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—Por su aspecto, ha debido de tener algún accidente —dijo Jack Kerry.

—La verdad es que no, sólo un pinchazo —contestó Bourne con tranquilidad—. Pero no tenía rueda de recambio, y luego tropecé con algo… con la raíz de un árbol, creo. Y me caí al arroyo. —Hizo un gesto despectivo—. No soy lo que se dice habilidoso.

—Bienvenido a bordo —dijo Kerry. Era un hombre grande y huesudo, con doble papada y demasiada grasa alrededor de su cintura. Había recogido a Bourne un kilómetro y medio antes—. Una vez mi mujer me pidió que pusiera el lavavajillas, y lo llené de detergente para la lavadora. ¡Dios, tenía que haber visto el lío que monté! —Se rió con afabilidad.

La noche estaba como boca de lobo, sin luna ni estrellas. Había empezado a caer una ligera llovizna, y Kerry puso en funcionamiento los limpiaparabrisas. Bourne tuvo un pequeño escalofrío metido en sus ropas mojadas. Sabía que tenía que concentrarse, pero cada vez que cerraba los ojos veía imágenes de Alex y Mo. Veía el reguero de sangre, los trozos de cráneo y cerebro. Sus dedos se contrajeron, y cerró los puños con fuerza.

—Bueno, ¿y a qué se dedica, señor Little?

Bourne había dado el nombre de Dan Little cuando Kerry se había presentado. Según parecía, Kerry era un caballero chapado a la antigua que daba mucho valor a los convencionalismos.

—Soy contable.

—Yo diseño depósitos para basura nuclear. Viajo mucho y a todas partes, sí señor. —Kerry lo miró de reojo, y en sus gafas giró una luz—. ¡Diablos! No tiene pinta de contable, si no le importa que se lo diga.

Bourne se obligó a reír.

—Todo el mundo dice eso. Jugué al fútbol en la universidad.

—Bueno, al menos no se ha abandonado, como tantos ex atletas —observó Kerry. Se dio unas palmaditas en su voluminoso abdomen—. No como yo. Salvo que nunca fui un atleta. En una ocasión lo intenté. Nunca sabía en qué dirección tenía que correr. El entrenador no paraba de gritarme. Y menudos placajes me hacían. —Meneó la cabeza—. Fue suficiente para mí. Soy un pacifista, no un combatiente. —Volvió a mirar a Bourne—. ¿Tiene familia, señor Little?

Bourne dudó durante un instante.

—Mujer y dos hijos.

—Es feliz, ¿verdad?

Una larga y estrecha hilera de árboles negros pasaron a toda prisa, y un poste telefónico inclinado en la dirección del viento, y una cabaña abandonada, cubierta de una enredadera espinosa, restituida a la naturaleza.

—Muy feliz.

Kerry hizo girar el volante con brusquedad para tomar una curva muy abierta. Una cosa sí se podía decir de él: era un excelente conductor.

—Yo estoy divorciado. Fue un asunto muy feo. Mi esposa me abandonó y se llevó a mi hijo de tres años. Eso fue hace diez. —Arrugó la frente—. ¿O hace once? Bueno, el caso es que desde entonces no he vuelto a verlos ni he tenido noticias de ellos, ni de ella ni del niño.

Bourne abrió los ojos de golpe.

—¿No ha estado en contacto con su hijo?

—No es que no lo haya intentado. —Había un dejo quejumbroso en su voz cuando se puso a la defensiva—. Durante un tiempo lo llamaba todas las semanas, y le mandaba cartas y dinero, ya sabe, para que se comprara lo que quisiera, una bicicleta y cosas así. Nunca recibí la menor contestación.

—¿Y por qué no fue a verlo?

Kerry se encogió de hombros.

—Porque al final pillé el mensaje: él no quería verme.

—Ése era el mensaje de su esposa —dijo Bourne—. Su hijo es sólo un niño. No sabe lo que quiere. ¿Cómo iba a saberlo? Apenas lo conoce.

Kerry soltó un gruñido.

—Para usted es fácil decir eso, señor Little. Tiene un hogar acogedor y una familia feliz cuando vuelve a casa todas las noches.

—Si lo digo es porque sé lo maravillosos que son mis hijos —dijo Bourne—. Si se tratara de mi hijo, lucharía con uñas y dientes para conocerlo y hacerlo volver a mi vida.

Habían llegado ya a una zona más poblada, y Bourne vio un motel y una hilera de tiendas cerradas. Alcanzó a ver a lo lejos un destello rojo, y luego otro. Había un control de carretera más adelante, y, por su aspecto, de envergadura. Contó ocho coches en total, en dos filas de cuatro, colocados en un ángulo de cuarenta y cinco grados con la carretera a fin de procurar a sus ocupantes la mayor protección posible, al tiempo que permitía que los coches cerraran filas si era necesario. Bourne sabía que no se podía permitir acercarse al control de carretera, al menos no tan a la vista. Tendría que encontrar alguna otra manera de pasarlo.

El anuncio de neón de un pequeño supermercado que no cerraba en toda la noche surgió de pronto de la oscuridad.

—Creo que me quedaré aquí.

—¿Está seguro, señor Little? Esto sigue siendo un lugar solitario.

—No se preocupe por mí. Haré que mi esposa venga a recogerme. No vivimos lejos de aquí.

—Entonces debería llevarlo hasta su casa.

—Estaré bien aquí. De verdad.

Kerry se acercó a la acera y disminuyó la velocidad para detenerse poco más allá del supermercado. Bourne se apeó.

—Gracias por el paseo.

—De nada. —Kerry sonrió—. Y, señor Little, gracias por el consejo. Pensaré en lo que ha dicho.

Bourne lo observó alejarse, se dio la vuelta y se dirigió al supermercado. El brillo tremendo de los fluorescentes le ardió en los ojos. El dependiente, un joven con la cara llena de granos, el pelo largo y unos ojos inyectados en sangre, estaba fumando un cigarrillo y leyendo un libro en rústica. Levantó fugazmente la vista cuando entró, hizo un gesto displicente con la cabeza y volvió a su lectura. En algún lugar había una radio encendida. Alguien estaba cantando «Yesterday’s Gone» con voz melancólica y de hastío existencial. La cantante bien podía estar cantándosela a Bourne.

Un vistazo a los estantes le recordó que no había comido desde la hora del almuerzo. Cogió una tarrina de plástico de mantequilla de cacahuetes, una caja de galletas saladas, un poco de cecina de vaca, zumo de naranja y agua. Necesitaba proteínas y vitaminas. También se compró una camiseta, una camisa a rayas de manga larga, espuma y una maquinilla de afeitar y otros artículos que, dada su larga experiencia, sabía que iba a necesitar.

Bourne se acercó al mostrador, y el dependiente dejó el libro que había estado leyendo, después de doblar la esquina de una de las páginas. Dhalgren, de Samuel R. Delany. Bourne recordaba haberlo leído poco después de volver de Vietnam, un libro tan alucinatorio como la guerra. Algunos fragmentos de su vida volvieron a toda velocidad: la sangre, la muerte, la ira y la matanza insensata, todo para emborronar el dolor insoportable e interminable de lo que había sucedido en el río, justo en el exterior de su casa de Phnom Penh. «Tiene un hogar acogedor y una familia feliz cuando vuelve a casa todas las noches», había dicho Kerry. ¡Si hubiera sabido la verdad!

—¿Algo más? —preguntó el joven granujiento.

Bourne parpadeó, volviendo al presente.

—¿Tiene cargadores para móviles?

—Lo siento, colega, se han acabado todos.

Bourne pagó la compra en metálico, tomó posesión de la bolsa de papel marrón y se marchó. Diez minutos más tarde caminaba por los jardines del motel. Había unos pocos coches. En uno de los extremos del motel había aparcado un camión con remolque, un camión frigorífico con lo que parecía un compresor achaparrado en su parte superior. Dentro de la oficina, un hombre larguirucho con la cara gris de un empleado de pompas fúnebres salió arrastrando los pies de detrás de una mesa situada en la parte posterior, donde había estado viendo un antiguo televisor portátil en blanco y negro. Bourne se registró con otro nombre falso y pagó la habitación en metálico. Le quedaban exactamente 77 dólares.

—Vaya una nochecita rara —dijo con aspereza el larguirucho.

—¿Y eso?

Los ojos del larguirucho se iluminaron.

—¡No me diga que no ha oído lo de los asesinatos!

Bourne negó con la cabeza.

—Ni a treinta kilómetros de aquí. —El larguirucho echó el cuerpo por encima del mostrador. Su aliento tenía un olor desagradable a café y bilis—. Dos hombres, gente del Gobierno. Nadie dice nada más sobre ellos, y yo sé lo que eso significa por aquí: supersecreto. Garganta Profunda, intriga y misterio. ¿Quién diablos sabe lo que estarían tramando? Ponga la CNN cuando llegue a su habitación, tenemos televisión por cable y todo. —Le entregó la llave a Bourne—. Le he dado una habitación en el extremo opuesto de la de Guy… Es el camionero, puede que haya visto su camión con remolque al entrar. Guy hace la ruta regular de Florida a Washington; se levantará a las cinco, y no queremos molestarlo, ¿verdad que no?

Era una habitación vieja y desgastada, pintada de un marrón apagado. Ni siquiera un limpiador industrial podría eliminar aquella peste a decadencia. Bourne encendió el televisor, cambiando de canales. Sacó la mantequilla de cacahuete y las galletas y empezó a comer.

—No hay ninguna duda de que esta audaz y visionaria iniciativa del presidente tiene la oportunidad de tender puentes hacia un futuro más pacífico —decía la locutora del noticiario de la CNN. Detrás de ella, un gran titular rojo chillón que atravesaba la parte superior de la pantalla proclamaba: la cumbre antiterrorista, con la misma sutileza que un tabloide londinense—. La cumbre acoge, además, al presidente de Rusia y a los dirigentes de los principales países árabes. A lo largo de la semana que viene, conectaremos con Wolf Blitzer por lo que se refiere al presidente, y con Christiane Amanpour, en lo relativo al presidente ruso y los dirigentes árabes, para recabar sus comentarios en profundidad. Por supuesto, la cumbre cuenta con todos los ingredientes para convertirse en la noticia del año. Ahora, para que nos informe de la última hora desde Reykiavik, en Islandia…

La escena cambió a la fachada del hotel Oskjuhlid, donde cinco días más tarde tendría lugar la cumbre antiterrorista. Un periodista excesivamente serio de la CNN empezaba una entrevista con el jefe de la seguridad estadounidense, Jamie Hull. Bourne se quedó mirando fijamente la cara de mandíbulas cuadradas, el pelo cortado al rape, el bigote pelirrojo y los fríos ojos azules de Hull, y una alarma sonó en su cabeza. Hull era la Agencia, un gerifalte del Centro Antiterrorista. Él y Conklin habían hecho chocar sus cabezas más de una vez. Hull era un animal político inteligente; tenía la nariz puesta en el culo de todos los que importaban. Pero se ceñía al manual cuando las situaciones aconsejaban que adoptara un enfoque más flexible. A Conklin le debía de haber dado un ataque cuando lo nombraron jefe de seguridad de la delegación estadounidense en la cumbre.

Mientras Bourne se planteaba todo eso, una noticia de última hora se adueñó de los titulares que cruzaban lentamente la pantalla. Hacía referencia a las muertes de Alexander Conklin y el doctor Morris Panov, ambos, según el titular, altos funcionarios de la Administración. La escena cambió sin previo aviso, y apareció un titular que rezaba avance informativo, seguido de otro, los asesinatos de Manassas, que aparecía sobreimpreso por encima de una foto oficial de David Webb que ocupaba casi toda la pantalla. La locutora empezó a informar de las últimas novedades sobre los brutales asesinatos de Alex Conklin y el doctor Morris Panov.

—Ambos recibieron un disparo en la cabeza —dijo la locutora con el macabro placer de los de su calaña—, lo que demuestra que fue obra de un asesino profesional. El principal sospechoso de las autoridades es este hombre, David Webb. Webb puede estar utilizando un alias, Jason Bourne. Según algunos altos cargos de la Administración, Webb, o Bourne, es un paranoico y se le considera un sujeto peligroso. Si ven a este hombre, no se acerquen a él. Llamen al número que aparece en sus pantallas…

Bourne quitó la voz. ¡Joder! La mierda había empezado a salpicar. No era de extrañar que el control de carretera de más adelante pareciera estar tan bien organizado; era de la Agencia, no de la policía local.

Debía ponerse manos a la obra. Mientras se sacudía las migas del regazo, sacó el móvil de Conklin. Era hora de averiguar con quién había estado hablando Alex cuando le dispararon. Pulsó la tecla de marcación automática y escuchó el tono al otro extremo de la línea. Saltó un mensaje pregrabado. No era el número de un particular; era un negocio. Sastrería de Lincoln Fine. La idea de que Conklin estuviera hablando con su sastre cuando lo mataron de un disparo era realmente deprimente. No era forma de morir para un espía consumado.

Accedió a la última llamada entrante, que se había producido la noche anterior. Era del DCI. «Un callejón sin salida», pensó Bourne. Se levantó. Mientras se dirigía hacia el baño, se fue despojando de la ropa. Permaneció debajo del agua caliente de la ducha durante un buen rato, con la mente deliberadamente en blanco mientras se quitaba la suciedad y el sudor de la piel. Era bueno volver a sentirse caliente y aseado; lástima que no tuviera una muda limpia. De repente levantó la cabeza. Se quitó el agua de los ojos, con el corazón latiéndole acelerado y la mente funcionándole de nuevo a tope. La ropa de Conklin estaba confeccionada por la Sastrería del Viejo Mundo, a poca distancia de la calle M; Alex llevaba años acudiendo allí. Incluso cenaba con el propietario, un inmigrante ruso, una o dos veces al año.

En una especie de frenesí Bourne se secó, volvió a coger el teléfono de Conklin y marcó el número de información. Después de conseguir la dirección de la Sastrería de Lincoln Fine en Alexandría, se sentó en la cama con la mirada perdida. Se estaba preguntando a qué otras cosas se dedicaba la Sastrería de Lincoln Fine, aparte de cortar telas y coser dobladillos.

Hasan Arsenov valoraba Budapest en aspectos que Jalid Murat jamás habría podido apreciar. Eso le decía a Zina Hasiyev mientras pasaban el control de Inmigración.

—Pobre Murat —dijo ella—. Un alma valerosa, un valiente luchador por la independencia, pero su forma de pensar era absolutamente decimonónica.

Zina, la leal lugarteniente de Arsenov además de su amante, era una mujer baja y nervuda y tan atlética como el propio Arsenov. Tenía un pelo largo y negro como la noche que se arremolinaba en torno a su cabeza como una corona. Su boca ancha y sus ojos negros y brillantes también contribuían a conferirle aquel aspecto agitanado y montaraz, aunque su mente podía ser tan objetiva y calculadora como la de un abogado, y era intrépida y fría.

Arsenov gruñó de dolor cuando se introdujo en la parte trasera de la limusina que los esperaba. El disparo del asesino había sido perfecto, sólo había afectado al músculo, y la bala había salido por su muslo con la misma limpieza con que había entrado. La herida dolía una barbaridad, pero el dolor merecía la pena, pensó Arsenov mientras se acomodaba al lado de su lugarteniente. No había recaído ninguna sospecha sobre él; ni siquiera Zina tenía idea de que él había sido cómplice del asesinato de Murat. Pero ¿qué otra alternativa le había quedado? Murat estaba cada vez más nervioso con respecto a las consecuencias del plan del jeque. No había compartido la visión de Arsenov, su monumental sentido de la justicia social. Se habría contentado simplemente con quitarle Chechenia a los rusos, mientras el resto del mundo les daba la espalda con desprecio.

Mientras que, cuando el jeque había explicado su audaz y temeraria estratagema, para Arsenov había sido el momento de la revelación. Podía darse cuenta vívidamente de que el futuro del jeque se tendía hacia ellos como una fruta madura. Atrapado por el destello de una iluminación celestial, había mirado a Jalid Murat en busca de confirmación, y en su lugar había visto la amarga verdad. Jalid era incapaz de ver más allá de las fronteras de su patria, incapaz de entender que recuperar la patria era, en cierto sentido, secundario. Arsenov era consciente de que los chechenos necesitaban ganar poder, no sólo para liberarse del yugo de los infieles rusos, sino para hacerse un sitio en el mundo islámico, para ganarse el respeto de las demás naciones musulmanas. Los chechenos eran suníes que habían abrazado las enseñanzas de los místicos sufíes, personificadas por el zikr, el recuerdo de Dios, el ritual común que incluía las oraciones cantadas y el rítmico baile que conseguía un estado como de trance compartido, durante el cual el ojo de Dios se aparecía a los reunidos. El sunismo, que era tan monoteísta como las demás religiones, detestaba, temía y, por lo tanto, vilipendiaba a aquellos que se desviaban aunque fuera ligeramente de su estricta doctrina central. El misticismo, divino o de cualquier otro tipo, era anatema. «Pensamiento decimonónico, en el sentido más literal de la frase», pensó Arsenov con amargura.

Desde el día del asesinato —el momento largamente ansiado en que él se había convertido en el nuevo líder de los combatientes por la libertad chechenos—, Arsenov había vivido en un estado febril, casi alucinatorio. Dormía profundamente, aunque no descansaba, porque su sueño estaba plagado de pesadillas en las que intentaba encontrar algo o a alguien a través de laberintos de escombros, y era derrotado. En consecuencia, se mostraba nervioso y cortante con sus subordinados, y no toleraba ninguna excusa, fuera del tipo que fuera. Sólo Zina era capaz de tranquilizarlo; su alquímico tacto le permitía regresar del extraño limbo al que se había retirado.

La punzada de su herida le hizo volver al presente. Miró fijamente por la ventanilla las viejas calles, observando con una envidia rayana a la desesperación a la gente que acudía a sus negocios sin ningún obstáculo, sin el menor atisbo de miedo. Los odió, a todos y a cada uno de aquellos que en el transcurso de sus vidas libres y tranquilas no se habían preocupado en lo más mínimo por el desesperado combate que él y toda su gente llevaban entablando desde principios del siglo XVIII.

—¿Qué te pasa, amor mío? —La preocupación hizo que Zina arrugara la frente.

—Me duelen las piernas. Me estoy cansando de estar sentado, eso es todo.

—Te conozco. La tragedia del asesinato de Murat no te abandona, a pesar de nuestra venganza. Treinta y cinco soldados rusos se fueron a la tumba en represalia por el asesinato de Jalid Murat.

—No es sólo Murat —dijo Arsenov—. También nuestros hombres. Perdimos a diecisiete hombres a causa de una traición.

—Acabaste con el traidor. Tú mismo le disparaste delante de los lugartenientes.

—Para demostrarles lo que les espera a todos los que traicionen la causa. El juicio fue rápido, y el castigo, implacable. Ése es nuestro destino, Zina. Nuestra gente no tiene suficientes lágrimas para derramar. Míranos. Perdidos y dispersos, escondidos en el Cáucaso, más de ciento cincuenta mil chechenos viviendo como refugiados.

Zina no interrumpió a Hasan mientras éste enumeraba una vez más aquella historia angustiosa, porque aquéllas eran unas informaciones que tenían que repetirse lo más a menudo posible; eran los libros de historia de los chechenos.

Los puños de Arsenov se tomaron blancos, y sus uñas dibujaron unas medias lunas de sangre en la piel de sus palmas.

—¡Ah, quién tuviera un arma más mortífera que un AK-47, más poderosa que un paquete de C4!

—Pronto, pronto, amor mío —canturreó suavemente Zina con su voz grave y musical—. El jeque ha demostrado que es nuestro mejor amigo. Mira si no la cantidad de ayuda que su organización ha proporcionado a nuestra gente sólo el año pasado; mira la cobertura que su personal de prensa nos ha conseguido en las revistas y periódicos internacionales.

—Y sin embargo, el yugo ruso sigue alrededor de nuestros cuellos —gruñó Arsenov—. Y seguimos muriendo a cientos.

—El jeque nos ha prometido un arma que cambiará todo eso.

—Nos ha prometido el mundo. —Arsenov se limpió el polvo de los ojos—. Se acabó el tiempo de las promesas. Veamos ahora la prueba de su alianza.

La limusina que el jeque había enviado para recoger a los chechenos salió de la autopista en el bulevar Kalman krt, el cual los condujo hasta el puente Arpad; el Danubio, surcado por pesadas barcazas y embarcaciones de recreo de vivos colores, resplandeció bajo ellos. Zina miró hacia abajo. A un lado se levantaban los pétreos edificios góticos de capiteles de aguja y cúpulas impresionantes del Parlamento; en el otro estaba la frondosa isla Margarita, en cuyo interior estaba situado el lujoso Gran Hotel Danubius, donde los esperaban unas sábanas blancas recién planchadas y unos gruesos edredones. Zina, dura como una chapa blindada, se deleitaba en sus noches en Budapest como nunca lo había hecho en el lujo de una enorme cama de hotel. En aquel festín de placer no veía ninguna traición a su ascética existencia, sino más bien un breve respiro de las privaciones y la degradación, una recompensa; como una galleta de chocolate belga puesta bajo la lengua para que se derrita allí en secreto en una nube de éxtasis.

La limusina entró lentamente en el aparcamiento del sótano del edificio de Humanistas Ltd. Cuando salieron del coche, Zina cogió el gran paquete rectangular que le entregó el chófer. Unos guardias uniformados cotejaron los pasaportes de la pareja con las fotos del banco de datos de su terminal informática, les entregaron sendas etiquetas de identificación y los escoltaron al interior de un ascensor bastante grandioso de bronce y cristal.

Spalko los recibió en su despacho. Para entonces el sol estaba en lo alto, convirtiendo el río en una sábana de latón fundido. Abrazó a los dos, les preguntó si habían tenido un buen vuelo y un trayecto sin complicaciones desde el aeropuerto de Ferihegy y se interesó por la evolución de la herida de bala de Arsenov. Una vez acabadas las cortesías de rigor, entraron en una habitación aneja forrada de madera de pecán de un ligero color miel, donde se había dispuesto una mesa con un mantel blanco recién planchado y una vajilla reluciente. Spalko había encargado una comida a base de platos occidentales. Filetes, langosta, tres verduras diferentes… Todos ellos platos favoritos de los chechenos. Y ni el menor rastro de patatas. Con frecuencia las patatas eran todo lo que Arsenov y Zina tenían para comer durante días y días. Zina dejó el paquete sobre una silla vacía, y los tres se sentaron a la mesa.

—Jeque —dijo Arsenov—, como siempre estamos abrumados por su generosa hospitalidad.

Spalko hizo una inclinación de cabeza. Le complacía el nombre que se había adjudicado en el mundo de ellos, que significaba «santo», «amigo de Dios». Era un nombre que daba la nota adecuada de veneración y respeto, un augusto pastor para su rebaño.

Se levantó entonces y abrió una botella del potente vodka polaco, que vertió en tres vasos. Levantó el suyo y los otros siguieron su ejemplo.

—Por la memoria de Jalid Murat, un gran líder, un guerrero poderoso, un adversario intrépido —entonó con solemnidad al estilo checheno—. Que Alá le conceda la gloría que se ha ganado con la sangre y el valor. Que los relatos de sus proezas como líder y como hombre se cuenten y se vuelvan a contar entre todos los creyentes.

Se bebieron el fuerte aguardiente de un trago rápido.

Arsenov se levantó y rellenó los vasos. Levantó el suyo, y los otros lo siguieron.

—Por el jeque, el amigo de los chechenos, que nos guiará al lugar que nos corresponde en el nuevo orden mundial.

Se bebieron el vodka.

Zina hizo ademán de levantarse, sin duda con la intención de hacer su propio brindis, pero Arsenov se lo impidió poniéndole una mano en el brazo. Aquel gesto de contención no pasó inadvertido a la atención de Spalko. Lo que más le interesó fue la reacción de Zina; no fue capaz de traspasar la expresión de disimulo de Zina y llegar al núcleo de su furia. Había muchas injusticias en el mundo, bien lo sabía él, a todos los niveles imaginables. Se le antojó extraño y no poco perverso que los seres humanos pudieran indignarse por las injusticias a gran escala, mientras les pasaban inadvertidas las pequeñas iniquidades que se infligían a diario a los individuos. Zina combatía hombro con hombro con los hombres. ¿Por qué, entonces, no habría de tener la oportunidad de elevar su voz en un brindis de su propia cosecha? La ira ardía dentro de ella; aquello le gustó a Spalko, que sabía cómo utilizar la furia de otra persona.

—Amigos míos, compatriotas. —Sus ojos chispeaban de convicción—. Por el encuentro del doloroso pasado, el desesperado presente y el glorioso futuro. ¿Estamos en el umbral del mañana?

Empezaron a comer, hablando de asuntos generales e intrascendentes como si estuvieran en una fiesta más bien informal. Y sin embargo, una atmósfera expectante, de cambio incipiente, se había colado sigilosamente en la habitación. Los tres mantenían la mirada en sus platos o en los del otro, como si estando ya tan cerca de ella, se sintieran reacios a mirar hacia la tormenta en ciernes que se estaba formando sobre ellos. Por fin terminaron de comer.

—Es la hora —dijo el jeque. Arsenov y Zina se levantaron para detenerse delante de él.

Arsenov hizo una reverencia con la cabeza.

—El que muere por amor al mundo material mata a un hipócrita. El que muere por el amor al más allá mata a un asceta. Pero el que muere por amor a la verdad mata a un sufí.

Se volvió a Zina, que abrió el paquete que habían llevado con ellos desde Grozni. Dentro había tres capas. Ella le entregó una a Arsenov, quien se la puso. Ella se puso la suya. Arsenov sostuvo la tercera en sus manos cuando se volvió hacia el jeque.

—La kherqeh es la prenda honorífica del derviche —entonó Arsenov—. Simboliza la naturaleza y los atributos divinos.

—La capa está tejida con la aguja de la devoción y el hilo de la memoria desinteresada de Dios —dijo Zina.

El jeque hizo una reverencia con la cabeza y dijo:

—La Illaha ill Allah. Esto es: «No hay más Dios que Dios, que es Único».

Arsenov y Zina repitieron:

—La Illaha ill Allah.

Entonces, el líder de los rebeldes chechenos cubrió los hombros del jeque con la kherqeh.

—Para la mayoría de los hombres es suficiente haber vivido de acuerdo con la sharia, la ley islámica, entregados a la voluntad divina, para morir en gracia y entrar en el Paraíso —dijo Arsenov—. Pero estamos otros que anhelamos a la divinidad aquí y ahora, y cuyo amor por Dios nos impulsa a buscar el camino de la espiritualidad. Somos los sufíes.

Spalko sintió el peso de la capa de derviche y dijo:

—Oh vos, alma que estás en paz, vuelve a tu Señor con el gozo que tienes en Él y el que Él tiene en ti. Entra a formar parte de mis esclavos. Entra en mi Paraíso.

Arsenov, conmovido por aquella cita del Corán, cogió la mano de Zina, y juntos se arrodillaron delante del jeque. Y en un responsorio a dos voces de tres siglos de antigüedad, recitaron un solemne juramento de obediencia. Spalko sacó un cuchillo y se lo entregó a la pareja. Los dos, por turnos, se hicieron un corte y le ofrecieron su sangre en una copa de pie corto. De esa manera, se convirtieron en murids, en discípulos del jeque, unidos a él tanto de palabra como de hecho.

Entonces, aun siendo doloroso para Arsenov debido a la herida de su muslo, los tres se sentaron en el suelo con las piernas cruzadas mirándose unos a otros y, al estilo de los sufíes Naqshibandi, ejecutaron el zikr, la unión extática con Dios. Colocaron sus manos derechas sobre sus muslos izquierdos, y las manos izquierdas sobre las muñecas derechas. Arsenov empezó a mover la cabeza y el cuello hacia la derecha formando el arco de un semicírculo, y Zina y Spalko lo siguieron en perfecta sincronía con la suave y casi sensual salmodia de Arsenov:

—Protégeme, Señor, del pérfido ojo de la envidia y de los celos, los cuales caigan sobre tus copiosos dones.

Luego, hicieron el mismo movimiento a la izquierda.

—Protégeme, Señor, de caer en las manos de los niños traviesos de la tierra, no fuera a ser que me utilizaran en sus juegos; podrían jugar conmigo y terminar rompiéndome, porque los niños destruyen sus juguetes.

A un lado y a otro, y vuelta a empezar.

—Protégeme, Señor, de todo tipo de daños que provengan de la inclemencia de mis adversarios y de la ignorancia de mis cariñosos amigos.

Las oraciones cantadas y el movimiento se hicieron uno, fundiéndose en un todo extático en presencia de Dios.

Mucho más tarde, Spalko los guio por un pasillo posterior hasta un pequeño ascensor de acero inoxidable, que los condujo hasta el sótano horadado en la misma roca firme sobre la que se asentaba el edificio.

Entraron en una habitación abovedada con un techo muy alto entrecruzado por vigas de acero. El sordo siseo del climatizador era el único sonido que oían. A lo largo de la pared se habían apilado una serie de cajas de embalaje. Hasta ellas los condujo Spalko. Entregó una palanca a Arsenov y se quedó observando con no poca satisfacción mientras el líder terrorista abría con un chasquido la caja más cercana y se quedaba mirando fijamente el brillante conjunto de fusiles de asalto AK-47. Zina cogió uno y lo examinó con cuidado y precisión. Hizo un gesto con la cabeza hacia Arsenov, que abrió otra caja que contenía una docena de lanzacohetes portátiles.

—Éste es el armamento más avanzado del arsenal ruso —dijo Spalko.

—¿Cuál es el precio? —preguntó Arsenov.

Spalko abrió las manos.

—¿Qué precio sería el adecuado si este armamento te ayudara a conseguir la libertad?

—¿Y cómo se le pone precio a la libertad? —dijo Arsenov frunciendo el entrecejo.

—La respuesta es que no se puede. Hasan, la libertad no sabe de precios. Se compra con la sangre y los corazones indómitos de gente como vosotros. —Desvió la mirada hacia la cara de Zina—. Éstos son vuestros, todos, para que los utilicéis como estiméis conveniente a fin de asegurar vuestras fronteras y hacer que los que os rodean tomen nota.

Por fin Zina levantó la vista hacia él, mirándolo a través de unas largas pestañas. Sus miradas se encontraron y refulgieron, aunque las expresiones de ambos permanecieron impasibles.

Y como si respondiera al examen de Spalko, Zina dijo:

—Ni siquiera este armamento conseguirá que entremos en la Conferencia de Reykiavik.

Spalko asintió con la cabeza, y las comisuras de su boca se levantaron ligeramente.

—Bien cierto. La seguridad internacional es bastante exhaustiva. Un asalto armado no llevaría a nada que no fuera nuestras propias muertes. Sin embargo, tengo un plan que no sólo hará que consigamos entrar en el hotel Oskjuhlid, sino que nos permitirá matar a todas las personas que haya dentro sin exponer nuestras vidas. A las pocas horas de que comience el evento, todo con lo que habéis soñado durante siglos será vuestro.

—Jalid Murat tenía miedo del futuro, miedo de lo que nosotros, los chechenos, podemos conseguir. —La fiebre de la rectitud hizo que Arsenov se pusiera colorado—. El mundo nos ha ignorado durante demasiado tiempo. Rusia nos arrastra por el suelo mientras sus compañeros de armas, los estadounidenses, se mantienen al margen y no hacen nada por salvarnos. Miles de millones de dólares estadounidenses entran a chorro en Oriente Medio, ¡pero a Chechenia no llega ni un rublo!

Spalko había adoptado el aire de autosuficiencia de un profesor que observa los buenos resultados de su premiado alumno. Sus ojos relucieron torvamente.

—Todo eso cambiará. Dentro de cinco días, el mundo entero estará a vuestros pies. Tendréis el poder, así como el respeto de aquellos que os han escupido y abandonado. De Rusia, del mundo islámico y de todo Occidente, ¡especialmente de Estados Unidos!

—Estamos hablando de cambiar todo el orden mundial, Zina —dijo Arsenov, gritando realmente.

—Pero ¿cómo? —preguntó Zina—. ¿Cómo es posible eso?

—Si os reunís conmigo en Nairobi dentro de tres días —contestó Spalko—, lo veréis con vuestros propios ojos.

El agua, oscura, profunda, viva con un horror inefable, se cierra sobre su cabeza. Se está hundiendo. Con independencia de lo mucho que se esfuerza, de lo desesperadamente que bracea, siente que desciende en espiral, como si estuviera lastrado con plomo. Entonces mira hacia abajo y ve una gruesa soga, viscosa a causa de las algas, atada a su tobillo izquierdo. No puede ver lo que hay en el otro extremo de la soga porque se pierde en la negrura que tiene debajo. Pero sea lo que sea debe de ser pesado y debe de estar arrastrándolo hacia abajo, porque la cuerda está tensa. Alarga las manos hacia abajo en un gesto desesperado, y sus dedos entumecidos intentan liberarlo a tientas, y el buda se suelta y empieza a descender sin rumbo, girando lentamente, alejándose de él hacia la insondable oscuridad…

Jan se despertó sobresaltado, como siempre, sacudido por una terrible sensación de pérdida. Estaba tumbado en medio de un revoltijo de sábanas húmedas. Alargó la mano hacia abajo y se tocó el tobillo izquierdo, como para asegurarse de que no tenía atada la soga. Luego, con cuidado, casi con respeto, subió los dedos por los músculos tensos y lisos de su abdomen y de su pecho, hasta acabar tocando el pequeño buda tallado en piedra que colgaba de su cuello por una cadena de oro. Nunca se lo quitaba, ni siquiera cuando dormía. Por supuesto que estaba allí. Siempre estaba allí. Era un talismán, aunque había intentado convencerse de que no creía en los talismanes.

Dio un leve resoplido de asco y se levantó, entró en el baño sin hacer ruido y se salpicó la cabeza con agua fría. Encendió la luz, que parpadeó durante un momento. Mientras acercaba bruscamente la cabeza al espejo, inspeccionó su reflejo mirándose como si fuera la primera vez. Soltó un gruñido, orinó y, tras encender una lamparita, se sentó en el borde de la cama para volver a leer el magro expediente que le había entregado Spalko. Nada en él insinuaba ni remotamente que David Webb poseyera las habilidades que Jan había visto. Se tocó la marca azul y negra de su cuello y pensó en la red que Webb había confeccionado con las enredaderas y colocado con tanta astucia. Rompió la única hoja del expediente. No servía para nada, era más que inútil, puesto que lo había inducido a subestimar a su objetivo. Y además había otras consecuencias, que eran igual de apremiantes. Spalko le había proporcionado una información que era tan incompleta como errónea.

Había sospechado que Spalko sabía exactamente quién y qué era David Webb. Jan necesitaba saber si Spalko había puesto en práctica alguna estratagema que implicaba a Webb. Él tenía sus propios planes para David Webb, y estaba más que decidido a que nadie —ni siquiera Stepan Spalko— se interpusiera en su camino.

Soltó un suspiro, apagó la luz y se tumbó de espaldas, pero su mente no estaba preparada para el sueño. Todo su cuerpo era un hervidero de especulaciones. Hasta llegar al acuerdo de su última misión para Spalko, no había tenido ni idea de que David Webb existiera siquiera, mucho menos de que siguiera vivo. Dudó que hubiera aceptado la misión si Spalko no le hubiera colgado a Webb delante de las narices. Debía de haber sabido que Jan encontraría irresistible la perspectiva de encontrar a Webb. Ya hacía algún tiempo que trabajar para Spalko le hacía sentirse incómodo. Parecía como si Spalko estuviera cada vez más convencido de que Jan le pertenecía, y Spalko, de eso estaba seguro Jan, era un megalómano.

En la selva de Camboya, donde se había visto obligado a abrirse camino siendo niño y adolescente, había tenido más de una pequeña experiencia con megalómanos. El clima caliente y húmedo, el caos constante de la guerra, la incertidumbre de la vida diaria…, todo se combinaba para llevar a la gente al borde de la locura. En aquel ambiente maligno, el débil moría y el fuerte sobrevivía; en cierto aspecto elemental todos acababan cambiados.

Mientras permanecía tumbado en la cama, Jan se iba toqueteando las cicatrices de su cuerpo. Era una especie de ritual, una superstición acaso, un método para mantenerse a salvo del dolor; no de la violencia que un adulto inflige a otro, sino del terror silencioso e inefable que siente un chiquillo en plena noche. Los niños, al despertarse de semejantes pesadillas, corren junto a sus padres, se meten a gatas en la calidez y el consuelo de sus camas y no tardan en quedarse dormidos. Pero Jan no tenía padres, nadie que lo consolara. Antes bien, se había visto obligado constantemente a liberarse de las garras de los adultos atolondrados que sólo lo veían como una fuente de dinero o de sexo. La esclavitud era lo que había conocido durante muchos años, tanto por parte de los caucasianos como de los asiáticos con los que había tenido la desgracia de toparse. No pertenecía a ninguno de los dos mundos, y ellos lo sabían. Era un mestizo y, como tal, había sido vilipendiado, maldecido, golpeado, objeto de abusos y sometido de todas las maneras en que un ser humano puede ser degradado.

Y, sin embargo, había perseverado. Su objetivo, un día tras otro, había pasado a consistir sencillamente en sobrevivir. Pero había aprendido de la amarga experiencia que escapar no era suficiente, que aquellos que lo habían esclavizado lo perseguirían y lo castigarían con severidad. Por dos veces había estado a punto de morir. Fue entonces cuando comprendió que se requería más por su parte para sobrevivir. Tendría que matar o, al final, ser él quien resultara muerto.

Faltaba poco para las cinco cuando el equipo de asalto de la Agencia entró a hurtadillas en el motel desde su posición en el control de carretera. El encargado de noche los había alertado de la presencia de Jason Bourne. Se había despertado de un sueño inducido por un ansiolítico y se había encontrado con la cara de Bourne, que lo miraba fijamente desde la pantalla del televisor. Se había pellizcado para asegurarse de que no estaba soñando, se había tomado un chupito de güisqui de centeno barato, y había hecho la llamada.

El jefe del equipo había pedido que las luces de seguridad del motel fueran apagadas, de manera que el equipo pudiera realizar el acercamiento en la oscuridad. Sin embargo, cuando empezaron a tomar posiciones, el camión frigorífico aparcado en el otro extremo del motel se puso en marcha y encendió sus faros, alcanzando a algunos de los miembros del equipo con sus potentes haces. El jefe del equipo empezó a hacerle señas frenéticamente al desafortunado conductor, echó a correr hacia su lado del camión y le dijo que sacara su culo de allí a toda prisa. El conductor, con los ojos como platos ante la visión del equipo, hizo lo que se le pedía, apagando las luces hasta que se encontró a bastante distancia del aparcamiento y empezó a deslizarse por la carretera.

El jefe del equipo hizo señas a sus hombres, que se dirigieron directamente hacia la habitación de Bourne. A la silenciosa orden del jefe, dos de los miembros del equipo se separaron y rodearon el motel para dirigirse a la parte posterior. El jefe les concedió veinte segundos para tomar posiciones antes de dar la orden de ponerse las máscaras de gas. Dos de los hombres se arrodillaron y lanzaron sendos botes de gas lacrimógeno a través de la ventana delantera de la habitación. El brazo extendido del jefe descendió, y sus hombres entraron en tropel en la habitación abriendo la puerta violentamente. El gas salió a chorro al mismo tiempo que entraban con las metralletas listas para usar. El televisor estaba encendido, pero sin voz. La CNN mostraba la cara de su presa. Los restos de una comida precipitada estaban esparcidos sobre la raída alfombra llena de manchas, y la cama había sido despojada de su ropa. La habitación había sido abandonada.

Dentro del camión frigorífico que se alejaba a toda prisa del motel, Bourne, envuelto en la ropa de la cama, estaba tumbado en medio de unas cajas de madera que contenían fresas en bolsas de plástico que habían sido apiladas casi hasta el techo del camión. Había conseguido colarse hasta un lugar por encima del nivel del suelo, y las cajas de embalaje que tenía a ambos lados lo mantenían en su sitio. Cuando entró en la parte trasera del camión, cerró la puerta tras él. Los camiones frigoríficos como aquél tenían un mecanismo de seguridad que permitía abrir y cerrar la puerta trasera desde el interior, a fin de asegurarse de que nadie quedara atrapado por accidente. Encendiendo su linterna un momento, había localizado el pasillo central, lo bastante ancho para que pasara un hombre por él. En la pared superior derecha estaba la rejilla de la salida de los gases del compresor de la refrigeración.

De repente se puso tenso. El camión estaba aminorando la marcha al acercarse al control de carretera, hasta que se detuvo por completo. El punto álgido del máximo peligro había llegado.

Se produjo un silencio absoluto durante quizá cinco minutos, tras los cuales se oyó repentinamente el áspero sonido de la puerta trasera al ser abierta. Unas voces llegaron hasta él.

—¿Ha recogido a algún autoestopista? —preguntó un policía.

—De eso nada —respondió Guy, el conductor del camión.

—Venga, mire esta foto. ¿Ha visto quizá a este tipo en el arcén?

—No, señor. Nunca he visto a ese hombre. ¿Qué es lo que ha hecho?

—¿Qué lleva ahí dentro? —Era la voz de otro policía.

—Fresas frescas —dijo Guy—. Escuchen, agentes, tengan corazón. No es bueno para ellas tener la puerta abierta de esta manera. Las que se pudren salen de mi sueldo.

Alguien gruñó. El potente haz de una linterna bailó por el pasillo central, rastreando el suelo justo por debajo del lugar donde Bourne se encontraba suspendido en medio de las fresas.

—De acuerdo —dijo el primer policía—. Ciérrela, amigo.

El haz de la linterna se apagó de golpe, y la puerta se cerró con un portazo.

Bourne esperó a que el camión arrancara y se deslizara a toda velocidad por la carretera camino de Washington antes de salir de allí. Daba vueltas a la cabeza sin parar. Los polis debían de haberle enseñado a Guy la misma foto de David Webb que estaba difundiendo la CNN.

Al cabo de media hora, la circulación fluida de la carretera había dado paso al constante pararse y arrancar de las calles de una ciudad con semáforos. Había llegado el momento de salir. Bourne fue hasta la puerta y empujó la palanca de seguridad. No se movió. Lo intentó de nuevo, en esa ocasión con más fuerza. Maldiciendo entre dientes, encendió la linterna que había cogido de la casa de Conklin. Dentro del brillante círculo del haz vio que el mecanismo se había atascado. Estaba encerrado.