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Jan sentía ya demasiado respeto por las habilidades de David Webb para esfumarse como para haber perdido el tiempo intentando encontrarlo entre el remolino de gente de la Ciudad Vieja. En su lugar, se había concentrado en los hombres de la Agencia, a los que había seguido de cerca en su regreso a la Sastrería de Lincoln Fine, donde se reunieron con Martin Lindros para rendir el lastimoso informe sobre el fiasco de la eliminación de Bourne. Los observó mientras hablaban con el sastre. Siguiendo las prácticas de intimidación al uso, lo habían sacado de su ambiente —en este caso, de su tienda— metiéndolo en el asiento trasero de uno de sus coches, donde se le había retenido sin ninguna explicación, apretujado entre dos agentes de expresión pétrea. Por lo que Jan dedujo de la conversación que había oído por casualidad entre Lindros y los agentes, no habían conseguido sacarle nada sustancial al sastre. Éste aseguró a los agentes que habían llegado a su tienda con tanta rapidez que Webb no había tenido tiempo de decirle la razón de su visita. En consecuencia, los agentes recomendaron soltarlo. Lindros había estado de acuerdo, pero después de que el sastre volviera a su tienda, había apostado a dos agentes en un coche camuflado al otro lado de la calle, por si Webb intentaba ponerse en contacto con el sastre por segunda vez.

En ese momento, veinte minutos después de que Lindros se hubiera marchado, los agentes estaban aburridos. Se habían comido sus rosquillas y bebido sus coca-colas, y estaban sentados en el coche rezongando por tener que estar allí atrapados haciendo labores de vigilancia, cuando sus hermanos se habían ido para dar caza al reputado agente David Webb.

—Nada de David Webb —dijo el más corpulento de los dos agentes—. El DCI ha ordenado que lo llamemos por su nombre operativo, Jason Bourne.

Jan, que seguía estando lo bastante cerca para oír todo lo que decían, se puso tenso. Pues claro que había oído hablar de Jason Bourne. Durante muchos años Bourne había tenido fama de ser el asesino internacional a sueldo más competente del planeta. Jan, conocedor como era de su campo de actividad, había descartado la mitad de las historias como invenciones, y la otra mitad como exageraciones. Era sencillamente imposible que un hombre hubiera tenido la osadía, la experiencia y la pura astucia animal que se atribuían a Jason Bourne. Lo cierto era que una parte de él no se había creído en absoluto la existencia de Bourne.

Y sin embargo, allí estaban aquellos agentes de la CIA hablando de que David Webb… ¡era Jason Bourne! Tuvo la sensación de que le iba a explotar el cerebro. Aquello lo conmovió hasta los cimientos. David Webb no sólo era un profesor de Lingüística de la universidad, como Spalko había afirmado, sino que era uno de los más grandes asesinos del gremio. Era el hombre con quien Jan había estado jugando al ratón y al gato desde el día anterior. Recordó de pronto muchas cosas, la menos importante de las cuales no fue la manera que había tenido Bourne de abordarlo en el parque. Alterar sus facciones y el pelo, e incluso la forma de andar, siempre le habían bastado para engañar a la gente en el pasado. Pero en ese momento se las tenía que ver con Jason Bourne, un agente cuyas habilidades y experiencia en el disfraz, entre otras cosas, eran legendarias, y muy probablemente equiparables a las suyas. Bourne no se iba a dejar embaucar por los trucos normales del negocio, por ingeniosos que pudieran ser, Jan se dio cuenta de que iba a tener que aumentar el nivel del juego, si quería ganar.

Se preguntó fugazmente si la verdadera identidad de Webb era otro hecho que Stepan Spalko había sabido cuando le entregó el expurgado expediente. Después de considerarlo un poco más, Jan llegó a la conclusión de que tenía que haberlo sabido. Era la única explicación del hecho de que Spalko lo hubiera organizado todo para cargarle el mochuelo de los asesinatos de Conklin y Panov a Bourne. Era la clásica técnica de la desinformación. Mientras la Agencia creyera que Bourne era el responsable, no tendrían motivos para buscar al verdadero asesino en ninguna otra parte; y sin duda, no tendrían ninguna posibilidad de descubrir las verdaderas motivaciones del asesinato de los dos hombres. Era indudable que Spalko estaba intentando utilizar a Jan como un peón de una partida más importante, aquella que incluía la utilización de Bourne. Jan tenía que averiguar qué estaba tramando Spalko; él no sería la marioneta de nadie.

Para sacar a la luz la verdad que se ocultaba tras los asesinatos. Jan sabía que tenía que llegar hasta el sastre. Daba igual lo que le hubiera dicho a la Agencia. Después de haber seguido a Webb —seguía resultándole difícil pensar en él como Jason Bourne—, sabía que el sastre Fine había tenido tiempo de sobra para desembuchar la información que tuviera. En una ocasión, mientras observaba la escena, el sastre Fine había girado la cabeza y había mirado fijamente a la ventanilla del coche, y Jan había tenido ocasión de mirarle a los ojos. Supo entonces que era un hombre orgulloso y obstinado. La naturaleza budista de Jan le llevaba a considerar el orgullo como un rasgo indeseable, aunque en aquella situación fue consciente de que al sastre le había venido bien, porque cuanto más le habían presionado los de la Agencia, más se había cerrado en banda. La Agencia no le sacaría nada, pero Jan sabía cómo neutralizar tanto el orgullo como la obstinación.

Quitándose la cazadora de ante, rasgó lo suficiente el forro para que los agentes de vigilancia no lo consideraran otra cosa que un cliente más de la Sastrería de Lincoln Fine.

Cruzó la calle y entró en la tienda; la melodiosa campana tintineó tras él. Una de las mujeres latinas levantó la vista de las tiras cómicas del periódico que estaba leyendo. Tenía ante ella una fiambrera con judías y arroz a medio comer. La mujer se acercó y le preguntó si le podía ayudar. Era una mujer voluptuosa, de frente ancha y firme y unos grandes ojos de color chocolate. Jan le dijo que como la cazadora rota era una de sus favoritas, había ido a ver al señor Fine. La mujer asintió con la cabeza. Desapareció en la trastienda, y un momento después salió y ocupó su sitio sin decirle ni una palabra más a Jan.

Transcurrieron varios minutos antes de que Leonard Fine apareciera. La larga y sumamente desagradable mañana le había dejado con muy mal aspecto. A decir verdad, parecía como si una tan intensa e íntima proximidad con la Agencia como la que había soportado le hubiera agotado la vitalidad.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? María dice que necesita arreglar una cazadora.

Jan extendió la cazadora de ante sobre el mostrador de dentro afuera.

Fine la tocó con la misma delicadeza con la que un médico palparía a un enfermo.

—Ah, es sólo el forro. Tiene suerte. El ante es casi imposible de reparar.

—Eso no importa —dijo Jan en un susurro sordo—. Estoy aquí por orden de Jason Bourne. Soy su representante.

Fine hizo un admirable trabajo manteniendo la concentración del rostro.

—No tengo ni idea de qué me está hablando.

—Le da las gracias por ayudarle a escapar de la Agencia —prosiguió Jan como si Fine no hubiera hablado—. Y quiere que sepa que incluso ahora hay dos agentes espiándolo.

Fine hizo una leve mueca de dolor.

—No esperaba menos. ¿Dónde están? —Sus dedos nudosos sobaban ansiosamente la cazadora.

—Justo enfrente —dijo Jan—. En un Ford Taunus blanco.

Fine fue lo bastante astuto para no mirar.

—María —dijo simplemente, lo bastante alto para que la latina lo oyera—, ¿hay un Ford Taunus blanco aparcado al otro lado de la calle?

María volvió la cabeza.

—Sí, señor Fine.

—¿Puedes ver si hay alguien dentro?

—Dos hombres —dijo María—. Altos, con el pelo cortado al cero. Muy parecidos a Dick Tracy, como los que estuvieron aquí antes.

Fine maldijo entre dientes. Levantó la vista para mirar a Jan a los ojos.

—Diga al señor Bourne…, dígale que Leonard Fine dice: «Vaya con Dios».

La expresión de Jan se mantuvo imperturbable. Le resultaba sumamente desagradable la costumbre estadounidense de invocar a Dios casi siempre que a uno le apeteciera.

—Necesito cierta información.

—Por supuesto. —Fine asintió, agradecido—. La que quiera.

* * *

Martin Lindros comprendió por fin el significado de la frase: «Tan furioso que podría escupir sangre». ¿Cómo iba a mirarle alguna vez a la cara al Gran Jefe, sabiendo que Jason Bourne se le había escapado no una sino dos veces?

—¿Qué cojones pensaba que estaba haciendo al desobedecer mis órdenes directas? —gritó a voz en cuello.

Los ruidos retumbaban en el túnel subterráneo de Washington Circle, mientras el personal del Departamento de Transportes intentaba sacar el camión frigorífico de la posición en la que Bourne lo había dejado.

—Eh, escuche, fui yo quien localizó al sujeto cuando salía del Wal-Mart.

—¡Y a continuación lo dejó escapar!

—Eso lo hizo usted, Lindros. ¡Yo tenía a un iracundo comandante de distrito dándome la brasa!

—¡Y ésa es otra! —aulló Lindros—. ¿Qué cojones estaba haciendo ése allí?

—Dígamelo usted, tío listo. Fue usted quien la cagó en Alexandría. Si se hubiera molestado en mantenerme informado, podría haberlo ayudado a escudriñar por la Ciudad Vieja. La conozco como la palma de mi mano. Pero no, ustedes los federales saben más que nadie, y tienen que dirigir el cotarro.

—¡Eso mismo, cojones! ¡Yo lo dirijo! Ya he hecho que mi gente llame a todo el personal destinado en los aeropuertos, estaciones de ferrocarril, terminales de autobús y agencias de alquiler de coches para que estén ojo avizor por si aparece Bourne.

—No sea absurdo. Aunque no me tuviera las manos atadas a la espalda, carezco de la autoridad para hacer esa clase de llamadas. Pero sí tengo a mis hombres registrando la zona, y no olvidemos que fue la última y detallada descripción que hice de Bourne la que usted ha distribuido entre todos los puntos de salida de transportes.

Aunque Harris tenía razón, Lindros seguía echando chispas.

—Exijo saber por qué demonios metió a la policía metropolitana en esto. Si necesitaba más refuerzos, debería haber acudido a mí.

—¿Y por qué cojones tendría que haber acudido a usted, Lindros? ¿Puede darme una razón? ¿Es usted mi puto amigo o algo así? ¿Es que hemos colaborado en algo desde el principio? Y una mierda. —Harris tenía una expresión de asco en su lúgubre cara—. Y para que conste, yo no envié a buscar a la policía metropolitana. Ya se lo dije, ese tipo se me echó encima en cuanto apareció, echando espumarajos por la boca porque me había metido en su jurisdicción.

Lindros apenas le oyó. La ambulancia se estaba largando, con las luces centelleando y la sirena a todo meter, transportando al Hospital Clínico George Washington al camionero al que había disparado sin querer. Habían tardado casi cuarenta y cinco minutos en proteger la zona, señalizarla como escenario de un delito y sacarlo de la cabina. ¿Viviría o moriría? En ese momento Lindros no quería pensar en eso. Sería fácil decir que aquel percance era culpa de Bourne; sabía que el Gran Jefazo seria de esa opinión. Pero él no tenía un caparazón compuesto de dos partes de pragmatismo y una de amargura que Lindros sabía que jamás podría igualar, y daba gracias a Dios por ello. Fuera cual fuese la suerte del camionero en ese momento, sabía que él era el responsable, y aquella certeza fue un perfecto combustible para su rivalidad. Quizá no tuviera el caparazón de cinismo del DCI pero no estaba por la labor de martirizarse por unos actos que ya no tenían remedio hacía mucho. Por el contrario, arrojó fuera todo aquel venenoso sentimiento.

—¡Cuarenta y cinco minutos! —gruñó Harris, cuando la ambulancia se abrió paso a través del tráfico colapsado—. ¡Joder, ese pobre cabrón podría haber muerto ya diez veces! ¡Funcionarios!

—Si la memoria no me falla, usted es un funcionario —dijo Lindros cruelmente.

—¿Y usted no?

La mala sangre de Lindros aumentó.

—Escúcheme, vejestorio de mierda, yo estoy hecho de una pasta diferente de la del resto de ustedes. Mi formación…

—¡Toda su formación no le ha servido de nada para atrapar a Bourne, Lindros! Tuvo dos oportunidades ¡y la cagó en las dos!

—¿Y qué hizo usted para ayudar?

Jan observó a Lindros y Harris enzarzarse en la discusión. Con su mono del Departamento de Transportes parecía cualquier otro de los que estaban en la escena. Nadie le preguntó por sus idas y venidas. Estaba pasando cerca de la parte trasera del camión frigorífico, examinando descaradamente los daños ocasionados por el coche que había chocado contra él, cuando vio, envuelta en las sombras, la escalera que ascendía por el lateral del túnel. Miró hacia arriba, estirando el cuello. Se preguntó adónde conducía. ¿Se había preguntado lo mismo Bourne, o ya lo sabía? Miró a todas partes para asegurarse de que nadie más lo hacía, y subió rápidamente por la escalera hasta quedar fuera del alcance de los focos de la policía, donde nadie pudiera verlo. Encontró la trampilla, y no se sorprendió al descubrir el pestillo recién abierto. Empujó la trampilla para abrirla y subió.

Desde la posición estratégica de Washington Circle, giró lentamente en sentido horario, escudriñando todas las cosas, cercanas y lejanas. Un viento cada vez más fuerte le azotó el rostro. El cielo, que se había oscurecido más, parecía amoratarse por los martillazos de los truenos, amortiguados por la distancia, que atronaban una y otra vez por los cañones y las amplias avenidas de estilo europeo de la ciudad. Al oeste estaban Rock Creek Parkway, Whitehurst Freeway y Georgetown. Hacia el norte se levantaban las modernas torres de la avenida de los hoteles: el ANA, el Grand, el Park Hyatt y el Marriott, y más allá Rock Creek. Al oeste estaba la calle k, que discurría por delante de McPherson Square y Franklin Park. Al sur estaban Foggy Bottom, la periférica Universidad George Washington y el sólido monolito del Departamento de Estado. Más hacia las afueras, donde el río Potomac dobla hacia el este y se ensancha para formar los plácidos barrios ribereños de la Tidal Basin, vio una mota plateada, un avión suspendido casi sin movimiento que brillaba como un espejo al ser alcanzado en lo alto, por encima de las nubes, por un último rayo de sol antes de iniciar el descenso sobre el aeropuerto nacional de Washington.

Las aletas de las narices de Jan se dilataron, como si hubieran detectado el olor de su presa. Era al aeropuerto adonde se dirigía Bourne. Estaba seguro de eso porque, si hubiera estado en el pellejo de Bourne, en ese momento estaría dirigiéndose hacia allí.

La fatal noticia de que David Webb y Jason Bourne eran el mismo hombre había estado madurando en su cabeza desde que oyera a Lindros y a sus colegas de la CIA hablar de ello. La sola idea de que él y Bourne compartieran la misma profesión se le antojaba una atrocidad, una violación de todo lo que había construido concienzudamente por sí mismo. Había sido él —y sólo él— quien se había arrastrado fuera del lodo de las selvas. El que hubiera sobrevivido todos aquellos odiosos años era un milagro en sí mismo. Pero, al menos, aquellos primeros días habían sido suyos y nada más que suyos. Descubrir en ese instante que compartía la escena que se había decidido a conquistar nada menos que con David Webb, le pareció una broma cruel, además de una injusticia intolerable. No veía la hora de enfrentarse a Bourne, de decirle la verdad, de ver en sus ojos cómo aquella revelación lo corroía mientras Jan le quitaba la vida.