15

 

 

«Se ha dicho “el tiempo cura todas las heridas”. No estoy de acuerdo. Las heridas permanecen; con el pasar del tiempo la mente cuida de su salud y las cubre con cicatrices. Entonces, el dolor desciende.

Pero nunca se va.»

 

ROSE KENNEDY

 

 

Sin aliento, pero pareciéndole imposible separarse de ella, amortiguó su peso sobre sus codos y la miró a los ojos con incredulidad: la vida parecía darle una nueva oportunidad para redimirse ante la mujer que ansiaba tener a su lado. Cerró los ojos por unos instantes y apoyó su frente en la de ella. Jadeante y sonriente, le dijo:

—Ahora me siento un hombre completo.

Le apartó algunos mechones que se le habían pegado a la cara, y ella cerró las piernas contra sus caderas. Todavía falta de aliento, al igual que él, le sonrió esperanzada.

—No vuelvas a fallarme.

—Basta ya. Te he dicho que no lo haré. Miremos hacia delante y construyamos un nuevo futuro.

Brian salió de ella. Su polla aún estaba temblorosa por los restos del orgasmo. Se quedaron un rato acariciándose y mirándose en silencio. Luego, se levantaron a asearse.

El modelo ya estaba metido en la cama mientras ella se paseaba por la habitación envuelta en una toalla.

—Deja de pasearte así frente a mí o te arrancaré esa toalla y volveré a follarte.

Alexa sonrió pícaramente, dejando caer la toalla para descubrir su tersa piel desnuda.

—Ahora vuelvo. Voy a por mi móvil, que me lo he dejado en la otra habitación, no sea cosa que llamen del hospital.

—No llamarán. Baddie seguramente está bien, pero ve a buscarlo si eso te deja más tranquila. Salió del dormitorio contoneándose, por lo que provocó que la entrepierna de Brian volviera a palpitar.

Cuando regresó, llegó hecha un mar de lágrimas.

—¿Qué pasa, Alexa? —Brian se alarmó. Ella lloraba tan desconsoladamente que no podía hablar—. Rubia, estás asustándome. ¿Qué pasa?

Le volvió a preguntar mientras la tomaba entre sus brazos. Se había arrodillado en la cama y le tiró de un brazo hasta pegarla a su cuerpo.

—Lo ha hecho, lo ha vuelto a hacer —le dijo entre sollozos y con la voz muy congestionada.

—Alexa, no entiendo nena.

—Mi madre, Brian, mi madre me ha robado todo el dinero y también se ha llevado las joyas de Baddie.

—Oh, Dios, lo siento.

—No quiero volver a verla. Cada vez que aparece es para hacerme daño. Nunca me ha querido.

—Ven aquí, tranquilízate. Vamos a acostarnos y te abrazo. Necesitas descansar un poco.

—¿Cómo es posible que una persona tenga tan pocos sentimientos?

—Alexa, nena, está enferma. Su adicción la lleva a hacer cosas que no quiere hacer.

—No, Brian, no voy a engañarme buscando una justificación que no existe: su adicción al alcohol y a las drogas es de hace unos años, pero ella nunca me quiso. Siempre fui un estorbo, jamás me dio cariño. Cuando apenas tenía nueve meses Baddie se hizo cargo de mí. Me llevaba con ella a donde trabajaba como cocinera, porque mi madre dormía todo el día y no me daba de comer. Eso no lo sé por mi abuela, sino por Carol, porque Baddie jamás me puso en contra de ella. Por eso la odio cuando dice que su madre le robó a su hija. Por el contrario, mi abuela siempre intentó que mi madre y yo tuviéramos un vínculo, pero a veces creo que por sus venas no corre sangre; si mi abuela no hubiera estado para cuidarme no sé qué hubiera sido de mí. Hannah nunca ha demostrado ningún sentimiento por mí.

—No te aflijas. Has tenido a Baddie: ella te ha dado mucho cariño y ha hecho de ti una gran mujer.

—Hannah solo piensa en ella, solo en ella y en nadie más. Yo he sido simplemente un descuido. Ni siquiera sé quién es mi padre. Fue una relación de una noche y ella no lo conocía. Una vez me dijo que ni recordaba su rostro, que solo se acordaba de que la había follado en su coche en un aparcamiento, y de que su polla estaba tan dura que dolía. Mi madre jamás maquilló las historias para mí. No le importó nunca cuánto daño me hacía saber que ni siquiera fui concebida con amor.

—Alexa, lo siento tanto... —No soportaba verla así. Sus hombros se agitaban convulsivamente y sus lloriqueos y explicaciones resonaban como los clamores de un animalito maltrecho.

—No tienes ni idea de las cosas que me ha hecho pasar. Cuando yo empezaba a comprender su rechazo, Baddie la reprendía y la instaba a hacerse cargo de mí, a darme cariño. Hannah se enfadaba mucho. Decía que yo era un obstáculo para vivir su vida, y entonces, solo para hacerle daño a mi abuela por recriminarle, me llevaba con ella. —Agitó súbitamente la cabeza como si de esa forma desbaratara una infinidad de recuerdos. Tomó aliento y continuó— Mamina no quería que me llevase a los lugares que ella frecuentaba, pero no le hacía caso. En su trabajo de camarera era conocida por las atenciones extra que daba a los clientes. Yo era muy pequeña aún, pero a ella no le importaba lo que pudiera ver. Decía que me instruía para ser mujer y para que supiera cómo complacer a los hombres.

—Oh, nena, jamás imaginé...

Esperó a que el sufrimiento, que nunca desaparecería del todo, se apaciguara solamente unos instantes. Brian le besó la punta de la nariz; le fallaban las palabras.

—Sí, mi madre follaba delante de mí. Recuerdo que la primera vez que la vi —se le hizo un nudo en la garganta— yo pensaba que sus gemidos se debían a que ese hombre le estaba haciendo daño. Yo... solo tenía cinco años recién cumplidos. No podía comprender con certeza lo que estaba pasando. Odiaba cuando me llevaba a su trabajo.

—¿Y Baddie lo sabía?

—No, nunca se le conté. Jamás se le conté a nadie. De haberlo sabido, mamina nunca lo hubiera permitido. Brian, eres el único que ahora lo sabe; ni siquiera a Olivia se lo he contado nunca.

El modelo la besó con extrema ternura, recogiendo con sus besos las lágrimas derramadas. Aunque sentía lo mismo que ella, intentó apaciguarse.

—Por eso cuando se fue con aquel hombre que no la aceptaba con una hija, a pesar de sentirme abandonada, para mí fue un alivio. Mi abuela lo fue todo para mí. Ella hizo que cada uno de mis días fuera más feliz que el anterior. La gente para la que trabajaba siempre la ayudó. Ellos fueron los que pagaron mi educación, pues adoraban a Baddie. Jamás les importó que me llevara con ella a trabajar y me dejaban jugar con sus hijos, sin discriminaciones. Luego se fueron a vivir a Italia, no sin tentarla para que nos fuéramos con ellos. Pero aquí mi abuela tenía ayuda de sus amigos. Había momentos en que ella no podía cuidarme sola, así que le liquidaron todo a mamina por haber trabajado tantos años y le hicieron un depósito como fondo para mi educación.

Súbitamente, Alexa estalló en un desgarrador llanto. Necesitaba llorar por esa niña que una vez había sido y a la que su propia madre le había robado la inocencia. Brian la abrazó tan fuerte que sus huesos parecieron lamentarse. Paciente, la sostuvo contra su pecho; cerró los ojos mientras afianzaba su abrazo, hasta que ella comenzó a calmarse. Lentamente, fue aminorando la fuerza y comenzó a acariciarle la espalda. Jamás había imaginado que la vida de Alexa hubiera sido tan difícil. Ella era siempre tan alegre, tan jovial, tan independiente... Y aunque sabía que la había criado su abuela, nunca creyó que había pasado por tantas depravaciones.

«¿Cómo una madre puede hacerle tanto daño a su hija?», se preguntó Brian sin saber qué decirle para borrar su sufrimiento. Se sintió titubeante. No sabía muy bien cómo actuar ante semejante confesión. Él nunca había tenido que consolar a nadie de esta forma, y desde hacía unos días era lo que se pasaba haciendo con Alexa. Tenía miedo de fallar, de no hacer lo correcto, de no ser el pilar que ella necesitaba a su lado.

—Todo cambiará —recitó de pronto, hallando en su voz la seguridad necesaria—. Te lo prometo. Lo único que quiero es hacerte muy feliz. Prometo ser el hombre que mereces a tu lado, uno que te cuide, que te respete, que te valore. Voy a cambiar, voy a asumir responsabilidades, es hora de que madure. Necesito además ser merecedor de tu confianza. No llores más, por favor, me estás rompiendo el alma. No quiero verte triste. Te prometo que te demostraré que esta nueva oportunidad que me estás dando vale la pena.

»Voy a compensarte cada uno de los momentos tristes con uno dichoso, voy a desvanecer de tu memoria todo los malos recuerdos.

Ella asintió con la cabeza, y tan pronto como logró moverse lo tomó con ambas manos del rostro y se miró en el espejo azul de sus ojos. Y, aunque en ellos podía ver una atracción imposible de disimular, también veía franqueza. Brian le hacía sentir cada emoción que estaba experimentando. Admiró sus facciones, su mirada de zafiro inmóvil que delataba sus intenciones.

Agradecida, posó sus labios en los de él y, de inmediato, se acurrucó entre sus brazos. Quería disfrutar del calor que emanaba de su cuerpo. Se sentía muy bien bajo su cobijo.

—Necesitamos descansar, pero no creo tener la fortaleza suficiente para dejarte hacerlo. No sé bien si esto es lo que esperabas que dijera, pero no se me ocurre en este momento otra cosa más que colmar tu cuerpo de caricias y de besos para que veas cuánto te adoro. Sé que mi cariño no puede suplir el que te faltó, pero trabajaré para atenuarlo.

El silencio se propagó y resaltó la disonancia de sus respiraciones.

—Dime algo.

—Supongo que tampoco puedo ser tan fuerte como para cerrar los ojos y echarme a dormir.

—Entonces tendremos que dejar que la debilidad nos asalte.

Se besaron con placidez y se saborearon sin prisas. Con caricias y besos fueron calmando lentamente la desazón para dar entrada a otras sensaciones, que los llenaron de emociones diferentes. Así, pronto consiguieron alejar toda la oscuridad que los había dominado. Estaban juntos nuevamente y ambos necesitaban remitir las ansias que sentían por el otro. Brian ahora quería demostrarle que no solo podía ser una máquina sexual, sino que también podía tomarse su tiempo para adorarla de mil maneras.

Pausadamente, comenzó a regar besos por toda su piel, hasta que se detuvo en la concavidad de sus pechos, tomó uno de sus pezones con la boca y comenzó a succionarlo lenta y dulcemente, mientras que, apresando el otro entre sus dedos, lo acariciaba con calidez. Alexa enredó con las manos sus cabellos y lo atrajo hacia sí. Su necesidad era clara. No quería que se detuviera. El roce de la barba sobre su piel la enardecía y la hacía más sensible. Sin soltar el pezón, Brian deslizó la mano por su cuerpo y buscó el interior de sus muslos, hasta que llegó a sus pliegues y los separó con sus dedos para hacerse camino y enterrar uno en el interior de su cavidad. Con una lentitud excesiva, hurgó en ella hasta que la tuvo húmeda y jadeante. Entonces, decidió abandonar sus pechos para iniciar con su lengua el trayecto invisible que habían trazado sus manos.

—Brian, vas muy lento.

—Lo sé. ¿Ansiosa?

—¿A ti qué te parece?

—Que estás mal acostumbrada. Confía en mí. Sé lo que hago.

Brian continuó con los besos, que por momentos se transformaban en lametazos, chuponcitos y pequeñas mordidas; finalmente, Alexa sintió su aliento cálido y húmedo en su sexo, y apretó los muslos con expectación, a la espera del primer roce de su lengua. Cuando sintió el contacto, un gemido ahogado escapó de su boca y provocó que el enhiesto pene de Brian se agitara al instante y se endureciera mucho más. La lamió suavemente hasta recoger con su lengua la humedad de su sexo; luego, la endureció y agasajó con ella su clítoris, provocándole espasmos musculares en todo el cuerpo. Alexa se sintió flotando en un mar de placer líquido que la invadía por completo; él volvió a recoger con la lengua sus fluidos, una y otra vez. Alexa sabía a placer, a deseo.

—Quiero lamerte también.

Brian se lo pensó. Sabía que si consentía tiraría por tierra sus planes de ir lento, pero la tentación de sentirse en su boca fue demasiada y no pudo resistirse. Se incorporó y rodó con ella en un ágil movimiento hasta quedar bajo su curvilíneo cuerpo.

Se miraron directamente a los ojos y Alexa cayó sobre él con su boca sobre la suya. Las sensaciones plácidas y palpitantes los provocaban para que sus cuerpos se removieran con impaciencia. Brian la sostenía de las caderas mientras ella lo besaba todopoderosa. Alexa bajó su mano hasta su rígida virilidad. Su miembro estaba dolorosamente duro y palpitante. Abandonando su boca, se deslizó sobre él y lo obligó a recoger las piernas. Entonces entró en juego su lengua. Se detuvo en el perineo y provocó que un temblor se apoderara de su cuerpo y un quejido casi agónico se escapara de su boca. Acto seguido, le lamió los testículos y activó cada una de las terminaciones nerviosas que allí existían. Se movió lujuriosa y deslizó la mano por su polla hasta hacerlo suplicar, a la vez que jadeaba su nombre, traviesa, y, bajo su atenta mirada, lo contempló, mientras introducía su pene en la boca lentamente, formando con los labios y la lengua un capullo perfecto. Excitándolo y envolviéndolo en un húmedo calor, presionó su pene ligeramente con los labios y la mano. Brian empujó un par de veces contra su boca y le hizo sentir la fuerza de su masculinidad en sus labios. Le dio pequeños golpecitos en el glande y con la lengua lo rodeó una y otra vez. Luego ejerció presión y la movió de forma desigual: probando diferentes ritmos, succionó su punta. El cuerpo de Brian se cubrió de una fina película de sudor que perló al instante su piel. Excitado, descontrolado, buscó la entrada de su vulva para introducir sus dedos; estaba ansioso, aturdido de pasión.

Volvió a moverse ágilmente y la retuvo bajo el peso de su cuerpo, aprisionada en la cárcel que formaban sus brazos alrededor; le mordió los labios y ella se movió debajo de él haciendo que las puntas enhiestas de sus senos se friccionaran contra su pecho; incluso en medio de la pasión, Brian no pudo evitar sonreír por las sensaciones experimentadas.

—Así te quiero, entregada —le farfulló al oído mientras que con sus manos le acariciaba la cintura.

Se incorporó levemente y comenzó a deslizarse en su interior. El acople de la longitud de Brian en su sexo fue muy fácil, porque ella estaba sumamente lubricada. Alexa movió sus caderas para que él la penetrara con mayor profundidad. Estaba aferrado a su esternón con fuerza. Sus manos la sujetaban con potencia donde terminaban sus pechos. Luego se apartó sin soltarla, y volvió a penetrarla más profundo. Ella gemía mientras salía a su encuentro y él jadeaba y la invadía más hondo con cada envite.

—Oh, Dios, así. Esto es condenadamente perfecto —indicó él sin dejar de moverse.

El ritmo que habían adquirido era desenfrenado. Se miraban posesivos, presos de pasión. Alexa se agarraba a sus bíceps y lo recibía alucinada.

De pronto, como en el proceso de la combustión, la energía térmica ordenada pasó bruscamente a transformarse en energía desordenada.

El orgasmo brotó en ambos, y sus cuerpos se turbaron de tal manera que sus fluidos se convirtieron en el combustible ideal para arder espontáneamente.

Brian salió de ella y se dejó caer de espaldas contra el colchón, mientras se pasaba la mano por su cabello. Ambos respiraban con esfuerzo.

Tras el placer inconmensurable de saberse unidos, extenuados, se dejaron envolver por el éter que los había vencido y se permitieron cobijar uno en los brazos del otro. Alexa se apoyó en su pecho y él le besó el pelo mientras una somnolencia se apoderaba de ellos.