30

 

 

«Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentiras a medias de ningún modo es una media verdad.»

 

JEAN COCTEAU

 

 

Esther levantó la vista y vio tras el cristal a Brian. Sonrió a desgana. Era obvio que la noticia lo había trastocado y que había tenido que alejarse para procesarla, pero ahí estaba: había regresado.

—Espérame, cariño. Ya vuelvo.

—¿Cuándo llega mamá?

—Espérame, Aaron. Ahora vuelvo.

Esther besó al niño, lo arropó y luego salió al encuentro de Brian. La mujer se veía sumamente afectada y temblaba.

Brian también se veía terrible.

—Estoy aterrado. No voy a mentirle.

—Lo sé, no se preocupe. Es comprensible.

—¿Qué hago?

—En un principio lo que le dicte su corazón, pero creo que Aaron aún no debe saber quién es usted en verdad. —Él asintió con la cabeza—. Le diremos que es un amigo de Becca. Seguramente le preguntará por ella, pero estoy esperando a la psicóloga o a su médico para que me diga cómo contárselo. No debemos permitir que esto afecte a su salud, que ya es muy precaria.

—¿Cuánto de precaria?

—Hace meses que está en tratamiento. Tiene leucemia, pero la médula sigue sin funcionar.

—Creo que el viernes ella intentó hablar conmigo de esto. Me siento una basura por todo lo que le dije. Fui muy insensible.

—Estoy al tanto de todo. Usted no sabía de Aaron y ella... no habló.

—¿Por qué me lo ocultó? Yo tenía derecho a saber que tenía un hijo. Si me hubiera dicho que no quería abortar, habría estado a su lado. No sé si de la forma que ella esperaba, pero al menos hubiera asumido mis responsabilidades con el niño.

—Creo que usted, en el fondo, sabe la respuesta: sintió que solo ella quería a ese bebé y prefirió luchar sola.

—Fue egoísta. Decidió por todos.

—Supongo que sí, pero actuó de la forma que pudo. Tenía dieciséis años, señor Moore. Demostró una gran madurez para su edad.

—No puedo creerlo.

—Ella regresó a Estados Unidos por Aaron. Nunca lo habría hecho, si no. El niño necesita un trasplante de células madre. Lo más seguro sería que se hiciera con un hermano que sea genéticamente compatible con Aaron. Eso casi garantizaría que no hubiera rechazo en la transferencia, pero lamentablemente ese hermano no existe y hasta el momento tampoco hay ningún donante no emparentado que sea compatible. Está en las listas de donantes de médula mundiales, pero sigue sin aparecer uno que nos dé una esperanza.

—¿Entonces?

—Rebecca planeaba reconquistarlo, quedar embarazada y luego volver a desaparecer de su vida. Solo quería salvar la vida de Aaron, aunque volver a verlo creo que anidó en ella otras esperanzas. Como le he dicho, en su lecho de muerte ella nunca lo olvidó y es más que obvio: Aaron era su vivo recuerdo y eso no permitía que usted muriera en su pecho.

—Dios —se frotó la frente—. Parece que estoy metido dentro de la trama de una novela dramática.

—Lo lamento, pero por ficticio que parezca es la vida real.

—¿Y usted quién es?

—Yo llegué a Becca y a Aaron por trabajo. Hace seis años y medio que estoy con ellos. Soy la cuidadora del niño, pero me siento un poco como su tía postiza. Aaron tenía meses cuando conseguí el puesto. Vivo con ellos.

»Cuando comenzó la enfermedad de Aaron, las finanzas de Becca se vieron seriamente complicadas. La revista está a punto de desaparecer. Ella ya no puede atenderla de la forma en que lo hacía antes, y además en estos últimos tiempos también la han estafado; usted sabe que siempre hay alguien que aprovecha y hace leña del árbol caído. Hace meses que Rebecca me despidió porque no podía pagarme el sueldo, pero ¿cómo iba a dejarla si me necesitaban más que nunca? Me encariñé con ellos. No pude alejarme. Así que no me importó dejar de cobrar mi sueldo. Aaron está muy acostumbrado a mí y ellos son un poco mi vida también. Los considero mi familia.

—Gracias.

—Es un niño adorable. Ya verá cuando lo conozca. Es muy educado, además, y no da trabajo para nada. Le será fácil quererlo, se lo aseguro. Es muy listo también.

—¿Y yo no puedo donarle células madres?

—Pues deberá hacerse las pruebas. Becca no era compatible. Quizá tengamos suerte y usted sí. ¿Quiere entrar?

Él asintió con la cabeza.

 

 

—Aaron, quiero que conozcas a alguien.

What’s up dude?

Brian chocó su enorme puño con el frágil puño del niño y empleó para saludarlo el típico saludo americano que se utiliza con un amigo muy cercano. Sintió que se le aflojaban las piernas, y de pronto tuvo la necesidad de abrazarlo, de protegerlo.

—Mi nombre es Brian. Soy un amigo de tu mamá y tenía muchas ganas de conocerte.

—Nunca me ha hablado de ti.

—¿Ah, no? Bueno, es que hemos estado mucho tiempo sin vernos. ¿Qué tal si tú y yo también nos hacemos amigos?, ¿te gustaría que continuara viniendo a visitarte?

—¿Mi mamá te dejará?

—Creo que tú mamá estará muy contenta de que tú y yo nos hagamos amigos.

—¿Y me traerás regalos?

—Todos los que tú quieras.

—Aaron, sabes que eso a Becca no le gusta. No debes ser tan interesado. Eso es feo.

—Déjeme consentirlo.

—Lo siento. Disculpe.

Brian le guiñó un ojo a Esther y también a Aaron.

—Esther, ¿cuándo llega mamá? Brian, ¿te quedarás a esperarla?

El pequeño volvió a preguntar y ambos se miraron mientras tragaban saliva.

—No lo sé Aaron. Seguro que se quedó sin batería en el móvil. Por eso no ha llamado.

—Eh, campeón, cuéntame... ¿En qué curso estás? —le preguntó él engatusándolo.

—Yo no voy a la escuela como todos los niños. Tengo una maestra que viene a casa y me enseña, y cuando estoy en el hospital me da clases aquí, si me encuentro bien. Mi mamá ha viajado a América para conseguir una medicina que me va a curar, y entonces podré ir al colegio como los demás niños.

—Yo soy bueno con los números, ¿y tú?

—También soy bueno con las matemáticas. Me gusta mucho hacer cuentas.

—Hola, Esther. Acabo de enterarme. Lo siento mucho.

—Gracias, doctor Rogers.

—Mucho gusto. — Brian le extendió la mano—. Mi nombre es Brian Moore. Me gustaría hablar con usted. Supongo que es el médico de Aaron.

—Así es. Encantado. Los invito a mi consultorio para que conversemos más tranquilos.

—Aaron, ¿quieres que te preste mi teléfono móvil? Tengo un juego de carreras de coches que te puede gustar —lo sedujo Brian—. Nosotros saldremos un ratito porque tenemos que hablar con el doctor. ¿Sí?

—Bueno, pero no tardéis.

—No, pequeño. Te prometo que venimos enseguida —le dijo aquella mujer demostrando en su voz el cariño con el que lo trataba.

En cuanto salieron, Brian se dio a conocer.

—Me alegro de que esté aquí, señor Moore. Será difícil afrontar lo que acaba de ocurrir. Aaron y Rebecca estaban muy unidos. Su hijo lo necesitará mucho.

—Quiero ser sincero con usted. No sé cómo ser padre, pero presumo que tendré que aprender a la fuerza; acabo de enterarme de la existencia de Aaron. No sé cómo actuar. No sé nada de su enfermedad. Soy un perfecto desconocido para él, pero quiero hacer las cosas bien. Quiero darle a mi hijo todo lo que en estos años no le he dado. He sido un padre ausente por desconocimiento. No intento justificarme, pero me gustaría que supiera que no soy una mala persona. A veces en la vida uno toma decisiones desacertadas que son irrevocables, y Rebecca tomó una de esas cuando decidió ocultarme la existencia de Aaron. No sé si culparla. No sé nada. Estoy muy impresionado. Uno no se encuentra con un hijo de siete años todos los días, y el mío viene con una enfermedad terminal. Estoy superado por todo. He visto morir a Rebecca hace apenas unos minutos.

»Quisiera que el día terminara y que empezara uno nuevo, pero supongo que eso no es lo que estaría deseando un hombre fuerte dispuesto a afrontar la vida contra viento y marea por su hijo.

—Cálmese, señor Moore. —El médico le dio una palmada en el hombro e invitó a él y a Esther a que entraran en su consultorio—. Sé cómo debe de estar trabajando su cabeza en este momento y créame que no quisiera estar en su piel. Sé su historia y la de Rebecca. No tiene que contármela. Disculpe. Es que cuando sugerí lo del trasplante a ella no le quedó más remedio que contármela.

»La muerte de Rebecca ha cambiado de arriba abajo el día a día de la vida de Aaron, Y aquí, por mucho que usted esté mal, lo único que importa es él.

—Lo sé. Lo sé perfectamente.

—Bien. Hay que hablar con Aaron. Hay que decirle lo de su mamá. Creo que es un buen momento para que se acerque a él. Permítame sugerirle que Esther esté presente. Él confía en ella y en este momento es la persona que más lo conoce; lleva con Aaron desde que era un bebé.

—Estoy al tanto.

—Mi sugerencia es que ella siga a su lado si es posible. No podemos arrancarlo de todo a la vez.

—También lo he pensado, pero no sé si Esther querrá.

—Por mí, no hay problema. Como le he dicho, adoro a Aaron y no lo dejaría justo en este momento. Si usted no tiene inconveniente, yo tampoco.

Brian la cogió de las manos.

—Gracias.

—¿Qué sugiere que le digamos a Aaron?

—La verdad. Los niños no deben permanecer ausentes al proceso del duelo. Pero hay que ayudarlos a comprender. La enfermedad de Aaron lamentablemente ha hecho que él entienda muy bien lo que es la vida y la muerte más allá de verla en la televisión o en los videojuegos. Así que entenderá perfectamente. Por supuesto, obvien ciertos detalles escabrosos; usen palabras que sean fáciles para que él comprenda, pero no inventen fantasías. Creo que primero sería bueno que él supiera quién es usted, qué lazos verdaderos los unen. Para que al menos, cuando se entere, no se sienta tan solo. Señor Moore, es importante que sea usted quien se lo diga, que asuma su rol. Aaron necesitará sentirse apoyado y apuntalado.

—Doctor, quiero hacerme las pruebas para saber si soy donante compatible con él. Esther me ha dicho que necesita un trasplante.

—Analizaremos su sangre, por supuesto. Buscaremos si su tipaje HLA, Antígeno de Histocompatibilidad Leucocitario, tiene alguna coincidencia con el de Aaron. Pero debo informarle de que las posibilidades de que usted lo tenga son solo de un cinco por ciento.

 

 

—Hola, Brian. ¿Cómo estás?

—No soy Brian, soy Aaron. Él está con Esther hablando con mi doctor y me ha prestado su móvil para que juegue. ¿Tú quién eres?

—Soy... —«¿quién era ella?», se preguntó de inmediato. Recordó que él la presentó a todos como su novia en la fiesta de su madre, así que era el momento de empezar a creérselo—. Soy su novia. Mi nombre es Alexa. Encantada de hablar contigo, Aaron.

Le encantó su voz. Se enamoró de él perdidamente aunque no lo conociera. Después de saber que era el hijo de Brian, había despertado en ella un instinto maternal que obviamente la asombraba.

En aquel momento, regresaron Brian y Esther.

—Toma, Brian. Es tu novia. Tiene una voz muy bonita. Adiós, Alexa.

—No solo tiene una voz muy bonita. Toda ella es bonita. Ya la conocerás.

—¿Ella también vendrá a verme?

—Mañana, seguramente.

Brian salió de la habitación para hablar tranquilo.

—Es un niño adorable, y muy guapo, ¿sabes? Tiene el mismo color de ojos que yo, y, ahora que sé para qué fue ella a Estados Unidos, no me cabe duda de que es mi hijo. No necesito un test de ADN para saberlo.

Brian siguió contándole. Ella estaba de escala en Charlotte, esperando subir al avión de British Airways que la llevaría a Londres.

Finalmente se despidieron, y Brian le aseguró que estaría esperándola en el aeropuerto.

Cuando colgó, llamó a Esther para que saliera.

—No quiero parecer atrevido y dejarla sola al cuidado de Aaron, pero quisiera buscar un hotel donde pueda dejar mis pertenencias. Luego vuelvo. Debo, además, encargarme de Rebecca. Dios, debemos darle sepultura y un bonito responso —se tocó la cabeza—. No le he preguntado al doctor si Aaron podrá ir a despedirse de su madre, si es adecuado.

—Yo lo haré, señor Moore, y ya le aviso. Pero hay tiempo para eso. Lo primero es que usted se instale y luego hay que hablar con Aaron.

—Sí. Volveré por la tarde. Debo hacer unas llamadas. Tengo algunos compromisos. Salí tan deprisa que no me ocupé de nada. Esta noche debo ir al aeropuerto para recoger a mi novia. Le diría que usted se vaya y que yo me quedo con el niño, pero... no creo que él se sintiera a gusto conmigo. No me conoce. Debo ganarme su confianza.

—Lo sé. No se preocupe. Yo me quedo con Aaron el tiempo que haga falta. Lo ayudaré a usted como la ayudaba a ella.

—Me temo que será por mucho tiempo.

—Estaré encantada.

 

 

Brian salió del hospital y buscó hospedaje cercano. Antes, se encargó de Rebecca y contrató un servicio fúnebre para al cabo de tres días. Ya en la habitación del hotel se tendió en la cama. Quería descansar unos instantes. Sin embargo, era imposible detener sus pensamientos, así que decidió darse un baño y abrir su equipaje. Luego, llamó a su agente y le confió todo. Le pidió que postergara sus compromisos laborales pero que no revelara nada; no confiaba en los medios de comunicación. A continuación llamó a su padre, a quien tampoco le contó la verdad de lo que ocurría.

—Papá, he tenido que viajar a Londres de improviso. Lo siento, pero con tantas cosas olvidé que tenía un compromiso: un contrato que firmé hace algunos meses. Así que estaré ausente dos semanas.

—Está bien, Brian, no te preocupes. Yo me arreglo.

—No quiero que vayas a la empresa. Debes seguir descansando. Pídele mi agenda a Susane y solo encárgate de que retrase dos semanas todos los compromisos.

—Brian, ¿piensas parar el astillero por dos semanas?

—El astillero no se detendrá. Tengo mi portátil y trabajaré desde aquí. Puedo hacerlo. Solo estoy pidiéndote que postergues las entrevistas para dentro de dos semanas. Te aseguro que no había nada importante.

—Está bien. Le diré a Susane que la llamarás.

—Dile que todo me lo envíe por mail y que, ante cualquier duda, me pondré en contacto con ella. Estoy hospedado en el hotel DoubleTree by Hilton, Tower of London.

—Perfecto. ¿Sabes? Rebecca casualmente también está en Londres. Tuvo que viajar por un contratiempo. Mamá no entendió muy bien el motivo. Llámala. Tal vez podríais veros el tiempo que pases allí. Estar en un país desconocido con alguien conocido siempre es agradable.

«Si supieras...», pensó abatido.

—Está bien, papá. Adiós.

Finalmente, consiguió cerrar los ojos un poco más de media hora; no obstante, se despertó sudado y envuelto en la excitación de una pesadilla: había soñado que Aaron empeoraba.

Cogió el teléfono y llamó de inmediato a Esther.

—Señor Moore.

—Brian a secas, Esther. Llámame simplemente Brian. Debemos empezar a dejar las formalidades de lado por Aaron. Necesitamos crear un ambiente de cordialidad en torno a él.

—Está bien señ... Brian.

—Así está mejor. ¿Cómo está Aaron?

—Nuevamente con fiebre, pero duerme.

—De aquí a un rato iré para allí.

—Descanse, Brian. Yo también intentaré hacerlo.

—He pensado que no sé nada de Aaron. Usted y yo tenemos que sentarnos a charlar. Quiero saber a qué le teme, cuáles son sus gustos; en fin, quiero que me hable de él cuando era pequeño. No sé siquiera cuándo es su cumpleaños. Quiero saberlo todo, Esther.

—Cuente con ello, por supuesto. Aaron es mi conversación favorita siempre. Por cierto, su cumpleaños fue hace muy poco. El 15 de agosto.

Por más que lo intentara no iba a poder dormirse nuevamente, así que decidió caminar hasta el hospital.

En el camino no pudo resistir la tentación de entrar en una juguetería.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Quiero juegos de mesa para un niño de siete años.

—Acompáñeme, por favor. Toda esa fila y estas dos corresponden a esa edad.

De la estantería que el vendedor le indicó, eligió la Batalla naval, el Scrabble, el Pictionary, el mahjong, las damas chinas y el ajedrez.

—Deme un dominó también. —Leyó otra caja, la estudió durante un rato y, finalmente, dijo—: Creo que el Destination London Travel puede gustarle. Me lo llevaré, y también este backgammon y unos palillos chinos.

—Hay un juego de magia que a los chicos les entretiene mucho.

—Deme uno también. ¿Qué tal es este juego de Harry Potter?

—Ese tiene muy buena aceptación, al igual que el de los Hobbit.

—Me llevaré uno de cada. Creo que con esto ya está bien —aseguró cuando vio la pila de cajas acumuladas.

—¿Tal vez algo para montar, señor?

—Tiene razón. Eso podría entretenerlo bastante. Enséñeme alguno, por favor.

Fueron al sector del Lego y allí eligió tres tanquetas diferentes, un camión de los que transportan soldados, un buque de la armada real, un portaaviones, un tren militar, un helicóptero y un avión Hércules.

Se sentía entusiasmado por la conexión que planeaba crear con su hijo.

«Aaron es mi hijo. Tengo un hijo —pensaba mientras se dirigía al sector de los juegos electrónicos—. Soy padre. Soy su papá. —Brian probaba las palabras para sí. Necesitaba acostumbrarse—. Debemos recuperar el tiempo perdido.»

Llegaron al sector y allí cargó un Simon, un Monopoly electrónico que decidió llevarse apenas lo vio, un Sudoku, un Tetris, una pizarra electrónica, una Ps4 con los mejores juegos y varios accesorios. Además se llevó una Xbox, una Wii y un volante de conducir para iPhone. «Le prestaré mi móvil hasta que le compre un iPad», pensó haciendo una anotación mental cuando lo elegía. En fin, todo lo que pudiera darle le parecía poco.

Hizo embalar cada cosa y que se lo llevaran todo al hotel, salvo el Simon, el portaaviones, la Ps4, los juegos y el volante.

Cuando llegó al hospital, Aaron aún dormía.

—Vete un rato, Esther. Date un baño. Descansa en tu cama. Descarga todas las emociones que has estado conteniendo durante el día junto a Aaron. Ve a hacer tu duelo. Puedo imaginarme cuánto querías a Becca.

—Ni te imaginas cuánto. Aún me cuesta creerlo. Por momentos me pregunto si no se trata de una pesadilla.

Brian le tocó la espalda.

—Yo me quedo. He traído cosas para entretenernos. —Le enseñó las bolsas de la juguetería.

—¿Estás seguro de que quieres quedarte solo con él?

—Debemos empezar a habituarnos el uno al otro.

—Tienes razón. Volveré para la hora de la cena. Se pone un poco difícil para comer.

—Está bien. Yo a medianoche debo ir a recoger a Alexa al aeropuerto.

—Perfecto. Nos vemos más tarde. Espero que lo paséis muy bien.

 

 

La tarde pasó volando. Aaron y Brian jugaron con todo lo que este había llevado. Cuando el pequeño despertó y vio todos sus regalos, quedó boquiabierto por la emoción.

—¿Todo esto es mío?

—Todo es tuyo. Pero, si algo no te gusta o si ya lo tenías, lo podemos cambiar. Te he comprado más cosas, pero no podía traerlo todo al hospital.

—En mi casa tengo una Play, pero esta es la última. Es genial, Brian. Muchas gracias.

Lo abrazó agradecido y de inmediato se pusieron a probarlo todo.

Si uno se asomaba a verlos, resultaba difícil averiguar quién era el adulto y quién el menor, porque ambos estaban divirtiéndose de igual a igual. En varias ocasiones Brian se dejó ganar. Y es que le encantaba verlo reírse y burlarse de él; sin embargo, con algunos de los juegos, Aaron había demostrado ser un gran contrincante y no había podido vencerlo.

Cómplices y amigos, para ambos había sido una tarde magnífica. Y lo mejor de todo: la fiebre de Aaron parecía estar remitiendo.

Para la cena Esther regresó como había dicho, pero Aaron se encaprichó en que fuera Brian quien le trocease el alimento. Después de que el niño cenara, se quedó un rato más. Recogió todos los juegos que habían usado y, finalmente, cuando se durmió, aprovechó para marcharse.

Pasó por un restaurante de comida rápida y comió una hamburguesa con una Coca-Cola; no tenía energías para sentarse a comer algo más consistente.

Mezcla de felicidad y desconcierto, no podía definir muy bien su estado de ánimo. Caminó por la noche londinense hasta que miró la hora y decidió partir para el aeropuerto; esperaría allí a que el vuelo de Alexa llegara.

Cuando finalmente se encontraron, se fundieron en un abrazo prolongado. Brian la ciñó y la engulló con una fuerza inmensa. Estaba claramente afectado y no pudo contener algunas lágrimas, que secó rápidamente con el revés de su mano.

—No quiero perderte, pero sé que todo lo que viene es una carga impensada y difícil de afrontar. Así que, si decides dejarlo todo, lo entenderé.

—Estoy aquí, Brian. Podría no haber venido, pero... resulta que quiero todo lo que tenga que ver con Brian Moore. Si en mi camino levantan una muralla de cinco metros que me impida llegar a ti, ten por seguro que pondré una escalera que mida seis y la saltaré.

Se besaron. Ella hacía que Brian se olvidara de todo lo que estaba a su alrededor y viceversa, a excepción de sus tórridos labios.

—Vayamos a por un taxi para ir al hotel, donde hablaremos más cómodamente. Estoy muerto de miedo.

—Cálmate. Ya estoy aquí contigo. Te veo bastante entero considerando todo lo que has pasado hoy.

—Aún no puedo creerlo. Me siento otra persona, como si el que estuviera dentro de mi cuerpo fuera alguien desconocido.

En cuanto llegaron al hotel, se encontraron con una cantidad exagerada de paquetes.

—¿Y todo esto?

—Creo que me he pasado —dijo poniendo su boca en una fina línea y mirando cada bulto mientras se masajeaba la nuca—. Esta tarde he pasado por una juguetería y no he podido resistir la tentación de comprarle cosas. Es mucho, ¿no?

—¿A ti qué te parece?

—Y eso que ya he llevado cosas al hospital.

—Brian, ¿estás loco? Esto es compulsivo. Además, no sabes lo que su madre le permitía hacer. Primero, deberías haber hablado con esa mujer que lo cuida y enterarte cómo es su vida. Su madre ha muerto, pero debemos intentar mantener sus costumbres para que el cambio no sea tan brusco; se supone que eres el padre, no un niño más. —Ella escudriñó en cada bolsa—. Por lo que veo, no has pensado en ofrecerle una buena lectura. No has comprado ningún libro para su edad.

—Lo siento. Eso no se me ha ocurrido. Me temo que tienes razón en todo, pero... he tenido la necesidad de recuperar el tiempo perdido; creo que he comprado por todos los años en que no pude hacerle un regalo.

—El niño necesita un padre que lo eduque, no uno que le permita hacer lo que le venga en gana; además, no debes permitirte tratarlo diferente por su enfermedad ni por su pérdida. Los niños son muy perceptivos y te aseguro que a él no le gustará saber que su padre le tiene lástima.

—¿Desde cuándo sabes tanto de niños?

—No lo sé. Supongo que lo aprendí leyendo, o tal vez es un instinto maternal que no sabía que tenía.

Brian se sirvió un whisky escocés. Necesitaba algo fuerte.

—¿Qué quieres beber?

—También necesito algo fuerte. Un martini tal vez.

—Creo que hay. Si no, pedimos al servicio de habitaciones.

Se sentaron en el salón y Alexa le acarició la mejilla a contrapelo. Él tomó su mano y se la besó; primero le dio besos sobre la palma resiguiendo las líneas en ella y luego lo hizo con cada dedo. La miró entre las pestañas y le dijo:

—Estoy asustado.

—Lo sé. Yo también, pero Aaron te necesita.

—No puedo creer el vuelco que ha dado mi vida en tan solo algunas horas. Me cuesta asimilarlo. Tengo miedo de pensar en cuando él se entere de quién soy. Tal vez me rechace.

—Los niños asimilan las cosas más rápido que los adultos.

—No sé cómo lo haré para decírselo. Quiero que estés conmigo.

—Por supuesto.

—Es un niño muy agradable y dócil. Hemos pasado toda la tarde juntos. ¿Quieres ver fotos? Le he hecho fotos. En algunas estoy con él. Mira.

Le mostró su móvil y ambos se emocionaron pasando cada una.

—Entrecierra los ojos como tú, y se le marcan las bolsitas debajo. ¿Te has dado cuenta?

—Sí, lo he notado, pero pensé que tal vez eran ideas mías. Me he quedado embobado mirándolo mientras le buscaba un parecido. Se le entrecomilla la sonrisa también. Creo que definitivamente se parece mucho a mí.

—¿Estás feliz?

—Sí. Poco a poco voy haciéndome a la idea. Claro que ahora que sé que existe tengo mucho miedo de perderlo.

—Venceremos la leucemia.

—Necesita un trasplante. Le están haciendo quimioterapia, pero necesita un tratamiento más agresivo. Lo ideal sería que el trasplante fuese con un hermano genéticamente compatible, pero sin Rebecca viva, eso ya no es una posibilidad viable. No sé nada de esta enfermedad. Necesito informarme. Esta tarde he estado leyendo un poco en internet, porque no sé siquiera qué preguntarle a su médico. Mañana tendré los resultados de los análisis para ver si soy donante compatible. Me han sacado sangre.

—Yo en el viaje, como tenía wifi, he hecho lo mismo. También he estado informándome y he sabido que el donante puede ser uno no emparentado. Quisiera hacerme las pruebas yo también.

Hablaron hasta muy tarde, hasta que el sueño los venció.

 

 

Por la mañana, mientras terminaba de desayunar, Brian llamó al hospital.

—Hola, Esther. ¿Aaron ya está despierto?

—Sí, ya se ha despertado y también ha desayunado. ¡Por poco me come a mí! Y lo mejor de todo es que no tiene fiebre.

—¡Qué buena noticia! En unos minutos estaré por allí. En este momento salgo del hotel. Vendré con mi novia Alexa, pero no se lo digas porque quiero sorprenderlo.

—Os esperamos.

El hotel estaba muy cerca del hospital, así que no tardaron en llegar.

—¿Estás preparado? Seguramente hará muchas preguntas.

—Ayúdame si de pronto no sé qué decirle. Alexa, gracias por estar a mi lado.

—Seguro que sí sabrás. Estoy convencida de que tu corazón hablará por ti.

Ella lo tomó del mentón y le encajó un beso. Luego se colocaron las mascarillas y entraron.

—Hola, Aaron. Mira a quién te he traído para que la conozcas. Es Alexa, ¿qué te parece?

—Tenías razón, Brian. Tu novia es muy guapa, y rubia.

—Hola, Aaron. Eres como te imaginé cuando hablamos, aunque creo que eres aún más guapo personalmente. Esto es para ti —el niño abrió el paquete—. Es una gorra de los Yankees de Nueva York. ¿Sabías que es el equipo favorito de Brian?

—¿En serio? ¿Dónde vives, Brian?

—Es verdad. No te lo he contado. Yo vivo en Estados Unidos.

—Mi mamá también nació allí.

—Lo sé. Cuando tu madre y yo nos conocimos éramos niños. Ambos vivíamos en Fort Lauderdale y mis padres y los suyos eran muy amigos. Luego crecimos, y ella, durante algún tiempo, vivió en mi casa; fue allí cuando nos llegamos a conocer mucho mejor, tanto que nos enamoramos y fuimos novios.

—¿Tú fuiste novio de mi mamá?

—Sí, fui su novio por algún tiempo hasta que nos separamos, pero como consecuencia de ese amor que nos teníamos ella tuvo un hijo, o sea tú. Lo que sucede es que yo no supe de ti hasta hace unos días, porque Rebecca y yo tuvimos varios desencuentros y ambos dejamos de saber del otro. Pero nos volvimos a encontrar en Estados Unidos, y bueno, aquí estoy porque quería conocerte y que tú supieras de mí. ¿Qué dices? ¿Te gusta que yo sea tu papá?

Brian adornó un poco la historia, ya que bajo ningún concepto pensaba decirle que su madre había decidido arbitrariamente por él y que por eso había crecido sin un padre.

—Siempre he querido tener un papá, pero mi mamá me contó que no sabía dónde vivías y que por eso no venías a verme. Me dijo que por eso no podía hablarte de mí.

—Pues ya ves entonces que no estoy mintiéndote.

—Me gusta tener un papá. ¿Debo llamarte papá?

—Si quieres.

—Por ahora creo que seguiré llamándote Brian. Debo acostumbrarme a saber que ahora tengo un papá.

—Me parece bien. Yo también debo acostumbrarme a que tengo un hijo. Pero quiero que sepas que no me separaré de ti ahora que sé que existes.

Chocaron sus puños como la primera vez que se vieron, pero Brian no se contuvo y lo abrazó. Cuando se separó, le dijo:

—Ahora, tenemos que hablar de otra cosa, Aaron. —Brian aclaró su voz y continuó—: Esther me ha dicho que tu mamá te contó que sus padres murieron en un accidente de coche.

—Sí. Los papás de mi mamá están en el cielo y desde allí nos cuidan.

—Exacto. Bueno, lo que pasa es que la otra noche, cuando tu mamá conducía su coche, chocó contra un bus y se hizo mucho daño. La trajeron al hospital para curarla, pero sus heridas eran muy graves y los doctores no pudieron impedir que su corazón dejara de funcionar; como sabes, si un corazón deja de latir uno se muere.

—¿Mi mamá se ha muerto? —preguntó él con una carita que partía el alma.

Brian asintió simplemente sin poder responder, porque de pronto la voz le falló.

Alexa estaba de pie a su lado y Esther al otro. Brian permanecía sentado en la cama sosteniéndole la mano mientras le daba la noticia, pero el pequeño de manera automática se agarró a Alexa y lloró sobre su vientre. Ella lo besó, le acarició la espalda y le dijo palabras bonitas incesantemente.

—Sé que es muy triste y está bien que llores, porque seguramente estarás teniendo mucho miedo ahora mismo. Y eso es normal, Aaron. —Los tres le acariciaron la espalda. Esther se mordía el puño para no ponerse a llorar desconsoladamente—. Pero debes saber que Brian te quiere, yo te quiero y Esther también te seguirá queriendo. Todos te adoramos.

Brian los abrazó a los dos y así permanecieron por un buen rato. Cuando el pequeño se calmó entre los mimos de todos, volvió a fijar la vista en Brian.

—¿Tú también te morirás?

—¿Te preocupa que yo no esté aquí para cuidarte? —El niño expresó un sí mudo que acompañó con una afirmación de cabeza. Brian le secó las lágrimas con sus dedos y le acarició el carrillo—. Espero tardar todavía mucho en morirme. Ahora que te he encontrado, quiero estar aquí para cuidarte todo el tiempo que necesites; pero si yo faltara, siempre habrá gente para cuidarte. Alexa, ahora que te conoce, no creo que te deje solo; Esther, que ha estado a tu lado desde que eras un bebé, tampoco creo que quiera alejarse de ti. ¿Sabes? Cuando tu mamá se quedó sin papá y sin mamá, yo le presté por un tiempo a los míos. —«Aunque hubiera sido preferible que ni los hubiera conocido, pero eso no puedo decírtelo. Estoy seguro de que cuando crezcas lo descubrirás por ti mismo»—. Ella tampoco se quedó sola. Siempre hay alguien para querernos, y ahora estamos todos nosotros para quererte y también para cuidarte.

—Entonces, ¿no volveré a ver a mi mamá nunca más? —volvió a preguntar entre sollozos.

—Lo siento, pero no. Ella ya no respira y su corazón dejó de funcionar. Esther me ha dicho que tú crees en Dios. —Aaron volvió a afirmar con su cabecita calva. Mientras se sorbía los mocos, se había quitado la gorra de los Yankees—. Y también me ha contado que en las noches siempre rezas y les pides a tus abuelos que están en el cielo que ayuden a los médicos a curarte. Bueno, ahora tu mamá está allí con ellos y desde el cielo también ayudará a los médicos para que obtengan conocimientos y puedan curarte. Tu mamá también tuvo que despedirse de sus papás cuando era una niña, bien lo sabes.

Él asintió nuevamente. Luego, dijo muy afligido:

—Yo no quiero morirme. Quiero ver a mi mamá otra vez, pero no quiero morirme. No quiero verla en el cielo. Quiero hacerme mayor, ir a la universidad, casarme, tener hijos. ¿Soy malo por eso?

—No, Aaron. No eres malo por eso. Claro que no. Y, además, te aseguro que es lo que ella quiere. No hay nada que tu mamá quiera más que verte realizado en la vida.

—Y cuando me den la quimioterapia, ¿quién estará conmigo? Mi mamá siempre estaba aquí. No me gusta vomitar, y mi mamá me hacía masajitos en la panza y me contaba cuentos. También me duele mucho todo el cuerpo cuando me la ponen y ella se quedaba a mi lado para acompañarme y yo me dormía abrazado a ella, escuchando el sonido de su corazón. Mi madre me contó que cuando yo era un bebé, ella me ponía en su pecho y dejaba de llorar.

—Aaron, sé que nada será igual que cuando estaba ella, pero intentaré hacerlo lo más parecido posible; solo tienes que enseñarme cómo te gusta. Prometo poner todo de mi parte y hacerlo lo mejor posible. Ahora no tienes una mamá, pero tienes un papá. Sé que no es lo mismo y realmente quisiera que ambos pudiéramos estar aquí contigo, pero no es posible; sin embargo, no la tenemos que recordar con tristeza, sino celebrar su vida y todos los buenos momentos que ella te regaló mientras vivía.

El niño quedó pensativo, pero ya no lloraba. Enroscaba las sábanas en sus manitas una y otra vez.

—También Esther seguirá estando aquí contigo, ¿verdad? —dijo Brian, en un intento por tranquilizarlo.

—Por supuesto, mi niño. Ya he hablado con tu papá y cuando él no pueda cuidarte lo haré yo; eso no cambiará.

—También me ofrezco para colaborar —dijo Alexa—. Yo quiero mucho a tu papá, Aaron. —Extendió ambas manos y los tres quedaron enlazados—. Así que también te querré mucho a ti, porque eres su hijito.

—¿Hay algo más que nos quieras preguntar, Aaron?

—¿Dónde tendré que vivir, Brian?

—Por ahora seguiremos viviendo en Londres. Tu doctor será quien nos diga cuándo puedes mudarte conmigo a Estados Unidos. En algún momento tendremos que hacerlo. Sabes que los adultos debemos trabajar para poder comprar comida y medicación, entre otras cosas; y mi trabajo está allí. También mi casa.

—¿Y Esther se quedará en Londres cuando nos vayamos?

—Si ella quiere puede venir con nosotros.

—¿Quieres venir con nosotros, Esther? —le preguntó esperanzado.

—Claro. Yo voy adonde vosotros vayáis.

El teléfono de Brian sonó y se levantó de la cama para atender. Era un número desconocido.

—¿Señor Brian Moore?

—Sí, ¿quien habla?

—Mi nombre es Lesslyn Cameron. Soy abogada y me encargo de los asuntos legales de la señorita Rebecca Mine. Le llamo para darle una mala noticia.

Brian se fue fuera para hablar más tranquilo.

—Ya estoy al corriente del fallecimiento de Rebecca.

—Le doy mi pésame, entonces.

—Muchas gracias.

—Tengo entendido que usted es el padre del hijo de la señorita Mine. Hay algunos papeles que deberíamos poner en orden. La señorita Mine dejó una carta para usted y necesito entregársela también. ¿Cuándo cree que puede venir a mi despacho en Londres?

—Hoy mismo, si puede recibirme.

—¿Usted está en Londres?

—Así es.

—Perfecto. Eso agilizará mucho las cosas.

—Envíeme un mensaje a este número con la dirección, por favor.

—Muy bien, señor Moore. Le espero a las tres de la tarde. ¿Le parece bien?

—A las tres de la tarde estaré allí.

Brian colgó la llamada y cuando entró explicó entre dientes de quién se trataba. Mientras lo hacía, el móvil de Esther sonó. La abogada también quería hablar con ella.

Por la tarde, él y Esther acudieron al despacho de abogados y Alexa se quedó con Aaron.

—Adelante, por favor. Tomen asiento.

Brian corrió la silla para que Esther se sentara y a continuación lo hizo él.

—Bien, vayamos a lo nuestro. Como les dije por teléfono, lamento mucho lo sucedido. Soy la abogada de la señorita Mine. Desde hace algún tiempo me encargo de sus asuntos legales, pero ahora hará aproximadamente un mes que se acercó a mi despacho para realizar algunas modificaciones en su testamento. En esa ocasión me manifestó su temor ante la posibilidad de que pudiera pasarle algo; bueno, en realidad ella siempre tenía ese miedo. Totalmente comprensible debido a la pérdida que sufrió de pequeña con los suyos. Sin embargo, últimamente parecía haberse acrecentado más su preocupación con la enfermedad de su hijo. Necesitaba estar tranquila ante cualquier cosa que le pudiera ocurrir y pretendía dejar bien atada su custodia. Me indicó que el niño sí tenía un padre y, a pesar de que Aaron no mantenía contacto con usted —miró fijamente a los ojos a Brian—, me facilitó todos sus datos.

»Señor Moore, ahora mi pregunta es: ¿desea usted hacerse cargo del menor? Porque la señorita Mine ha dejado dos documentos diferentes, donde da algunas indicaciones pertinentes para el caso de que usted decida comprometerse con su vida, o para el caso de que no.

—Por supuesto que quiero. Si no lo he hecho hasta ahora es porque no sabía de la existencia de Aaron.

—Muy bien. En ese caso desestimaremos este documento y lo siguiente será realizar un ADN para verificar ante la justicia que Aaron efectivamente es su hijo. Con ese resultado en mano podremos cambiar su apellido actual por el suyo. Al no estar la madre viva debemos hacerlo de esta forma, ya que usted no puede hacer un reconocimiento voluntario.

—Perfecto. ¿Cuánto tarda ese trámite?

—Aproximadamente unos sesenta días. El resultado del ADN lo tendremos en unos siete o diez días aproximadamente. También me encargaré de poner las propiedades de la señorita Mine a nombre del menor, pero eso quizá se demore un poco más, puesto que ahora deberemos esperar al cambio de apellido. Los bienes que el menor heredará son un apartamento en Londres en el barrio de Knightsbridge con todo lo que contiene; ella pidió expresamente que se guarden los recuerdos para que su hijo no pierda sus raíces, y también le ha dejado una propiedad en Fort Lauderdale. El resto está todo hipotecado. Usted podrá ver el detalle en la copia que le entregaré y, si tiene alguna duda, no dude en consultarme. Pero me temo que el resto de los bienes que le menciono serán embargados. Tengo entendido que mi clienta tuvo que hacer estos gravámenes para solventar los gastos de la enfermedad del niño.

«¿Por qué no me pediste ayuda, Rebecca, por qué?», pensaba Brian sin dejar de prestar atención a lo que le explicaba la abogada.

—Como usted ha aceptado reconocer su paternidad, en este supuesto la señorita Mine no ha dado mayores indicaciones para el trato del menor. Tampoco le impone un lugar de residencia. Ella simplemente deja a su criterio todas las decisiones a tomar, pues considera que es una persona idónea mentalmente para decidir por su hijo. De todas formas, le entregaré una copia que indica todo lo que le estoy trasmitiendo, para que no sea tan frío este proceso. Lo único que me ha pedido particularmente y que encontrará muy bien detallado es que, en el caso de que usted se hiciera cargo de las responsabilidades paternas, deberá garantizar por escrito que mantendrá todos los tratamientos médicos que el niño necesite. También una buena educación. Y que, en la medida de lo posible, impedirá que sus padres intervengan en la misma.

Brian sonrió mientras asentía con la cabeza.

—No se preocupe. Prepare el acta que sea. Tampoco yo deseo que ellos intervengan en nada.

—También ha pedido que usted permita que la señora Esther Lowell continúe en contacto con Aaron, y que este sea lo más fluido posible.

—Delo por descontado. No quiero alterar el mundo de mi hijo más de lo que ya se alterará; es catastrófico que haya perdido a su madre como para que también lo apartara de Esther. De hecho, ya le he propuesto a la señora Lowell que viva con nosotros.

—Perfecto. En ese caso lo último que me queda es hacerle entrega de estas tres cartas. Una es para usted, señor Moore; la otra es para Aaron; y la otra para usted, señora Lowell.

Ambos se prepararon para abrir los sobres.

—Ella pidió expresamente que no la leyeran aquí, que lo hicieran en algún lugar donde puedan reflexionar mejor sus palabras.

Ambos asintieron.

—Señora Lowell, tengo que hacerle entrega también de esta documentación. Se trata de una cuenta bancaria en la que la señorita Mine depositó una cantidad de dinero a su nombre.

—¡Oh, Dios! ¡Qué ha hecho esta mujer!

—Calma, Esther. Si Rebecca le dejó eso seguramente es porque usted lo merece.

—Pero... el niño lo necesitará.

—Yo me encargaré de todo lo que Aaron necesite. Por eso no se apure —la tranquilizó Brian.

—Ahora llamaré al notario para que firmemos esta acta, que indica en qué ha consistido esta reunión y lo que les he entregado a cada uno y también lo que queda en mi poder. Tomen una copia para que vayan leyendo, mientras tanto.

El proceso de firmas no se alargó mucho y luego la abogada les dijo:

—Bien, eso es todo por el momento. Les agradezco que hayan venido tan rápido. Nos volveremos a ver muy pronto, señor Moore. Cuando salga, dele la documentación a mi secretaria para que pueda sacar copias y con eso empezar los trámites de filiación del menor. Lo llamaré para que hagamos la prueba de ADN en estos días. Seguramente, mi secretaria se pondrá en contacto con usted y le indicará dónde debe dirigirse. Deberá llevar a Aaron también.

—Aaron está hospitalizado en este momento en el Royal London Hospital.

—Entonces, tramitaré todo para que puedan hacerla allí.

—Muy bien. Buenas tardes y gracias por todo.

 

 

Por la tarde, el resultado del tipaje HLA en sangre les había quitado la poca ilusión que les quedaba. Brian no era donante compatible con Aaron.

—¿Qué haremos? Guardaba la esperanza de que pudiera hacer algo para salvar su vida.

Alexa le acarició la frente y luego lo abrazó.

—Debemos tener fe. Estoy segura de que aparecerá un donante no emparentado que podrá donarle su médula y se curará. Quiero hacerme las pruebas.