En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, el pitón curaba, engordaba, parecía revivir.

La certidumbre de que Schahabarim expresaba la voluntad de los dioses se enraizó en su conciencia. Una mañana se despertó decidida y le preguntó qué haría falta para que Matho devolviese el velo.

—¡Reclamarlo! —dijo Schahabarim.

—¿Y si rehúsa? —preguntó.

El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que no le había visto nunca.

—Sí, ¿cómo? —repitió Salambó.

Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las bandas que caían de su tiara sobre los hombros, con la vista baja, inmóvil. Al fin, viendo que ella no comprendía, dijo:

—Estarás a solas con él.

—¿Qué más? —dijo.

—Sola en su tienda.

—¿Y entonces?

Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.

—Si has de morir, será más tarde —dijo—. ¡Más tarde! ¡No temas nada! ¡Y haga lo que haga, no llames, no te asustes! ¡Sé humilde!, ¿oyes? ¡Y sométete a su deseo, que es la orden del cielo!

—Pero ¿y el velo?

—Los dioses te inspirarán —respondió Schahabarim.

Ella añadió:

—¡Si tú me acompañases, padre!

—¡No!

La hizo ponerse de rodillas, y manteniendo en alto la mano izquierda y la derecha extendida, juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con imprecaciones terribles se consagraba a los dioses, y cada vez que Schahabarim pronunciaba un nombre, ella lo repetía desfallecida.

Le indicó todas las purificaciones, los ayunos que debía hacer y cómo llegar hasta Matho. Además, un hombre que conocía bien los caminos la acompañaría.

Se sintió como liberada. No pensaba más que en la dicha de volver a ver el zaimph, y ahora bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones.

Era la época en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, a la montaña de Eryx, alrededor del templo de Venus. Antes de su partida, durante varios días, se buscaban, se llamaban para reunirse; al fin, emprendieron el vuelo una tarde; el viento las impulsaba, y aquella gran nube blanca se deslizaba en el cielo, muy alta, por encima del mar.

Un color de sangre teñía el horizonte. Las palomas parecían descender a las olas, poco a poco; luego desaparecieron como engullidas y cayendo por sí mismas en la boca del sol. Salambó, que estaba contemplando cómo se alejaban, bajó la cabeza, y Taanach, creyendo adivinar su pena, le dijo entonces con dulzura:

—Ya volverán, ama.

—¡Sí, ya lo sé!

—Y volverás a verlas.

—¡Quién sabe! —contestó Salambó, suspirando.

No había confiado a nadie su resolución; para llevarla a cabo más discretamente, envió a Taanach al arrabal de Kinisdo —en vez de pedirlo a los intendentes— a que comprara todas las cosas que le hacían falta: bermellón, plantas aromáticas, un cinturón de lino y vestidos nuevos. La vieja esclava se asombraba de aquellos preparativos, sin atreverse, sin embargo, a hacerle la menor pregunta; y llegó el día, fijado por Schahabarim, en que Salambó debía partir.

Hacia las doce de la noche vio en el fondo de los sicómoros a un viejo ciego, con una mano apoyada en el hombro de un niño que caminaba delante de él, y en la otra llevaba, sosteniéndola contra su cadera, una especie de cítara de madera negra. Los eunucos, los esclavos y las mujeres habían sido cuidadosamente apartados; nadie podía saber el misterio que se preparaba.

Taanach encendió en los rincones del aposento cuatro trípodes llenos de strobus[111] y de cardamomo[112]; luego desplegó grandes tapices babilónicos y los tendió sobre cuerdas, alrededor de la habitación, pues Salambó no quería ni ser vista por las paredes. El tañedor de kinnor[113] estaba sentado en cuclillas detrás de la puerta, y el muchacho, de pie, aplicaba sus labios a una flauta de caña. A lo lejos, el rumor de las calles se desvanecía, sombras violáceas se alargaban por delante del peristilo de los templos y, del otro lado del golfo, las montañas, los olivares y los difusos campos amarillentos ondulaban indefinidamente, se confundían en un vapor azulado; no se oía el menor ruido, una quietud indefinible flotaba en el aire.

Salambó se agachó sobre la grada de ónice, al borde del estanque, levantó sus anchas mangas que se sujetó por detrás de los hombros y comenzó sus abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.

Al fin, Taanach le trajo, en una redoma de alabastro, algo líquido y coagulado; era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles, en una noche de invierno, en las ruinas de un sepulcro. Con ella se frotó las orejas, los talones, el pulgar de la mano derecha y también su uña quedó un poco enrojecida, como si hubiese aplastado una fruta.

Salió la luna; entonces la cítara y la flauta empezaron a sonar al unísono.

Salambó se quitó sus pendientes, su collar, sus brazaletes y su larga túnica blanca; desanudó la venda de sus cabellos y durante unos minutos los sacudió sobre sus hombros suavemente para refrescarse al esparcirlos. Afuera continuaba la música; eran tres notas, siempre las mismas, precipitadas, furiosas; las cuerdas rechinaban, la flauta roncaba; Taanach marcaba el ritmo dando palmadas con las manos; Salambó, balanceando todo su cuerpo, salmodiaba plegarias, y sus vestiduras, unas tras otras, iban cayendo a su alrededor.

La pesada tapicería se agitó y por encima de la cuerda que la soportaba apareció la cabeza de la pitón. Bajó lentamente como una gota de agua que se desliza a lo largo de una pared, se arrastró entre las ropas esparcidas y luego, con la cola pegada al suelo, se irguió cuan larga era y sus ojos, más brillantes que carbunclos, se clavaban como dardos en Salambó.

El miedo al frío o el pudor tal vez la hicieron vacilar al principio. Pero se acordó de las órdenes de Schahabarim y se adelantó; la pitón se dobló y, poniendo sobre la nuca la mitad de su cuerpo, dejaba pender su cabeza y su cola como un collar roto cuyos dos extremos llegaban hasta el suelo. Salambó se la enroscó en torno a su cintura, bajo sus brazos, entre sus rodillas; luego, cogiéndola por la mandíbula, aproximó su pequeña boca triangular hasta la punta de sus dientes y, entornando los ojos, se cimbreó a la luz de la luna. La blanca luz parecía envolverla en una niebla de plata; la huella de sus pasos húmedos brillaba en las losas; las estrellas palpitaban en la profundidad del agua y la serpiente apretaba contra ella sus negros anillos atigrados de placas de oro. Salambó jadeaba bajo aquel peso excesivo, se doblaba, se sentía morir y con la punta de la cola se golpeaba suavemente en el muslo; luego, al cesar la música, la serpiente cayó al suelo.

Taanach volvió junto a ella, y cuando hubo dispuesto dos candelabros, cuyas luces ardían en unas bolas de cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de sus manos, pasó el bermellón por sus mejillas, el antimonio por el borde de sus párpados y alargó sus cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y patas de moscas aplastadas.

Salambó, sentada en una silla con respaldo de marfil, se entregaba a los cuidados de la esclava. Pero los toques, el olor de los perfumes y los ayunos que se había impuesto la enervaban. Se puso tan pálida que Taanach cesó en sus tareas.

—¡Continúa! —dijo Salambó, y enfadándose consigo misma, se reanimó de repente. Entonces se apoderó de ella la impaciencia y urgía a Taanach a que se apresurara, y la vieja esclava refunfuñaba.

—¡Bien, bien, ama…! ¡Si no te espera nadie!

—¡Sí! —replicó Salambó—. Me espera alguien.

Taanach retrocedió sorprendida, y a fin de saber de qué se trataba, dijo:

—¿Qué me ordenas, ama? Pues si debes partir por mucho tiempo… Pero Salambó sollozaba; la esclava exclamó:

—¡Tú sufres! ¿Qué es lo que tienes? ¡No te vayas! ¡Llévame contigo! Cuando tú eras niña y llorabas te ponía sobre mi corazón y te hacía reír acariciándote con los pezones de mis pechos. ¡Tú los agotaste, ama! —y se golpeaba su pecho seco—. ¡Ahora soy vieja, ya no puedo hacer nada por ti! ¡Ya no me quieres! ¡Me ocultas tus sufrimientos y desdeñas a tu nodriza! —y la ternura y el despecho hacían correr las lágrimas por sus mejillas, cortadas por los tatuajes.

—¡No! —dijo Salambó—. ¡No, yo te quiero! Tranquilízate.

Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un viejo mono, continuó su tarea. Según las recomendaciones de Schahabarim, Salambó le había encargado que la vistiera con toda magnificencia, y la esclava la arreglaba al gusto bárbaro, a un tiempo exquisito y lleno de ingenuidad.

Encima de una primera túnica, vaporosa y de color vino, le puso otra, bordada de plumas de pájaro. Dos conchas de oro se pegaban a sus caderas, y del ancho cinturón descendían los pliegues de sus calzones azules con estrellas de plata. Enseguida Taanach le puso un amplio vestido, hecho con tela del país de Seres[114], blanca y abigarrada a rayas verdes. Sujetó a sus hombros un chal cuadrado de púrpura, atirantado en su borde inferior con granos de sandastrum[115], y sobre todas estas vestiduras colocó un manto negro cuya cola le arrastraba, después la contempló y, orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:

—¡No estarás más hermosa el día de tus bodas!

—¿Mis bodas? —repitió Salambó y se quedó pensativa, con el codo apoyado en la silla de marfil.

Pero Taanach puso ante ella un espejo de cobre, tan ancho y tan alto, que Salambó se vio en él de cuerpo entero. Entonces se levantó y, con un suave toque de su dedo, arregló un bucle de sus cabellos que caía demasiado bajo.

Tenía la cabellera cubierta de polvo de oro, rizada sobre la frente, y por detrás le caía por la espalda en largas trenzas adornadas de perlas. Las luces de los candelabros avivaban el colorete de sus mejillas, el oro de sus vestidos, la blancura de su piel; llevaba alrededor del talle, en los brazos, en las manos y en los dedos de los pies tanta abundancia de piedras preciosas que el espejo, como un sol, le devolvía sus rayos, y Salambó, de pie al lado de Taanach, se ladeaba para verla, sonreía entre aquella luz deslumbradora.

Luego se paseó de un lado para otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo que le quedaba.

De pronto resonó el canto de un gallo. Prendió vivamente a sus cabellos un largo velo amarillo, se echó alrededor del cuello un chal, se calzó sus pies con unos botines de cuero azul, y le dijo a Taanach:

—Mira a ver si bajo los mirtos hay un hombre con dos caballos.

Apenas estaba de vuelta Taanach, cuando ya bajaba por la escalinata de las galeras.

—¡Ama! —gritó la nodriza.

Salambó se volvió con un dedo en la boca, en señal de discreción y de que no se moviese.

Taanach se deslizó subrepticiamente a lo largo de las proas hasta el pie de la terraza y de lejos, a la claridad de la luna, divisó, en la avenida de los cipreses, una sombra gigantesca que caminaba a la izquierda de Salambó, en sentido oblicuo, lo que era un presagio de muerte.

Taanach volvió a subir a la habitación. Se arrojó al suelo, arañándose el rostro con las uñas; se mesaba los cabellos y, a pleno pulmón, lanzaba agudos alaridos.

Se dio cuenta de que podían oírlos; entonces se calló. Y sollozaba bajito, con la cabeza entre las manos y la cara sobre las baldosas[116].