Me pareció que había varias cajas marcadas como biblias… ¿me equivoco? —preguntó Jeremy Sommers.

—Efectivamente, son biblias.

—Nadie nos avisó que nos mandaban otro pastor…

—¡Navegamos durante tres meses juntos y no me enteré que era usted pastor, Mr. Todd! —exclamó el capitán.

—En realidad no lo soy —replicó Jacob Todd disimulando el bochorno tras una bocanada del humo de su cigarro.

—Misionero, entonces. Piensa ir a Tierra del Fuego, supongo. Los indios patagones están listos para la evangelización. De los araucanos olvídese, hombre, ya los atraparon los católicos —comentó Jeremy Sommers.

—Debe quedar un puñado de araucanos. Esa gente tiene la manía de dejarse masacrar —anotó su hermano.

—Eran los indios más salvajes de América, Mr. Todd. La mayoría murió peleando contra los españoles. Eran caníbales.

—Cortaban pedazos de los prisioneros vivos: preferían su cena fresca. —Añadió el capitán—. Lo mismo haríamos usted y yo si alguien nos mata a la familia, nos quema la aldea y nos roba la tierra.

—Excelente, John, ¡ahora defiendes el canibalismo! —replicó su hermano, disgustado—. En todo caso, Mr. Todd, debo advertirle que no interfiera con los católicos. No debemos provocar a los nativos. Esta gente es muy supersticiosa.

—Las creencias ajenas son supersticiones, Mr. Todd. Las nuestras se llaman religión. Los indios de Tierra del Fuego, los patagones, son muy diferentes a los araucanos.

—Igualmente salvajes. Viven desnudos en un clima horrible —dijo Jeremy.

—Lléveles su religión, Mr. Todd, a ver si al menos aprenden a usar calzones —anotó el capitán.

Todd no había oído mentar a aquellos indios y lo último que deseaba era predicar algo en lo cual él mismo no creía, pero no se atrevió a confesarles que su viaje era el resultado de una apuesta de borrachos. Respondió vagamente que pensaba armar una expedición misionera, pero aún debía decidir cómo financiarla.

—Si hubiera sabido que venía a predicar los designios de un dios tiránico entre esas buenas gentes, lo lanzo por la borda en la mitad del Atlántico, Mr. Todd.

Los interrumpió la criada con el whisky y el té. Era una adolescente frutal enfundada en un vestido negro con cofia y delantal almidonados. Al inclinarse con la bandeja dejó en el aire una fragancia perturbadora de flores machacadas y plancha a carbón. Jacob Todd no había visto mujeres en las últimas semanas y se quedó mirándola con un retorcijón de soledad. John Sommers esperó que la muchacha se retirara.

—Tenga cuidado, hombre, las chilenas son fatales —dijo.

—No me lo parecen. Son bajas, anchas de caderas y tienen una voz desagradable —dijo Jeremy Sommers equilibrando su taza de té.

—¡Los marineros desertan de los barcos por ellas! —exclamó el capitán.

—Lo admito, no soy una autoridad en materia de mujeres. No tengo tiempo para eso. Debo ocuparme de mis negocios y de nuestra hermana, ¿lo has olvidado?

—Ni por un momento, siempre me lo recuerdas. Ve usted. Mr. Todd yo soy la oveja negra de la familia, un tarambana. Si no fuera por el bueno de Jeremy…

—Esa muchacha parece española —interrumpió Jacob Todd siguiendo con la vista a la criada, quien en ese momento atendía otra mesa—. Viví dos meses en Madrid y vi muchas como ella.

—Aquí todos son mestizos, incluso en las clases altas. No lo admiten, por supuesto. La sangre indígena se esconde como la plaga. No los culpo, los indios tienen fama de sucios, ebrios y perezosos. El gobierno trata de mejorar la raza trayendo inmigrantes europeos. En el sur regalan tierras a los colonos.

—Su deporte favorito es matar indios para quitarles las tierras.

—Exageras, John.

—No siempre es necesario eliminarlos a bala, basta con alcoholizarlos. Pero matarlos es mucho más divertido, claro. En todo caso, los británicos no participamos en ese pasatiempo, Mr. Todd. No nos interesa la tierra. ¿Para qué plantar papas si podemos hacer fortuna sin quitarnos los guantes?

—Aquí no faltan oportunidades para un hombre emprendedor. Todo está por hacerse en este país. Si desea prosperar vaya al norte. Hay plata, cobre, salitre, guano…

—¿Guano?

—Mierda de pájaro —aclaró el marino.

—No entiendo nada de eso, Mr. Sommers.

—Hacer fortuna no le interesa a Mr. Todd, Jeremy. Lo suyo es la fe cristiana, ¿verdad?

—La colonia protestante es numerosa y próspera, lo ayudará. Venga mañana a mi casa. Los miércoles mi hermana Rose organiza una tertulia musical y será buena ocasión de hacer amigos. Mandaré mi coche a recogerlo a las cinco de la tarde. Se divertirá —dijo Jeremy Sommers, despidiéndose.

Al día siguiente, refrescado por una noche sin sueños y un largo baño para quitarse la rémora de sal que llevaba pegada en el alma, pero todavía con el paso vacilante por la costumbre de navegar, Jacob Todd salió a pasear por el puerto. Recorrió sin prisa la calle principal, paralela al mar y a tan corta distancia de la orilla que lo salpicaban las olas, bebió unas copas en un café y comió en una fonda del mercado. Había salido de Inglaterra en un gélido invierno de febrero y después de cruzar un eterno desierto de agua y estrellas, donde se le embrolló hasta la cuenta de sus pasados amores, llegó al hemisferio sur a comienzos de otro invierno inmisericorde. Antes de partir no se le ocurrió averiguar sobre el clima. Imaginó a Chile caliente y húmedo como la India, porque así creía que eran los países de los pobres, pero se encontró a merced de un viento helado que le raspaba los huesos y levantaba remolinos de arena y basura. Se perdió varias veces en calles torcidas, daba vueltas y más vueltas para quedar donde mismo había comenzado. Subía por callejones torturados por infinitas escaleras y orillados de casas absurdas colgadas de ninguna parte, procurando discretamente no mirar la intimidad ajena por las ventanas. Tropezó con plazas románticas de aspecto europeo coronadas por glorietas, donde bandas militares tocaban música para enamorados, y recorrió tímidos jardines pisoteados por burros. Soberbios árboles crecían a la orilla de las calles principales alimentados por aguas fétidas que bajaban de los cerros a tajo abierto. En la zona comercial era tan evidente la presencia de los británicos, que se respiraba un aire ilusorio de otras latitudes. Los letreros de varias tiendas estaban en inglés y pasaban sus compatriotas vestidos como en Londres, con los mismos paraguas negros de sepultureros. Apenas se alejó de las calles centrales, la pobreza se le vino encima con el impacto de un bofetón; la gente se veía desnutrida, somnolienta, vio soldados con uniformes raídos y pordioseros en las puertas de los templos. A las doce del día se echaron a volar al unísono las campanas de las iglesias y al instante cesó el barullo, los transeúntes se detuvieron, los hombres se quitaron el sombrero, las pocas mujeres a la vista se arrodillaron y todos se persignaron. La visión duró doce campanas y enseguida se reanudó la actividad en la calle como si nada hubiera ocurrido.