Capítulo 7
Peterwardein, septiembre de 1694
Nicolas, mi muchacho:
Solo Dios sabe cuándo recibirás esta carta. Desde tu marcha las hemos pasado moradas. Sobre nosotros han recaído sospechas de complicidad en tu evasión y ese redomado de Malthus, el boticario, te ha acusado de todos los males. Por fortuna, las relaciones de Marianne nos han ayudado. Hasta ahora, los franceses nos han dejado en paz. El nuevo gobernador tiene otras prioridades. Sin embargo, no puedes regresar hasta que hayamos podido demostrar definitivamente tu inocencia, pues sigues estando acusado. Deberás sobrellevarlo con paciencia. Estoy seguro de que te las apañas. Debo comunicarte una triste noticia: Jeanne ha sido víctima de un mal terrible. Ya hace dos meses, una mañana cayó víctima de una apoplejía mientras se peinaba en su habitación y desde entonces ha perdido el uso de las piernas y del habla. Su rostro ha quedado inmovilizado cual máscara de piedra, si la vieras, muchacho, es desgarrador, en su mirada ya no hay vida. Todos los médicos a los que he consultado no han dado con nada mejor que aconsejar unas sangrías. ¡Los he echado a todos a la calle! Marianne es formidable, se ocupa de la patrona a diario, le da de comer, la asea y constato algunos progresos en sus intentos de hablarnos. ¡Dios mío, qué difícil es sin embargo verla así, como si fuera un recién nacido…! Marianne ha recibido tus cartas y siempre las aguarda con impaciencia. No puede escribirte, pero lo hará en cuanto le sea posible. Su corazón arde por ti con la misma intensidad que el tuyo, estate seguro de ello.
Cuídate mucho.
FRANÇOIS
Nicolas permaneció un buen rato pensativo, sentado frente al brasero de su habitación, con la carta en la mano. Grangier, que había pasado varias veces, no había osado molestarlo. Germain no estaba allí para darles la bienvenida cuando bajaron el puente. Azlan se lanzó en brazos de su padre. Kuyrijsk fue a presentarse al gobernador de la plaza y Nicolas regresó a la abadía.
Buscó en su maleta los tratados más recientes y los hojeó con la esperanza de dar con una explicación a la enfermedad que sufría Jeanne. El tiempo fue pasando y habían transcurrido varias horas cuando cerró el último, el diccionario del padre Chomel, en el que depositó la carta. Se acercó al brasero para calentarse y constató a través de la ventana que volvía a llover. Grangier le sirvió una escudilla que ni siquiera tocó. Tampoco este tenía noticias de Germain. Nicolas salió. Las calles estaban llenas de rebaños de ganado que habían sido trasladados a la ciudad al darse la alerta y a los que aún no se les había atribuido una parcela. Bueyes, ocas y cerdos correteaban entre los soldados, en una indescriptible algarabía, bajo la mirada de los pastores a los que la anarquía imperante no parecía inquietarles. Preguntó en todos los hospitales de la guarnición, así como a los médicos civiles, acerca de la enfermedad de Jeanne. Algunos habían visto casos parecidos, pero ninguno tenía remedio que proponerle. Un cirujano austríaco le explicó que en una ocasión intentó una trepanación en un hombre que había quedado paralizado tras una crisis que había atribuido a una epilepsia, pero el paciente falleció durante la operación. Todos prometieron avisarlo llegado el caso de practicarle una autopsia a un enfermo aquejado de tal enfermedad. Regresó al monasterio, presa de la melancolía y la frustración. Ni siquiera le era posible desertar: los turcos habían pasado el día entero cavando trincheras alrededor de la ciudadela. La única buena noticia fue la presencia de Germain, al que su compadre había hallado borracho como una cuba.
—Es la primera vez que lo veo en tal estado —constató Grangier mientras lo observaba roncar, tumbado boca abajo sobre un jergón—. Esta ciudad no le sienta bien.
—Esta guerra no nos sienta bien. No es la nuestra.
Nicolas había pasado parte de la noche caminando por las murallas. Centenares de puntos luminosos rodeaban Peterwardein en un círculo de fuego. Los otomanos querían impresionarlos.
—Parece que son cuarenta mil —le precisó un centinela de un regimiento lorenés con el que había bebido un vaso de aguardiente—. ¡Cinco veces más que nosotros!
Se dirigió al bastión de Hornwerk desde donde les habían disparado las flechas. El capitán de guardia, un austríaco que se hallaba presente en el momento del incidente, lo reconoció y se disculpó. Los otros centinelas fueron a saludarlo y aquella reunión atrajo a los soldados vecinos hasta que un oficial puso orden con un tono hosco. Nicolas regresó a la abadía, donde todo el mundo dormía desde hacía ya un buen rato.
Al despertar, se sentía mareado. Una extraña sensación que compartía con los dos enfermeros y con Germain. Sin embargo, este último era el único que había abusado del alcohol el día anterior. Todos se habían encontrado para dispensar los cuidados cotidianos a los heridos.
—Una catarsis saludable —dijo Germain a Nicolas para comentar su gesto—. Estoy contento de que hayas vuelto —añadió, y entrecerró los ojos ante el exceso de luz en su retina dolorida—. ¡Menuda resaca! ¿Tienes algún remedio para quitármela?
Nicolas dejó que Grangier vendara a un soldado, cuya pierna se había amoratado tras ser aplastada al caerle encima el caballo, y condujo a Ribes de Jouan a la cocina, donde le ofreció un frasco.
—Lo he preparado esta mañana, pues me temía que os costaría despertaros.
Germain lo olisqueó, circunspecto.
—¿Qué es esto? ¿No será uno de tus remedios a base de cuerno de ciervo en polvo como la última vez?
—¡Bebed, confiad en mí! —bromeó Nicolas—. ¿O preferís los vapores de una decocción de col?
Germain se bebió el frasco de un trago.
—¡Hasta parece bueno!
—Serpol, sauce y rosa. Según parece, esta mezcla se utilizaba en la corte del zar.
—¿Según parece?
—Se trata de un rumor que oí en boca de comerciantes ambulantes hace algunos años.
—¿Así que me curas a base de rumores? —dijo Germain con una amplia sonrisa.
—Este parecía prometedor.
—¿Prometedor? ¿Y si fuera infundado?
—Pronto lo sabríais, mi comandante.
—Detesto cuando me llamas así, y lo sabes, Nicolas… ¡Irritándome reduces mis posibilidades de curación! —espetó, falsamente contrariado.
—Siempre nos quedaría la trepanación.
—Reservemos esa solución diabólica para los casos desesperados. Por lo que recuerdo, lo que me perforó ayer el cerebro no fue una bala sino ¡un aguardiente malo de verdad! —declaró Germain antes de echarse a reír.
Nicolas trató de compartir el buen humor de Ribes de Jouan, pero este se dio cuenta de ello.
—¿Algo te preocupa, amigo mío?
Le relató el contenido de la carta de François.
—Me gustaría regresar a Nancy para ayudar a Jeanne —concluyó Nicolas—. Una vez se haya resuelto esta historia —añadió al tiempo que señalaba con el brazo hacia la ventana.
—Esta historia, como tú dices, podría ser la última que vivamos —murmuró Germain para que no lo oyeran los otros presentes—. Los otomanos son muy numerosos y el grueso de nuestras tropas se halla muy lejos de aquí.
Lo asió por el hombro y lo llevó a un aparte.
—Y, sobre todo, vamos a necesitarte. Te voy a necesitar. Un cerco siempre tiene momentos críticos para las unidades que dispensan curas. Me eres indispensable.
—Aquí nadie es indispensable.
—Sí. Y me lo acabas de demostrar: ya no me duele la mollera.
***
El gran visir Surmeli Ali Pacha se había felicitado por la rapidez con la que sus tropas se habían desplazado de Belgrado a Peterwardein, sorprendiendo a los espías al acecho y a los exploradores enemigos, y aislando a la ciudadela de los otros regimientos del Sacro Imperio Germánico. Los jenízaros y los espahíes, además, habían instalado su campamento en menos de tres días y habían cavado amplias y profundas trincheras, a pesar de la lluvia incesante. Se había alzado una defensa con la mayoría de los carromatos para proteger las tiendas de los diversos regimientos. A la división Cemaat se le habían unido al cuarto día las divisiones Bölük y Sekban. El llano se había convertido en un inmenso terraplén de flores silvestres, cubierto de puntos rojos, amarillos o verdes. Al amanecer del quinto día, una vez los imanes concluyeron el oficio religioso, los sitiadores dispararon un cañonazo que hizo que el general De Rabutin saltara de su cama.
—No descansan ni un instante, ¡son como hormigas! —murmuró, admirado de la actividad de las tropas enemigas.
Observó que había pequeños grupos de combatientes que se habían reunido cada cien metros a lo largo de las trincheras, en los extremos de las cuales se habían dispuesto baterías de mosquetes. De Rabutin se apoyó entre dos aspilleras. Estaba convencido de que las unidades de élite se disponían a lanzar el primer asalto antes de mediodía. Había concentrado el máximo de tropas en las murallas para mostrar la potencia de fuego y disuadir a los otomanos. Lo que le inquietaba sobremanera era el número de asaltantes, más incluso que la determinación de estos.
—Querido conde De Rabutin, ¿cómo se presenta la situación?
Frederik Kuyrijsk, al que no había oído llegar, le hizo una reverencia cortesana a la que no respondió. El holandés se había apropiado de una estancia del edificio utilizado como cuartel general a cambio de una generosa propina al ocupante de la misma, uno de los ayudantes de campo del francés. De Rabutin, furioso, lo había trasladado como simple oficial a uno de los regimientos. Kuyrijsk se había mostrado tan curioso y apresurado por ponerse al corriente de los últimos partes que el general había llegado a sospechar que pudiera ser un espía infiltrado, hasta que se dio cuenta de que el hombre solo se preocupaba por su propia persona y por el retraso que aquello le provocaría en su importante viaje.
—La situación es la que veis, caballero —respondió De Rabutin, lacónico.
—En tal caso, es alarmante —pronosticó el holandés, tras dirigir una mirada al campamento de los asaltantes—. ¿Cómo lograréis sacarme de aquí?
—Estamos al abrigo y disponemos de suficientes provisiones para resistir hasta que lleguen nuestros refuerzos, nada debéis temer —dijo el general, cuya paciencia comenzaba a agotarse.
—Pero ¿quién avisará al zar de mi retraso? —volvió a preguntar mientras se acercaba a una almena para divisar mejor la llanura.
Durante una fracción de segundo, el conde De Rabutin deseó la llegada de una flecha turca disparada desde las trincheras. Se contuvo.
—Os aconsejo parapetaros tras la almena, señor Kuyrijsk, por vuestra seguridad.
El holandés se dio cuenta de que allí, al descubierto, era un blanco ideal y se ocultó presuroso tras la muralla.
—Pero ¡están muy lejos! —dijo en su defensa.
De Rabutin suspiró y se dirigió a su vecino, ayudante de campo del gobernador.
—Lavaulx, ¿cuál es el alcance máximo de un arco?
El hombre, sorprendido por el hecho de que el general le pidiera su opinión, se aclaró la voz antes de responder, henchido de una importancia que jamás le había sido concedida.
—Eso dependerá de la naturaleza de la madera, fresno o álamo, del tamaño del emplumado, del peso de la flecha y…
—Lavaulx… —se impacientó De Rabutin.
Nuevo aclarado de la voz.
—Perdón, mi general. Diría que unos doscientos cincuenta metros.
—¿Y a qué distancia se hallan las trincheras más próximas?
—A doscientos metros —respondió Lavaulx mirando fijamente al holandés—. Como mucho doscientos veinte.
—Gracias, Lavaulx. ¿Y ahora podríais acompañar al caballero a sus apartamentos?
En ese mismo instante, un sonido de tambor se alzó en el llano de los asaltantes, con un martilleo lento y obsesivo. Rápidamente se unieron timbales, címbalos y trompetas de notas agudas.
—¿Qué es eso? —preguntó Kuyrijsk, a quien le temblaban las manos.
—La mehterhane, su banda militar —dijo el general, ya sin ningún interés por el holandés.
De Rabutin fue a la batería más próxima para dar órdenes.
—¿La banda militar es un mal augurio? —preguntó Kuyrijsk al tiempo que detenía a Lavaulx, que seguía los pasos de su superior.
—Nunca se ha visto un asalto sin música. Deberíais retiraros, caballero. Se avecina tormenta.
Los asaltantes, tras arrojar nubes de flechas sobre las murallas de la ciudad, lanzaron a sus unidades de combatientes sobre los muros de Peterwardein. Centenares de grupos de cinco jenízaros cada uno, equipados con escaleras, trataban en olas sucesivas de encaramarse en diferentes puntos de las defensas, unas olas que los soldados apelotonados en las murallas rechazaban sin desfallecer. Mosqueteros turcos armados con arcabuces de mecha larga se aproximaron a unas decenas de metros de los primeros bastiones e hicieron gala de gran destreza, hiriendo o matando a soldados de la coalición a cada salva y provocando un conato de pánico en la muralla sur que el general De Rabutin logró atajar.
En su hospital de campaña, Germain estaba orgulloso de su equipo: desde el inicio del ataque, los camilleros habían ido a las almenas y evacuaron a los primeros soldados en camilla o gracias a la ambulancia volante. La capilla de la abadía se había llenado de heridos alcanzados por flechas, la mayoría de las cuales se habían quedado clavadas, enteras o parte de las mismas, en los brazos, los hombros o el tórax. Frederik Kuyrijsk se había unido a ellos y había pedido a Germain que lo autorizara a observar a Nicolas para mejorar sus conocimientos de medicina de guerra. Ribes se sintió más aliviado que humillado al no tener a su pontificador colega a su lado durante las diversas operaciones del día: la mehterhane turca, de la que oían la obsesiva música, ya era suficiente fuente de irritación.
El antebrazo del soldado de infantería había sido atravesado por una flecha cuya punta y emplumado eran visibles a un lado y otro del miembro. Tendido sobre la mesa de operaciones, el hombre estaba consciente y mostraba un nivel de dolor contenido. Grangier cortó la manga de la chaqueta mientras Nicolas preparaba el instrumental para extraer la flecha. Kuyrijsk se había acercado al herido y le tocaba el cuerpo con la punta de los dedos.
—Vais a amputar, ¿verdad?
Su pregunta hizo que ambos sanitarios se volvieran hacia él y lo miraran con reproche e incredulidad. El holandés se acercó a Nicolas para que los demás no lo oyeran.
—Llevo aquí más de una hora y aún no he asistido a una sola sección de un miembro. Es el momento ideal, ¿no os parece?
—¿Vais a amputarme? —se inquietó el soldado—. ¡Decídmelo! —añadió, presa del pánico.
—No tengo la menor intención —respondió serenamente Nicolas—. Vuestra herida es limpia y casi no habéis perdido sangre. Os voy a retirar esa flecha y os vendaré la herida. Eso es todo —respondió en dirección a Kuyrijsk, ceñudo.
—Ah, bien… De todas maneras, me gustará ver cómo lo hacéis para retirarla sin hacer una incisión en la mitad del miembro. ¿Sabéis qué decía Ambroise Paré, en quien os inspiráis? «Sería cosa ignominiosa y contra el arte si se ofendiera a la naturaleza más que a la flecha…». Os confieso que no alcanzo a comprender su significado completo, pero ¡la frase me gusta!
Cuando Nicolas se acercó al herido para operarlo, se topó con el sombrero de Kuyrijsk, un amplio tricornio de alas decoradas con volantes, que le llegaba a la cara. El holandés retrocedió tras un nuevo intercambio de miradas. El lorenés cortó el emplumado con unas pinzas y luego utilizó una tenaza dentada para extraer la punta del proyectil, lentamente, para no desgarrar aún más la carne. Acto seguido, aplicó una cataplasma sobre la herida, «a base de sauce y mostaza», precisó antes incluso de que se lo preguntaran, y enrolló un paño bien apretado en el antebrazo.
Nicolas tranquilizó al paciente y observó el hierro de la flecha que tenía en la mano.
—Incluso si una punta como esta se clava en el interior, en el propio hueso, existen maniobras que evitan las incisiones que puedan dañar nervios o arterias. Ese es el mensaje de Ambroise Paré —concluyó.
Tendió el objeto a Kuyrijsk, que lo tomó y lo observó antes de arrojarlo despreocupadamente al suelo. Los tambores de la mehterhane cesaron. Los otomanos se habían batido en retirada, dejando a los carroñeros un centenar de cadáveres y heridos inanimados.
El resto del día estuvo dedicado a hacer las curas a los pacientes. Sin embargo, dos de ellos, cuyas heridas leves no inspiraban inquietud, sufrieron fiebres y temblores y murieron antes de ponerse el sol. Otro falleció durante la noche, hecho que los enfermeros no descubrieron hasta la mañana siguiente.
—Una parálisis respiratoria —concluyó Germain, tras una rápida autopsia de los tres difuntos—. Sospecho que los turcos puedan haber envenenado las flechas.
Utilizó la cocina como morgue. Los tres cadáveres estaban alineados sobre la inmensa mesa del refectorio. Recogió las vísceras, que había apilado en el suelo como si fueran prendas de vestir, y las metió de cualquier manera en el tórax y el abdomen abiertos de cada uno de los cuerpos.
—Lo siento —dijo a los cadáveres—, ya no sé qué órgano pertenece a cada uno, pero en la situación en que os halláis, señores, no creo que me lo tengáis en cuenta. ¿Alguna objeción? Mi asistente os hará un bonito abrigo. ¡Vuestro turno, maese Déruet!
Se lavó las manos en un cubo de agua de lluvia que adquirió un tono rosa pálido. Se echó agua a la cara antes de sumergir la cabeza entera y luego se secó con un trapo sucio. Se dejó caer en una de las sillas del refectorio, con la cabeza entre las manos. Nicolas sintió la fragilidad que se ocultaba tras aquellas actitudes despreocupadas o provocadoras.
—¿Todo en orden, Germain?
Ribes de Jouan expiró ruidosamente.
—Desde que llegué a esta guerra he hablado más con los muertos que con los vivos, Nicolas. He abierto a centenares y centenares de hombres. También a turcos, a los que tratábamos de salvar tras haberlos llenado de plomo, mamelucos, yayas o espahíes. Debajo de la piel, todos somos del mismo color. Nada cambia. Y nunca he encontrado un alma en un cadáver. Solo el olor de la muerte. Ese olor lo llevo pegado, no me deja ni un momento. Y, créeme, no es el perfume de Dios… Dudo, amigo mío. Dudo acerca de la existencia de otra vida aparte de la que vivimos aquí. Y eso a veces me da miedo.
Nicolas depositó su instrumental quirúrgico y se sentó junto a él.
—Tengo las mismas dudas. Pero somos los únicos que vemos al ser humano tal como es, que tratamos de comprender los mecanismos que lo constituyen, cómo fluye en él la vida. El clero desconfía de nosotros para proteger a su Dios, los médicos desconfían de nosotros para proteger su institución y todos intentan controlarnos porque temen que podamos descubrir los últimos secretos del hombre. Ese es el precio de nuestra pasión.
Permanecieron en silencio escuchando cómo la lluvia golpeaba a ráfagas los cristales de la cocina. Entró uno de los monjes, un joven novicio de rostro picado de viruela y tonsura irregular. Se quedó boquiabierto ante el espectáculo de los cadáveres destripados.
—Volved más tarde, la cena aún no está lista —declaró Germain en tono serio.
El hombre se santiguó a la par que retrocedía y salió precipitadamente sin decir palabra. Los dos cirujanos aguardaron a que se hubiera alejado para reírse a carcajadas. Germain se puso en pie y cargó una pipa de tabaco.
—Ese irá por ahí explicando que se le ha aparecido el mismísimo diablo. ¿Crees que una vez se hayan resuelto los misterios de la naturaleza humana Dios caerá por su propio peso? ¿Como un icono pagano? —preguntó entre dos caladas, con la mirada puesta en el crucifijo que colgaba sobre la puerta de entrada.
—El hombre se creará otros dioses —respondió Nicolas, y cogió hilo y aguja—. Es una necesidad fundamental.
—Somos dos herejes dispuestos a acabar en la hoguera, ¿no crees?
—No en tiempos de guerra, nos necesitan demasiado —lo tranquilizó Nicolas, que había empezado a coser los cuerpos.
Germain se sentía feliz por haber recuperado un poco su buen humor. Abrió la ventana y arrojó el agua sucia a la calle, obligando a apartarse a un grupo de soldados que le gritaron antes de ver los cadáveres sobre la mesa. Se esfumaron perseguidos por los sarcasmos del cirujano.
—¿Qué pueden utilizar como veneno? —preguntó Nicolas una vez hubo acabado su trabajo.
—No tengo la más remota idea. No es la primera vez que soy testigo de ello, pero nunca he dado con un antídoto. ¡Ahora pensemos en otras cosas!
—Habría que dar con la manera de aspirar el veneno en la propia herida —prosiguió Nicolas.
—¿Ah? —dijo Ribes de Jouan mientras bostezaba—. No es mala idea. Hablaremos de ello mañana —añadió con desenfado.
Cogió dos botellines de aguardiente de uva y metió uno en el bolsillo de Nicolas cuando este se estaba ajustando las vendas de las manos.
—Mientras tanto disfrutemos del momento. La tormenta ha amainado. ¡Te propongo escaparnos a la mejor posada de la ciudad! La única digna de ese nombre que no está invadida por austríacos y húngaros.
—Volveré a la habitación, hay algo que me gustaría preparar antes del próximo asalto.
—Como quieras. No me esperes antes del alba, salvo que nuestros amigos se presenten de nuevo. ¡En tal caso, ya sabes dónde encontrarme!
Cuando llegó a la sacristía percibió que la estancia estaba muy caldeada. El brasero funcionaba a pleno rendimiento. Grangier y otro enfermero —reconoció a Philippe, el de Toul— estaban tumbados en sus jergones en el suelo. «Han debido de alimentar el brasero al máximo», pensó Nicolas, a quien el calor molestaba más que el frío. Tomó el volumen más grueso de las obras de Ambroise Paré, del que recordaba que contenía un capítulo relativo a las heridas por arma, y se tumbó en el camastro más alto, dispuesto sobre una tabla frente a la única ventana, cosa que le permitía ver un trozo de cielo durante el día y la bóveda celeste por la noche. No le gustaba ninguna de las obligaciones ligadas a la vida en grupo, en particular tener que turnarse para realizar las tareas, cosa que llevaba a cabo con dificultad a pesar de sus esfuerzos. Germain no se lo tenía en cuenta y le dejaba una gran libertad en los períodos de reposo. Desde su llegada a Peterwardein, Nicolas había pasado sus mejores momentos junto a la familia de Azlan, con la que compartía la ausencia de horarios fijos, en particular para las comidas.
Halló fácilmente la respuesta a su pregunta en la obra de Paré. El capítulo XXIII del noveno libro trataba de las heridas envenenadas.
—«Es necesario hacer escarificaciones profundas alrededor de la herida y poner ventosas con llama para atraer y extraer la materia virulenta» —leyó en voz alta—. Bien, pero ¿cómo encontrar…?
No pudo acabar su frase, víctima de un violento bostezo y de un deseo irresistible de dormir. Nicolas apenas tuvo tiempo de dejar el libro en el suelo y se abandonó por completo en la oscuridad del éter.
***
Los tambores. Oía los tambores. Su mente flotaba entre el sueño que lo seguía atrayendo y la realidad hacia la que su cuerpo se negaba a emerger. Pesado. Se sentía pesado. Le era imposible abrir los párpados. Las trompetas se habían sumado a la música mientras Nicolas seguía a la deriva entre dos mundos sin poder llegar a ninguno. Sus pensamientos, elásticos, no estaban ligados entre sí con coherencia. ¿Dónde estaba Marianne? Creyó oír su voz, pero ¿en cuál de los dos mundos se hallaba? ¿Y de dónde procedía esa música? Le dolía la cabeza, le dolía tanto que deseaba volver a caer en la inconsciencia. No lo logró. Tenía la impresión de ser una mente despierta en un cuerpo dormido. Y de pronto comprendió: algo sucedía en el exterior que lo encaminaba a la muerte. Sus pensamientos se encadenaron. Tenía que abrir los párpados. Su cuerpo se estaba convirtiendo en su propio ataúd. Gritó, pero no oyó sonido alguno aparte de los tambores, insoportables, que marcaban el ritmo de su cefalea. Se debatió, luchó contra sí mismo y contra esa aplastante pesadez. Gritó, reunió todas sus fuerzas y logró abrir los ojos a la realidad. Tenía la cabeza conmocionada, el cuerpo abotagado y los músculos no lo sostenían. Se sentó con dificultad en la cama. La habitación estaba a oscuras. Los dos enfermeros no habían cambiado de posición, tendidos de costado. Todo parecía normal y en calma. Salvo el rostro de Philippe: se había vuelto de color gris.
Nicolas gritó, pero sus cuerdas vocales solo emitieron un murmullo. Se sentía mareado y muy débil. Lentamente, logró arrastrarse hasta la ventana contigua al pie de su cama, la abrió y pidió auxilio con voz audible. Nadie lo oyó: a la ensordecedora mehterhane se habían sumado el retumbar de los cañones, los gritos de los soldados en las murallas y el martilleo de la lluvia que crepitaba con tanta fuerza como las salvas de los mosquetes.
Saltó al exterior. El chaparrón y el frío acabaron de despertarlo. Nicolas aspiró con ansia el aire que le había faltado. El brasero había emanado un gas tóxico que lo había asfixiado. Cuando se sintió lo bastante fuerte, inspiró aire profundamente, volvió a entrar por la ventana y tiró de Grangier por los brazos hasta sacarlo de la habitación. Se detuvo en el pasillo del claustro y lo zarandeó enérgicamente. Las puntas de los dedos del camillero se habían vuelto de color violeta oscuro y tenía el rostro cianótico. Nicolas constató que su corazón aún latía, pero que su respiración era apenas perceptible. No cesó de hablarle y de animarlo a abrir los ojos, recordando lo difícil que para él mismo había sido salir de aquella irresistible languidez. Sin embargo, parecía que la vida se le iba poco a poco. Nicolas gritó hasta que acudieron dos de los enfermeros que se hallaban de guardia en la capilla. Les ordenó que sacaran a Philippe de la habitación, aunque no albergaba duda alguna sobre el estado del desventurado camillero. Concentró todas sus fuerzas en Grangier, de quien ya no lograba distinguir los movimientos respiratorios. Su caja torácica parecía inmóvil y su abdomen no subía y bajaba. Al inclinarse hacia él sintió que un objeto se deslizaba de su bolsillo: el botellín de aguardiente de uva que le había obsequiado Germain, y cuya presencia había olvidado por completo. Le vino a la cabeza la imagen de Marianne cuando trajo al mundo al pequeño Simon. Abrió el botellín, bebió un trago y exhaló en el rostro de Grangier. Al segundo intento, el hombre se sobresaltó y sus pulmones se hincharon y se llenaron de aire. Emitió un gruñido. La muerte había decidido batirse en retirada.
A pesar del enorme cansancio y de las cefaleas que le taladraban el cerebro, Nicolas se hallaba en el hospital. Philippe de Toul ya estaba muerto cuando los enfermeros acudieron a socorrerlo y lo sacaron de la sacristía. Grangier fue transportado a la capilla en un estado de conciencia alterada, y Nicolas pidió a los dos enfermeros que permanecieran a su lado para darle fricciones y hablarle continuamente. En ningún caso debía dormirse. Le dio a beber pociones amargas, a base de quinquina y canela, hasta que vomitó, y le practicó una sangría para extraer la sangre contaminada, pero algunas zonas de su piel seguían manchadas.
Era imposible encontrar a Germain y el número de heridos que esperaban ser atendidos no hacía más que aumentar. Nicolas operaba con la ayuda del último asistente que le quedaba. El segundo enfermero, que se ocupaba él solo de la ambulancia volante, había llevado a sus espaldas a los soldados heridos, hasta que encontró ayuda en uno de los regimientos loreneses para transportar en camilla a los casos más urgentes. Algunos de los combatientes fallecían antes incluso de que el cirujano hubiera tenido tiempo de examinarlos. A las heridas de flecha siguieron las de bala y luego las de proyectiles de artillería. Los asaltantes hacían retronar sus cañones y algunos de sus proyectiles habían sobrepasado las murallas y habían caído en la ciudadela, despertando el pánico. La música militar de los turcos resonaba con más fuerza y de manera más obsesiva que nunca. El miedo invadía la estancia con su reconocible olor. Tenía que hallar una solución. La que le vino a la cabeza le pareció descabellada.
Ribes de Jouan entró en el hospital de campaña sostenido por dos soldados austríacos. Nicolas creyó en un primer momento que lo habían herido, pero luego vio que estaba completamente borracho y que le costaba andar por su propio pie. Su presencia, sin embargo, remontó la moral de los hombres que aguardaban ser atendidos. Germain dio las gracias a sus dos ayudantes y se dirigió, tambaleándose, hasta la mesa de operaciones.
—Ni un comentario —le espetó a Nicolas con el ceño fruncido—. ¡Menuda cara de poca salud tienes tú!
Al sentir que el suelo se hundía bajo sus piernas se agarró a la mesa vecina y descubrió a Frederik Kuyrijsk, con unas tenazas en la mano, dispuesto a extraer una flecha de la pierna de un soldado.
—Le he pedido que viniera a ayudarme —anticipó Nicolas—. Maese Kuyrijsk aceptó de inmediato y le estoy muy agradecido. Yo no hubiera podido aguantar solo mucho tiempo más.
Kuyrijsk lo saludó con un gesto ampuloso. Germain descubrió una hilera de vasos de coñac alineados junto al holandés.
—¿Acaso una vez acabe el asalto habrá una recepción y habéis olvidado invitarme?
—Maese Kuyrijsk ha logrado que el gobernador nos proveyera. Los utilizamos como ventosas para extraer el veneno de las flechas —respondió Nicolas, y prosiguió su operación.
Germain cogió uno de los vasos y lo examinó, incrédulo: aquel uso singular lo dejaba perplejo. Se encogió de hombros y palmeó la pierna del herido, que hizo una mueca de dolor.
—Mi más sentido pésame, valiente… Pero ¡mira, tendrás derecho a un embalsamamiento de primera!
El holandés fingió no haber oído la pulla a él dirigida.
—Vuestro regreso es una bendición, entre los tres aún seremos pocos —comentó, muy serio—. Hay varias amputaciones que nos aguardan, maese Ribes de Jouan. Si os veis con fuerzas, os asistiré.
—Dadme media hora y estaré en plena forma, para bien de los pacientes —dijo Germain—, ¡eso si antes esos tambores no hacen que me estalle la cabeza! No vamos a dejar que nos dominen también con su música, ¿verdad? ¡Babik! ¿Dónde está Babik? ¡Id a por él y traédmelo!
Se aproximó a una mesa en la que estaba tendido un oficial de caballería cuyo brazo formaba un ángulo imposible con el antebrazo. El hombre gemía medio inconsciente. Germain quiso sentarse junto a él, vio una silla y se dejó caer en la misma. La silla cayó a un lado y lo arrastró en la caída. En cuanto se puso en pie, refunfuñó, avergonzado.
—He dicho media hora, ¿no es así?
El cirujano cumplió su palabra. Menos de treinta minutos después su rostro parecía sobrio y hacía gala de una destreza ejemplar, para sorpresa de todos, y en particular de Kuyrijsk, que veía esfumarse sus veleidades de practicar él solo la ablación de un miembro. Babik llegó, volvió a marcharse y reapareció en compañía de sus dos hermanas y de dos primos. Cada uno llevaba consigo un instrumento de música. Afinó su violín y, a una señal de Germain, el quinteto se puso a tocar melodías populares húngaras. El cirujano levantó los brazos, con las palmas hacia el cielo.
—¡Más fuerte! ¡Quiero que vuestra música invada este lugar, que lo llene, quiero que expulse a su banda militar, que nos oigan desde sus ratoneras! ¡Quiero que ganéis esta batalla!
Los gitanos, motivados por la misión que Germain les confiaba y felices de poder tocar a sus anchas en un lugar donde su música jamás había sido autorizada, redoblaron su virtuosismo y animaron la moral de los heridos.
Los dolores y la debilidad de Nicolas se disiparon, las torpezas de Kuyrijsk disminuyeron y Germain silbó contento hasta que cesaron las hostilidades. El día comenzaba a decantarse hacia otras regiones. A la furia del combate sucedió una calma impresionante, solo salpicada por los gritos de los cuervos que habían vuelto a tomar posesión del cielo. En las calles de la ciudadela, los rebaños en desorden obligaban a aminorar la velocidad a los carros de los artilleros, que iban y venían de las murallas al Arsenal para reaprovisionar de armas antes de la siguiente escaramuza.
El abrigo de betyar, de piel gruesa, que Germain le había prestado le cubría hasta las pantorrillas y lo mantenía caliente. Le sentaba bien caminar y así recobraba todas las sensaciones que aún tenía adormecidas. Nicolas sintió la necesidad de tragar aire como si se tratara del agua de un arroyo tras un día caminando, necesitaba sentir su cuerpo. Contrariamente a Grangier, que se durmió en cuanto hubo comido, no quería ni podía dormir. Nadie había querido entrar en la sacristía, donde habían apagado el brasero. En el lugar aún estaban presentes las huellas del drama y allí permanecerían para siempre.
Tras errar mucho tiempo por las calles de Peterwardein se refugió en la posada del Arsenal en el momento en que la lluvia crepitaba de nuevo tras una corta tregua de unas horas. El ambiente era festivo y había mucho humo. Reconoció la voz de Germain, que, en la mesa del fondo, repartía cartas y dirigía comentarios burlones a sus compañeros de juego.
—¡Has pringado el primero, así que afloja ahora mismo! —le ordenó a su vecino de la derecha, que parecía remolonear para no pagar su apuesta.
Nicolas sonrió. Germain había tratado varias veces de iniciarlo en el lansquenete sin obtener jamás el menor resultado. Aquel juego, como todos los juegos de naipes, para él era un aburrimiento mortal y las reglas le parecían incomprensibles. Se instaló en una mesa apartada, cerca de la chimenea de tiro abierto cuyas llamas prodigaban un calorcillo regular y tranquilizador.
—¿Puedo sentarme?
El padre Étienne se hallaba de pie frente a él. Nicolas no lo había visto entrar.
—Padre, no os imaginaba en un lugar como este —observó antes de invitarlo con un gesto de la mano a sentarse en su compañía.
El monje tomó asiento y pidió una jarra de vino.
—Quería hablar con vos, maese Déruet.
—¿Por casualidad me habéis hecho seguir?
—¡Inútil precaución! Sabía dónde hallaros —respondió, y sirvió los dos vasos a la mitad.
Nicolas bebió un trago y dejó el vaso sobre la mesa. No le gustaba la constante seguridad de su interlocutor y la duda que siempre dejaba en el aire sobre sus intuiciones, como si fuera Dios en persona quien se las dictara al oído. A espaldas de ellos, Germain había vuelto a ganar una partida y uno de los jugadores abandonó la mesa armando ruido.
—¿Qué culpa tengo yo de que su carta sea múltiplo? —se justificó el cirujano ante los otros jugadores—. Debe pagar el bote del juego, así son las reglas. Si uno no tiene los medios necesarios, es mejor hacer de carabinero[10] —añadió dirigiéndose al hombre. Este, muy enojado, volvió sobre sus pasos para encararse con él y luego cambió de opinión.
Germain advirtió la presencia de Nicolas y el cura, pero fingió no haberlos visto.
—Habrá sido un duro día para vos —dijo el padre Étienne.
Nicolas respondió con el ceño fruncido.
—Es probable que si los turcos no hubieran hecho sonar sus tambores no me hubiera despertado. Y en estos momentos estaríais orando por mi alma y su salvación —concluyó.
El religioso lo miraba de arriba abajo. A Nicolas le producía una sensación incómoda. Sin duda el joven novicio los había denunciado por brujos o por demonios disfrazados de hombres.
—Solo soy un cirujano que trata de salvar vidas y que para ello trabaja con los cuerpos de los muertos. Nada más —añadió.
—No os inquietéis, ya hace mucho tiempo que la Iglesia no excomulga a quienes practican disecciones. Aunque hagan declaraciones heréticas —insinuó con tono de reproche.
—¿Por qué queríais verme?
—Quisiera presentaros a una persona que necesita vuestros cuidados.
—Todo el mundo en esta ciudad necesita cuidados, incluso yo mismo. ¿No puede esperar a mañana?
Nicolas estaba exhausto. Observó las llamas que bailaban sobre los troncos incandescentes, como guerreros victoriosos sobre los cadáveres de sus enemigos, mientras el cura le explicaba las razones de sus dudas antes de hacerle esa confidencia. La voz del hombre le llegaba disociada de la algarabía de fondo presidida por Germain, cuya fortuna en el juego parecía haber acabado. Recordó una velada durante la cual el cirujano trató de demostrarle el carácter matemático de la fortuna en el lansquenete, cuyo dominio solo podía conducir a la victoria. Las palabras del padre Étienne se entremezclaron con ese pensamiento errante. Nicolas vio que las brasas tenían el mismo color de los crepúsculos de verano loreneses, que viraban del ámbar al rosa oscuro. No podía concentrarse en las palabras de su interlocutor, pues su mente deseaba huir lejos, muy lejos de aquel país y de aquella guerra que absorbían su tiempo y toda su energía y que a punto habían estado de arrastrarlo al pozo más negro, como a otros miles.
Cuando por fin pudo apartar su mirada del fuego, el cura acababa de salir y lo esperaba fuera. Definitivamente, no le gustaba su manera de aparecer y desaparecer. Sus últimas palabras, sin embargo, lo habían sacado de su letargo. El cura le había susurrado al oído: «Os revelaré el secreto de la fortaleza». Unos metros más allá, Germain le cedió la banca a otro jugador.
***
Nicolas y el padre Étienne regresaron a la abadía en silencio. El frío había detenido los pensamientos del lorenés. Caminaba unos pasos detrás del religioso y observaba fijamente las sandalias de este, que aparecían y desaparecían bajo su hábito de lana basta. Una vez en el monasterio, el cura se dirigió a la sala capitular, encendió una antorcha y se puso ante Nicolas.
—¿Recordáis que os dije que poseíamos varias familias de robs gitanos, compradas por el voivoda Basareb hace cuatro años?
—Sí, y me he preguntado dónde estaban las otras familias. Solo he visto a la de Babik y Azlan —respondió Nicolas al tiempo que se sentaba en el borde de la mesa del consejo.
El cura reprobó esa actitud con la mirada. Nicolas se incorporó al entender que su gesto había molestado al cura. La mesa era un objeto simbólico sagrado.
—¿Las habéis revendido? —preguntó con cuidado de no recalcar la última palabra—. ¿Es eso?
—Había otras dos familias que llegaron antes que la que conocéis. Fue hace cinco años. Estaban a nuestro servicio para las comidas y las labores domésticas, así como para el mantenimiento de los edificios. Sin embargo, fueron víctimas de una enfermedad desconocida que empezó a diezmarlas. En ese momento tomamos la decisión de aislarlas del resto de la comunidad. Aislarlas, empero, no era suficiente. Tuvimos que esconderlas.
—¿Esconderlas de quién?
El cura no respondió. Empuñó la antorcha, abandonó la estancia, tomó las escaleras que conducían al sótano y abrió la puerta maciza que cerraba el acceso al mismo.
—Oficialmente, las galerías subterráneas están construidas en dos niveles. El hermano Petrus descubrió un tercer nivel durante sus exploraciones —comentó el padre Étienne mientras se adentraban por el pasillo central de aquella madriguera humana—. Los arquitectos militares que trabajan en la ampliación de esa red desde hace dos años ni siquiera han sospechado la existencia de ese nivel. Siempre hemos logrado mantenerlo en secreto.
Giraron a la izquierda y se adentraron por un pasillo más estrecho que los obligó a inclinarse un poco y que no los conducía a ninguna parte. El túnel acababa en un muro al pie del cual había un agujero de un metro de diámetro, excavado en el suelo como un pozo sin brocal, protegido por una reja de finos barrotes. El monje la alzó sin esfuerzo y se acuclilló frente al agujero, y luego se volvió hacia Nicolas.
—Tendréis que confiar en mí, Nicolas. Vamos a arrastrarnos por esa topera. Desciende muy rápido a lo largo de una decena de metros, luego sigue a la misma altura y luego vuelve a subir. Nos conducirá detrás de este muro.
—¿Cuánto tiempo nos llevará? —preguntó Nicolas, a quien aquella perspectiva no le entusiasmaba.
—Diez minutos para alguien que no esté acostumbrado. Tendréis que avanzar arrastrándoos con la ayuda de piernas y brazos. Estaréis en penumbra, seguid la luz de la antorcha que llevaré conmigo.
Mientras avanzaba, Nicolas pensó en Anselme Gangloff, el hombre que quizá aún penaba en una mazmorra de la cárcel de Nancy.
El religioso lo ayudó a salir tirando de él. Habían ido a dar a una galería tan grande como las otras, pero con más inclinación y que enseguida los llevó a altura del Danubio, hecho que la humedad que chorreaba de los muros les confirmó.
—Hace cuatro años pudimos aislar aquí a las quince personas que componían esas familias. Petrus lo pagó con su vida. Contrajo la enfermedad y murió dos meses más tarde.
—¿Cuáles son los síntomas de esa enfermedad?
—Fiebres altas y súbitas. Dolores musculares y hemorragias. Al principio solo aparecen heridas en la piel. Luego la sangre mana de todos los orificios. Como si el diablo hubiera decidido vaciar al desventurado de sus humores vitales.
—¿Cuántas personas han contraído la enfermedad en esas familias?
—Hemos llegado, maese Déruet.
El pasillo se había ensanchado y acababa en una especie de nicho parecido a las celdas de los monjes en la abadía. Una débil luz emanaba de una cavidad a su izquierda, y Nicolas creyó percibir un movimiento junto a la misma.
—Ahí está él —advirtió el padre Étienne.
—¿«Él»? ¿Queréis decir qué…?
La silueta del hombre se recortó cual sombra chinesca ante ellos.
—Os presento a Vedel, el único superviviente de nuestros robs.
Aproximó la antorcha hacia él. Nicolas no pudo contener su reacción.
—¡Dios mío! —gritó.
***
El hombre los acechó por la calle manteniendo una distancia prudencial. Los siguió hasta la abadía, luego por las galerías y los vio desaparecer por el agujero excavado en el suelo, por donde, tras unos instantes de duda, también se deslizó. Se ocultó en la sombra a unos metros de ellos y los vio marcharse; aguardó unos instantes y entró en la celda de Vedel.
De regreso en la abadía, Nicolas se aisló en la nueva habitación que le habían asignado, situada en la misma planta que las de los monjes. Más que la imagen del hombre al que había visto, con el rostro cubierto de hematomas y heridas por todo el cuerpo, le sorprendió la inesperada petición del padre Étienne. No le había pedido que curara al desventurado gitano, que sobrevivía en aquel estado desde hacía varios años y había visto sucumbir a toda su familia. Por el contrario, le había suplicado que pusiera fin a su existencia.
Nicolas bebió un vaso de agua al que había añadido unas gotas de elixir a base de plantas cuya fórmula permitía prevenir las infecciones más habituales. Aquella, sin embargo, era totalmente desconocida para él.
Cuando, cuatro años atrás, se declararon los primeros síntomas en las familias robs, el monje cisterciense comunicó los casos al gobernador militar de la guarnición, quien dio orden de ejecutarlos para evitar el peligro de contagio. Étienne y los monjes de la abadía, tras deliberarlo, decidieron ocultarlos en las galerías descubiertas por el hermano Petrus. Luego llegó un nuevo gobernador y el asunto se desvaneció por sí solo. Von Capara, el nuevo general al mando de la ciudadela, fue puesto al corriente de la existencia de los robs unas semanas antes, pero el padre Étienne le aseguró que todos los miembros de las familias gitanas habían fallecido hacía ya tiempo. Aquello no satisfizo al militar y puso en duda su palabra de hombre de Iglesia. Según sus informaciones, los robs vivían ocultos en algún lugar de la ciudadela. Quería utilizarlos contra los turcos que los asediaban.
Germain sorprendió a Nicolas absorto en sus pensamientos.
—¿Algo va mal? ¿Los monjes te han obligado a rezar antes de ir a la cama?
Estaba sentado en el borde de su jergón, con la cabeza entre las manos. La jovialidad de su camarada lo animó un poco.
—¿Ya habéis terminado la partida?
—Mi suerte comenzaba a flojear y he preferido no ponerla a prueba —respondió Germain al tiempo que limpiaba su pipa de las briznas de tabaco calcinadas.
—Creía que las matemáticas sustituían el arte de adivinar las cartas… Me hablasteis de ese amigo vuestro que había desarrollado una teoría infalible…
—¿Rémond de Montmort? Si esa noche lo hubiera escuchado, ahora estaría sin blanca. Al final, sigo prefiriendo mi instinto —concluyó, y se dispuso a llenar la pipa de tabaco fresco—. Y ese instinto me dice que hay algo que te preocupa. ¿Me equivoco?
Tomó una silla y se sentó frente a Nicolas. El encendedor de sílex produjo una llama anaranjada y rectilínea.
—Cuéntame. ¿Qué sucede?
Nicolas sabía que podía confiar en la discreción del cirujano. Le relató su encuentro con Vedel en los subterráneos y la petición del religioso. Germain estaba nervioso y mascaba su pipa a la vez que aspiraba el humo. Al final de la explicación, se puso en pie.
—¿Por qué le interesa tanto al gobernador? ¡Los turcos no son tan necios como para recibirlo en su campamento como un regalo envenenado!
—Lo ignoro, pero no quiero quitarle la vida sea cual sea la razón.
—Somos cirujanos, no asesinos… —repitió Germain recordando una de sus conversaciones pretéritas—. ¡Estoy contigo! ¿Qué posibilidades de curación tiene ese desgraciado?
—Pocas. Su estado no ha cambiado desde hace cuatro años, pero sigue vivo.
—¿Viviendo como una rata en una madriguera? ¡Conozco destinos mejores!
—Creo poder aliviarle el dolor con algunos ungüentos. Cuando acabe el asedio, tal vez sea posible convencer al padre Étienne para que lo libere.
—¿Con el riesgo de que contagie a los demás como una epidemia de peste?
—Podríamos dejarlo huir al bosque…
—¿Y reñirle si infringe la prohibición de salir del mismo? Qué cándido eres, Nicolas. Ese hombre es un gitano, solo hará lo que le plazca. ¿Crees que se puede impedir al viento que vaya a donde quiera?
Nicolas se frotó el rostro. Las campanas de la capilla dieron las dos.
—Te dejo, mañana hablaremos —dijo Germain, y le palmeó la espalda.
Hizo tintinear las monedas que llevaba en el bolsillo.
—Voy a contar mi tesoro y a releer las martingalas de mi amigo matemático. Ya que puedo morir bajo las puñaladas de los otomanos, por lo menos que muera rico.
—Triste consuelo…
—¡Razón de más para salir de esta! —rectificó Germain—. Y ahora, duerme. Los turcos nos dejarán un día de asueto antes de volver a atacar nuestras murallas. Mañana no quiero verte por el hospital. Y es una orden.
Nicolas obedeció sin rechistar por primera vez en su vida. No salió de la habitación y dejó que el mundo siguiera su curso. Ribes de Jouan lo había adivinado: no hubo asalto en aquel décimo día de sitio. Azlan le hizo compañía, contento de disfrutar a solas de su amigo y profesor de francés. Desde hacía cuatro meses, Nicolas le enseñaba a leer y el crío había progresado de manera espectacular, aunque las únicas obras que tuviera a su disposición fueran los libros de teología de los monjes y los tratados de anatomía del cirujano.
La estancia solo tenía una abertura al exterior, una pequeña ventana frente a la cual había una mesa cuadrada que Nicolas había cubierto con un mantel de libros. El chiquillo se abalanzó sobre el volumen más grueso, cuya encuadernación en cuero estaba fatigada por los meses de viaje en las maletas del cirujano, se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas y se concentró en su lectura en voz alta.
—Gadjo, cuando haya leído todo, ¿seré un gran sanador como tú? —preguntó mientras cerraba el diccionario del padre Chomel, que contenía páginas de agronomía y de horticultura ilustradas con dibujos y eran sus preferidas.
—Cuando hayas leído todos esos libros, serás un buen lector, Azlan. Luego vendrá la época de la experiencia. Nada puede reemplazar la experiencia. Es como un libro sin fin.
—Quiero aprender a curar, por mi familia, para que ellos nunca enfermos. ¿Cuándo me das la experiencia?
Nicolas se había aproximado a la única vela que los monjes habían dejado en la habitación. Estaba encastrada en la rama central de un candelabro de metal deslucido. La encendió e iluminó así la habitación que la penumbra había cubierto como una capa de polvo.
—¿Cuántos años tienes, Azlan?
—Tizenkét. Doce. ¡Ya soy un hombre, un gitano! ¿Cuándo me das la experiencia?
—Ven mañana a la capilla. Serás mi asistente cuando visite a los pacientes y les haga las curas. Pero a cada asalto, te irás del hospital. No dejaré que asistas a una operación. ¿De acuerdo?
—¡Choca esos cinco, señor! —exclamó el chiquillo.
—¿Quién te ha enseñado a hablar así? —preguntó Nicolas frunciendo el ceño, fingiendo sorpresa.
—Maese Germain. ¡Ahora sé jugar a cartas! Y puedo ayudarlo.
—¿Ayudarlo?
—Con signos, cuando juega al tarot.
Azlan se llevó los dedos a diversos lugares del rostro. Cada uno de esos signos representaba una figura o una baza importante. El chaval comunicaba así al cirujano las cartas de las manos de sus adversarios.
—¡Gana mucho y me da un poco! —precisó—. ¡Así un día podré comprar mi libertad!
—Ya hablaré yo con él… Azlan, hay otras maneras de conseguir la libertad. Maneras más honestas.
—Lo sé. Maese Germain dijo que hablas así.
—¿Ah, sí? —se sorprendió Nicolas, divertido, y se levantó del jergón en el que ambos estaban sentados.
El chico hizo lo mismo.
—Sí. Dice que tú no comprender y que su manera es más… ¡mejor!
—Azlan, si dejas de ayudar a Germain a estafar a otros tahúres, te pagaré por ayudarme en el hospital. El mismo precio. ¿De acuerdo?
El chiquillo hizo una mueca dubitativa.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
No tuvo tiempo de responder. El padre Étienne acababa de entrar en la habitación sin llamar a la puerta, acompañado por otros dos monjes. Su rostro descubierto emanaba una cólera difícilmente contenida. Hundió sus manos en las amplias mangas de su hábito para ocultar sus puños, que apretaba con tanta fuerza que la piel de las articulaciones se había vuelto blanca.
—¡Cómo habéis osado! ¡Cómo habéis osado…! —gritó antes de que sus palabras se ahogaran en su garganta.
—¿De qué me estáis hablando? ¿Qué sucede?
El religioso fulminó con la mirada a Azlan, que abandonó de inmediato la estancia.
—Alguien ha avisado al gobernador. Los soldados han ido a prender a Vedel en su escondite —explicó uno de los otros monjes.
—Lo tienen en un lugar secreto y quieren utilizarlo para no sé qué locura —completó el padre Étienne—. ¿Por qué habéis hecho eso? ¿Por qué? ¡Habéis traicionado nuestra hospitalidad y mancillado nuestros principios en el propio seno de nuestra comunidad, señor Déruet!
—¡Nada tengo que ver con eso! Os doy mi palabra —certificó Nicolas en un tono que la preocupación creciente hacía poco creíble—. Además, ni siquiera he salido de aquí desde ayer por la noche, ¡y debéis de estar al corriente, pues no dejáis de vigilarnos!
—¡Erais el único que lo sabía, aparte de nosotros! No hay otra posibilidad: habéis traicionado a ese hombre. A menos que hayáis hablado de ello a alguien.
El lorenés sintió un escalofrío. El cura percibió la duda que acababa de nacer en él.
—¿Se lo habéis contado a alguien? —repitió como un ultimátum.
—Soy el único responsable de esta situación —afirmó Nicolas.
—En tal caso, ¡qué Dios se apiade de vos! —exclamó el padre Étienne antes de salir.
Al darse la vuelta el bajo de su hábito dio contra el candelabro, que se tambaleó. La llama de la vela se extinguió de golpe. La penumbra se adueñó de nuevo de la estancia.
Germain le dijo a Nicolas lo mismo que este había dicho al religioso. Juró que no había hablado de ello con nadie, y eso le llegó a Nicolas a lo más hondo: el cirujano tal vez fuera un fanfarrón, pero sabía que era un hombre de honor. La duda lo aguijoneó a lo largo de toda la noche, de tal manera que solo logró conciliar el sueño ya casi al alba. Ese fue el momento que los asaltantes eligieron para atacar de nuevo la ciudadela, el séptimo ataque desde que había comenzado el asedio y el que tenía lugar a una hora más temprana. Todo el personal se reunió en la capilla para prepararse para la llegada de los heridos en un ambiente cargado. Germain y Nicolas se evitaron tanto como les fue posible, los enfermeros se cruzaban miradas cargadas de sobrentendidos. Todos estaban al corriente y cada uno tenía su versión de los hechos. Grangier, aún demasiado débil para echarles una mano, seguía instalado entre los pacientes. Se dirigió a Nicolas para darle su apoyo, así como a su compadre: para él era palmario que ninguno de los dos había podido cometer un acto tan cobarde como insensato.
Ribes de Jouan se enfureció al descubrir que su orquesta gitana había sido requisada por el coronel Von Humboldt para su hospital. El militar, que solo había oído parabienes de la misma, ordenó que a partir de aquel momento se presentaran ante él en cada ataque enemigo. Los tambores iniciaron su ritmo monocorde y los loreneses tuvieron que operar al son de la banda musical turca. Kuyrijsk ofreció sus servicios exigiendo a la par una absoluta libertad de diagnóstico. Germain le respondió que podía cortar y tajar a sus anchas tanto como deseara, e incluso embalsamar a pacientes vivos si le venía en gana, y el holandés se puso de muy buen humor.
La tensión ya dominaba el ambiente cuando llegaron los primeros heridos desde las murallas con sus extremidades acribilladas de flechas. Los cirujanos escarificaron las heridas y plantaron ventosas, técnicas que habían logrado disminuir en tres cuartas partes los envenenamientos debidos a los proyectiles durante los asaltos precedentes. Así logró curarse a una veintena de hombres que fueron alineados en jergones al fondo de la capilla, a la espera de la llegada de los siguientes. Germain se dejó caer en una de las sillas de brazos de la sala capitular, de la que se había apropiado sin pedir permiso a los monjes y que había bautizado como «trono». Bebió, sediento, media botella de vino de Hungría antes de sumergirse en un acceso de melancolía silenciosa de la que incluso Tatar, que le lamía la punta de los dedos, no pudo extraerlo. Nicolas lavó el instrumental en un gran cuenco de madera y vació el agua al pie de los arbustos que formaban el jardincillo central de la abadía, y volvió a llenarlo en la fuente junto a la cual Azlan se hallaba de guardia.
—¿Puedo ayudar, gadjo? —preguntó el chaval mientras iba a su encuentro.
—Luego, una vez haya acabado la batalla, necesitaré a mi ayudante preferido —respondió mientras le desordenaba el cabello.
La mirada del chiquillo lo extrañó. «Debería hablar con él», pensó Nicolas.
—Sé que gadjo no es traidor —afirmó el chaval anticipándose a su pregunta.
El cirujano depositó su balde y se acuclilló junto a Azlan.
—Lo sé y le vi. Le vi —insistió.
—¿A quién viste?
—Al que cura. Seguía a gadjo y al padre cuando bajaron de noche. Yo tener libros que haber cogido al padre. Temer castigo y esconderme debajo de la mesa. Pero lo vi. Al que cura…
Un clamor resonó en el hospital: la música de la mehterhane había cesado. El asalto había acabado.
***
El gobernador apartó las cortinas y abrió el ventanal que daba al amplio balcón. Su despacho se hallaba en la segunda planta del edificio más bonito de la ciudadela y gozaba de vistas sobre la ciudad y sus alrededores. Tendió el brazo hacia atrás, concediéndole así a su ayudante de campo el tiempo de entregarle su sombrero. Se cubrió la cabeza y salió a desafiar la lluvia densa y fría que caía continuamente sobre la fortaleza desde hacía tres días. El gobernador, protegido por su sombrero, alzó la cabeza y observó el cielo. No se veía ni una nube y el conjunto formaba una placa gris uniforme. Las primeras inundaciones se produjeron en la ciudad baja aquella misma mañana, y los informes de los expertos eran alarmistas: los rebaños que allí se hallaban debían ser trasladados a la ciudad alta en menos de tres días si las previsiones se cumplían. Luego llegaría el turno a los regimientos polacos que se habían alojado en esos barrios de Peterwardein.
—Por lo menos hay un punto positivo, mi general —anunció su asistente, que sostenía un pergamino desenrollado entre las manos.
—¿Cuál, Lavaulx?
—Tenemos provisiones de agua para varias semanas.
El general se volvió para verificar que su ayudante de campo no hubiera querido bromear, cosa que le hubiera sorprendido tanto como que súbitamente se abriera sobre su cabeza el cielo de Hungría. La mirada de Lavaulx le confirmó la seriedad de su afirmación.
—Eso me tranquiliza —dijo el gobernador mientras se dirigía a su mesa de trabajo—. Sabemos de qué no moriremos. ¿Hay noticias de los refuerzos?
—No, mi general, nada desde su último mensaje.
Las tropas de la coalición se habían enfrentado con varias columnas otomanas y se hallaban bloqueadas a más de doscientos kilómetros de Peterwardein. La marina austríaca, sin embargo, había logrado apoderarse de dos grandes caiques cargados de material de guerra destinado a las tropas de Surmeli Ali Pacha. La situación podía alargarse mucho tiempo.
—En tal caso, estamos obligados a salir de esta por nuestros propios medios. Ejecutaremos el plan previsto: hoy es lunes, la delegación irá el sábado al campamento turco para entregar un mensaje de mi parte. ¿Cómo va con el gitano?
—Está aislado, como ordenasteis. Vuestro cirujano le ha aplicado unos ungüentos para que su cara esté presentable y le proporcionaremos un uniforme de la guardia imperial. Mañana estará listo.
—No olvidéis que será él quien entregará en mano la carta al jefe del Estado Mayor del sultán y quien se quedará allí como garantía de nuestra buena fe.
—No os inquietéis, mi general, los turcos no se enterarán de nada.
El gobernador estaba convencido de que el enfermo no contagiaría a nadie pero que sus enemigos se tomarían la advertencia en serio y se lo pensarían dos veces antes de invadir la ciudadela.
—En cuanto regreséis, permaneceréis varios días en cuarentena para asegurarnos de que no habéis enfermado —añadió—. Nuestros médicos me han garantizado que no corréis ningún riesgo mientras no haya contacto.
—Avisaré a los otros miembros en el último momento. Prohibición de tocarlo —repitió Lavaulx, henchido ante la importancia de su misión.
—Bien, bien —dijo el gobernador tamborileando maquinalmente sobre su mesa de despacho.
—Una cosa más, mi general. Maese Kuyrijsk os aguarda y desea hablaros.
El gesto maquinal cesó de inmediato.
—¿Qué quiere ahora? Hacedlo entrar —ordenó con desgana.
El sombrero de Frederik Kuyrijsk surcó el aire con molinetes aproximativos hasta volver a aterrizar sobre su cabeza.
—Mi querido maestro —afirmó el general, que había ido a su encuentro—, la ayuda que nos habéis proporcionado pronto será decisiva en el destino de esta batalla.
—Es mi mayor deseo y esa es la razón por la que os desvelé el escondite de ese rob —justificó el holandés, que vestía su jubón de finos bordados dorados—. Arriesgando mi propia vida, pero sabía que haríais buen uso de ello.
—¿En qué puedo ayudaros, maestro? —preguntó el militar a la vez que lo conducía hacia el pasillo.
La aversión que sentía hacia su interlocutor había aumentado después de que este se presentó ante él para negociar esa información. «No hay peor mezcla que la de la estupidez y la venalidad —pensó al ver cómo le sonreía—. Hasta sus reverencias no son más que zalemas». A sus ojos, Kuyrijsk era más peligroso que el pobre gitano.
—Sabéis el retraso que esta situación provoca en mi viaje y cuántas regiones peligrosas deberé atravesar aún. Me preguntaba si no podríais concederme una escolta para llegar sano y salvo a la corte del zar. Una pequeña escolta. Como recompensa por los servicios que os he prestado…
—Os prometo pensar en ello, ya veremos. Mientras, y como sabéis, hay otra urgencia.
Kuyrijsk comprendió que la entrevista había acabado e hizo voltear su sombrero.
Al descender la gran escalinata de mármol, se cruzó con el conde De Rabutin acompañado de sus dos cirujanos. Nicolas lo ignoró. Germain lo apuntó con un dedo que lo hizo retroceder.
—¡Ya no formáis parte del personal sanitario!
Su intervención ante el gobernador no tuvo efecto alguno. Von Capara negó estar relacionado con la desaparición del gitano y manifestó su cólera contra el padre Étienne por haberle mentido. De Rabutin expuso su preocupación por las tropas ante una posible epidemia a la que sus cirujanos no podrían enfrentarse. Nicolas defendió la actuación del cura, y el gobernador se escudó en ello para poner fin a la conversación. De regreso en la abadía, los dos hombres tuvieron que resolver una filtración de agua que procedía del techo de la iglesia y se vieron obligados a condenar casi una cuarta parte de la superficie ocupada por los heridos, que se apelotonaron en el espacio restante. La lluvia había logrado abrirse camino entre las tejas desplazadas por un proyectil que había alcanzado los tejados de Peterwardein.
—La situación se complica —anunció Germain, lacónico—. Cuando llegue el próximo asalto, no tendremos suficiente espacio.
—Queda aún la sala capitular —propuso Nicolas.
—Te dejo negociarlo con nuestro anfitrión. ¡Todo esto ya empieza a cansarme!
Ribes de Jouan se sentó en su «trono» y reclinó los brazos en los reposabrazos en una postura real.
—Te perdono por haber sospechado de mí, asistente mío —dijo en un tono de lo más florido—. ¡Los gases que te asfixiaron a buen seguro te ablandaron la mollera! ¡Te absuelvo!
—Su Majestad es demasiado bondadoso, pero Su Señoría también tenía ciertas dudas acerca de mi persona.
—¿Yo? Deja que trate de recordarlo…
Germain frunció el ceño como si hurgara en su memoria.
—Llevas razón… Sí. Te creí capaz de ello para huir de este lugar a cualquier precio y poder reunirte con tus allegados. Pero reconozco que me equivoqué.
Nicolas permaneció en silencio al pensar en Jeanne.
—Estaba equivocado, ¿no es cierto? —insistió Germain.
Los dos se midieron con la mirada.
—¿Una colación para los mejores cirujanos de la coalición? —propuso Grangier, a quien no habían oído llegar.
—¡Parece que ya estás mejor, compadre! —exclamó Germain mientras lo ayudaba con las escudillas y la botella con las que iba cargado—. ¿Comerás con nosotros?
Los tres hombres almorzaron un caldo y un pedazo de cecina antes de que los interrumpiera la llegada de una ambulancia que transportaba a los primeros heridos del día, unos granaderos a los que les había explotado un cañón defectuoso, cosa que había extendido el pánico en las murallas. La mehterhane había comenzado a sonar y los turcos habían logrado apoyar escaleras y trepar hasta las primeras almenas antes de ser rechazados. La marea cada vez era más alta.
***
El gobernador tomó la decisión el sábado por la mañana, cuando el diluvio aún redujo más su perímetro de vida. Algunos animales habían muerto ahogados al no haber podido ser evacuados de la parte baja de la ciudad. Ordenó izar bandera blanca para mostrar su voluntad de parlamentar y encargó a Lavaulx que preparara el grupo que iría a entregar la carta al gran visir. Su ayudante de campo le confirmó que esta había sido escrita con la sangre del gitano y que el hombre la llevaba encima desde el día anterior.
Los cuatro caballeros aguardaban sobre sus monturas ante el puente levadizo del bastión de Hornwerk. Lavaulx se había situado a la altura de Vedel para tranquilizarlo y vigilarlo. Los centinelas mantenían al gentío a una distancia prudencial, pero la tensión reinante ponía nerviosos a los caballos. La orden de abrir la puerta no llegaba. Miró al rob, a quien se le había prometido la libertad en caso de que su misión tuviera éxito. Los estigmas en su rostro parecían cicatrices de guerra. El hombre tenía buen aspecto ataviado con su uniforme de oficial. «¡Pobre desgraciado, si supiera lo que la carta contiene! —pensó—. La orden del gobernador al gran visir para que se retire de inmediato… Tras semejante provocación, no tiene ninguna oportunidad de salir de esta con vida. Los turcos lo masacrarán como represalia». Lavaulx resopló para infundirse ánimo. En pocos minutos estaría de vuelta en la ciudadela y sería promocionado para estar al mando de un regimiento de infantería. No vio, en la primera fila, el hábito de paño de lana del padre Étienne, que se fundió entre la masa antes de desaparecer. El cura corrió tan veloz como pudo hasta la capilla, donde halló a Germain y a Nicolas ocupados entablillando un codo fracturado.
—¿Así que pretenden enviarlo a que contagie a los turcos? ¡Están chiflados! —espetó Germain una vez el monje les hubo contado la escena de la que había sido testigo.
—¡Hay que evitarlo! —añadió Nicolas mientras se limpiaba las manos.
—Es demasiado tarde, solo aguardan la orden para salir del bastión de Hornwerk. ¡Qué Dios los perdone! —concluyó el padre santiguándose.
—Aún hay una pequeña esperanza si podemos distraerlos. Id a por Babik y nos encontraremos en la entrada de la galería.
Menos de tres minutos más tarde, los dos cirujanos, acompañados por el gitano, iniciaban el descenso a los subterráneos.
—Germain, vamos allí donde nos encontrasteis la última vez.
—Recuerdo el trayecto perfectamente, tenía tanto miedo de perderme que se me quedó grabado en la memoria —respondió el cirujano, y aceleró el paso.
—Muy bien. En cuanto abran el puente, Babik le hablará a Vedel. Pasarán a unos veinte metros de nosotros. No tendremos mucho tiempo, y deberás convencerlo de que no debe ir allí. ¿Lo has entendido?
El gitano asintió.
—Si hubiera una epidemia, afectaría a todo el mundo, y a las familias de los robs igual que a las de los demás, como le sucedió a la suya hace cuatro años. ¿Le dirás eso? ¡Todo el mundo morirá, y no solo los enemigos!
—Sí —respondió Babik.
Sus ojos negros reflejaban el resplandor de la antorcha que sostenía en la mano. Su mirada expresaba una firme determinación.
A mitad de camino, Ribes de Jouan se detuvo y se volvió hacia sus compañeros.
—Tenemos un problema, señores.
—¿Nos hemos perdido?
Germain negó con la cabeza. Pisó con fuerza el suelo y se oyó un chapoteo.
—La galería está inundada —dijo, y movió la antorcha hacia el frente.
La luz solo les permitía ver a unos diez metros delante de ellos.
—¿Seguimos? —preguntó Germain.
Sin aguardar una respuesta, Babik se puso a la cabeza con paso decidido.
—Vamos, sigamos —concluyó.
El ruido de sus pasos pronto quedó ahogado: el nivel del agua les llegaba hasta el muslo y ralentizaba su avance. Recorrieron unos cien metros por una galería sin desnivel suplementario y luego torcieron a la izquierda, donde volvía a iniciarse la pendiente.
—Brrr… ¡Qué fría está! —constató Germain cuando el agua le llegó a la cintura.
—¿Está lejos?
—Solo quedan dos pasillos y habremos llegado al bastión —respondió mientras apartaba una masa oscura con el reverso de la mano.
—¿Qué era eso? —preguntó Nicolas, a quien le temblaban las mandíbulas sin poder controlarlas.
—Ratas muertas. Por aquí hay un montón. Está claro que estas no comían muy bien.
El gitano tragó saliva.
—¿No tendrás miedo a las ratas? —le preguntó Germain.
—No, Babik no nadar. No nadar…
Cinco minutos después llegaron a la intersección de la última galería. El agua les llegaba a los hombros. El gitano, más corto de estatura, se vio obligado a caminar de puntillas.
—¡Hemos llegado! —exclamó Germain, triunfal—. Ahí está la aspillera, a la derecha.
En cuanto doblaron la esquina, sin embargo, tuvieron que rendirse ante la evidencia: el nivel del agua había ascendido diez centímetros más. Babik fue presa del pánico cuando el líquido le llegó al mentón. Retrocedió, asustado, hasta la esquina de las dos galerías para hacer pie de nuevo y recuperar el resuello.
—¡Casi habíamos llegado! —gritó Nicolas, enfurecido—. Si no está frente a la abertura no logrará oírlo. Tal vez pueda llevarlo a hombros. ¿Babik?
En la mirada del gitano podía verse el miedo.
—¡Tengo una idea! —dijo Germain antes de inspirar profundamente y desaparecer bajo el agua.
Surgió de nuevo batiendo el agua y profirió un rugido.
—¡Aún siguen ahí! ¡Las piedras! Hay un montón de ellas en la galería, está en obras.
Tras cuatro inmersiones había apilado suficientes piedras para hacer un promontorio de medio metro de altura frente a la aspillera. Los dos cirujanos acompañaron a Babik, que se sostenía de los hombros de ellos, hasta la plataforma. Se aferró al estrecho ventanuco, la mitad del cual se hallaba bajo el nivel del agua.
—¿Y el puente levadizo? —preguntó Germain a la vez que intentaba ver el exterior.
Babik le indicó con un signo que estaba alzado.
—¡Hemos llegado a tiempo! ¡Lo lograremos! —exclamó antes de tender la antorcha a Nicolas.
Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un botellín de aguardiente.
—¡Está intacto! Lo guardaremos para el regreso, amigos. ¡Nos mantendrá calentitos!
—Me gustaría saber qué sucede ahí arriba —dijo Nicolas—. Aquí no podremos aguantar mucho tiempo más.
El viento que soplaba por el pasillo hacía temblar las llamas de ambas antorchas.
—¡Dos tercios de los hombres presentes en esta guarnición están a mis órdenes, señor gobernador! ¡No podéis actuar de este modo sin consultármelo previamente!
El general De Rabutin estaba fuera de sí. Cuando supo de la intención de Von Capara de sembrar el terror entre el enemigo con la ayuda de un hombre enfermo, fue de inmediato al cuartel general. El bastión de Hornwerk se encontraba bajo control de sus soldados y había ordenado que lo bloquearan. La acción era puramente simbólica dado que su situación militar no le permitiría oponerse mucho tiempo al jefe de la plaza. Von Capara dejó que la tormenta escampara sin perder la serenidad y le expuso las razones de un plan que a su parecer era audaz pero inevitable.
—Querido De Rabutin, ha llegado el momento de ser sensatos —dijo, y le tendió una copa de cristal llena de vino—. Hay que hacer que las cosas se pongan de nuestra parte.
El general rechazó su ofrecimiento con un gesto brusco y salpicó de vino la camisa del gobernador.
—Las tropas enemigas están tan agotadas como las nuestras, conseguiremos vencerlas por fatiga —aseguró De Rabutin—. Pero, por lo que más queráis, ¡evitad el riesgo de una epidemia! ¡Ya tuve bastante hace tiempo!
Von Capara se limpió con delicadeza mientras prometía para sus adentros que le haría pagar caro semejante atrevimiento. Esperaba el regreso del coronel, al que había enviado a negociar directamente con el capitán del bastión. Era solo cuestión de tiempo, y no tenía prisa.
Germain agitó el botellín y lo vertió sobre su boca abierta para asegurarse de que no quedaba ni una gota.
—Esto nos reanimará —declaró sin convicción tras haberla tirado muy lejos.
Se relevaban para sostener las antorchas. Las llamas, al calentarles el rostro, los reconfortaban un poco.
—Podemos seguir así unos diez minutos. Luego tendremos que retroceder, de lo contrario me temo que el frío nos abotagará del todo —decidió Nicolas.
Un largo chirrido hizo eco a sus palabras.
—¡Ya está, ya abren! —comentó Germain, que sostenía las dos antorchas.
Al bajar el puente se produjo una ola que se propagó hasta ellos. El cirujano alzó los brazos al máximo para que no se apagaran las antorchas. Tendió una de ellas a Nicolas, que se había aproximado a Babik.
—¡Dividamos los riesgos! ¿Qué, veis algo?
Los cuatro jinetes aparecieron sobre el puente y se detuvieron a mitad del mismo. No pudieron reconocer a Vedel. Dos hombres, con la mano en la empuñadura de sus espadas, se colocaron frente a ellos. Todo era muy confuso.
—¡Ahora te toca a ti! —dijo Nicolas, y palmeó el hombro de Babik.
Babik gritó tanto como pudo. Llamó a Vedel, que volvió la cabeza en su dirección sin lograr localizarlo. Babik habló sin pausa. Le explicó la trampa en la que había caído y el riesgo de contagio para la población de los alrededores.
En el puente cundía el nerviosismo. Los guardias recibían órdenes de su capitán y contraórdenes del representante del gobernador. Y aquel hombre que hablaba a uno de los jinetes en una lengua desconocida, aquella voz que parecía surgir de debajo de la tierra, poderosa, intimidadora, hacía que la situación fuera aún más angustiosa. Los caballos tironeaban de sus bocados, relinchaban y pisoteaban con los cascos las tablas del puente.
Cuando Vedel respondió, todo el mundo se quedó inmóvil. Su voz era un grito de dolor.
—¿Qué dice? —preguntó Germain a la vez que agarraba al gitano del hombro.
—Él sabe. Quiere morir.
—¡No, así no, no sin luchar! —se rebeló Nicolas.
Babik tradujo. En el puente, los guardias habían desenvainado sus armas. Lavaulx gritaba que les abrieran paso en nombre del gobernador. Vedel retrocedió. El ayudante de campo le agarró la brida para evitar que diera media vuelta. Babik gritó la misma frase varias veces seguidas hasta que se le rompió la voz, agotado. Súbitamente, el puente se hundió unos centímetros en la hierba embarrada e inundada. Los caballos relincharon y Lavaulx tuvo que agarrar sus bridas con ambas manos, cosa que Vedel aprovechó para dar media vuelta.
—¡Vuelve a entrar, vuelve a entrar! —gritó Germain, esta vez aplastándole el hombro a Babik.
Los otros jinetes dudaron un instante y acabaron por seguirlo. El chirrido volvió a oírse: los dos aguilones de madera tiraban de las cadenas y alzaban el puente en su lenta ascensión. El movimiento provocó una nueva ola que desbordó el foso y sorprendió a los tres hombres mientras se congratulaban. Babik hizo un gesto de pánico y resbaló del promontorio, arrastrando a Nicolas en su caída. Ambos desaparecieron bajo el agua, que se había enturbiado debido al lodo que arrastraba. Germain, sorprendido, aguardó unos segundos antes de llamarlos. Podía ver los remolinos provocados por los dos cuerpos que parecían luchar y percibió que Babik, al ahogarse, se aferraba a Nicolas. Germain sumergió la mano izquierda extendiendo a la vez el brazo derecho para salvaguardar su única fuente de luz. Agarró una manga, pero solo logró desgarrar el tejido y comprendió que nada lograría con una sola mano. Los segundos transcurrían y Nicolas seguía sin aparecer, ambos hombres se debatían cuerpo a cuerpo bajo el agua. El pánico de Babik le había dado nuevas fuerzas. Germain hizo un nuevo intento infructuoso, aspiró aire profundamente, arrojó la antorcha y se sumergió.
La penumbra lo inundó todo. La única luz procedía del alba que se insinuaba tras la aspillera. Germain avanzó a tientas. Babik abrazaba a Nicolas, quien tenía los brazos pegados al cuerpo. El agotamiento de ambos permitió a Germain separarlos. Ayudó a Nicolas a ascender a la superficie y luego volvió en busca del gitano, al que depositó sobre el promontorio. Los tres hombres recuperaron el resuello en silencio, exhalando un efímero vaho. Babik tosió y escupió el líquido que había comenzado a infiltrarse en sus pulmones. Dirigió una mirada lastimera a Nicolas.
—No pasa nada —dijo este, y le tendió la mano—. Todo va bien.
Germain resopló.
—Os comunico que ahora ya no disponemos de luz, así que deberemos confiar en mi infalible memoria.
—¿Y eso qué significa…?
—Que dentro de diez minutos me agradeceréis por segunda vez en el día haberos salvado la vida. Ahora, seguidme, Babik entre nosotros dos, y mantened siempre el contacto con la pared.
El camino de regreso les pareció corto. En menos de cinco minutos accedieron a una galería en la que el agua ya solo les llegaba a las rodillas. Estaban agotados, tenían los labios morados y los escalofríos sacudían sus músculos, paralizados por el frío. Sabían, empero, que se habían salvado. Se detuvieron antes de ascender la escalera que los conduciría a la abadía. Se adivinaban más que verse, pero sus miradas no se separaban. A Nicolas le vino a la cabeza la imagen de Babik cuando le quitaron la máscara. Sin él, no habrían logrado cambiar el curso de los acontecimientos.
—Babik, ¿qué le has dicho para convencerlo? —preguntó—. ¿Qué le has dicho a Vedel?
—Cred pentru copii. Piensa en tus hijos —respondió el gitano—. Piensa en nuestros hijos… —murmuró, y sonrió ante la idea de ver de nuevo a Azlan.
***
Tres días después, el miércoles 29 de septiembre, la crecida del Danubio provocó la inundación de todas las trincheras turcas. Aquella misma tarde, los jenízaros de Surmeli Ali Pacha levantaron el campamento. El río había encharcado completamente las tierras y la ciudadela parecía un islote rodeado de pantanos. El diluvio se prolongó aún durante una semana y acabó súbitamente, dando paso a nubes cuarteadas y luego a un sol resplandeciente que fue recibido con tanto alborozo como si se tratara del mismísimo gran elector de Sajonia.
A pesar de la retirada de las tropas enemigas, la actividad en la abadía no disminuía debido a las enfermedades transmitidas por el agua y las ratas que habían invadido la parte alta de la ciudad. Los dos cirujanos se turnaban día y noche hasta que se normalizara la situación.
Habían transcurrido dos semanas, el paisaje había recuperado su aspecto habitual y la naturaleza había absorbido el diluvio cuando llegaron los primeros refuerzos, y con ellos los mensajeros de las provincias de origen de los soldados llevando consigo noticias de sus familias.
—No hay carta para ti —anunció Germain—, pero ¡tengo algo mejor, mucho mejor!
Señaló al soldado que se hallaba sentado a la mesa del refectorio zampándose un pedazo de carne a mordiscos.
—Charles estuvo en Nancy el mes pasado. Le pedí que fuera a casa de tu amigo maese Delvaux. Tiene noticias de tus allegados. ¿Charles?
El hombre se tragó el bocado, se limpió la mano en la manga y asintió.
—Sí, los vi.
—¿Cómo están? —preguntó Nicolas, ansioso—. Vamos, ¡habla!
—La patrona está mejor.
—¿Cómo que está mejor? ¿Puede hablar?
—Sí, puede hablar…
—¿Y anda?
—Sí, también. Puede andar.
—Pero ¿cómo anda?
—Como alguien que avanza —respondió el hombre, que parecía no entender la insistencia de Nicolas—. Vino hacia mí y me dijo que no debíais preocuparos. No soy médico, pero puedo deciros que esa dama ya no parecía enferma.
—¿Y Marianne Pajot?
—¿La comadrona? Se fue a atender un parto. Sin embargo, maese Delvaux me dijo que ella os espera, y que os ocupéis de vos mismo, que él ya se ocupa de lo demás.
Nicolas abrazó al hombre, sorprendido.
—Gracias, amigo, muchísimas gracias.
No deseaba separarse de aquel que había visto a Marianne y le había anunciado la curación de Jeanne. Lo abrazó de nuevo un buen rato, haciéndole preguntas y abrazándolo a cada respuesta, casi ahogándolo, hasta el punto que Germain se vio obligado a poner fin a la entrevista.
—Tiene que descansar antes de reunirse con su regimiento —dijo tras un último abrazo de Nicolas.
Lo acompañó y regresó a la cocina, con una amplia sonrisa en los labios.
—Ya lo ves, te dije que no debías preocuparte. Están bien. El mes próximo saldrá un correo y podrás entregarle tus cartas.
—¿Cuándo podré volver allí?
—Lo siento, pero de momento no puedo dejar que regreses. Me es imposible, te lo aseguro. Solo somos dos. Te has vuelto indispensable, así son las cosas y tendrás que hacerte a la idea.
Germain partió una hogaza de pan y sumergió una rebanada en una escudilla de caldo.
—Sé cuáles son tus intenciones, amigo mío —añadió tras limpiarse el mentón por el que se deslizaban unas gotas de sopa—. No te lo reprocho, pero quiero que sepas que, si te marchas, cada soldado que muera por no haber podido ser operado a tiempo habrá muerto por tu culpa.
Se aproximó a Nicolas con el pan en una mano y la escudilla en la otra.
—Y daré la dirección de maese Delvaux a cuantas familias pierdan un hijo, para que te puedan encontrar.
Mordió de nuevo su pitanza y entregó la escudilla a Nicolas.
—Regresar a Lorena en este momento y sin escolta sería una locura. Te estoy salvando la vida —concluyó—. ¿Vienes conmigo a la autopsia de Vedel?
El gitano, en cuanto regresó al interior de la fortaleza, fue encarcelado y aislado. Su juicio, a manos de las autoridades militares bajo las órdenes del gobernador, fue expeditivo y, acusado de intento de deserción, el veredicto fue inapelable: Vedel fue condenado a muerte. Cuatro días antes de su ejecución fue víctima de una crisis de fiebre hemorrágica más fuerte que las precedentes y en menos de cuarenta y ocho horas falleció.
—Finalmente, su muerte contenta a todo el mundo —dijo Nicolas al tiempo que depositaba la escudilla sobre la mesa.
—A él más que a nadie. ¿Vienes? Sabremos más acerca de su enfermedad —propuso Ribes de Jouan cuando ya cruzaba el umbral.
Salieron de la abadía, pasaron junto al cuartel de los coraceros, dejaron la sala de los oficiales a su derecha y se detuvieron en la punta del bastión norte, bajo la torre cuadrada que alojaba un inmenso reloj coronado por un campanario, uno de los pocos vestigios de la ocupación otomana. El lugar ofrecía una vista única sobre el valle circundante y a ambos les gustaba ir allí a menudo.
—¿Cuándo abandonaremos esta fortaleza? —preguntó Nicolas sin dejar de contemplar el paisaje que había recobrado su aspecto inicial.
—No soy el general De Rabutin, pero ha llegado a mis oídos que levantaremos el campamento antes de diciembre. A todos nos vendrá bien salir de este atolladero para reunirnos con nuestro duque.
—El duque… ¿podremos verlo?
Germain estalló en una carcajada.
—Adivino tus intenciones, pero si crees poder obtener su gracia con la excusa de reunirte con tu amada, ¡ya puedes olvidarlo!
—Puedo presentar mi caso desde un punto de vista mucho más favorable —replicó Nicolas, ofendido.
—Nadie te impedirá intentarlo. Nuestro duque es un hombre recto y generoso. Sin embargo, lo único que te llevará de vuelta a casa será un tratado de paz. ¡Y nuestros príncipes son más avaros cuando se trata de tratados que en el caso de las batallas!
Tatar, que los seguía, intentaba cazar moscas a bocados. Sus dientes mordían invariablemente el vacío, y eso acabó por fastidiarlo. Ladró de impaciencia y volvió a situarse entre ambos hombres.
—Utilizaré mi soldada para comprar la libertad de Babik y de su familia —anunció Nicolas tras pasar un momento observando al animal en su infructuosa cacería.
—Esa decisión te honra, pero, sin ánimo de ofenderte, necesitarás más de seis meses de campaña para liberarlos de ese yugo. ¿Sabes cómo se llama esta región del reino de Hungría? —preguntó a la vez que señalaba la llanura a sus pies.
—No conozco la geografía de las tierras donde nos hallamos. Mi guía siempre me ocultó los mapas de los que disponía. Solo sé que yendo recto hacia el nordeste, en un mes llegaría a Nancy.
—Estamos en Esclavonia. De aquí a Warasdin pasando por Walpo, Possega y Rifia, todas esas tierras pertenecen a Esclavonia. Y no solo son fértiles en materia agrícola, créeme. Aquí el comercio de esclavos se remonta a la Antigüedad, y ni tú ni yo lograremos cambiar las cosas.
Sacó un escalpelo de su bolsillo ante la mirada asombrada de Nicolas.
—Siempre lo llevo encima, para limpiar mi pipa —confesó como si deseara excusarse—. Y eventualmente para abrir alguna piel. ¿Sabes lo que se cuenta acerca de ese eclesiástico y escritor al que llaman Fénelon?
—No lo conozco.
—Te confesaré que yo tampoco. El padre Étienne, sin embargo, lo conoció. Es un tipo curioso ese monje, con tantas contradicciones en su interior… como nos sucede a todos, a fin de cuentas —añadió mientras rascaba una piedra de la torre con la punta de su instrumental.
—¿Y qué le dijo Fénelon a nuestro anfitrión?
Germain sopló hacia el muro.
—Ya está, lo he grabado. Es mi contribución a la eternidad.
Nicolas se aproximó para leer la frase grabada.
—«Dios creó la libertad y el hombre la esclavitud…» —murmuró—. La fatalidad no existe. Algún día Esclavonia cambiará de nombre. Volveré aquí en cuanto haya reunido la suma.
—Es una causa noble. Perdida por adelantado, pero te ayudaré. Podría enseñarte algunas martingalas y subterfugios.
—Azlan ya me ha hablado de tus triquiñuelas.
—Son solo métodos para hacer justicia —se defendió Germain—. También él desea sacar a su familia de esta situación. Y todo sirve. Sobre todo el dinero de los soldados. ¿Qué quieres que hagan con él, aparte de perderlo en el juego? Es la guerra.
Nicolas permaneció en silencio.
—Ya verás, esta vida te acabará gustando —concluyó Germain.
La aguja larga del reloj atrapó a la corta, con sus flechas apuntando al cielo. Las campanas dieron la hora perezosamente. Un grupo salió de la sala de oficiales hablando a voces. El viento arrancó el gorro peludo de uno de ellos entre las risas de los demás.
—Ven —dijo Germain, y tiró de él—. Vamos a ver de qué color era el alma de Vedel.