Capítulo 10

Stephen le había dicho que esa mañana, a pesar de que era sábado, tendrían una «reunión de trabajo» en una cafetería cercana al hotel, y había puesto especial énfasis en recalcarle que tenían que ponerse al día, ya que iban un poco retrasados. Kendall casi se había reído al oír aquello. Quizá fueran retrasados porque él no hacía más que preguntarle sobre su antiguo trabajo y sobre Barton Limited, y porque luego se iba por ahí con rubias despampanantes, dejándola plantada.

Aunque era temprano… y sábado, había bastante gente por la calle, observó mientras esperaba a la puerta de la cafetería. Al contrario que ella, que se había puesto su ropa de trabajo, unos pantalones y una camisa, todo el mundo iba de sport, con camisetas, pantalones cortos, amplios vestidos de algodón y zapatillas de deporte o sandalias.

Claro que toda esa gente tenía el día libre, porque era sábado, por si no lo había mencionado.

Un día ella llevaría las riendas de su propia empresa y jamás se trabajaría en fin de semana. Y decretaría que al menos un día a la semana los empleados pudieran ir vestidos como quisieran.

Era consciente de que en los negocios había que dar una buena impresión, y en esos cinco años había tratado de dar una imagen profesional porque le parecía que era lo que se esperaba de ella, pero siempre había pensado que si ella estuviera al frente de una compañía, preferiría tener una plantilla de empleados felices y productivos que fuesen a trabajar vestidos de un modo informal, antes que un puñado de androides uniformados que siempre estaban deseando que llegase la hora de irse y que no rendían.

Matthias no le había dicho cuál sería el trabajo que realizaría exactamente en aquella empresa que iba a comprar, pero eso no le preocupaba. Matthias era bastante abierto de mente y tenía visión de futuro; estaba convencida de que le daría libertad suficiente para operar, para hacer las cosas a su manera, y estaba deseando empezar.

Justo en ese momento apareció Stephen. Iba vestido con unos pantalones vaqueros, una camisa hawaiana y sandalias, observó Kendall con irritación y cierta envidia.

Entraron en la cafetería, se sentaron en una mesa cerca del ventanal que daba a la calle y pidieron dos cafés.

—No tenías que vestirte de trabajo —le dijo momentos más tarde, cuando el camarero se retiró tras servirles los cafés.

—Bueno, como se supone que vamos a trabajar, me he vestido de trabajo —contestó ella con aspereza.

—Ya, pero hoy es sábado —replicó él con una sonrisa—. Deberías tratar de ser un poco menos seria y disfrutar más de la vida.

«Sí, como hiciste tú anoche, ¿no?», le espetó ella mentalmente, mordiéndose la lengua.

—¿Qué te pasó anoche? —le preguntó con fingida educación.

Stephen frunció el entrecejo.

—¿Anoche?

Kendall asintió.

—Se suponía que habíamos quedado para cenar en el hotel, para hablar sobre a qué mutua de seguros me convendría más acogerme.

Stephen sacudió la cabeza.

—No, eso es de lo que vamos a hablar esta tarde.

—Perdona que insista, pero me aseguraste que de eso era de lo que íbamos a hablar anoche, durante la cena. De hecho, recuerdo perfectamente que cuando nos separamos unas horas antes me dijiste «quedamos en el comedor a las seis y media». Te estuve esperando veinte minutos, Stephen, pero no apareciste.

Stephen parecía sorprendido por el tono que estaba empleando con él. Normalmente no se dirigiría así a su jefe, pero Stephen DeGallo había estado utilizándola, y por ahí Kendall no estaba dispuesta a pasar.

Los ojos de Stephen relampaguearon, pero luego esbozó una sonrisa forzada y le dijo:

—Quería decir a las seis y media de esta tarde.

—No, me dijiste a las seis y media de ayer, viernes —replicó ella con seguridad—. Yo no cometo errores de ese tipo.

—Tampoco yo.

—Pues me temo que ayer sí —insistió ella con retintín—. O quizá es que estabas demasiado… ocupado con una manera mejor de pasar el tiempo. ¿Podía ser rubia tal vez?

La sonrisa se borró al instante de los labios de Stephen, que apretó la mandíbula y la miró con los ojos entornados.

—Lo que yo haga o deje de hacer no es asunto tuyo, Kendall.

—Lo es si afecta a mi trabajo.

DeGallo resopló con desdén.

—Pues ya no lo tienes; quedas despedida.

No era que a Kendall le importara, ya que le ahorraría el tener que presentarle su dimisión, pero se sintió obligada a preguntar:

—¿Por qué motivo?

Quería saberlo; más que nada para no dejar ningún cabo suelto. De acuerdo, y también por fastidiarlo un poco.

—¿Que por qué motivo? —repitió él con incredulidad—. Para empezar, ¿qué te parece por insubordinación? Por no mencionar que no das la talla para ocupar el puesto que te había ofrecido.

Ridículo, pensó Kendall. Estaba perfectamente capacitada para el puesto.

—También porque no has mostrado intención alguna de cooperar, y porque no sabes jugar en equipo.

Kendall asintió. Sí, bueno, de acuerdo con su definición de esos términos no podía negar que en eso tenía razón.

—En otras palabras, que estás despidiéndome porque mi sentido de la ética me impide desvelarte los secretos de la empresa para la que trabajaba ante.

Stephen apretó los labios, pero no dijo nada.

—¿Por eso me ofreciste el puesto, Stephen? ¿Porque creías que iba a contarte las manías y los hábitos de Matthias Barton, junto con los detalles de las operaciones que llevó a cabo durante el tiempo que estuve trabajando para él?

Stephen soltó una risita desagradable.

—¡Como si Barton fuese a ser tan estúpido como para permitir que una simple secretaria estuviese al tanto de cualquiera de sus negocios! —exclamó con desdén—. No sé ni por qué pensé que una doña nadie como tú podría proporcionarme información de algún valor sobre nuestro rival.

Kendall le dirigió una sonrisa burlona.

—Pues para empezar, Stephen, deberías saber que las secretarias son la columna vertebral de cualquier empresa; no unas doñas nadie. Y en segundo lugar, te equivocas, sé más de Barton Limited que el propio Matthias Barton. De hecho, si hablaras con él, te diría que no puede prescindir de mí. Tanto es así, que me ha ofrecido otro puesto, un puesto de ejecutiva —le espetó—. No puedes despedirme, Stephen —le dijo poniéndose de pie—, porque dimito —se colgó el bolso del hombro y le dijo—: Gracias por el café. Y por esta lección tan valiosa; te aseguro que me ha servido de mucho.

Y dicho eso salió de la cafetería sin mirar atrás. Qué a gusto se había quedado, pensó con una amplia sonrisa mientras regresaba al hotel. La Kendall insegura de un par de semanas atrás diría que se había mostrado demasiado brusca y agresiva, pero no era verdad, o al menos no era algo malo. Ahora iba a ser una ejecutiva, y en el mundo de los negocios, por el modo en que había lidiado con Stephen, se diría que era una mujer directa y segura de sí misma. Pues sí.

Estaba siendo un día de lo más completo: había aceptado un nuevo empleo que prometía ser una gran oportunidad para su carrera, había dimitido de otro que había resultado ser un engaño, había descubierto que era una mujer directa y segura de sí misma, y ahora iba camino del hotel para…

Se paró en seco, y esa seguridad en sí misma que había tenido hacía sólo un momento se desvaneció por completo.

Stephen DeGallo no iba a seguir pagándole el hotel ahora que ya no era su empleada. Y probablemente cancelaría el billete de regreso a San Francisco, y le quitaría el coche de alquiler.

Dios, ¿qué iba a hacer? Estaban en temporada alta y con tanto turista sería bastante difícil que consiguiese una habitación en otro hotel, ni otro coche de alquiler, ni otro billete de avión.

Matthias estaba leyendo una novela policíaca que había encontrado en una de las estanterías del salón cuando sonó el timbre de la puerta. Dejó el libro abierto boca abajo sobre el sofá y fue a abrir.

Se preguntó quién podría ser. Tal vez Mary, la guardesa, que hubiese decidido pasar por allí para ver si necesitaba algo y si estaba todo en orden. No la había vuelto a ver desde el día en que había llegado.

Para su sorpresa, sin embargo, no se trataba de ella, sino de Kendall. También lo sorprendió ver una maleta a sus pies, pero sin duda lo que más lo sorprendió fue su atuendo.

No porque fuese nada fuera de lo normal, sino porque nunca la había visto vestida con ropa informal: unos vaqueros tan gastados que tenían algún que otro roto, y una camiseta de color lila lo bastante corta como para dejar al descubierto una franja de blanca piel entre el dobladillo y la cinturilla de los pantalones.

—¿Puedo pedirte un favor? —inquirió en un tono quejumbroso.

Matthias despegó con dificultad los ojos de aquella franja de piel desnuda tan tentadora.

—Eh… claro.

—¿Podría quedarme aquí un par de días? —preguntó.

A Matthias no lo habría sorprendido más si le hubiese pedido que sacase el edificio del Empire State de una chistera.

—¿Problemas en el hotel? —inquirió frunciendo el entrecejo.

Kendall negó con la cabeza.

—Problemas con OmniTech.

Vaya, eso sonaba prometedor.

—¿Qué clase de problemas?

—Digamos que he dimitido; hace unas horas.

No, aquello no era prometedor; era perfecto.

Antes de que pudiera decir nada, Kendall añadió:

—Lo que pasa es que no me paré a pensar que, al dimitir, Stephen dejaría de pagarme el hotel. Apenas me han dado tiempo para recoger mi equipaje, porque cuando llegué Stephen ya había llamado para decir que mi habitación iba a quedarse libre —le explicó, gesticulando exageradamente por lo agitada que estaba.

Matthias dio gracias a Dios en silencio por la mezquindad de DeGallo.

Los aspavientos de Kendall habían hecho que la camiseta se le subiese un poco, y había quedado a la vista su ombligo, un ombligo precioso. De pronto Matthias se encontró imaginándose a sí mismo imprimiendo sensuales besos por ese liso abdomen antes de introducir la lengua en aquel delicioso ombligo y…

Por el amor de Dios, ¿en qué estaba pensando? ¡Estaba fantaseando con el ombligo de Kendall! Ese ombligo y el resto de su cuerpo le estaban absolutamente vetados porque… porque…

Bueno, porque se trataba de Kendall, diablos, concluyó irritado. Ésa era razón más que suficiente. No quería complicar las cosas teniendo un romance con ella.

Kendall era su empleada, una empleada valiosa, una empleada en la que confiaba… una empleada de cabello rubio y sedoso. Se lo había dejado suelto, cayéndole sobre los hombros, y Matthias se moría por volver a tocarlo.

No, Kendall era una empleada eficiente, una empleada con un inquebrantable sentido de la ética profesional, era una empleada con unos ojos verdes grandes y bellísimos que…

—Y, en fin, si todavía sigue en pie lo de ese puesto que me ofreciste ayer, estoy dispuesta a volver a trabajar para ti —dijo Kendall.

La palabra «trabajar» debería haber devuelto a Matthias a la realidad, pero fue otra palabra, «dispuesta», la culpable de que empezase a fantasear de nuevo, imaginándose a Kendall en la cama con él, húmeda y dispuesta…

—¿Matthias?

El tono de extrañeza y preocupación de Kendall lo ayudó por fin a apartar aquellos pensamientos tan inapropiados de su mente.

—Perdona, es que estaba… acordándome de algo que tengo que anotar para que no se me olvide —se inventó él sobre la marcha.

—Ya. Bueno, entonces… ¿te importaría que me quedara un par de días? —inquirió ella de nuevo—. He tenido que comprar otro billete de avión, y el vuelo en el que me han encontrado sitio no sale hasta el lunes. También he estado buscando habitación en otros hoteles, pero están todos completos por la época del año en la que estamos y…

—Kendall, Kendall —la interrumpió él—. No tienes que darme más explicaciones; por supuesto que puedes quedarte. Esta casa es enorme.

—Gracias —contestó ella con una expresión inconfundible de alivio.

Se agachó para recoger la maleta, pero Matthias se adelantó.

—Deja, ya la llevo yo —le dijo.

Kendall pareció sorprendida por el gesto. O quizá simplemente fuera que estaba acostumbrada a ser ella la que hiciese cosas por él y no al contrario.

Bueno, hasta entonces ése había sido su trabajo, y él le había pagado por ello, pero… ¿cuándo había hecho Matthias algo por ella?

Cada año le había regalado bombones por su cumpleaños, sí, y cestas de Navidad, pero aquello habían sido sólo los típicos regalos que un jefe les hacía a sus empleados.

Claro que Kendall nunca había dado muestras de que esperase nada de él. No, aquello no era excusa para su falta de atención hacia ella.

Kendall lo siguió al piso de arriba, donde había varios cuartos de invitados donde elegir. Sin preguntarse siquiera por qué, Matthias se dirigió directamente al que estaba al lado del dormitorio principal, donde dormía él.

Aquella habitación estaba decorada en tonos verdes y dorados, y la cama estaba cubierta con una bonita colcha de patchwork. Matthias la había bautizado como «la habitación rústica». Era muy acogedora y agradable.

Las amplias ventanas se asomaban a una extensión salpicada de altos pinos, y en la distancia podía verse el lago.

Por la noche podría hacer como él, tumbarse en la cama con la ventana abierta y escuchar el viento meciendo las copas de los árboles y el ulular de un búho solitario que rondaba por aquella zona.

¿Qué? Tampoco era que hubiese mucho con lo que entretenerse por las noches en una casa en medio del campo. Bueno, al menos hasta ese día no lo había habido.

—Si quieres puedes quedarte unos días más —le dijo, dejándose llevar por un impulso mientras depositaba la maleta en el suelo, junto a la cama.

Cuando se giró, vio que Kendall se había quedado en el umbral de la puerta, como si no se atreviese a entrar.

—Quiero decir que… en fin, tú has dimitido de tu puesto en OmniTech y yo no vuelvo a San Francisco hasta dentro de unas cuantas semanas. Además, ¿cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones?

—Bueno… no hace tanto. Tuve dos semanas de vacaciones forzosas cuando dejé Barton Limited —le recordó ella.

—Oh. Es verdad. ¿Y qué hiciste en esas dos semanas? —inquirió él—. Me apuesto algo a que no saliste de la ciudad, ¿a que no?

—No —admitió ella—. Estuve organizando unas cuantas cosas en mi apartamento, cosas que había ido posponiendo.

—¿Lo ves? Necesitas unas vacaciones de verdad.

Kendall se rodeó la cintura con los brazos.

—Y supongo que te habrás traído un montón de trabajo y no te iría mal que te echara una mano, ¿no?

—Por supuesto que no se trata de eso —replicó él acaloradamente—. Bueno, sí que me he traído trabajo, pero hasta ahora me las he estado apañando muy bien solo.

Más o menos, añadió reacio para sus adentros. El Excel seguía dándole problemas, y no sabía por qué, últimamente cada vez que intentaba mandar un correo electrónico le salía una ventanita con un montón de símbolos raros.

Kendall le sonrió como si supiera que no estaba siendo sincero, y luego lo sorprendió diciendo:

—De acuerdo, me quedaré unos días más. La verdad es que éste es un sitio precioso y que no me vendría mal tomarme un descanso.

Matthias no supo cómo interpretar la honda sensación de satisfacción que lo invadió por que hubiera aceptado su invitación.

De hecho, se dijo que no era el momento para ponerse a analizar su reacción cuando Kendall acababa de poner los brazos en jarras con una amplia sonrisa, y la camiseta había vuelto a subírsele un poco, dejando a la vista de nuevo aquel delicioso ombligo.

La sensación de satisfacción se tornó entonces en una ola de calor, y de pronto tuvo el convencimiento de que nunca se sentiría tan afortunado como en ese momento, con Kendall y su ombligo en la misma habitación que él, y sabiendo que iba a quedarse varios días allí.

Se equivocaba, porque lo siguiente que dijo Kendall hizo que sintiera deseos de abrazarla.

—Necesito ir al pueblo a comprar unas cosas —comenzó—. Podrías venirte conmigo y comprarte una agenda electrónica nueva. Yo le ajustaría las opciones a tu gusto, para que te sea más fácil usarla.

Fue entonces cuando Matthias supo sin lugar a dudas que Kendall Scarborough era la única mujer del mundo que podría hacerlo feliz.

—Además, necesito que me lleves. Yo me he quedado sin coche. Me ha traído una mujer que trabaja en el hotel y venía de camino —añadió ella—. Y de paso compraremos unas verduras, y carne, y también pescado. No se si tú estás cansado o no de esa comida preparada que tienes en la nevera, pero yo estoy harta de la comida de restaurante. Esta noche vamos a cocinar.