16      

—Desde aquí tenemos que ir andando. —Bárbara bajó del jeep. A pesar del persistente calor, se había puesto unos tejanos, botas de vaquero y una camisa de cuadros con las mangas subidas hasta los codos.

Moira la siguió. Habían recorrido en coche alrededor de kilómetro y medio, hacia el oeste de la mansión, pero seguían estando dentro de los límites de la inmensa finca. A lo lejos destacaban colinas azules y polvorientas, y el dulce, casi fermentado aroma del agave azul volvía espeso el aire. El sol temblaba mientras se acercaba a la línea del horizonte. La tierra, tras almacenar el calor del día, parecía hervir. Al oeste, el cielo era blanco y deslumbrante.

—Narciso dijo que esto acabaría olvidándose, pero yo sabía que no.

—¿Y eso por qué? —preguntó Moira.

—Así es como siempre ocurren las cosas.

—¿Qué cosas? —presionó Moira.

—Siempre te joden las cosas más pequeñas.

—¿El asesinato es una cosa pequeña?

Bárbara levantó la barbilla con desdén.

—¿Crees que me importaba algo un tipo a quien ni siquiera conocía?

—¿Qué pasó con la investigación policial? —preguntó Moira mientras avanzaban por el árido terreno.

—Lo de costumbre. —Bárbara entornó los ojos para protegerse del sol—. Un inspector de Tequila nos hizo preguntas, pero no identificaron al muerto ni nadie reclamó su cadáver. Pasó varias semanas interrogándonos, a nosotros y al personal de la casa. Se convirtió en un fastidio total. No dejaba de decir que tenía que haber un motivo para que el muerto apareciera en nuestras tierras. Éramos los principales sospechosos, pero él y los de su clase son tan ineptos que finalmente se vio obligado a dejarse de insinuaciones y especulaciones. Después, silencio total. Por lo que sé, el caso se cerró.

—Ésa es la perspectiva mexicana —adujo Moira—. Para nosotros, el asesinato ha adquirido implicaciones mayores.

En la voz de Bárbara vibró la preocupación que Moira había percibido antes.

—¿Cuáles?

—Por ejemplo, sabemos que la víctima trabajaba para tu difunto hermano en su casa de las afueras de Ciudad de México, así que hay una conexión entre la víctima y tú.

—¿Trabajaba para Gustavo? No tenía ni idea. Yo no tenía nada que ver con los negocios de mi hermano.

—¿De veras? Eso es difícil de aceptar, teniendo en cuenta que te has acostado con su proveedor.

—¿Hay más ejemplos?

Moira guardó silencio deliberadamente. Parecía que se estaban acercando a la escena del crimen, o al menos al lugar donde habían dejado el cadáver, porque Bárbara se detuvo y empezó a mirar a su alrededor.

—Ahí fue. —Señaló un punto situado a unos metros delante de ellas—. Ahí fue donde encontraron el cadáver.

En aquel árido clima, aún eran visibles las huellas de hacía unas semanas, aunque se habían superpuesto las de las botas de los policías. Moira rodeó lentamente el lugar, escrutando el terreno.

—La tierra no ha sido excavada, ni siquiera removida. Parece que no hicieron ninguna búsqueda a fondo en la escena del crimen.

—No lo hicieron. Nos echaron de aquí mientras ellos se quedaron —informó Bárbara.

Moira comenzó la investigación con seriedad. Se puso un par de guantes de látex y miró entre la tierra, el polvo y los matorrales. Por algún misterioso medio, Jalal Essai había conseguido las fotos policiales de la víctima, que lo mostraban tendido de costado. Tenía las muñecas atadas a la espalda, las piernas dobladas en ángulo y la cabeza inclinada hacia delante. Por la postura se podía deducir que estaba de rodillas en el momento de su muerte. Essai había tratado de hacerse con el informe de la autopsia, pero o lo había perdido el forense o lo había perdido la policía; las dos partes parecían igual de incompetentes.

—Otro ejemplo —dijo Moira, con ganas de seguir aumentando la tensión de Bárbara—. Sabemos que la víctima salió de la casa menos de treinta minutos antes de sufrir la agresión que acabó con él. —Levantó la cabeza para mirar a la mujer a los ojos—. Lo que significa que estaba sobre aviso.

—¿Por qué me miras a mí? —objetó Bárbara—. Ya te dije que no tenía nada que ver con los negocios de Gustavo.

—¿Vas a seguir diciendo eso hasta que te crea?

Bárbara cruzó los brazos sobre el pecho.

—Púdrete en el infierno. Yo no tuve nada que ver con la muerte de ese hombre.

Moira estaba buscando casquillos perdidos. Lo curioso de las fotos era que revelaban que a la víctima le habían disparado con una pistola de pequeño calibre. Un tiro en la base del cráneo. La ausencia de pólvora o de quemaduras en la piel de la víctima y en sus ropas indicaba que el asesino no había disparado desde muy cerca, cosa deseable cuando se quiere matar a un hombre con un arma de pequeño calibre.

Estuvo no menos de cuarenta minutos cribando el suelo con los dedos, pero Moira seguía sin encontrar nada. Había peinado ya toda la zona que rodeaba la escena del crimen. Claro que siempre era posible que a la víctima la hubieran matado en otro lado y arrojado allí después, pero no lo creía. Si, como sospechaba, las razones del asesino no eran sólo silenciar a la víctima, sino además implicar a los Skydel, querría que el asesinato ocurriera en la propiedad del matrimonio.

Amplió el radio de la investigación hasta abarcar más matojos. Moira, nuevamente de rodillas, comenzó a escarbar en la base de aquellas plantas de color verde grisáceo. El sol seguía descendiendo y a la sazón quedó oculto detrás de una bandada de nubes estriadas. El paisaje se volvió añil a la luz de aquel falso crepúsculo. Se puso en cuclillas, esperando a que hubiera más luz. Cuando el sol reapareció, la escena del crimen se pobló de brillantes fragmentos de color entre rojo y dorado, desperdigados en el terreno en ángulo agudo. Las sombras de las dos mujeres se proyectaban detrás de ellas como gigantes estirados.

Moira percibió un relumbrón con el rabillo del ojo, como el destello de un diamante, que desapareció enseguida. Volvió la cabeza y se dirigió rápidamente al lugar donde había visto el reflejo. No había nada. A pesar de todo, hundió los dedos en la tierra y los movió hacia delante, abriendo surcos y echando a un lado la tierra reseca.

Y allí estaba, de repente, en la palma de su mano, mientras los granos de tierra resbalaban entre sus dedos. Asió con cuidado el objeto con el pulgar y el índice y lo levantó para mirarlo a la luz del sol. Vio de nuevo el destello y leyó las marcas de la cápsula, con el corazón acelerado.

Bárbara se acercó.

—¿Qué has encontrado? —Parecía haberse quedado sin aliento.

Moira se puso en pie.

—¿Se te ha ocurrido pensar que a la víctima la mataron deliberadamente en tu finca?

—¿Qué? ¿Por qué?

—Como ya te he dicho, la víctima trabajaba para tu hermano Gustavo. Sin embargo, estaba al servicio de otra persona. Esta otra persona avisó a la víctima de la agresión y la víctima huyó. ¿Por qué la avisaron si iban a matarla unas horas después?

Bárbara negó con la cabeza, pero no dijo nada.

—Cuando dejó la casa de Gustavo —prosiguió Moira—, se llevó el ordenador de tu hermano, que contenía todos sus contactos relacionados con el narcotráfico.

Bárbara se relamió los labios.

—La persona que pagaba a la víctima la mató.

—Sí.

—La mató de un tiro en mi finca.

—Sí, para implicarte —afirmó Moira—. Te salvó la suerte, que esta vez adoptó la forma de incompetencia policial.

—Pero ¿por qué esa persona quería implicarme en el asesinato?

—Esto no es más que una simple especulación —dijo Moira—, pero yo diría que quería tenerte fuera de juego.

La mujer volvió a cabecear sin decir nada.

—Piénsalo —prosiguió Moira—: la persona que tiene el ordenador de Gustavo se hace cargo de los negocios de tu hermano. Su plan era entrar en ellos por las malas y deshacerse de cualquiera que encontrara en su camino.

Bárbara la miraba con los ojos muy abiertos.

—No te creo.

—Ahí es donde interviene este casquillo. —Moira levantó el objeto en cuestión—. Las fotos de la policía mostraban que a la víctima la mataron de un solo tiro en la base del cráneo. Lo extraño fue que el asesino utilizara una pistola de pequeño calibre, aunque no estuviera muy cerca de la víctima. Supuse que tuvo que haber usado una munición especial y acerté.

Puso el casquillo en la mano de Bárbara, que lo cogió y miró las marcas a la última luz del día.

—No consigo leer lo que hay escrito.

—Porque está en cirílico. El fabricante es Tula. Este casquillo es de un cartucho muy especial, un cartucho de proyectil hueco y lleno de cianuro. Es ilegal, lo que no me sorprende, y sólo se puede conseguir en Rusia. Ni siquiera se vende por Internet.

Bárbara la miró.

—El asesino es ruso.

—El hombre que se introdujo por las malas en los negocios de Gustavo —aclaró, asintiendo con la cabeza—. Exacto. Sé que tú sólo eres la pantalla de los negocios de tu hermano. Sé que Roberto y tú tenéis un nuevo socio.

Aquello fue suficiente. Bárbara se quitó la máscara.

—Maldita sea, le dije a Roberto que Leonid iba a por él, pero se limitó a reírse de mí.

—¿Leonid? —A Moira le dio un vuelco el corazón—. ¿Vuestro socio es Leonid Arkadin?

—Roberto dijo: «Qué sabrás tú; eres una mujer, las mujeres saben lo que se les dice que sepan, nada más».

Moira la asió del brazo para mirarla de frente.

—Bárbara, ¿vuestro socio es Leonid Arkadin?

La mujer apartó la cara. Se mordió el labio.

—¿Es la lealtad o el miedo lo que te cierra la boca? —insistió Moira, que sólo alcanzó a ver la mitad de la débil sonrisa de Bárbara.

—No soy leal a nadie. En este negocio no merece la pena. Ésa es otra cuestión que mi marido no entiende.

—Entonces tienes miedo de Arkadin.

Bárbara volvió la cabeza y Moira vio en sus ojos una expresión violenta.

—El muy cabrón se las arregló para meterse en el negocio. Armó a Roberto hasta los dientes, ¡maldita sea! Dijo que tenía la lista de clientes de Gustavo. Roberto dijo que esa lista le pertenecía. Arkadin respondió que eso se había acabado. Que Gustavo estaba muerto, que él tenía la lista y que los clientes eran suyos. Que la mejor solución era repartir los beneficios a partes iguales, que si Roberto no accedía, él se pondría en contacto con los clientes sin su permiso y sin su ayuda, y que se buscaría otros proveedores.

»Roberto intentó matar a Arkadin tres veces. Todos los intentos fracasaron. Arkadin le dijo entonces: “Te vas a joder porque ahora los clientes de Gustavo son míos, así que ya te puedes buscar otros pichones para alimentar”. Creí que a Roberto le daba infarto. Tuve que tranquilizarlo.

—A tu marido le habría gustado eso —dijo Moira secamente.

—Mi marido es un blandengue, como habrás podido ver tú misma —dijo Bárbara—, pero me adora y sirve para lo que hace. —Levantó los brazos para abarcar toda la finca—. Además, todo su trabajo se iría por la taza del inodoro sin mí.

El sol se deslizaba por detrás de las montañas del oeste. Estaba oscureciendo muy rápido, como si hubieran extendido una inmensa manta en el cielo.

—Volvamos al coche —sugirió Moira, cogiendo el casquillo que tenía la otra en la mano.

Camino de la casa, Bárbara observó:

—Colijo que conoces a Arkadin.

Moira sólo sabía lo que Bourne le había contado.

—Lo bastante para saber que su próximo paso será quedarse con todo el negocio de Corellos. Así es como funciona Arkadin. —Así era como se había apropiado de la distribución de armas de Nikolai Yevsen en Jartum. Encontraría la forma de sobornar a un guardián de La Modelo o a un miembro de las FARC, o quizás a una de las muchas mujeres que veían a Corellos en la cárcel; les pagaría lo suficiente para que vencieran su miedo al capo de la droga. Un día no muy lejano, pensaba Moira, Corellos aparecería muerto en su lujosa celda.

—Arkadin ya está enfadado con Roberto y conmigo —informó Bárbara mientras conducía por el camino de tierra—. El último cargamento se ha retrasado. El barco tuvo que detenerse para reparar el motor, que se había sobrecalentado. Si conoces algo de México, sabrás que esas averías no se arreglan aquí en cuestión de horas, ni de un día para otro. El barco estará listo mañana por la noche, pero sé que eso no le gustará. —Aferraba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos como los huesos.

—Lo entiendo, Berengaria, de veras que sí.

—¿Por qué me faltas al respeto? Llevo años llamándome Bárbara.

—Respeto tu nombre verdadero. Deberías aceptarlo y no rechazarlo.

Berengaria no respondió y Moira siguió hablando.

—Arkadin tiene sus normas, y son inflexibles. Tanto Roberto como tú perderéis algo por culpa de ese retraso.

La mujer miraba al frente con fijeza.

—Lo sé.

—Y aún te diré más: si ese cargamento no llega a su destino, alguien te hará una visita, alguien mucho menos simpático y comprensivo que yo. Puedes estar segura de que así es como Arkadin lo quiere y así es como será.

Berengaria se quedó pensativa un rato. El sol ya se había puesto tras las montañas moradas. El cielo parecía limpio de nubes. Por el este ya había oscurecido. Daba la sensación de que llevaban conduciendo mucho tiempo, como si la mujer estuviera dando vueltas, reacia a regresar a la casa. Finalmente, pisó el freno y puso el motor en punto muerto. Se volvió hacia Moira.

—¿Y qué pasa —exclamó con vehemencia— si no es así como yo quiero que sea?

Moira sintió un brote de júbilo por el giro que acababan de dar los acontecimientos, porque Berengaria se ponía finalmente a su alcance. Respondió a su vehemencia con una sonrisa.

—En ese caso, creo que puedo ayudarte.

Berengaria la miró con tal intensidad que cualquier otra mujer se habría sentido molesta. Pero Moira entendió qué quería, cuál iba a ser el toma y daca. Admiraba a aquella mujer y al mismo tiempo la compadecía. Ya era bastante difícil ser una mujer fuerte en un mundo de hombres, pero mantener esa fuerza en el mundo latino era una labor digna de una amazona. Y no obstante, por encima y por detrás de sus sentimientos personales, estaba el hecho de que Berengaria era su objetivo. Conseguiría de ella lo que necesitaba. Ahora sabía cómo hacerlo.

Inclinándose lentamente, le cogió la cara entre las manos y la besó en la boca.

La colombiana abrió los ojos como platos durante un breve instante y luego los cerró con fuerza. Sus labios se relajaron, se entreabrieron y por último se entregaron totalmente al beso.

Moira percibió el momento de su capitulación con sentimientos encontrados de triunfo y compasión. Sintió la mano de Berengaria en su nuca, la urgencia de la pasión desatada, y suspiró sin despegarse de la dulce boca de la colombiana.

—Soy Lloyd-Philips, inspector jefe Lloyd-Philips.

Peter Marks se presentó y estrechó la mano del policía, que era pálida y con manchas de nicotina. Lloyd-Philips, que vestía un traje barato y de puños raídos, lucía un bigote rojizo y un cabello raleante que en otro tiempo debió de ser del mismo color, pero que ahora parecía espolvoreado de ceniza.

El inspector jefe intentó sonreír, pero no lo consiguió. Quizá se le habían atrofiado los músculos, pensó Marks con ironía, y le mostró sus credenciales, que aseguraban que trabajaba para una compañía privada bajo los auspicios del Departamento de Defensa y, por lo tanto, con el respaldo del Pentágono.

Se encontraban en el desierto vestíbulo del Club Vesper, que había sido precintado por la policía como escenario de un crimen.

—Uno de los supuestos autores del crimen podría ser de interés para mis superiores —dijo Marks—. Si ése fuera el caso, agradecería que me permitieran ver la grabación de las cámaras de seguridad de anoche.

Lloyd-Philips encogió sus delgados hombros.

—¿Por qué no? Ya estamos imprimiendo papeles volantes con los rostros de los dos implicados, para distribuirlos entre la policía metropolitana y el personal de las estaciones de tren, puertos y aeropuertos.

El inspector jefe lo condujo a través del casino propiamente dicho, hasta un pasillo que conducía a las habitaciones traseras, una de las cuales estaba caliente y olía a aparatos electrónicos. Un técnico estaba sentado frente a un complejo tablero lleno de botones, interruptores y un teclado de ordenador. Encima mismo había dos filas de monitores, cada uno enseñando una parte diferente del casino. Por lo que Marks podía ver, no quedaba ni un rincón sin cubrir, ni siquiera en los lavabos.

Lloyd-Philips se inclinó hacia el técnico, le murmuró algo y el hombre asintió con la cabeza y se puso a pulsar teclas. El inspector jefe recordaba a Marks a un personaje de novela británica de espías. Su expresión vagamente dispéptica de aburrimiento prolongado lo delataba como burócrata de carrera con un ojo cerrado y el otro puesto en la cercana jubilación.

—Ya lo tenemos —dijo el técnico.

Uno de los monitores se puso negro y a continuación apareció una imagen. Marks vio el bar de la sala de los jugadores empedernidos. Bourne y otro hombre en el que reconoció los rasgos del difunto Diego Herrera, entraron en el encuadre y se quedaron allí. Estaban hablando medio de espaldas a la cámara y era imposible saber lo que estaban diciendo.

—Diego Herrera entró en el Club Vesper a eso de las nueve y media de anoche —informó Lloyd-Philips con su voz de profesor aburrido—. Con él iba este hombre. —Señaló a Bourne—. Adam Stone.

La grabación continuaba. Otro hombre, probablemente el homicida, entró en el encuadre. Cuando se acercó a Bourne y a Diego Herrera, las cosas empezaron a ponerse interesantes.

Marks adelantó el busto con los músculos en tensión. Bourne se había puesto delante de Herrera, como para bloquear el avance del asesino. Pero ocurrió algo curioso cuando hablaron entre ellos. La actitud de Bourne cambió. Era como si conociera al asesino, aunque a juzgar por su expresión inicial no podía ser cierto. Pese a todo, Bourne le permitió acercarse a la barra y situarse al lado de Herrera. Y entonces el banquero se desplomó. Bourne asió al asesino por las solapas, como debería haber hecho al principio. Y entonces ocurrió otra cosa extraña: no lo vapuleó. Marks se quedó atónito al ver que entre los dos cargaban contra los tres gorilas que entraron procedentes de la sala principal del casino.

—Y ahí lo tiene —señaló el inspector jefe Lloyd-Philips—. El asesino utilizó algún tipo de arma ultrasónica para dejar a todo el mundo fuera de combate.

—¿Han identificado al homicida? —preguntó Marks.

—Todavía no. No figura en nuestros ficheros electrónicos.

—El local es exclusivamente para miembros del club. El gerente debe de saber quién es.

Lloyd-Philips parecía claramente molesto.

—Según los archivos del club, el sospechoso se llama Vincenzo Mancuso. Actualmente hay en Inglaterra tres sujetos que responden a ese nombre, pero ninguno es el que aparece en la grabación. A pesar de todo, hemos enviado a sendos inspectores a interrogar a los tres Vincenzo Mancuso, sólo uno de los cuales reside en el área de Londres. Todos tienen coartadas verificadas.

—¿Pistas forenses? —preguntó Marks.

El inspector jefe parecía a punto de arrancarle la cabeza de un mordisco.

—No se encontraron huellas dactilares ni tampoco el menor rastro del arma homicida. Cumpliendo mis órdenes, nuestro personal peinó un radio de kilómetro y medio alrededor del club, registrando cubos de basura, mirando en las alcantarillas y todo lo demás. Incluso dragamos el río, aunque nadie tenía esperanzas de encontrar el cuchillo. Toda la búsqueda ha resultado infructuosa hasta el momento.

—¿Y qué pasa con el otro hombre…, Adam Stone?

—Se ha desvanecido de la faz de la tierra.

«Lo que significa que la investigación está en punto muerto, —se dijo Marks—. Es una investigación de alto nivel. No es de extrañar que este tipo esté nervioso.»

—Adam Stone es la persona que interesa a mis superiores. —Marks alejó al inspector jefe del técnico—. Ellos, y yo también, consideraríamos un favor personal que suprimiera la foto de Stone de los papeles volantes.

Lloyd-Philips sonrió, un espectáculo no apto para cardíacos. Sus dientes estaban tan manchados de nicotina como sus dedos.

—Uno de los hitos de mi trayectoria profesional ha sido no transigir con los favores personales. Así mantengo la nariz limpia y la pensión intacta.

—A pesar de todo, en este caso mis superiores del Departamento de Defensa estarían muy agradecidos si hiciera una excepción.

—Escuche, joven, lo he traído aquí por cortesía. —Los ojos del inspector jefe eran de repente tan despiadados como su voz—. Me importa un bledo si sus superiores son generales de cinco putas estrellas. Londres está en mis dominios. A mis superiores, es decir, al Gobierno de Su Majestad, no les gusta que vengan aquí en manada y nos presionen como si fuéramos vándalos de las colonias. Y a mí tampoco me gusta, en absoluto. —Levantó un dedo en señal de advertencia—. Y ahora un consejo para su trompa de Eustaquio: váyase de aquí ahora mismo antes de que me enfade de verdad y decida detenerlo como testigo material.

—Gracias por su hospitalidad, inspector jefe —repuso Marks secamente—. Antes de irme, me gustaría tener una copia de las fotos de Stone y del hombre sin identificar.

—Lo que sea con tal de perderlo de vista. —Lloyd-Philips rozó el hombro del técnico, que pidió a Marks su número de móvil y luego pulsó un botón; segundos después, en su teléfono apareció una foto digital en la que se veía a los dos hombres juntos.

—Ya tiene lo que quería, ¿no? —se impacientó el inspector jefe volviéndose hacia él—. No me haga lamentar lo que he hecho. Manténgase lejos de mí y de mi caso y todo irá bien.

Ya en la calle, el sol forcejeaba por hacerse ver entre las masas de nubes. La ciudad rugía alrededor de Marks. Miró la foto en su agenda electrónica. Marcó el número privado de Willard y saltó el buzón de voz. Tenía el móvil apagado, cosa extraña, en opinión de Marks, teniendo en cuenta la hora de Washington. Le envió un detallado mensaje, pidiéndole que comprobara la foto del hombre que había apuñalado a Diego Herrera en las bases de datos de Treadstone, que se habían nutrido de la habitual sopa de letras de la seguridad estadounidense: CI, NSA, FBI, Departamento de Defensa y otras a las que Willard tenía acceso.

Enseñó sus credenciales a un inspector que estaba en la puerta del club y le pidió la dirección particular de Diego Herrera. Cuarenta minutos después llegaba al domicilio, en el mismo instante en que una limusina Bentley de color plateado aparecía por la esquina y se detenía en la puerta de la casa. Un chófer de uniforme bajó del brillante vehículo y lo rodeó para abrir la portezuela de atrás, por la que bajó un hombre alto y distinguido que parecía una versión avejentada de Diego. Con expresión sombría y paso cansino, el hombre subió los peldaños de la casa del banquero e introdujo la llave en la cerradura.

Antes de que desapareciera dentro, Marks se acercó a él.

—Señor Herrera, soy Peter Marks —se anunció. Cuando el anciano se volvió para mirarlo, añadió—: Siento muchísimo lo ocurrido.

El viejo Herrera se detuvo un momento. Era un hombre apuesto, con una blanca melena leonina que le caía hasta cubrirle el cuello de la camisa, aunque junto a su piel bronceada el pelo parecía más ceniciento que blanco.

—¿Conoció a mi hijo, señor Marks?

—Me temo que no tuve ese placer, señor.

Herrera asintió con aire ausente.

—Parece que Diego no tenía muchos amigos varones. —Su boca se curvó tratando de sonreír—. Él prefería a las mujeres.

Marks dio un paso adelante y le enseñó sus credenciales.

—Señor, sé que es un momento difícil, y me disculpo de antemano si soy indiscreto, pero necesito hablar con usted.

Herrera lo miraba como si no hubiera oído lo que el norteamericano le había dicho. Luego pareció enfocarlo con las pupilas.

—¿Sabe algo sobre su muerte?

—Ésta no es una conversación que deba mantenerse en la calle, señor Herrera.

—No, claro que no. —Volvió la cabeza—. Por favor, disculpe mi falta de educación, señor Marks. —Hizo un movimiento con el brazo. Tenía unas manos grandes y cuadradas, manos capaces de un trabajador especializado—. Pase dentro y hablaremos.

Marks subió los peldaños, cruzó el umbral y entró en la casa del difunto Diego Herrera. Oyó que el hombre lo seguía y cerraba la puerta a sus espaldas, y entonces notó la hoja de un cuchillo en el cuello. El padre de Diego Herrera estaba detrás de él, sujetándolo con una fuerza sorprendente.

—Y ahora, hijo de puta —bramó Herrera—, me vas a contar todo lo que sepas sobre el asesinato de mi hijo, o por los clavos de Cristo que te rebano el cuello de oreja a oreja.