17      

Bud Halliday estaba sentado en un banco semicircular en el White Knights Lounge, un bar de una zona poco frecuentada de las afueras de Maryland al que iba a menudo a relajarse. Tenía en la mano un bourbon con agua mientras trataba de olvidar todas las cosas que le habían sucedido aquel largo día.

Sus padres eran de la buena sociedad de Filadelfia, de familias que se remontaban a Alexander Hamilton y John Adams. Habían estado enamorados durante su niñez y, como todos los de su clase, se habían divorciado al cabo de un tiempo. Su madre, una gran señora, vivía ahora en Newport, Rhode Island. Su padre, aquejado de un enfisema derivado de sus años de fumador empedernido, vagaba por la mansión familiar arrastrando botellas de oxígeno y era atendido por un par de enfermeras haitianas que lo cuidaban las veinticuatro horas del día. Halliday no veía a ninguno de los dos. Dio la espalda al oropel herméticamente cerrado de aquella sociedad a los dieciocho años, cuando, horrorizando y mortificando a sus progenitores, se había alistado alegremente en el ejército. Durante su estancia en el campamento de reclutas se había imaginado a su madre desmayándose al recibir la noticia, algo que le causaba una gran satisfacción. En cuanto a su padre, lo más seguro era que culpara a su mujer de aquella decepción y se fuera al despacho de la compañía de seguros de la que era propietario y que dirigía implacablemente y con gran éxito.

Al ver que había terminado el bourbon, Halliday hizo una seña al camarero y le pidió otro.

Las gemelas llegaron al mismo tiempo que su bebida, y les pidió sendos vodkas con crema de cacao. Se sentaron una a cada lado, una vestida de verde y la otra de azul. La de verde era pelirroja y la otra rubia. Al menos aquel día. Así eran ellas, Michelle y Mandy. Les gustaba jugar a que las confundieran con la otra y al mismo tiempo a reivindicar sus diferencias. Eran altas, casi metro ochenta de estatura, y con un físico tan lozano y seductor como sus labios. Habrían podido ser modelos, incluso actrices, dada la pericia con que desempeñaban su papel, pero ni eran vanidosas ni tontas. Michelle era experta en teoría matemática y Mandy microbióloga en el Centro de Control de Enfermedades. Michelle, que podía elegir plaza en cualquiera de las mejores universidades del país, trabajaba para la DARPA, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de la Defensa, ideando nuevos algoritmos de encriptación, capaces de burlar al ordenador más rápido, incluso a dos trabajando en red. Su último proyecto utilizaba técnicas heurísticas, lo que significaba que el código en cuestión aprendía de cualquier tentativa de desciframiento, como si fuera una entidad que se educara sola, cambiando sobre la marcha. Se necesitaba una llave física para abrirlo.

Nunca dos mentes tan fértiles habían estado envasadas en recipientes tan adorables y eróticos, pensó Halliday cuando el camarero les sirvió los vodkas con cacao. Levantaron las copas los tres al mismo tiempo, para brindar en silencio por otra noche juntos. Cuando no estaban de servicio, a las chicas les encantaban los juegos sexuales, la crema de cacao y los juegos sexuales, por ese orden. Pero todavía no libraban.

—¿Qué has descubierto acerca del anillo? —preguntó Halliday a Michelle.

—Habría sido muy útil que me hubiera dado usted el anillo auténtico y no una serie de fotos —respondió la interpelada.

—Pero no te lo di. Así pues, ¿qué tienes que decir al respecto?

Michelle tomó un sorbo de su bebida como si necesitara tiempo para poner en orden sus pensamientos y explicarlos a Halliday, un enano mental en comparación con su gemela y ella.

—Me parece muy probable que el anillo sea una llave. De las que se introducen en una cerradura.

Halliday recuperó el interés en el acto. Era todo atención.

—¿Y eso qué significa? —preguntó.

—Lo que he dicho. Puede que sea por el algoritmo en el que estoy trabajando, pero la extraña inscripción del interior del anillo me recuerda las muescas de una llave.

Reaccionando a la cara de desconcierto que puso el hombre, la joven cambió de táctica. Sacó un bolígrafo e hizo un dibujo en la servilleta de Halliday.

—Aquí tenemos una llave normal, de las que abren las cerraduras llamadas de seguridad. En el borde superior de la tija hay una serie de muescas, de acuerdo con un patrón que hace única esta llave. Las cerraduras más comunes tienen doce dientes dentro del tambor giratorio, seis arriba y seis abajo. Cuando insertamos la llave en el tambor, los dientes superiores van encajando en las muescas, permitiendo que el tambor gire y se abra la cerradura.

»Ahora imagine que cada ideograma de la inscripción del anillo es una muesca. Introduce el anillo en la cerradura indicada y ya está. Ábrete, Sésamo.

—¿Es eso posible? —preguntó Halliday.

—Todo es posible, Bud. Ya lo sabe.

El hombre miró el dibujo, súbitamente fascinado. Lo que acababa de sugerir la muchacha exigía un gran esfuerzo para resultar creíble, pero es que la chica era un genio. Halliday no podía permitirse el lujo de desdeñar una teoría que Michelle le planteara, por muy descabellada que pareciera a primera vista.

—¿Qué nos ha reservado para esta noche? —preguntó Mandy, manifiestamente aburrida.

—Tengo hambre. —Michelle se guardó el bolígrafo—. No he comido nada en todo el día, salvo una barrita de chocolate que encontré en el cajón, y estaba tan dura que el chocolate se había vuelto blanco.

—Termina la bebida —dijo Halliday.

Michelle frunció los labios.

—Ya sabe cómo me pongo cuando bebo con el estómago vacío.

Él rio por lo bajo.

—Ya me lo han contado.

—Pues es cierto; eso y más cosas —informó Mandy. Y añadió con un tono de voz más profundo y vibrante, la voz de una cantante—: ¡Esa nena se vuelve raaaara!

—Mira quién fue a hablar —le devolvió Michelle con la misma voz—. ¡Ella sí que es un bicho raro!

Las dos echaron la cabeza atrás y lanzaron una carcajada que duró exactamente los mismos segundos. Halliday sentía palpitaciones en la frente y para ver a las dos movía la cabeza de un lado a otro, como si estuviera presenciando un partido de tenis desde muy cerca.

—¡Hombre! —exclamó Mandy al ver que el cuarteto estaba a punto de completarse.

—Creíamos que no vendría —reprochó Michelle.

Halliday puso la mano abierta encima de la servilleta del dibujo y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Las dos chicas se dieron cuenta, pero no dijeron nada. Se limitaron a sonreír al recién llegado.

—No hay poder en la tierra que me hubiera impedido venir —aseguró Jalal Essai, sentándose en el banco y besando a Mandy en la parte del cuello que más le gustaba a ella.

Peter Marks se quedó totalmente inmóvil. Su atacante olía a tabaco y a furia. El cuchillo contra su cuello estaba muy afilado y Marks, que evidentemente sabía lo que era encontrarse en estos lances, no tenía ninguna duda de que Herrera le iba a degollar.

—Señor Herrera, no es necesario tanto melodrama —arguyó—. Estaré encantado de compartir con usted todo lo que sé. Mantengamos la calma y no perdamos la cabeza.

—Estoy muy calmado.

—Muy bien —Marks tragó saliva. Se le había quedado seca la garganta—. Aunque he de confesar que no es mucho lo que sé.

—Seguro que es más de lo que ese bastardo de Lloyd-Caraculo ha querido contarme. Me dijo que me limitara a hacer los preparativos para volver a España con el cadáver de mi hijo, cosa que según él no sería posible hasta que el patólogo hubiera concluido los análisis.

Marks entendió por qué Herrera estaba tan furioso.

—Estoy de acuerdo con usted. El inspector jefe es un cabrón de tomo y lomo. —Tragó saliva—. Pero eso no tiene importancia ahora. Yo quiero saber por qué asesinaron a Diego tanto como usted. Créame, estoy dispuesto a descubrirlo. —Era verdad lo que decía. Marks no podría encontrar a Bourne si no averiguaba lo que había ocurrido en el Club Vesper y por qué se había ido con el asesino como si fueran amigos. Allí había algo que no encajaba.

Sintió la respiración de Herrera en el cogote. Era profunda y regular, lo cual le atemorizaba aún más, porque significaba que a pesar de su sufrimiento aquel hombre estaba en plena posesión de sus facultades, señal de una personalidad poderosa; sería un suicidio tratar de engañarlo.

—Incluso puedo enseñarle una foto del hombre que mató a su hijo —añadió.

La hoja del cuchillo tembló en la manaza de Herrera, que acabó por retirarla, dejando que Marks se apartara de él. El norteamericano dio media vuelta y miró al otro a la cara.

—Por favor, señor Herrera, comprendo lo profundo de su dolor.

—¿Tiene usted un hijo, señor Marks?

—No, señor. No estoy casado.

—Entonces no lo puede saber.

—Perdí una hermana cuando tenía doce años. Ella sólo tenía diez. Me puse tan furioso que quería destruir todo lo que tenía delante.

Herrera lo observó unos momentos.

—Entonces lo sabe —concluyó.

Condujo a Marks al salón. Éste se sentó en un sofá, pero Herrera siguió de pie, mirando las fotos de su hijo y, presumiblemente, de las muchas novias que había tenido su retoño y que podían verse en la repisa de la chimenea. Durante un rato se quedaron así, el viejo en silencio y Marks procurando no turbar su dolor.

Finalmente, Herrera se volvió y, acercándose a él, dijo:

—Quiero ver esa foto ahora.

Marks sacó la agenda electrónica, buscó la carpeta de imágenes y pinchó la foto digital que le había enviado el técnico de Lloyd-Philips.

—Es el de la izquierda —dijo, señalando al hombre sin identificar.

Herrera cogió la agenda y miró la pantalla durante tanto tiempo que Marks creyó que se había convertido en piedra.

—¿Y el que está con él?

El norteamericano se encogió de hombros.

—Un mirón inocente.

—Hábleme de él, me da la sensación de que lo conozco.

—Lloyd-Caraculo me dijo que se llamaba Adam Stone.

—¿En serio? —Algo cruzó por el rostro de Herrera.

Marks volvió a señalar la foto con impaciencia.

Señor, podría ser importante. ¿Conoce al hombre de la izquierda?

Herrera le devolvió la agenda, se acercó al bar y se sirvió un brandy. Se bebió la mitad de golpe y después, haciendo un esfuerzo por recuperar la compostura, bajó lentamente la copa.

—Dios Todopoderoso —murmuró.

Marks se levantó y se acercó a él.

Señor, puedo ayudarlo, si me lo permite.

El viejo levantó la cabeza hacia él.

—¿Cómo? ¿Cómo puede ayudarme?

—Soy bueno buscando gente.

—¿Puede encontrar al asesino de mi hijo?

—Con alguna ayuda sí, creo que puedo.

Herrera se quedó pensativo un tiempo. Luego, como si hubiera tomado una decisión, asintió con la cabeza.

—El hombre de la izquierda es Ottavio Moreno.

—¿Lo conoce?

—Ah, sí, señor, lo conozco muy bien. Desdé que era un niño. Solía tenerlo en brazos cuando estuve en Marruecos. —Herrera terminó el brandy de un trago. Sus ojos azules parecían empañados, pero Marks percibió la furiosa tormenta que chisporroteaba en las sombras que había al otro lado de su frente.

—¿Me está diciendo que Ottavio es hermanastro de Gustavo Moreno, el difunto capo colombiano de la droga?

—Le estoy diciendo que es mi ahijado —aclaró Herrera con los dientes apretados. La cólera le hervía por dentro, haciéndole temblar la mano—. Por eso sé que es imposible que haya matado a Diego.

Moira y Berengaria Moreno yacían abrazadas. El lujoso camarote olía a almizcle, grasa marina y mar. El yate se balanceaba suavemente como si quisiera acunarlas para que se durmieran. Las dos sabían, por diferentes razones, que dormir era imposible en aquellos instantes. El yate tenía que zarpar en menos de veinte minutos. Lentamente, se levantaron de la cama, con los músculos doloridos de tanto amor y con los sentidos embotados, como si hubieran cambiado de tiempo y de lugar. Sin hablar, se vistieron y salieron a cubierta. El cielo aterciopelado se arqueaba sobre ellas como alargándoles sus brazos protectores.

Tras hablar con el capitán, Berengaria hizo una seña a Moira.

—Han terminado todas las pruebas. El motor está en perfectas condiciones. Ya no debería haber más retrasos.

—Esperemos que no.

La luz de las estrellas rielaba en el agua. Berengaria había pilotado el monomotor Lancair IV-P desde Narciso hasta el Aeropuerto Internacional Licenciado Gustavo Díaz Ordaz, en la costa del Pacífico. Desde allí había un corto trecho por carretera hasta el paraíso surfista de Sayulita, donde habían subido al yate. En total, el viaje había durado poco más de hora y media.

Moira estaba a su lado. La tripulación, ocupada en los preparativos para zarpar, no les prestaba atención. Sólo faltaba que Berengaria desembarcase.

—¿Has llamado a Arkadin?

La colombiana asintió con la cabeza.

—Hablé con él mientras te lavabas. Se acercará al yate poco antes de amanecer. Después del retraso, seguro que querrá subir a bordo a comprobar todo el cargamento en persona. Tienes que estar lista para recibirlo.

—No te preocupes —Moira le acarició el brazo, causando un ligero temblor en la otra mujer—. ¿Quién es el destinatario?

Berengaria le pasó el brazo por la cintura.

—No es necesario que lo sepas.

Moira no dijo nada. Berengaria se apoyó en ella y suspiró hondo.

—¡Dios!, esto es un nido de víboras. Malditos hombres. ¡Deberían desaparecer todos de la faz de la tierra!

La colombiana olía a especias y a espuma salada, aromas que gustaban a Moira. Le resultaba emocionante seducir a otra mujer. No había nada repelente en ello, era parte del trabajo, algo diferente, un desafío para ella en todos los sentidos de la palabra. Moira era una criatura sensual, pero, descontando algún que otro placentero experimento en la universidad, sin mayores consecuencias, siempre había sido heterosexual. Había un punto de peligro en Berengaria que le resultaba atractivo. De hecho, hacer el amor con ella había sido mucho más satisfactorio que con muchos hombres con los que se había acostado. Al contrario que esos hombres, con excepción de Bourne, la colombiana sabía cuándo ser violenta y cuándo tierna, se tomaba el tiempo necesario para buscar sus puntos secretos de placer, concentrándose en ellos hasta que Moira se convulsionaba una y otra vez.

No era de extrañar que no coincidiera con la desdeñosa descripción de Corellos cuando había dicho que era una piraña. Era a un tiempo brusca y sensible, con una complejidad que a un hombre como el capo habría resultado incomprensible. Berengaria se había abierto camino en un mundo de hombres, dirigiendo y ampliando el negocio de su marido, aunque había estado tan aterrorizada por su hermano como ahora lo estaba por Corellos y Leonid Arkadin. Moira se dio cuenta de que Berengaria no se hacía ilusiones. Su poder no era nada comparado con el de ellos. Ellos inspiraban a sus tropas un respeto que ella nunca tendría por mucho que lo intentara.

Una vez más, Moira era presa de emociones encontradas, pues sentía admiración y lástima por ella, esta vez porque en el momento en que ella se hiciera a la mar para ir al encuentro de Arkadin, Berengaria estaría a merced de un hado desconocido. Atrapada entre el poder corrosivo de Corellos y la despreciable debilidad de Narciso, su futuro no era muy halagüeño.

Por eso la besó en los labios y la abrazó con fuerza, porque iba a ser la última vez, y Berengaria se merecía al menos esa pequeña dosis de consuelo, por fugaz que fuese.

Le acarició con la lengua la oreja.

—¿Quién es el cliente?

Berengaria tiritó y la abrazó con más fuerza. Por fin se echó atrás lo suficiente para mirar a Moira a los ojos.

—El cliente es uno de los más antiguos y mejores de Gustavo, por eso el retraso le ha causado tantos problemas.

Le brillaban lágrimas en los ojos y Moira supo que se había dado cuenta de que aquella noche había sido el principio y el final para ellas. Aquella curiosa mujer no tenía ilusiones, no. Y por un instante, sintió el dolor de la pérdida que se siente cuando un océano o un continente separa a dos personas que han estado unidas.

A modo de concesión final, Berengaria agachó la cabeza.

—Se llama Fernando Herrera.

Soraya despertó con el sabor del desierto de Sonora en la boca. Acribillada por dolores musculares y contusiones, se tendió de espaldas y gimió. Miró a los cuatro hombres que la rodeaban, dos a cada lado. Tenían la piel morena, como ella, y, al igual que ella, eran de sangre mestiza. Conocido uno, conocidos todos, pensó medio aturdida. Aquellos hombres eran en parte árabes. Se parecían tanto que podrían haber pasado por hermanos.

—¿Dónde está? —preguntó uno.

—¿Dónde está quién? —replicó Soraya, tratando de identificar aquel acento.

Otro hombre, acuclillado cómodamente junto a ella al estilo de los árabes del desierto, con las muñecas apoyadas en las rodillas, dijo:

—Señora Moore, Soraya, si me permite llamarla así, usted y yo buscamos a la misma persona. —Su voz era tranquila y segura, y tan despreocupada como si fueran dos amigos que tratan de encontrar una solución a un problema reciente—. A Leonid Danilovich Arkadin.

—¿Quién es usted? —inquirió ella.

—Nosotros hacemos las preguntas —repuso el hombre que había hablado en primer lugar—. Y usted nos da las respuestas.

Soraya intentó levantarse, pero descubrió que la habían inmovilizado: le habían atado las muñecas y los tobillos con cuerdas sujetas a unas estacas de tienda de campaña clavadas en el suelo.

Cuando la primera luz del amanecer se deslizó por el cielo, filamentos de color rosado se arrastraron hacia ella como una araña.

—Mi nombre no es importante —repuso el tipo acuclillado a su lado. Tenía un ojo pardo y el otro de un azul acuoso, casi lechoso, parecido a un ópalo, como si hubiera sufrido una herida o una enfermedad—. Sólo importa lo que yo quiero.

Aquellas dos frases parecían tan absurdas que sintió ganas de reír. La gente es conocida por su nombre. Sin nombre, no hay historia personal, ni perfil posible, sólo una pizarra en blanco, que al parecer era lo que él quería. Se preguntó cómo cambiar aquello.

—Si no quiere hablar voluntariamente —añadió el hombre—, tendremos que probar otros métodos.

Chascó los dedos y un compañero le entregó una pequeña jaula de bambú. Anónimo la cogió cautelosamente por el asa y, balanceándola sobre el rostro de Soraya, la depositó entre sus pechos. Dentro había un escorpión de tamaño considerable.

—Aunque me picase —arguyó ella—, no me mataría.

—Oh, no quiero que la mate. —Anónimo abrió la diminuta puerta y con un bolígrafo se puso a empujar al escorpión para que saliese—. Pero si no nos dice dónde se esconde Arkadin, empezará a sufrir ataques, el ritmo de su corazón y su presión arterial aumentarán, su visión se nublará, ¿hace falta que continúe?

El escorpión era duro y de un negro brillante, y tenía la cola levantada y arqueada muy por encima del caparazón. Cuando lo alcanzó el sol, pareció brillar como si tuviera un poder interior. Soraya se esforzó por no mirarlo, intentó contener el miedo que crecía dentro de ella. Pero había una respuesta instintiva que era difícil de controlar. Oyó los latidos de su corazón. Conforme aumentaba su miedo, aumentaba el dolor que sentía debajo del esternón. Se mordió el labio.

—Y si recibe varias picaduras sin tratamiento médico, bueno, ¿quién sabe lo que puede llegar a sufrir?

Con la delicadeza de una bailarina, la criatura se aventuró a avanzar moviendo sus ocho patas hasta que recaló en el valle que formaban los pechos de Soraya. La mujer contuvo el deseo de gritar.

Oliver Liss estaba sentado en un estrecho banco en la sala de pesas de su gimnasio. Tenía el pecho y los brazos brillantes de sudor y llevaba una toalla enrollada en el cuello. Iba por la tercera tanda de quince flexiones de brazos cuando entró la pelirroja. Era alta, de hombros cuadrados, porte erguido y paso épico. La había visto por allí varias veces. Cien dólares de propina al encargado y ya sabía que se llamaba Abby Sumner, tenía treinta y cuatro años, estaba divorciada y sin hijos. Pertenecía a la interminable flota de abogados que trabajaban en el Departamento de Justicia. Liss suponía que su largo turno de trabajo había sido la causa de su divorcio, pero era aquel horario de trabajo tan largo lo que lo atraía. Así tendría menos tiempo para entrometerse en sus asuntos cuando empezaran su romance. Porque no tenía la menor duda de que habría romance, ninguna en absoluto. Sólo era cuestión de cuándo daría comienzo.

Liss terminó los ejercicios, dejó las pesas en su sitio y se secó mientras calculaba sus progresos. Abby había ido directamente al banco y, tras seleccionar las pesas, se había tendido bajo la barra. Fue como la señal que esperaba Liss. Se levantó y, acercándose al aparato de las pesas, la miró con una amplísima sonrisa de actor y dijo:

—¿Necesita ayuda?

Abby Sumner lo miró con sus grandes ojos azules y le devolvió la sonrisa.

—Gracias. No me vendría mal.

—No es habitual ver a una mujer en este aparato, a menos que esté entrenando.

Abby Sumner siguió sonriendo.

—Levanto muchas cosas pesadas en el trabajo.

Él rio con suavidad. La mujer levantó la barra de las pesas y comenzó a subirla y a bajarla mientras Liss mantenía las manos cerca de la barra por si se le escapaba.

—Parece que no necesita a nadie.

—No —respondió Abby Sumner—. No lo necesito.

Por lo visto, no tenía ningún problema para aumentar el peso de la barra. Quien tenía problemas era Liss, que no podía apartar los ojos de sus pechos.

—No arquee la espalda —aconsejó.

La mujer recostó la columna en el banco.

—Siempre lo hago cuando añado más pesas. Gracias.

Terminó la primera tanda de ocho levantamientos y Liss la ayudó a dejar la barra en los soportes. Mientras la mujer se tomaba un breve descanso, él se presentó:

—Me llamo Oliver y me encantaría invitarla a cenar algún día.

—Eso sería interesante. —Abby levantó la vista hacia él—. Por desgracia, no mezclo el trabajo con el placer.

Como para responder a la intrigada expresión del hombre, salió de debajo de la barra y se puso en pie. Realmente era una mujer impresionante, pensó Liss. Abby miró hacia el mostrador de los zumos, donde un hombre de aspecto muy pulcro bebía zumo de hierbas en un vaso de color verde fosforescente. El tipo vació el vaso, lo dejó y se acercó donde estaban ellos.

Abby cogió la bolsa de deportes, la puso encima del banco, rebuscó en el interior y sacó unas hojas dobladas, que entregó a Liss.

—Señor Oliver Liss, me llamo Abigail Sumner. Esta orden del fiscal general de Estados Unidos nos autoriza a mí y a Jeffrey Klein —señaló al bebedor de zumo de hierba, que se encontraba ya a su lado— a detenerlo mientras dure la investigación de la causa incoada contra usted por la comisión de actos criminales mientras fue presidente de Black River.

Liss la miró boquiabierto.

—Esto no tiene sentido. Ya me investigaron y me absolvieron.

—Ha habido más acusaciones.

—¿Qué acusaciones?

Sumner señaló los papeles que le había dado.

—Encontrará la lista en la orden del fiscal general.

Liss desplegó la orden, pero no pareció entender lo que ponía allí. Agitó los papeles hacia ella.

—Debe de ser un error. No pienso ir a ninguna parte con ustedes.

Jeffrey Klein sacó unas esposas.

—Por favor, señor Liss —dijo Abby—, no complique más las cosas.

Liss miró a un lado y a otro, como si pensara en escapar o en un indulto de última hora emitido por Jonathan, su ángel de la guarda. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no lo había avisado de aquella nueva investigación?

El coronel Boris Karpov regresó a Moscú con el corazón transformado en dura roca. Su visita a Leonid Arkadin había sido aleccionadora en muchos aspectos y el menor no era el terrible aprieto en que estaba metido. Maslov había sobornado a una serie de funcionarios del FSB-2, entre ellos a Melor Bukin, el inmediato superior de Karpov. Como toda la información que le había proporcionado Arkadin, la prueba era sólida e irrefutable.

Karpov, sentado en la parte posterior del Zil negro del FSB-2, miraba por la ventanilla sin ver nada mientras el conductor salía del aeropuerto Sheremétievo y se dirigía a la ciudad.

Arkadin había sugerido que se presentase al presidente Imov con las pruebas que ahora tenía en su poder. El solo hecho de que se lo sugiriera levantaba las sospechas de Karpov, pero, aunque Arkadin tuviera sus propios motivos para querer que acudiera a Imov, no tendría más remedio que hacerlo. La apuesta no podía ser más alta, tanto para su carrera como para su persona.

Tenía dos opciones: podía llevarle las pruebas contra Bukin a Viktor Cherkesov, el jefe del FSB-2. El problema era que el primero era criatura del segundo. Si las pruebas contra Bukin se hacían públicas, Cherkesov quedaría bajo sospecha por la proximidad que había entre los dos hombres. Tanto si conocía la perfidia de Bukin como si no, estaría acabado y se vería obligado a dimitir. Y antes de permitir que eso ocurriera, no le costaba imaginarlo eliminando las pruebas contra su amigo…, lo cual incluía al propio Karpov.

Tuvo que admitir que Arkadin estaba en lo cierto. Llevar las pruebas al presidente Imov era la opción más segura, porque éste estaría encantado de acabar con Cherkesov. De hecho, puede que se sintiera tan agradecido que designara nuevo jefe del FSB-2 a alguien en quien pudiera confiar, por ejemplo a Karpov.

Cuanto más lo pensaba, más sensato le parecía. Pero aun así, en lo más profundo de su cerebro había una vocecilla diciéndole que si ocurría todo de aquel modo, contraería una deuda muy elevada con Arkadin. Y eso, como sabía por instinto, era situarse en una posición desventajosa. Claro que eso sería si Arkadin seguía vivo.

Rio por lo bajo y le dijo al conductor que se desviara hacia el Kremlin. Se retrepó en el asiento y marcó el número del despacho del presidente.

Treinta minutos más tarde entraba en la residencia del mandatario ruso, donde un par de soldados del Ejército Rojo lo acompañaron a una de las numerosas y frías antesalas de techos altos que había en el complejo de edificios. Sobre su cabeza, semejante a la tela congelada de una araña gigante, colgaba una lámpara de cristal con adornos de similor que reflejaba cuadrículas de luz que se derramaban por el no menos adornado mobiliario italiano, tapizado en seda y brocado.

Se sentó mientras los guardias, apostados en extremos opuestos de la sala, lo miraban atentamente. Un reloj que había sobre una repisa de mármol y que emitía un triste tictac dio la media hora, luego la hora. Karpov entró en una especie de trance meditabundo al que recurría para pasar el tiempo durante las muchas vigilias solitarias que había tenido que soportar todos aquellos años en más países extranjeros de los que podía contar. Noventa minutos después de su llegada, apareció para acompañarlo un joven funcionario con pistola al cinto, y salió del trance inmediatamente. Además, se sentía descansado. El funcionario sonrió y él lo siguió por tantos pasillos y cruces que le resultó difícil orientarse en aquella inmensa residencia.

El presidente Imov estaba sentado tras un escritorio Luis XIV en un estudio confortablemente amueblado. Un alegre fuego ardía en la chimenea. A su espalda se veían las magníficas cúpulas de la Plaza Roja que se elevaban como extraños misiles hacia el moteado cielo ruso.

Imov estaba escribiendo en un libro de contabilidad con una anticuada pluma estilográfica. El funcionario se retiró sin decir palabra, cerrando las puertas en silencio al salir. El presidente levantó la vista al cabo de un momento, se quitó las gafas de montura metálica y le indicó por señas que se sentara en el sillón que había al otro lado del escritorio. Karpov cruzó la alfombra y se sentó sin decir nada, esperando pacientemente a que comenzara la entrevista.

Durante un rato, Imov lo miró con sus ojos gris pizarra, que eran estrechos y ligeramente alargados. Quizá tuviera ascendencia mongola. En cualquier caso, era un guerrero que había luchado para llegar a la presidencia y luego había seguido luchando con más fuerza, para permanecer en ella frente a varios feroces oponentes.

No era un hombre corpulento, pero eso no le impedía ser impresionante. Su personalidad podía llenar una sala de baile cuando le convenía. Por lo demás, se contentaba con dejar que la estatura de su cargo cumpliera esa función.

—Coronel Karpov, me sorprende mucho que haya venido a verme —Imov sujetaba la pluma como si fuera una daga—. Usted pertenece a Viktor Cherkesov, un silovik que ha desafiado abiertamente a Nikolai Patrushev, su rival en el FSB, y por lo tanto a mí. —Giró la pluma hábilmente—. Cuénteme, ¿hay alguna razón por la que deba escuchar lo que tenga que decirme, si tenemos en cuenta que lo ha enviado su jefe para no venir él en persona?

—No he venido por orden de Viktor Cherkesov. En realidad, ni siquiera sabe que estoy aquí, y preferiría que siguiera siendo así. —Karpov puso sobre el escritorio el teléfono móvil que contenía las pruebas que incriminaban a Bukin y retiró la mano—. Y yo no pertenezco a ningún hombre, ni siquiera a Cherkesov.

Imov no apartó la mirada del rostro del coronel.

—Desde luego. Dado que Cherkesov lo captó a usted cuando trabajaba para Nikolai, he de decir que son buenas noticias. —Golpeó el escritorio con la punta de la pluma—. Pero es inevitable que me tome esa afirmación con cierta cautela.

Karpov asintió con la cabeza.

—Es comprensible.

Cuando miró el teléfono móvil, Imov lo miró también.

—¿Y qué tenemos aquí, Boris Illyich?

—Parte del FSB-2 está corrupta —anunció Karpov lenta y claramente—. La organización ha de limpiarse, cuanto antes mejor.

Imov no hizo nada por el momento; luego dejó a un lado la pluma, cogió el teléfono móvil y lo encendió. Durante un rato no se oyó el menor ruido en el estudio, ni siquiera, según advirtió Karpov, los pasos amortiguados del personal de administración y apoyo que debía de infestar el lugar. Lo más probable era que el estudio estuviese insonorizado, y que fuese a prueba de micrófonos electrónicos.

Cuando el presidente terminó, cogió el móvil con fuerza, como había hecho con la pluma estilográfica, como si fuera un arma.

—¿Y quién, Boris Illyich, imagina usted que podría purgar el FSB-2 de toda esta corrupción?

—Quien usted designe.

Ante esta respuesta, el mandatario echó la cabeza atrás y lanzó una carcajada. Luego, enjugándose los ojos, miró en un cajón, abrió un humidificador de plata y sacó dos puros habanos. Le dio uno a Karpov y mordió la punta del otro, que encendió con un mechero de oro que le había regalado el presidente de Irán. Como viera que el coronel sacaba una caja de cerillas, Imov volvió a reír y empujó el mechero de oro hacia él, por la superficie del escritorio.

El mechero le pareció extraordinariamente pesado al coronel Boris Karpov. Lo encendió y aspiró con voluptuosidad el humo del puro.

—Deberíamos empezar, señor presidente.

Imov lo miró a través de una nube de humo.

—No hay momento como el presente, Boris Illyich. —Giró el sillón y contempló las cúpulas de la Plaza Roja—. Limpie ese maldito lugar… de una vez para siempre.

Cuando pensabas en ello, no dejaba de ser irónico, se dijo Soraya. A pesar de tener múltiples ojos —no recordaba cuántos, ni por todo el oro del mundo—, los escorpiones no ven bien y dependen de unos diminutos cilios que tienen en las patas para percibir movimiento y vibración. En aquel momento eso significaba el ritmo ascendente y descendente de su pecho.

Anónimo observaba el escorpión con una mezcla de impaciencia y desdén mientras permanecía allí, sentado e inmóvil. Estaba claro que el arácnido no sabía dónde estaba ni qué quería hacer. El hombre levantó entonces el bolígrafo y empezó a darle al escorpión en la cabeza. El repentino ataque sorprendió al animal y lo puso furioso. Agitó la cola y atacó. Soraya lanzó una exclamación. Anónimo utilizó el bolígrafo para empujar a la criatura hacia su jaula. Cerró la puertecita y echó el cerrojo.

—Bien —dijo Anónimo—, o esperamos a que el veneno haga efecto o nos cuentas dónde está Arkadin.

—Aunque lo supiera —respondió ella—, no te lo diría.

El hombre arrugó la frente.

—¿No vas a cambiar de idea?

—Vete a a mierda.

Anónimo asintió con la cabeza, como si hubiera previsto la tozudez de Soraya.

—Será instructivo ver cuánto tiempo duras cuando el escorpión te haya picado ocho o nueve veces.

Con un lánguido movimiento de la mano, hizo una seña al de la jaula, que descorrió el pestillo. Estaba a punto de abrir la pequeña puerta cuando se oyó una detonación ensordecedora y el hombre saltó hacia atrás, convertido en un amasijo de sangre y huesos. Soraya volvió la cabeza y lo vio caído en el suelo; la parte superior de la cabeza le había desaparecido. Sonaron más disparos y vio que los demás hombres habían caído también. Anónimo se aferraba el hombro derecho, que tenía destrozado, y se mordía los labios de dolor. Un par de piernas calzadas con botas polvorientas aparecieron en su campo visual.

—¿Quién…? —Soraya miró hacia arriba, pero entre los primeros síntomas del veneno del escorpión y el sol que le daba en los ojos, no alcanzó a ver nada. El corazón parecía a punto de salírsele del pecho y toda ella tiritaba como si tuviera una fiebre muy alta—. ¿Quién…?

La figura masculina se agachó. Con el dorso de una mano tostada por el sol apartó la jaula del pecho de la mujer. Un momento después, Soraya sintió que se aflojaban las cuerdas que la ataban y sacudió las manos para soltarse del todo. Al mirar arriba con ojos entornados, le pusieron un sombrero vaquero en la cabeza y sus anchas alas la protegieron de la brillante luz del sol.

—Contreras —murmuró la mujer al ver el rostro curtido del pollero.

—Me llamo Antonio. —Le pasó un brazo por debajo de los hombros y la ayudó a sentarse—. Llámeme Antonio.

Soraya se echó a llorar.

Antonio le ofreció su pistola, una interesante herramienta de encargo; era una Taurus Tracker calibre 44 Mágnum, una pistola de cazador, con culata de fusil adosada al mecanismo. Empuñó la Taurus y el hombre la ayudó a ponerse en pie. Estaba mirando a Anónimo, que le devolvía la mirada, enseñando los dientes. Se sentía inestable y trémula, con el cerebro ardiendo. Miró al hombre herido que la miraba. Curvó el dedo alrededor del gatillo. Apuntó con la Tracker y apretó el disparador. Como sacudido por cuerdas invisibles, Anónimo se arqueó una vez y se quedó inmóvil, con el sol naciente reflejado en sus ojos ciegos.

Soraya dejó de llorar.