29
—Son todos chechenos, ¿no es cierto, Boris? —preguntó Hull.
Karpov asintió.
—Y todos, según los archivos, miembros del grupo terrorista de Hasan Arsenov.
—Éste es un golpe para los buenos tipos —se regocijó Hull.
Feyd al-Saoud, temblando a causa del frío y la humedad, dijo:
—Con la cantidad de C4 que hay en esa bomba de relojería, habrían derribado casi toda la subestructura de carga. Arriba, el foro se habría derrumbado por su propio peso, matando a todos los que estuvieran dentro.
—Por suerte para nosotros, hicieron saltar el sensor de movimiento —dijo Hull.
A medida que pasaban los minutos Karpov fruncía el ceño más y más, mientras se repetía la misma pregunta que se había formulado Bourne:
—¿Por qué colocar la bomba con tanta antelación? Según lo veo yo, así teníamos muchas posibilidades de encontrarla antes de que empezara la cumbre.
Feyd al-Saoud se volvió hacia uno de sus hombres.
—¿Hay alguna manera de poner la calefacción aquí abajo? Vamos a estar aquí algún tiempo, y ya estoy helado.
—¡Eso es! —dijo Bourne, volviéndose hacia Jan. Cogió el ordenador portátil, lo encendió y fue pasando los planos hasta que encontró el que quería. Trazó entonces una ruta de vuelta desde donde estaban hacia la sección principal del hotel. Cerrando el ordenador con fuerza, dijo—: ¡Ven! ¡Vamos!
—¿Adónde vamos? —preguntó Jan, mientras avanzaban por el laberinto del nivel inferior.
—Piensa. Vimos una furgoneta de la empresa de energía de Reykiavik entrar en el hotel; la calefacción del hotel se alimenta por un sistema termal que da servicio a toda la ciudad.
—Por eso Spalko envió a esos chechenos al subsistema HVAC ahora —dijo Jan, mientras doblaban una esquina a toda prisa—. Les resultaba imposible colocar la bomba. Estábamos en lo cierto: sólo era una maniobra de distracción pero no para más tarde, sino para esta mañana, cuando está previsto que empiece la cumbre. ¡Va a activar el difusor biológico ahora!
—Exacto —dijo Bourne—. Y no a través del subsistema HVAC. Su objetivo es el sistema principal de calefacción termal. A esta hora de la noche, todos los jefes de Estado están en sus habitaciones, justo donde él va a liberar el virus.
—Viene alguien —dijo una de las mujeres chechenas.
—Matadlos —ordenó el jeque.
—¡Pero si es Hasan Arsenov! —gritó la otra mujer de guardia.
Spalko y Zina intercambiaron una mirada de perplejidad. ¿Qué había salido mal? Habían activado el sensor, había saltado la alarma, y poco después habían oído las satisfactorias ráfagas de las armas automáticas. ¿Cómo había escapado Arsenov?
—He dicho que lo mates —gritó Spalko.
Lo que atormentaba a Arsenov, lo que le había hecho poner pies en polvorosa en cuanto se olió la trampa, salvándose así de la repentina muerte sufrida por sus compatriotas, fue el terror que acechaba en su interior, aquella cosa que llevaba una semana provocándole pesadillas. Se había dicho que era su sentimiento de culpa por haber traicionado a Jalid Murat, la culpa de un héroe que había tomado una difícil decisión por salvar a su gente. Pero lo cierto era que su terror tenía que ver con Zina. No había sido capaz de reconocer que se había percatado de su alejamiento, gradual aunque inexorable, aquel distanciamiento emocional que, entonces lo vio claro, se había vuelto glacial. Llevaba tiempo alejándose de él, aunque hasta hacía unos instantes se había negado a creerlo. Pero entonces la revelación de Ahmed había arrojado la verdad bajo la luz de la conciencia. Zina había vivido detrás de un muro de cristal, manteniendo siempre una parte de ella distante y escondida. Él no había podido tocar aquella parte de ella, y en ese momento se le antojó que cuanto más lo había intentado, más se había alejado ella.
Zina no lo amaba; en ese momento se preguntó si lo había amado alguna vez. Aunque su misión fuera un completo éxito, no tendría una vida en común con ella, ni ningún hijo que compartir. ¡Menuda farsa había sido la última conversación íntima que habían mantenido!
De repente se sintió terriblemente avergonzado. Era un cobarde; él la quería más que a su propia libertad, porque sin ella él no obtendría la libertad. Tras la traición de Zina, la victoria sería una fruta amarga.
Mientras avanzaba con fuertes pisadas por el frío pasillo en dirección a la estación de la calefacción termal, vio a una de las suyas levantar la metralleta como si fuera a dispararle. Tal vez con el traje especial no pudiera ver quién se dirigía hacia ella.
—¡Espera! ¡No dispares! —gritó—. ¡Soy Hasan Arsenov!
Una de las balas de la descarga inicial de la rebelde alcanzó a Arsenov en el brazo izquierdo, quien, sorprendido a medias, giró en redondo y se abalanzó para meterse detrás de la esquina, alejándose de la mortífera rociada de balas que rebotaron por doquier.
En aquel súbito frenesí del presente no quedaba tiempo para preguntas ni especulaciones. Arsenov oyó nuevos disparos, aunque no en su dirección. Atisbando por la esquina, vio que las dos mujeres le habían dado la espada y que, agachadas, disparaban contra dos figuras que avanzaban por el corredor.
Arsenov se levantó y, aprovechándose de la distracción, se dirigió a la entrada de la estación de la calefacción termal.
Spalko oyó los disparos y dijo:
—Zina, no puede tratarse sólo de Arsenov.
Zina giró en redondo su metralleta y le hizo un gesto con la cabeza al hombre que montaba guardia, quien le respondió con otro gesto.
Detrás de ellos, Spalko se dirigió a la pared de las cañerías de la calefacción. Cada una tenía una válvula y, a su lado, un indicador de presión. Encontró la cañería correspondiente al ala de los jefes de Estado, y empezó a desenroscar la válvula.
Hasan Arsenov sabía que había sido enviado a morir con los demás a la subestación HVAC. «¡Es una trampa! ¡Alguien ha cruzado los cables!», había aullado Karim poco antes de morir. Spalko había cruzado los cables; no sólo había necesitado una maniobra de distracción, como les había dicho, sino unos chivos expiatorios, unos blancos con la suficiente importancia como para que sus muertes mantuvieran ocupadas a las fuerzas de seguridad el tiempo suficiente para que Spalko pudiera alcanzar el objetivo real y liberar el virus. Spalko lo había engañado y, de eso estaba ya bastante seguro, Zina había sido su cómplice.
Con qué rapidez se volvía amargo el amor, que no tardaba en transformarse en odio más de lo que dura el latido de un corazón. En ese momento se habían vuelto contra él, todos sus compatriotas, los hombres y mujeres a cuyo lado había combatido, con los que había reído y llorado, con quienes había rezado a Alá, aquellos que tenían los mismos objetivos que él. ¡Chechenos! Todos corrompidos por el poder y el ponzoñoso encanto de Stepan Spalko.
Al final Jalid Murat había tenido razón en todo. No había confiado en Spalko; él no le habría seguido en aquella locura. En una ocasión Arsenov le había tildado de ser viejo, de ser demasiado prudente, de no comprender el nuevo mundo que se abría ante ellos. En ese momento supo lo que Jalid Murat seguramente había sabido: que aquel nuevo mundo no era más que una ilusión interesada creada por el hombre que se hacía llamar el Jeque. Arsenov había creído en aquella quimera porque había querido creerla. Spalko se había aprovechado de aquella debilidad. Pero aquello se había acabado, juró Arsenov. ¡Del todo! Si iba a morir ese día, sería bajo sus condiciones, no como una oveja que se dirigiera a la matanza pergeñada por Spalko.
Se apretó contra el borde de la entrada, respiró hondo y, cuando soltó el aire, pasó al otro lado de la entrada abierta dando una voltereta. La lluvia de balas subsiguiente le informó de todo lo que necesitaba saber. Rodando, sin apartarse del suelo de hormigón, traspasó la entrada retorciéndose sobre el vientre. Vio al centinela con la metralleta apuntada a la altura de la cintura, y le disparó cuatro veces en el pecho.
Cuando Bourne vio a las dos terroristas embutidas en los trajes especiales detrás de una columna de hormigón, disparando sus metralletas con ráfagas alternas, se le heló la sangre en las venas. Jan y él se pusieron a cubierto detrás de una esquina y repelieron el fuego.
—Spalko está en aquella habitación con el arma biológica —dijo Bourne—. Tenemos que entrar allí ahora mismo.
—No, a menos que esas dos se queden sin munición. —Jan estaba mirando por detrás de ellos—. ¿Recuerdas los planos? ¿Te acuerdas de lo que hay en el techo?
Bourne, sin dejar de disparar, asintió con la cabeza.
—Hay un panel de acceso unos seis metros más atrás. Necesito que alguien me dé impulso.
Bourne disparó una ráfaga más antes de retirarse con Jan.
—¿Podrás ver algo ahí arriba? —preguntó Bourne.
Jan asintió con la cabeza, señalando su milagrosa cazadora.
—Entre otras cosas, tengo una linterna de bolsillo en la manga.
Colocándose la metralleta debajo del brazo, Bourne entrelazó los dedos para que Jan pudiera poner el pie en sus palmas. El peso hizo que tuviera la sensación de que se le iban a romper todos los huesos; los tensos músculos de los hombros parecieron arderle.
Entonces, Jan retiró el panel y se dio impulso para terminar de colarse por la trampilla de acceso.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Bourne.
—Quince segundos —respondió Jan, desapareciendo de la vista.
Bourne regresó. Contó hasta diez y dobló la esquina escupiendo balas con la metralleta. Pero se detuvo casi de inmediato. Sintió que el corazón le golpeaba dolorosamente contra las costillas. Las dos chechenas se habían quitado sus trajes especiales. Habían salido de detrás de la columna, y en ese momento estaban paradas enfrente de él. Vio que eran mujeres, y que alrededor de sus cinturas llevaban una serie de paquetes conectados llenos de explosivo C4.
—¡Joder! —exclamó Bourne—. ¡Jan! ¡Llevan cinturones explosivos!
En ese momento se sumieron en la más absoluta oscuridad. Jan había cortado los cables en el conducto de la luz que discurría por arriba.
Arsenov ya estaba de pie, y salió catapultado hacia adelante al instante de haber disparado. Entró corriendo en la estación y sujetó al centinela antes de que cayera. Había otras dos figuras en la habitación: Spalko y Zina. Utilizando al checheno muerto como escudo, disparó hacia el blanco con una metralleta en cada mano. ¡Zina! Pero ella había apretado los gatillos, y aun cuando se tambaleó hacia atrás, alcanzada por los proyectiles, la furia concentrada del fuego automático atravesó de parte a parte el cuerpo del centinela.
Los ojos de Arsenov se abrieron como platos cuando sintió el punzante dolor en el pecho y luego una especie de extraño aturdimiento. Las luces parpadearon, y se encontró tumbado en el suelo, respirando ruidosamente con los pulmones llenos de sangre. Como si estuviera en un sueño oyó gritar a Zina, y se echó a llorar por todos los sueños que había tenido, por un futuro que nunca llegaría. Con un suspiro, su vida lo abandonó de la misma manera en que lo encontró, con penuria, brutalidad y dolor.
Un silencio terrible y sepulcral se apoderó del corredor. El tiempo parecía haberse detenido. Bourne, con su arma apuntada a la oscuridad, oyó la respiración suave y agitada de las bombas humanas. Percibió su miedo tanto como su determinación. Si notaban que daba un paso hacia ellas, si llegaban a enterarse de que Jan avanzaba por el conducto de la luz, con toda seguridad harían detonar los explosivos que llevaban sujetos alrededor de sus cinturas.
Entonces, y gracias a que Bourne estaba atento, oyó los dos golpecitos apenas perceptibles encima de su cabeza, el ruido, rápidamente sofocado, de Jan al moverse por el conducto de la luz. Sabía que había un panel de acceso más o menos donde estaba la entrada a la estación de la calefacción, y tenía una idea aproximada de lo que Jan iba a intentar. Exigiría tener unos nervios de acero y una mano muy firme por parte de ambos. El fusil semiautomático AR-15 que llevaba tenía un cañón corto, pero compensaba cualquier ligera imprecisión con su impresionante potencia de fuego. El arma utilizaba munición del calibre 223, que salía con una velocidad inicial de 730 metros por segundo. Se acercó con sigilo, y entonces, al percibir un ligero movimiento en la oscuridad por delante de él, se quedó inmóvil. Tenía el corazón en la garganta. ¿Había oído algo, un siseo, un susurro, unos pasos? En ese momento el silencio era absoluto. Contuvo la respiración y se concentró en inclinar el cañón del AR-15.
¿Dónde estaba Spalko? ¿Había descargado ya el arma biológica? ¿Se quedaría a terminar su misión o la interrumpiría y echaría a correr? Sabiendo que no tenía respuestas, dejó a un lado aquellas aterradoras preguntas. «Concéntrate —se amonestó—. Ahora relájate, respira hondo y de manera regular mientras adquieres el ritmo alfa, mientras te haces uno con el arma».
Entonces lo vio. El destello de la linterna de bolsillo de Jan, el haz que iluminó la cara de una de las mujeres, cegándola. No había tiempo para consideraciones ni preguntas. Su dedo se había encogido sobre el gatillo, y entonces el instinto fluyó de manera natural y entró en acción al instante. El fogonazo de la boca del arma iluminó el pasillo, y vio desintegrarse la cabeza de la mujer en un amasijo de sangre, huesos y sesos.
Estaba de pie, corriendo hacia delante, buscando a la otra mujer. Las luces se encendieron entonces con un parpadeo, y vio a la segunda bomba humana tumbada al lado de la otra, con el cuello rebanado. Un instante después, Jan se dejó caer de la trampilla de acceso abierta, y juntos entraron en la estación de la calefacción.
Momentos antes, en la oscuridad que olía a cordita, sangre y muerte, Spalko se había dejado caer de rodillas, buscando a Zina a ciegas. La oscuridad lo había derrotado. Sin luz, no podía realizar la delicada conexión entre la boca del NX 20 y la válvula del interior del sistema de calefacción termal.
Con el brazo extendido, fue palpando el suelo. No le había prestado atención a Zina, así que no estaba seguro de su posición, y en cualquier caso ella se había movido cuando Arsenov irrumpió por la entrada. Había sido inteligente por su parte utilizar un escudo humano, aunque Zina era aún más inteligente, y lo había matado. Pero ella seguía viva. La había oído gritar.
Se detuvo y esperó, sabiendo que las bombas humanas que había preparado lo protegerían de quienquiera que estuviera allí fuera. ¿Era Bourne? ¿Sería Jan? Le avergonzaba darse cuenta de que tenía miedo de la presencia desconocida del pasillo. Fuera quien fuese, no se había dejado engañar por la maniobra de diversión y había seguido el razonamiento de Spalko en lo concerniente a la vulnerabilidad del sistema de calefacción termal. Sintió un pánico creciente, aliviado momentáneamente cuando oyó el jadeo irregular de la respiración de Zina. Gateó rápidamente por encima de un pegajoso charco de sangre hasta donde ella yacía.
Zina tenía el pelo mojado y greñudo cuando la besó en la mejilla.
—Mi hermosa Zina —le susurró al oído—. Mi poderosa Zina.
Spalko sintió el espasmo que la sacudió, y se le encogió el corazón de miedo.
—Zina, no te mueras. No te puedes morir. —Notó entonces la salada humedad que le corría por la mejilla, y supo que Zina estaba llorando. El pecho le subía y le bajaba entre sordos sollozos.
—Zina. —Le besó las lágrimas—. Tienes que ser fuerte, ahora más que nunca.
La abrazó con ternura, y sintió que los brazos de Zina le rodeaban lentamente.
—Éste es el momento de nuestra gran victoria. —Spalko se apartó y apretó el NX 20 entre los brazos de Zina—. Sí, sí, te escogí para que dispararas el arma, para que llevaras nuestro futuro a buen término.
Ella era incapaz de hablar. Todo lo que pudo hacer fue seguir respirando entrecortadamente. Spalko maldijo la oscuridad una vez más, porque no podía verle los ojos, no podía estar seguro de tenerla. Sin embargo, tenía que aprovechar la oportunidad. Le cogió las manos y le colocó la izquierda sobre el cañón del difusor biológico, y la derecha en el seguro de la culata. Luego le situó el índice en el gatillo principal.
—Todo lo que tienes que hacer es apretar —le susurró al oído—. Pero todavía no, todavía no. Necesito tiempo.
Sí, necesitaba tiempo para escapar. Estaba atrapado en la oscuridad, la única contingencia para la que no se había preparado. Y ni siquiera podía llevarse el NX 20 con él. Tenía que correr, y hacerlo deprisa. Pero Schiffer le había dejado claro que, una vez cargada, el arma no estaba diseñada para ser manipulada. La carga y su envase eran demasiado frágiles.
—Zina, ¿verdad que lo harás? —La besó en la mejilla—. Tienes suficiente fuerza dentro de ti, sé que la tienes. —Zina intentaba decir algo, pero él le puso la mano en la boca, temeroso de que sus desconocidos perseguidores oyeran su voz ahogada desde el exterior—. Estaré cerca, Zina. Recuérdalo.
Entonces, con tanta lentitud y cuidado que los menguados sentidos de Zina no lo percibieron, Spalko se apartó deslizándose. Al darle la espalda por fin, se tropezó con el cadáver de Arsenov y su desgarrado traje especial. Durante un instante sintió renacer su recién descubierto terror, al imaginarse allí atrapado cuando Zina apretara el gatillo y el virus se soltara, infectándolo. En su imaginación floreció en todos sus vividos y truculentos pormenores la ciudad de la muerte que había creado en Nairobi.
De inmediato recuperó la serenidad y se quitó el embarazoso traje completamente. Silencioso como un gato, se dirigió a la entrada y salió al corredor. Las bombas humanas se dieron cuenta inmediatamente de su presencia y se apartaron ligeramente, en tensión.
—La Illaha ill Allah —susurró él.
—La Illaha ill Allah —le respondieron en un susurro.
Luego, se escabulló en la oscuridad.
Los dos lo vieron de inmediato: la roma y fea boca del difusor biológico del doctor Felix Schiffer apuntado hacia ellos. Bourne y Jan se quedaron paralizados.
—Spalko se ha ido. Ahí está su traje especial —dijo Bourne—. Esta estación tiene sólo una entrada. —Se acordó del movimiento que había percibido, del susurro, del ruido de pasos furtivos que creyó haber oído—. Debe de haberse escabullido en la oscuridad.
—A éste lo conozco —dijo Jan—. Es Hasan Arsenov, pero a esa otra, a la mujer que sujeta el arma, no.
La terrorista yacía medio recostada sobre el cadáver de otro terrorista. Cómo había logrado arrastrarse hasta adoptar esa postura, fue algo que se le escapó a ambos. Estaba herida de gravedad, tal vez de muerte, aunque desde aquella distancia era imposible decirlo con seguridad. Los estaba mirando desde un mundo lleno de dolor y, Bourne estaba bastante seguro, otra cosa que trascendía el mero dolor físico.
Jan había cogido el Kaláshnikov de una de las bombas humanas y en ese momento apuntaba con él a la mujer.
—No tienes escapatoria —dijo Jan.
Bourne, que sólo había estado observando los ojos de la mujer, dio un paso adelante y le bajó el Kaláshnikov.
—Siempre hay una salida —dijo.
Luego, se puso en cuclillas para quedarse al nivel de la mujer. Sin apartar la mirada de ella, dijo:
—¿Puedes hablar? ¿Puedes decirme cómo te llamas?
Durante un rato no hubo más que silencio, y Bourne tuvo que obligarse a seguir mirándola a la cara y no al dedo que tenía encogido y tenso sobre el gatillo.
Por último, Zina abrió los labios, que le empezaron a temblar. Los dientes le castañetearon, y una lágrima, resbalándole del ojo, rodó por su mejilla manchada.
—¿Qué más te da cómo se llame? —La voz de Jan rezumaba desprecio—. No es humana; se ha convertido en una máquina de destrucción.
—Hay quien podría decir lo mismo de ti, Jan.
La voz de Bourne fue tan dulce que resultó evidente que lo que había dicho no era un reproche, tan sólo una verdad que quizá no se le había ocurrido a su hijo.
Volvió a centrar la atención en la terrorista.
—Es importante que me digas tu nombre, ¿verdad?
Ella abrió los labios y, con un gran esfuerzo y una voz que fue tanto un estertor como un grito ahogado, dijo:
—Zina.
—Bien, Zina, hemos llegado al final —dijo Bourne—. Ya no queda nada, excepto la muerte y la vida. Y por el cariz que han tomado las cosas, se diría que ya has escogido la muerte. Si aprietas ese gatillo, irás al cielo y te convertirás en una hurí cubierta de gloria. Pero no estoy seguro de que eso vaya a ocurrir. ¿Qué dejarás detrás? Unos compatriotas muertos, uno de los cuales te ha disparado. Y luego está Stepan Spalko. Me pregunto adónde habrá ido. No importa. Lo que importa es que, en este momento crucial, te ha abandonado.
»Te ha abandonado mientras agonizas, Zina, y ha salido pitando. Bueno, si aprietas ese gatillo, supongo que tienes que preguntarte si alcanzarás la gloria, o si Munkar y Nakir, los ángeles inquisidores, no te encontrarán adecuada y te arrojarán al infierno. Si tenemos en cuenta tu vida, Zina, cuando ellos te pregunten: “¿Quién es tu creador? ¿Quién es tu profeta?”, ¿podrás responderles? Recuerda que sólo pueden hacerlo los rectos, Zina. Lo sabes.
En ese momento Zina lloraba sin disimulo, pero la respiración le agitaba el pecho de una manera extraña, y Bourne tuvo miedo de que un espasmo repentino le hiciera apretar el gatillo en un movimiento reflejo. Si iba a alargar la mano hacia ella, tenía que hacerlo ya.
—Si aprietas ese gatillo, si escoges la muerte, no podrás responderles. Tú lo sabes. Tus allegados te han abandonado y traicionado, Zina. Y, por tu parte, tú los has traicionado. Pero no es demasiado tarde. Todavía puedes salvarte. Siempre hay una salida.
En ese momento Jan se dio cuenta de que Bourne se dirigía tanto a él como a Zina; experimentó una sensación muy parecida a una descarga eléctrica. Aquella sensación le sacudió el cuerpo, hasta que estalló tanto en sus extremidades como en su cerebro. Se sintió desnudo, por fin descubierto, y se sintió aterrorizado ni más ni menos que de sí mismo, de su auténtico y verdadero yo, de aquel a quien había enterrado hacia tantos años en la jungla del Sureste Asiático. Había pasado tanto tiempo que no podía recordar exactamente dónde ni cuándo lo había hecho. A decir verdad era un extraño para sí. Odió a su padre por conducirlo hasta aquella verdad, pero ya no podía negar que, por eso mismo, también lo quería.
Jan se arrodilló entonces al lado del hombre que sabía que era su padre, y dejando el Kaláshnikov donde Zina pudiera verlo, alargó la mano hacia ella.
—Él tiene razón —dijo Jan con una voz totalmente diferente a la que utilizaba normalmente—. Siempre hay una manera de compensar los pecados del pasado, los asesinatos que hayas cometido, las traiciones a aquellos a quienes has amado sin que, tal vez, lo hayas sabido siquiera.
Se adelantó poco a poco hasta que su mano se cerró sobre las de Zina. Y lentamente, con mucho cuidado, consiguió arrancarle el dedo del gatillo. Zina soltó el arma y le permitió que se la quitara de su inútil abrazo.
—Gracias, Zina —dijo Bourne—. Jan se ocupará de ti ahora.
Se levantó, y dándole un rápido apretón en el hombro a su hijo, se dio la vuelta y salió rápidamente y en silencio al pasillo tras los pasos de Spalko.