VII. Amílcar Barca

El anunciador de las lunas, que velaba todas las noches desde lo alto del templo de Eschmún, para señalar con su trompeta las agitaciones del astro, vio una mañana, del lado de occidente, algo parecido a un pájaro rozando con sus grandes alas la superficie del mar.

Era un navío con tres filas de remos; llevaba en la proa un caballo esculpido. Salía el sol; el anunciador de las lunas puso la mano delante de los ojos; luego, empuñando con sus dos manos el clarín, dio un trompetazo en dirección a Cartago.

De todas las casas salió la gente; no se daba crédito a las palabras, se disputaba y el pueblo se había agrupado en el muelle. Por fin, reconocieron el trirreme de Amílcar.

Avanzaba orgullosa y bravía, con la antena recta, la vela hinchada a lo largo del mástil, hendiendo la espuma a su alrededor; sus gigantescos remos se hundían en el agua con rítmica cadencia; a intervalos, aparecía la extremidad de su quilla, hecha con reja de arado, y bajo el espolón en que terminaba su proa, el caballo de cabeza de marfil, encabritándose sobre sus dos patas, parecía correr por la llanura del mar.

Al doblar el promontorio, como había cesado el viento, cayó la vela y junto al piloto se vio un hombre de pie, con la cabeza descubierta. ¡Era él, el sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de la cintura láminas de hierro relucientes; un manto rojo pendía de sus hombros, dejando ver sus brazos; dos perlas muy largas colgaban de sus orejas y le caía sobre el pecho su barba negra y poblada.

La galera, empujada por las olas, iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la muchedumbre la seguía a lo largo de la escollera, gritando:

—¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Libértanos! ¡La culpa es de los ricos! ¡Quieren matarte! ¡Ten cuidado, Barca!

Él no contestaba, como si el clamor de los océanos y de las batallas lo hubiese ensordecido por completo. Pero cuando estuvo al pie de la escalinata que descendía de la Acrópolis, Amílcar alzó la cabeza y, cruzando los brazos, miró al templo de Eschmún. Su mirada se perdió en el inmenso cielo azul; con voz áspera dio una orden a sus marineros; el trirreme viró, rozó el ídolo que se erguía en la esquina del muelle para contener las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, de trozos de madera y de cáscaras de frutas rechazaba, chocando con ellos, a los demás navíos amarrados a estacas que terminaban en forma de mandíbulas de cocodrilo. El pueblo acudía allí y algunos se echaron a nado. La galera estaba ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó la puerta y el trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.

El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad; cuando llegaban embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Aquella gran extensión de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los que se habían construido dársenas para refugio de los navíos. Delante de cada una de ellas se alzaban dos grandes columnas que tenían sendos cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En el centro, en una isla, se levantaba una casa para el sufeta del mar.

El agua era tan límpida que se veía el fondo pavimentado con guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí, y Amílcar, al pasar, reconocía los trirremes que había mandado en otro tiempo.

Ya no quedaban más que unos veinte tal vez, varados, inclinados o derechos sobre la quilla, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertos de dorados y símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; los dioses pataicos, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y todos medio despuntados, inertes, podridos pero llenos de historia y exhalando aún la fragancia de sus viajes, como soldados mutilados que volvían a ver a su jefe, parecían decirle: «¡Somos nosotros! ¡Somos nosotros! ¡Tú también eres un vencido!».

Nadie, excepto el sufeta del mar, podía entrar en la casa del almirante. En tanto que no se tenía la prueba de su muerte, se consideraba siempre que estaba vivo. Los ancianos evitaban por este medio tener un jefe más, y no habían dejado de cumplir esta costumbre respecto a Amílcar.

El sufeta avanzó por las salas desiertas. A cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos que, sin embargo, lo asombraban, e incluso en el vestíbulo había aún, en un pebetero, la ceniza de los perfumes quemados a su partida para conjurar a Melkart. ¡No era así como esperaba volver! Todo lo que había hecho, todo lo que había visto se arremolinaba en su memoria: los asaltos, los incendios, las legiones, las tempestades, Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la meseta de Eryx, cinco años de batallas, hasta el día funesto en que, al deponer las armas, se había perdido Sicilia. Luego recordaba los limoneros, los pastores apacentando sus cabras en las montañas grises, y su corazón palpitaba al imaginar otro Cartago establecido en otra costa. Sus proyectos y sus recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del barco; le abrumaba la angustia y considerándose débil de pronto sintió la necesidad de acercarse a los dioses.

Entonces subió al último piso de su casa y, después de sacar de una concha de oro, suspendida en su brazo, una espátula adornada con clavos, abrió la puerta de una salita oval.

Finas redondelas negras, incrustadas en la pared y transparentes como el vidrio, la iluminaban suavemente. Entre las hileras de aquellos discos iguales se veían unos agujeros, parecidos a los de las urnas de los columbarios. Cada uno de ellos contenía una piedra redonda, oscura, que parecía muy pesada. Sólo las personas de espíritu superior honraban aquellos abaddirs caídos de la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas terrestres. Una atmósfera sofocante llenaba aquel místico lugar. Arena del mar que, sin duda, el viento había impulsado a través de la puerta, blanqueaba un poco las piedras redondas de los nichos. Amílcar, con la punta de su dedo, las contó una a una, luego se tapó la cara con un velo color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los brazos extendidos.

La luz del día penetraba a través de las hojas de vidrio negro. Arborescencias, montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en su diáfano espesor, y la luz llegaba, terrible y pacífica sin embargo, como debe ser por detrás del sol, en los lúgubres espacios de las creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin de comprender mejor el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de la vitalidad de los planetas se infiltraba en él, en tanto que sentía por la muerte y por todos los azares el desdén más profundo y más íntimo. Cuando se levantó, le embargaba una serena intrepidez, invulnerable a la misericordia, al temor, y como aquella atmósfera le oprimía el pecho subió a la torre que dominaba Cartago.

La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva con sus cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmerales, acá y allá, sus bolas de vidrio que destellaban como incendios y las murallas formaban como la gigantesca orla de aquel cuerno de la abundancia que se derramaba hacia él. Veía abajo los puertos, las plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres muy pequeños, casi a ras del suelo. ¡Ah, si Hannón no hubiese llegado demasiado tarde en la mañana de las islas Égates! Su mirada se abismó en el confín del horizonte y tendió, en la dirección en que se encontraba Roma, sus brazos temblorosos.

La multitud ocupaba las gradas de la acrópolis. En la plaza de Kamón había empujones para ver salir al sufeta; las terrazas se llenaban poco a poco de gente. Algunos lo reconocieron, lo saludaban, y él se retiró para excitar más la impaciencia del pueblo.

Amílcar encontró abajo, en la sala, a los hombres más importantes de su partido: Istatten, Subeldia, Hictamón, Yeubas y los demás. Le contaron todo lo que había pasado desde que se firmó la paz: la avaricia de los ancianos, la partida de los soldados, su regreso, sus exigencias, la captura de Giscón, el robo del zaimph, Útica socorrida y luego abandonada, pero ninguno se atrevió a hablarle de los asuntos que le concernían. Por fin se separaron para verse de nuevo durante la noche en la asamblea de los ancianos, en el templo de Moloch.

Apenas acababan de salir cuando un tumulto fuera estalló junto a la puerta. Contra la voluntad de los sirvientes alguien quería entrar; como el ruido aumentase, Amílcar ordenó que dejaran pasar al desconocido.

Se vio aparecer una vieja negra, encorvada, llena de arrugas, temblorosa, de semblante estúpido y envuelta hasta los talones en amplios velos azules. Se adelantó hacia el sufeta y los dos se quedaron mirándose un buen rato; de pronto, Amílcar se estremeció y a una orden suya los esclavos se fueron. Entonces, haciéndole señas de que anduviera con precaución, la condujo del brazo a una habitación apartada.

La vieja se arrojó al suelo para besarle los pies; él la levantó brutalmente.

—¿Dónde lo has dejado, Iddíbal?

—Allá abajo, amo.

Se desembarazó de sus velos, se frotó el rostro con su manga; el color negro, el temblor senil y su encorvamiento desaparecieron. Era un anciano robusto, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el mar. Un mechón de cabellos blancos se erguía sobre su cráneo, como el penacho de un pájaro, y con mirada irónica señalaba al disfraz tirado por el suelo.

—¡Has hecho muy bien, Iddíbal, muy bien! —y luego como atravesándolo con su mirada aguda—: ¿Nadie sospecha aún?…

El viejo le juró por los cabiros que el secreto estaba bien guardado. No abandonaban su cabaña, a tres días de Adrumeto, en una ribera poblada de tortugas, con palmeras en las dunas.

—Y conforme a tu mandato, señor, le enseño a lanzar dardos y a guiar cuadrigas.

—Es fuerte, ¿verdad?

—Sí amo, ¡y también intrépido! No tiene miedo de las serpientes, ni de los truenos, ni de los fantasmas. Corre con los pies descalzos, como un pastor, por el borde de los precipicios.

—¡Cuéntame, cuéntame!

—Inventa trampas para las fieras. La otra luna, ¿lo creerás?, sorprendió a un águila; ésta lo arrastraba, y la sangre del ave y la sangre del niño se esparcían en el aire en grandes gotas, como rosas impulsadas por el viento. El animal, furioso, le envolvía con su batir de alas; él la estrechaba contra su pecho y a medida que el ave agonizaba sus risas aumentaban, sonoras y orgullosas como choques de espadas.

Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.

Pero desde hace algún tiempo anda muy inquieto. Contempla a lo lejos las velas que pasan por el mar, está triste, rehúsa la comida, se informa acerca de los dioses y quiere conocer Cartago.

—¡No, no! ¡Todavía no! —exclamó el sufeta.

El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y añadió:

—¿Cómo contenerlo? Tengo que prometerle alguna cosa; he venido a Cartago sólo para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.

Luego contó que al ver al sufeta en la terraza se había hecho pasar por una de las mujeres de Salambó para que los guardas del puerto lo dejasen entrar.

Amílcar quedó largo rato pensativo, como absorto en sus pensamientos. Al fin, dijo:

—Mañana te presentarás en Megara, a la puesta del sol, por detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito del chacal. Si no me vieras, volverás a Cartago el primer día de cada luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídate! Ahora ya puedes hablarle de Amílcar.

El esclavo volvió a ponerse su disfraz y salieron juntos de la casa y del puerto.

Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, pues las reuniones de los ancianos, en circunstancias extraordinarias, eran siempre secretas y a ellas se iba de manera misteriosa.

Primero fue a lo largo de la fachada oriental de la acrópolis, pasó enseguida por el mercado de las hierbas, las galerías de Kinisdo y por el arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más anchas se quedaban silenciosas; luego unas sombras se deslizaron en las tinieblas. Le seguían, aparecieron otras y todas se dirigían como él hacia el lado de los Mappales.

El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas que subían indefinidamente, como las paredes de un sepulcro monstruoso. La noche era sombría; una niebla gris parecía pesar sobre el mar, que batía el acantilado con un rumor de estertores y sollozos; las sombras se desvanecieron poco a poco como si hubiesen pasado a través de los muros.

Pero apenas se franqueaba la puerta se entraba en un vasto patio cuadrangular, rodeado de arcadas. En medio se levantaba una masa arquitectónica octogonal. La cubrían varias cúpulas que se apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie de rotonda, de donde emergía un cono de vértice curvado rematado por una bola.

Ardían unos fuegos en cilindros de filigrana, adheridos a unos largos varales llevados por hombres. Estos resplandores oscilaban bajo las ráfagas de viento y enrojecían los peines de oro que sujetaban en la nuca sus cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros para recibir a los ancianos.

Sobre las losas, de trecho en trecho, estaban sentados, como esfinges, enormes leones, símbolos vivientes del sol devorador. Dormitaban con los párpados entreabiertos. Pero despiertos por el ruido de pasos y de voces se levantaban pausadamente, se acercaban a los ancianos, a quienes reconocían por sus trajes; se frotaban contra sus piernas, enarcando el lomo con sonoros bostezos, cuyos hálitos velaban la luz de las antorchas. La agitación se incrementó, se cerraron las puertas, todos los sacerdotes se esfumaron y los ancianos desaparecieron bajo las columnas que formaban alrededor del templo un vestíbulo profundo.

Estaban dispuestas de tal manera que reproducían en sus circunferencias concéntricas el periodo saturniano que contiene los años, los años con los meses, los meses con los días, topándose al fin contra la muralla del santuario.

Allí era donde los ancianos dejaban sus bastones de cuerno de narval, pues una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos de ellos llevaban en el borde de sus mantos una rasgadura, orlada por una franja de púrpura, para demostrar así que al llorar la muerte de sus deudos no se habían cuidado de sus vestiduras, y estas demostraciones de aflicción impedían que el rasgón fuese más grande. Otros llevaban su barba encerrada en un saquito de piel violeta, sujeto a las orejas por medio de dos cordones. Todos se saludaron abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar, lo felicitaban; parecían hermanos que volvieran a ver a un hermano.

Aquellos hombres eran, por lo general, ventrudos, de nariz aguileña como la de los colosos asirios, si bien algunos, por sus pómulos más salientes, su estatura más alta y sus pies más estrechos, recelaban un origen africano, de ascendiente nómada. Los que vivían continuamente detrás de los mostradores de sus tiendas tenían la cara pálida; otros conservaban en sus facciones algo de la severidad del desierto, y joyas raras brillaban en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Se distinguía a los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los labradores olían a lagar, a hierba seca y a sudor de mulo. Estos antiguos piratas hacían labrar los campos; estos amasadores de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas alimentaban esclavos diestros en oficios útiles. Todos eran sabios en disciplinas religiosas, expertos en estrategia, implacables y ricos. Tenían el aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos enardecidos miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del comercio y del mando, le daba a toda su persona un aspecto de astucia y de violencia, una especie de brutalidad discretamente contenida. Además, la influencia del dios los ensombrecía.

Pasaron primero por una sala abovedada, que tenía la forma de un huevo. Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, dibujaban en el muro otros tantos cuadrados de color diferente. Después de atravesar por una gran cámara entraron en otra sala parecida.

Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba al fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba, en un cáliz de diamantes, una mecha de byssus. Estaba colocado en el último peldaño de una grada que conducía a un gran altar, cuyos ángulos se remataban por cuernos de bronce. Dos escaleras laterales llevaban a su cima aplanada; no se veían las piedras; era como una montaña de cenizas acumuladas, y algo indeciso humeaba lentamente encima. Más allá, por encima del candelabro y mucho más arriba del altar, se erguía el Moloch, totalmente de hierro, con su pecho de hombre, horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban sobre la pared, sus manos alargadas descendían hasta el suelo, tres piedras negras rodeadas de un círculo amarillo figuraban tres pupilas en su frente y, como si quisiera mugir, levantaba en un poderoso esfuerzo su cabeza de toro.

En torno de la estancia había alineados escabeles de ébano. Detrás de cada uno de ellos un pie de bronce que descansaba sobre tres garras sostenía una antorcha. Todas aquellas luminarias se reflejaban en los rombos de nácar que pavimentaban la sala. Era tan alta que el color rojo de las paredes, al llegar cerca de la bóveda, parecía negro, y los tres ojos del ídolo fulguraban en lo alto como estrellas medio perdidas en la noche.

Los ancianos se sentaron en los escabeles de ébano, poniendo sobre su cabeza la cola de sus túnicas. Permanecían inmóviles, con las manos cruzadas dentro de sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río luminoso que, fluyendo desde el altar hacia la puerta, se deslizaba bajo sus pies descalzos.

Los cuatro pontífices estaban en el centro, dándose la espalda, en cuatro sitiales de marfil que formaban cruz: el gran sacerdote de Eschmún, con túnica color jacinto; el gran sacerdote de Tanit, con túnica de lino blanco; el gran sacerdote de Kamón, con túnica de lana de color leonado, y el gran sacerdote de Moloch, con túnica de púrpura.

Amílcar se adelantó hacia el candelabro. Dio una vuelta en torno a él observando las mechas que ardían y luego echó sobre ellas un polvo perfumado; unas llamas violáceas surgieron en el extremo de los brazos.

Entonces se oyó una voz aguda, a la que respondió otra, y los cien ancianos, los cuatro pontífices y Amílcar, de pie, entonaron a la vez un himno y, repitiendo siempre las mismas sílabas y reforzando los tonos, sus voces subían, severas y terribles, resonando como un estallido; luego, de repente, se callaron.

Aguardaron unos momentos. Al fin, Amílcar sacó de su pecho una estatuilla con tres cabezas, azul como el zafiro, y la colocó delante de él. Era la imagen de la verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió a meter en su pecho y todos, como poseídos por una ira súbita, exclamaron:

—¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! Vuelves para vernos morir, ¿no es eso? ¡Dejadlo hablar! —y otros—: ¡No! ¡No!

Así se vengaban de la limitación a que el ceremonial político los había obligado, y si bien deseaban el regreso de Amílcar, se indignaban ahora de que no hubiese previsto sus desastres o más bien de que no los hubiese sufrido con ellos.

Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.

—Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.

—¡Qué os importa! —respondió desdeñosamente el sufeta.

Los gritos se redoblaron.

—¿De qué me acusáis? ¿Acaso dirigí mal la guerra? Vosotros habéis visto el plan de mis batallas, vosotros que dejáis tranquilamente a unos bárbaros…

—¡Basta! ¡Basta!

Y siguió, bajando la voz para que lo escucharan con más atención:

—¡Oh, es verdad! ¡Estoy equivocado, lumbreras de los Baals! ¡También hay valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate! —y paseando por la grada del altar, con los párpados entornados como si buscara a alguien, repitió—: ¡Levántate, Giscón! Tú puedes acusarme y éstos te defenderán. ¿Pero dónde estás?

—Luego, como sorprendiéndose—: ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, mandando a sus esclavos, feliz, y contando en la pared los collares de honor que la patria le ha concedido!

Los ancianos se agitaban, encogiéndose de hombros como flagelados por azotes.

—¡Ni siquiera sabéis si está vivo o está muerto!

Y sin cuidarse de sus clamores les decía que al abandonar al sufeta habían abandonado a la república. Del mismo modo, la paz romana, por ventajosa que les pareciese, era más funesta que veinte batallas. Algunos aplaudieron, los menos ricos del consejo, sospechosos de inclinarse hacia el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de las syssitas y administradores, lo vencían por su número; los más importantes se habían colocado junto a Hannón, quien se hallaba sentado al otro extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por una tapicería de color jacinto.

Se había pintado con colorete las úlceras de su cara. Pero el polvo de oro de sus cabellos le había caído sobre los hombros, formando dos placas brillantes que parecían blanquecinas, finas y crespas como vellones. Paños empapados en perfume oleoso que goteaba sobre las losas envolvían sus manos, y sin duda su enfermedad se había agravado considerablemente, pues sus ojos desaparecían bajo los pliegues de sus párpados. Para ver tenía que echar la cabeza hacia atrás. Sus partidarios lo obligaron a hablar. Al fin, con voz ronca y desagradable, dijo:

—¡Menos arrogancia, Barca! ¡Todos hemos sido vencidos! ¡Cada cual soporta su desgracia! ¡Resígnate!

—Dinos más bien —respondió sonriendo Amílcar— cómo dirigiste tus galeras contra la flota romana.

—Fui arrastrado por el viento —respondió Hannón.

—Haces como el rinoceronte que patea en sus excrementos. ¡Estás poniendo de manifiesto tu necedad! ¡Cállate! —y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Égates.

Hannón lo acusaba de no haber acudido en su auxilio.

—¡Pero eso hubiera sido desguarnecer a Eryx! Tenías que haber salido a alta mar. ¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! ¡Todos los elefantes tienen miedo al mar!

Los adictos de Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes carcajadas, que retumbaban en la bóveda como si hubiesen sonado tímpanos.

Hannón denunció la indignidad de semejante ultraje; su enfermedad le había sobrevenido a causa de un enfriamiento en el sitio de Hecatómpila, y el llanto corría por su rostro carcomido como lluvia de invierno sobre una muralla ruinosa.

Amílcar añadió:

—¡Si me hubierais querido tanto como a aquél, reinaría ahora la alegría en Cartago! ¡Cuántas veces apelé a vosotros! ¡Pero siempre me rehusasteis el dinero!

—¡Nos hacía falta! —contestaron los jefes de las syssitas.

—¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, hemos bebido los orines de las mulas y hemos comido las correas de nuestras sandalias; cuando yo hubiese deseado que las briznas de hierba se convirtieran en soldados y formar batallones con la podredumbre de nuestros muertos, me retirasteis las galeras que me quedaban!

—¡No podíamos arriesgarlo todo! —respondió Baat-Baal, dueño de minas de oro en la Getulia-Daritiana.

—¿Y qué hacíais mientras tanto aquí, en Cartago, metidos en vuestras casas, al amparo de las murallas? Hay galos en el Erídano[65] a los que era preciso rechazar; cananeos en Cirene, que hubiesen venido, y mientras los romanos enviaban embajadores a Ptolomeo…

—¡Ahora nos elogia a los romanos! —alguien le gritó—: ¿Cuánto te han pagado por defenderlos?

—¡Preguntádselo a las llanuras del Brutium, a las ruinas de Locres, de Metaponto y de Heracles! ¡He incendiado todos sus bosques, he saqueado todos sus templos y he matado hasta los nietos de sus nietos…!

—¡Declamas como un retórico! —dijo Kapuras, un mercader muy ilustre—. ¿Qué es lo que quieres?

—¡Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible! ¡Si el África entera sacude vuestro yugo, es que sois unos jefes débiles y no sabéis uncirlo a su cerviz! Agatocles, Regulus, Coepio[66], cualquiera de estos hombres audaces no tienen más que desembarcar para conquistarla, y cuando los libios que están al oriente se entiendan con los númidas que están al occidente y vengan los nómadas por el sur y los romanos por el norte… —Se oyó un grito de horror—: ¡Entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y desgarraréis vuestras vestiduras! ¡De poco os servirá! Habrá que volver a hacer girar la rueda en la Suburra y a vendimiar en las colinas del Latium.

Sus adversarios se golpeaban el muslo derecho para patentizar su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba de pie en el último peldaño del altar, tembloroso y terrible; levantaba los brazos, y los rayos del candelabro que ardía detrás de él pasaban entre sus dedos como dardos de oro.

—¡Perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, vuestros lechos colgantes y las esclavas que os limpian los pies! Los chacales dormirán en vuestros palacios y el arado volteará vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Caerás, Cartago!

Los cuatro pontífices extendieron sus manos para apartar el anatema. Todos se habían levantado. Pero el sufeta del mar, magistrado sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no fuera juzgado por la asamblea de los ricos. El altar infundía espanto, y retrocedieron.

Amílcar ya no hablaba. Con la mirada fija y el semblante más pálido que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y perdido en lúgubres visiones. Desde la altura en que estaba, todas las antorchas que brillaban en los pies de bronce le parecían una gran corona de hogueras que ardía a ras de las losas; negras humaredas subían por las tinieblas de la bóveda, y fue tan profundo el silencio durante unos minutos, que se oía a lo lejos el murmullo del mar.

Después, los ancianos se pusieron a deliberar. Sus intereses, sus vidas, estaban amenazadas por los bárbaros. Pero no se les podía vencer sin el auxilio del sufeta y, debido a esto, no obstante su orgullo, olvidaron todas las demás consideraciones. Llamaron aparte a sus amigos. Hubo reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no quería formar parte de ningún gobierno. Todos lo conjuraron a cambiar de idea. Le suplicaban, y como de nuevo volvió a sonar la palabra «traición», montó en cólera. El único traidor era el gran consejo, pues expirando el alistamiento de los soldados con la guerra, eran libres una vez terminada ésta; exaltó incluso su valentía y todas las ventajas que se podría obtener de ellos interesándolos por la república con donaciones y privilegios.

Entonces Magdassan, antiguo gobernador de provincias, dijo, moviendo sus ojos amarillos:

—Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, o ¡no sé qué! ¡Aún hablas de recompensas para esos hombres! ¡Perezcan diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!

Los ancianos aprobaron con una inclinación de cabeza, murmurando:

—Sí, no hay que apurarse. ¡Mercenarios se encuentran siempre!

—Y se los despide cuando se quiere, ¿no es así? Se los abandona, como hicisteis en Cerdeña. Se avisa al enemigo el camino que han de tomar, como ocurrió con los galos en Sicilia, o bien se los desembarca en medio del mar. ¡A mi regreso, he visto la roca blanqueada con sus huesos!

—¡Qué desgracia! —dijo desvergonzadamente Kapuras.

—¿Acaso no se pasaron mil veces al enemigo? —exclamaron los demás. Amílcar gritó:

—¿Y por qué, a pesar de vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? Y cuando estaban en vuestra ciudad, pobres y numerosos como eran, en medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió siquiera dividirlos para debilitarlos? A continuación, los despedisteis con sus mujeres y sus hijos, a todos, sin quedaros con un solo rehén. ¿Creíais que se matarían para ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos? ¡Los odiáis porque son fuertes! ¡Y a mí me odiáis aún más porque soy su jefe! ¡Me he dado cuenta ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas!

Si los leones que dormían en el patio hubiesen entrado rugiendo, el clamor no hubiera sido más espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se levantó, y, con las rodillas juntas, los codos pegados al cuerpo, muy erguido y con las manos entreabiertas, dijo:

—¡Barca, Cartago necesita que tomes el mando general de las fuerzas púnicas contra los mercenarios!

—Lo rehúso —contestó Amílcar.

—¡Te daremos plenos poderes! —gritaron los jefes de las syssitas.

—¡No!

—Sin ninguna limitación ni copartícipes, con todo el dinero que pidas, todos los cautivos, todo el botín y cincuenta zerets de tierra por cada muerto del enemigo.

—¡No, no! ¡Porque con vosotros es imposible vencer!

—¡Tiene miedo!

—¡Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos, pusilánimes y locos!

—¡Los adula!

—Para ponerse al frente de ellos —dijo uno.

—Y volverse contra nosotros —dijo otro.

Desde el fondo de la sala, aulló Hannón:

—¡Quiere hacerse rey!

Entonces todos brincaron, derribando asientos y antorchas; el tropel se abalanzó hacia el altar; blandiendo puñales. Pero Amílcar, rebuscando en sus mangas, sacó dos grandes cuchillas y, medio encorvado, con el pie izquierdo echado hacia delante, los ojos llameantes y apretados los dientes, los desafió, inmóvil, bajo el candelabro de oro.

Resulta que, por precaución, todos habían llevado armas; aquello era un crimen; se miraron unos a otros, asustados. Como todos eran culpables, se tranquilizaron enseguida y, poco a poco, volviendo la espalda al sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por segunda vez retrocedían ante él. Durante unos momentos permanecieron de pie. Varios que se habían herido en los dedos se los llevaban a la boca o se los envolvían en la fimbria de su manto, y ya iban a marcharse cuando Amílcar oyó estas palabras:

—¡Bah! ¡Es una delicadeza suya para no afligir a su hija! Una voz más recia añadió:

—¡Sin duda, porque elige sus amantes entre los mercenarios!

Primero se tambaleó, luego buscó rápidamente con la vista a Schahabarim. Pero únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y Amílcar no vio de lejos más que su alto bonete. Todos se mofaban en su propia cara. A medida que aumentaba su angustia se redoblaba la alegría de ellos y, en medio de las rechiflas, los que estaban detrás gritaban:

—¡Lo han visto salir de su habitación!

—¡Una mañana del mes de tammuz[67]!

—¡Es el ladrón del zaimph!

—¡Un buen mozo!

—¡Más alto que tú!

Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad —su tiara de ocho rangos místicos, en cuyo centro llevaba una concha de esmeralda—, y con las dos manos, con todas sus fuerzas, la arrojó al suelo; los aretes de oro, al romperse, rebotaron, y las perlas resonaron sobre las losas. Vieron entonces en la blancura de su frente una larga cicatriz; se agitaba como una serpiente entre sus cejas; todos sus miembros temblaban. Subió por una de las escaleras laterales que conducían al altar y ¡anduvo por él! Era entregarse a los dioses, ofrecerse en holocausto. El movimiento de su manto agitaba las luces del candelabro más bajo que sus sandalias, y el polvo fino que levantaban sus pasos lo envolvía como una nube hasta la cintura. Se detuvo entre las piernas del coloso de bronce. Cogió en sus manos dos puñados de aquel polvo que sólo verlo hacía estremecer de horror a todos los cartagineses, y dijo:

—¡Por las cien antorchas de vuestras inteligencias! ¡Por los ocho fuegos de los cabiros, por las estrellas, por los meteoros y los volcanes! ¡Por todo lo que arde! ¡Por la sed del desierto y la salubridad del océano! ¡Por la caverna de Adrumeto y el imperio de las almas! ¡Por la exterminación, por la ceniza de vuestros hijos y la ceniza de los hermanos de vuestros abuelos, con quienes ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, los cien del consejo de Cartago, vosotros habéis mentido al acusar a mi hija! ¡Y yo, Amílcar Barca, sufeta del mar, jefe de los ricos y dominador del pueblo, ante Moloch de la cabeza de toro!, yo juro… —Esperaban algo espantoso, pero añadió en voz más alta y calmosa—: ¡Que ni siquiera le hablaré de esto!

Los servidores del templo, llevando peines de oro, entraron: unos, con esponjas de púrpura, y otros, con ramas de palmas. Levantaron la cortina de jacinto extendida delante de la puerta, y por la abertura de aquel ángulo, se vio al fondo de las otras salas el inmenso cielo sonrosado que parecía continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar completamente azul. El sol, surgiendo de entre las olas, salía. Dio de pronto en el pecho del coloso de bronce, dividido en siete compartimentos cerrados por rejillas. Sus fauces, de dientes rojos, se abrían en un horrible bostezo; sus enormes narices se dilataban, la luz del día lo animaba, le daba un aspecto terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para fundirse con el astro, el dios, y recorrer juntos las inmensidades.

Mientras tanto, las antorchas tiradas por el suelo seguían ardiendo, alargándose acá y allá sobre los rombos de nácar como manchadas de sangre. Los ancianos vacilaban, extenuados; aspiraban a pleno pulmón el aire fresco; a fuerza de haber gritado, casi no podían hablar. Pero su cólera contra el sufeta no se había calmado; a modo de despedida le lanzaban amenazas, y Amílcar les respondía.

—¡Hasta la noche, Barca, en el templo de Eschmún!

—¡Allí estaré!

—¡Haremos que te condenen los ricos!

—¡Y yo que os condene el pueblo!

—¡Ten cuidado no termines en la cruz!

—¡Y vosotros arrastrados por las calles!

En cuanto llegaron al umbral del patio, recobraron su actitud de perfecta calma.

* * *

Sus criados y cocheros los esperaban a la puerta. La mayor parte se fueron en mulas blancas. El sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; los dos animales, encorvando su cuello y golpeando cadenciosamente los guijarros que rebotaban, subieron a galope por toda la vía de los Mappales, y el buitre de plata, en el extremo de la pértiga del carro, parecía volar: tal era la velocidad con que pasaba.

El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, puntiagudos en la cumbre, como pirámides, que llevaban talladas en el centro una mano abierta, como si el muerto enterrado debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego cabañas hechas de barro, de ramas o de cañizos de juncos, todas de forma cónica. Tapias de guijarros, regateras de agua corriente, cuerdas de esparto o setos de nopales separaban irregularmente aquellas edificaciones, que se amontonaban cada vez más conforme se iba subiendo hacia los jardines del sufeta. Pero la mirada de Amílcar se dirigía hacia una gran torre cuyos tres pisos formaban tres cilindros monstruosos: el primero, construido de piedras; el segundo, de ladrillos, y el tercero, enteramente de cedro, que soportaba una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, de donde pendían, a modo de guirnaldas, cadenetas de bronce entrelazadas. Aquel alto edificio dominaba las construcciones que se extendían a la derecha, los almacenes y las casas de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres se alzaba en el fondo de los cipreses, alineados como dos murallas de bronce.

El carro entró rechinando por la estrecha puerta y fue a detenerse bajo un ancho cobertizo, donde unos caballos, trabados, comían montones de heno.

Acudieron todos los criados. Eran una multitud, pues los que trabajaban en el campo, por miedo a los mercenarios, se habían refugiado en Cartago. Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas remachadas en los tobillos; los obreros de las manufacturas de púrpura tenían los brazos rojos, como verdugos; los marinos llevaban gorros verdes; los pescadores, collares de coral; los cazadores, una red al hombro, y las gentes de Megara, túnicas blancas o negras, calzón de cuero, casquetes de paja, de fieltro o de tela, según su servicio o la industria que ejercían.

Atrás se apiñaba un populacho harapiento. Vivían sin empleo alguno, lejos de las casas, dormían por la noche en los jardines, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por previsión que por desdén. Todos, en señal de alegría, se habían puesto una flor en la oreja, aunque muchos de ellos jamás lo habían visto.

Pero unos hombres, con tocados como esfinges y armados de grandes bastones, se abalanzaron entre aquella turba, dando golpes a diestro y siniestro. Era para rechazar a los esclavos que sentían curiosidad por ver al amo, a fin de que éste no fuera atropellado por el número o molestado por el hedor que despedían.

Entonces todos se echaron de bruces en el suelo, gritando:

—¡Ojo de Baal, que florezca tu casa! —y entre aquellos hombres, así tendidos en la avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, tocado con una mitra blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.

Salambó descendía por la escalinata de las galeras. Todas sus mujeres venían tras ella, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras destacaban como grandes puntos oscuros en la línea de velos con placas de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas de plata, mariposas de esmeralda, o largos alfileres rematados con soles. Sobre la confusión de aquellas vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían las sortijas, los broches, los collares, las franjas y los brazaletes; se elevaba un suave rumor de telas ligeras; se oía el resonar de las sandalias junto con el ruido sordo de los pies desnudos que pisaban el entarimado; y, acá y allá, un eunuco gigantesco que sobresalía por encima de los hombros de aquellas mujeres sonreía muy complacido. Cuando se apaciguó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras con sus mangas, lanzaron un grito extraño, semejante al aullido de una loba, tan furioso y estridente, que la gran escalinata de ébano, llena de mujeres, parecía vibrar como una lira.

El viento agitaba sus velos y los delgados tallos de los papiros se mecían suavemente. Era el mes de schebaz[68], en pleno invierno. Los granados en flor se destacaban en el azul del cielo y a través de sus ramas el mar aparecía como una isla a lo lejos, medio perdida entre la bruma.

Amílcar se detuvo al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele muerto muchos hijos varones. Por otra parte, el nacimiento de las hijas se consideraba como una calamidad en las regiones del sol. Los dioses, más tarde, le enviaron un hijo, pero seguía conservando algo de la amargura de su esperanza fallida y como el eco de la maldición que había lanzado contra ella. Salambó, sin embargo, continuaba avanzando.

Perlas de variados colores pendían en largas sartas de sus orejas sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba peinada con rizos que simulaban una nube. Llevaba, alrededor del cuello, plaquitas de oro, de forma cuadrangular, que representaban una mujer entre dos leones empinados; y su vestido reproducía en un todo la vestimenta de la diosa. Su túnica de color jacinto, de amplias mangas, le ceñía el talle, ensanchándose por abajo. El bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, y el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Sus sandalias, hechas con plumas de pájaros, tenían los tacones muy altos, y toda ella, sin duda a causa del frío, estaba extraordinariamente pálida.

Al fin llegó junto a Amílcar y, sin mirarlo ni levantar la cabeza, le dijo:

—¡Salud, ojo de Baalim! ¡Gloria eterna, triunfo, dichas, satisfacción, riquezas! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa lúgubre. Pero el amo que vuelve es como Tammuz resucitado, y ante tu mirada, ¡oh padre!, la alegría de una vida nueva va a florecer por todas partes.

Y cogió de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo, en el que humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino.

—Bebe a placer —dijo— la bebida del regreso preparada por tu sierva.

Amílcar replicó:

—¡Bendita seas! —y cogió maquinalmente el vaso de oro que ella le tendía.

Sin embargo, la observaba con una atención tan fija que Salambó, turbada, balbució:

—¡Te han dicho, oh señor…!

—¡Sí, ya lo sé! —dijo Amílcar en voz baja.

¿Era esto una confesión o se refería a los bárbaros? Y añadió unas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba resolver solo.

—¡Padre —exclamó Salambó—, no podrás reparar lo que es irreparable!

Entonces Amílcar retrocedió, y Salambó extrañaba este asombro; pues ella no pensaba en Cartago, sino en el sacrilegio del que se creía cómplice. Aquel hombre, que hacía temblar a las legiones y a quien ella apenas conocía, la asustaba como un dios; lo había adivinado, lo sabía todo, algo terrible iba a suceder. Y exclamó:

—¡Perdón!

Amílcar bajó lentamente la cabeza.

Por más que ella quería culparse no se atrevía a abrir los labios; y sin embargo, ardía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Lo mantenía por orgullo o por el temor de concluir con su incertidumbre; y miraba a su hija de hito en hito para leer en el fondo de su corazón.

Poco a poco, jadeante, Salambó iba agachando la cabeza, intimidada por aquella mirada tan persistente. Amílcar estaba seguro ahora de que ella había caído entre los brazos de un bárbaro y, convulso, la amenazó con ambos puños. Ella lanzó un grito y cayó en brazos de las mujeres, que se agruparon a su alrededor.

Amílcar dio media vuelta. Todos los intendentes lo siguieron.

Se abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que conducían a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, con balaústres para sostener los cojines amontonados sobre tapices.

El sufeta paseó primero a grandes zancadas; respiraba ruidosamente, taconeaba recio en el suelo, se pasaba la mano por la frente como hostigado por las moscas. Pero se sacudió la cabeza, y al ver aquel cúmulo de riquezas se calmó; su pensamiento, atraído por las perspectivas de los corredores, se lanzó a las otras salas, llenas de tesoros más preciosos. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de hierro alternaban con los salmones de estaño traído de las Cassitérides por el mar Tenebroso[69]; las gomas del país de los negros rebosaban en sacos de corteza de palmera, y el polvo de oro, apilado en odres, escapaba insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, extraídos de plantas marinas, colgaban entre los linos de Egipto, de Grecia, de Taprobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban al pie de las paredes, y un olor indefinible flotaba en la atmósfera impregnada de las exhalaciones de los perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz, atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada corredor, unos colmillos de elefante, colocados verticalmente, reunidos por las puntas, formaban un arco por encima de la puerta.

Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes se mantuvieron con los brazos cruzados y la cabeza baja, en tanto que Abdalonim ostentaba orgullosamente su mitra puntiaguda.

Amílcar interrogó al jefe de las naves. Era un viejo piloto de párpados comidos por el viento y grandes guedejas blancas que le caían hasta la cintura, como si la espuma de las tempestades se hubiera detenido en su barba.

Le respondió que había enviado una flota por Gades y Thymiamata para intentar arribar a Eziongaber, doblando el Cuerno del Sur y el promontorio de los Aromas.

Otras habían navegado hacia el oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar tierra, pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, en el horizonte resonaba continuamente un ruido de cataratas, brumas de color de sangre oscurecían el sol, y una brisa muy cargada de aromas adormecía a las tripulaciones; ahora éstas no podían decir nada porque tenían la memoria turbada. Sin embargo, habían remontado los ríos de los escitas, penetraron en la Cólquida, entre los ingrianos[70] y entre los estienos[71], habían raptado en el archipiélago quinientas vírgenes y habían hundido todos los navíos extranjeros que navegaban más allá del cabo Oestrymon[72], para guardar el secreto de las rutas. El rey Ptolomeo acaparaba el incienso de Schesbar[73]; Siracusa, Elathia[74], Córcega y las demás islas no habían proporcionado nada, y el viejo piloto bajó la voz para anunciar que un trirreme había sido apresado en Rusicada[75] por los númidas, «pues están con ellos, amo».

Amílcar frunció el entrecejo; luego hizo señas de que hablara el jefe de los viajes; éste vestía una túnica parda, sin cinturón, y llevaba la cabeza envuelta en una larga faja de tela blanca que, pasándole junto a la boca, le caía por detrás sobre la espalda.

Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de invierno. Pero de mil quinientos que se dirigieron al extremo de Etiopía con excelentes camellos, odres nuevos y provisiones de telas pintadas, sólo uno volvió a Cartago; los restantes habían muerto de fatiga o enloquecidos por el terror del desierto; y decía que había visto, más allá del Harusch-Negro, junto a los Atarantos[76] y el país de los grandes monos, inmensos reinos en los que los más ínfimos utensilios eran de oro; un río de color de leche, tan ancho como el mar; bosques de árboles azules; colinas de plantas aromáticas; monstruos con cara humana que vegetaban sobre las rocas y cuyas pupilas, al mirar, se abrían como flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de cristal que sustentaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos reales, pimienta y tejidos desconocidos. En cuanto a los que fueron a comprar calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda habían perecido en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana habían suministrado sus acostumbrados ingresos; pero el jefe de los viajes no se atrevía, por ahora, a equipar otras.

Amílcar comprendió; los mercenarios ocupaban la campiña. Lanzando un sordo gemido se reclinó en el otro codo, y el jefe de las granjas tenía tanto miedo de hablar que temblaba horriblemente a pesar de sus robustos hombros y de sus grandes pupilas rojas. Su cara, roma como la de un dogo, llevaba encima una red de hilos de cortezas; ceñía un cinturón de piel de leopardo con todos sus pelos, en el que relucían dos formidables cuchillos.

En cuanto Amílcar lo miró se puso a invocar a gritos a todos los Baals. ¡No era culpa suya! ¡No había podido evitarlo! Él había observado las temperaturas, los terrenos, las estrellas, había sembrado en el solsticio de invierno, las podas de los árboles en luna menguante, había inspeccionado a los esclavos y economizado sus vestidos.

Pero Amílcar se irritaba con aquella locuacidad. Chasqueó la lengua, y el hombre de las cuchillas dijo atropelladamente:

—¡Amo, lo han saqueado todo! ¡Lo han destruido todo! ¡Tres mil pies de árboles han cortado en Maschala, y en Ubada han derribado los graneros y cegado las cisternas! De Tedes se llevaron mil quinientos gomors[77] de harina; en Marazzana, mataron a los pastores, se comieron los rebaños y quemaron tu casa, ¡tu hermosa casa de vigas de cedro, donde ibas a pasar los veranos! Los esclavos de Tuburbo, que segaban la cebada, huyeron a las montañas; y los asnos, las mulas, los bueyes de Taormina y los caballos orynges[78], ¡se los llevaron todos sin que quedara uno…! ¡Es una maldición! ¡Yo no sobreviviré a ella! —y añadía llorando—: ¡Si hubieses visto lo colmados que estaban los graneros y lo reluciente de las carretas! ¡Ay, los mejores carneros, los toros más hermosos…!

A Amílcar le ahogaba la cólera. Al fin, estalló en forma espantosa:

—¡Cállate! ¿Soy acaso un pobre? ¡No me mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último cab! Abdalonim, tráeme las cuentas de los navíos, las de las granjas y las de la casa. Y si vuestra conciencia está turbada, ¡ay de vosotros! ¡Fuera de aquí!

Todos los intendentes salieron, reculando y encorvándose hasta dar con las manos en el suelo.

Abdalonim fue a coger de una casilla que había en la pared unas cuerdas de nudos, bandas de tela o de papiro, omóplatos de cordero, llenos de finos caracteres. Los colocó a los pies de Amílcar, le puso en las manos un cuadro de madera provisto de tres hilos interiores en los que estaban atravesadas unas bolas de oro, de plata y de cuerno, y comenzó:

—Ciento noventa y dos casas en los Mappales, alquiladas a los cartagineses nuevos a razón de una beka[79] por luna.

—¡No, es demasiado! ¡Alivia a los pobres! Y escribirás los nombres de los que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a la república. ¿Qué más?

Abdalonim vacilaba, sorprendido por aquella generosidad. Amílcar le arrancó de las manos las bandas de tela.

—¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitah[80] por mes? ¡Ponlos a veinte! ¡No quiero que los ricos me devoren!

El intendente de los intendentes, después de hacer una profunda reverencia, continuó:

—Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkart, quinientos siclos, con la prenda de treinta esclavos. Pero doce han muerto en las marismas salinas.

—No serían muy fuertes —dijo riendo el sufeta—. No importa; si necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar, y a intereses diversos, según la riqueza de las personas.

Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido las minas de hierro de Armaba[81], las pescaderías de coral, las fábricas de púrpura, el arriendo del impuesto sobre los griegos domiciliados, la exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces más que el oro, las capturas de naves y la deducción del diezmo para el templo de la diosa.

—¡Siempre he declarado una cuarta de menos, amo!

Amílcar contaba con las bolas, que sonaban entre sus dedos.

—¡Basta! ¿Qué has pagado?

—A Stratonicles de Corinto y a tres mercaderes de Alejandría por las letras que ves aquí y que ya están reembolsadas, diez mil dracmas atenienses y doce talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, como se elevaba a veinte minas por mes y por trirreme…

—¡Ya lo sé! ¿Cuántos se han perdido?

—Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo —dijo el intendente—. En cuanto a los navíos fletados en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han repartido las pérdidas proporcionalmente entre los asociados. Por cordaje prestado y que no ha sido posible devolver a los arsenales, los syssitas han exigido ochocientos kesitah, antes de la expedición de Útica.

—¡Siempre ellos! —dijo Amílcar bajando la cabeza, y quedó un rato como abrumado por el peso de todos los odios que gravitaban sobre él—. Pero no veo los gastos de Megara…

Abdalonim, palideciendo, fue a buscar en otra casilla unas tablillas de sicómoros, enhebradas por paquetes en una cuerda de cuero.

Amílcar lo escuchaba, sintiendo curiosidad por los detalles domésticos y sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba los detalles; Abdalonim iba cada vez más despacio. De repente dejó caer al suelo las hojas de madera y se echó él mismo de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de los condenados. Amílcar, sin conmoverse, recogió las tablillas y quedó estupefacto al ver que el gasto de un solo día llegaba a un exorbitante consumo de carne, pescado, pájaros, vinos y especias, además de jarras rotas, esclavos muertos y tapices estropeados.

Abdalonim, siempre prosternado, lo enteró del festín de los bárbaros. Él no había podido sustraerse a la orden de los ancianos. Salambó, además, había querido que se prodigase el dinero para obsequiar mejor a los soldados.

Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto. Luego, rechinando los dientes, se arrojó entre los cojines y desgarraba sus franjas con las uñas, jadeante, con la mirada fija.

—¡Levántate! —dijo, y él bajó de su sitio.

Abdalonim lo seguía con las rodillas temblando. Pero apoderándose de una barra de hierro se puso como un loco a levantar las losas. Saltó un disco de madera, y enseguida aparecieron a lo largo de todo el corredor muchas de esas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el grano.

—¡Ya lo ves, ojo de Baal —dijo el servidor temblando—, no se lo llevaron todo! ¡Y son profundas, cada una de cincuenta codos y están colmadas hasta el borde! Durante tu viaje hice excavaciones en los arenales, en los jardines, por todas partes. ¡Tu casa está repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría!

Una sonrisa iluminó el rostro de Amílcar.

—¡Está bien, Abdalonim! —Luego añadió, hablándole al oído—: Hazlo traer de Etruria, del Brutium, de donde quieras, ¡y a cualquier precio! ¡Almacena y guarda! Es preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.

Luego, cuando llegaron a la extremidad del corredor, Abdalonim, con una de las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran cámara cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, de plata y de bronce, dispuestas en mesas o amontonadas en nichos, subían a lo largo de las cuatro paredes hasta los travesaños del techo. Enormes espuertas de piel de hipopótamo guardaban, en los rincones, filas enteras de sacos más pequeños; montones de calderilla formaban montículos en el suelo, y acá y allá alguna que otra pila demasiado alta se había desplomado y daba la impresión de una columna derrumbada.

Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit con un caballo bajo una palmera, se mezclaban con las de otras colonias, que tenían grabadas un toro, una estrella, un globo o una media luna. Luego se veían dispuestas, en sumas desiguales, piezas de todos los valores, de todos los tamaños, de todas las épocas: desde las antiguas de Asiria, delgadas como la uña, hasta las antiguas de Latium, más gruesas que la mano, junto con los botones de Egina, las tablillas de la Bactriana, las cortas varillas de la antigua Lacedemonia; muchas estaban cubiertas de cardenillo, enmohecidas, verdosas por el agua o ennegrecidas por el fuego, ya que habían sido cogidas en las redes o después de los asedios entre los escombros de las ciudades. El sufeta calculó rápidamente si las sumas allí amontonadas correspondían a las pérdidas y ganancias que se le acababan de leer, y ya se iba cuando reparó en tres jarras de bronce completamente vacías. Abdalonim volvió la cabeza en señal de horror, y Amílcar, resignado, no dijo nada.

Atravesaron otros corredores, otras salas y llegaron por fin ante una puerta en la que, para estar mejor guardada, había un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la pared, costumbre romana recién introducida en Cartago. Su barba y sus uñas habían crecido extraordinariamente, y se balanceaba de derecha a izquierda con la oscilación continua de las fieras cautivas. Tan pronto como reconoció a Amílcar, se dirigió a él gritando:

—¡Perdón, ojo de Baal! ¡Piedad! ¡Mátame! ¡Hace diez años que no veo el sol! ¡Por el nombre de tu padre, perdón!

Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres hombres; y los cuatro a la vez, tirando con todas sus fuerzas, retiraron de los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar cogió una antorcha y desapareció en las tinieblas.

Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia, pero no había más que un ancho pozo. Lo habían excavado solamente para engañar a los ladrones, y no ocultaba nada. Amílcar pasó junto a él; luego, inclinándose, hizo girar sobre sus rodillos una piedra de molino muy pesada, y por aquella abertura entró en un aposento construido en forma de cono.

Láminas de bronce cubrían las paredes; en el centro, sobre un pedestal de granito, se elevaba la estatua de un cabiro con el nombre de Aletes, descubridor de las minas en Celtiberia. Contra su base, en el suelo, había colocados en cruz grandes escudos de oro y monstruosos jarros de plata, de cuello cerrado, de forma extravagante y, por tanto, inservibles, pues era costumbre fundir así grandes cantidades de metal para que las dilapidaciones e incluso los robos fuesen casi imposibles.

Con su antorcha encendió una lámpara de minero, fijada en el birrete del ídolo; unos reflejos verdes, amarillos, azules, violáceos, de color vino y de color sangre iluminaron de golpe la sala. Estaba llena de pedrerías recogidas en calabazas de oro, colgadas como lampadarios de las láminas de bronce, o en sus bloques nativos alineados al pie del muro. Eran piedras grandes arrancadas de las montañas a golpes de honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastrum, berilos, con las tres clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce de esmeraldas. Fulguraban a modo de salpicaduras de leche, carámbanos azules, polvo de plata, y despedían sus destellos en visos cambiantes, en rayos, en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el rayo, brillaban junto a las calcedonias, que curaban los venenos. Había topacios del monte Zabarca para ahuyentar los terrores, ópalos de la Bactriana que impiden los abortos y cuernos de Ammón que se ponen debajo de las camas para tener sueños.

Los brillos de las gemas y los resplandores de la lámpara se reflejaban en los grandes escudos de oro. Amílcar, de pie, sonreía, con los brazos cruzados, y se deleitaba menos en el espectáculo que en la conciencia de sus riquezas. Eran inaccesibles, inagotables, infinitas. Sus antepasados, que dormían bajo sus pies, enviaban a su corazón algo de su eternidad. Se sentía casi igual a los genios subterráneos. Era como la alegría de un cabiro, y los grandes rayos luminosos que herían su rostro se le antojaban la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, lo ligaba al centro del mundo.

Se estremeció al ocurrírsele una idea y, situándose detrás del ídolo, caminó en línea recta hacia la pared. Luego examinó entre los tatuajes de su brazo una línea horizontal cruzada con otras dos perpendiculares, lo que expresaba, en cifras cananeas, el número trece. Contó entonces hasta la decimotercera de las láminas de bronce, levantó una vez más su ancha manga y, con la mano derecha extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, paseando sus dedos delicadamente sobre ellas, a la manera de un tocador de lira. Por fin, con el dedo pulgar, dio siete golpes y, como un solo bloque, giró gran parte del muro.

Disimulaba una especie de cava, en la que estaban encerradas cosas misteriosas, sin nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres escalones; cogió de un cubo de plata una piel de antílope que flotaba sobre un líquido negro, y volvió a subir.

Abdalonim entonces echó a andar de nuevo delante de él. Golpeaba las losas con su largo bastón adornado de campanillas en el pomo y ante cada aposento gritaba el nombre de Amílcar, entre alabanzas y bendiciones.

En la galería circular, donde convergían todos los corredores, se habían acumulado a lo largo de los muros vigas de algumín[82], sacos de lausonia[83], panales de creta de Lemnos y caparazones de tortuga llenos de perlas. El sufeta, al pasar, los rozaba con su manto, sin mirar siquiera los gigantescos trozos de ámbar, materia casi divina formada por los rayos del sol.

Un vaho perfumado los envolvió.

—¡Empuja la puerta!

Entraron.

Hombres desnudos amasaban pastas, machacaban hierbas, removían carbones, vertían aceite en las jarras, abrían y cerraban los pequeños nichos ovalados excavados alrededor del muro, y eran tantos que la estancia parecía el interior de una colmena. El mirobálano[84], el bdellium[85], el azafrán y las violetas desbordaban. Dondequiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, redomas de vidrio, ramas de filipéndulo[86], pétalos de rosas; y aquel exceso de aromas asfixiaba, a pesar de las turbonadas de estoraque que crepitaba en el centro, sobre un trípode de bronce.

El jefe de los olores suaves, pálido y alto como el varal de un cirio, se adelantó hacia Amílcar para restregar en sus manos un rollo de metopión[87], en tanto que otros dos le frotaban los talones con hojas de baccaris[88]. Amílcar los rechazó; eran cireneos de costumbres infames, pero a quienes se toleraba por los secretos que poseían.

Para demostrar su vigilancia, el jefe de los olores ofreció al sufeta, en una cuchara de electro, un poco de malobatro para que lo probase; luego, con una lezna, pinchó tres besoars[89] indios. El dueño, que entendía de estas artes, cogió un cuerno lleno de bálsamo y, después de acercarlo a unos carbones encendidos, lo inclinó sobre su vestido; apareció una mancha oscura, señal de fraude. Entonces miró fijamente al jefe de los olores y sin decirle nada le arrojó el cuerno de gacela en pleno rostro.

A pesar de la indignación que sentía por las falsificaciones cometidas en perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los países de ultramar, ordenó que se mezclaran con antimonio para que pesaran más.

Luego preguntó dónde se encontraban tres cajas de psagas[90], destinadas para su uso.

El jefe de los olores confesó que no lo sabía, unos soldados habían entrado, cuchillo en mano, aullando, y les había abierto las cajas.

—¿Los temes más que a mí, eh? —exclamó el sufeta; y, a través del humo, sus pupilas, como antorchas, centelleaban mirando a aquel hombrón pálido, que empezaba a comprender lo que se le venía encima—. ¡Abdalonim, antes de la puesta del sol harás que lo azoten! ¡Despelléjalo!

Aquella pérdida, de menos importancia que las demás, le había exasperado; pues, pese a sus esfuerzos para olvidarse de los bárbaros, los tenía siempre en la memoria. Sus fechorías le recordaban la vergüenza de su hija, y odiaba a todos los servidores porque lo sabían y no le decían nada. Pero algo le impulsaba a abismarse en su desgracia, y presa de una rabia indecible recorrió los cobertizos, la parte trasera de la casa de comercio, las provisiones de betún, de madera, de anclas y cordajes, de miel y de cera, el almacén de telas, las reservas de comestibles, el taller de mármoles y el granero del silphium.

Fue a inspeccionar, al otro lado de los jardines, en sus cabañas, a los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían por cuenta de la casa. Los sastres bordaban mantos, otros tejían redes, pintaban cojines, cortaban sandalias; obreros de Egipto, con una concha, pulían papiros; la lanzadera de los tejedores crujía y los yunques de los armeros resonaban.

Amílcar les dijo:

—¡Forjad espadas! ¡Forjadlas sin descanso! Me harán falta —y sacó de su pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que le cortasen una coraza más sólida que las de bronce, y que sería inatacable al hierro y al fuego.

En cuanto se acercaba a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos con exclamaciones: «¡Qué trabajo! ¡Esto es una vergüenza! ¡Verdaderamente, el amo es demasiado bueno!». Amílcar, sin escucharlo, se alejaba.

Aminoró la marcha, pues grandes árboles calcinados de punta a punta, como los que se encuentran en los bosques donde han acampado los pastores, obstaculizaban los caminos; las empalizadas estaban rotas, el agua de las acequias se perdía y, en medio de charcos fangosos aparecían vasos rotos y huesos de monos. Restos de pingajos colgaban acá y allá de los matorrales, y bajo los limoneros las flores podridas formaban un estiércol amarillo. Los criados, en efecto, lo habían abandonado todo, creyendo que el amo ya no volvería.

A cada paso descubría algún desastre inesperado, una prueba más de lo que no quería saber. Ahora manchaba sus borceguíes de púrpura hollando inmundicias, y sentía no tener a todos aquellos hombres ante él, a tiro de catapulta, para hacerlos volar hechos pedazos. Se avergonzaba de haberlos defendido; era un engaño, una traición, y como no podía vengarse de los soldados, ni de los ancianos, ni de Salambó, ni de nadie, y como necesitaba desahogar su cólera contra alguien, mandó a las minas, en un pronto, a todos los esclavos de las huertas.

Abdalonim temblaba cada vez que lo veía acercarse a los parques. Pero Amílcar tomó el sendero del molino, en donde se dejaba oír una melopea lúgubre.

En medio del polvo giraban las pesadas ruedas de molino, es decir, dos conos de pórfido superpuestos, con un embudo, el más alto, el cual giraba sobre el de abajo con la ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los brazos empujaban unos hombres, mientras que otros tiraban, uncidos como animales. El roce de las correas había formado alrededor de sus axilas costras purulentas, como las que se ven en la cruz de los asnos, y el andrajo mugriento y deshilachado que cubría sus caderas pendía por la punta y golpeaba en sus corvas como una larga cola. Tenían los ojos enrojecidos, sonaban los hierros de sus pies y todos los pechos resollaban al mismo tiempo. Tenían en la boca, sujeto por dos cadenetas de bronce, un bozal para que les fuese imposible comer la harina, y en las manos llevaban unos guanteletes sin dedos para que no pudiesen cogerla.

Al entrar el amo, las barras de madera crujieron con más fuerza. El grano saltaba al romperse. Muchos cayeron sobre sus rodillas; los demás, continuando su trabajo, pasaban por encima de ellos.

Preguntó por Giddenem, el gobernador de los esclavos, y compareció este personaje, revelando su dignidad en la calidad de su vestido; pues su túnica, hendida por los lados, era de púrpura fina, pesados anillos colgaban de sus orejas y, para sujetar las vendas de tela que envolvían sus piernas, un lazo de oro, como una serpiente alrededor de un árbol, subía desde sus tobillos hasta las caderas. Llevaba en sus dedos, cargados de sortijas, un collar de granos de gagates[91] para reconocer a los hombres que padecían el mal sagrado.

Amílcar le hizo una seña para que les quitara los bozales. Entonces todos, gritando como bestias hambrientas, se lanzaron sobre la harina, que devoraban hundiendo la cabeza en los montones.

—¡Los tienes extenuados! —gritó el sufeta.

Giddenem respondió que era necesario para domarlos.

—¡No valía la pena haberte enviado a la escuela de esclavos de Siracusa! ¡Haz venir a los demás!

Los cocineros, los despenseros, los palafreneros, los corredores, los portadores de literas, los hombres de los baños y las mujeres con sus niños, todos se alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio hasta el parque de las fieras. No se atrevían a respirar. Un enorme silencio reinaba en Megara. El sol se reflejaba a lo largo de la laguna, por debajo de las catacumbas. Los pavos reales graznaban. Amílcar andaba a paso lento.

—¿Para qué me sirven estos viejos? —dijo—. ¡Véndelos! Hay demasiados galos, ¡son unos borrachos! ¡Y demasiados cretenses: son unos mentirosos! Cómprame capadocios, asiáticos y negros.

Se asombró del escaso número de niños.

—¡Todos los años, Giddenem, debe haber nacimientos en la casa! Dejarás todas las noches las casillas abiertas para que se junten libremente.

A continuación hizo que le presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores. Dictó castigos, con reproches para Giddenem; y Giddenem, como un toro, agachaba la cabeza, frunciendo el entrecejo, donde se cruzaban sus dos anchas cejas.

—Mira, ojo de Baal —dijo, señalando a un libio robusto—, a éste le sorprendieron con una soga al cuello.

—¡Qué! ¿Quieres morir? —le preguntó desdeñosamente el sufeta. Y el esclavo, con voz firme, contestó:

—¡Sí!

Entonces, sin preocuparse por el mal ejemplo ni del prejuicio pecuniario, Amílcar les dijo a los criados:

—¡Lleváoslo!

Tal vez abrigaba en su pensamiento la intención de un sacrificio. Era como una desgracia que se infligía a sí mismo para prevenir otras más terribles.

Giddenem había ocultado a los mutilados detrás de los demás. Amílcar los vio.

¿A ti quién te ha cortado el brazo?

—Los soldados, ojo de Baal.

Luego a un samnita que se tambaleaba como una garza herida:

—Y a ti, ¿quién te ha hecho eso?

Había sido el gobernador, que le rompió la pierna con una barra de hierro.

Aquella estúpida atrocidad indignó al sufeta y, arrancando de las manos de Giddenem su collar de gagates, exclamó:

—¡Maldito sea el perro que muerde el rebaño! ¡Lisiar esclavos, bondad de Tanit! ¡Arruinas a tu amo! Que lo ahoguen en el estercolero. ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a los soldados?

Tan terrible era la expresión de su rostro que todas las mujeres huyeron. Los esclavos retrocedieron formando un amplio círculo en torno a los dos: Giddenem besaba frenéticamente sus sandalias; Amílcar, de pie, permanecía con los brazos levantados sobre él.

Pero su inteligencia, lúcida como en las más recias batallas, le recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y, en el furor de su ira, como en las fulguraciones de una tormenta, veía todos sus desastres a la vez. Los gobernadores de los campos habían huido por miedo a los soldados, por connivencia tal vez; todos le engañaban y se estaba ya conteniendo demasiado tiempo.

—¡Que los traigan! —gritó—. ¡Y marcarlos en la frente con hierros candentes, como a los cobardes!

Trajeron, y fueron repartidos en medio del jardín, grilletes, argollas, cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que oprimían las piernas, numellas[92] que rodeaban los hombros, escorpiones y látigos de tres ramales de correas, rematados con garfios de bronce.

Colocaron a todos de cara al sol, hacia el lado del Moloch devorador, tendidos en el suelo de bruces o boca arriba, y a los condenados a la flagelación, de pie contra los árboles, con dos hombres junto a ellos; uno que daba los azotes y otro que los iba contando.

Se los azotaba a dos manos; las correas zumbaban, arrancando las cortezas de los plátanos. La sangre salpicaba los follajes como si fuese una lluvia roja, y masas sanguinolentas se retorcían aullando al pie de los árboles. A quienes se marcaba, se clavaban las uñas en la cara arrancándose la piel. Se oían crujir los tornillos de madera; resonaban golpes sordos; a veces un grito agudo desgarraba el aire de repente. Del lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras desgreñadas, unos hombres avivaban con soplillos los carbones, y apestaba el olor a carne quemada. Los flagelados desfallecían, pero retenidos por las ligaduras que sujetaban sus brazos dejaban caer su cabeza sobre los hombros, cerrando los ojos. Los demás, que los miraban, empezaron a gritar de una manera espantosa, y los leones, recordando tal vez el festín, se desperezaban bostezando al borde de los fosos.

Vieron entonces a Salambó en la plataforma de su terraza. Se paseaba rápidamente de derecha a izquierda, muy asustada. Amílcar la divisó. Le pareció que levantaba los brazos hacia él para pedirle perdón, pero dando un grito de horror se metió en el parque de los elefantes.

Estos animales constituían el orgullo de las casas púnicas más importantes. Habían llevado sobre sus lomos a los antepasados, habían triunfado en las guerras y se los veneraba como favoritos del sol.

Los de Megara eran los más fuertes de Cartago. Amílcar, antes de partir, había exigido a Abdalonim, bajo juramento, que los cuidaría. Pero habían muerto a causa de sus mutilaciones; solamente quedaban tres, tumbados en el centro del patio, sobre el polvo, ante los restos de sus destrozados comederos.

Lo reconocieron y se acercaron a él.

Uno tenía las orejas horriblemente rajadas, otro, una gran llaga en la rodilla, y el tercero, la trompa cortada.

Lo miraban con aspecto triste, como personas racionales; y el de la trompa cortada bajaba su enorme cabeza y, doblando las corvas, intentaba acariciarle suavemente con la monstruosa extremidad de su muñón.

A esta caricia del animal, dos lágrimas le resbalaron de los ojos y saltó sobre Abdalonim:

—¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!

Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.

Por detrás de las fábricas de púrpuras, cuyas lentas humaredas azules subían hasta el cielo, resonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.

Al pensamiento de su hijo se había calmado de pronto, como si le hubiese rozado un dios. Era como la prolongación de su fuerza, una indefinida persistencia de su persona lo que entreveía, y los esclavos no comprendían de dónde podía provenir aquel apaciguamiento.

Al dirigirse hacia las fábricas de púrpura pasó por delante de la ergástula: un enorme y alargado caserón de piedra negra construido dentro de un foso cuadrado, con un camino alrededor y cuatro escaleras en las esquinas.

Para acabar su señal, Iddíbal, sin duda, esperaba la noche. «No corre prisa», pensaba Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron: «¡Vuélvete!». Los más atrevidos lo siguieron.

El viento batía la puerta abierta de par en par. El crepúsculo entraba por los estrechos mechinales y se divisaban en el interior cadenas rotas que colgaban de los muros.

Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.

Amílcar palideció extraordinariamente, y los que estaban fuera, inclinados sobre el foso, lo vieron que apoyaba una mano contra la pared para no caerse.

Pero el chacal aulló tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza; no profirió una palabra, no hizo ni un gesto. Luego, cuando el sol se ocultó por completo, desapareció por detrás de la empalizada de nopales, y por la noche, en la asamblea de los ricos, en el templo de Eschmún, dijo al entrar:

—¡Luces de Baalin, acepto el mando de las fuerzas púnicas contra el ejército de los bárbaros!