10
«Dos senderos se abrían en el bosque y yo... yo tomé el menos transitado.»
ROBERT FROST
Llegaron al aeropuerto y Alexa no esperó para bajar. Brian se dirigió al maletero y con la ayuda del chófer se hizo cargo del equipaje, atento a todos los movimientos y reacciones de Alexa. Ella esperaba con actitud digna.
—Gracias, John, yo me encargo de todo.
—Que tengan buen viaje, señor Moore, señorita Smith.
Ambos dieron las gracias al empleado y atravesaron las puertas de entrada. Brian permanecía en silencio mientras acarreaba las maletas de ambos.
—¿Estás ofendido? —preguntó Alexa de pronto ante su insistente silencio.
Lentamente, Brian se quitó las gafas y la miró a los ojos. Una sonrisa casi nimia se asomó en sus labios, proporcionándole un aire altanero y triunfal.
—No me creo con derecho a ofenderme.
Le extendió la mano y se la ofreció en un gesto sincero para que ella la cogiera. Alexa tragó saliva y titubeante aceptó darle la suya. Brian intentó tragarse nuevamente la sonrisa de regocijo que amenazaba con asomar de sus labios, pero no pudo disimular muy bien.
—Deja de pavonearte porque he aceptado tu mano.
Él agitó la cabeza pero no dijo nada. Continuó caminando mientras tiraba del carro con las maletas y guiaba a Alexa.
Tras todos los controles se dispusieron a subir al avión, donde la tripulación les dio la bienvenida. Se acomodaron en las butacas asignadas y la aeronave no tardó en despegar.
En unas pocas horas cruzarían las 1.451,58 millas que los separaban de Atlantic City. El jet atravesaría Luisiana, Misisipi, Tennessee, Virginia y Delaware, y entonces por fin se haría realidad el reencuentro con su abuela.
Una ansiedad extraordinaria en el pecho la surcaba y daba paso a un temor desmedido que se apoderaba de todo su ser y que por momentos no sabía cómo manejar.
Alexa iba sentada al lado de la ventanilla. En su interior una marea de sensaciones parecía no tener fin; por un lado, la angustia por la delicada salud de Baddie la sumía en la desesperación; por otro, el consuelo de saberse acompañada y apoyada por el único hombre que ansiaba que estuviera junto a ella, pero que a la vez era el causante de todas sus penas.
Retorció las manos después de que dieran la orden para desabrochar el cinturón de seguridad. Se vistió de orgullo con la firme convicción de que no se dejaría subyugar y, obstinada, arremetió contra los sentimientos que experimentaba y que despertaban en ella una cólera singular: se negaba a aceptar que a pesar de todo cuanto intentaba para olvidarlo, era imposible lograrlo; a pesar de sus propias convicciones, se enfadaba al saber lo que su cercanía provocaba en ella, la flaqueza que amenazaba con doblegar su orgullo; aunque no lo quisiera reconocer, sabía a ciencia cierta que su sola presencia ahuyentaba todos sus males y le otorgaba seguridad y contención.
«Pero, ¿qué tiene este hombre que no puedo quitarlo de mi cabeza», se preguntaba una y otra vez.
En aquel momento sintió una indefensión que la hizo estremecer. Brian era un hombre muy sexual, pero no se trataba solamente de atracción física. Él había sabido meterse en su corazón como ningún otro antes lo había conseguido. Un temblor la recorrió de punta a punta ante la certeza de saberse enamorada. Se obligó a sí misma a no darse la vuelta. No quería enfrentarlo y que descubriera en sus ojos todo lo que sentía por él; si lo evitaba, el oprobio por ceder a sus principios no sería tan devastador.
Una lucha interna continuaba con fuerza. Se reprochaba en silencio no poder manejar sus sentimientos, no poder doblegar sus deseos.
Intentó alejar sus demonios, pensar en el reencuentro con su abuela, las preguntas que les haría a los médicos, y así alejar de sus pensamientos por unos momentos a Brian; no obstante, inconscientemente tuvo la firme convicción de que él estaba clavándole la mirada, y entonces una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo hasta el punto de provocarle un escalofrío. Su cercanía se estaba haciendo inmanejable y aunque había deseado más que nada que él la acompañara, ahora creía que no había sido una buena decisión. Su proximidad la desestabilizaba y la amenazaba con hacerle perder el control y el sano juicio.Respiró profundamente, y fue en aquel instante cuando una punzada la golpeó de lleno: él se acercó a su oído para hablarle.
—¿Estás incómoda? ¿Qué puedo hacer por ti?
«Alejarte, porque estás volviéndome loca», caviló ella.
—¿Quieres que te pida una manta? Me ha parecido que temblabas. ¿Tienes frío?
Alexa ladeó la cabeza y quedaron a escasos centímetros de distancia. Explorándose concienzudamente, no apartaron la vista ninguno de los dos, por lo que se creó una creciente tensión sexual a todas luces evidente: ambos se deseaban sin poder evitarlo.
—Rubia... ay, rubia... te comería la boca a besos.
—No tengo frío —dijo ella y ladeó la cara lentamente para concentrarse otra vez en la ventanilla—. Estoy nerviosa, quiero llegar. Solo se trata de eso —agregó eludiendo su último comentario.
Era evidente que él estaba jugando con su sensualidad, que se escapaba por cada uno de los poros de su piel. Se dio cuenta entonces de que estaba retando a su deseo, de que Brian sabía perfectamente cómo, cuándo y dónde seducirla, hasta dejarla sin voluntad.
«Tengo que mantenerme alejada y aclarar mis pensamientos... Él tan solo está aprovechándose de mi debilidad por mi mamina, pero no se lo permitiré. No volverá a hacerme sufrir.»
Brian colocó una mano sobre la suya, que descansaba sobre su pierna, y volvió a acercarse para hablarle.
—Tranquilízate. Pronto llegaremos y verás que, después de hablar con los médicos, no será tan grave como suponemos.
Alexa tan solo se limitó a asentir con la cabeza; de pronto estaba siendo tierno, paciente, como ella lo conocía en la intimidad, no como el personaje arrollador y frívolo que todos vislumbraban en las páginas de las revistas donde salía.
Lo miró una vez más en el fondo de sus ojos y comprendió que no podría escapar de él tan fácilmente. Advirtió también que tenía que tomar una decisión porque no podía continuar sin hablarle: había aceptado que la acompañara y eso significaba que compartirían varias horas juntos. Por todo ello intentaría ser lo que él había dicho: su amiga.
En un acto impensado, entrelazó sus dedos con los suyos y le sonrió. Brian le devolvió la sonrisa, levantó su mano y le besó los nudillos.