27      

La noche aún seguía pegada a las calzadas de macadán y a las aceras de hormigón a la mañana siguiente, cuando Bourne llegó al aeropuerto de Heathrow. Era una mañana fría y húmeda y estaba contento por irse de Londres. Su avión salía a las siete y veinticinco y llegaba a Marraquech a la una y cuarto, tras una breve escala en Madrid. No había vuelos comerciales directos.

Se encontraba sentado en la única cafetería abierta a aquella hora. Las mesas y sillas de plástico languidecían bajo las luces fluorescentes. Se estaba tomando un café recalentado que sabía a ceniza cuando apareció Fernando Herrera. Se acercó a su mesa y se sentó sin invitación ni saludo de ninguna clase.

—Lo acompaño en el sentimiento —dijo Bourne.

Don Fernando no respondió. Perdido dentro de su bonito traje, parecía haber envejecido desde la última vez que lo había visto, aunque sólo había transcurrido poco más de una semana. El hombre miraba con aire ausente las maletas del escaparate de una tienda que había al otro lado de la terminal.

—¿Cómo me ha encontrado? —preguntó Jason Bourne.

—Sospechaba que irías a Marraquech. —Bruscamente, se volvió hacia él y dijo—: ¿Por qué mataste a mi hijo? Sólo trataba de ayudarte, como yo le pedí.

—Yo no lo maté, don Fernando. —Entonces sintió la punta del cuchillo en el muslo—. ¿Cree que eso es inteligente?

—Estoy más allá de la inteligencia, muchacho. —Tenía los ojos claros, transparentes, llenos de angustia—. Ahora soy un padre que llora a su hijo muerto. Eso es lo único que soy, la única vida que este viejo es capaz de sentir.

—Yo nunca le habría hecho daño a Diego —repuso Bourne—. Creo que lo sabe.

—No puede ser otro, sólo tú. —La voz de don Femando, aunque suave, era como un grito lleno de dolor y sufrimiento—. ¡Traición! ¡Traición! —Sacudió la cabeza—. La única posibilidad aparte de ti es Ottavio Moreno. Es mi ahijado. Nunca le pondría la mano encima a Diego.

Bourne se quedó muy quieto, sintiendo la sangre que le corría por la pierna. Podía terminar con aquello en cualquier momento, pero prefirió dejar que la situación se desarrollara en calma, ya que un final violento no le beneficiaría en nada. Apreciaba profundamente a Herrera; no podría mover un dedo contra él.

—A pesar de todo, fue Ottavio quien apuñaló a Diego —informó Bourne.

—¡Mentira! —El hombre temblaba— ¿Qué motivo podía tener…?

—Severus Domna.

Herrera parpadeó nada más oír aquello. Un tic sacudió su mejilla derecha.

—¿Qué has dicho?

—Supongo que ha oído hablar de Severus Domna.

Don Fernando asintió con la cabeza.

—Con el paso de los años he cruzado el acero con alguno de sus miembros.

Este comentario despertó el interés de Bourne. Ahora se alegraba de haber mantenido la calma.

—Tengo algo que Severus Domna desea —explicó—. Sus emisarios me han seguido por Londres, por Oxford…, por todas partes. Uno de ellos, de alguna manera, contactó con Diego. Su misión era llevarme al Club Vesper, donde me estaban esperando. Ottavio lo descubrió. Puede que obrara con demasiada precipitación, pero me estaba protegiendo, se lo aseguro.

—¿Vosotros dos os conocíais?

—Sí —repuso Bourne—. Ottavio murió ayer.

Don Fernando adoptó una expresión dura.

—¿Cómo?

—Le disparó un hombre de Jalal Essai.

Herrera cabeceó. La vida empezó a florecer en sus mejillas.

—¿Essai?

—Quiere lo mismo que Severus Domna.

—¿Ya no está con el grupo?

—No. —Bourne se dio cuenta de que la punta del cuchillo se retiraba lentamente de su muslo.

—Mis más sinceras disculpas —dijo Herrera.

—Sé que ha debido de estar orgulloso de Diego.

El hombre no dijo nada durante un rato. Bourne hizo una seña a un camarero y pidió dos cafés. Cuando tazas y platos estuvieron sobre la mesa, el viejo echó azúcar en el suyo y tomó un sorbo, haciendo una mueca al comprobar su sabor.

—Ardo en deseos de volver a Sevilla. —Miró a Jason a los ojos—. Antes de que te vayas, he de contarte algo. Yo solía coger en brazos a Ottavio cuando iba a visitar a su madre. Se llama Tanirt y vive en Tineghir. —Se detuvo. Tenía ahora una expresión perspicaz; volvía a ser el viejo astuto de siempre—. Ahí es adonde te diriges, ¿no?

Bourne asintió con la cabeza.

—Ten mucho cuidado, hijo. Tineghir es el nido de Severus Domna. Es donde la organización se fundó y floreció, debido en gran parte a la familia de Jalal Essai. Pero los Essai se dividieron cuando el hermano de Jalal volvió la espalda a Severus Domna, cogió a su familia y se fue a vivir a Bali.

«Seguro que ése era el padre de Holly», pensó Bourne.

—Benjamin El-Arian, cuya familia ambicionaba el poder de Essai, utilizó la escisión para ganar influencia. Por lo que sé, es el jefe de Severus Domna desde hace varios años.

—O sea que es una guerra entre Essai y El-Arian.

Don Fernando asintió con la cabeza.

—Por lo que he ido sabiendo, a Severus Domna no le sienta muy bien que sus miembros abandonen el redil. Matar o morir. —Terminó de tomarse el café—. Pero volvamos a Tanirt. La conozco desde hace mucho tiempo. Ella es, en muchos aspectos, la mujer de la que he estado más cerca durante la mayor parte de mi vida adulta, y eso incluye a mi difunta esposa.

—¿Por qué no me dice que es su amante?

El viejo sonrió.

—Tanirt es una persona especial, algo que descubrirás tú mismo cuando hables con ella. —Se inclinó hacia delante—. Escúchame, ella es la primera persona que debes visitar cuando llegues a Marruecos. —Escribió unos números en un papel—. Llámala a este número cuando llegues. Ella te estará esperando. Su consejo te vendrá bien, no te quepa duda. Ella ve todos los aspectos de cualquier situación.

—¿He de creer que era la amante de Gustavo Moreno y ahora es la suya?

—Cuando la conozcas lo entenderás —repuso don Femando—. Y ya no diré más. Tanirt no es la amante de nadie. Es quien es. Ningún hombre podría tenerla de ese modo. Es… —miró a otro lado durante un momento— una mujer salvaje.

Dimitri Maslov recibió con cauto optimismo la noticia de que el coronel Boris Karpov se estaba cortando el pelo y afeitándose en la barbería Metropole. Karpov, que también era hombre cauto, nunca se cortaba el pelo dos veces en el mismo sitio.

El jefe de la mafia moscovita mandó llamar a Oserov, pero le dijeron que había desaparecido, que se había ido de Moscú el día anterior. Enfureció, ya estaba harto de Oserov. De hecho, lo había tenido a su lado tanto tiempo sólo para que cabreara a Arkadin, por quien abrigaba tanto el amor de un padre como el resentimiento de una familia desdeñada. Pero el fracaso humillante de Oserov en Bangalore lo había hundido fatalmente. Se había vuelto inútil para Maslov, al haber adquirido el hedor de la derrota.

—¿Adónde ha ido? —preguntó al ayudante de Oserov. Se encontraban en las oficinas, rodeados por el personal de Maslov.

—A Tineghir. —El ayudante tosió y se humedeció los labios resecos—, Marruecos.

—¿Por qué ha ido a Marruecos?

—No… no me lo dijo.

—¿Trataste de averiguarlo?

—¿Cómo iba a hacerlo?

Maslov sacó la Makarov de encargo y le descerrajó un tiro entre los ojos. Luego miró con cara asesina a cada uno de sus hombres, lentamente. Los que estaban más cerca de él retrocedieron un paso, como golpeados por un puño invisible.

—Quien crea que puede irse a mear sin mi permiso que dé un paso al frente.

Nadie se movió.

—Todo el que crea que puede desobedecer una orden que dé un paso al frente.

Nadie respiró.

—Yevgeny. —Se volvió hacia un hombre robusto que tenía una cicatriz debajo de un ojo—. Coge tus armas y a tus dos mejores hombres. Vienes conmigo.

Entró en su despacho, fue al armario que tenía tras el escritorio y comenzó a elegir las armas. Si el desastre de Bangalore le había enseñado algo, era que cuando había que hacer alguna cosa difícil, tenía que hacerlo uno mismo. Los tiempos habían cambiado. Él lo sabía, aunque no lo había querido reconocer. Todo era más difícil ahora. El Gobierno se había vuelto agresivo y hostil, los siloviki se habían librado de los oligarcas más contemporizadores y cada vez era más difícil encontrar buena gente. La época del dinero fácil había pasado. Ahora tenía que sudar tinta para arañar cada dólar. Trabajaba el doble de horas para conseguir el mismo beneficio que diez años antes. Aquello bastaba para echarse a llorar por la juventud perdida. «La verdad es —pensó mientras encajaba un silenciador en el cañón de la Makarov— que ya no es divertido ser delincuente. Ahora es trabajo, pura y simplemente trabajo.» Se había visto reducido al nivel de un apparatchik y lo detestaba. Esta nueva realidad resultaba una píldora amarga de tragar. Estaba agotado de tanto esfuerzo por mantener la cabeza fuera del agua. Y encima, para colmo, Boris Karpov se había convertido en su bestia negra personal.

Una vez bien armado, cerró las puertas del armario. Empuñando la Makarov, descubrió en su interior un vigor renovado. Después de tantos años tras un escritorio, sentaba bien salir a la calle, llevar la ley en sus propias manos, darle un buen meneo hasta lisiarla y rendirla. Se sentía preparado para arrancarle la cabeza de un mordisco.

La barbería Metropole estaba situada en el vasto vestíbulo de mármol del hotel Federatsiya Moskva, un viejo y venerable establecimiento localizado entre el teatro Bolshoi y la Plaza Roja. El edificio tenía tantos adornos que parecía a punto de implosionar a causa de todo el material adosado: cornisas, balaustradas, relieves de piedra, dinteles macizos y pretiles que sobresalían.

El salón Metropole tenía tres sillones de barbero pasados de moda, detrás de los cuales había una pared de espejos y los armarios que contenían los instrumentos del oficio: tijeras, navajas de afeitar, maquinillas, grandes frascos de cristal con un desinfectante líquido de color azul, toallas limpiamente dobladas, peines, cepillos, horquillas, botes de polvos de talco y frascos de loción para después del afeitado.

En aquel momento, los tres sillones estaban ocupados por clientes que llevaban atado al cuello un largo peinador de nailon negro. A los dos hombres sentados en los sillones de los extremos les estaban cortando el pelo unos barberos ataviados con el tradicional uniforme blanco del Metropole. El hombre del centro, retrepado en el asiento y con una toalla caliente envolviéndole el rostro, era Boris Karpov. Mientras el barbero afilaba la navaja, el coronel silbaba una melodía rusa que recordaba de su niñez. De fondo, una radio antediluviana daba un informativo insulso, anunciando la última iniciativa del Gobierno para combatir el paro creciente. Dos hombres, uno joven y otro maduro, estaban sentados en sillas de madera al otro extremo del establecimiento, leyendo Pravda mientras esperaban su turno.

Los hombres de Yevgeny habían inspeccionado el vestíbulo del hotel durante diez minutos, buscando agentes del FSB-2. Como no encontraran ninguno, hicieron una seña a su jefe. Yevgeny, con un largo abrigo parecido a los que llevaban sus hombres, entró en el Federatsiya Moskva con una familia conducida por un guía turístico que tenía cara de pocos amigos. Mientras el guía guiaba a la familia a recepción, él se dirigió directamente al Metropole, para asegurarse de que Boris Karpov era, sin duda, el hombre al que afeitaban sentado en el sillón central. En cuanto el barbero levantó la toalla de su rostro, Yevgeny dio media vuelta y le hizo una seña a su hombre, que estaba al lado de la puerta giratoria. El hombre, en respuesta, hizo una seña a Maslov, que salió del BMW negro aparcado frente al hotel, cruzó la acera y subió los escalones.

Nada más aparecer por la puerta giratoria, Yevgeny y sus hombres entraron en acción, tal y como habían planeado. Los dos sujetos se apostaron a ambos lados de la puerta de la barbería. No había otra salida.

Yevgeny entró en el establecimiento y, empuñando la Makarov, movió el cañón para indicar a los dos hombres que esperaban que se fueran. Luego apuntó a los barberos y a los otros dos clientes para que se quedaran quietos. Asintió con la cabeza y entonces entró el jefe de la mafia moscovita.

—Karpov, Boris Karpov. —Maslov llevaba la Makarov preparada—. Tengo entendido que me estás buscando.

El coronel abrió los ojos y se lo quedó mirando.

—Mierda, esto es muy embarazoso.

Maslov sonrió como un lobo.

—Sólo para ti.

Karpov sacó una mano de debajo del peinador negro. El barbero apartó la navaja de su mejilla y dio un paso atrás. El coronel miró primero a Maslov, luego a Yevgeny y a continuación a los dos hombres armados que en aquel momento aparecieron en la puerta.

—Esto no tiene buena pinta para mí, pero si me escuchas, creo que podríamos llegar a un acuerdo.

Maslov se echó a reír.

—Escuchad esto, el incorruptible coronel Karpov suplica por su vida.

—Sólo procuro ser pragmático —adujo—. Pronto me nombrarán jefe del FSB-2, así que ¿para qué matarme? Sería un excelente amigo, ¿no te parece?

—El único amigo bueno —sentenció Maslov— es el amigo muerto.

Apuntó a Karpov, pero antes de llegar a apretar el gatillo, una explosión lo levantó del suelo y lo empujó de espaldas. En el largo peinador negro que cubría al coronel había aparecido un agujero, abierto por la bala que acababa de disparar. Se deshizo del peinador mientras los otros dos clientes, ambos agentes secretos del FSB-2, disparaban a través de los suyos. Los dos hombres de Yevgeny cayeron abatidos. Yevgeny mató a uno de los hombres del coronel antes de que éste le metiera tres mensajes de plomo en el pecho.

Karpov, con la cara cubierta de espuma de afeitar, se acercó a Maslov, que yacía en el suelo de baldosas blancas y negras.

—¿Qué tal te sientes? —Apuntó a su rostro con la pistola—. ¿Al final de una época?

Sin esperar respuesta, apretó el gatillo.

Moira abrió los ojos después de dormir un tiempo imposible de dilucidar —días, tal vez semanas— y vio el rostro de Berengaria Moreno.

La colombiana sonrió, pero era una sonrisa llena de preocupación.

—¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera atropellado un tren. —Tenía la pierna izquierda escayolada hasta el final del muslo y apoyada en un cabestrillo que un juego de poleas alzaba por encima del nivel de su cabeza.

—Estás preciosa, cariño. —La voz de Berengaria era suave. Le dio un ligero beso en la boca—. Tengo una ambulancia privada esperando abajo para llevarte a la hacienda. Ya he instalado en las habitaciones de invitados a una enfermera y una fisioterapeuta que estarán contigo las veinticuatro horas.

—No tenías por qué hacerlo. —Era un comentario estúpido. Por suerte, Berengaria tuvo el buen tino de pasarlo por alto.

—Tendrás que acostumbrarte a llamarme Bárbara.

—Lo sé.

Su tono cambió entonces, su voz se suavizó y se inclinó sobre Moira.

—Estaba convencida de que no volvería a verte.

—Lo que demuestra que en esta vida no hay nada seguro.

Berengaria se echó a reír.

—Sólo Dios lo sabe.

—Bárbara…

—Cariño, por favor, me sentaría muy mal que creyeras que espero algo. Haría cualquier cosa por ti, incluso dejarte sola si eso es lo que quieres.

Moira le acarició la mejilla.

—Ahora mismo lo único que quiero es recuperarme. —Suspiró profundamente—. Bárbara, quiero poder correr otra vez.

La colombiana puso la mano sobre la de Moira.

—Entonces lo harás. Y yo te ayudaré, si lo deseas. Si no… —se encogió de hombros.

—Gracias.

—Ponte buena, querida. Así es como me darás las gracias.

El rostro de Moira se ensombreció.

—¿Sabes?, no le estaba mintiendo a Arkadin. Hay que ocuparse de Corellos, cuanto antes mejor.

—Lo sé. —Bárbara dijo las palabras en voz tan baja que no parecía haberlas pronunciado siquiera.

—Habrá que pensarlo bien, pero el problema me dará algo en lo que concentrarme, aparte de la pierna.

—Estoy tentada de decir que te concentres en ponerte bien, pero sé que te reirías en mi cara.

El rostro de Moira se ensombreció aún más.

—Estás en el negocio equivocado, lo sabes, ¿no?

—Era la vida de mi hermano.

—Estoy tentada de decir que no tiene por qué ser la tuya, pero sé que te reirías en mi cara.

Bárbara sonrió a pesar suyo.

—Dios sabe que no se puede huir de la familia. —Acarició la escayola de Moira con aire ausente—. Mi hermano era bueno conmigo, me protegía, me defendía cuando otros trataban de aprovecharse de mí. —Miró a Moira a los ojos—. Me enseñó a ser dura. Me enseñó a levantar la cabeza en un mundo de hombres. Sin él, no sé dónde estaría.

Moira se quedó un rato pensativa. Una razón de peso para estar con Bárbara era tratar de convencerla de que abandonara el mundo de su hermano, aunque se creyera en deuda con él. Ella no veía a su familia desde hacía años, ni siquiera sabía si sus padres seguían vivos. Se preguntó si le importaba. Su hermano era una historia completamente diferente. Sabía dónde se encontraba, qué hacía y con quién se asociaba. Estaba segura de que él no sabía nada de ella. Habían roto los lazos poco después de cumplir los veinte años. A diferencia de la relación que tenía con sus padres, sentía algo por él, pero no era bueno.

Respiró hondo y expulsó el aire estancado de su pasado.

—Me estoy curando más aprisa de lo que esperaba el cirujano, y nadie está tan pagado de su trabajo como él.

Bárbara le guiñó el ojo.

—Bueno, ya ves, nada es como esperamos.

Esta vez, las dos mujeres rieron al mismo tiempo.

Benjamin El-Arian estaba sentado en su estudio, tras el escritorio. Hablaba por teléfono con Idir Syphax, miembro del más alto nivel de Severus Domna en Tineghir. Syphax había confirmado que tanto Arkadin como Bourne iban camino de Marruecos. El-Arian quería asegurarse de que todos los detalles estratégicos que había ideado se entendieran bien y estuviesen a punto. No era momento para sorpresas; no se hacía ilusiones en cuanto al carácter de los dos hombres.

—¿Está todo preparado en la casa?

—Sí —repuso Idir—. El sistema ha sido comprobado y vuelto a comprobar. La última vez por mí, como indicaste. Una vez que estén dentro, ya no podrán salir.

—Hemos construido la mejor trampa para ratones.

Una risa ahogada.

—De eso se trata.

El-Arian le hizo al fin la pregunta más difícil.

—¿Y la mujer? —No se atrevía a pronunciar el nombre de Tanirt.

—No podemos tocarla, eso por descontado. A los hombres les da pánico.

«Y con razón», pensó El-Arian.

—Pues entonces, dejadla en paz —manifestó en voz alta.

—Rezaré a Alá —dijo Idir.

El-Arian estaba complacido. Complacido también de que Willard hubiera cumplido su parte del trato. Estaba a punto de añadir un comentario cuando oyó el chirrido de un frenazo en la puerta de su casa de Georgetown. Como hablaba por un teléfono inalámbrico, pudo ponerse en pie, cruzar la alfombra y asomarse entre los listones de las contraventanas de madera sin cortar la comunicación.

Vio un bulto caído de cualquier manera en los peldaños delanteros, como si lo hubieran arrojado allí. La forma cilíndrica estaba envuelta en una vieja alfombra. Calculó la longitud entre un metro ochenta y dos metros.

Sin dejar el teléfono, bajó al vestíbulo, abrió la puerta y arrastró la alfombra hacia el interior. Dio un gruñido: era muy pesada. Estaba atada por tres sitios con cuerda normal y corriente. Volvió a su escritorio, sacó una navaja de un cajón y regresó al vestíbulo. Se agachó y cortó las tres cuerdas para desenrollar la alfombra. Al hacerlo, brotó un hedor insoportable que le hizo dar un salto hacia atrás.

Cuando vio el cuerpo y lo reconoció, cuando se dio cuenta de que todavía estaba vivo, cortó la comunicación sin dar explicaciones. Se quedó mirando a Frederick Willard, pensando: «Que Alá me proteja, Jalal Essai me ha declarado la guerra». A diferencia de la suerte que habían corrido los hombres que había enviado a matar a Essai, aquello era una declaración personal.

Tratando de contener las náuseas, se inclinó sobre Willard. No podía abrir un ojo y el otro estaba tan inflamado que no se veía el blanco.

—Rezaré por ti, amigo mío —murmuró El-Arian.

—No me interesan ni Alá ni Dios. —Los labios resecos y cuarteados de Willard apenas se movieron, y debían de haberle hecho algo terrible en la garganta o en las cuerdas vocales, porque su voz apenas era reconocible. Sonaba como una navaja de afeitar que cortara carne—. El resto es oscuridad. Ya no hay nadie en quien confiar.

El-Arian le hizo una pregunta, pero no recibió respuesta. Inclinándose, palpó el cuello de Willard. No sintió ningún latido. Recitó una breve oración, ya que no por el infiel, al menos por sí mismo.