Capítulo 1
Ducado de Lorena, enero de 1694
La casucha le mantenía al resguardo como un abrigo de paño español. La divisó, a la salida del bosque de Nomeny, cuando el cielo plomizo dejó caer sobre él una tromba de copos de nieve. Tironeó hasta el agotamiento de las riendas de su mula, que se negaba a entrar, y se tumbó con el animal frente a la chimenea, en la que solo quedaba un manto de ceniza fría. Al despertar constató con alivio que alguien había dejado un haz de leña seca y se apresuró a encender un fuego. Ya tendría ocasión al día siguiente de ir a por unas ramas secas para dejarlo tal cual lo había encontrado. La vivienda, toda ella de adobe, estaba deshabitada. Tal vez perteneciera a una familia que había huido cuando llegaron las tropas francesas. O de la hambruna, que rondaba por aquellas tierras.
Lorena no pasaba por su momento más glorioso en aquel fin de siglo, martirizada por treinta años de guerra y de ocupación francesa, con un clan ducal exiliado en Austria, en campaña abierta contra Luis XIV. Abandonados a su suerte, los habitantes pagaban un gravoso tributo debido al conflicto con el alistamiento de los suyos en la milicia y los impuestos exigidos en todas las circunscripciones para el mantenimiento de las tropas.
Nicolas se frotó las manos antes de acercarlas a las generosas llamas. Temía sobre todo los sabañones y las grietas, que en esa época del año aparecían aunque viajara siempre con las manos arrebujadas en unos mitones de lana. Eran su más preciada herramienta, más incluso que sus lancetas y tenacillas.
La mula también se había aproximado a la fuente de calor y le mostraba los costados. Nicolas había descargado sus cosas, que cabían en dos sacos de lona y un maletín, y las había depositado en el ángulo opuesto a la chimenea, junto a la puerta por la que el viento se colaba aullando a cada ráfaga. Su último paciente, un granjero del pueblo de Solgne, le había dado víveres para resistir tres o cuatro días. Le había eliminado un bulto en la base del cuello mediante un emplasto que el médico Pierre Alliot había aplicado con éxito al hijo del duque de Lorena. Ese detalle había tranquilizado al hombre, al igual que la perspectiva de evitar una dolorosa cauterización.
Nicolas abrió su maletín y sacó el tratado de Govert Bidloo. Aunque la obra estaba en latín, cosa que le impedía leerlo, las láminas de anatomía que la ilustraban lo fascinaban. Habían sido creadas por el pintor Gérard de Lairesse. Cada dibujo, a lápiz, aportaba un realismo pasmoso a las realizaciones del cirujano holandés. Había comprado el libro en la feria de Metz el verano anterior, y desde entonces no había pasado un día ni una noche sin que ojeara un pasaje o contemplara un dibujo para grabar en su memoria cada detalle.
La única ventana de la casucha permanecía cubierta por un vaho perlado de gotas de agua. Nicolas se percató en ese instante de que no estaba cerrada con tablas de madera, y eso le intrigó. Aquel lugar, aunque estuviera impregnado de humedad, no olía a moho como era habitual en las estancias en las que solía alojarse. La mula se había acercado al vidrio y lamía a lengüetazos la condensación, y el aire exhalado por sus ollares la cubría de nuevo. Cuando se detuvo y volvió a su lugar junto al fuego, Nicolas vio claramente una sombra que se deslizaba por el exterior. Alguien lo observaba. Abrió la puerta sin brusquedad y vio a un niño harapiento que corría por el sendero. Iba descalzo. Cuando Nicolas le gritó que se detuviera, el chiquillo redobló sus esfuerzos. Al llegar a la linde del bosque se volvió, sin aliento.
—¡Ven aquí, no tengas miedo!
El niño desapareció entre las sombras del sotobosque. Un aullido resonó en la profundidad de la masa verde, y otros le respondieron a su vez. Un grito animal que conocía bien. Lobos. Había numerosas manadas, a las que el invierno y la rabia habían vuelto agresivas. Rondaban incluso cerca de los pueblos. Nicolas titubeó ante la posibilidad de ir tras el niño, pero finalmente dio media vuelta, persuadido de que no había nada que temer, pues sin duda el chiquillo ya estaría junto a sus padres, que debían de haber hallado un hogar en el bosque, como cientos de otros. Los franceses habían bautizado schenapans a aquellos que se habían negado a alistarse en las tropas del rey y los perseguían por los caminos loreneses. Los schenapans eran una peste. Cogió la hogaza de pan más grande que tenía, la envolvió en un paño limpio y la metió en el hueco de uno de los muros exteriores, a una altura suficiente para quedar fuera del alcance de los animales hambrientos. La cosecha había dado aquel año trigo abundante y de calidad, y las reservas eran más copiosas que de costumbre. Nicolas podía beneficiarse de ello gracias a la generosidad de sus pacientes. Los cirujanos barberos y los cirujanos ambulantes eran los únicos practicantes que pasaban por pueblos y aldeas, abandonados por los médicos y los boticarios, que preferían ejercer en poblaciones más grandes.
Tras una jornada de camino fría y ventosa, se sintió fatigado. Cerró el libro y lo dejó con cuidado en el maletín, y luego se tumbó sobre una manta en el suelo. Fuera, los copos de nieve ahogaban silenciosamente los ruidos nocturnos. No le gustaba dormir, no le gustaba la idea de abandonarse sin defensa a un estado en el que no era amo y señor de nada, ni siquiera de sus pensamientos. Sus sueños siempre estaban habitados por pesadillas. Luchó contra el agotamiento que trataba de adueñarse de él, antes de ceder y dejarse sumir en la negrura.
La primera pesadilla lo devolvió a la realidad tres horas más tarde. Al no conseguir disipar las imágenes que lo obsesionaban, se puso el abrigo, se cubrió con la manta y salió. El cielo estaba despejado y las estrellas resplandecían al albedo óptimo. El frío era soportable y permaneció largo rato contemplando el espectáculo de la noche, que lo calmaba y lo llenaba de algo de certidumbre frente a la perpetua cavilación de su mente. Cuando se disponía a entrar de nuevo, alargó la mano hacia la oquedad: el pan había desaparecido.
***
El látigo de cuero restalló en el aire sobre las cabezas de los caballos. El cochero refunfuñaba. A uno de los animales, por la noche, se le había inflamado el tendón de la rodilla anterior derecha. Le había sido imposible reemplazarlo y la yegua ralentizaba el avance del tiro. Habían salido de Metz por la mañana y habían recorrido en cuatro horas los veintiocho kilómetros que los separaban de Pont-à-Mousson. Allí se habían detenido, en la posada del Point du Jour. El hombre había constatado con inquietud que el estado de su percherona había empeorado, a pesar de la cataplasma que le había aplicado la víspera. No había osado hablarle de ello a su señor, el conde Charles de Montigny, que lo había sermoneado por el retraso acumulado a mitad de camino. A buen seguro, no tendría derecho a la recompensa habitual de dos francos que recibía tras cada viaje. El conde podía mostrarse tan dispuesto al castigo como a la generosidad. Y ese día no era cuestión de dar media vuelta ni de llegar tarde a destino: Charles de Montigny acompañaba a su sobrina a casa del marqués de Cornelli para su próxima boda. El futuro esposo había organizado un banquete en compañía de los principales notables de Nancy. Tenían que llegar antes del anochecer. Por su parte, el cochero necesitaba imperiosamente ganarse su propina, pues la había adelantado para comprar al pañero de la Grande-Rue una tela de seda de Italia que le encantaría a su esposa. Tenía que hacerse perdonar tras su última disputa, cuando volvió borracho a su casa y le dio de palos en la cabeza y los riñones; a punto estuvo de quebrarle los huesos, e hizo que perdiera un diente —su último incisivo— y le provocó unos dolores recurrentes que la hacían incapaz de ocuparse de la casa. La esposa lo había amenazado con denunciarlo al tribunal y, si volvía sin la tela, a buen seguro que acabaría ante el juez y tendría que pedir disculpas públicas.
Bebió de un trago su jarra de vino y se puso en pie, decidido a recuperar el retraso. Los animales habían descansado y comido hierba fresca. No todo estaba perdido.
—¡Menudo semblante tenéis, sobrina! ¡Parece que os lleve al suplicio y no junto a vuestro prometido! —exclamó el conde mientras se ajustaba la peluca que un bandazo del carruaje le había hecho caer sobre la frente—. Vais a contraer matrimonio con uno de los mejores partidos del lugar, un Cornelli, unido por alianza a los Visconti del Milanesado. ¡Vamos, sonreíd!
Rosa de Montigny obedeció y volvió la cabeza hacia el paisaje para evitar la mirada de su tutor. Tenía los rasgos finos y angelicales y la piel de una delicadeza extrema, propios de las mujeres de su familia.
—¡Es un viejo de cuarenta y cinco años! —dijo con una voz ya carente de convicción por haber abusado de tal argumento.
—Os acostumbraréis, ya veréis. Ahora que Nancy está en manos de los franceses, hay que hacerse a la nueva situación. No creo que el duque vuelva a recobrar la autoridad sobre sus súbditos. Estoy obligado a cuidar de vuestro futuro. Se lo prometí a vuestra madre en su lecho de muerte.
Las ruedas de la carroza pasaron torpemente sobre la raíz de un árbol y el cuero de las correas crujió.
—¡Eso si este cochero no nos mata antes! —añadió a la vez que se ajustaba la peluca por segunda vez.
Adivinó los pensamientos de su sobrina reflejados en su mirada.
—No presentarnos allí no haría más que aplazar las cosas. Dentro de un tiempo, me agradeceréis que os diera vuestra felicidad.
—Tengo frío —dijo Rosa, y se cubrió con la piel de oso que envolvía su asiento.
Charles le tendió la suya, y ella se la puso sobre las piernas.
—Os agradezco que os ocupéis de mí, como habéis hecho a lo largo de todos estos años, tío, pero la felicidad es una cuestión tan personal como la ropa interior, y solo puede estar en manos de quien la lleva.
—Siempre con vuestras insolentes mofas. Mi niña, de ahora en adelante tendréis que evitarlas. Hablar de libertad y de independencia no es cosa de mujeres, salvo si entre las mismas contáis a esas aventureras de dudosa virtud.
—¿Conocéis a alguna, tío?
—¡Dios me libre, no! No frecuento a esa gente.
—En tal caso ¿de qué las creéis culpables?
—Lo sabéis tan bien como yo.
Ella no quiso responder. Para Charles de Montigny, una mujer solo era honorable por la fortuna que podía proporcionarle una herencia o una boda ventajosa. Todas las que carecían de esas dos condiciones tenían ante ellas el fermento de una vida libertina. Ella sabía que no había argumento alguno que pudiera hacerlo cambiar de opinión y desde hacía tiempo ya no discutía con él sobre ese tema. La carroza aminoró la marcha y se situó a la izquierda para adelantar a un hombre que tiraba de una mula cargada.
—Podéis esperar una pronta viudedad —añadió él tras un largo silencio.
—Parece que el marqués de Cornelli está en plena forma física.
—Hace un rato era un viejo —respondió, malicioso.
—Tiene veintiséis años más que yo, pero todos sus antepasados murieron habiendo cumplido los ochenta años. Me he informado —respondió ella con una seriedad que sorprendió a su tío.
—Estamos en guerra y con un poco de suerte pronto partirá y oirá silbar las balas —prosiguió él sin cambiar de tono—. Hace diez años fue ayudante de campo de Carlos V.
—¿Por qué un recién casado iba a tener ganas de abandonar a su esposa para ir al campo de batalla? ¿Tan fea soy?
—Por supuesto que no. Pero sabéis ser irresistible en vuestros argumentos. ¡De vos depende convencerlo de la necesidad de volver al campo de batalla!
—¡Qué retorcido llegáis a ser, tío!
—Construyo vuestro futuro. No sois más que una soñadora que ha abusado de lecturas licenciosas como las de ese Bayle. ¡Otro protestante!
Ella calló. La amplitud de miras de su tío se limitaba a ciertas cuestiones, y esta no era una de ellas. El fieltro rojo del habitáculo acolchado estaba desgastado y en algunos lugares tan rozado que dejaba entrever la madera de la osamenta. El carruaje, comprado de ocasión a la familia del preboste Lançon a la muerte de este, era la viva imagen de la situación financiera de Charles de Montigny: estaba en las últimas.
Fuera, el látigo del cochero restallaba sin cesar como una tormenta sobre sus cabezas. Los dos percherones blancos avanzaban al galope ligero.
***
Nicolas abandonó la casucha, no sin antes dejar allí un pan y cecina, y prosiguió su camino. Se detuvo en Nomeny, donde se cruzó con una compañía de infantería de las tropas francesas, una cincuentena de hombres que dos días antes habían ocupado todas las casas del pueblo bajo las miradas desesperadas de los habitantes, que, además de verse obligados a darles albergue, debían entregarles una contribución diaria de cinco libras. Los excesos de los soldados en campaña eran de sobra conocidos a lo largo y ancho del ducado y todo el mundo temía su presencia, sobre todo en los pueblos. El oficial al mando era un capitán que no tenía una autoridad manifiesta sobre sus hombres. Nicolas evitó todo contacto y tomó la ruta de Nancy en dirección a Ajoncourt. El camino de tierra era ancho y permitía que se cruzaran o se adelantaran los vehículos. Sobre todo tenía la ventaja de evitar los senderos forestales, resbaladizos debido al hielo y muy poco seguros por la presencia de vagabundos.
Tropezó con un objeto que lo hizo trastabillar. Una larga correa de cuero desgastada. Recordó la imagen de la carroza que lo había adelantado no hacía mucho. Escrutó los alrededores y la distinguió, a unos quinientos metros. Se le habían roto las ballestas y las correas de la suspensión. El vehículo había volcado en un campo. La portezuela derecha estaba abierta y señalaba, vertical, cual estandarte rígido, hacia una oscura forma yaciente. Nicolas se subió a su mula y esta arrancó al trote.
En el momento en que llegaba junto a la carroza, Charles de Montigny surgió de la parte posterior, con la peluca en una mano y un reloj de bolsillo en la otra. Un hilillo de sangre surcaba su cráneo calvo.
—Todo está en orden, caballero, todo está en orden. ¿Podéis ayudarnos? ¡Todo está en orden, pero vamos con retraso!
Su voz era entrecortada, hablaba deprisa y sus frases denotaban cierta confusión mental. Aún bajo los efectos del impacto, erraba alrededor del carruaje con paso mecánico.
—¿Hay otras personas? —preguntó Nicolas al comprender con alivio que lo que había tomado por un cuerpo inanimado no era más que una piel de oso colgada de la ventanilla.
—Aquí, venid, por favor —llamó una voz femenina.
Cogió su maletín y rodeó la carroza. Rosa de Montigny estaba arrodillada junto al cochero, que gemía tendido sobre la hierba. El conde se reunió con ellos.
—A ella no le ocurre nada, ya os lo digo yo. Ayudadnos a poner el carruaje de nuevo en el camino, por favor.
Nicolas no respondió y se aproximó al herido.
—¡A ese ni lo toquéis! —gritó Charles de Montigny—. Por culpa de ese miserable nos vemos así. Lo despido, no volverá a trabajar a mi servicio. ¡Venid, vamos a poner la carroza sobre sus ruedas! —añadió situándose junto al vehículo.
Nicolas deshizo las vendas que le envolvían las manos.
—¿Dónde os duele? —preguntó al hombre, que trataba de incorporarse en vano.
—Mi hombro… es mi hombro —respondió con una mueca de dolor que enojó al conde.
—¡Vamos, en pie, Claude! ¡Ya veis en qué aprieto nos estáis poniendo!
—Lo lamento mucho, señor conde…
—Este hombre está herido, señor —intervino Nicolas—. Su estado requiere una cura de urgencia. En cuanto a vuestro carruaje, no irá a ninguna parte: tiene dos ruedas rotas.
—¡Ah, no! ¡Eso no es posible! Tenemos una cita, una cita importante, ¡una cita crucial, para ser sincero!
Ante la indiferencia de su sobrina y del desconocido, le dio un puntapié a uno de los radios de la rueda y lo rompió. Se quedó un instante boquiabierto, renqueando y maldiciendo por todos los diablos a los herederos del señor de Lançon, que le habían vendido un carruaje carcomido.
Nicolas le quitó la chaqueta al cochero y le rasgó la camisa. Sobre el omóplato había aparecido un bulto, mientras que en el hombro podía verse una cavidad.
—Es una luxación —concluyó.
—¿Una qué? —balbució el interesado, que se sentía desfallecer.
—Vuestra articulación se ha desencajado. Será doloroso, pero os lo volveré a colocar en su lugar.
—¿Qué sois? ¿Un matasanos?
Abrió su maletín y extrajo un paño, unas gasas y un frasco que desprendía un fuerte olor a pino.
—Me llamo Nicolas Déruet. Soy cirujano ambulante.
Claude volvió súbitamente en sí:
—¿Cuánto me va a costar eso?
—¡Yo no voy a pagar! —exclamó el conde, que se había sentado sobre la hierba a una decena de metros y los observaba con un fingido aspecto despreocupado.
—No os pediré nada —respondió Nicolas.
—Os pagaré de mi bolsillo —intervino Rosa, y miró fijamente a su tío. Luego, con voz dulce y serena, se dirigió a Nicolas—: ¿Puedo ayudaros?
—Explicadme qué ha sucedido.
—Se ha oído un fuerte crujido en la carroza y hemos dado bandazos a izquierda y derecha durante lo que me ha parecido mucho tiempo…
—He notado que se habían roto las correas y he tratado de detener a los dos caballos, pero el carruaje ha acabado por volcar hacia la izquierda. Por suerte, en ese momento íbamos a poca velocidad —explicó el cochero.
—Creo que Claude nos ha salvado la vida —declaró Rosa y miró a su tío, que se volvió de espaldas.
—Los caballos aún estaban unidos al tiro —prosiguió Claude— y uno de ellos estaba herido. He temido que fueran presa del pánico y arrastraran la carroza. El señor conde y su sobrina aún se encontraban en el interior. He soltado al primero y cuando iba a liberar al segundo, me ha coceado con las patas traseras. Un poco más y me arranca la cabeza.
Nicolas se desató la bota derecha y colocó su pie bajo la axila del cochero a la vez que tendía su brazo perpendicularmente a su cuerpo. El hombre hizo una mueca de dolor. Estaba contraído.
—Permaneced tumbado, volved la cabeza hacia la señora y miradla fijamente a los ojos. ¿De acuerdo?
—No, no estoy de acuerdo —intervino Charles de Montigny al tiempo que se aproximaba—. Pero ¿qué significa todo esto? ¡Ese lacayo no va a mirar a mi sobrina! —añadió enfáticamente.
—Claude, miradme —dijo Rosa, indiferente a las baladronadas de su tutor.
—No, Claude, miradme a mí, ¿de acuerdo? —ordenó Charles y se situó detrás de su sobrina—. ¡A los ojos! ¡Vamos!
—Pero ¿qué tengo que hacer? —respondió el herido, cuyos ojos desorbitados iban de uno al otro.
Nicolas aprovechó para ejercer una tracción suave y progresiva sobre el miembro, una tensión que detuvo al oír un pequeño crujido seco.
—Podéis poneros en pie. Ya está.
—¿Ya está? —dijo el hombre al tiempo que se restregaba el hombro—. ¿Se acabó? ¡Pues sí, ya no me duele!
Se incorporó, primero con aprensión, y luego se sintió más seguro.
—¡Es increíble! ¡No he notado nada! ¡Es un milagro!
—Vamos, Claude, no blasfeméis —se enojó el conde—. No es más que una práctica manual, ¡no es obra de Dios! Será mejor que vayáis a por nuestros animales y deis con una manera de sacarnos de esta situación. ¡Vamos!
El hombre se dirigió hacia el campo vecino, donde los dos percherones habían encontrado hierba en medio de una tierra árida. Nicolas impregnó una gasa con el líquido del frasco oloroso.
—Ahora, vos —le dijo al conde, que lo interrogaba con la mirada.
Este retrocedió:
—¡Si estoy bien!
—Tenéis varias heridas en el rostro. Os voy a poner un emplasto.
—Sería mejor ocuparse de mi peluca —replicó al tiempo que señalaba el postizo desgarrado.
—Eso no es de mi competencia, señor —respondió Nicolas, y le mostró el apósito húmedo.
El conde le presentó la frente.
—Sin embargo, creía que los cirujanos también eran peluqueros y barberos, ¿acaso estoy errado? —preguntó el conde haciéndose el ingenuo.
—No es ese mi caso. Yo opero y corto fístulas, suturo, cauterizo y vendo, pero no me ocupo ni de pelos ni de uñas. Sano los cuerpos, señor, no cuido de la estética de las pieles.
—Bello y noble oficio —intervino Rosa.
—Sin duda os referís a la medicina, querida sobrina, pero el caballero no es más que el criado de la misma. Será tan hábil como gustéis, pero manejar la navaja y la lanceta no es un arte. Sin embargo, os estoy muy agradecido por vuestra intervención. Os haremos llegar vuestros emolumentos una vez estemos de regreso en Metz.
Nicolas le puso la gasa en la mano.
—No os inquietéis por mis honorarios y sí por la cicatrización de vuestra herida. Aplicaos esta gasa varias veces sobre la herida, hasta que esté seca. Y pedidle a vuestro boticario que os prepare una fórmula de trementina, aceite rosado y yema de huevo. Aplicáosla hasta que se haya cerrado por completo.
El conde miró con asco el grasiento apósito de olor intenso.
—Consultaré acerca de ello a mi médico personal —respondió—. Ahora tenemos cosas más urgentes que resolver.
—Como gustéis. Tal vez prefiráis que la infección os envenene los humores —añadió Nicolas—. En tal caso, ya ni el gran Alliot podrá ayudaros.
El conde se encogió de hombros y fue junto a su cochero, que estaba verificando el estado de las patas de los percherones. Rosa se acercó a Nicolas.
—Me parecéis una persona de confianza. ¿Queréis ayudarme, caballero? —susurró.
—¿Ayudaros? Si está en mi mano, por descontado, señora.
—Voy a hablaros de algo que concierne a todo el mundo, excepto tal vez a mi tío. La felicidad y la bienandanza.
La joven le contó el objetivo del viaje y su oposición a tal proyecto.
—Tengo la esperanza de que este accidente nos impida reunirnos con el marqués de Cornelli y que más tarde este se halle en otras disposiciones.
—¿Por qué hacéis esto? ¿Amáis a otro hombre?
La pregunta pareció sorprenderla:
—No, pero quiero ser libre e independiente. Y si debo casarme, será con quien mi corazón elija, y no con quien decida mi tutor.
La respuesta hizo sonreír a Nicolas.
—Vuestro corazón es noble y generoso, pero temo que la vida pronto lo someterá.
Ella le clavó los ojos con intensidad.
—¿Tan viejo sois para saber tanto sobre la vida?
—Cada día me enriquece con experiencias que me susurran que moriré sin pretender conocerla, condesa.
—No soy condesa, para desgracia de mi tío. ¿Y soy vuestra experiencia de hoy? —preguntó con un tono de voz en el que afloraba cierto enojo.
Ella sintió un escalofrío y él cogió la piel de oso y la cubrió.
—Debo de pareceros tan exótico como vos me parecéis alejada de las contingencias. Un consejo: seguid así. Cuando se ponen los pies en el suelo, rara vez es sobre seda. Con mis respetos.
Ella se volvió para comprobar que su tío aún no hubiera acabado con el cochero y condujo a Nicolas hacia la mula.
—¡En tal caso, llevadme con vos!
—¿Disculpadme?
—Llevadme con vos. Quiero ser libre.
—Pero ¿quién os dice que represento la libertad? ¿Y sabéis a qué precio?
—¡Yo lo fijaré! ¿Me ayudaréis?
—A evitaros una unión no consentida, sí. A raptaros de vuestra vida, no. ¡Y me lo agradeceréis!
Se oyó la voz del conde:
—¡Rosa, nos marchamos!
Los ojos de Rosa imploraron a Nicolas.
Ambos hombres se acercaron con los caballos de tiro. Los animales estaban nerviosos. Uno de ellos cojeaba.
—Aún están asustados —comentó Montigny para explicar su estado—, pero pueden andar.
Quiso acariciar el cuello del más próximo, pero el caballo retrocedió, resoplando.
—Hay algo más —intervino Nicolas.
—¿Qué más? ¿Acaso también sois especialista en animales? —preguntó con sequedad Montigny.
Nicolas escrutó los alrededores.
—Allá —dijo, y extendió el brazo para señalar un lugar en la linde del bosque.
—¿Qué sucede? No veo nada.
—¿Qué es? —preguntó Rosa, que había distinguido una mancha oscura inmóvil.
—Un lobo.
—¿Un lobo? ¿Será peligroso? —se inquietó Charles de Montigny.
—No mientras esté solo y a esta distancia —respondió Nicolas mientras cargaba su maletín sobre la mula—. ¿Qué vais a hacer?
—Avanzaremos al paso hasta Amance, donde encontraremos caballos de refresco. Así podremos llegar hasta Nancy…
—¿Y qué vais a hacer con los lobos? —insistió Nicolas.
—Acabáis de decirme que no hay peligro…
—Aquí no, a buen seguro, pero el camino de Amance se adentra en el bosque —mintió.
La mancha oscura desapareció tras los árboles.
—¡Ahora sí lo he visto! —afirmó el conde, a quien su miopía le impedía distinguir el menor detalle a más de diez metros.
—Ha ido a buscar a la manada.
La frase de Nicolas cayó como un mazazo.
—Eso sí es un problema —concluyó Charles de Montigny—. Eso es un problema considerable.
Se aproximó a él.
—Sin embargo, señor Déruet, vos conocéis bien estas tierras y tal vez podáis acompañarnos. Seré generoso.
La frase hizo pestañear a Nicolas.
—Sé que las apariencias dicen lo contrario —prosiguió el conde—. Pero hoy es un día maldito. Sacadnos de esta pesadilla. Ayudadnos, señor Déruet.
—¿Implorar la ayuda de los desconocidos es una costumbre familiar? —dijo Nicolas, y se cuidó de evitar la mirada enojada de Rosa—. La única solución posible es desandar el camino hasta Nomeny, no estamos lejos. Hay allí una compañía de franceses, pero siempre será menos peligrosa que una manada de lobos, ¿no os parece?
El conde asintió. Había acabado por convencerse de que su accidente era un caso de fuerza mayor que no podría enturbiar de ninguna manera su relación con el marqués. Tal vez incluso este haría mandar una carroza a recogerlos tras la terrible experiencia. La emoción provocada solo podría serles beneficiosa, y más aún teniendo en cuenta que Charles de Montigny pretendía relatar con gran imaginación cómo los cánidos rabiosos los habían rodeado.
Rosa eligió subirse a la mula mientras su tío se encaramaba con tremenda dificultad a la grupa del percherón sano. El extraño grupo de viajeros avanzó al mando de Nicolas. Desde su partida de la casucha, sabía que lo seguía el chiquillo del bosque, y había hecho creer que su enclenque silueta era la de un lobo.
***
Para su alivio, los soldados franceses habían levantado el campamento y cuando llegaron el pueblo había recobrado su calma habitual. Nomeny era una capital de comarca cuya población había sido diezmada por la guerra, y de setecientos hogares había disminuido a solo cien. Las calles eran anchas, las casas nuevas contaban con muros de piedra tallada, y algunas de ellas habían sido edificadas con las ruinas del castillo local, derribado por orden de Luis XIV.
Los viajeros se detuvieron frente a la casa de Pierre de Morteuil, lejano descendiente de Nicolás de Lorena, conde de Vaudémont y marqués de Nomeny, a quien tan ilustre parentesco bastaba a ojos de Charles para considerarlo hombre de bien. Aceptó acogerlos esa noche de buena gana, dado que además fue el obligado de Montigny unos años antes en un asunto de impagados. La despedida de Nicolas se resumió en una última mirada que Rosa le dirigió.
Decidió ir a casa de Jean Lecouteux, cura de la parroquia, al que había curado el año anterior y de cuya compañía y saber había disfrutado. Por lo general desconfiaba de los devotos y los soldados de Dios, que componían el grueso de la escarcela de los eclesiásticos, pero en Nomeny había dado con un cura abierto a la humanidad y a las nuevas ideas. Pasaron la velada comentando la situación del ducado hasta que el sacerdote soltó un bostezo redhibitorio y se retiró a rezar.
Los pasos del padre Lecouteux resonaron en el pasillo de la rectoría. Se oyó cerrarse la puerta de entrada. Dos perros ladraron a su paso. Luego el silencio se adueñó de la noche. Nicolas aguardó un buen rato tumbado en su jergón a que el sueño lo venciera. Pero lo dejó plantado. Se levantó a tientas, cogió su pedernal y encendió una vela. Abrió su maletín y eligió el libro de Harvey, Sobre el movimiento del corazón en el hombre y los animales, e imaginó la lucha de ideas que debía de haber vivido, más de sesenta años antes, contra la incredulidad y la oposición de los médicos para imponer sus revolucionarias ideas sobre la circulación de la sangre. Nicolas hizo aparecer una vena comprimiendo su brazo y observó el leve movimiento de esta al ritmo de sus latidos cardíacos. Leyó durante un buen rato, hasta que se consumió la vela, y luego permaneció en la penumbra sin conciliar el sueño. Había tantas preguntas sin respuesta… Los perros ladraron de nuevo. Sintió un ligero sopor y dejó que lo arrastrara. La puerta se abrió en el momento en que cerraba los ojos. El padre Lecouteux se inclinó hacia él:
—Nicolas, necesito vuestra ayuda. Es la hija de Bruyer.
La familia Bruyer vivía en una granja cerca de la iglesia, en la que criaban vacas y gallinas por cuenta de un propietario de la comarca de Nomeny. Con cinco hijos, solo tenían una chica, hecho que la madre atribuía a la escasa disposición del padre por el fervor religioso. La joven, embarazada, había roto aguas aquella mañana y el parto duraba ya más de veinte horas.
—¿Está con ella la matrona? —preguntó Nicolas, sin obtener respuesta.
Una carroza con lujosa marquetería dorada se hallaba estacionada frente a la entrada de la granja. El cochero y un lacayo aguardaban cerca de la misma, sentados en silencio, calentándose ante un brasero.
—Os lo explicaré —dijo Lecouteux ante la mirada interrogadora de Nicolas—. No hay matrona, la comadrona es de Nancy. Ella me ha enviado a buscaros cuando le he dicho que estabais aquí, pues conoce vuestra reputación.
En el interior, en la cocina, el padre y los cuatro hijos estaban sentados frente a la chimenea. Sus miradas eran tristes y tenían los semblantes abatidos. El hombre se puso en pie para saludar a Nicolas.
—Soy yo quien os ha mandado llamar, señor.
—¿Qué sucede? —preguntó Nicolas mientras dejaba su bolsa en el suelo.
—Se presenta de nalgas —respondió una voz a su espalda.
La comadrona también parecía exhausta. Llevaba un pañuelo en la cabeza con el que cubría su cabello y encuadraba su rostro como el de una monja. Su camisa blanca estaba maculada de manchas y aureolas; sus manos eran largas y delicadas y llevaba las uñas cortas. No tenía nada en común con las parteras que hasta entonces había conocido.
—No se dará la vuelta —añadió ella—. Lo he probado todo. La madre está muy débil.
—¿Puedo verla?
La mujer buscó con la mirada la aprobación del padre.
—Mi hija no quiere ni oír hablar de ello, se niega a que un hombre la vea dar a luz. Ni siquiera ha querido parir junto al fuego. Solo en la cama, como en la corte. Trabajar para el señor marqués le ha dado semejantes ideas. Pero vos sois diferente, vos no sois un hombre sino un cirujano. Incluso la comadrona ha requerido vuestra presencia. La salvaréis, ¿verdad?
La habitación no tenía ventanas. A ambos lados de la cama se habían dispuesto unas hileras de velas. La joven, recostada entre un montículo de almohadas, parecía dormir. Su madre, que estaba junto a ella, le susurró unas palabras al entrar Nicolas. La parturienta gimió, incapaz de pronunciar palabras comprensibles. Él tomó asiento y, en silencio, puso su mano sobre el vientre de la paciente. Las contracciones no habían cesado. La comadrona introdujo sus dedos en el perineo y constató que las nalgas lo habían dilatado. Quiso hacer un último intento.
—Antes de cederos el sitio —añadió ella.
Nicolas sabía lo que significaba esa frase: una cesárea y la muerte de la madre. Sin embargo, también él coincidía en ese diagnóstico.
Ella hundió su brazo al máximo en el orificio interno.
—¡Noto unos dedos, las manos y los pies!
Trató de apartar las manos y de agarrar los pies, mientras Nicolas presionaba sobre el abdomen para facilitar la expulsión. La joven gritó. Su madre le suplicó que contrajera el vientre con todas las fuerzas que le quedaran, y lo hizo. La comadrona solo consiguió echar atrás las nalgas, sin lograr desplegar las piernas del feto. Extenuada, la hija de los Bruyer desfalleció.
—¡No! —exclamó la comadrona—, no nos dejes ahora. ¡Ahora no!
En un último esfuerzo, consiguió agarrar uno de los pies y sacarlo al exterior, y luego el otro.
—¡Los tengo! ¡Los tengo! —anunció.
Sin consultarse, intercambiaron sus puestos. Se requeriría mucha fuerza física para dar a luz al recién nacido. Todos prodigaron ánimos a la joven, que, agotada, ya no conseguía abrir los ojos.
Nicolas logró extraer las piernas y luego las nalgas. La comadrona las envolvió rápidamente con un paño seco y caliente y comprobó que los brazos del niño estuvieran pegados a lo largo del cuerpo antes de dejar que el cirujano reanudara la tracción. Nicolas tomó todas las precauciones para poder agarrarlo lo mejor posible, asiendo con sus manos las caderas y antebrazos del bebé, y acto seguido tiró progresivamente, cada vez con más fuerza. Vio aparecer la parte inferior del tórax y continuó maniobrando. El cuerpecito, empero, se quedó atorado en ese punto. Nicolas aumentó la tracción, sin resultado alguno. Con una mirada fugaz, cambiaron de nuevo sus posiciones, él presionando sobre el vientre y ella tratando de sacar al niño, sin que este avanzara ni un dedo.
—¿Y la cabeza? —preguntó Nicolas y se aproximó a la madre.
—Está encajada en la pelvis. Ya no puede ceder más, así no lograremos sacarla.
Él examinó a la joven y no le halló el pulso. Sus tegumentos eran de una palidez extrema y sus músculos estaban fláccidos. La vida la abandonaba.
—La criatura está muy débil —dijo la comadrona al intuir el titubeo de Nicolas.
Adelantándose a su decisión, hizo salir a la madre de la chica, que se había puesto a rezar con un rosario entre las manos y estaba apoyada en la cama. Nicolas preparó el instrumental para la cesárea. Con un escalpelo, hizo una larga incisión longitudinal en medio del abdomen, luego alzó el peritoneo ayudándose con los dedos y lo cortó con unas tijeras. La joven abrió la boca como si tratara de inspirar una última bocanada de aire y se quedó inmóvil. Nicolas vio la matriz, entre los intestinos, y la cortó con precaución para no herir al niño. Lo sacó del vientre y lo sostuvo en alto con los brazos extendidos mientras la comadrona le cortaba el cordón, que se le había enroscado al cuello. El recién nacido tenía la piel cianótica y no respiraba. La matrona vio un vaso de alcohol que la familia había preparado a su demanda, se echó un trago al gaznate y lo sopló sobre el rostro de la criatura. El recién nacido se debatió y arrancó a llorar a pleno pulmón. Lo abrazó, lo tranquilizó y lo examinó. No tenía ninguna deformidad ni anomalía, excepto una mancha oscura en la piel, en la base del cuello, del tamaño de una moneda. Lo lavó, lo frotó con sal y un poco de miel y lo vistió con los paños que había hecho mantener calientes.
Nicolas constató la defunción de la madre y le cosió la piel del vientre antes de cubrirla con una sábana. Se limpió las manos y el rostro con un paño limpio y cogió en brazos al bebé mientras la comadrona también se aseaba. Por primera vez desde su llegada, la miró fijamente a los ojos. Eran de un verde intenso y puro, de un color que jamás había observado en ninguna otra persona, semejante a la piedra de jade que tenía en su maletín.
—¿Qué os sucede? —preguntó ella dejando el paño—. Os habéis quedado de piedra. ¿Es vuestra primera cesárea?
De pronto, los ojos de aquella mujer le parecieron familiares. Tuvo la curiosa sensación de haber vivido ya aquel momento con ella. Como si ya hubiera pasado por ello. Consciente de su fatiga física y nerviosa, se serenó.
—Ni siquiera sé cómo os llamáis.
Ella se quitó el pañuelo que cubría sus cabellos y le sonrió.
—Me llamo Marianne. Marianne Pajot.
Tomó al niño en brazos.
—Venid, nos aguarda otra prueba.
La familia Bruyer se había reunido para rezar alrededor del padre Lecouteux. En cuanto vieron a Marianne y a Nicolas, comprendieron lo sucedido y se pusieron en pie en silencio. Todos se precipitaron a la habitación donde yacía la joven.
—Dejemos que comulguen unidos en su dolor —dijo el cura tomando al niño en sus brazos—. Voy a bautizarlo antes de que Dios lo llame a su seno.
—Es de constitución robusta —afirmó Marianne—, y de momento el seno que necesita es el de un ama de cría. Saldrá de esta.
—¿Dónde está el padre de la criatura? —inquirió Nicolas—. No lo he visto. ¿Está muerto?
Marianne se sentó en una silla y se restregó el rostro. Estaba extenuada.
—Esa pobre Mathilde Bruyer sufrió el acoso repetido de su amo, un noble del ducado —respondió el cura—. Tras dejarla embarazada, la despidió y la mandó a su casa, con una pequeña renta.
—Él me encargó que me ocupara del parto —añadió ella—. Quería que su hijo, aunque fuera un bastardo, tuviera la posibilidad de nacer.
—Pero ¿quién es?
El recién nacido gritó. Un grito animal, felino, agudo.
—Hay que alimentarle de inmediato. ¿Quién ha dado a luz recientemente en el pueblo? —preguntó Marianne.
—Hay dos mujeres en esa situación —propuso el cura—. Ayer una de ellas perdió a su criatura, se asfixió en la cama. Aún le sube la leche. Iré a preguntar.
Desde la habitación llegaba la letanía de oraciones entrecortadas por sollozos ahogados. Nicolas echó un leño al fuego y avivó las brasas. Las llamas hicieron crepitar la leña seca. El recién nacido no debía coger frío.
Interrogó a Marianne, cuya destreza y juventud lo habían impresionado. Había recibido las enseñanzas de la hija de Louise Bourgeois, la comadrona de las reinas, en París, y había ejercido en el Hôpital-Dieu antes de regresar a Lorena en 1692. Pronto dejó de hablar de ella misma y no mostró curiosidad por él. En su oficio, los fracasos eran numerosos, pero no se acostumbraba a ello y buscaba mentalmente qué tendría que haber hecho para salvar a la madre y a su hijo. Él comprendió que ella aún no había vuelto del todo a la realidad y respetó su petición implícita. No se cansaba de mirarla, y ella se dio cuenta aunque no lo manifestó.
—¿Podemos verlo?
La familia Bruyer había entrado en la cocina sin que los oyeran. El padre tendió los brazos para conocer a su nieto. Sonrió por primera vez en toda la noche y acarició la mejilla del recién nacido, que, demasiado débil para llorar tras haber agotado todas sus fuerzas, simplemente tuvo un reflejo de succión.
—Tiene hambre —dijo, y se lo entregó a su esposa.
Esta deshizo los paños que lo cubrían y dejó aparecer el cuello y los hombros. A la vista de la mancha de vino, dirigió una mirada de espanto a Nicolas.
—Eso no es nada —dijo mientras se aproximaba a ellos—. La criatura no está enferma, es natural que tenga la piel de ese color, pero no se va a extender y quizá con el tiempo hasta desaparecerá.
—¡Es la marca del diablo! —exclamó el padre mientras retrocedía, horrorizado.
—He visto a muchos niños que lo tenían, se lo aseguro, incluso en familias de linaje real. Algunos se lo transmiten de generación en generación. No hay nada diabólico.
—¡Es el diablo! ¡Ha castigado a mi hija por haber fornicado con el marqués!
Su esposa, que había cubierto de nuevo el cuello del niño con el paño, parecía presa del pánico. Marianne fue a coger al niño y lo apoyó contra su hombro con intención de mostrarles que nadie tenía que temer conjuro alguno. De nada sirvió: veían en ese angioma un signo del destino y decidieron que el recién nacido no podía quedarse en su hogar.
—¡Nos traerá la desgracia! —exclamó el padre—. ¡Ya ha matado a mi hija!
Cuando el cura regresó con el ama de cría, los Bruyer armaron tal escandalera que la pobre mujer se negó a acercarse al pequeño y salió sin decir palabra. El padre Lecouteux trató de hacerles entrar en razón, pero ni siquiera el párroco pudo convencerlos de que aquella marca no era de origen diabólico. Los procesos por brujería, que menudearon en Lorena a principios de siglo bajo la férula del fiscal general Nicolas Rémy, y que condujeron a la hoguera a más de novecientos desventurados, habían dejado huella en el inconsciente colectivo y, aunque ya nadie hubiera sido acusado ni ejecutado por ese cargo desde hacía cuarenta años, algunos aún estaban convencidos de que el diablo podía cobrar forma humana en cualquier hogar. La familia Bruyer respaldó al unísono a su padre y este amenazó con abandonar a la criatura en el bosque si la comadrona no se lo llevaba consigo.
—Sé de un lugar en Nancy donde lo acogerán —intervino el cura.
—¿Y quién le dará de comer? —inquirió Nicolas.
—Mañana mismo encontraré a un ama de cría —respondió Marianne—. Partiremos al alba. Por esta noche, se contentará con un poco de agua.
El padre Lecouteux se ofreció a albergar a la comadrona las pocas horas que aún los separaban del alba. Él, por su parte, optó por acompañar a la familia en el duelo.
Los dos cocheros aguardaban fuera, junto al brasero que se mantenía con la misma intensidad. Marianne les puso al corriente de los hechos. El fallecimiento de la joven pareció afectarlos. La conocían bien, puesto que estaban al servicio del mismo hombre. Miraron con compasión al chiquillo envuelto en paños.
—¿Cómo se llama? —preguntó uno de ellos.
—El cura lo ha bautizado Simon.
—¿Simon? Es bonito, a su madre le hubiera gustado.
Marianne y Nicolas regresaron a la rectoría y depositaron al niño sobre la gran cama del cura. Ninguno de los dos tenía ganas de dormir. Nicolas encendió unas velas y cogió su maletín, del que extrajo varios libros.
—Son mis tesoros más valiosos —declaró al presentarlos como si de sus amigos se tratase.
Ella escogió las obras de La Framboisière, un grueso tratado que versaba sobre anatomía, medicina y remedios, escrito en francés. Hojearon las láminas mientras las iban comentando a la luz de sus propias experiencias. Su apasionada conversación les permitió desprenderse de las imágenes de la noche y se prolongó un buen rato, hasta que el niño estuvo a punto de asfixiarse debido a las flemas que se le habían acumulado en la parte posterior de la garganta. Marianne lo solucionó inclinándolo hacia delante y haciendo que las evacuara con unas palmaditas en la espalda. Nicolas la observó fascinado. El chiquillo pronto se calmó y cerró los ojos.
Lo miraron mientras dormía plácidamente.
—¿Creéis que vivirá? —preguntó Nicolas sin dejar de mirar al recién nacido.
—No lo sé. Ya es un milagro que esté vivo en estos momentos.
Él la miró y recordó la destreza de la que había hecho gala.
—Vos sois el milagro. Sois…
—Una matrona. Nada más —respondió ella, fatigada—. ¿Sabéis cuántos niños pierdo durante el parto o mueren poco después? Uno de cada cuatro, a veces más. ¡Eso no es ningún milagro! No, no soy más que una asistenta, y Dios hace todo lo demás.
—En tal caso, Dios guía vuestra mano —concluyó él.
—Aprendamos a apreciar lo que nos da y a no sufrir demasiado por lo que nos quita —dijo ella con cierto misterio—. ¿Me haréis el favor de acompañarme mañana hasta Nancy? ¿Es ese vuestro destino?
—Os ayudaré a llevar al huérfano a las monjas. A pesar de que su padre no esté muerto. ¿No habría que advertir a ese hombre de la nueva situación?
—Desgraciadamente, si me encuentro aquí es porque no quiere saber qué será del crío.
—¿No puede asumir su descendencia, aunque sea ilegítima? ¿Tan poca consideración tiene hacia los demás y hacia sí mismo? ¿Quién es?
Ella hizo una mueca que él no alcanzó a interpretar.
—El marqués de Cornelli.
***
Las herraduras de los caballos resonaron sobre los adoquines al pasar por la puerta de la Craffe. El recién nacido, que había dormido durante el trayecto, se despertó sobresaltado y se puso a llorar a pleno pulmón hasta que llegaron al convento del Refugio. Sus gritos se redoblaron cuando la monja que los recibió lo cogió en brazos sin miramientos. Tenía hambre, frío y sentía la franca hostilidad de ese nuevo entorno.
La superiora, la madre Janson, una vez fue puesta al corriente de las circunstancias del nacimiento, desvistió a la criatura y la observó cómo habría hecho con cualquier mercancía en un tenderete de la place Saint-Epvre. Rascó un poco la piel a la altura de la mancha sin desvelar la menor emoción. Nicolas le explicó que el lipoma seguramente se reabsorbería durante la infancia, si lograba sobrevivir y superar esa edad. La monja, de expresión impasible, respondió que la eventualidad era tan poco probable que, aunque las únicas internas fueran féminas, aceptaba quedarse con el huérfano por caridad cristiana y, sobre todo, en agradecimiento al padre Lecouteux. Marianne le dio las gracias efusivamente y le prometió la llegada de un ama de cría antes de mediodía.
La inmensa puerta de madera se cerró de un portazo a sus espaldas. Nicolas observó la fachada del edificio y tuvo la sensación de que tras haber salvado al pequeño Simon, acababan de condenarlo.
—¿Qué clase de internas suelen acoger esas mujeres? —preguntó a Marianne cuando esta subía a la carroza.
Indicó al cochero la dirección de su destino antes de responderle.
—Una clase tan dispar que solo pueden codearse en este lugar. Hay jóvenes virtuosas de buena familia iluminadas por la fe, penitentes que viven un sincero arrepentimiento e incluso pecadoras. Pero no os inquietéis por vuestro protegido, estas se hallan en un ala aparte. Tengo la sensación de que os arrepentís ya de nuestro gesto, ¿me equivoco?
—En cuanto hayáis doblado la esquina correré a arrancarlo de las garras de esas monjas —bromeó él.
Desató a su mula de la parte posterior del carruaje.
—Lo que no quiere decir que no vaya a venir regularmente a preguntar por él —dijo alzando la voz para que ella pudiera oírlo.
La calle despertaba entre el repiqueteo de las herramientas, los relinchos de los caballos y las risotadas de los artesanos que se preparaban para su jornada laboral.
—No me gustaría que lo trataran a base de pociones de un charlatán, recetas de un buhonero o que lo hicieran las propias monjas, tras lo que hemos luchado vos y yo —prosiguió a voz en grito—. ¡En tal caso mejor sería haberlo dejado en el bosque a merced de los lobos!
La madre Janson, que en aquel momento salía del convento por una puerta de servicio, lo fulminó con la mirada antes de cruzar. La larga cofia negra que le rodeaba la cabeza se balanceaba al ritmo del rosario que pendía de su cintura. Desapareció por la rue de la Salpêtrière. Marianne, que había contemplado la escena, no pudo reprimir una breve y melodiosa risa.
—Tendréis que hacer gala de más diplomacia si queréis que os abran las puertas del convento, señor barbero —se burló—. Y temo que vuestro oficio os mantendrá alejado del huerfanito buena parte del tiempo.
Nicolas asomó la cabeza por la portezuela del carruaje.
—Voy a establecerme un tiempo en Nancy, conozco a algunos colegas que me acogerán.
—¡Es muy loable tomarse en serio el papel de padre!
—No soy su padre, ni su tutor, simplemente quien lo ha traído al mundo. ¿Y quién os dice que el pequeño Simon es el motivo de mi sedentarización?
—De hecho, se trata de una decisión madurada y reflexionada, ¿no es cierto?
El hocico de la mula impaciente apareció por la portezuela opuesta. Nicolas la hizo retroceder suavemente con un movimiento de la mano.
—En cierto modo. Una rápida maduración.
—¿Y a qué es debida?
—A nuestro encuentro —respondió él, serio.
El semblante de la comadrona se quedó inmóvil por la sorpresa durante una fracción de segundo antes de recuperar su aspecto.
—No penséis mal —prosiguió él sin darle tiempo a responder—. Me interesa vuestra ciencia del parto. Me gustaría que me enseñarais la técnica. En mis desplazamientos, a veces me encuentro en esa situación, ¿me entendéis?
Ella observó las manos de Nicolas, envueltas en unas vendas que formaban una especie de finos mitones, y luego su rostro sonriente. Su piel era mate como la de los campesinos, pero los rasgos de su boca y su nariz eran sorprendentemente delicados, y sus cabellos, una media melena, se ondulaban con gran desorden. Su físico desprendía un discreto encanto y su actitud denotaba una confianza natural.
—Os entiendo —dijo ella en un tono que hubiera deseado desenvuelto—, pero no soy la persona que necesitáis. No soy más que una practicante, no una maestra. Ahora debo dejaros, tengo que dar con un ama de cría.
—Hagamos un trato —propuso él—. Os confiaré mis secretos y vos a mí los vuestros.
—No tengo secreto alguno, solo técnicas que hallaréis en vuestros propios libros. Señor Déruet, he apreciado vuestro trabajo de esta noche y…
—¿… ya no podéis separaros de mí?
—Y cuento con vuestra discreción para que no corra la voz acerca de este asunto —terminó ella.
La campana de la iglesia vecina dio nueve campanadas amortiguadas. Ella le dirigió una mirada de súplica.
—Solo prometedme una cosa —insistió él.
—La respuesta es sí.
—¿Cómo, sí? ¡Si no sabéis lo que os voy a pedir!
—Os he dicho que no tenía ningún secreto que confiaros, pero no que no quisiera volver a veros.
***
Todos los comercios habían abierto sus postigos en la rue Saint-Jacques, que despertaba desperezándose como un gato. La enseña, una bacía amarilla, se balanceaba sobre el mostrador del establecimiento, a merced de un viento sibilante e irregular. François Delvaux era uno de los más veteranos maestros cirujanos instalados en aquella plaza. Y uno de los más temidos por su carácter autoritario y buscapleitos. Cuando Nicolas entró este estaba de espaldas, arrodillado frente a su paciente, al que había sentado en un taburete y practicado una incisión en la piel a la altura del pie, justo debajo de la articulación del tobillo. El hombre, un burgués que se dedicaba a la trata de madera, se había clavado accidentalmente una astilla varias semanas antes y había dejado que el cuerpo extraño se enquistara sin preocuparse, hasta que comenzó a sentir dolor.
Cubierto con un gorro blanco del que jamás se separaba, el cirujano refunfuñaba mientras sujetaba el miembro que el hombre tendía a apartar en cuanto acercaba el escalpelo.
—¡Dejad de moveros! ¡De lo contrario os haré mal el corte! —le ordenó bruscamente.
—¡Pero es que me hacéis daño! —se defendió el otro al tiempo que se llevaba ambas manos a la cabeza para acentuar sus palabras.
—¿Daño? ¡Si aún no os he tocado! —exageró el práctico facultativo—. Os voy a hacer un corte del tamaño de una uña, ¡y eso duele menos que una sangría!
El hombre gruñó. François Delvaux tomó su reacción por una reprobación y eso lo enojó. La máquina colérica se había puesto en funcionamiento.
—En primer lugar, señor comerciante, tendríais que haber ido con más cuidado en lugar de ensartaros el pie cual gañán atolondrado. En segundo lugar, siento una enorme curiosidad por saber de qué tipo de madera se trataba: ¿haya de panadero, como la que me habíais prometido para mi establecimiento, o madera blanca como la que me habéis entregado esta semana, de la que humea y crepita profusamente?
El hombre retiró de inmediato el pie, sobre el que temía que el cirujano ejerciera represalias, y buscó con la mirada su zapato, que no alcanzó a ver.
—No sé de qué estáis hablando, maese Delvaux, sin duda habrá sido un error de mi encargado —dijo con voz ligeramente trémula.
—¿Un error de vuestro encargado? ¿Cuatro haces de leña de carpe y madera blanca rodeados por un haz de haya que aparentaba honradez? ¿Osáis llamar a eso un «error»? ¡Yo lo calificaría más bien de clarísima estafa!
El cirujano se había puesto en pie y el burgués lo imitó y retrocedió instintivamente.
—¡Os hacía el honor de pretender salvar vuestra miserable vida de contrabandista, a pesar de la embarazosa situación en la que me habéis puesto, y no se os ocurre más que poner en duda la calidad de mis cuidados! —gritó para que lo oyera todo el vecindario.
—¡No es eso, solo he dicho que me dolía!
—Es vuestra madera putrefacta lo que os duele, ¡y no mi lanceta! Pues a buen seguro se ha podrido y Dios, en su gran misericordia, ¡os castigará allá donde habéis pecado!
—No os permito que… —aventuró el hombre a modo de protesta.
—Vuestro calzado está debajo del mueble, detrás vuestro, y la puerta enfrente de vos, caballero. Id a ver a uno de mis colegas que tenga la caridad de extraeros la prueba del delito, si aún queda alguno en esta ciudad al que no hayáis tratado de estafar —concluyó Delvaux rematando su perorata con un gesto teatral.
Se volvió hacia la salida y se halló frente a Nicolas.
—¡Por todos los santos del paraíso! —exclamó.
El burgués aprovechó para escabullirse sigilosamente con su zapato en la mano.
—¡Por todos los santos del paraíso! —repitió, como si quisiera convencerse de la realidad de lo que sus ojos veían—. ¡A mis brazos, Nicolas!
Durante el efusivo abrazo se intercalaron risas de uno y otro. Delvaux puso fin a las mismas brutalmente:
—¿Cuánto tiempo hace?
—Tres años, maestro, y aquí sigue todo igual.
—No vuelvas a llamarme maestro o te daré una patada en el culo. Te recuerdo que también tú eres maestro.
Condujo a Nicolas hacia la mesa y apartó todos los instrumentos que había sobre la misma con el reverso de la manga.
—¿Te parece que nada ha cambiado? —preguntó, intrigado—. Y sin embargo hice obras en la fachada y encargué ese enorme aparador a Sourdis, el ebanista. Seis meses tuve que esperar. ¿No lo has visto?
—Me refería a ti y al ambiente en general —replicó Nicolas, con una amplia sonrisa—. Por lo demás, reconozco que este sitio se ha aburguesado un poco.
El cirujano suspiró antes de echarse a reír.
—No lo suficiente para el gusto de la patrona, pero demasiado para el mío.
—¿Cómo está?
—Bien, bien. Sabes, desde la muerte del hijo no ha vuelto a recuperar la alegría. Se ha ido al lavadero, como cada día. Espero que puedas quedarte a comer, estará muy contenta de verte.
—A decir verdad, pensaba quedarme algo más de tiempo.
—¡En buena hora! Podrás dormir en la buhardilla, tu cama aún está ahí. ¿Tienes que marcharte mañana?
Nicolas inspiró profundamente el aire de la estancia que olía a esencias aromáticas mezcladas con el polvo del ambiente.
—Con tu permiso, y si lo aceptas, quisiera volver a trabajar para ti.
—¿Para mí? ¡Vamos, Nicolas, ya no eres mi aprendiz! ¡Ni siquiera estamos a la par, eres muy superior a mí! ¡Y no es modestia, ya sabes que no es mi fuerte!
Se puso en pie y sacó del aparador una botella de vino y dos vasos.
—¿Qué sucede? ¿Tienes problemas? ¿Te busca la soldadesca?
—No, es solo que me gustaría pasar un tiempo en Nancy.
—Entonces ¿has vuelto para instalarte? —Se sentó y dispuso los vasos ante ellos—. Puedo ayudarte a abrir tu propio establecimiento. ¡Este año soy el rey del han![1]
—Cógeme de asistente. Me parece que no tienes a nadie.
—Llevas razón. El último se largó hará un mes —respondió mientras se rascaba el mentón.
Maese Delvaux tenía la frente arrugada de los quincuagenarios, prolongada por una nariz torcida y rota y un mentón ligeramente prognato que le confería el aspecto de hacer una mueca permanente. Sus manos eran callosas debido al trabajo que hacía en sus viñas y que lo fatigaba más que sus pacientes. Su talla menuda y su corpulencia media contrastaban con la voz poderosa que no dudaba en utilizar en cuanto se encolerizaba, como los animales que aumentan su tamaño para atemorizar a sus enemigos. Estos lo llamaban «el Erizo Blanco» debido a su carácter y al gorro, que se había convertido en su prenda fetiche desde que le cubrió la cabeza durante su primera operación para recoger sus largos cabellos. Veinticinco años después, el pelo escaseaba, pero el gorro era el mismo.
Escanció vino en los vasos y tendió el suyo a Nicolas.
—¿Así que quieres volver? ¡Sea, te contrato! ¡No voy a dejar perder semejante negocio!
Brindaron y compartieron algunos recuerdos del aprendizaje de Nicolas con el Erizo Blanco hasta que llegó la patrona, que se echó a llorar nada más verlo y se arrojó en sus brazos. Seguía oliendo a jabón y leche como diez años antes, cuando él fue acogido en su familia. Su piel seguía sin tener ni una arruga, pero su mirada había perdido la intensidad y sus iris ardientes, el fuego. Fue ella quien lo desvirgó, a los quince años, sobre el jergón de la buhardilla, sin que maese François llegara a saberlo nunca. Tras iniciarle en el mundo de los hombres, fue luego madre y tutora. Fue ella quien le enseñó a leer, al año siguiente, con los pocos tratados de medicina o de anatomía escritos en francés que componían el núcleo de la biblioteca del maestro. Desde el primer momento, François detectó en él unas aptitudes fuera de lo corriente. Nicolas era capaz de reproducir sin entrenamiento cualquier técnica quirúrgica con solo haberla leído una vez. Sus gestos eran los más seguros y precisos de todos los practicantes del lugar, y sobre todo los más rápidos, hecho que era esencial para el éxito de las intervenciones, dado que los pacientes estaban despiertos y contraídos por el dolor. El Erizo Blanco lo refrenó voluntariamente, dobló su carga de trabajo, lo trató con más dureza que a los demás aprendices, se mostró más injusto y consiguió canalizar el carácter y el don del joven. Al final de su período de aprendizaje, y cuando podría haberse cubierto de oro, se marchó con su mula a hacer de cirujano ambulante por las aldeas más perdidas y los campos más inseguros.
François Delvaux cerró su establecimiento sin esperar a que anocheciera, para desesperación de un paciente que llegó justo después, llamó con los nudillos al portal y se vio despedido con cajas destempladas por el dueño. El desventurado, al que un absceso anal impedía sentarse desde hacía varios días, había aguantado hasta no soportarlo más antes de acudir al cirujano. El Erizo Blanco, asomado a la ventana del primer piso, le dijo que se bajara los calzones y le mostrara las posaderas, cosa que hizo el hombre tras asegurarse de que nadie rondaba por la calle. Aunque no pudiera ver el estado del tumor del ingenuo, silbó de forma exagerada en señal de sorpresa y, sin perder la seriedad, le indicó la dirección de un cirujano amigo suyo, precisándole que en cada esquina debería detenerse y contar hasta cien para evitar que le estallara el absceso. El hombre le dio las gracias y se marchó siguiendo escrupulosamente las consignas del maestro. François se rió un buen rato de su propia broma y le explicó a Nicolas que ese paciente le debía sus honorarios desde el año anterior, lo que el tribunal aún no había solucionado, pues andaban desbordados de faena.
—Aplico personalmente la sentencia —concluyó, poco dispuesto a aguardar la condena oficial.
Comieron los tres de buen humor y el maestro propuso a su antiguo aprendiz una salida nocturna.
La humedad había invadido la ciudad ducal, dejando aquí y allá sombras de bruma en suspensión que surcaban los aires como barcos fantasma. Siguieron la orilla del arroyo Saint-Thiébaut, cuyo chapoteo oían sin alcanzar a distinguirlo, y lo cruzaron a la altura de la rue du Pont-Moujat a través de una majestuosa obra de piedra. Penetraron en la posada de los Trois Maures, único establecimiento respetable del barrio, según François, puesto que siempre le habían pagado sus honorarios al contado. El lugar contaba con varias mesas alrededor de las cuales había conversaciones animadas. Sus vecinos eran soldados franceses a los que el alcohol había vuelto vocingleros y vehementes. Se lamentaban de su menguada soldada y de la poca consideración que hacia ellos mostraba la población local. Cuando la tensión con el resto de la clientela aumentó, acabaron por abandonar el local.
—¡Adiós, muy buenas! —comentó el maestro cirujano—. Aún no han entendido que aquí no pactamos con el ejército de ocupación. Nos chupan la sangre con sus impuestos, diezmos, gabelas y utensilios: los alojamos, les damos de comer y encima les pagamos por su asquerosa guerra. Hasta los burgueses están desesperados.
—¿Cómo logras sacar adelante a tu familia?
—No logro sacarla adelante. El ducado es un barco que se va a pique, Nicolas, no hay vuelta de hoja.
Apuró el vaso de un trago como si así refrendara sus palabras. Permaneció unos instantes en silencio, luego se enderezó el gorro sobre su cabeza y su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.
—¡Sin embargo, tú has vuelto, así que no todo está perdido!
—Solo estoy de paso.
—Bien lo sé, yo hace treinta años que estoy de paso, muchacho. Y además, tendré que dejar de llamarte «muchacho», ¡ya me sacas más de un palmo! Pero que sepas que para Jeanne y para mí siempre has sido nuestro protegido.
—No lo olvido, François. Nunca os he olvidado. Os he llevado conmigo por los caminos del ducado.
Un leño crepitó en la gran chimenea y proyectó un chorro de chispas sobre la mesa más próxima. El posadero apagó las brasas cubriéndolas con un paño húmedo.
—¡Más madera de pacotilla! —exclamó François dirigiéndose al hombre—. Debéis de tener el mismo proveedor que yo, ¡qué Dios le pudra el pie! —concluyó.
Su declaración dejó pensativos a los allí reunidos sobre el lugar al que iba dirigida la cólera divina.
Nicolas se relajó. El reencuentro con su mentor había reavivado el recuerdo de sus años de aprendizaje y de compañerismo, y el vino había acabado de derribar sus defensas naturales ante cualquier muestra de sentimentalismo. La soledad que le imponían su trabajo itinerante y la rudeza de su oficio habían curtido sus emociones y le habían forjado un caparazón. Jamás se había abierto a la confidencia acerca de la rudeza de la vida del cirujano ambulante. Se abandonó escuchando a su antiguo maestro y riendo de sus baladronadas y sus excesos verbales y gestuales. Redescubría el placer de la despreocupación.
—¿Vamos a casa? —propuso François tras haber explicado a la concurrencia cómo había logrado que su último paciente se bajara los pantalones en plena calle—. Mañana será tu primer día y el sol siempre amanece demasiado pronto.
—Estoy impaciente por empezar.
—¡No sabes lo que te espera! —respondió el Erizo Blanco resoplando ruidosamente—. Un montón de casos desquiciados, te va a encantar. Y, por cierto, no hemos hablado de tus honorarios…
—Solo pido alojamiento, manutención y algo con lo que sustituir estos andrajos.
—Tu falta de exigencias me parece incluso ofensiva —dijo François, y acto seguido escupió al suelo—. Te quedarás con lo que paguen aquellos a los que atiendas, pero te aviso de que vas a tener que pelearte para conseguirlo.
—No puedo aceptar —respondió Nicolas mientras se anudaba las vendas de sus manos—. El establecimiento es tuyo.
—No veas en ello deferencia alguna, eso me dejará más tiempo para mis ocupaciones personales. Mis viñedos y mi Nina.
Al salir, la niebla había cubierto la ciudad entera bajo un manto homogéneo. Se acodaron en el puente y contemplaron el arroyo que se abría camino entre las masas oscuras de las casas.
—¿Sigues encaprichado con esa barca? —preguntó Nicolas.
—¡La Nina no es una barca! ¡Es toda mi vida! ¡Mi obra maestra, más importante que cualquier otra cosa!
Desde hacía veinte años, al Erizo Blanco, tan terrenal ante el Eterno, fruto de generaciones de viñaderos y granjeros enraizados en el ducado, se le había metido entre ceja y ceja construir su barco tras haber trabado amistad con un geógrafo de paso que le había elogiado la belleza del mundo y vendido un mapa que representaba las vías navegables de Francia y de los países limítrofes. Aquel mapa fue una verdadera revelación para el cirujano.
—La Nina es la llamada de la aventura —le dijo a Nicolas al tiempo que apoyaba una mano sobre su hombro—. Mira —añadió señalando con el dedo la sombra del riachuelo—, ¿puedes imaginarte que este chorrillo de agua da en el Meurthe, que se une al Mosela antes de arrojarse al Rin? Y ese río majestuoso, ¿sabes dónde muere? ¡En el Mar del Norte!
Rebuscó en uno de sus bolsillos y del mismo sacó media cáscara de nuez vacía y se la mostró.
—Si la lanzo desde lo alto de este puente, en pocos días habrá llegado a los océanos del mundo… ¿Te imaginas?
El argumento, que el comerciante ya había utilizado para venderle el mapa, se había convertido para él en una verdadera obsesión: la aventura, con la que siempre había soñado, empezaba bajo sus propios pies. Desde aquel instante no había cejado en la construcción de un navío a bordo del cual podría lanzarse al encuentro de las inmensidades marinas y sus leyendas. La realidad de sus finanzas, sin embargo, lo había mantenido encadenado al suelo, más incluso que la peor de las tormentas. Amarrada en el puerto del Crosne a unos kilómetros de la ciudad, la embarcación de cinco metros de eslora parecía la cáscara que sostenía en su mano. El mástil, tallado en madera verde tres años antes, solo aguardaba ser alzado y las velas ya estaban encargadas, pero ambas cosas se hallaban a la espera debido a la falta de solvencia del maestro cirujano. François, que se había convertido en la mascota de los marinos de Crosne, era ya el único que creía que algún día la Nina se haría a la mar.
Lanzó la cáscara al agua. Zarandeada por la corriente, giró sobre sí misma, volcó y acabó atrapada en un amasijo de ramas, pelusa de cuero y tejidos en descomposición procedentes de los artesanos del vecindario. François dirigió una mirada desolada a Nicolas y se encogió de hombros. La demostración se había ido a pique.
Sintieron una presencia a sus espaldas.
—¿Deseáis pasar, caballeros?
Se dieron la vuelta y vieron a tres soldados franceses que, uno junto al otro, ocupaban el ancho del puente.
—¿Deseáis pasar? —repitió el único suboficial, un cabo de la compañía de granaderos reales.
—Buen ojo tenéis —respondió François—, esa es en efecto nuestra intención.
Reconoció a algunos de los hombres que se habían dado a la bebida en la posada de los Trois Maures.
—En tal caso, tendréis que pagar para pasar. Sois dos, un franco por cabeza.
—Tenéis buen ojo y sois mejor matemático —constató François—. ¡Esto sí que es una soldadesca de calidad!
—Basta ya de ironías. O pagáis u os quedaréis aquí toda la noche.
—Pagar, pagar, siempre pagar… Pronto el ocupante nos hará pagar hasta el aire que respiramos —dijo François, indignado, dirigiéndose a Nicolas—. Me pregunto qué diría el teniente general de la comarca si llegara a saber que sus hombres se dedican a robar a los honrados ciudadanos de esta ciudad.
—No creo que le hiciera mucha gracia —respondió Nicolas ignorando a los tres soldados.
—¿Verdad? Mañana se lo preguntaré, vendrá a verme para que le saque una muela.
—Vamos, dos francos —repitió el hombre al tiempo que extendía la mano.
—¿Lo hueles, Nicolas? —dijo François, y empezó a olfatear ruidosamente.
—Sí —respondió este olisqueando a su vez—, parece…
—¡La peste a miedo! Y viene de ahí —añadió, y se situó ante el hombre.
Olió su guerrera.
—¡Por supuesto, mi olfato no me engaña nunca! Un soldado que tiene miedo…
—Es un problema… —prosiguió Nicolas.
—Un problema muy gordo —insistió François—. El miedo conlleva la putrefacción de los órganos.
—Qué duda cabe, ya he visto casos así —remachó Nicolas, y se quedó mirando fijamente al hombre mientras sus dos comparsas retrocedían un paso—. El paciente parecía estar bien…
—Eso es, «parecía»…
—Y un día, al venir a visitarse por una picazón, se desplomó ante mis narices. De golpe. Fulminado, muerto. El mal se lo había comido por dentro y sus órganos se habían deshecho como si fueran de arena.
—¡La podredumbre!
—Y esa peste…
—La misma que ahora, ¿verdad?
—¡Basta ya! —exclamó el hombre—, ¡basta ya! No me gustan esas bromas, ¡marchaos ahora mismo!
Los militares se hicieron a un lado para franquearles el paso.
—Debería veros un médico —le aconsejó François al pasar junto a él.
La mirada del soldado reflejó a la vez el miedo y la frustración.
Avanzaron unos metros, felices de haber recuperado su complicidad. En el momento en que el Erizo Blanco abrió la boca para hablar, su rostro se descompuso en una terrible mueca de incomprensión y cayó de rodillas, llevándose las manos al espinazo. El hombre los había seguido y lo había apuñalado por la espalda.