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—Debería haberlo imaginado —dijo Soraya.

Delia se volvió hacia ella guiñándole el ojo.

—¿Imaginado qué?

—Que una jugadora empedernida como tú me llevaría al mejor garito de póquer del distrito.

Delia sonrió mientras Reese Williams las conducía por un pasillo empapelado y salpicado de cuadros y fotos de la fauna africana, sobre todo de elefantes.

—Había oído hablar de este lugar —comentó Soraya dirigiéndose a Williams—, pero es la primera vez que Delia ha decidido traerme.

—No lo lamentarás —replicó Williams por encima del hombro—. Te lo prometo.

Se encontraban en su mansión de los tiempos del Partido Federalista, próxima a Dupont Circle, el lujoso barrio de Washington. Reese Williams era el fuerte brazo derecho del Director de la Policía, Lester Burrows, un brazo indispensable para él en muchos aspectos, uno de los cuales era los muchos contactos que tenía la mujer en los peldaños más altos de la política washingtoniana.

Williams empujó la puerta doble, dejando al descubierto una biblioteca que había sido convertida en una sala de juego, con una mesa de paño verde, seis cómodas sillas, y nubes de aromático humo de puro. Al entrar, los únicos sonidos de la habitación eran el tintineo de las fichas y el apenas audible susurro de las cartas que se barajaban y se repartían entre los cuatro hombres sentados alrededor de la mesa.

Además de Burrows, Soraya reconoció a dos senadores, uno joven y otro veterano, un destacado miembro de un poderoso grupo de presión y… abrió los ojos de par en par. ¿Sería…?

—¿Peter? —exclamó con incredulidad.

Peter Marks dejó de contar sus fichas y levantó la mirada.

—Santo Dios, Soraya —dijo, poniéndose en pie—. No me dé cartas. —Rodeó la mesa verde para abrazarla—. Delia, ¿puedes ocupar mi sitio?

—Encantada —dijo ella, se volvió hacia su amiga—. Peter es un cliente habitual y lo llamé desde el despacho. Creí que te gustaría ver a un viejo compatriota.

Soraya sonrió y le dio un beso.

—Gracias.

Delia asintió con la cabeza y los dejó para ir a sentarse a la mesa. Cogió su habitual paquete de fichas de la banca y firmó un recibo por la cantidad tomada.

—¿Qué tal estás? —preguntó Marks, poniéndole una mano en el hombro.

Soraya lo examinó con aire crítico.

—¿Cómo crees que estoy?

—Mis amigos de la CI ya me han contado lo que te hizo Danziger. —Sacudió la cabeza—. La verdad es que no me sorprende.

—¿Qué quieres decir?

Marks la condujo por el pasillo hasta un tranquilo rincón de la desierta salita, donde podían gozar de intimidad total. Unas puertas de cristales daban a un sombreado espacio lleno de plantas. El papel de las paredes era de un cálido color caqui y había más fotos de Reese Williams en África, rodeada de grupos tribales. En algunas fotos aparecía además un hombre mayor, probablemente su padre. Alrededor de una chimenea con repisa de mármol se habían dispuesto lujosos sofás y varios cómodos sillones con tapizado de rayas. Completaban el cuadro una mesa baja de madera y un aparador con dos bandejas de botellas de licor y vasos de cristal. No había sueldo municipal ni soborno que pudiera pagar aquella magnífica casa. Reese debía de pertenecer a una familia muy rica.

Se sentaron juntos en el sofá, medio vueltos, para mirarse a la cara.

—Danziger anda buscando excusas para librarse de la cúpula de la CI —dijo Marks—. Quiere poner a su gente, y con eso me refiero a la gente del secretario Halliday, en puestos de poder, pero sabe que tiene que actuar cuidadosamente para que no parezca que está cargándose a toda la vieja guardia, aunque ése haya sido el plan desde el principio. Por eso me largué al saber que iba a ser el jefe.

—Pues yo he estado en El Cairo. No sabía que habías dejado la CI. ¿Dónde has aterrizado?

—En el sector privado. —Marks enmudeció durante unos momentos—. Escucha, Soraya. Sé que puedes guardar un secreto, así que voy a arriesgarme a contártelo. —Se detuvo y miró hacia la puerta, que había cerrado cuidadosamente al entrar.

—¿Y bien?

Marks se inclinó aún más, para que sus rostros estuvieran más juntos.

—Estoy en Treadstone.

Durante un momento sólo hubo un silencio sorprendido y el tictac del reloj de bronce de estilo náutico que se veía en la repisa de mármol de la chimenea. Soraya trató de sonreír.

—Vamos, Treadstone está muerto y enterrado.

—El antiguo Treadstone sí —replicó Marks—. Pero hay un nuevo Treadstone, resucitado por Frederick Willard.

El nombre de Willard borró la sonrisa del rostro de Soraya. Conocía su reputación; se rumoreaba que dentro de la NSA había sido agente de reserva de Treadstone y que había desempeñado un papel decisivo a la hora de denunciar las criminales técnicas de interrogatorio del antiguo director. Pero desde entonces, por lo visto, se había esfumado del radar de todo el mundo. Así que lo que acababa de confiarle Peter era muy verosímil.

Soraya cabeceó con expresión preocupada.

—No lo entiendo. Treadstone era una operación ilícita, incluso para lo que era habitual en la CI. Fue cancelada por muy buenas razones. ¿Por qué has fichado ahora por ellos?

—Muy sencillo. Willard detesta a Halliday tanto como yo… y tanto como tú. Me ha prometido que va a utilizar los recursos de Treadstone para destruir su credibilidad y su base de poder. Por eso quiero que te unas a nosotros.

Ella se quedó sin habla.

—¿Qué? ¿Unirme a Treadstone? —Peter asintió con la cabeza y Soraya entornó los ojos con aire suspicaz—. Espera un momento. Tú sabías que iba a ser despedida en cuanto cruzara las puertas de la central.

—Todo el mundo lo sabía, menos tú.

—Santo Dios.

La mujer se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación, acariciando con los dedos los lomos de los libros que había en las estanterías, los elefantes de bronce y el tejido de las gruesas cortinas, sin siquiera ser consciente de que lo hacía. Peter tuvo la sensatez de no decir nada. Finalmente, se volvió hacia él desde el otro extremo de la habitación.

—Dame una buena razón para fichar con vosotros…, y por favor, no me vengas con simplezas.

—Vale, aparte del hecho de que necesitas un trabajo, piénsalo un minuto. Cuando Willard cumpla su promesa y Halliday se haya ido, ¿cuánto crees que durará Danziger en la agencia? —Se puso en pie—. No sé tú, pero yo quiero que vuelva la vieja CI, la que dirigió el Viejo durante décadas y de la que yo me sentía orgulloso.

—Te refieres a la que utilizó a Jason una y otra vez, cuando convenía a sus fines.

Marks se echó a reír, desviando la puñalada del sarcasmo femenino.

—¿No es ésa una de las cosas que las organizaciones de inteligencia hacen mejor? —Se acercó a ella—. Vamos, dime que no quieres que vuelva la antigua agencia.

—Quiero volver a dirigir Typhon.

—Sí, bueno, no querrás saber cómo ha jodido Danziger las redes de Typhon que organizaste.

—Si te digo la verdad, en lo único que he pensado desde que salí esta tarde del cuartel general es en el futuro de Typhon.

—Pues únete a mí.

—¿Y si Willard fracasa?

—No fracasará —le aseguró él.

—Nada es seguro en esta vida, Peter, tú deberías saberlo mejor que nadie.

—Sí, tienes razón. Si fracasa él, fracasamos todos. Pero al menos sabremos que hemos hecho todo lo posible por recuperar la vieja CI, que no nos hemos doblegado ante Halliday y una NSA en expansión.

Soraya suspiró y se acercó a Marks.

—¿Dónde ha conseguido Willard los fondos para resucitar Treadstone?

Sólo por hacer la pregunta comprendió que había aceptado la oferta. Se dio cuenta de que estaba pillada. Pero mientras lo sopesaba, estuvo a punto de no advertir la expresión de contrariedad de Peter.

—No me va a gustar, ¿verdad?

—A mí tampoco me gustó, pero… —Se encogió de hombros—. ¿Te suena el nombre de Oliver Liss?

—¿Uno de los jefazos de Black River? —Lo miró con ojos como platos y se echó a reír—. Estás de broma, ¿verdad? Jason y yo tuvimos un papel activo en el descrédito de Black River. Pensaba que los tres habían sido condenados.

—Los compañeros de Liss lo fueron, pero él había cortado todos los lazos con Black River meses antes de que la mierda que Bourne y tú le echasteis diera en el ventilador. Nadie pudo encontrar ni rastro de su participación en las actividades ilegales.

—¿Se enteró?

Peter se encogió de hombros.

—Posiblemente sólo fue suerte.

Soraya lo miró fijamente.

—No me lo creo, y tú tampoco.

Él asintió con la cabeza.

—Tienes toda la razón, joder, no me gusta. ¿Cómo se concilia con el sentido de la ética de Willard?

Marks respiró hondo y expulsó el aire lentamente.

—Halliday juega más sucio que nadie que haya conocido. Se necesite lo que se necesite para derrotarlo, lo derrotaré. Te lo aseguro.

—Aunque tengas que hacer un pacto con el diablo.

—Quizá se necesite un diablo para destruir a otro.

—Aunque lo que dices sea verdad, es una pendiente peligrosa.

Peter Marks sonrió.

—¿Por qué crees que te quiero a bordo? En algún momento necesitaré a alguien que me saque de la mierda antes de que me cubra la cabeza. Y no se me ocurre nadie mejor que tú.

Moira Trevor, con una pistola Lady Hawk en la funda de la cadera, miraba las oficinas vacías de su reciente, pero ya amenazada compañía, Heartland Risk Management, LLC. El espacio se había vuelto tóxico tan rápidamente que no sentía lástima por abandonarla, sólo consternación por el hecho de que hubiera durado menos de un año. Allí no había más que polvo, ni siquiera recuerdos que pudiera llevarse.

Se volvió para irse y vio a un hombre en el vano de la puerta que daba al vestíbulo. Iba vestido con un terno de aspecto caro, relucientes zapatos ingleses y, a pesar de que el día era claro, un paraguas cerrado con empuñadura de madera.

—La señora Trevor, supongo.

La mujer lo miró fijamente. Sus cabellos eran como cerdas de acero, tenía ojos negros y un acento que no habría sabido definir. Llevaba una bolsa de papel marrón, que miró con recelo.

—¿Y usted quién es?

—Binns. —El desconocido le tendió la mano—. Lionel Binns.

—¿Lionel? Debe de estar de broma, nadie se llama Lionel en esta época.

El recién llegado la miró sin pestañear.

—¿Me permite entrar, señora Trevor?

—¿Por qué quiere entrar?

—He venido a hacerle una oferta.

Ella vaciló un momento y luego asintió con la cabeza. El hombre cruzó el umbral sin dar la sensación de haberse movido.

—Oh, cielos, ¿qué es esto? —dijo, mirando a su alrededor.

—Desolation Row.

Binns sonrió.

—A mí también me gustaba Bob Dylan.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor Binns?

Se puso tensa cuando el hombre levantó la bolsa de papel marrón y la abrió. Sacó dos vasos de papel.

—He traído un poco de té de cardamomo.

Primera pista.

—Qué amable —dijo Moira, aceptando el té. Quitó la tapa de plástico para mirar dentro. Llevaba leche. Tomó un sorbo. Muy dulce—. Gracias.

—Señora Trevor, soy abogado. Mi cliente quiere contratarla.

—Estupendo. —Echó un vistazo a Desolation Row—. Me vendría bien un trabajo.

—Mi cliente quiere que busque un ordenador portátil que le robaron.

Moira detuvo el vaso a medio camino de los labios. Sus ojos color café miraron a Binns, escrutándolo. La mujer tenía un rostro duro, acorde con su personalidad.

—Debe de haberme confundido con una investigadora privada. No escasean en el barrio, cualquiera podría…

—Mi cliente la quiere a usted, señora Trevor. Sólo a usted.

Ella se encogió de hombros.

—Está sacudiendo el árbol equivocado. Lo siento. No es mi oficio.

—Oh, claro que lo es. —No había nada siniestro, ni siquiera desagradable, en el rostro de Binns—. Veamos si he entendido bien. Usted era agente de campo de Black River, una agente de alto nivel. Hace ocho meses renunció y fundó Heartland después de sisarle a su antiguo jefe lo mejor y más brillante que tenía. No se echó atrás cuando Black River trató de intimidarla, de hecho repelió la agresión y sacó a la luz pública los trapos sucios de la compañía. Ahora, por ese problema, su antiguo jefe, Noah Perlis, está muerto, los empleados de Black River han huido en desbandada y dos de sus principales fundadores han sido imputados. Corríjame si me he equivocado hasta ahora.

Moira, atónita, no dijo nada.

—En lo que respecta a mi cliente —prosiguió el hombre—, es usted la candidata perfecta para buscar y recuperar su portátil robado.

—¿Y dónde exactamente está su cliente?

Binns sonrió.

—¿Interesada? Hay una bonita recompensa para usted.

—No me interesa el dinero.

—¿Aunque necesite trabajo? —Binns ladeó la cabeza—. No importa. No estaba hablando de dinero, aunque sus honorarios habituales le serán abonados por adelantado. No, señora Trevor, estoy hablando de algo más valioso para usted. —Recorrió la habitación con la mirada—. Estoy hablando de la razón por la que deja usted esto.

Moira se quedó helada, con el corazón acelerado.

—No sé a qué se refiere.

—Tiene un traidor en su organización —dijo Binns con voz neutral—. Alguien que está en la nómina de la NSA.

Ella frunció el entrecejo.

—¿Quiere decirme quién es su cliente, señor Binns?

—No tengo autorización para revelar su identidad.

—Y supongo que tampoco la tendrá para decirme cómo es que sabe tanto de mí.

Él abrió los brazos.

—Muy bien —añadió Moira, asintiendo con la cabeza—. Encontraré a ese maldito traidor yo misma.

Sorprendentemente, aquella reacción despertó una sonrisa felina en la cara de Binns.

—Mi cliente dijo que ésa sería su respuesta. Yo no me lo creí, así que ahora le debo mil dólares.

—Estoy segura de que encontrará la forma de incluirlo en su minuta.

—Cuando me conozca mejor, se dará cuenta de que no soy esa clase de hombres.

—Es usted muy optimista —replicó Moira.

—Posiblemente —adujo Binns, asintiendo con la cabeza. Se retiró hacia la puerta y levantó una mano—. Si me acompaña… —Como ella no se movió ni un palmo, añadió—: Sólo por esta vez le ruego que me haga caso. No le robaré más de quince minutos de su tiempo, ¿qué tiene que perder?

A Moira no se le ocurrió nada, así que dejó que la condujera al exterior.

Chaaya vivía en el ático de una de las deslumbrantes ciudades en miniatura de Bangalore, en una comunidad residencial rodeada por una verja y vigilada día y noche para protegerla de los muchos saqueadores que pululaban por los alrededores. Si las precauciones alejaban los peligros de la ciudad o tenían prisioneros a sus moradores, pensaba Arkadin, era sólo cuestión de punto de vista.

Chaaya abrió la puerta cuando llamó, como siempre hacía, fuera la hora que fuese. La verdad es que no tenía elección. Procedía de una familia rica y vivía en el regazo del lujo, pero todo eso se evaporaría si se enterasen de su secreto. Era hindú y el hombre del que se había enamorado musulmán, un pecado mortal a ojos de su padre y sus tres hermanos si se enterasen de la transgresión. Aunque Arkadin no conocía a su amante, había conseguido que su secreto estuviera a salvo; Chaaya se lo debía todo y obraba en consecuencia.

De figura exuberante, piel morena y con un salto de cama de gasa y los párpados caídos de sueño, atravesó el apartamento con la gracia sensual de una actriz de Bollywood. No era muy alta, pero su porte producía esa ilusión; cuando entraba en una habitación, las cabezas se volvían hacia ella, tanto las masculinas como las femeninas. No le interesaba en absoluto si le gustaba Arkadin ni qué pensaba de él. Chaaya le temía, y eso era todo lo que necesitaba.

Había más luz por encima de los tejados, dando la falsa impresión de que ya había comenzado el día. Claro que aquel apartamento, que reflejaba la vida de ambos, estaba lleno de falsas impresiones.

Ella vio enseguida su pierna ensangrentada y lo condujo al cuarto de baño, todo espejos y mármol de vetas rosas y doradas. Mientras Arkadin se quitaba los pantalones, Chaaya abrió el grifo de agua caliente. Le cosió la herida con destreza y él le preguntó si lo había hecho antes.

—Una vez, hace mucho tiempo —respondió con aire enigmático.

Tal era el motivo de que hubiera acudido allí en unos momentos en que la confianza escaseaba. Chaaya y él reconocían algo de ellos mismos en el otro, algo oscuro y roto. Ambos se sentían marginados e incómodos en el mundo que habitaba la mayoría, preferían rozar los límites, medio ocultos por las sombras oscilantes que atemorizaban a todos los demás. Eran seres aparte, extranjeros quizás incluso para ellos mismos, pero amigos debido precisamente a ese hecho.

Mientras Chaaya lo lavaba y seguía cerrándole la herida, Arkadin meditó su próximo movimiento. Tenía que salir de la India, de eso no había duda. ¿Dónde imaginaría Oserov que iría? ¿A Campione d’Italia, en Suiza, donde la Hermandad Oriental tenía una villa? ¿O al cuartel general de Múnich? La lista de posibilidades de Oserov tenía que ser forzosamente corta; incluso Maslov tenía sus limitaciones para enviar a sus matones por todo el mundo en lo que podría resultar una empresa imposible. El jefe de la Kazanskaya nunca había reparado en gastos en lo referente a hombres y recursos, por eso seguía al mando de la familia grupperovka más poderosa en una época en que el Kremlin estaba desmantelando a la mafia sin contemplaciones.

Arkadin sabía que tenía que mudarse a un lugar que fuera totalmente seguro. Tenía que elegir un sitio en el que ni Oserov ni Maslov pensaran ni por asomo. Y no se lo contaría a nadie de su organización, al menos hasta que supiera cómo había localizado Oserov su cuartel general en Bangalore.

Así que tendría que ingeniárselas para salir de la ciudad y del país. Pero antes tenía que sacar el portátil de Gustavo Moreno de su escondite.

Cuando Chaaya hubo terminado y se sentaron en el salón, le dijo:

—Por favor, trae el regalo que te di.

Ella ladeó entonces la cabeza con una débil sonrisa bailándole en la boca.

—¿Estás diciendo que por fin puedo abrirlo? Me moría de curiosidad.

—Tráelo.

La mujer salió deprisa de la habitación y volvió al momento con una caja dorada de buen tamaño y atada con una cinta roja. Se sentó frente a él, en tensión y a la expectativa, con la caja sobre los muslos.

—¿Puedo abrirla ya?

Arkadin estaba mirando el paquete.

—Ya la has abierto.

Una expresión de temor cruzó el rostro femenino con la velocidad de una gaviota que atravesara un muelle. Luego se esforzó por sonreír.

—Oh, Leonid, no pude evitarlo, y es un vestido precioso. Nunca había visto una seda como ésa, tuvo que costarte una fortuna.

Arkadin alargó las manos.

—La caja.

—Leonid… —dijo, pero hizo lo que se le ordenaba—. No llegué a sacarlo, sólo lo toqué.

Él deshizo el nudo, dándose cuenta de que lo habían vuelto a hacer con esmero, y levantó la tapa.

—Me gusta tanto que habría matado a cualquiera que se hubiese acercado.

La verdad era que él había contado con eso. Cuando le dio la caja rogándole encarecidamente que no la abriera, había visto la avidez en sus ojos y supo que no sería capaz de resistirse. Pero también supo que protegería el paquete con su vida. Así era Chaaya.

El vestido, que en realidad era excepcionalmente caro, estaba doblado tres veces. Sacó el portátil, que había escondido entre los lujosos pliegues, y le dio el vestido.

Ocupado en desatornillar la parte inferior del ordenador para poder insertar el disco duro, apenas oyó los gritos de placer de Chaaya ni sus expresiones de gratitud.

El director de la CI, M. Errol Danziger, solía almorzar en su escritorio mientras hojeaba los informes de los miembros de los jefes de sección y los comparaba con los duplicados que le enviaban diariamente de la NSA. Pero dos veces por semana almorzaba fuera del recinto de la Agencia. Siempre acudía al mismo restaurante, el Occidental, en Pennsylvania Avenue, y comía con la misma persona, el secretario de Defensa Bud Halliday. Danziger, muy consciente de la forma en que habían matado a su antecesor, recorría las dieciséis manzanas que lo separaban del restaurante en un GMC Yukon Denali blindado, en compañía del teniente R. Simmons Reade, dos guardaespaldas y un secretario. Nunca iba solo; le inquietaba estar solo, una sensación que tenía desde la infancia, una época llena de imágenes de conflictos familiares y abandono.

Soraya Moore lo estaba esperando. Se había enterado de los horarios del director de la CI por mediación de su antiguo director de operaciones, que dirigía Typhon temporalmente. Sentada a una mesa del Café du Parc del Hotel Willard, que lindaba con la sección exterior del Occidental, vio la llegada del Denali a la una en punto. Cuando se abrió la portezuela trasera, se puso en pie, y cuando el séquito estuvo reunido en la acera, estaba tan cerca de Danziger como los guardaespaldas lo permitían. Uno de ellos, con un pecho tan ancho como la mesa a la que había estado sentada, ya se había puesto delante de ella, mirándola desde las alturas.

—Director Danziger —dijo en voz alta—, soy Soraya Moore.

El otro guardaespaldas ya tenía la mano en el arma cuando Danziger les ordenó que se estuvieran quietos. Era un hombre bajo y cuadrado, de hombros caídos. Se había empeñado en estudiar la cultura islámica, lo que había conseguido aumentar su antipatía por una religión, más aún, por una forma de vida que le parecía atrasada, incluso medieval por sus convenciones y costumbres. Tenía la firme creencia de que los islamistas, como los llamaba en privado, nunca podrían conciliar sus creencias religiosas con el ritmo y el progreso del mundo moderno, por mucho que aseguraran que sí. A sus espaldas, no sin admiración, era conocido por el sobrenombre de Árabe, por su confesado deseo de librar al mundo de terroristas islámicos y de cualquier otro islámico lo bastante atolondrado para ponerse en su camino.

—Es usted la egipcia que consideró necesario quedarse en El Cairo, a pesar de haber sido convocada —dijo Danziger, poniéndose entre los guardaespaldas.

—Tenía que hacer un trabajo allí, donde las balas y las bombas son reales, no simulaciones generadas por ordenador —replicó Soraya—. Y que conste que soy estadounidense, lo mismo que usted.

—Usted no es nada lo mismo que yo, señora Moore. Yo doy órdenes. Los que se niegan a acatarlas no son de confianza. No trabajan para mí.

—Ni siquiera llegó a escucharme. Si supiera…

—Métaselo en la cabeza, señora Moore, ya no trabaja para la Central de Inteligencia. —Danziger, inclinado hacia delante, había adoptado la postura belicosa de un boxeador en el cuadrilátero—. No tengo ningún interés por oír sus informes. ¿Una egipcia? Sólo Dios sabe a quién le será leal. —Le lanzó una mirada de desprecio—. Bueno, quizá lo adivine. ¿A Amun Chalthoum, tal vez?

Amun Chalthoum era el jefe de al Mokhabarat, el servicio secreto egipcio en El Cairo. Soraya había trabajado con él recientemente y con él estaba en El Cairo cuando Danziger había ordenado sumariamente que regresara a casa, contraviniendo las directrices de la misión encargada por la CI. En el cumplimiento de la misma, Amun y ella se habían enamorado. La sorprendió, más bien la dejó atónita, que el director de la Agencia estuviera en poder de una información tan personal. ¿Cómo diantres se habría enterado?

—Pájaros del mismo plumaje —sentenció Danziger—. Lejos de la conducta profesional que espero de mi gente, fraternizan, ¿es la palabra correcta?, con el enemigo.

—Amun Chalthoum no es el enemigo.

—Está claro que no es enemigo de usted. —El hombre retrocedió un paso, una señal clara para que sus guardaespaldas cerraran filas, bloqueando el pequeño acceso que había tenido Soraya—. Le deseo buena suerte para que encuentre otro trabajo en la administración, señora Moore.

R. Simmons Reade sonrió con desdén antes de dar media vuelta y echar a andar detrás del director de la Agencia, que, rodeado por su séquito, entró dando zancadas en el Occidental. Los transeúntes se quedaron mirándola. Llevándose una mano a la cara, notó que sus mejillas estaban ardiendo. Había deseado su momento de justicia; pero allí estaba su tribunal, y ella había menospreciado seriamente tanto su inteligencia como el alcance de sus conocimientos. Había supuesto erróneamente que el secretario Halliday había engañado al presidente para colocar en la dirección de la Agencia a un peón, un títere que Halliday podría controlar sin problemas. Peor para ella.

Mientras se alejaba lentamente de la escena del desastre, se juró que nunca más volvería a cometer aquel error.

El hombre que lo había llamado por teléfono, quienquiera que fuese, tenía razón en una cosa: el almacén de las afueras de Moscú no se diferenciaba de los demás: todos parecían construidos en filas iguales. Boris Karpov, escondido entre las sombras frente a la puerta principal, comprobó la dirección que había escrito durante la conversación telefónica con el hombre que decía llamarse Leonid Arkadin. Sí, era el lugar exacto. Se volvió para señalárselo a sus hombres, todos armados hasta los dientes, con chalecos antibalas y cascos antidisturbios. Karpov tenía buen olfato para las trampas y aquella apestaba. Habría sido absurdo acudir solo, por muy bien armado que fuera, absurdo presentarse para meter voluntariamente el cuello en un nudo corredizo ideado para él por Dimitri Maslov.

Entonces, ¿por qué estaba allí?, se preguntó por enésima vez desde que había recibido la llamada. Porque había una posibilidad de que el hombre fuera realmente Leonid Danilovich Arkadin y le hubiera dicho la verdad; y sería un grave error desaprovechar aquella pista. El FSB-2 y en especial Karpov iban detrás de Maslov, detrás de la Kazanskaya en general, desde hacía años, con escaso éxito.

Su inmediato superior le había dado una orden: llevar a Dimitri Maslov y la Kazanskaya ante la justicia. Aquel superior era Melor Bukin, el hombre que lo había sacado del FSB ascendiéndolo a coronel y dándole el mando absoluto. Karpov había observado la meteórica carrera de Viktor Cherkesov y estaba dispuesto a formar parte de la cúpula de mandos. Cherkesov había transformado el FSB-2, que había sido una división antidroga y ahora era una fuerza de seguridad nacional que rivalizaba con el mismísimo FSB. Bukin era amigo de Cherkesov desde la infancia, pues así funcionaban estas cosas en Rusia casi siempre, y ahora él contaba con la confianza de Cherkesov. Bukin, mentor de Karpov, lo había acercado aún más a la cima de la pirámide de poder e influencia del FSB-2.

Bukin estaba al teléfono cuando Karpov le contó adónde se dirigía y por qué. Le había escuchado brevemente y le había dado su bendición.

Ahora, tras haber apostado en silencio a sus hombres alrededor del objetivo, los lanzó contra el almacén. Ordenó a uno que disparara contra la cerradura de la puerta y luego los condujo al interior. Les indicó que se situaran en los pasillos flanqueados por cajas de cartón. Ya hacía horas que había terminado la jomada laboral, así que no esperaban encontrar empleados, y estaban en lo cierto.

Cuando todos los hombres que habían entrado terminaron de comprobar que había vía libre, Karpov los condujo por la puerta del lavabo de caballeros, que era donde le había dicho la voz telefónica que estaría. Los mingitorios estaban a la izquierda, enfrente de la fila de los escusados. Sus hombres abrieron las puertas de golpe mientras avanzaban, pero todos estaban vacíos.

Él se detuvo ante el último escusado y entró por las bravas. Tal como había descrito la voz, no había inodoro, sino una puerta en la pared del fondo. Karpov, a quien se le estaba formando una bola fría en el estómago, rompió la cerradura propinándole un golpe terrible con la culata del fusil de asalto AK-47 y entró inmediatamente. Al fondo se veía una especie de despacho. Estaba en un nivel superior, por encima del suelo, y se accedía a él por una escalera de metal.

No había nadie en el despacho. Los teléfonos habían sido arrancados de los enchufes de la pared; los archivadores y escritorios, con los cajones abiertos, estaban tan vacíos que parecían burlarse de él. Era obvio que los habían limpiado a toda prisa. Se volvió lentamente, observando con mirada experta todo lo que lo rodeaba. Nada, no había nada.

Se puso al habla con los hombres apostados en el perímetro y éstos le confirmaron lo que la bola de su estómago le había advertido: nadie había entrado ni salido del almacén desde su llegada a la zona.

—¡Joder! —Karpov apoyó el voluminoso trasero en un escritorio. El hombre del teléfono había estado en lo cierto desde el principio. Le había advertido que no se lo dijera a nadie, que la gente de Maslov podía enterarse. Tenía que ser Leonid Danilovich Arkadin.

El Rolls-Royce era gigantesco, como un ejemplar semoviente del Jurásico. Brillaba como un tren de plata en el bordillo de la acera que había frente al edificio de oficinas. Adelantándose a la mujer, Lionel Binns abrió la portezuela trasera. Cuando Moira se agachó para subir al coche, la envolvió una oleada de incienso. Se sentó en el asiento de piel mientras el abogado cerraba la puerta tras ella.

Se puso cómoda y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad del interior, comprobó que estaba sentada al lado de un hombre más bien alto y cuadrado, con la piel del color de las nueces y unos ojos brillantes, negros como el fondo de un pozo. Tenía el pelo abundante, oscuro y casi con tirabuzones, y del mentón le caía una barba larga y espesa, tan rizada como la de Nabucodonosor. Ahora entendía lo de la infusión de cardamomo. Era un árabe. Al fijarse más, se dio cuenta de que su traje, aunque claramente occidental, le envolvía los hombros y el pecho como una túnica bereber.

—Gracias por venir —dijo el desconocido con una voz profunda que resonó en las pulidas superficies del espacioso interior—, por asumir un pequeño riesgo. —Hablaba con acento pesado, gutural, pero su inglés era impecable.

Un momento después, el conductor, oculto tras un panel de color nuez, puso en marcha el Rolls y se introdujo entre el tráfico en dirección sur.

—Es usted el cliente del señor Binns, ¿no es así?

—Así es. Me llamo Jalal Essai y soy de Marruecos.

Sí, ciertamente, bereber.

—Y le robaron un ordenador portátil.

—Exacto.

Moira estaba sentada con el hombro derecho pegado a la portezuela. De repente sintió un escalofrío; el interior parecía ahora asfixiantemente estrecho, como si la presencia del hombre ocupara más espacio que su cuerpo, dominando y oscureciendo el asiento trasero, invadiéndola, metiéndosele dentro. Intentó respirar con regularidad, pero sólo consiguió tiritar. El aire parecía silbar o vibrar, como si estuviera viendo un espejismo del desierto.

—¿Por qué yo? Sigo sin entenderlo.

—Señora Trevor, usted tiene… digamos ciertas habilidades que creo de un valor incalculable para encontrar mi ordenador y devolvérmelo.

—Y esas habilidades son…

—Usted se enfrentó con éxito a Black River y a la Agencia de Seguridad Nacional. ¿Cree que yo podría encontrar un investigador privado que haya hecho algo así? —Se volvió y le sonrió enseñando una doble fila de dientes brillantes y blancos que resplandecían en un rostro moreno, definido por planos bidimensionales, pómulos salientes y ojos hundidos, con los párpados caídos como los de un halcón—. No es necesario que conteste, no era una pregunta.

—Muy bien, entonces le haré yo la pregunta. ¿Cree que hay agencias secretas implicadas en el robo?

Essai meditó unos segundos, aunque Moira tenía la impresión de que lo sabía ya con seguridad.

—Es posible —respondió al fin—. Incluso probable.

Moira cruzó los brazos sobre el pecho como para protegerse de la lógica masculina que corroía su resolución, de las oleadas de oscura energía que emanaban del hombre de una forma que no había sentido antes, como si estuviera sentada al lado de un acelerador de partículas. Sacudió la cabeza con vehemencia.

—Lo siento —dijo.

Essai asintió con la cabeza. Era como si nada de lo que ella dijera o hiciera le causara sorpresa.

—En cualquier caso, esto es para usted.

Le alargó una carpeta de color marrón, que Moira observó con creciente recelo y cierto temor. ¿Por qué se sentía como Eva cogiendo la manzana del conocimiento? A pesar de todo, como si sus manos obedecieran órdenes ajenas, recogió la carpeta.

—Por favor. Sin compromisos —la tranquilizó Essai—. Se lo aseguro.

La mujer vaciló un momento y abrió la carpeta. Dentro había una foto hecha con teleobjetivo en la que se veía a un agente de alto rango reunido con el director de operaciones de campo de la NSA. Moira lo había apartado de Black River al igual que a otros agentes de alto nivel.

—¿Tim Upton? ¿Es el topo de la NSA? Esta foto no habrá sido trucada, ¿verdad?

Essai no dijo nada, así que Moira deslizó los ojos hacia abajo para leer la hoja que acompañaba la foto y en la que figuraban los lugares y fechas en que Upton se había reunido clandestinamente con varios miembros de la NSA. Moira suspiró profundamente, recostándose en el asiento, y cerró la carpeta despacio.

—Es usted muy generoso.

Essai se encogió de hombros como si aquello no tuviera importancia. Y como si hubiera obedecido una orden, el Rolls redujo la velocidad y se acercó a la acera.

—Adiós, señora Trevor.

Moira asió la manija de la portezuela antes de volverse hacia el hombre de la barba.

—¿Y qué es lo que hace tan valioso su ordenador? —preguntó.

La sonrisa de Essai relumbró como un faro.