11

 

 

«El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve;

con lo que se imagina basta.»

 

JACINTO BENAVENTE

 

 

Tras varias horas de vuelo, llegaron por fin al Atlantic City International Airport y cogieron un taxi hasta la modesta vivienda situada en Sunrise Avenue, donde dejaron el equipaje para luego trasladarse al hospital.

Apenas llegaron al AtlantiCare Regional Medical Center, se dirigieron a la mesa de informes.

—Buenas tardes. Quisiéramos información sobre una paciente que está hospitalizada aquí. Su nombre es Baddie Smith. Tenemos entendido que ingresó de madrugada —le informó Brian a la empleada.

—¿Son familiares?

—Soy su nieta —dijoAlexa de inmediato.

La empleada miró rápidamente en su ordenador.

—Permítanme sus identificaciones. Luego pueden dirigirse a la UVI, donde sabrán de la paciente.

En cuanto entraron, una enfermera de planta los recibió.

—Quiero ver a mi abuela.

—Espere, por favor. El doctor me pidió que lo avisara cuando llegara algún familiar de la paciente.

—Pero, ¿qué sucede? —preguntó Alexa alarmada.

—El médico les informará —contestó la mujer con voz reservada, y se marchó antes de que pudieran hacerle más preguntas.

Cuando quedaron solos Brian la agarró del hombro y la pegó a su cuerpo al ver que ella temblaba.

—Dios, Brian, creo que no está pasando nada bueno.

—Lo sé, pero esperemos a que nos informe el doctor —le besó la sien y le tocó el brazo.

—Alexa, tesoro, ya estás aquí. Creí que tardarías más.

—Oh, Carol. —Alexa se separó de Brian y se abrazó a la anciana que acababa de reconocerla.

—Brian consiguió un vuelo privado. Por eso hemos tardado menos. Acabamos de llegar. Dime, ¿cómo está mamina?

—Mi querida, no quisiera tener que decirte esto, pero me temo que Baddie no está nada bien. Me llamó y me dijo que tenía un fuerte dolor en el pecho. Fui de inmediato a su casa y cuando llegué respiraba con mucha dificultad. Rupert y yo llamamos a emergencias y la trasladaron aquí.

—¿Familiares de Baddie Smith? —preguntó súbitamente un médico interrumpiendo el relato.

—Sí, nosotros —informó Brian—. Ella es la nieta de la paciente.

—Buenas tardes. Soy el doctor Marcus Green.

—Brian Moore.

—Marcus, ¿eres tú?

—¿Alexa? Qué casualidad. —Se abrazaron y se dieron un beso efusivo.

«¿Y este quién narices es?», pensó Brian sin poder evitar los celos por la cercanía que parecían tenerse. Tuvo unas ganas enormes de recriminárselo, pero entonces se dio cuenta de que él no era nadie en la vida de Alexa, que estaba allí simplemente en calidad de amigo. «¡Maldición! Ella es mía.» Se sentía su dueño a pesar de todo. Caviló en el sentimiento de propiedad que lo había invadido y no quiso buscarle tres pies al gato: era lo que sentía y al diablo si de pronto se encontraba corriendo tras ella como un perrito faldero. No le importaba. «Que me condenen por quererla en exclusividad.»

—Lamento encontrarnos en esta situación.

—Marcus y yo fuimos compañeros de instituto —explicó Alexa a Brian, que miraba sin entender de qué se conocían con una cara que demostraba que quería arrancarle el hígado al médico. Asintió con la cabeza sin apartar la vista de la mano del médico, que se había quedado descansando en el hombro de Alexa—. ¿Cómo está mi abuela?

—Venid, pasemos a mi consultorio. Allí estaremos más cómodos y os explicaré con detalle.

—Carol...

—Ve tranquila, tesoro. Yo os espero aquí. Iré a la cafetería a buscar un té para tomar mi medicación. Los años no pasan en balde.

Caminaron hasta un pequeño despacho, el corazón de Alexa martilleando con fuerza. Green les abrió la puerta y, exhortándolos a que se pusieran cómodos, les dijo que en seguida regresaba.

—Parecéis tener mucha confianza tú y el médico.

Alexa miró a Brian entendiendo perfectamente su comentario, pero en ese instante el médico regresó.

—Dime, Marcus, ¿está muy mal mi abuela?

—No tengo las mejores noticias —explicó mientras se sentaba tras el escritorio—. Ha llegado de madrugada con hipertensión arterial. A partir de lo que nos ha contado, le hemos practicado estudios, porque se quejaba de dolor en el pecho y tenía síntomas de una insuficiencia cardíaca. Los resultados han arrojado que la válvula aórtica no cierra completamente. ¿Qué significa esto? Que la sangre se escapa de nuevo hacia el corazón. Eso se denomina regurgitación aórtica y es aguda, lo que implica que debemos reemplazarla, es decir, necesitamos practicarle una cirugía a corazón abierto para sustituir la válvula dañada.

—Pero... ¿se pondrá bien?

—Mira, Alexa, lo cierto es que con su insuficiencia cardíaca el pronóstico no es muy bueno.

—Dime lo que sea, Marcus, por favor, dímelo todo.

Brian le apretó la mano con fuerza.

—El daño que tiene la válvula requiere un reemplazo como te acabo de decir, pero no puedo garantizarte que vaya a superar la cirugía con éxito. Pueden surgir muchas complicaciones asociadas a su edad, pero si no hacemos la cirugía, tampoco puedo garantizarte cuánto puede vivir con la válvula en el estado en que se encuentra. Para ser más claro, tal como está es una bomba de tiempo. Además de eso, en estos momentos tiene una endocarditis que estamos tratando de controlar.

—¿Qué es eso? —preguntó Brian.

—Una infección del corazón.

Alexa rompió en llanto y Brian de inmediato la cobijó en su pecho.

—No quiero que se muera. Brian, dime que esto es una pesadilla, por favor. ¿Qué haré sin ella?

—Cálmate, nena, cálmate. No seas pesimista. Baddie es fuerte. Pensemos con optimismo y especulemos con que todo saldrá bien. Si quieres la trasladamos hoy mismo a otro sitio, a Nueva York... Lo que me pidas. Buscaré el mejor centro para que la atiendan. Seguramente tu amigo nos podrá decir qué es mejor.

—Mirad, si queréis trasladarla puedo asesoraros, pero os aseguro que aquí está en muy buenas manos. Podéis indagar si lo deseáis y veréis que no os miento. En el hospital contamos con uno de los mejores equipos de cirugía abierta de válvula aórtica.

—¿Tú la operarás?

—No soy cirujano, Alexa, pero te aseguro que quien lleva su caso, el doctor Sanders, es una eminencia.

—¿Por qué ha ocurrido esto?

—Es posible que esta condición la tenga hace tiempo, pero ahora se ha manifestado. Mira, me ha dicho que tuvo un disgusto. Tal vez eso alteró su presión arterial y desencadenó todo esto.

—¿Un disgusto? No sé nada, yo... no vivo con ella. ¿Qué habrá podido pasar? Mi abuela lleva una vida muy tranquila. Es extraño.

—Ya te contará.

—Quiero verla, Marcus.

—Cuando te calmes te permitiré hacerlo. No puede alterarse porque su tensión arterial podría volver a subir. Aunque ya la estamos medicando para controlarla, necesita tranquilidad.

—Me calmaré.

El doctor Green se levantó, sirvió agua en un vaso desechable, rodeó su escritorio, se paró frente a Alexa y se lo ofreció mientras le cogía una de las manos.

—Te aseguro que estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos por ella.

—Gracias. Me da mucha confianza saber que la estás atendiendo.

—Me alegra mucho verte.

—A mí también, Marcus.

—¿Sois pareja?

—Sí —contestó rápidamente Brian, pero Alexa se encargó de desmentirlo.

—No. Tan solo es un buen amigo.

—Ya veo. —Marcus sonrió condescendiente al ver que entre ellos había algo más que una amistad—. Venid conmigo. Os llevaré con tu abuela.

En el pasillo se encontraron con Carol y Alexa la puso al corriente. Luego le aconsejó que se fuera a descansar.

Entraron en la habitación después de lavarse las manos para desinfectarlas, pues estaban accediendo a una zona donde la asepsia era muy importante para no transmitir ningún virus. Baddie se hallaba conectada a un monitor y a otros aparatos, dormitando. Alexa se apostó al lado de su cama, se inclinó, le pasó la mano por la frente y depositó un beso sobre ella. Notó que su temperatura era alta.

—Hija, has venido. Le dije a Carol que no te avisara. No quería alarmarte —indicó Baddie con una voz melosa y en un tono fatigado, mientras salía lentamente de su letargo.

—Hola, mamina. Me alegro de que me haya avisado. Si no me hubiera enfadado contigo. Te quiero, abuela.

—Y yo a ti, mi amor.

Baddie dio una breve ojeada a su alrededor y vio que Brian estaba a los pies de la cama.

—Oh, me alegro de que no hayas venido sola.

—Hola, Baddie.

—Hola, muchacho, qué alegría verte.

—Igualmente.

—¿Qué hora es? Creo que he dormido mucho.

—Casi está cayendo la tarde. Descansa, mamina. Todo estará bien. Muy pronto te repondrás y te irás a casa.

Baddie no contestó. Simplemente asintió con una leve caída de ojos. Se sentía fatigada.

Se quedaron un buen rato, pero como era una zona restringida, no les permitían estar más.

—Mamina, me quedaré en el pasillo. Si necesitas algo, dile a la enfermera que me avise.

—Lo que necesito es que te vayas a descansar. No quiero que te quedes durmiendo en el pasillo. Yo aquí estoy muy bien cuidada y no tiene razón de ser que te martirices en una silla. Ve a casa, duerme en tu cama y mañana me vienes a ver.

—No me iré.

—Sí lo harás. Brian, hijo, llévatela. Haz que descanse y que coma. Está muy delgada.

—Tu abuela tiene razón.

El monitor empezó a sonar de pronto y vino la enfermera de inmediato.

—¿Qué pasa, señora? ¿Por qué se ha alterado? Debe tranquilizarse.

—Mi nieta, que no quiere irse a dormir a una cama decente y pretende quedarse en el pasillo.

—Está bien. Me iré a casa si eso te deja tranquila. Te lo prometo por Blanquita y por Tato.

—¡Farolera! Eso me decías cuando eras pequeña. Siempre lo prometías por tu muñeca y por tu hámster. Aún recuerdo que el pobre Rupert tuvo que fabricarle un ataúd a Tato cuando murió, porque te habías empecinado en que teníamos que hacerle un funeral.

—Acudió todo el vecindario a su funeral. Lo recuerdo.

—Siempre has sido nuestra consentida. Rupert y Carol te han consentido más que a sus propios nietos. Cómo ha crecido mi niña. Eres toda una mujer.

—La señora necesita descansar —indicó la enfermera.

—Marchaos, marchaos.

—Está bien. —Alexa se inclinó para besar a su abuela de manera interminable. Luego lo hizo Brian.

Ya estaban saliendo, pero Baddie disimuladamente detuvo a Brian.

—Ven aquí, acércate, querido, que no quiero que Alexa escuche.

—¿Qué pasa, Baddie?

—Quiero que me prometas que la cuidarás cuando yo ya no esté.

—Pero... ¿qué me está pidiendo?

—Una sabe cuándo ha llegado su hora, es increíble. No me mires así.

—Baddie, usted pronto estará bien.

—Sé que no, por eso necesito que me prometas que la cuidarás y que la querrás mucho.

—¿Qué estáis cuchicheando?

Brian asintió sin decir nada.

—Me estaba aprovechando. No todos los días la viene a visitar a una un modelo de revista. A mi edad son pocas las alegrías.

—Descanse, Baddie. Mañana nos sacamos la foto que me ha pedido para que se la enseñe a sus amigas —mintió él en complicidad con ella.

—Seré la envidia de todas.

—Aprovechada. Y eso que estás convaleciente. —Alexa le sopló un beso.

—No temas, no tengo posibilidades con él. No te lo quitaré.

—Brian es mi amigo, abuela.

—Sí, y yo soy Blancanieves perdida en el bosque.

—Señora, a descansar —volvió a intervenir la enfermera.

—Marchaos de una vez. Habéis conseguido que me regañen.