TERCERA PARTE

      21      

—Creo que puede haber una hemorragia interna —dijo Annaka mientras volvía a examinar la hinchazón intensamente descolorida en el costado de Bourne—. Tenemos que llevarlo al hospital.

—Debe de estar de broma —dijo él. En efecto, el dolor había empeorado considerablemente; cada vez que respiraba, sentía como si tuviera rotas un par de costillas. Pero una visita al hospital era totalmente imposible; lo buscaban.

—De acuerdo —concedió ella—. Un médico, entonces. —Y levantó la mano, anticipándose a las protestas—. El amigo de mi padre, Istvan, es discreto. Mi padre lo utilizaba de vez en cuando sin que aquello trascendiera.

Bourne negó con la cabeza.

—Vaya a la farmacia, si se empeña. Nada más.

Antes de que tuviera tiempo de cambiar de idea, Annaka cogió el abrigo y el bolso, y le prometió que no tardaría mucho.

En cierta manera Bourne se alegró de librarse de ella temporalmente, pues necesitaba estar a solas con sus pensamientos. Acurrucado en el sofá, se arrebujó en el edredón. Tenía la sensación de que le ardía la cabeza. Estaba convencido de que el doctor Schiffer era la clave. Tenía que encontrarlo, porque en cuanto lo hiciera encontraría a la persona que había ordenado los asesinatos de Alex y Mo, la persona que le había tendido la trampa. El problema era que estaba bastante seguro de que no le quedaba mucho tiempo. Schiffer ya llevaba desaparecido algún tiempo. A Molnar lo habían asesinado hacía dos días. Si, como Bourne temía, éste había revelado el paradero de Schiffer bajo la presión de un interrogatorio sistemático, entonces tenía que suponer que a esas alturas Schiffer ya estaba en manos del enemigo, lo que significaría que éste también estaba en posesión de lo que fuera que hubiera inventado el doctor, algún tipo de arma biológica, de nombre clave NX 20, ante cuya mención Leonard Fine, el conducto de Conklin, había reaccionado con tanta inquietud cuando él lo había mencionado.

Pero ¿quién era el enemigo? El único nombre que tenía era el de Stepan Spalko, un sujeto de fama internacional entregado a labores humanitarias. Y sin embargo, según Jan, Spalko era el hombre que había ordenado los asesinatos de Alex y Mo y que le había tendido la trampa para cargarle el mochuelo. Tal vez Jan estuviera mintiendo. ¿Por qué no? Si quería llegar hasta Spalko por sus propios motivos, mal le iba a comunicar éstos a Bourne.

¡Jan!

Sólo pensar en él hacía que Bourne se viera desbordado por un sentimiento indeseado. No sin esfuerzo concentró su cólera contra su propio gobierno. Le habían mentido, y habían conspirado en una maniobra de encubrimiento para ocultarle la verdad. ¿Por qué? ¿Qué estaban intentando esconder? ¿Creían acaso que Joshua podría estar vivo? Y si era así, ¿por qué no habrían de querer que él lo supiera? ¿Qué estaban haciendo? Se apretó la cabeza con las manos. Su visión parecía estar perdiendo la perspectiva; las cosas que habían parecido cercanas hacía un rato, en ese momento parecían lejanas. Pensó que podría estar perdiendo la razón. Con un grito inarticulado se quitó de encima el edredón de un tirón y se levantó, haciendo caso omiso del ramalazo que sintió en el costado cuando se dirigió con ímpetu hacia donde había escondido su pistola de cerámica, debajo de su cazadora. La levantó en la mano. Lejos de proporcionar el tranquilizador peso de una pistola de acero, era ligera como una pluma. La sujetó por la empuñadura y encogió el dedo alrededor del seguro del gatillo. Estuvo mirándola mucho tiempo, como si con la mera fuerza de voluntad pudiera invocar a los funcionarios enterrados en lo más profundo de la responsabilidad militar por decidir no decirle que jamás habían encontrado el cuerpo de Joshua, por decidir sencillamente que era más fácil declarar que había muerto, cuando lo cierto era que en realidad no sabían si estaba vivo o muerto.

El dolor volvió lentamente; un universo de martirio a cada inspiración que hacía le obligó a volver al sofá, donde, una vez más, se arrebujó en el edredón. Y en el silencio del apartamento, el pensamiento volvió una vez más espontáneamente: ¿y si Jan estuviera diciendo la verdad, y si fuera Joshua? Y la respuesta, terrible e inalterable: entonces era un asesino, un brutal asesino que no sentía remordimientos ni culpa, absolutamente desconectado de cualquier emoción humana.

De repente Jason Bourne bajó la cabeza, tan cerca de echarse a llorar como no lo había estado desde que Alex Conklin lo creara hacía décadas.

Cuando a Kevin McColl le encargaron ejecutar la sanción de Bourne, estaba encima de Ilona, una joven húngara conocida suya, una chica tan desinhibida como atlética. La chica era capaz de hacer cosas maravillosas con las piernas, y de hecho era lo que estaba haciendo cuando recibió la llamada.

Cuando ocurrió, él e Ilona estaban en los baños turcos de Kiraly, en la calle Fo. Como era sábado, un día reservado para las mujeres, ella había tenido que colarlo a hurtadillas, lo cual, tuvo que admitir McColl, había contribuido a la excitación. Como todos los demás en su situación, se había habituado muy pronto a vivir por encima de la ley, a «ser» él mismo la ley.

Con un gruñido de frustración se había desenredado de Ilona y había cogido el móvil. Era imposible no responder cuando la llamada lo convocaba para imponer una sanción. Escuchó sin hacer ningún comentario la voz del DCI al otro lado de la línea. Tenía que irse ya. La ejecución de la sanción era urgente, y el objetivo estaba a tiro.

Así que, mientras contemplaba con añoranza el brillo de la sudorosa y resbaladiza piel de Ilona bañada por la luz rojiza reflejada en las baldosas del mosaico, empezó a vestirse. Era un hombre grande, con el físico de un defensa de fútbol americano del Medio Oeste y una cara plana e imperturbable. Estaba obsesionado con las pesas, y su cuerpo lo demostraba. Sus músculos se tensaban con cada movimiento que hacía.

—Me he quedado a medias —dijo Ilona, mientras sus grandes ojos negros se empapaban de él.

—Y yo también —dijo McColl, dejándola tumbada donde estaba.

* * *

Había dos reactores sobre la pista del aeropuerto Nelson de Nairobi. Los dos eran propiedad de Stepan Spalko; los dos llevaban el logotipo de Humanistas Ltd., en el fuselaje y en la cola. Spalko había volado desde Budapest en el primero. El segundo lo había utilizado el personal de apoyo de Humanistas, que en ese momento ya estaban en el interior del reactor que los llevaría de vuelta a Budapest. El otro avión llevaría a Arsenov y a Zina a Islandia, donde se encontrarían con el resto de la célula terrorista que volaría desde Chechenia, vía Helsinki.

Spalko se paró frente a Arsenov. Zina estaba un paso más atrás, junto al hombro izquierdo de Arsenov. Sin duda, éste pensaba que la posición de Zina era una cuestión de deferencia hacia él, pero Spalko sabía que no. Los ojos de Zina ardían mientras se embebían del jeque.

—Jeque, ha cumplido al pie de la letra su promesa —dijo Arsenov—. El arma nos llevará a la victoria en Reykiavik, de eso puede estar seguro.

Spalko asintió con la cabeza.

—Muy pronto tendréis todo lo que os corresponde.

—La inmensidad de nuestra gratitud se me antoja insuficiente.

—No te reconoces ningún mérito, Hasan. —Spalko sacó un maletín de piel y lo abrió—. Pasaportes, tarjetas de identificación, mapas, diagramas y fotos recientes. Todo lo que necesitáis. —Le entregó el contenido—. El encuentro con el barco será a las tres de la madrugada de mañana. —Miró a Arsenov—. Que Alá te conceda fuerza y valor. Que Alá guíe tu puño de acero.

Cuando Arsenov se alejó, preocupado por su preciada carga, Zina dijo:

—Que nuestro próximo encuentro nos lleve a un gran futuro, jeque.

Spalko sonrió.

—El pasado morirá —dijo, y su mirada fue de lo más elocuente—, para dejar paso a un gran futuro.

Zina, riendo para sus adentros con un placer mudo, siguió a Hasan Arsenov cuando éste subió a la escalerilla metálica para entrar en el reactor.

Spalko observó cómo la puerta se cerraba tras ellos, y se dirigió a su avión, esperando pacientemente a pie de pista. Sacó su móvil, marcó un número y, cuando oyó la familiar voz en el otro extremo de la línea, dijo sin más preámbulos:

—Los avances que ha estado haciendo Bourne son una novedad que no augura nada bueno. Ya no me puedo permitir que Jan mate a Bourne a la vista de todos… Sí, lo sé, si es que en algún momento ha tenido intención de matarlo. Jan es una criatura curiosa, un rompecabezas que nunca he sido capaz de resolver. Pero ahora que se ha vuelto impredecible, tengo que suponer que está siguiendo sus propios objetivos. Si Bourne muere ahora, Jan desaparecerá quién sabe dónde y ni siquiera podré encontrarlo. Nada debe interferir en lo que va a ocurrir dentro de dos días. ¿Me he expresado con suficiente claridad? Bien. Ahora, escucha. Sólo hay una manera de neutralizarlos a los dos.

McColl no sólo había recibido el nombre y la dirección de Annaka Vadas —por un extraordinario golpe de suerte, situada sólo a cuatro manzanas al norte de los baños—, sino también su foto a través de un archivo jpg enviado a su móvil. En consecuencia, no tuvo ningún problema en reconocerla cuando ella salía del portal de la calle Fo, 106-108. McColl se entusiasmó de inmediato con su belleza y el aire autoritario de su porte. La observó cuando ella sacó su móvil, abrió la puerta de un Skoda azul y se sentó detrás del volante.

Cuando Annaka estaba a punto de introducir la llave en el contacto, Jan se levantó del asiento trasero del coche y dijo:

—Debería contárselo todo a Bourne.

Ella se sobresaltó, pero no hizo ningún intento de volverse; así de bien adiestrada estaba. Lo miró fijamente por el espejo retrovisor, y respondió de manera cortante:

—¿Contarle qué? Tú no sabes nada.

—Sé lo suficiente. Sé que eres tú quien llevó a la policía al piso de Molnar. Sé por qué lo hiciste. Bourne se estaba acercando demasiado a la verdad, ¿no es así?, y estaba a punto de averiguar que quien le tendió la trampa fue Spalko. Ya se lo he dicho yo, aunque parece que no se cree nada de lo que le digo.

—¿Por qué habría de hacerlo? No tienes ninguna credibilidad ante él. Está convencido de que formas parte de un inmenso complot para manipularlo.

Jan movió con rapidez una mano de acero por encima del respaldo y la agarró del brazo, que ella había movido lentamente mientras hablaba.

—No hagas eso. —Él le quitó el bolso, lo abrió y sacó la pistola—. Ya intentaste matarme una vez. Créeme, no tendrás una segunda oportunidad.

Annaka miró fijamente la imagen reflejada de Jan. En su interior pugnaba un sinfín de sentimientos.

—Crees que te estoy mintiendo sobre Jason, pero no es así.

—Lo que me gustaría saber —dijo tranquilamente Jan, haciendo caso omiso de su comentario— fue cómo lo convenciste de que amabas a tu padre, cuando en realidad sentías un odio visceral hacia él.

Annaka permaneció sentada en silencio. Respiraba lentamente mientras intentaba poner las ideas en orden. Sabía que se encontraba en una situación sumamente peligrosa. La pregunta era cómo iba a escapar.

—¡Cómo debiste de disfrutar cuando le dispararon! —prosiguió Jan—. Aunque, conociéndote como te conozco, probablemente lamentaras no haber podido dispararle tú misma.

—Si vas a matarme —dijo ella lacónicamente—, hazlo ya, y ahórrame tu inútil cháchara.

Jan se inclinó hacia delante moviéndose como una cobra y la agarró por el cuello, y por fin ella se alarmó. Al fin y al cabo era lo que Jan andaba buscando.

—No tengo intención de ahorrarte nada, Annaka. ¿Qué me ahorraste tú cuando tuviste ocasión?

—No creí que necesitaras que te mimara.

—Rara vez pensabas cuando estábamos juntos —dijo él—; al menos, no en mí.

La sonrisa de Annaka fue fría.

—Oh, pensaba en ti constantemente.

—Y le repetías cada uno de esos pensamientos a Stepan Spalko. —Su mano le apretó la garganta, sacudiéndole la cabeza de un lado a otro—. ¿No es eso cierto?

—¿Por qué me lo preguntas, si ya sabes la respuesta? —dijo ella casi sin resuello.

—¿Cuánto tiempo has estado burlándote de mí?

Annaka cerró los ojos un instante.

—Desde el principio.

Jan hizo rechinar los dientes con furia.

—¿Cuál es su juego? ¿Qué quiere de mí?

—Eso no lo sé. —Annaka hizo un ruido sibilante cuando él le apretó con tanta fuerza que le cortó el aire en la tráquea. Cuando Jan aflojó la presión lo suficiente, ella dijo con voz débil—: Puedes hacerme todo el daño que quieras, y seguirás obteniendo la misma respuesta, porque es la verdad.

—¡La verdad! —Jan se rió con soma—. No reconocerías la verdad ni aunque te mordiera. —No obstante, la creyó, y la inutilidad de Annaka lo indignó—. ¿Cuál es tu trabajo con Bourne?

—Mantenerlo alejado de Stepan.

Él asintió, recordando su conversación con Spalko.

—Parece lógico.

La mentira había acudido fácilmente a los labios de Annaka. Sonaba a verdad no sólo por su práctica de toda una vida, sino porque hasta aquella última llamada de Spalko «había sido» verdad. Los planes de Spalko habían cambiado, y cuando tuvo tiempo de reflexionar al respecto, se dio cuenta de que convenía a su nuevo propósito contárselo a Jan. Quizá fuera una suerte que la hubiera encontrado de aquella manera, pero sólo si ella conseguía salir viva del encuentro.

—¿Dónde está Spalko ahora? —le preguntó Jan—. ¿Aquí, en Budapest?

—En realidad viene de camino desde Nairobi.

Jan se sorprendió.

—¿Y qué estaba haciendo en Nairobi?

Ella se rió, pero con los dedos de Jan agarrándola dolorosamente de la garganta, la risa sonó más a una tos seca.

—¿De verdad crees que me lo diría? Ya sabes lo reservado que es.

Jan le puso los labios junto a la oreja.

—Sé lo reservados que «éramos», Annaka, sólo que allí no había ninguna reserva en absoluto, ¿no es así?

Annaka le sostuvo la mirada a través del retrovisor.

—No se lo contaba todo. —Qué extraño se le hacía no estar mirándolo directamente—. Algunas cosas me las reservaba.

Los labios de Jan se curvaron en una mueca de desprecio.

—De verdad no esperarás que me crea eso.

—Créete lo que quieras —dijo ella cansinamente—, como has hecho siempre.

La volvió a sacudir.

—¿A qué te refieres?

Annaka jadeó y se mordió el labio inferior.

—Nunca comprendí lo mucho que odiaba a mi padre hasta que estuve contigo. —Jan aflojó la presión, y ella tragó saliva convulsamente—. Pero tú, con tu inquebrantable animadversión hacia tu padre, me mostraste la luz; me enseñaste a aguardar mi hora, a saborear la idea de la venganza. Y tienes razón. Cuando le dispararon, sentí amargura por no haberlo hecho yo misma.

Aunque Jan no tenía ninguna intención de demostrarlo, lo que dijo Annaka lo conmocionó. Hasta un instante antes, no había tenido ni idea de que le hubiera dejado ver tanto de sí mismo. Sintió vergüenza y resentimiento de que Annaka hubiera podido meterse tan dentro de su piel sin que él se hubiera dado cuenta de ello.

—Estuvimos juntos un año —dijo Jan—. Toda una vida para la gente como nosotros.

—Trece meses, veintiún días y seis horas —le corrigió Annaka—. Recuerdo el momento exacto en que me alejé de ti, porque entonces supe que no podía controlarte como Stepan quería que lo hiciera.

—¿Y eso por qué motivo? —El tono de su voz fue despreocupado, aunque no así su interés.

Zina volvió a encontrar su mirada, y se negó a apartar la suya.

—Porque cuando estaba contigo, ya no podía controlarme.

¿Decía la verdad o volvía a jugar con él? Jan, tan seguro de todo hasta que Jason Bourne había vuelto a entrar en su vida, no lo sabía. Una vez más, sintió vergüenza y resentimiento, e incluso un poco de miedo a que le estuvieran fallando su proverbial capacidad de observación y su instinto. A pesar de todos sus esfuerzos, los sentimientos habían entrado en escena, esparciendo su bruma tóxica sobre los pensamientos de Jan, nublándole el juicio e inmovilizándolo en un mar de indefinición. Se dio cuenta de que su deseo por Annaka aumentaba con una fuerza que nunca antes había sentido. La deseaba con tal desesperación que no pudo por menos que apretar los labios contra la preciosa piel de su nuca.

Y al hacerlo no reparó en la sombra que descendió de repente sobre el interior del Skoda, sombra que sí percibió Annaka, quien movió la mirada y vio al fornido estadounidense que abría la puerta trasera y dejaba caer la culata de su pistola contra la parte trasera del cráneo de Jan.

Éste aflojó la presión, y su mano se desplomó mientras él caía redondo sobre el asiento trasero, inconsciente.

—Hola, señorita Vadas —dijo el corpulento estadounidense en un perfecto húngaro. Sonrió mientras recogía la pistola de Annaka con su manaza—. Me llamo McColl, pero le agradecería que me llamara Kevin.

Zina soñaba con un cielo naranja bajo el cual una horda de nuestro tiempo —un ejército de chechenos esgrimiendo unas NX 20— descendía del Cáucaso a las estepas de Rusia para arrasar a quien era el instrumento de la perdición de su pueblo. Pero había sido tal la fuerza del experimento de Spalko que éste borró el tiempo para ella. Zina volvía a estar en el pasado, niña en la casucha maltrecha por la guerra de sus padres, y su madre la miraba fijamente desde su cara devastada, diciendo: «No puedo levantarme. Ni siquiera para ir a por agua. No puedo seguir».

Pero alguien tenía que seguir. Zina tenía quince años, y era la mayor de los cuatro hijos. Cuando vino el suegro de su madre, sólo se llevó a su hermano Kami, el heredero varón del clan; los demás, incluidos sus propios hijos, o habían sido asesinados por los rusos o enviados a los temidos campos de Pobedinskoe y Krasnaya Turbina.

Después de eso, Zina se hizo cargo de las tareas de su madre y se dedicó a buscar el metal y el agua. Pero de noche, pese a su agotamiento, el sueño le era esquivo, mientras intentaba escapar de la visión de la cara surcada de lágrimas de Kami, de su terror al abandonar a su familia, todo cuanto conocía.

Tres veces por semana se escabullía y cruzaba el terreno plagado de minas de tierra sin explotar para ver a Kami, para besarle las pálidas mejillas y darle noticias de casa. Un día llegó y se encontró a su abuelo muerto. De Kami no había ni rastro. Las Fuerzas Especiales rusas habían hecho una razia, matando a sus abuelos y llevándose a su hermano a Krasnaya Turbina.

Zina se había pasado los seis meses siguientes intentando conseguir noticias de Kami, pero era joven e inexperta en aquellas lides. Además, sin dinero no podía encontrar a nadie que hablara. Tres años después, con su madre muerta y sus hermanas en casas de acogida, se unió a las fuerzas rebeldes. No había escogido un camino fácil: tuvo que soportar la intimidación masculina; tuvo que aprender a ser dócil y servil, y a identificar lo que entonces había considerado como sus escasos recursos, y a administrarlos. Pero siempre había sido excepcionalmente inteligente, y esto la hizo aprender con rapidez a sacarle partido a sus aptitudes físicas. Eso también le proporcionó un trampolín desde el que descubrir cómo se jugaba al juego del poder. Al contrario que un hombre, que ascendía en el escalafón por medio de la intimidación, ella se vio obligada a utilizar los activos físicos con los que había nacido. Un año después de soportar las dificultades de un cuidador tras otro, consiguió convencer a su supervisor para organizar una incursión nocturna en Krasnaya Turbina.

Ésa había sido la única razón de que se uniera a los rebeldes, de que se hubiera metido en aquel infierno, aunque estaba verdaderamente aterrorizada por lo que podía encontrar. Y sin embargo no encontró nada, ninguna prueba del paradero de su hermano. Era como si sencillamente Kami hubiera dejado de existir.

Zina se despertó con un grito ahogado. Se incorporó, miró hacia todas partes y cayó en la cuenta de que estaba en el reactor de Spalko camino de Islandia. En su imaginación, todavía medio sumida en el sopor del sueño, vio la cara surcada de lágrimas de Kami y olió el acre hedor a lejía que ascendía de los pozos de la muerte de Krasnaya Turbina. Bajó la cabeza. Era la incertidumbre lo que la devoraba. Si supiera que estaba muerto, tal vez pudiera enterrar su sentimiento de culpa. Pero si, por algún milagro casual, Kami siguiera vivo, jamás lo sabría, y no podría acudir a su rescate y salvarlo de los horrores a los que los rusos seguirían sometiéndole.

Consciente de que alguien se acercaba, levantó la vista. Era Magomet, uno de los dos lugartenientes que Hasan se había llevado con él a Nairobi para que fueran testigos de la puerta a su libertad. Ahmed, el otro lugarteniente, se esforzaba en ignorarla, como había hecho desde que la viera ataviada con su cómoda ropa occidental. Magomet, un tipo con aspecto de oso, los ojos del color del café turco y una barba larga y rizada que se peinaba con los dedos cuando estaba inquieto, se paró ligeramente inclinado, apoyándose contra el respaldo del asiento.

—¿Todo en orden, Zina? —preguntó.

Los ojos de Zina buscaron primero a Hasan, a quien encontraron dormido. Entonces, curvó los labios en un amago de sonrisa.

—Estaba soñando con nuestro inminente triunfo.

—Será magnífico, ¿verdad? ¡Por fin nos vengaremos! ¡Será nuestro día de gloria!

Zina se dio cuenta de que el hombre se moría por sentarse a su lado, así que no dijo nada; tendría que contentarse con que ella no lo echara con cajas destempladas. Zina se estiró, arqueando el pecho, y observó con regocijo cómo los ojos de Magomet se abrían ligeramente. «Lo único que le falta es que le cuelgue la lengua fuera», pensó.

—¿Te apetece un café? —le preguntó él.

—Supongo que no me importaría.

Zina tuvo cuidado de emplear un tono de voz neutro: sabía que él sólo buscaba alguna insinuación. Era evidente que la posición de Zina, fortalecida por la importante tarea que el jeque le había encomendado, por la confianza implícita en lo que él le había pedido, no se le había escapado a Magomet, como era el caso con Ahmed, quien, como la mayoría de los varones chechenos, sólo la veía como a una mujer inferior. Entonces, durante un instante, al considerar la enorme barrera cultural que estaba intentando socavar, le falló el valor. Aunque al instante su aguda concentración mental la hizo volver a su estado normal. El plan que había trazado a instancias del jeque era fantástico; funcionaría, lo tenía tan claro como que estaba respirando. Cuando Magomet se dio la vuelta para marcharse, ella habló para empezar a fomentar aquel plan.

—Y cuando vayas a la cocina —dijo—, trae también un café para ti.

Cuando Magomet volvió, ella cogió el café que él le entregó y le dio un sorbo sin invitarlo a sentarse. El hombre se quedó de pie, con los codos en el respaldo, sujetando la taza entre las manos.

—Dime —dijo Magomet—, ¿cómo es él?

—¿El jeque? ¿No se lo has preguntado a Hasan?

—Hasan Arsenov no dice nada.

—Tal vez —dijo ella, mirando a Magomet por encima del borde de su taza— esté cuidando celosamente de su posición privilegiada.

—¿Y tú?

Zina se rió en voz baja.

—No. A mí no me importa compartir. —Le dio otro sorbo al café—. El jeque es un visionario. No ve el mundo como es, sino como será dentro de un año… ¡o de cinco! Es asombroso estar cerca de él, un hombre que controla tan bien todos los aspectos de su persona, un hombre que cuenta con tanto poder en todo el globo.

Magomet hizo un ruido de alivio.

—Entonces ¿estamos realmente salvados?

—Sí, salvados. —Zina apartó su taza, y sacó una navaja y una crema de afeitar que había encontrado en el bien equipado baño—. Ven, siéntate aquí, enfrente de mí.

Magomet dudó sólo un instante. Cuando se sentó, estaba tan cerca de ella que sus rodillas se tocaron.

—No puedes aterrizar en Islandia con ese aspecto, ¿sabes?

Él la observó con sus ojos negros mientras se atusaba la barba con los dedos. Sin quitar los ojos de él, Zina le cogió la mano entre las suyas y se la apartó de la barba. Luego, abrió la navaja y le aplicó la crema en la mejilla derecha. La hoja rozó la carne de Magomet. Éste tembló ligeramente entonces, cuando ella empezó a raparle, y cerró los ojos.

En algún momento Zina fue consciente de que Ahmed se levantaba y la observaba. Para entonces, la mitad de la cara de Magomet estaba afeitada. Zina continuó con lo que estaba haciendo cuando Ahmed se levantó y se acercó a ella. El hombre no dijo nada, sino que se quedó mirando con incredulidad mientras la barba de Magomet era pelada y su cara iba quedando a la vista lentamente.

Entonces carraspeó, y dijo en voz baja:

—¿Crees que podría ser el siguiente?

—Nunca me hubiera esperado que este tipo llevara una pistola tan mediocre —dijo McColl cuando sacó a Annaka del Skoda. Ella hizo un ruido despectivo cuando el estadounidense se la guardó.

Annaka salió con bastante docilidad, contenta de que aquel sujeto hubiera tomado su pistola por la de Jan. Se quedó de pie en la acera bajo el sombrío cielo de la tarde, con la cabeza agachada, la mirada baja y una sonrisa oculta iluminándola por dentro. Al igual que muchos hombres, el estadounidense no podía comprender que ella llevara un arma, y mucho menos que supiera cómo utilizarla. Aquella ignorancia acabaría sin duda haciéndole daño; ya se aseguraría ella de que así fuera.

—Lo primero de todo es que quiero garantizarle que no le ocurrirá nada. Todo lo que tiene que hacer es responder a mis preguntas con sinceridad y obedecer mis órdenes al pie de la letra.

McColl utilizó la yema del pulgar para presionarle un nervio en la cara interna del codo. Lo suficiente para hacerle saber que estaba hablando completamente en serio.

Ella asintió con la cabeza y soltó un breve grito cuando el sujeto apretó el nervio un poco más.

—Espero que responda cuando le haga una pregunta.

—Comprendido, sí —dijo ella.

—Bien. —McColl la introdujo en las sombras del portal del 106-108 de la calle Fo—. Estoy buscando a Jason Bourne. ¿Dónde está?

—No lo sé.

Las rodillas de Annaka se doblaron de dolor cuando él le hizo algo terrible en la cara interna del codo.

—¿Qué tal si volvemos a intentarlo? —dijo él—. ¿Dónde está Jason Bourne?

—Arriba —respondió ella mientras las lágrimas le caían por las mejillas—. En mi piso.

La presión de McColl cedió notablemente.

—¿Ve qué fácil ha sido? Sin ruido ni alboroto. Bueno, vayamos arriba.

Entraron, y ella utilizó su llave. Annaka encendió la luz y empezaron a subir la ancha escalera. Al llegar al cuarto piso, McColl la detuvo.

—Escúcheme bien —dijo en voz baja—. No tengo nada contra usted. ¿Lo entiende?

Annaka estuvo a punto de asentir con la cabeza, se contuvo y dijo:

—Sí.

McColl la acercó a él de espaldas con fuerza.

—Hágale la menor señal de aviso, y la eviscero como a un pez. —La empujó hacia delante—. De acuerdo. Prosigamos con esto.

Annaka caminó hasta la puerta, metió la llave en el cerrojo y la abrió. Vio a Jason a su derecha, desplomado en el sofá y con los ojos a medio cerrar.

Bourne levantó la vista.

—Pensé que iba a…

En ese instante McColl empujó a Annaka y levantó su pistola.

—¡Papi está en casa! —gritó, levantando el arma hacia la figura yacente, y apretó el gatillo.