Capítulo 2
1
—Debo de estar empezando a ser importante —dijo Wormold—. Me invitan a dar un discurso.
—¿Dónde? —preguntó Milly, alzando la mirada, cortésmente, de las páginas del Anuario de las Amazonas. Era la hora de la tarde en que ya había terminado la tarea del día; la última luz dorada se tendía horizontal sobre los tejados y tocaba el cabello color de la miel y el whisky de su vaso.
—En la comida anual de la Asociación de Comerciantes Europeos. El doctor Braun, el presidente, me ha pedido que pronuncie ese discurso… en mi calidad de socio más antiguo. El invitado de honor es el cónsul general americano —agregó con orgullo. Le parecía que hacía muy poco tiempo que había llegado a La Habana y se había encontrado en el Floridita Bar, junto con su familia, a la chica que habría de ser la madre de Milly; ahora era el comerciante más antiguo de la ciudad. Muchos se habían retirado: otros habían vuelto a la patria, para alistarse durante la última guerra: ingleses, alemanes, franceses, pero él había sido rechazado, por su cojera. Ninguno de aquéllos había vuelto a Cuba.
—¿De qué hablarás?
—No hablaré. No sabría qué decir.
—Apuesto a que hablarías mejor que cualquiera de ellos.
—No. Puede que yo sea el socio más antiguo, Milly, pero también soy el menos importante. Los exportadores de ron y los de puros… ésas son las personas importantes de verdad.
—Tú eres tú.
—Desearía que hubieras elegido un padre más inteligente.
—El capitán Segura dice que juegas muy bien a las damas.
—No tanto como él.
—Por favor, acepta, papá —pidió Milly—. Estaría tan orgullosa de ti.
—Me pondría en ridículo.
—No, no es verdad. Acepta, por mí.
—Por ti aguantaría carros y carretas. Está bien. Aceptaré.
Rudy golpeó a la puerta. A esa hora escuchaba por última vez. En Londres sería la medianoche. El muchacho anunció:
—Hay un cable urgente de Kingston. ¿Localizo a Beatrice?
—No, puedo hacerlo yo mismo. Ella se va al cine.
—Parece que el negocio marcha bien —comentó Milly.
—Sí.
—Pero no veo que vendas más aspiradoras que antes.
—Es una promoción a largo plazo —respondió Wormold.
Fue a su habitación y descifró el cable. Era de Hawthorne. Wormold debía ir a Kingston en el primer avión que pudiera tomar, para informar. Pensó: o sea, que por fin lo saben.
2
El lugar de la cita era el Myrtle Bank Hotel. Hacía muchos años que Wormold no iba a Jamaica y le sorprendieron la suciedad y el calor. ¿A qué se debía la sordidez de las posesiones británicas? Los españoles, los franceses y los portugueses construían ciudades en los lugares donde se establecían, pero el inglés se limitaba a dejar que las ciudades crecieran. La calle más pobre de La Habana era digna comparada con la vida miserable de Kingston: chozas construidas con viejos barriles de petróleo y techadas con pedazos oxidados de metal robados de algún cementerio de coches abandonados.
Hawthorne estaba sentado en una tumbona en la terraza del Myrtle Bank, bebiendo un ponche de ron y frutas con una paja. Su traje era tan inmaculado como el que llevaba cuando se entrevistó con Wormold por primera vez; sólo delataba el enorme calor un poco de polvo aglutinado bajo su oreja izquierda.
—Coja y siéntese. —También el argot había vuelto.
—Gracias.
—¿Tuvo buen viaje?
—Sí, gracias.
—Estará contento de estar en su tierra.
—¿En mi tierra?
—Bueno, me refiero a este país… a tomarse unas vacaciones lejos de los latinos. Otra vez en territorio británico. —Wormold pensó en las chozas que había visto alrededor del puerto, y en el viejo sin esperanzas dormido en un trozo de sombra y en la pequeña andrajosa que acunaba un trozo de madera casi podrida. Y dijo:
—La Habana no está tan mal.
—Tome un ponche. Aquí los preparan bien.
—Gracias.
Hawthorne explicó:
—Le pedí que viniera porque hay un poco de jaleo.
—¿Sí? —Supuso que la verdad salía a relucir al fin. ¿Podrían detenerlo ahora que se hallaba en territorio británico? ¿Acusado de qué? ¿Por obtener dinero con engaños o por algún otro cargo más oscuro, que oiría in camera, bajo el Acta de Secretos Oficiales?
—Acerca de esas construcciones.
Quiso explicar que Beatrice no sabía nada de todo eso; no tenía más cómplice que la credulidad ajena.
—¿Qué pasa con ellas? —preguntó.
—Ojalá hubiese podido conseguir esas fotos.
—Lo intenté. Ya sabe lo que ocurrió.
—Sí. Los dibujos son un tanto confusos.
—No están hechos por un delineante de primera.
—No me interprete mal, amigo. Ha hecho usted maravillas, pero, ya sabe, hubo un momento en que tuve… tuve mis sospechas.
—¿De qué?
—Bueno, algunos dibujos me hacían pensar en… para ser francos, me hacían pensar en las piezas de una aspiradora.
—Sí, también se me ocurrió a mí.
—Y además, verá, me acordé de todos esos cacharros que había en su tienda.
—¿Creyó que le había tomado el pelo al Servicio Secreto?
—Desde luego que eso ahora suena increíble, lo sé. De todas maneras, en cierto sentido me ha tranquilizado saber que los otros piensan asesinarle.
—¿Asesinarme?
—Verá, eso prueba que los dibujos son auténticos.
—¿Quiénes son los otros?
—El otro bando. Por suerte, me guardé para mí esas sospechas absurdas.
—¿Cómo piensan asesinarme?
—Ya llegaremos a eso… Se trata de envenenarle. Lo que quiero decirle es que sin esas fotos no podemos conseguir una confirmación mejor de sus informes. Hasta ahora no hemos hecho nada acerca de ellos, pero ya han circulado por todos los departamentos del Servicio. También los han visto los de Investigación Atómica. No nos prestaron mucha ayuda que digamos. Dijeron que no tienen relación con la fisión nuclear. El problema es que nos han encandilado los chicos del átomo y casi hemos olvidado que puede haber otras formas de guerra científica tan peligrosas como ésa.
—¿Cómo piensan envenenarme?
—Lo primero es lo primero, amigo. No hay que olvidar la cuestión económica de la guerra. Cuba no puede iniciar la fabricación de bombas H, pero ¿han encontrado algo efectivo a corto alcance y barato? Esta palabra es la que importa: barato.
—Por favor, ¿le importaría decirme cómo van a asesinarme? Comprenderá que tengo interés personal en el asunto.
—Naturalmente que se lo diré. Sólo quería pintarle la situación primero y decirle que todos estamos muy contentos… ante la confirmación de sus informes, quiero decir. Han planeado envenenarle en una especie de comida de negocios.
—¿La de la Asociación de Comerciantes Europeos?
—Creo que ése es el nombre.
—¿Cómo lo sabe?
—Hemos infiltrado la organización enemiga en Kingston. Se sorprendería si le dijéramos cuánto sabemos de lo que está pasando en su territorio. Por ejemplo, puedo decirle que la muerte de barra cuatro fue un accidente. Sólo querían meterle miedo, como lo hicieron con barra tres cuando dispararon contra él. Usted es el primero al que han decidido matar de verdad.
—Es reconfortante.
—En cierto modo, ya me entiende, es un cumplido. Ahora usted es peligroso. —Hawthorne produjo un fuerte ruido de succión al sorber hasta las últimas gotas del líquido que quedaban entre las capas de hielo, naranjas y piña y la cereza que coronaba todo.
—Supongo —dijo Wormold— que será mejor que no asista a la comida —sintió una desilusión sorprendente—. Será la primera que me pierda en diez años. Incluso me han pedido que hable. La firma siempre espera que yo asista. Como para ondear la bandera.
—Pero tiene que ir, desde luego.
—¿Y dejar que me envenenen?
—No tiene por qué comer nada, ¿no?
—¿Ha probado alguna vez ir a un banquete y no comer nada? Luego está la cuestión de las bebidas.
—No pueden envenenar una botella de vino. Puede fingir que es un alcohólico, una persona que no come, que sólo bebe.
—Gracias. Eso beneficiará mucho a mi tienda.
—La gente tiene debilidad por los alcohólicos —dijo Hawthorne—. Además, si no va a la comida empezarán a sospechar, lo que pondrá en peligro mi fuente de información. Debemos proteger a nuestros informantes.
—Cuestión de disciplina, supongo.
—Exactamente, amigo. Otra cosa: sabemos que hay un plan pero no sabemos quiénes son los autores, sólo conocemos sus símbolos. Si descubrimos quiénes son, podremos insistir para que les encierren. Destruiremos la organización.
—Sí, claro, no hay asesinatos perfectos, ¿verdad? Me arriesgaría a afirmar que saldrá algo en la autopsia con lo cual podrán convencer a Segura para que haga algo.
—¿No tendrá miedo, verdad? Éste es un trabajo peligroso. No debía haber aceptado si no estaba dispuesto a…
—Habla usted como una madre de Esparta, Hawthorne: vuelve victorioso o quédate debajo de la mesa.
—Ésa es buena idea, ¿sabe? Podría deslizarse bajo la mesa en el momento oportuno. Los asesinos pensarían que había muerto y los otros que estaba borracho.
—No se trata de una conferencia de los Cuatro Grandes en Moscú. Los comerciantes europeos no se caen bajo la mesa.
—¿Nunca?
—Nunca. ¿Cree usted que mi preocupación está fuera de lugar?
—Creo que no hay necesidad de preocuparse, todavía. Después de todo no le servirá nadie. Se servirá usted.
—Sí, claro. Sólo que en el Nacional siempre sirven cangrejo Morro de primer plato. Y eso está preparado con anticipación.
—No lo coma. Hay mucha gente que no come cangrejo. Cuando sirvan el otro plato no se sirva de lo que tenga más cerca. Es como si un adivino le forzara a elegir una carta. Tendría que rechazarla.
—Pero el adivino, en general, se las ingenia para que uno coja la carta que él quiere.
—Le diré… ¿Me ha dicho que la comida se servirá en el Nacional?
—Sí.
—¿Y por qué no hace uso de barra siete?
—¿Quién es barra siete?
—¿No recuerda a sus propios agentes? ¿No recuerda que es el jefe de camareros del Nacional? El puede ocuparse de que nadie toque su plato. Ya es hora de que justifique lo que gana. No recuerdo que usted haya enviado un sólo informe de él.
—¿No puede darme una idea de quién será el hombre? Quiero decir, el hombre que piensa… —vaciló espantado ante la palabra «matarme»—… hacerlo.
—Ni la más remota idea, amigo. Sólo le digo que no se fíe de nadie. Tome otro ponche.
3
El avión del regreso a Cuba llevaba pocos pasajeros: una señora española con un rebaño de niños, parte de los cuales chillaron tan pronto como despegó el avión mientras los otros se mareaban; una negra con un gallo vivo envuelto en su chal; un exportador cubano de puros cuya relación con Wormold se limitaba a inclinar la cabeza cuando se encontraban y un inglés que llevaba una chaqueta de tweed y que fumó su pipa hasta que la azafata le dijo que la apagara. A partir de aquel momento, durante todo el resto del viaje chupó ostensiblemente la pipa vacía y sudó copiosamente dentro de su chaqueta de tweed. Tenía la cara malhumorada del hombre que siempre tiene razón.
Cuando les sirvieron la comida, el inglés retrocedió varios asientos para ir a sentarse junto a Wormold. Y dijo:
—No puedo soportar a esos chicos mal criados. ¿Le importa? —echó una mirada a los papeles que descansaban sobre las rodillas de Wormold—. ¿Trabaja usted para Phastkleaners? —preguntó.
—Sí.
—Yo trabajo para Nucleaners. Mi nombre es Carter.
—Ah.
—Éste es sólo mi segundo viaje a Cuba. Un sitio muy alegre, dicen —dijo mientras dejaba la pipa a un lado para comer.
—Puede serlo —respondió Wormold—, para quien le guste la ruleta o los burdeles.
Carter palmeó su bolsa de tabaco como si se tratara de la cabeza de un perro, como si dijera «mi fiel mastín me hará compañía».
—No me refería concretamente… aunque no soy un puritano, ¿sabe usted? Supongo que debe de ser interesante. Donde fueres, haz lo que vieres. —Cambió de tema—: ¿Vende muchas aspiradoras?
—Las ventas no van del todo mal.
—Nosotros tenemos un modelo nuevo que acaparará el mercado —se metió en la boca un buen trozo de tarta color malva y después cortó un trozo de pollo.
—Sí, ¿eh?
—Tiene un motor semejante al de las cortadoras de césped. Las mujercitas no tendrán que hacer el mínimo esfuerzo. Ni arrastrar tubos por toda la casa.
—¿Y el ruido?
—Especialmente silenciosa. Hace menos ruido que el modelo de ustedes. La llamamos «La Esposa-Susurro» —después de tragar una cucharada de sopa de tortuga, atacó la macedonia de frutas, triturando las pepitas de las uvas con los dientes; al cabo de un momento dijo—: Vamos a abrir una agencia en Cuba. ¿Conoce al doctor Braun?
—Sí, me lo han presentado. En la Asociación de Comerciantes Europeos. Es nuestro presidente. Importa instrumentos de precisión de Ginebra.
—Sí, ése es. Nos ha proporcionado datos muy útiles. De hecho, voy a asistir a su fiesta anual como invitado del doctor Braun. ¿Es buena la comida que sirven?
—Ya sabe usted lo que son esas comidas de hotel.
—Será mejor que ésta, de todas formas —respondió mientras escupía un trozo de piel de uva; había pasado por alto los espárragos con mayonesa que empezó a comer en ese momento. Al cabo de unos minutos metió la mano en un bolsillo—: Aquí está mi tarjeta. —La tarjeta decía: «William Carter B. Tech (Nottwich)» y en el ángulo inferior: «Nucleaners Ltd». Después agregó—: Me alojaré en el Seville-Biltmore durante una semana.
—Lo lamento, pero no llevo tarjetas encima. Me llamo Wormold.
—¿Conoce a un tipo que se llama Davis?
—Creo que no.
—Compartimos la habitación en el colegio. El trabaja para Gripfix y ha venido a dar a esta parte del mundo. Es gracioso: se encuentra uno con gente de Nottwich en todas partes. ¿Estudió usted allí?
—No.
—¿En Reading?
—No he ido a la universidad.
—Jamás lo hubiera dicho —comentó Carter con magnanimidad—. Yo hubiera ido a Oxford, sabe usted, pero están muy retrasados en materia de tecnología. Para maestros de escuela vale, supongo. —Comenzó a chupar otra vez la pipa vacía, como un niño su chupete, hasta que empezó a silbar entre sus dientes. De pronto volvió a hablar, como si algunos restos de tanino le hubieran dejado en la lengua un sabor amargo—. Están anticuadas —exclamó—, son reliquias que viven en el pasado. Yo las aboliría.
—¿Qué aboliría?
—Oxford y Cambridge —cogió el único comestible que quedaba en su bandeja, un trozo de pan, y lo desmenuzó como lo harían los años o una hiedra que trepara por una roca.
En la aduana Wormold le perdió de vista. Tenía algunos inconvenientes con su muestrario de Nucleaners y Wormold no vio ninguna razón por la cual el representante de la Phastkleaners tuviera que auxiliarle para que entrara al país. Beatrice había ido a buscarle en el Hillman. Hacía muchos años que no iba a esperarle ninguna mujer.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
—Sí. Oh, sí. Parecen contentos conmigo —observó las manos sobre el volante; no llevaba guantes en esa tarde calurosa; tenía unas manos bonitas y eficientes. Le dijo—: No lleva el anillo.
Beatrice respondió:
—No creí que lo notara nadie. Milly también lo advirtió. Son ustedes una familia muy observadora.
—¿No lo habrá perdido?
—Me lo quité ayer para lavarme y me olvidé de ponérmelo. ¿Qué sentido tiene, verdad, un anillo que uno se deja olvidado?
Fue entonces cuando le habló de la comida.
—¿No va a ir? —preguntó Beatrice.
—Hawthorne espera que vaya. Para proteger a su informante.
—Al diablo su informante.
—Hay otro motivo más importante. Algo que me dijo el doctor Hasselbacher. A ellos les gusta destruir lo que uno ama. Si no asisto a esa comida, inventarán otra cosa. Algo peor. Y no sabremos qué será. La próxima vez podría no ser yo… no creo que me quiera a mí mismo lo bastante como para satisfacerles… podría ser Milly. O usted.
No se dio cuenta del alcance de lo que había dicho hasta que Beatrice le dejó a la puerta de la tienda y se marchó en el coche.