7
En lo más recóndito de las entrañas de Humanistas Ltd., había una sofisticada estación de escucha que controlaba el tráfico clandestino de señales de las principales redes de inteligencia. Ningún oído humano oía los datos en bruto porque ningún oído humano sería capaz de percibirlos. Puesto que las señales estaban encriptadas, el tráfico interceptado era pasado por una serie de sofisticados programas de software de algoritmos heurísticos, esto es, con capacidad de aprendizaje. Existía un programa para cada red de inteligencia, porque cada agencia había seleccionado un algoritmo de encriptación diferente.
El ejército de programadores de Humanistas tenía más éxito en descifrar algunos códigos que otros, pero lo esencial era que Spalko sabía más o menos lo que sucedía en todo el mundo. El código de la estadounidense CIA era uno de los que habían descifrado, así que, unas horas después de que el DCI ordenara la eliminación de Jason Bourne, Stepan Spalko leía lo relacionado con el asunto.
—Excelente —dijo—. Ahora todo marcha según lo planeado.
Dejó el mensaje descifrado e hizo aparecer un mapa de Nairobi en la pantalla de un monitor. Se movió por la ciudad hasta que encontró la zona en las afueras donde el presidente Jomo quería que el equipo médico de Humanistas atendiera a los enfermos con sida puestos en cuarentena.
En ese momento sonó su móvil. Escuchó la voz al otro extremo de la línea. Consultó su reloj, y finalmente dijo:
—Debería de haber tiempo suficiente. Has hecho bien.
Luego, cogió el ascensor y subió al despacho de Ethan Hearn. Mientras subía, hizo una única llamada, consiguiendo en minutos lo que muchos otros en Budapest habían intentado conseguir en vano durante semanas: una entrada de platea para la función de ópera de esa noche.
El joven y flamante director de Desarrollo de Humanistas Ltd., estaba enfrascado en su ordenador, pero se levantó en cuanto entró Spalko. Tenía un aspecto tan limpio y pulcro como Spalko había imaginado que tendría cuando llegó a trabajar esa mañana.
—Aquí no hacen falta formalidades, Ethan —dijo Spalko con una sonrisa natural—. Esto no es el ejército, ¿sabes?
—Sí, señor. Gracias. —Hearn irguió la espalda—. Estoy con ello desde la siete de la mañana.
—¿Cómo va la recaudación de fondos?
—Tengo dos cenas y una comida con fundadas expectativas de éxito para principios de la próxima semana. Le he enviado por correo electrónico una copia de la carta que quiero entregarles para convencerlos.
—Bien, bien. —Spalko miró por el cuarto como para asegurarse de que no hubiera nadie lo bastante cerca para oír—. Dime, ¿tienes esmoquin?
—Por supuesto, señor. De lo contrario no podría hacer mi trabajo.
—Excelente. Vete a casa y póntelo.
—¿Perdón? —La sorpresa hizo que las cejas del joven se juntaran.
—Vas a ir a la ópera.
—¿Esta noche? ¿Con tan poco tiempo? ¿Cómo consiguió las entradas?
Spalko soltó una carcajada.
—¿Sabes, Ethan? Me gustas. Estoy por apostar que eres el último hombre honrado que hay sobre la faz de la Tierra.
—Señor, no me cabe ninguna duda de que ése sería usted.
Spalko se volvió a reír ante la repentina expresión de desconcierto del joven.
—Era una broma, Ethan. Bueno, vamos. No hay tiempo que perder.
—Pero mi trabajo… —Hearn hizo un gesto hacia la pantalla del ordenador.
—En cierto sentido, lo de esta noche será trabajo. Habrá un hombre en la ópera a quien quiero que captes como benefactor. —El comportamiento de Spalko era tan relajado, tan desenfadado, que Hearn no sospechó nada en ningún momento—. Ese hombre… se llama László Molnar…
—Nunca he oído hablar de él.
—Era de esperar. —Spalko bajó la voz, adoptando un tono de complicidad—. Aunque es bastante rico, está obsesionado con que nadie lo conozca. No está en ninguna lista de donantes, que yo sepa, y si haces alguna alusión a su riqueza, te puedes ir olvidando de volver a hablar con él.
—Lo entiendo perfectamente, señor —dijo Hearn.
—Es una especie de entendido, aunque hoy en día ésa es una palabra que ha perdido gran parte de su significado.
—Sí, señor. —Hearn asintió con la cabeza—. Creo que sé a qué se refiere.
Spalko estaba bastante seguro de que el joven no tenía ni idea de a qué se refería, y un vago trasfondo de arrepentimiento se coló en sus pensamientos. En otros tiempos, hacía unos cien años, había sido tan ingenuo como Hearn, o así se le antojó en ese momento.
—En cualquier caso, a Molnar le encanta la ópera. Hace años que tiene un abono.
—Sé exactamente cómo actuar con candidatos tan difíciles como László Molnar. —Se puso la chaqueta del traje con soltura—. Puede confiar en mí.
Spalko sonrió abiertamente.
—Sabía que podría. Bueno, en cuanto le eches el guante, quiero que lo lleves al Underground. ¿Conoces ese bar, Ethan?
—Por supuesto, señor. Pero será muy tarde. Sin duda después de medianoche.
Spalko se puso el índice junto a la nariz.
—Otro secreto: Molnar es una especie de ave nocturna. Sin embargo, se resistirá. Parece que le gusta hacerse de rogar. Debes insistir. Ethan, ¿lo entiendes?
—Perfectamente.
Spalko le entregó un trozo de papel con el número de la butaca de Molnar.
—Entonces, adelante. Que te diviertas. —Le dio un pequeño empujón—. Y buena suerte.
* * *
La imponente fachada románica de la Magyar Állami Operaház, la ópera Estatal de Hungría, resplandecía de luz. Dentro, el espléndido y ampuloso interior de tres pisos, decorados en pan de oro y rojo, relumbraba con lo que parecían diez mil puntas de lanza luminosas procedentes del elaborado candelabro de cristal tallado que descendía, desde el abovedado techo con murales pintados, como una campana gigante.
Esa noche, la compañía representaba Háry János, de Zoltán Kodály, una pieza tradicional que llevaba en su repertorio desde 1926. Ethan Hearn entró a toda prisa en el inmenso vestíbulo de mármol, que resonaba con las voces de la alta sociedad de Budapest congregada para la celebración de esa noche. El esmoquin de Hearn era de una estupenda tela de estameña y estaba bien cortado, pero ni mucho menos era de marca. En su actividad, lo que se ponía y cómo se lo ponía era de una importancia extrema. Tendía a ponerse ropa elegante y discreta, nunca nada llamativo o demasiado caro. La humildad era fundamental cuando uno se dedicaba a pedir donativos.
No quería llegar tarde, pero se obligó a aminorar el paso, en absoluto dispuesto a perderse un instante de aquel momento peculiar y electrizante que precedía a la subida del telón y que hacía que el corazón le diera un vuelco.
Tras haberse puesto diligentemente al día de las aficiones de la alta sociedad húngara, se las daba de algo así como una especie de aficionado a la ópera. Le gustaba Háry János tanto por la música, que hundía sus raíces en el folclore húngaro, como por la insólita historia que el veterano soldado János cuenta sobre el rescate que lleva a cabo de la hija del emperador, su ascenso a general, la derrota que inflige en solitario a Napoleón y, por último, la conquista del corazón de la hija del emperador. Era una fábula amable, empapada en la sangrienta historia de Hungría.
Al final, fue una suerte que llegara tarde, porque consultando el trozo de papel que Spalko le había dado, pudo identificar a László Molnar, quien, junto con la mayoría del resto de los asistentes, ya estaba sentado. Por lo que Hearn pudo determinar a primera vista, era un hombre de mediana edad y estatura media, entrado en carnes en la cintura, con una mata de pelo negro, lacio y suave peinado hacia atrás y una cabeza que en nada se diferenciaba de un champiñón. Un bosque de cerdas le brotaba de las orejas y sobre el dorso de sus manos de dedos romos. No le hacía ningún caso a la mujer que tenía a la izquierda, que en cualquier caso estaba hablando, en un tono de voz más que alto, con su compañero. El asiento situado a la derecha de Molnar estaba vacío. Parecía como si hubiera acudido solo a la ópera. Tanto mejor, pensó Hearn, mientras ocupaba su sitio cerca de la parte posterior de la orquesta. Un momento después las luces se atenuaron, la orquesta atacó el preludio y el telón empezó a alzarse suavemente.
Más tarde, en el entreacto, Hearn se tomó una taza de chocolate caliente y se mezcló con la atildada multitud. Así es como habían evolucionado los humanos. A diferencia del mundo animal, la hembra era sin duda alguna la más vistosa de la especie. Las mujeres iban revestidas con largos trajes de seda shantung, moaré veneciano y satén marroquí que pocos meses antes habían sido exhibidos en las pasarelas de los modistos de París, Milán y Nueva York. Los hombres, ataviados con esmóquines de marca, parecían contentos con dar vueltas alrededor de sus parejas, que se arracimaban en grupos, y les llevaban champán o chocolate caliente cuando era necesario, aunque parecían aburrirse mortalmente la mayor parte del tiempo.
Hearn había disfrutado de la primera mitad de la ópera y estaba deseando que llegara a su conclusión. Sin embargo, no había olvidado su cometido. De hecho, durante la representación había pasado algún tiempo ideando la maniobra de aproximación. Nunca le gustaba sujetarse a un plan; antes bien, utilizaba su primera valoración visual del candidato para encontrar una vía de acercamiento. Para un ojo educado había muchas cosas que se podían determinar por las pistas visuales. ¿Le preocupaba al candidato su aspecto? ¿Le gustaba comer o le resultaba indiferente? ¿Bebía o fumaba? ¿Era culto o un zote? Todos esos elementos y muchos más entraban en la mezcla.
Así que cuando Hearn hizo su maniobra de aproximación, confiaba en que podría entablar conversación con László Molnar.
—Perdone —dijo Hearn en el más despectivo de los tonos de voz—. Soy un amante de la ópera. Y me preguntaba si usted también lo sería.
Molnar se había vuelto. Llevaba un esmoquin de Armani que al tiempo que realzaba la anchura de sus hombros escondía hábilmente la mayor parte de su barriga. Tenía unas orejas muy grandes y, vistas desde tan cerca, aún más peludas de lo que habían parecido a primera vista.
—Soy un estudioso de la ópera —dijo lentamente y, para la fina percepción de Hearn, con prudencia. Éste mostró su sonrisa más encantadora y sostuvo la mirada de los oscuros ojos de Molnar—. Para ser sincero —prosiguió Molnar, aparentemente aplacado—, me vuelve loco.
Aquello encajaba a la perfección con lo que Spalko le había dicho, pensó Hearn.
—Tengo un abono —dijo Hearn con su habitual naturalidad—. Tengo uno desde hace años, y no he podido evitar advertir que usted también. —Se rió en voz baja—. No conozco a mucha gente que ame la ópera. Mi esposa prefiere el jazz.
—A la mía le encantaba la ópera.
—¿Es usted divorciado?
—Viudo.
—Oh, lo siento.
—Ocurrió hace algún tiempo —dijo Molnar, ya con cierto entusiasmo una vez que había desvelado aquel trocito de intimidad—. La echo tanto de menos que nunca he podido vender su abono.
Hearn extendió la mano.
—Ethan Hearn.
Después de un titubeo de lo más fugaz, László Molnar la agarró con su zarpa peluda.
—László Molnar. Encantado de conocerlo.
Hearn le hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
—¿Le importaría acompañarme a tomar un chocolate caliente, señor Molnar?
La oferta pareció del agrado del otro, que asintió con la cabeza.
—Será un placer.
Mientras caminaban juntos a través del remolino de gente, intercambiaron sus listas de óperas y compositores favoritos. Puesto que Hearn le había pedido a Molnar que empezara él, se aseguró de que tuvieran muchas en común. Molnar se alegró de nuevo. Como Spalko había apuntado, había un no sé qué de sinceridad y honradez en Hearn que ni el ojo más cínico podía dejar de apreciar. Poseía el don de ser natural incluso en las situaciones más artificiales. Fue aquella sinceridad de espíritu lo que cautivó a Molnar y deshizo sus defensas.
—¿Le está gustando la representación? —preguntó Molnar mientras bebían su chocolate caliente.
—Muchísimo —dijo Hearn—. Aunque Háry János rebosa tanta emoción que confieso que la disfrutaría mucho más si pudiera ver la expresión en las caras de los primeros cantantes. Es una pena, pero cuando compré el abono no me podía permitir ninguno más cercano, y ahora es casi imposible conseguir un asiento mejor.
Durante un instante Molnar guardó silencio, y Hearn temió que fuera a dejar pasar la oportunidad. Entonces, como si acabara de caer en ello, dijo:
—¿Le gustaría ocupar el asiento de mi esposa?
—Una vez más —dijo Hasan Arsenov—. Tenemos que volver una vez más sobre la secuencia de acontecimientos que nos hará ganar nuestra libertad.
—Pero si me la conozco tan bien como tu cara —se quejó Zina.
—¿Lo bastante bien para superar con los ojos cerrados el camino que conduce a nuestro último destino?
—No seas absurdo —se burló Zina.
—En Islandia, Zina. Ahora sólo estamos hablando de Islandia.
Los planos del hotel Oskjuhlid de Reykiavik estaban extendidos sobre la gran mesa de su habitación del hotel. Bajo la incitante luz de la lámpara todas las capas del hotel aparecían al descubierto, desde los cimientos a los sistemas de seguridad, alcantarillado, calefacción y aire acondicionado, pasando por los planos de las propias plantas. En todas las descomunales hojas azuladas aparecían escritas con pulcritud una serie de notas, flechas direccionales y marcas que indicaban las capas de seguridad que había añadido cada uno de los países participantes en la cumbre antiterrorista. La información secreta de Spalko estaba impecablemente detallada.
—Desde el momento en que penetremos las defensas del hotel —dijo Arsenov—, tendremos muy poco tiempo para conseguir nuestro objetivo. Lo peor de todo es que no sabremos de cuánto tiempo disponemos hasta que lleguemos allí y hagamos un simulacro. Eso hace aún más imperioso el que no haya titubeos ni equivocaciones… ¡y ni una sola sorpresa! —Sus ojos brillaban de pasión. Cogió a Zina por una de las bandas y la condujo a uno de los extremos del cuarto. Arsenov le rodeó la cabeza con la banda y se la ató con suficiente fuerza como para saber que ella no podía ver.
—Acabamos de entrar en el hotel. —La soltó—. Ahora quiero que hagas el recorrido para mí. Te voy a cronometrar. ¡Ya!
Durante dos tercios del tortuoso camino Zina lo hizo bien, pero entonces, en la encrucijada de dos pasillos, dobló a la izquierda en lugar de hacerlo a la derecha.
—Estás acabada —dijo Arsenov con dureza mientras le quitaba la venda—. Aunque corrigieras el error, no alcanzarías el objetivo a tiempo. El servicio de seguridad, sea el estadounidense, el ruso o el árabe, te atraparían y te matarían a tiros.
Zina estaba temblando, furiosa consigo misma y con él.
—Conozco esa cara, Zina. Deja a un lado la ira —dijo Hasan—. Las emociones deshacen la concentración, y concentración es lo que necesitas ahora. Acabaremos cuando puedas hacer el camino a ciegas sin cometer ningún error.
Una hora más tarde, y cumplida su misión, Zina dijo:
—Ven a la cama, amor mío.
Arsenov, que sólo vestía una sencilla toga de muselina negra atada a la cintura, hizo un gesto de negativa. Estaba de pie junto al gran ventanal, mirando el brillante centelleo nocturno de Budapest reflejado en las oscuras aguas del Danubio.
Zina se tumbó toda despatarrada y desnuda sobre el edredón de plumas y se rió en voz baja con un profundo sonido gutural.
—Hasan, toca. —Movió la palma y los largos dedos separados sobre las sábanas—. Puro algodón egipcio. Es tan lujoso…
Arsenov giró sobre sus talones con un ceño de desaprobación que le ensombreció el rostro.
—Ya basta, Zina. —Señaló la botella medio vacía colocada en la mesilla de noche—. Coñac Napoleón, sábanas suaves y edredón de plumas. Esos lujos no son para nosotros.
Zina abrió los ojos como platos, y sus gruesos labios se contrajeron en un mohín.
—¿Y por qué no?
—¿Es que la lección que te acabo de enseñar te ha entrado por un oído y te ha salido por el otro? Porque somos «guerreros», porque hemos renunciado a todas las posesiones mundanas.
—¿Acaso has renunciado a tus armas, Hasan?
Él negó con la cabeza, y su mirada se tomó fría y dura.
—Nuestras armas tienen un propósito.
—Y estas cosas suaves también tienen un propósito. Hasan. Me hacen feliz.
Hasan hizo un profundo sonido gutural, cortante y desdeñoso.
—No quiero poseer estas cosas, Hasan —dijo Zina con voz ronca—; tan sólo utilizarlas una o dos noches. —Extendió una mano hacia él—. ¿Es que no puedes relajar tus normas encuadernadas en acero ni siquiera un ratito? Los dos hemos trabajado duro hoy; nos merecemos relajarnos un poco.
—Habla por ti. No me dejaré seducir por los lujos —dijo Hasan de manera cortante—. Y me asquea que te hayas dejado seducir por ellos.
—No creo que te dé asco. —Había visto algo en los ojos de Hasan, una especie de abnegación que ella malinterpretó con bastante naturalidad como el escollo de su estricta naturaleza ascética.
—Muy bien, pues —dijo ella—. Romperé la botella de coñac y sembraré la cama de cristales, tan sólo para que vengas aquí conmigo.
—Ya te lo he dicho —le advirtió él sombríamente—. No bromees con esas cosas. Zina.
Ella se incorporó, y avanzó hacia él de rodillas con los pechos, lustrosos bajo la dorada luz de la lámpara, balanceándose provocativamente.
—Lo digo completamente en serio. Si lo que deseas es tumbarte en un lecho de dolor mientras hacemos el amor, ¿quién soy yo para discutirlo?
Hasan permaneció mirándola durante un buen rato. No se le ocurrió que ella pudiera estar burlándose de él todavía.
—No lo entiendes. —Dio un paso hacia ella—. Nuestro camino está fijado. Estamos obligados a seguir el tariqat, el sendero espiritual que conduce a Alá.
—No me distraigas. Hasan. Todavía estoy pensando en las armas.
Zina le agarró de la túnica de muselina y lo atrajo hacia ella. Alargó la otra mano y acarició con dulzura la venda que cubría la zona del muslo donde le habían disparado. Luego, le subió la túnica.
Sus relaciones sexuales, tan feroces como un combate cuerpo a cuerpo, eran fruto tanto del deseo de hacer daño al otro como de la necesidad física. Era dudoso que el amor tuviera cabida entre su flagelación, gemidos y liberación de fluidos corporales propios de un martillo neumático. Por su parte, Arsenov anhelaba estar tumbado en el lecho de cristales rotos con el que había bromeado Zina, así que cuando las uñas de ella lo agarraron, resistió, y la obligó a que se agarrara con más fuerza y le marcara la piel. Era lo bastante duro para que Zina se cebara, así que ésta sacó a pasear los dientes y los utilizó sobre los poderosos músculos de los hombros, el pecho y los brazos de Hasan. La extraña sensación alucinatoria en la que él estaba inmerso sólo remitió con la creciente oleada de dolor que amenazaba con acabar con el placer.
Necesitaba un castigo por lo que le había hecho a Jalid Murat, su compatriota, su amigo. No importaba que hubiera hecho algo necesario para que su gente sobreviviera y prosperara. ¿Cuántas veces se había dicho que había sacrificado a Jalid Murat en aras del futuro de Chechenia? Y sin embargo, necesitado de un castigo cruel, la duda y el temor lo acosaban, como a un pecador, como a un paría. Aunque a decir verdad, pensó en ese momento, durante la pequeña muerte que sobreviene con la liberación sexual, ¿no pasaba siempre así con los profetas? ¿No era aquella tortura una prueba más de que el camino que había emprendido era el correcto?
A su lado, Zina yacía en sus brazos. Para el caso podría haber estado a miles de kilómetros de distancia, aunque, por decirlo de alguna manera, su mente también rebosaba de los pensamientos de los profetas. O, más exactamente, de los de un profeta. Aquel profeta actual había ocupado su mente desde que había arrastrado a Hasan a la cama. No soportaba la incapacidad de Hasan para permitirse gozar de los lujos que lo rodeaban, y en consecuencia, cuando la agarró, no era en él en quien ella estaba pensando, y cuando la penetró, él no estaba en absoluto en sus pensamientos, sino Stepan Spalko, a quien ella cantaba melodiosamente. Y cuando, cerca del orgasmo, se mordió el labio, no fue por pasión, como creyó Hasan, sino por miedo a gritar el nombre de Spalko. Lo deseaba muchísimo, aunque fuera sólo para herir a Hasan en lo más vivo, porque no tenía ninguna duda de que él la amaba. Sin embargo, Zina encontraba aquel amor tonto e inconsciente, algo infantil, como el niño que extiende los brazos buscando el pecho de su madre. Lo que Hasan ansiaba de ella era calor y protección, un rápido retroceso al útero. Aquél era un amor que a Zina le hacía sentir un hormigueo en la piel.
Pero lo que ella ansiaba…
Sus pensamientos se detuvieron cuando Hasan se apretó contra ella, suspirando. Zina había pensado que estaba dormido, pero no era así, o le había despertado otra cosa. En ese momento, atenta a sus deseos, no tenía tiempo para sus propios pensamientos. Percibió el varonil aroma de Hasan, que ascendía como una niebla antes del amanecer, y su respiración ligeramente acelerada.
—Estaba pensando —susurró él— en qué significa ser un profeta, en si un día me llamará así nuestra gente.
Zina no dijo nada, sabiendo que él deseaba que en ese momento guardara silencio, que sólo escuchara cómo se reafirmaba en el camino escogido. Aquél era el punto débil de Arsenov, una debilidad desconocida para cualquier otro, aquella que sólo le mostraba a ella. Zina se preguntó si Jalid Murat habría sido lo bastante inteligente para haber sospechado la existencia de aquel punto flaco. Sin duda. Stepan Spalko sí.
—El Corán nos dice que cada uno de nuestros profetas es la encarnación de un atributo divino —dijo Arsenov—. Moisés es la manifestación del aspecto trascendente de la realidad, debido a su capacidad para hablar con Dios sin un intermediario. En el Corán, el Señor le dice a Moisés: «No temas, eres trascendente. —Jesús es la manifestación de lo profético. De niño, gritó—: Dios me dio el Libro y me nombró Profeta».
»Pero Mahoma es la encarnación y la manifestación espiritual de todos los nombres de Dios. El propio Mahoma dijo: “Lo primero que creó Dios fue mi luz. Fui Profeta, mientras Adán seguía todavía entre el agua y la tierra”.
Zina esperó varios segundos hasta estar segura de que Hasan había terminado de pontificar. Entonces, con una mano apoyada en el pecho que subía y bajaba lentamente de Hasan, preguntó, porque sabía que él quería que preguntara.
—¿Y cuál es tu atributo divino, profeta mío?
Arsenov volvió la cabeza sobre la almohada para poderla ver totalmente. La luz de la lámpara situada detrás de Zina le ensombrecía la mayor parte de la cara, dejando sólo una resplandeciente línea a lo largo de la mejilla y la mandíbula iluminada por lo que parecía una larga pincelada, y Hasan se sorprendió pensando en algo que las más de las veces mantenía escondido, incluso a sí mismo. No sabía qué haría sin la fuerza y la vitalidad de Zina. Para él, su útero representaba la inmortalidad, el lugar sagrado del que saldrían sus hijos, el linaje que se perpetuaría por toda la eternidad. Pero sabía que ese sueño no podría hacerse realidad sin la ayuda de Spalko.
—¡Ah, Zina! Si supieras lo que el jeque hará por nosotros, en qué nos convertiremos gracias a su ayuda.
Ella apoyó la mejilla en el brazo doblado de Hasan.
—Cuéntamelo.
Pero Hasan negó con la cabeza, con una leve sonrisa jugueteando en las comisuras de sus labios.
—Eso sería un error.
—¿Por qué?
—Porque debes verlo por ti misma sin ningún conocimiento previo de la devastación que causará el arma.
En ese momento, al mirar fijamente los ojos de Arsenov, Zina sintió un escalofrío en lo más profundo de su ser, allí donde ella rara vez se atrevía a mirar. Tal vez se sintiera intimidada por el terrible poder de lo que se desataría en Nairobi tres días después. Pero con la clarividencia que a veces se concede a los amantes comprendió que lo que más le interesaba a Hasan era el temor que engendraría aquella forma de muerte, fuese la que fuese. Era evidente que él pretendía blandir el miedo. El miedo a utilizar la espada adecuada para recuperar todo aquello que los chechenos habían perdido a lo largo de siglos de abusos, desplazamientos y derramamiento de sangre.
Desde temprana edad, Zina había mantenido una relación íntima con el miedo. Su padre, un hombre débil y moribundo a causa de la mórbida desesperación que recorría Chechenia como una epidemia, otrora había mantenido a su familia, como era obligación de todos los hombres chechenos, aunque ya ni siquiera era capaz de asomar las narices a la calle por miedo a ser detenido por los rusos. Su madre, en otra época una mujer hermosa, se había convertido al final de su vida en una vieja bruja de pechos caídos, escaso pelo, poca vista y menos memoria.
Después de llegar a casa tras un largo día de hurgar en la basura, Zina se veía obligada a recorrer tres kilómetros hasta la fuente pública más cercana y hacer cola durante una o dos horas, para luego volver y tener que subir a cuestas el balde lleno los cinco tramos de escaleras que conducían a la mugrienta habitación en la que habitaban.
¡Y qué agua! Todavía había veces que se despertaba entre arcadas, sintiendo su asqueroso gusto a trementina en la boca.
Una noche, su madre se sentó y no se levantó. Tenía veintiocho años, aunque aparentaba más del doble. Tenía los pulmones llenos de alquitrán a causa del fuego permanente del petróleo. Cuando el hermano menor de Zina se quejó de sed, la anciana había mirado a Zina y había dicho:
—No puedo levantarme. Ni siquiera a buscar el agua. No puedo continuar…
Zina se giró, y apagó la lámpara. La luna, hasta entonces oculta, llenó el marco de la ventana. En el punto en el que el torso de Zina descendía hasta su estrecha cintura, la luz fría de la luna cayó sobre la cama formando un charco e iluminándole el ápice del pecho, bajo cuya pronunciada curva tenía Hasan apoyada la mano. Fuera de aquel charco sólo había oscuridad.
Permaneció tumbada con los ojos abiertos durante mucho tiempo, escuchando la respiración de Hasan mientras esperaba que el sueño la reclamara. ¿Quién mejor que los chechenos conocía el significado del miedo?, se preguntó. En la cara de Hasan estaba escrita la lamentable historia de su pueblo. Daba igual la muerte, nada importaba la ruina, allí sólo estaba el único resultado que él era capaz de ver: la reivindicación de Chechenia. Y con el corazón entristecido por la desesperación, Zina supo que era necesario llamar la atención del mundo con violencia. Y en esos días sólo había una manera de hacerlo. Sabía que Hasan tenía razón: la muerte tenía que llegar de una manera hasta entonces impensable, pero el precio que podrían llegar a pagar todos era algo de lo que no tenía ni la más remota idea.