Capítulo 3

Sin poder creerse todavía todo lo que había pasado hacía unos minutos, Kendall apoyó la espalda contra la puerta por la que Matthias acababa de salir.

¡Lo había echado! Dos semanas atrás no se habría imaginado capaz de algo así, pero cuando se había sacado aquella agenda electrónica del bolsillo le había hervido la sangre. Por primera vez en cinco años habían estado teniendo una conversación de igual a igual, y de repente él había vuelto a tratarla como si aún fuese su secretaria.

Pero lo más sorprendente no era que se hubiese atrevido a plantarle cara, sino que cuando le había pedido, o más bien ordenado que se marchase, él había obedecido sin rechistar.

Y luego… luego había habido unos cuantos momentos muy extraños, en los que él la había mirado como si no la reconociese. Ella también se había sentido rara, sobre todo por lo agitada que se había encontrado en su presencia. No era la primera vez que le había ocurrido, pero durante los cinco años que había trabajado para él no se había permitido explorar esos sentimientos.

El día en el que Matthias le había anunciado su compromiso con Lauren Conover, a Kendall le había sorprendido la reacción que había tenido. Ese día se había dado cuenta de que tal vez lo que sentía por su jefe fuese un poco más allá de lo estrictamente profesional. Nunca se había preocupado por las mujeres que entraban y salían constantemente de su vida, pero la idea de que fuese a casarse la había hecho sentirse… rara.

En un principio se había dicho que lo único que le pasaba era que estaba decepcionada de que un hombre tan inteligente como él fuese a hacer algo tan estúpido como casarse por conveniencia con una mujer a la que no amaba.

Después había llegado a la conclusión de que lo que ocurría era que la irritaba profundamente que le hubiese encargado ocuparse de mil y un detalles de la organización de la boda cuando aquello no tenía nada que ver con su trabajo.

Finalmente se había visto obligada a admitir que tal vez, después de todo, sí que sintiese algo por él, y aquello la había hecho convencerse aún más de que tenía que dejar su trabajo en Barton Limited. Ni siquiera después de que se hubiese cancelado la boda había cambiado de opinión. Se había dicho que no podía arriesgarse a quedarse y acabar enamorándose locamente de Matthias, porque sabía que él jamás sentiría lo mismo por ella. A Matthias lo único que le importaba era su empresa. Sí, había hecho lo correcto. Sólo esperaba que tampoco se hubiese equivocado al aceptar la oferta de Stephen DeGallo.

Llamar «cabaña» a aquello era una obscenidad, se dijo Matthias cuando estaba ya acercándose a la enorme casa donde iba a pasar un mes entero. Si no hubiera sido porque ya había estado allí durante el mes que había terminado cambiando con su hermano Luke, habría pensado que se había equivocado de sitio.

Paró el coche, apagó el motor y se bajó. Luego sacó del asiento trasero su bolsa de viaje y se dirigió al porche, donde estaba esperándolo la mujer que estaba a cargo de la cabaña.

Era joven, rubia y de figura esbelta. Llevaba unas gafas de sol que le impedían verle los ojos, pero parecía bonita, y Matthias se encontró comparándola con Kendall y deseando, sin saber muy bien por qué, que hubiese sido ésta quien hubiese estado esperándolo para recibirlo.

—Imagino que usted debe de ser Mary —le dijo a modo de saludo—. Perdón por el retraso.

La joven asintió. Parecía decepcionada. Como él también llevaba gafas de sol, quizá lo hubiese tomado por otra persona.

—Bienvenido; soy la guardesa —contestó tendiéndole un manojo de llaves—. Ésta es la de la puerta de entrada, ésta la de la puerta trasera y ésta, la del garaje —le explicó señalándoselas una por una—. Déjelas sobre la mesa de la cocina cuando acabe el mes. Le he llenado la nevera y las alacenas, pero si necesita algo más siempre puede ir al supermercado del pueblo, Hunter's Landing. Imagino que habrá visto el cartel al pasar el desvío de camino aquí. Si la cocina no es lo suyo puede ir a uno de los restaurantes del pueblo. En Lakeside Diner y Clearwater se come muy bien.

Tenía una voz agradable, pero el tono que estaba empleando era monótono, como si se hubiera aprendido todo aquello de memoria y estuviese recitándoselo sin el menor entusiasmo.

—¿Quiere que entremos para que le enseñe la casa y le explique el funcionamiento de los electrodomésticos y los demás aparatos?

—¿Aparatos? ¿Qué aparatos?

—Hay un jacuzzi, sauna, un televisor de plasma…

Matthias levantó una mano para interrumpirla. No le interesaban esa clase de cosas. Además no había ido allí para descansar; tenía un montón de trabajo por hacer.

—No será necesario, pero gracias de todos modos.

—En la puerta de la nevera le he puesto unos cuantos números de teléfono, incluido el mío, por si tuviese alguna emergencia, aunque espero que no tenga que recurrir a ellos.

Se quedó callada, escrutando su rostro, y luego simplemente le dijo adiós y se dirigió a su coche, un pequeño utilitario aparcado a unos metros de allí. Matthias tuvo una sensación extraña de repente, como si la conociese de antes. Era algo en su forma de hablar, o de caminar, pero no sabía qué era. Le recordaba… a alguien.

Mary se metió en su coche y se alejó rápidamente. Matthias apartó aquellos confusos pensamientos de su mente, entró en la vivienda y cerró la puerta tras de sí. Entró al salón y dejó con descuido su bolsa de viaje sobre un mueble. Le daba igual si dejaba caer alguno de los adornos; todavía estaba molesto con Hunter por hacer que todos hubieran tenido que reorganizar sus agendas para pasar un mes allí sin saber con qué objeto. Y también estaba molesto con él porque se hubiese muerto.

Sin embargo, poniéndose la mano en el corazón, con quien realmente estaba molesto era consigo mismo. No había querido perder el contacto con él y los otros «samuráis», el nombre que Hunter les había puesto en sus años de universidad. Simplemente había ocurrido. Había pasado el tiempo, los había separado la distancia, el trabajo… La vida era así; la gente crecía y cambiaba.

Habían prometido que serían siempre amigos, pero él ni siquiera había sido capaz de mantener el contacto con su propio hermano. Claro que era comprensible cuando tu propio hermano te acusaba de hacer trampas en los negocios y te robaba a tu prometida.

La verdad era que había sido muy injusto con Luke, y que la relación entre ellos nunca había sido fácil. Desde muy niños su padre había alentado el espíritu competitivo en ambos de un modo nada sano. En cada ocasión Samuel Sullivan Barton había hallado la manera de enfrentarlos: quién conseguía más medallas en los boy scouts, quién vendía más papeletas en la rifa benéfica del colegio, quién marcaba más tantos en los partidos de baloncesto… Más que hermanos habían sido rivales.

A la muerte de su padre las cosas habían empeorado por las condiciones que había impuesto en el testamento: aquél de los dos que consiguiera ganar antes un millón de dólares con su trabajo, sería quien heredaría la propiedad. Matthias había ganado, pero había sido una victoria amarga porque Luke lo había acusado injustamente de haber hecho trampas, y durante años le había retirado la palabra.

No había sido hasta hacía poco cuando habían vuelto a verse, a raíz de que él se comprometiera con Lauren. En esa ocasión Luke se había tomado la revancha, arrebatándole a su prometida, de la que se había enamorado.

Matthias había acabado aceptándolo, pero la relación con su hermano gemelo seguía sin ser una balsa de aceite.

Suspiró, se metió las manos en los bolsillos y paseó la mirada por el salón. En la universidad todos habían hablado de construir una cabaña, pero esa palabra evocaba para él una imagen rústica, sin apenas comodidades.

Claro que aquella casa iba muy acorde con el carácter de Hunter; para él aquél debía de haber sido el ideal de un lugar de retiro: espacios amplios pero acogedores, bien amueblados, todo tipo de comodidades, paz y tranquilidad… A pesar de todo, Matthias tenía la sensación de que faltaba algo, pero no acertaba a averiguar qué era.

Tomó de nuevo su bolsa de viaje y se dirigió hacia donde suponía que estarían los dormitorios. Sus pisadas resonaban en el silencio a cada paso que daba, recordándole que durante un mes iba a estar allí solo.

No estaba acostumbrado a viajar solo. No acostumbraba a tomarse vacaciones ni a viajar por placer, y cada vez que había hecho un viaje de negocios en los últimos cinco años, Kendall lo había acompañado. Por supuesto, aquél no era un viaje de negocios, pero si Kendall aún fuese su secretaria la habría llevado con él porque tenía intención de trabajar mientras estuviese allí para aprovechar el tiempo.

Cinco años, pensó mientras subía las escaleras que conducían al piso de arriba. En el marco de la vida de una persona cinco años no eran tanto tiempo, pero para Kendall él había sido su primer jefe; su único jefe. Había sido él quien la había guiado en sus primeros pasos en el mundo de los negocios, quien le había enseñado cómo sacarle el mayor partido a sus conocimientos, y ahora otro hombre la había seducido con bonitas palabras y la había apartado de él.

¿Seducido? ¿Apartado? Por el amor de Dios, parecía que fuese su ex amante en vez de su ex secretaria.

Por alguna razón aquel pensamiento no le hizo reírse de sí mismo, sino que se sintió extrañamente cansado, y se dijo que debería mandar el trabajo al cuerno y ponerse a hacer algo más…

Se paró en seco en el escalón en el que estaba. ¿Cuándo en toda su vida había mandado al cuerno el trabajo? ¿Y algo más… qué? ¿Qué había que fuese más satisfactorio que el trabajo? El trabajo lo era todo.

Hablando de trabajo… Se había dejado el maletín con su ordenador portátil en el maletero del coche. Y eso le recordó algo más: le recordó un problema que tenía con el programa de hojas de cálculo. No sabía qué había hecho, pero se le había descolocado todo el trabajo que había estado haciendo. Dichosa tecnología… Si Kendall estuviese allí sabría cómo arreglarlo. Pero Kendall no estaba allí y ya no trabajaba para él. Tendría que llamar a una empresa de trabajo temporal para que le enviasen a alguien.

Lástima que Kendall no estuviese allí, pensó de nuevo. Kendall habría encontrado a la persona adecuada y… ¿Se podía ser más patético? No necesitaba a Kendall para todo. Podía arreglárselas sin ella. Lo único que tenía que hacer era encontrar las páginas amarillas y buscar una empresa de trabajo temporal en la zona. Bien, ¿dónde solía guardar la gente la guía de las páginas amarillas?