26
Vylacheslav Oserov daba tanta prioridad a las heridas que tenía en la cara como al odio de tamaño planetario que sentía por Arkadin, el hombre que lo había atormentado durante años y que había sido la causa de la horrible desfiguración que había sufrido en Bangalore. El fuego químico le había devorado las capas de la piel y alguna porción de la carne, lo que hacía difícil la recuperación e imposible la vuelta a la normalidad.
Durante varios días, después de regresar a Moscú, había estado envuelto en espesas vendas que rezumaban no sólo sangre sino también un espeso fluido amarillo cuyo olor le daba ganas de vomitar. Se había negado a tomar tranquilizantes, y cuando el médico, a las órdenes de Maslov, trató de inyectarle un sedante, le rompió el brazo y a punto estuvo de romperle el cuello.
Todos los días podían oírse los gritos de Oserov en todos los despachos, incluso en los lavabos, donde los otros hombres se reunían para descansar un poco. Sus gritos de dolor eran tan terroríficos como los de un animal desmembrado; asustaban y desmoralizaban incluso a los endurecidos criminales de Maslov. El mismo Maslov se vio obligado a atarlo a una columna, como a Ulises al mástil al pasar ante la costa de las sirenas, y a taparle la boca con esparadrapo para que no molestara, ni a sus hombres ni a él. Por aquellas fechas Oserov tenía ya surcos profundos en las sienes, ensangrentadas como cicatrices tribales, donde presa del sufrimiento se había clavado las uñas, atravesando la piel que no se había quemado.
En cierto modo, se había convertido en un niño. Maslov no podía enviarlo a un hospital ni a una clínica sin que le hicieran preguntas incómodas y el FSB-2 iniciara una investigación. Así que había intentado tenerlo en su propio apartamento, que estaba en unas condiciones penosas y que, como un templo abandonado en una selva, había pasado a ser sede de insectos y roedores al mismo tiempo. No podía obligar a nadie a quedarse allí con Oserov, y era imposible que éste sobreviviera solo. Las oficinas eran la única opción que quedaba.
Oserov ya no soportaba su propio reflejo. Ningún vampiro evita los espejos como los evitaba él. Además, detestaba ser visto a la luz del sol, o con cualquier luz potente, conducta que motivó que en la Kazanskaya le pusieran otro apodo, Die Vampyr.
En aquel momento se encontraba reconcomiéndose en las oficinas de Maslov, que por necesidad cambiaban de ubicación todas las semanas. En aquella habitación, que el jefe de la mafia moscovita le había designado, las luces estaban apagadas y las persianas echadas, para amortiguar la luz del día. Una lámpara situada al otro lado del cuarto arrojaba un pequeño círculo de luz sobre las desgastadas baldosas del suelo.
El fracaso sufrido en Bangalore, no haber conseguido matar a Arkadin o, al menos, hacerse con el ordenador portátil para Maslov, le había dejado huellas profundas en el alma. Su aspecto físico había salido malparado. Y lo peor de todo: había perdido la confianza de su jefe. Sin la Kazanskaya, Oserov no era nada. Sin la confianza de Maslov, no era nada dentro de la Kazanskaya. Durante días se había estado devanando los sesos, buscando la manera de volver a caer en gracia a Maslov, de recuperar la grandeza de su cargo de comandante de campo. Pero no se le ocurría ningún plan. Para él no significaba nada que su mente, destrozada por el dolor de las heridas, apenas fuera capaz de reunir dos pensamientos coherentes. Su único pensamiento era vengarse de Arkadin y conseguirle a Maslov lo que más deseaba: el maldito ordenador portátil. Oserov no sabía para qué lo quería su jefe, ni le importaba. Su obligación era conseguirlo o morir en el empeño; así había sido desde que había entrado en las filas de la Kazanskaya, y así sería siempre.
Pero la vida daba vueltas extrañas. Para Oserov, la salvación llegó por el conducto menos esperado. Una llamada. Tan hundido en negros pensamientos estaba que al principio no quiso contestar. Luego su ayudante le dijo que había llegado por una línea codificada y que sabía quién debía de ser. Pese a todo, se resistió, pensando que de momento no tenía ni el interés ni la paciencia suficientes para nada que le pudiera contar Yasha Dakaev.
El ayudante de Oserov asomó la cabeza por la puerta, aunque tenía órdenes estrictas de no hacerlo.
—¡Qué! —rugió.
—Dice que es urgente —insistió su ayudante, retirándose de inmediato.
—Maldita sea —murmuró Oserov, cogiendo el teléfono—. Yasha, joder, ya puede ser algo bueno.
—Lo es. —La voz de Dakaev sonaba apagada y lejana, pero era porque para hacer sus llamadas siempre tenía que buscar rincones y escondites en la sede del FSB-2—. Tengo una pista sobre los movimientos de Arkadin.
—¡Por fin! —Oserov se incorporó. Su corazón empezó a latir de nuevo a toda velocidad.
—Según el informe que acabo de ver en mi despacho, va camino de Marruecos —informó Dakaev—. Hacia Uarzazate, concretamente a un pueblo de las montañas del Alto Atlas llamado Tineghir.
—¿Y qué va a hacer en Marruecos?
—Eso no lo sé —repuso Dakaev—. Pero el servicio secreto dice que va hacia allí.
«Es mi oportunidad —pensó Oserov, levantándose de un salto—. Si no la aprovecho, ya puedo comerme la Tokarev.» Por primera vez desde la última noche que había pasado en Bangalore, sintió la emoción del momento. Su fracaso lo había paralizado, había estado torturándose sin parar. La vergüenza y la rabia le habían hecho perder el norte.
Llamó a su ayudante para darle instrucciones.
—Sácame de aquí echando hostias —ordenó—. Resérvame un pasaje en el primer vuelo que salga de Moscú en la dirección apropiada.
—¿Sabe Maslov que te vas?
—¿Sabe tu mujer que tu amante se llama Ivana Istvanskaya?
Su ayudante salió como alma que llevara el diablo.
Oserov comenzó a idear un plan. Ahora que tenía una segunda oportunidad, juró que no la dejaría escapar.
Bourne levantó las manos. Y mientras lo hacía, estampó el pie en los riñones del profesor Giles. Cuando éste, agitando los brazos, cayó sobre los tres pistoleros, el norteamericano giró en redondo, dio una zancada hacia la ventana abierta y saltó por ella.
Tras aterrizar corrió a toda velocidad, pero al ver el edificio universitario contiguo se vio obligado a reducir la marcha para no llamar la atención de los transeúntes oxonienses. Se quitó el abrigo negro y lo tiró a un cubo de basura. Miró a su alrededor y vio un grupo de adultos, probablemente profesores, que pasaban de un edificio al siguiente y se coló entre ellos.
Al poco vio a los dos pistoleros de Severus Domna que llegaban corriendo del Centro de Estudios. Inmediatamente se separaron al estilo de las formaciones militares.
Uno avanzó hacia él, pero no lo vio, dado que Bourne se había situado en el otro lado del grupo. Los profesores debatían los méritos de los filósofos alemanes de derechas e, inevitablemente, la influencia que Nietzsche ejerció sobre los nazis, en especial sobre Hitler.
A menos que tuviera ocasión de quedarse a solas con el profesor Giles, cosa de cuya posibilidad dudaba, Bourne pensaba evitar todo encontronazo físico con Severus Domna. La organización era como la hidra de las cien cabezas: le arrancabas una y le crecían dos.
El pistolero, que había escondido el arma debajo del abrigo, se aproximó al grupo de profesores, que no sabían lo que sucedía, como si estuvieran en su filosófica torre de marfil. Bourne dio la espalda al sicario, que seguramente buscaba un hombre con un abrigo negro. Se alegraba cuando podía evitar los conflictos.
El grupo de profesores subió las escaleras y, con toda elegancia, entró en el edificio universitario. Bourne, que se había puesto a comentar los aspectos más difíciles del alemán antiguo con un profesor de pelo canoso, cruzó el umbral.
El pistolero se puso en movimiento al ver el reflejo del norteamericano en el cristal de la puerta abierta. Subiendo los peldaños de dos en dos, intentó abrirse paso a empellones en el grupo de hombres, que, aunque viejos, no eran en absoluto pasivos, sobre todo en lo que respectaba al decoro y el protocolo. Todos a una formaron una pared viva y lo rechazaron al estilo de las falanges de soldados romanos cuando avanzaban contra el enemigo bárbaro. El pistolero, que no se lo esperaba, retrocedió.
La pausa dio a Bourne el tiempo que necesitaba para alejarse de los profesores por un corredor, en el que oyó rumores de pies elegantemente calzados y conversaciones en voz baja que resonaban en el pulido suelo de mármol. En la parte superior había una fila de ventanas cuadradas desde las que la luz del sol caía como una bendición sobre la coronilla de los estudiantes. Las puertas de madera se volvieron borrosas cuando corrió en busca de la parte trasera del centro. Sonó el timbre que señalaba el comienzo de las clases de las cuatro.
Dobló una esquina corriendo y enfiló un pequeño corredor que desembocaba en la puerta de atrás. Pero en aquel momento apareció por ella uno de los pistoleros de Severus Domna. Estaban solos en aquel pasillo. El pistolero llevaba el abrigo doblado sobre el antebrazo derecho y la mano correspondiente, que empuñaba la pistola con el silenciador. Apuntó a Bourne, que seguía corriendo.
De repente se dejó caer y se deslizó de espaldas por el suelo de mármol mientras un proyectil le pasaba silbando por encima de la cabeza. Bourne cargó contra el sicario con los pies por delante y lo derribó. La pistola saltó de su mano. De inmediato, el norteamericano rodó por el suelo y propinó un rodillazo al otro en plena barbilla. El tipo cayó redondo.
Se oyeron voces en el pasillo. Bourne se puso en pie, recogió la pistola y sacó al pistolero a rastras por la puerta posterior, bajó los peldaños y lo dejó detrás de un espeso seto de boj. Se guardó la pistola en el bolsillo y siguió caminando a paso normal. Se cruzó con estudiantes de rostros juveniles que reían y charlaban, con un adusto profesor que resoplaba porque llegaba tarde a su siguiente clase; y salió a Saint Giles Street. Como solía suceder en Inglaterra, la tarde se había nublado. Un viento frío soplaba por las aceras y las fachadas. Todo el mundo andaba encorvado, con los hombros encogidos, acelerando el paso, como embarcaciones que huyen de la inminente tormenta. Bourne, confundiéndose con el paisaje, como siempre, corrió hacia su coche.
—Vete —dijo Moira cuando recuperó el conocimiento.
Soraya negó con la cabeza.
—No voy a abandonarte.
—Lo peor ya ha pasado —repuso Moira, no sin razón—. Ya no te queda nada que hacer aquí.
—No deberías quedarte sola.
—Ni tú tampoco. Todavía sigues con Arkadin.
Soraya sonrió tristemente, porque todo lo que Moira decía era verdad.
—Con todo y con eso…
—Con todo y con eso —completó Moira— alguien vendrá a cuidarme, alguien que me quiere.
Soraya se quedó un poco desconcertada.
—¿Te refieres a Jason? ¿Jason va a venir a buscarte?
Moira sonrió. Y se quedó dormida.
Soraya encontró a Arkadin esperándola. Pero antes tenía que hablar con el joven neurocirujano, cuyo diagnóstico fue optimista a su manera.
—Lo principal en casos como éste en que están afectados nervios y tendones es lo que tarda el paciente en recibir atención médica. En este sentido, su amiga ha tenido muchísima suerte. —Giró la mano para que la palma mirase al suelo—. Sin embargo, la herida tenía los labios desgarrados, no fue un corte liso. En consecuencia, la intervención ha tardado más tiempo y ha sido más difícil y complicada de lo que habría sido con una herida más limpia. Fue una gran suerte que me llamara. No digo esto por echarme flores. En realidad, es un caso de libro. Pero ningún otro habría podido realizar la operación sin hacer una chapuza u olvidarse de algo.
Soraya respiró de alivio.
—Entonces se pondrá bien.
—Naturalmente que se pondrá bien —repuso el neurocirujano—. Con una rehabilitación apropiada y con terapia física.
Algo imposible de definir atenazaba el corazón de Soraya.
—Volverá a andar con normalidad, ¿no es cierto? Sin cojear.
El neurocirujano negó con la cabeza.
—En un niño, los tendones son lo bastante elásticos para que eso sea posible. Pero en un adulto, esa elasticidad, en su mayor parte, ha desaparecido. No, no, cojeará. Que la cojera sea más o menos pronunciada dependerá totalmente del resultado de la rehabilitación. Y por supuesto, de su voluntad de adaptarse.
Soraya meditó un momento.
—¿Ella lo sabe?
—Me preguntó y se lo dije. Es mejor así, créame. La mente necesita más tiempo que el cuerpo para adaptarse.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó Arkadin cuando el neurocirujano desapareció por el pasillo.
Fulminándolo con una mirada asesina, Soraya anduvo tras él a zancadas hasta el animado vestíbulo y la calle. Puerto Peñasco parecía tan extraño como un sueño, tan ajeno como si estuviera en un valle de Bután. Miró a la gente que pasaba con lentitud, como si fuera sonámbula. Se fijó en sus rasgos aztecas, o mixtecas, u olmecas y pensó en sacrificios humanos en que se arrancaban corazones todavía palpitantes del pecho de personas vivas. Se sintió como si estuviera cubierta de sangre congelada. Quería correr, pero estaba paralizada, clavada al suelo, como si la retuviesen las manos de todos los muertos sacrificados y sepultados bajo tierra.
Entonces advirtió que Arkadin estaba a su lado y se estremeció, como si despertara de una pesadilla para caer en otra. Se preguntó cómo soportaba estar cerca de él, hablar con él, después de lo que le había hecho a Moira. Si al menos hubiera dado muestras de sentir algún remordimiento, quizás ella se hubiera sentido de otra manera. Pero se había limitado a decir «Era un enemigo». Lo que significaba, por supuesto, que ella también era una enemiga y que podía ocurrirle lo mismo o algo peor.
Sin decir palabra ninguno de los dos, volvieron al coche y no tardaron en llegar al convento.
—¿Qué quieres de mí ahora? —preguntó Soraya con sequedad.
—Lo mismo que tú de mí —respondió Arkadin—. Destrucción.
Arkadin se puso a hacer el equipaje nada más entrar en el convento.
—Mientras te lavabas las manos, reservé billetes para los dos.
—¿Para los dos?
—Sí —respondió el hombre sin perder el ritmo de lo que hacía—. Nos vamos a Tineghir.
—Si voy a algún sitio contigo, se me revolverá el estómago.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—Creo que me vas a resultar útil cuando llegue a Marruecos, así que no quiero matarte. Pero lo haré si no me dejas otra salida. —Siguió preparando el equipaje metódicamente—. A diferencia de ti, sé cuándo hay que cortar por lo sano.
En aquel momento vio el ordenador portátil, el aparato que para ella había adquirido un significado mítico. A su manera, Arkadin tenía razón, se dijo. Igual que la tenía Moira. El momento aconsejaba olvidar el odio personal que sentía por los actos de aquel hombre. Era hora de volver a actuar como una profesional. Hora de cortar por lo sano.
—Siempre quise ver el Alto Atlas —comentó.
—¿Te das cuenta? —repuso Arkadin, guardando el ordenador—. No era tan difícil ¿verdad?
Jalal Essai, instalado en un coche vulgar y corriente que había robado por la mañana temprano, observaba a Willard en el momento en que éste salía del Club Monition. Advirtió que no se movía como si la recepcionista lo hubiera tratado mal ni como si hubiera esperado inútilmente para ver a un miembro del club. Por el contrario, bajó las escaleras como lo habría hecho Fred Astaire, con ligereza y garbo, como si escuchara una canción en su cabeza. Aquella actitud desenvuelta inquietó a Essai. Además, le puso de punta los pelos de la nuca, lo cual era mucho peor.
Essai, cuya vida estaba en constante peligro desde que su casa había sido invadida por miembros de Severas Domna, sabía, por haber estado en el otro bando, que una respuesta pasiva, como la huida, sólo podía tener como consecuencia final su muerte. La organización lo perseguiría sin descanso, hasta que en algún lugar, en algún momento, de alguna manera, consiguiera terminar con su vida. En circunstancias tan extremas sólo había una forma de seguir vivo.
Willard dobló una esquina y se detuvo para llamar un taxi. Essai se acercó a la acera y bajó la ventanilla del copiloto.
—¿Necesita que lo lleven? —ofreció.
Willard, sobresaltado, retrocedió como si lo hubieran ofendido.
—No, gracias —respondió, volviendo a fijarse en el tráfico en busca de un taxi libre.
—Señor Willard, por favor, suba al coche.
Willard volvió a mirar y advirtió que el hombre empuñaba una pistola EAA Hunter Witness de 10 milímetros, un arma de feo aspecto que le apuntaba a la cara.
—Vamos, vamos —añadió Essai—, no haga una escena.
Abrió la portezuela y se sentó en el asiento del copiloto sin pronunciar palabra.
—¿Puedo preguntar cómo piensa conducir y vigilarme al mismo tiempo?
Por toda respuesta, Essai le golpeó con el cañón de la Hunter Witness, exactamente por encima de la oreja izquierda. Willard lanzó un gemido y los ojos se le pusieron en blanco. El bereber apoyó al inconsciente pasajero en la ventanilla y guardó la pistola en la funda de la axila. Luego puso el coche en marcha, esperó a que se abriera un hueco y se introdujo en el tráfico.
Se dirigió al sur, cruzando todo el distrito de Columbia. Al cruzar una invisible línea de demarcación, los macizos edificios gubernamentales desaparecieron y fueron sustituidos por comercios locales, minoristas baratos, establecimientos de comida rápida, albergues para indigentes y bares. Fuera de los bares holgazaneaban jóvenes con capucha que intercambiaban pequeños paquetes de droga por fajos de billetes. Había ancianos sentados en escalinatas, con la cabeza en las manos o apoyados en los peldaños de piedra gris, con los ojos medio cerrados y moviendo la cabeza. Los ciudadanos blancos empezaron a escasear hasta que desaparecieron por completo. Era un Washington diferente que los turistas nunca veían. Ni los parlamentarios tampoco. Había pocos coches patrulla y pasaban muy de tarde en tarde. Cuando aparecía alguno, aceleraba, como si sus ocupantes tuviesen prisa por estar en otra parte, en cualquier otra parte menos allí.
Essai aparcó delante de algo que pasaba por ser un hotel. Alquilaba habitaciones por horas, y cuando entró arrastrando a Willard, las putas supusieron que era un borracho, incapaz de tenerse en pie. Le enseñaron su rancia mercancía, pero el bereber no les hizo caso.
Puso un maletín negro de médico encima del agrietado mostrador del apestoso cubículo del recepcionista y le entregó un billete de veinte dólares. El hombre tenía un cutis pálido y era flaco como una astilla, ni viejo ni joven. Estaba viendo una película pomo en un televisor portátil.
—¿Qué pasa? —dijo Essai— ¿No hay conserje?
El recepcionista rio, pero no apartó sus vidriosos ojos de la pantalla. Cogió a tientas una llave de un casillero y la dejó sobre el mostrador.
—No quiero que me molesten —avisó el bereber.
—Todo el mundo quiere lo mismo.
Essai le dio otro billete de veinte. El recepcionista lo cogió, seleccionó otra llave e informó:
—Segundo piso al fondo. Podría morirse allí y nadie se enteraría.
El bereber recogió la llave y el maletín negro.
No había ascensor. Llevar a Willard al piso de arriba fue una faena, pero al final lo consiguió. Por la ventana llena de mugre que había en un extremo del estrecho pasillo entraba una luz que parecía a la vez plomiza y moribunda. Una bombilla sin pantalla iluminaba la constelación de dibujos obscenos que decoraba las paredes.
La habitación parecía la celda de una cárcel. El escueto mobiliario consistía en una cama, una cómoda a la que le faltaba un cajón y una mecedora: todo era gris o tal vez descolorido. La ventana daba a un pequeño patio de ventilación, por lo que siempre era de noche. La habitación olía a ácido fénico y a lejía. Essai no quiso pensar en lo que habría ocurrido allí en el pasado.
Dejó caer a Willard encima de la cama, puso al lado el maletín de médico, lo abrió y sacó una serie de artículos que fue ordenando sobre la colcha llena de manchas. Aquel maletín y su contenido siempre iban con él, una costumbre que había adquirido desde muy temprana edad, cuando lo habían adiestrado para viajar a Estados Unidos e introducirse en la vida de personas elegidas por Severus Domna. No tenía ni idea de por qué el grupo había presentado el nombre de Bud Halliday ni de por qué se había sospechado que el tipo iba a ascender tan aprisa en el firmamento político norteamericano, pero estaba acostumbrado a la asombrosa clarividencia de Severus Domna.
Cortó con una cuchilla las ropas de Willard, se las quitó, deslió un pañal y se lo puso alrededor de los riñones. Le golpeó ligeramente las mejillas para despertarlo. Antes de que despertara del todo, le levantó la cabeza y los hombros y le hizo tragar el contenido de un frasco de aceite de ricino. El hombre tosió al principio y se atragantó. Essai se detuvo y vertió el viscoso líquido más despacio. Willard se lo bebió todo.
Dejó a un lado la botella y lo abofeteó con fuerza, primero en una mejilla, luego en la otra, para estimularle el riego sanguíneo en la cabeza. Willard despertó con un sobresalto. Parpadeó y miró a su alrededor.
—¿Dónde estoy? —preguntó con lengua espesa y voz pastosa.
Se humedeció los labios con la lengua y en ese momento Essai buscó el rollo de cinta adhesiva.
—¿Qué es este sabor?
Cuando Willard se puso a dar arcadas, el bereber le selló la boca con la cinta.
—Si vomita, se ahogará. Le aconsejo que reprima las ganas de vomitar.
Essai se sentó en la silla, meciéndose lentamente mientras Willard se esforzaba por recuperar la calma. Cuando vio que el prisionero ganaba la batalla, se presentó:
—Me llamo Jalal Essai. —Willard dilató los ojos al reconocer el nombre—. Vaya, veo que ha oído hablar de mí. Bien. Eso facilitará mi trabajo. Acaba de salir de una reunión con Benjamin El-Arian. Apuesto a que fue él quien le habló de mí. Me describió como el malo de la historia, no hay duda. Pero eso de los buenos y los malos depende del punto de vista que se adopte. El-Arian lo negaría, pero ya ha demostrado que es un indeciso, como un junco que se inclina hacia aquí, luego hacia allá, según sople el viento.
Se levantó, se acercó a la cama y arrancó la cinta de la boca de Willard.
—Sé que se estará preguntando por el sabor que tiene en la boca —sonrió—. Se ha bebido usted una botella de aceite de ricino. —Lo señaló con el dedo—. Por eso le he puesto un pañal. Dentro de poco, su cuerpo expulsará algo muy asqueroso. El pañal ayudará a contenerlo, al menos una parte. Me temo que no podrá absorberlo todo, y entonces… —Se encogió de hombros.
—No sé qué quiere de mí, pero no lo conseguirá.
—¡Bravo! ¡Eso es tener valor! Pero por desgracia para usted, ya he conseguido lo que quería. Como otros con los que El-Arian ha tratado o ha enviado detrás de mí, acabará usted tirado en su puerta. Este proceso continuará hasta que deje de importunarme y se olvide de mí.
—No lo hará.
—Entonces a él y a mí nos queda mucho camino por recorrer. —Essai hizo una bola con la cinta y la tiró a un lado. Guardó el rollo en el maletín—. En cambio, su camino es significativamente más corto.
—No me encuentro bien —gimió Willard con voz curiosa, como si fuera un niño quejica que hablara consigo mismo.
—No —dijo Essai, apartándose de la cama—. Supongo que no.