27      

El Danubio estaba frío y negro. Bourne, herido de gravedad, fue el primero en caer al agua del río, donde desaguaba el sumidero, pero fue Jan quien tuvo dificultades. La extrema frialdad del agua no le importó, pero la oscuridad le hizo revivir el horror de pesadilla de su recurrente sueño.

La impresión del agua, la lejana superficie por encima de su cabeza, hizo que sintiera como si tuviera el tobillo atado a un cuerpo blanco medio descompuesto que girara lentamente por debajo de él en las profundidades. Lee-Lee lo llamaba, Lee-Lee quería que se uniera a ella…

Sintió que daba volteretas en la oscuridad, en un agua aún más profunda. De repente sintió para su espanto que tiraban de él. Presa del pánico, se preguntó si era Lee-Lee.

De pronto sintió el calor de otro cuerpo, grande y, a pesar de sus heridas, todavía tremendamente poderoso. Sintió el brazo de Bourne alrededor de su cintura, y el impulso de las piernas de Bourne lo sacó de la rápida corriente en la que Jan había caído y lo condujo hacia arriba, a la superfìcie.

A Jan le pareció que estaba llorando, o al menos gritando, pero cuando salieron a la superficie y se dirigieron a la lejana orilla, Jan empezó a dar golpes, como si no quisiera otra cosa que castigar a Bourne, o golpearlo hasta dejarlo sin sentido. Pero lo más que pudo hacer fue desasirse del envolvente brazo que le rodeaba la cintura y mirar con ferocidad a Bourne mientras se impulsaban hacia el muro de contención de piedra.

—¿Qué creíste que estabas haciendo? —dijo Jan—. Casi consigues que me ahogara.

Bourne abrió la boca para contestarle, pero aparentemente se lo pensó mejor. En su lugar, señaló río abajo, hacia el lugar en que un hierro vertical sobresalía del agua. Al otro lado de las profundas aguas azules del Danubio, los camiones de bomberos, las ambulancias y los coches de la policía seguían rodeando el edificio de Humanistas Ltd.

Multitud de curiosos se habían unido a los puñados de empleados evacuados, surgiendo en oleadas por las aceras, extendiéndose por las calles, asomándose a las ventanas, estirando los cuellos para conseguir un ángulo mejor. Los barcos que surcaban el río en una y otra dirección se estaban congregando en el lugar, y aunque los miembros de las fuerzas policiales les hacían señas para que se alejaran, los pasajeros corrían a la verja para ver más de cerca lo que pensaban que podría ser un desastre en ciernes. Pero habían llegado demasiado tarde. Según parecía, el fuego iniciado por la explosión en el hueco del ascensor había sido extinguido.

Pegándose a las sombras del muro de contención, Bourne y Jan se dirigieron a la escalera, que subieron todo lo deprisa que les fue posible. Por suerte para ellos, todos los ojos estaban puestos en el jaleo montado en el edificio de Humanistas Ltd. A unos cuantos cientos de metros de distancia reparaban una parte del muro de contención. Así pues, se arrastraron protegidos por las sombras por debajo del nivel de la calle, aunque por encima del agua, donde se había socavado el hormigón apuntalado con unos pesados maderos.

—Dame tu teléfono —dijo Jan—. El mío se ha empapado.

Bourne desenvolvió el móvil de Conklin y se lo entregó.

Jan marcó el móvil de Oszkar y, cuando lo localizó, le dijo dónde estaban y lo que necesitaban. Escuchó durante un momento, y luego le dijo a Bourne:

—Oszkar, mi contacto aquí, en Budapest, nos está consiguiendo un vuelo. Y te va a traer algunos antibióticos.

Bourne asintió con la cabeza.

—Bueno, veamos lo bueno que es realmente. Dile que necesitamos los planos del hotel Oskjuhlid de Reykiavik.

Jan lo miró con hostilidad, y durante un momento Bourne temió que fuera a colgar simplemente por maldad. Se mordió el labio. Tendría que acordarse de hablarle de una manera menos provocativa.

Jan le dijo a Oszkar lo que necesitaban.

—Tardará alrededor de una hora —dijo Jan.

—¿No ha dicho «imposible»? —preguntó Bourne.

—Oszkar nunca dice «imposible».

—Ni mis contactos podrían hacerlo mejor.

Se había levantado un viento frío e irregular, lo que le obligó a adentrarse más en su cueva improvisada. Bourne aprovechó la oportunidad para evaluar el daño que Spalko le había infligido; Jan había hecho bien en curarle las punciones, que eran numerosas en los brazos, pecho y piernas. Jan seguía con la cazadora puesta. En ese momento se la quitó y la sacudió. Cuando lo hizo. Bourne vio que la parte interior estaban llena de bolsillos, y todos ellos parecían llenos.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó.

—Trucos de la profesión —dijo Jan sin ganas de conversación. Se retiró a su mundo particular utilizando el móvil de Bourne.

—Ethan, soy yo —dijo Jan—. ¿Va todo bien?

—Eso depende —respondió Hearn—. En el tumulto descubrí que en mi despacho había un micrófono.

—¿Sabe Spalko para quién trabajas?

—Nunca he mencionado tu nombre. De todos modos, la mayor parte de las veces te he llamado fuera del despacho.

—No obstante sería prudente que te marcharas.

—Eso es exactamente lo que estaba pensando —dijo Hearn—. Me alegra oír tu voz. Después de las explosiones, no sabía qué pensar.

—Tienes poca fe —dijo Jan—. ¿Cuánto tienes sobre él?

—Bastante.

—Coge todo lo que tengas y sal de ahí ya. Me vengaré de él ocurra lo que ocurra.

Oyó que Hearn tomaba aire.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que quiero una copia de seguridad. Si por alguna razón no me puedes entregar el material, quiero que te pongas en contacto… Espera un momento. —Se volvió hacia Bourne, y dijo—: ¿Hay alguien en la Agencia a quien se le pueda confiar la información sobre Spalko?

Bourne negó con la cabeza, pero recapacitó de inmediato. Pensó en lo que Conklin le había contado sobre el director adjunto: que no sólo era un hombre justo, sino que además era uno de los suyos.

—Martin Lindros —dijo.

Jan asintió y le repitió el nombre a Hearn, tras lo cual cortó la comunicación y le devolvió el móvil.

Bourne tenía ante sí un dilema. Quería encontrar alguna manera de sintonizar con Jan, pero no sabía cómo. Al final se le ocurrió preguntarle cómo había llegado a la sala de interrogatorios. Se sintió aliviado cuando Jan empezó a hablar. Le contó a Bourne lo del escondite en el sofá, la explosión en el hueco del ascensor y su fuga de la habitación con cerrojos. Sin embargo, no hizo la menor referencia a la traición de Annaka.

Bourne escuchó cada vez más fascinado, aunque una parte de él siguió ausente, como si fuera otro quien mantuviese aquella conversación. Se sentía inclinado a rehuir cualquier compromiso sentimental con Jan; las heridas psíquicas estaban todavía demasiado abiertas. Reconoció que en su actual estado de debilidad todavía no estaba preparado para enfrentarse a las preguntas ni a las dudas que lo desbordaban. Así pues, los dos siguieron hablando de manera irregular y con poca fluidez, eludiendo en todo momento el tema central que se levantaba entre ellos como un castillo que podía ser asediado pero no tomado.

Una hora después llegó Oszkar en la furgoneta de su empresa con toallas, mantas y ropa nueva, además de un antibiótico para Bourne. Les entregó unos termos con café caliente. Bourne y Jan subieron al asiento trasero y, mientras se cambiaban, hizo un fardo con sus ropas rotas y mojadas; con todas, excepto con la extraordinaria cazadora de Jan. Luego, les entregó unas botellas de agua y comida, que ambos devoraron.

Si se sorprendió ante la visión de las heridas de Bourne, no lo demostró, y Jan supuso que había dado por sentado que el asalto había sido un éxito. A continuación le entregó a Bourne un pequeño ordenador portátil.

—Se han descargado los planos de todos los sistemas y subsistemas del hotel en el disco duro —dijo Oszkar—, además de los mapas de Reykiavik y sus alrededores y alguna información básica que pensé que podría ser de utilidad.

—Estoy impresionado —le dijo Bourne a Oszkar, aunque también se dirigía a Jan.

* * *

Martin Lindros recibió la llamada poco después de las once de la mañana, zona horaria del este. Se metió de un salto en su coche e hizo el trayecto de quince minutos hasta el Hospital George Washington en menos de ocho. El detective Harry Harris estaba en urgencias. Lindros utilizó sus credenciales para ahorrarse los trámites burocráticos y que uno de los agobiados médicos residentes lo llevara hasta la cama. Lindros descorrió la cortina que rodeaba por tres lados el cubículo de la sala de urgencias y la volvió a cerrar detrás de él.

—¿Qué demonios te ha ocurrido? —preguntó.

Recostado en la cama, Harris lo miró lo mejor que pudo. Tenía la cara tumefacta y de varios colores. Le habían partido el labio, y debajo del ojo izquierdo tenía un corte que había sido cosido.

—Que me han despedido… Eso es lo que ha ocurrido.

Lindros sacudió la cabeza.

—No lo entiendo.

—La consejera de Seguridad Nacional llamó a mi jefe. Directamente. En persona. Y exigió que me despidieran. Despedido sin indemnización y sin derecho a paro. Eso es lo que me dijo mi jefe, cuando me llamó ayer a mi despacho.

Lindros apretó los puños.

—¿Y luego?

—¿Qué quieres decir? Me dio una patada en el culo. Y aquí me tienes, deshonrado, después de una carrera sin tacha.

—Me refiero a cómo acabaste aquí.

—Ah, eso. —Harris volvió la cabeza hacia un lado, sin mirar a ningún sitio—. Supongo que me emborraché.

—¿Lo supones?

Harris se volvió de nuevo hacia él, con la mirada centelleante.

—Me emborraché mucho, ¿vale? Pensé que era lo menos que me merecía.

—Pero conseguiste algo más.

—Sí. Si no recuerdo mal, tuve una discusión con un par de motoristas que acabó en algo parecido a una trifulca.

—Supongo que creíste que te merecías que te hicieran papilla.

Harris no dijo nada.

Lindros se pasó una mano por la cara.

—Sé que te prometí que me encargaría de esto, Harry. Pensé que lo tenía bajo control, incluso había acabado por convencer al DCI, más o menos. Nunca me imaginé que la consejera de Seguridad Nacional hiciera un ataque preventivo.

—Que le den —dijo Harris—. Que les den a todos. —Se rió con amargura—. Ya lo decía mi madre: «Ninguna buena obra queda sin castigo».

—Mira, Harry, jamás habría resuelto todo este asunto de Schiffer sin tu ayuda. Y ahora no te voy a abandonar. Te sacaré de ésta.

—¿Sí? Me gustaría saber cómo cojones lo vas a hacer.

—Como en una ocasión dijo sabiamente Aníbal, uno de mis mitos militares: «Encontraremos la manera o inventaremos una».

Cuando estuvieron preparados. Oszkar los llevó al aeropuerto. Bourne, a quien le dolía atrozmente todo el cuerpo, se alegró de que condujera otro. Sin embargo, permaneció en alerta operativa. Le complació que Oszkar estuviera pendiente de controlar a cualquier posible perseguidor por los retrovisores. No pareció que los siguiera nadie.

Bourne alcanzó a divisar la torre de control del aeropuerto, y al cabo de un rato Oszkar salió de la autopista. No había policías a la vista. Nada parecía fuera de su sitio. Sin embargo, Bourne sintió nacer ciertas vibraciones en su interior.

Nadie les salió al paso mientras atravesaban las calles del aeropuerto y se dirigían al aeródromo de los servicios de alquiler. El avión los estaba esperando, listo y cargado de combustible. Salieron de la furgoneta. Antes de salir, Bourne le estrechó la mano a Oszkar.

—Gracias de nuevo.

—No hay problema —dijo Oszkar con una sonrisa—. Todo va incluido en la factura.

Oszkar arrancó, y Jan y Bourne subieron las escalerillas y entraron en el avión.

El piloto les dio la bienvenida a bordo, subió las escalerillas y cerró y aseguró la puerta. Bourne le dijo cuál era su destino, y cinco minutos más tarde correteaban por la pista y despegaban para un vuelo de dos horas y diez minutos a Reykiavik…

* * *

—Sobrevolaremos el barco pesquero dentro de tres minutos —dijo el piloto.

Spalko se ajustó el auricular electrónico, cogió el estuche refrigerado de Sido y se dirigió a la parte posterior del avión, donde se colocó los arneses por los hombros. Cuando se hubo asegurado las cinchas, miró fijamente hacia la nuca de Peter Sido, quien estaba esposado a su asiento. Uno de los hombres armados de Spalko se sentaba en el asiento contiguo.

—Ya sabes adónde tienes que llevarlo —le dijo en voz baja al piloto.

—Sí, señor. A ninguna parte cerca de Groenlandia.

Spalko se dirigió a la salida posterior y le hizo una señal a su hombre, quien se levantó y avanzó por el pasillo para llegar hasta él.

—¿Vas bien de combustible?

—Sí, señor, acerté de lleno con mis cálculos.

Spalko atisbó por la pequeña ventanilla redonda de la puerta. Ya habían descendido más sobre el negro azulado de las aguas del Atlántico Norte, donde las crestas de sus olas eran un claro indicio de su archiconocida turbulencia.

—Treinta segundos, señor —dijo el piloto—. Hay un viento bastante fuerte en dirección nornoreste de dieciséis nudos.

—Comprendido. —Spalko percibió el aminoramiento de su velocidad de vuelo. Llevaba puesto un traje seco de buceo de 7 milímetros de grosor bajo la ropa. A diferencia de los trajes convencionales de buceo, que confían en una fina capa de agua que penetra entre el cuerpo y el traje de neopreno para impedir que baje la temperatura corporal, aquél estaba sellado en los pies y en las muñecas para impedir la entrada del agua. Por debajo de su revestimiento de tres capas, llevaba ropa interior de protección térmica de Tinsulate para una mayor defensa contra el frío. Sin embargo, a menos que sincronizara su aterrizaje perfectamente, el impacto del agua helada podría paralizarlo y, pese a la protección del traje, eso podría resultar fatal. No podía fallar nada. Se sujetó el estuche a la muñeca izquierda con una cadena con manija y se puso los guantes secos.

—Quince segundos —dijo el piloto—. Viento constante.

«Bien, nada de viento racheado», pensó Spalko. Hizo un gesto con la cabeza a su hombre, que bajó la enorme palanca y abrió la puerta. Un viento huracanado llenó el avión. Por debajo de él no había nada más que cuatro mil metros de aire, y luego el océano, que estaría tan duro como el hormigón si impactaba contra él a la velocidad de una caída libre.

—¡Va! —dijo el piloto.

Spalko saltó. Cuando el viento le golpeó en la cara, sintió la presión en los oídos. Arqueó el cuerpo. Once segundos después estaba cayendo a casi ciento ochenta kilómetros por hora, una velocidad mortal. Y sin embargo, no tenía la sensación de estar cayendo. Todo lo contrario, tan sólo sentía una leve presión contra el cuerpo.

Miró hacia abajo, vio el barco pesquero y, utilizando la presión del aire, se desplazó hacia la horizontal para compensar el viento del nornoreste de dieciséis nudos. Poniéndose recto, consultó el altímetro que llevaba en la muñeca. A ochocientos metros de altura tiró del cordón de apertura y sintió el leve tirón en los hombros y el suave crujido del nailon cuando el dosel se desplegó por encima de él. De repente, el apenas metro cuadrado de resistencia que su cuerpo ofrecía al aire se había transformado en 22,5 metros cuadrados de resistencia al avance. En ese momento estaba descendiendo lentamente a cinco metros por segundo.

Por encima de él estaba la luminosa bóveda celeste; por debajo se extendía la inmensidad del Atlántico Norte, agitado, convulso, a quien el sol de últimas horas de la tarde confería un brillante color broncíneo. Spalko vio al barco pesquero cabeceando y, a bastante distancia, la prominente curva de la península sobre la que se erigía Reykiavik. El viento lo arrastraba sin cesar, y durante un rato estuvo ocupado en compensarlo ensanchando repetidamente el dosel del paracaídas. Respiró hondo, disfrutando de la mullida sensación de la caída.

Tuvo la sensación de estar suspendido, y entonces, sobre un escudo de interminable azul, pensó en su meticulosa planificación, en los años de esfuerzo, en las maquinaciones y manipulaciones que lo habían llevado a aquel punto, que había llegado a considerar como la cumbre de su vida. Recordó los años pasados en Estados Unidos, en la tropical Miami, en el doloroso trance de la reconstrucción y reparación de su destrozada cara. Tenía que admitir que había disfrutado contándole a Annaka la historia de su imaginario hermano, y sin embargo ¿de qué otra manera le habría podido explicar su presencia en la clínica? Jamás podría haberle contado que mantenía un apasionado romance con su madre. Había sido tan sencillo como sobornar a los médicos y a las enfermeras para que le concedieran tiempo para estar en la intimidad con su paciente. «Qué tremendamente corruptos son los seres humanos», reflexionó. Había logrado gran parte de sus éxitos aprovechándose de ese principio.

¡Qué mujer tan asombrosa había sido Sasa! Ni antes ni después de ella había conocido a otra igual. Y, como era natural, había dado por supuesto que Annaka sería como su madre. Entonces era mucho más joven, desde luego, y se le había podido perdonar su estupidez.

Se preguntó qué habría pensado Annaka en ese momento si le hubiera contado la verdad: que hacía años él era el esclavo de un capo mafioso, un monstruo sádico y vengativo que lo había enviado a ejecutar una venganza sabiendo perfectamente que podría tratarse de una trampa. Y así fue, y la cara de Spalko era el resultado de aquello. Se había vengado de Vladimir, pero no de la heroica manera que le había descrito a Zina. La verdad de lo que había hecho era vergonzoso, pero en aquellos días carecía del poder para actuar por su cuenta. Ya no.

Se encontraba a más de ciento cincuenta metros de altura cuando el viento cambió de repente. Spalko empezó a alejarse del barco, y maniobró con el dosel para reducir al mínimo el efecto. Sin embargo, fue incapaz de invertir su trayectoria. Vio por debajo de él el destello del reflejo sobre la borda del barco pesquero, y supo que la tripulación estaba controlando atentamente su descenso. El barco empezó a moverse con él.

El horizonte estaba más alto y el océano se estaba acercando ya con rapidez, llenando todo el mundo, cuando la perspectiva de Spalko cambió. El viento cesó de repente, y él cayó, abriendo el dosel en el instante preciso para hacer su amerizaje lo más suave posible.

Sus piernas fueron las primeras en penetrar en el agua, y luego se hundió por completo. Pese a estar mentalmente preparado como estaba, la impresión del agua helada le golpeó como un martillo que lo dejó sin resuello. El peso de la caja refrigerada tiró de él rápidamente hacia abajo, aunque Spalko lo compensó con unas expertas y potentes patadas, moviendo las piernas como si fueran unas tijeras. Salió a la superficie con un giro de cabeza y respiró hondo mientras se deshacía del arnés.

Oyó el chirriante batir de los motores del pesquero que resonaban en las profundidades, y sin molestarse siquiera en mirar, empezó a nadar en aquella dirección. El oleaje era tan alto y la corriente tan rápida que no tardó en llegar a la conclusión de que era inútil seguir nadando. Cuando el barco llegó a su lado, estaba a punto de quedarse sin fuerzas. Sin la protección del traje seco, supo que ya habría sucumbido a la hipotermia.

Un miembro de la tripulación le lanzó un cabo, tras lo cual lanzaron una escalera de cuerda por el costado del barco. Spalko agarró la cuerda, y la sujetó con todas sus fuerzas mientras lo arrastraban hacia el lado donde colgaba la escalera. Subió por ella, sin que el océano dejara de oponerse a sus avances hasta el último momento.

Una mano fuerte se estiró hacia abajo, ayudándole a saltar por encima de la borda. Spalko levantó la cabeza, y vio una cara con unos penetrantes ojos azules y una espesa mata de pelo rubio.

La Illaha ill Allah —dijo Hasan Arsenov—. Bienvenido a bordo, jeque.

Spalko se apartó, mientras los miembros de la tripulación lo envolvían en unas mantas absorbentes.

La Illaha ill Allah —contestó—. Casi no te he reconocido.

—La primera vez que me miré al espejo después de teñirme el pelo, yo tampoco —dijo Arsenov.

Spalko escrutó la cara del líder terrorista.

—¿Qué tal las lentillas?

—Ninguno de nosotros ha tenido problemas. —Arsenov no podía apartar los ojos de la caja metálica que sujetaba el jeque—. Lo ha traído.

Spalko asintió con la cabeza. Miró por encima del hombro de Arsenov y vio a Zina, que estaba parada contra la última luz del atardecer. Su pelo dorado flotaba por detrás de ella, y sus ojos azul cobalto lo observaban con una intensa avidez.

—Dirigíos a la costa —le dijo Spalko a la tripulación—. Quiero ponerme ropa seca.

Bajó al camarote de proa, donde habían apilado con cuidado alguna ropa encima de una cucheta. En el suelo había unos resistentes zapatos negros. Spalko soltó la cadena que sujetaba la caja y colocó esta encima de la litera. Mientras se quitaba la ropa empapada y se despojaba del traje seco, se miró la muñeca para ver hasta dónde llegaba la gravedad de las abrasiones que le había producido la manija. Luego se frotó las palmas hasta que la circulación de la sangre retomó a sus manos.

Mientras estaba vuelto de espaldas, la puerta se abrió y se volvió a cerrar con la misma rapidez. Spalko no se volvió; no necesitaba ver quién había entrado en el camarote.

—Déjame que te haga entrar en calor —dijo Zina con voz meliflua.

Un instante más tarde Spalko sintió la presión de sus pechos y el calor de su bajo vientre contra la espalda y las nalgas. La excitación del salto seguía recorriéndole el cuerpo, y se había visto aumentada por el desenlace final de su larga relación con Annaka Vadas, lo que hizo que el avance de Zina fuera irresistible.

Se volvió, se recostó sobre el borde de la cucheta y permitió que Zina se subiera encima de él. Ella era como un animal en celo. Spalko se fijó en el destello de sus ojos y oyó los guturales sonidos que él le arrancaba del vientre. Estaba absorta en él, y por el momento Spalko se sintió satisfecho.

Aproximadamente noventa minutos después, Jamie Hull estaba por debajo del nivel de la calle, comprobando la entrada de mercancías del hotel Oskjuhlid, cuando vio al camarada Boris. El jefe de la seguridad rusa mostró sorpresa por la presencia de Hull, pero éste no se dejó engañar. Había tenido el pálpito de que últimamente Boris lo seguía, aunque quizá tan sólo fueran paranoias suyas. No es que eso lo justificara. Todos los mandatarios estaban en el hotel. La cumbre daría comienzo al día siguiente a las ocho de la mañana, y entonces sería el momento de máximo riesgo. Le aterraba la idea de que el camarada Boris se hubiera olido de algún modo lo que Feyd al-Saoud había descubierto, lo que él y el jefe de la seguridad de los árabes habían tramado.

De modo que, para no permitir que el camarada Boris tuviera el más mínimo presentimiento del temor que lo carcomía, mostró una sonrisa, y se preparó para tragarse el orgullo estadounidense que necesitaría si se veía obligado a ello. Cualquier cosa con tal de mantener al camarada Boris in albis.

—Haciendo horas extras, por lo que veo, mi buen señor Hull —dijo Karpov con su retumbante voz de locutor—. No hay tregua para el cansancio, ¿eh?

—Ya habrá tiempo suficiente para descansar cuando termine la cumbre y hayamos hecho nuestro trabajo.

—Pero nuestro trabajo nunca se acaba. —Karpov, se percató Hull, llevaba uno de sus pésimos trajes de sarga. La prenda parecía más una armadura que algo mínimamente actual—. Da igual lo que hagamos, siempre quedará alguna otra cosa por hacer. Ahí radica uno de los encantos de lo que hacemos, ¿verdad?

Hull sintió la imperiosa necesidad de decir que no, sólo para discutir, pero en su lugar se mordió la lengua.

—¿Y cómo anda la seguridad por aquí? —Karpov estaba mirando por todas partes con sus ojos redondos y brillantes de cuervo—. A la altura del altísimo nivel de ustedes los estadounidenses, confío.

—Acababa de empezar.

—Entonces agradecerá alguna ayuda, ¿verdad? Dos cabezas son mejor que una, y cuatro ojos ven más que dos.

Hull se sintió repentinamente cansado. Ya no podía recordar cuánto tiempo llevaba en aquel país de mala muerte ni cuándo había sido la última vez que había disfrutado de una noche decente de sueño. ¡Ni siquiera había un triste árbol que le indicara a uno qué época del año era! Se había instalado en él una especie de desorientación, del mismo tipo que se dice que sufren los submarinistas cuando se sumergen por primera vez.

Hull observó al equipo de seguridad detener a un camión de suministro de alimentos, interrogar al conductor y subir a la parte posterior para comprobar la carga. No encontró ninguna falta ni en el procedimiento ni en la metodología.

—¿No encuentra deprimente este lugar? —le preguntó a Boris.

—¿Deprimente? Esto es un paraíso de puta madre, amigo mío —bramó Karpov—. Pase un invierno en Siberia, si quiere conocer una definición de deprimente.

Hull arrugó la frente.

—¿Lo han enviado a Siberia?

Karpov se rió.

—Sí, pero no como usted piensa. Estuve destinado allí hace varios años, cuando la tensión con China estaba en su punto álgido. Ya sabe, maniobras militares secretas, reuniones clandestinas de espías…, y todo ello en el sitio más frío y oscuro que se pueda imaginar. —Karpov gruñó—. Bueno, como es estadounidense supongo que no puede imaginarse algo así.

Hull se cosió la sonrisa a la cara, pero a costa de reprimir la ira y la autoestima a partes iguales. Por suerte estaba entrando otra furgoneta, una vez que el vehículo de suministro de alimentos pasara la inspección. Éste era de la compañía de energía de Reykiavik. Por alguna razón parecía haber despertado el interés del camarada Boris, y Hull siguió a éste hasta donde estaba detenida la furgoneta. Dentro había dos hombres uniformados.

Karpov cogió la hoja de servicio que el conductor había entregado diligentemente a uno de los miembros de la seguridad y le echó un vistazo.

—¿De qué va todo esto? —preguntó con sus típicos modales desmedidamente agresivos.

—La revisión geotérmica trimestral —dijo apáticamente el conductor.

—¿Y tiene que hacerse ahora? —Karpov miró con hostilidad al rubio conductor.

—Sí, señor. Nuestro sistema está interconectado por toda la ciudad. Si no realizamos el mantenimiento periódico, podemos poner en peligro toda la red.

—Bueno, no podemos hacer eso, ¿verdad? —dijo Hull. Hizo un gesto con la cabeza hacia uno de los hombres del servicio de seguridad—. Registrad el interior. Si está todo en orden, dejadlos pasar.

Se alejó de la furgoneta, y Karpov lo siguió.

—No le gusta este trabajo —dijo Karpov—, ¿verdad?

Olvidándose de sí mismo un momento, Hull giró sobre sus talones y se enfrentó al ruso.

—Me gusta muchísimo. —Entonces se acordó, y sonriendo como un niño, añadió—: Ca, tiene razón. Preferiría mucho más estar utilizando mis…, ¿cómo llamarlas?…, habilidades físicas.

Karpov asintió, aparentemente ablandado.

—Comprendo. No hay mejor sensación que perseguir a una buena presa.

—Exacto —convino Hull, entusiasmándose con su tarea—. Coja esta última orden de búsqueda, por ejemplo. Qué no daría yo por ser quien encontrara a Jason Bourne y le alojara una bala en el cerebro.

Las orugas que Karpov tenía por cejas se levantaron.

—Por lo que a usted respecta, ese castigo parece algo personal. Amigo mío, debería tener cuidado con tanta emotividad. Nubla el buen juicio.

—A la mierda con eso —dijo Hull—. Bourne consiguió lo que yo más deseaba, lo que debería haber tenido.

Karpov reflexionó durante un instante.

—Me parece que le he juzgado mal, mi buen amigo Hull. Me parece que es usted más guerrero de lo que pensaba. —Le dio una palmada en la espalda al estadounidense—. ¿Qué le parecería intercambiar algunas anécdotas bélicas ante una botella de vodka?

—Que eso me parece posible —dijo Hull, mientras la furgoneta de la empresa de energía de Reykiavik entraba en el hotel.

Stepan Spalko, con el uniforme de la empresa de energía de Reykiavik, unas lentillas de color en los ojos y un trozo de látex moldeado que le ensanchaba y afeaba la nariz, salió de la furgoneta y le dijo al conductor que esperase. Con una hoja de servicio prendida a una tablilla con sujeta-papeles en una mano y una pequeña caja de herramientas en la otra, se adentró en las laberínticas entrañas del hotel. El plano del hotel flotaba en su cabeza como una transparencia en tres dimensiones. Conocía el camino que debía seguir por el inmenso complejo mejor que muchos de los empleados cuyo trabajo los recluía a una única zona.

Tardó doce minutos en llegar a la sección del hotel que albergaba el espacio donde tendría lugar la cumbre. Para entonces había sido detenido cuatro veces por los guardias de seguridad, aunque llevaba su tarjeta de identificación enganchada en el mono. Bajó la escalera hasta tres niveles por debajo de la planta de calle, donde fue detenido una vez más. Estaba lo bastante cerca de un empalme del conducto de la calefacción termal para hacer que su presencia resultara verosímil. Sin embargo, también estaba lo bastante cerca de la subestación HVAC como para que el guardia insistiera en acompañarlo.

Spalko se detuvo en una caja de empalmes eléctricos y la abrió. Sintió la mirada escrutadora del guardia como si fuera una mano que le rodeara el cuello.

—¿Lleva aquí mucho tiempo? —dijo Spalko en islandés, mientras abría la caja de herramientas que transportaba.

—¿No hablará ruso por casualidad, verdad? —contestó el guardia.

—Pues la verdad es que sí. —Spalko hurgó en la caja—. Lleva aquí… ¿cuánto?…, ¿dos semanas ya?

—Tres —admitió el guardia.

—Y en todo ese tiempo, ¿ha visto algo de mi maravillosa Islandia? —Encontró lo que quería entre todos los cachivaches y lo hizo desaparecer—. ¿Sabe algo sobre ella?

El ruso negó, lo cual le dio pie a Spalko para largar su discurso.

—Bueno, permítame que lo ilustre. Islandia es una isla de 103 000 kilómetros cuadrados, con una altura media sobre el nivel del mar de quinientos metros. Su pico más alto, el Hvannadalshnúkur, alcanza los 2119 metros, y el once por ciento del país está cubierto por glaciares, incluido el Vatnajökull, el mayor de Europa. Nuestras leyes las dicta el Althing, cuyos 63 miembros son elegidos cada cuatro…

Su voz se apagó cuando el guardia, indescriptiblemente aburrido por el parloteo de guía turística, se dio la vuelta y se alejó. Spalko volvió al trabajo inmediatamente, cogiendo el pequeño disco y presionándolo contra dos juegos de cables, hasta que estuvo seguro de que las cuatro conexiones se habían introducido en el material aislante.

—Aquí hemos terminado —dijo, cerrando con fuerza el cajetín de empalmes.

—Y ahora, ¿adónde? ¿A la cabina de la calefacción termal? —preguntó el guardia, a todas luces esperando que aquello terminara pronto.

—Qué va —dijo Spalko—. Primero tengo que consultar con mi jefe. Voy a salir a la furgoneta. —Hizo un gesto mientras se marchaba, pero el guardia ya estaba caminando en la otra dirección.

Spalko volvió a la furgoneta, subió de un salto y se quedó allí sentado junto al conductor, hasta que un guardia de seguridad se acercó tranquilamente.

—Muy bien, muchachos, ¿qué pasa?

—Aquí hemos terminado por el momento. —Spalko sonrió de manera encantadora mientras hacía algunas marcas sin sentido sobre su falsa hoja de trabajo. Miró su reloj—. Eh, llevamos aquí más tiempo del que pensaba. Gracias por el control.

—Bueno, es mi trabajo.

Cuando el conductor giró la llave del contacto y puso en marcha la furgoneta, Spalko dijo:

—He aquí el valor de hacer un simulacro. Tendremos exactamente treinta minutos antes de que vengan a buscarnos.

El reactor alquilado surcaba velozmente el aire. Sentado enfrente de Bourne, al otro lado del pasillo, Jan tenía la vista clavada al frente, aparentemente con la mirada perdida. Bourne cerró los ojos. Las luces de encima de sus cabezas se habían apagado. Unas pocas luces de lectura proyectaban ovalados rayos de luz en la oscuridad. En una hora estarían tomando tierra en el aeropuerto Keflavik.

Bourne estaba sentado muy quieto. Sentía deseos de hundir la cabeza entre sus manos y derramar amargas lágrimas por los pecados del pasado, pero con Jan al otro lado del pasillo no podía permitirse demostrar nada que pudiera malinterpretarse como debilidad. La distensión provisional que habían conseguido alcanzar parecía tan frágil como la cáscara de un huevo. Había muchísimas cosas que podían aplastarla. Los sentimientos se arremolinaban en el pecho de Bourne, y le dificultaban la respiración. El dolor que sentía por todo su cuerpo torturado no era nada comparado con la angustia que amenazaba con partirle el corazón en dos. Se aferró a los brazos con tanta fuerza que le crujieron los nudillos. Sabía que tenía que recuperar el control sobre sí mismo, igual que sabía que no podía aguantar sentado en su sitio ni un segundo más.

Se levantó y, cruzando el pasillo como un sonámbulo, se sentó en el asiento contiguo al de Jan. El joven no dio la menor muestra de reparar en la presencia de Bourne. Podría haber estado sumido en una profunda meditación si no fuera por su respiración acelerada.

Con el corazón golpeándole dolorosamente contra las rotas costillas, Bourne dijo en voz baja:

—Si eres mi hijo, quiero saberlo. Si realmente eres Joshua, ¡necesito saberlo!

—En otras palabras, no me crees.

—¡Quiero creerte! —dijo Bourne, intentando hacer caso omiso del ya familiar tono, incisivo como un cuchillo, de la voz de Jan—. Seguro que eso lo sabes.

—En lo concerniente a ti, sé menos que nada. —Jan se volvió hacia él, y toda su cólera le golpeó en la cara como un martillo—. ¿No me recuerdas en absoluto?

—Joshua tenía seis años, era sólo un niño. —Bourne sintió que le invadían de nuevo los sentimientos, prestos a asfixiarle—. Y luego, hace unos años, sufrí amnesia.

—¿Amnesia? —La revelación pareció sobresaltar a Jan.

Bourne le contó lo que había ocurrido.

—Recuerdo muy poco de mi vida como Jason Bourne antes de ese momento —concluyó—, y prácticamente nada sobre mi vida como David Webb, excepto cuando, de vez en cuando, un olor o el sonido de una voz mueve algo dentro de mí y me viene a la memoria algún fragmento. Pero eso es todo lo que hay, un algo discontinuo de un todo que he perdido para siempre.

Bourne trató de encontrar los ojos negros de Jan en la escasa luz, de buscar el rastro de una expresión, aunque fuera el indicio más insignificante de lo que podría estar pensando o sintiendo Jan.

—Es cierto. Somos unos completos extraños el uno para el otro. Así que antes de que continuemos… —Se interrumpió, momentáneamente incapaz de proseguir. Entonces, se armó de valor, obligándose a hablar, porque el silencio que con tanta rapidez se levantaba entre ellos era aún peor que la explosión que sin duda seguiría—. Intenta comprenderlo. Necesito alguna prueba tangible, algo irrefutable.

—¡Que te den!

Jan se levantó, a punto de salir al pasillo pasando por encima de Bourne, pero una vez más, al igual que sucediera en el cuarto de interrogatorios de Spalko, algo lo contuvo de inmediato. Y entonces, en su cabeza se desató la voz de Bourne hablándole en un tejado de Budapest. «Ése es tu plan, ¿no es así? Todo ese nauseabundo cuento de que eres Joshua… No te conduciré hasta Spalko ni hasta aquel a quien hayas planeado liquidar. No volveré a ser la marioneta de nadie».

Jan agarró el buda tallado en piedra que colgaba de su cuello y se volvió a sentar. Ambos habían sido las marionetas de Stepan Spalko. Había sido Spalko quien los había reunido, y en ese momento, por irónico que resultara, era la enemistad común hacia Spalko lo que posiblemente podría mantenerlos unidos, al menos por el momento.

—Hay una cosa —dijo, con una voz apenas reconocible—. Es una pesadilla recurrente en la que estoy debajo del agua. Me estoy ahogando, arrastrado hacia el fondo porque estoy atado a su cadáver. Ella me está llamando, oigo su voz llamándome, o bien es la mía que la llama.

Bourne recordó el descontrol de Jan en el Danubio, el pánico que lo había arrastrado como un remolino hacia el fondo entre la fuerza de la corriente.

—¿Y qué es lo que dice esa voz?

—Es mi voz. Y estoy diciendo: «Lee-Lee, Lee-Lee».

Bourne sintió que le daba un vuelco el corazón, porque desde las profundidades de su dañada memoria salió a flote Lee-Lee. Durante un momento de inestimable valor sólo pudo ver la cara oval, los ojos claros de él y el pelo negro y lacio de Dao.

—¡Oh, Dios! —susurró Bourne—. Lee-Lee era el apelativo familiar con que Joshua se dirigía a Alyssa. Nadie más la llamaba así. Y nadie más, salvo Dao, lo sabía.

«Lee-Lee».

—Uno de los recuerdos más vividos de aquellos días que he sido capaz de recordar, no sin muchísima ayuda, es cómo te buscaba tu hermana —prosiguió Bourne—. Siempre quería estar a tu lado. De noche, cuando la asaltaban los terrores nocturnos, tú eras el único que podía apaciguarla. Tú la llamabas Lee-Lee, y ella a ti Joshy.

«Mi hermana, sí. Lee-Lee». Jan cerró los ojos, y de inmediato se encontró bajo las turbias aguas del río en Phnom Penh. Medio ahogado, asustado, había visto a su hermana pequeña rodando hacia él con el cuerpo acribillado a balazos. Lee-Lee. De cuatro años. Muerta. Sus ojos claros —los ojos del padre de ambos— lo miraron fijamente sin ver, acusadores. «¿Por qué tú?, —parecía estar diciendo Lee-Lee—. ¿Por qué tú, y no yo?». Pero Jan sabía que era su sentimiento de culpa quien le hablaba. Si Lee-Lee hubiera podido hablar, habría dicho: «Me alegro de que no murieses, Joshy. Soy muy feliz porque uno de los dos se quedará con papá».

Jan se llevó la mano a la cara y se volvió hacia la ventana de plexiglás. Quiso morirse, deseó haber muerto en el río y que hubiera sido Lee-Lee la que hubiera sobrevivido. No podía soportar aquella vida ni un segundo más. Al fin y al cabo no le quedaba nada. Muerto, al menos se reuniría con ella…

—Jan.

Era la voz de Bourne. Pero no podía volverse hacia él, incapaz siquiera de mirarle a los ojos. Lo odiaba y lo amaba. No era capaz de comprender cómo era posible aquello; estaba mal preparado para enfrentarse a aquella anormalidad de los sentimientos. Con un sonido ahogado, se levantó y paso por su lado, dirigiéndose a trompicones hacia la parte delantera del avión, donde no tendría que verlo.

Bourne observó alejarse a su hijo con una pena indescriptible. Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para refrenar el impulso de retenerlo, de rodearle con los brazos y estrecharlo contra el pecho. Tuvo la sensación de que aquello sería lo peor que podría hacer en ese momento, y de que, dado el historial de Jan, eso podría hacer renacer la violencia entre ellos.

No se hizo ilusiones. Ambos tenían que recorrer un arduo camino antes de poder aceptarse mutuamente como familiares. Podría, incluso, ser una labor imposible. Pero dado que no tenía la costumbre de pensar que hubiera algo imposible, apañó aquel aterrador pensamiento de sí.

En medio de un ataque de angustia, al menos se dio cuenta de por qué había rechazado durante tanto tiempo que Jan pudiera ser realmente su hijo. La condenada Annaka lo había explicado perfectamente.

Entonces levantó la vista. Jan estaba de pie, mirándolo, con las manos agarradas al respaldo que tenía delante como si le fuera la vida en ello.

—Dijiste que acababas de averiguar que me dieron por desaparecido en acción de guerra.

Bourne asintió con la cabeza.

—¿Durante cuánto tiempo me buscaron? —preguntó Jan.

—Sabes que no te puedo responder a eso. Nadie puede.

Bourne había mentido por instinto. No había nada que ganar, y sí mucho que perder, diciéndole a Jan que las autoridades sólo lo habían buscado durante una hora. Era muy consciente de que quería proteger a su hijo de la verdad.

Una quietud que no presagiaba nada bueno se apoderó de Jan, como si se estuviera preparando para un acto de terribles consecuencias.

—¿Por qué no lo comprobaste?

Bourne percibió el tono acusatorio de su voz, y se quedó sentado como si hubiera sido noqueado. La sangre se le heló en las venas. Desde que había quedado claro que Jan podía ser Joshua, se había estado haciendo la misma pregunta.

—Me volví medio loco de dolor —dijo—, pero ahora eso no me parece una excusa lo bastante buena. No fui capaz de enfrentarme al hecho de que os había fallado como padre.

Algo cambió en la cara de Jan, dejando ver algo cercano a un espasmo de dolor, mientras una idea que nada bueno presagiaba se arrastraba hacia la superficie.

—Debiste de haber tenido… dificultades cuando mi madre y tú estabais juntos en Phnom Penh.

—¿Qué quieres decir? —Bourne, alarmado por la expresión de Jan, respondió en un tono que quizá fuera más cortante de lo que debería haber sido.

—Lo sabes muy bien. ¿No chismorreaban acaso tus colegas porque estabas casado con una tailandesa?

—Amaba a Dao con toda mi alma.

—Marie no es tailandesa, ¿verdad?

—Jan, no escogemos de quién nos enamoramos.

Se produjo una breve pausa, y entonces, en medio del pesado silencio que se había levantado entre ambos, Jan, con la misma tranquilidad que tendría si se le acabara de ocurrir, dijo:

—Y además estaría el problema de tus dos hijos mestizos.

—Nunca lo vi de esa manera —dijo Bourne con aire cansado. Tenía el corazón roto, porque percibía el sordo lamento que subyacía en aquel interrogatorio—. Amaba a Dao, y os amaba a Alyssa y a ti. ¡Dios mío, erais toda mi vida! En las semanas y meses que siguieron faltó poco para que perdiera la razón. Estaba destrozado, y no estaba seguro de querer seguir viviendo. De no haber conocido a Alex Conklin, puede que no siguiera vivo. Y pese a todo, tardé años de doloroso trabajo en recuperarme lo suficiente.

Calló durante un instante, en el cual escuchó la respiración de ambos. Luego, tomando aire, dijo:

—Lo que siempre creí, contra lo que no he dejado de luchar, es la idea de que debería haber estado allí para protegeros.

Jan lo contempló durante mucho tiempo, pero la tensión se había roto. Habían cruzado algún Rubicón.

—Si hubieras estado allí, también te habrían matado.

Y se alejó sin decir nada más, y cuando lo hizo, Bourne vio a Dao en sus ojos, y supo que el mundo había cambiado de alguna manera sustancial.