Prólogo:
Las tierras enanas
Avanzaban furtivamente por esta tierra de picos y valles, de profundos abismos y encumbradas alturas. Venían del este, a veces viajando a pie y a veces, cuando era necesario, desplazándose por medios arcanos para evitar ser descubiertos. Lo que buscaban era un lugar que las lunas ubicaban en estas montañas; un lugar donde lo alto era bajo y lo bajo, alto; donde ayer, hoy y mañana podían crear un círculo perfecto; y donde las lunas de Krynn, en la séptima medianoche del séptimo mes de cada séptimo año, eran los vértices de un triángulo cuyo centro exacto se encontraba justamente encima.
El lugar que buscaban sería adecuado para la construcción de una ciudadela, una Torre de la Alta Hechicería desde la que controlar y dirigir la magia de un mundo para poner orden dentro del caos. Según las lunas, eran siete los lugares de estas características que se encontrarían. El primero ya estaba localizado, en el gran bosque de las antiguas tierras de los dragones ahora habitadas por elfos. Los otros seis les serían revelados a quienes llegaran a ellos, mediante la prueba de espejos y piedras.
Los tres habían viajado desde muy lejos para llegar a esta tierra montañosa, pensando sólo en su búsqueda. Pocos se percataron de su paso. Los conocimientos aprendidos de los Vástagos, las artes de tejer conjuros para extraer y usar la magia, les habían sido muy útiles. Aun así, la búsqueda era difícil. El propio mundo les indicaba dónde buscar, donde hallar los puntos de perfecto equilibrio de fuerzas, pero sólo en términos generales. Sabían, dentro de un radio de unos pocos kilómetros, dónde debía ubicarse la base de la ciudadela y cómo se vincularía, —en muchos planos, visibles e invisibles—, con otras ciudadelas semejantes. A gran altura en las montañas occidentales, existía un altiplano rodeado por imponentes picos y riscos escarpados, un lugar donde lo bajo era alto y lo alto era bajo. Pero tenían que encontrar el sitio exacto. Sólo realizando la prueba lo sabrían, y tenían que sufrir los efectos de sus conjuros muchas veces para estar seguros.
Un centenar de veces en una docena de días habían repetido el ritual, aquí en el prado alto por encima del talud de la Falla, muy dentro del territorio denominado Kal-Thax por los enanos que vivían en él. Las lunas determinaban la zona, y por sus cálculos habían llegado a la conclusión de que allí, en alguna parte, estaba el origen de los poderes de los que una Torre de la Alta Hechicería podría extraer sustancia. Pero el altiplano tenía una extensión de muchos kilómetros cuadrados.
El hecho de que fueran forasteros en esta tierra, intrusos sin autorización ni permiso, no los preocupaba ni poco ni mucho. Eran hechiceros de primer orden, adiestrados en el arte por los propios Vástagos. Los otros sospechaban que Megistal podía ser uno de los contados elegidos para empresas mágicas más importantes, aunque personalmente no había dado indicio de ello, a no ser por la circunstancia de que, mientras que los otros dos habían sido designados para esta misión por sus colegas, Megistal parecía haberse designado a sí mismo.
No obstante, ninguno de ellos necesitaba permiso para ir dondequiera que deseara. Nadie podía detenerlos. Ni siquiera serían vistos por nadie que ellos no desearan que los viera. Muchas veces, desde que habían entrado en estas montañas, habían divisado enanos o habían oído toques de tambores, y en varias ocasiones Megistal había sugerido que, para ser justos con ellos, al menos deberían informar a los enanos sobre lo que estaban haciendo. No era asunto de los enanos, pero se podrían evitar conflictos más adelante si los enanos se hacían ahora a la idea de que habría una Torre de la Alta Hechicería dentro de su reino, lo quisieran o no.
Pero los otros dos siempre se habían opuesto.
—Se armaría un gran escándalo, —argumentaba Sigamon—. No los perjudicará aquello que ignoran. Además, hacemos esto por el bien general, tanto el de ellos como el de los demás. La magia debe tener un orden por el bien de todos. Tal es el propósito de las ciudadelas.
Tantas, desde luego, se mostró desdeñoso con esta actitud.
—Los enanos no importan, —dijo—. Pero los necesitaremos después, y, cuanto menos sepan con anticipación, mejor. Cuando el lugar haya sido localizado, precisaremos trabajadores que coloquen las piedras. ¿Qué mejor sitio para encontrar esclavos que entre estos enanos? No les digamos nada. Cuando los necesitemos, los cogeremos.
Así pues, los enanos no tenían idea de la presencia de los hechiceros o el motivo de que estuvieran aquí. Últimamente, Megistal tenía la sensación de que alguien los estaba vigilando, pero tenía la certeza de que no era un enano. Fuera quien fuera, no se había entrometido, si bien el cáliz favorito de Sigamon no aparecía por ningún sitio, y Tantas protestaba porque no encontraba su brazalete de azabache. Y así, un día tras otro, los hechiceros trabajaban, dormían, y volvían a trabajar, empleando sus propias energías para alimentar la magia de la búsqueda.
Megistal se sentía cansado ahora, mientras alzaba los amuletos de piedra roja sobre su cabeza, uno en cada mano, y pronunciaba las palabras del conjuro que había repetido un centenar de veces o más:
—¡Dactis tat sonan! —exclamó, y sintió el desagradable cosquilleo en los hombros y los dedos cuando los amuletos extrajeron energía de él para llevar a cabo su orden. Unas pequeñas descargas saltaron alrededor de las dos piedras y desde la una a la otra; el color rojo oscuro de los dos trozos de mineral adquirió un brillo ardiente, como si una llama fría, roja como la sangre, saltara de uno a otro. Megistal hizo una profunda inhalación y ordenó:— ¡Chapak!
Bruscamente, el flujo de luz entre las piedras se extendió frente al hechicero y se convirtió en un doble chorro radiante que creció y se expandió hacia adelante hasta converger en un punto del suelo, a unos veinte metros de distancia. Instantáneamente, la superficie en ese lugar pareció cobrar vida y hervir con cosas que bullían y corrían, pero el mago sabía que sólo se trataba de una ilusión.
—¡Marcad el punto exacto! —gritó Megistal, sin abandonar su concentración, ya que costaba un gran esfuerzo mantener el conjuro.
Tantas y Sigamon salieron presurosos hacia allí, el segundo remangándose su embarrada túnica blanca por encima de las rodillas para correr sobre sus largas y torpes piernas, en tanto que el jorobado Tantas trotaba con su peculiar estilo al tiempo que se sujetaba el negro y flexible sombrero para no perderlo en el camino. Mientras Megistal permanecía erguido, inmóvil y concentrado, manteniendo la fuente de la luminosidad, los otros dos hechiceros se arrodillaron donde tocaba en el suelo y clavaron una estaca en la dura tierra con un mazo de madera.
Megistal, aunque agotado, percibió de nuevo el extraño y distante retumbo que parecía hacerse más pronunciado en cada ocasión que habían realizado las pruebas. Era como si algo, en alguna parte, estuviera reaccionando a la magia de la búsqueda. Lo que era realmente no lo sabía ninguno de los tres, ni tampoco les importaba. La luz carmesí parpadeó y se apagó cuando el hechicero bajó los brazos.
—Ese es uno de los ángulos, —dijo—. ¿A quién le toca ahora?
Tantas se alejó unos pasos de donde estaba la estaca clavada, trotando como tenía por costumbre, y sacó del morral sus piedras de búsqueda negroazuladas. Al igual que Megistal había hecho antes con las piedras rojas de búsqueda, el hechicero de negra túnica levantó los brazos y sostuvo las piedras en alto.
—¡Dactis tat dervum! —ordenó. Una neblina oscura como tinta surgió en torno a sus manos—. ¡Chapak!
De la oscura niebla salieron disparados unos brillantes relámpagos que chisporrotearon y abrasaron el suelo sobre el que se descargaron. Sigamon y Megistal corrieron hacia allí para señalar el punto exacto, y, de nuevo, el prado alto pareció rugir enfurecido. Durante los dos últimos días, el sonido se había hecho bastante fuerte.
El punto marcado por los rayos de Tantas se encontraba a treinta metros del señalado por la luz roja de Megistal. Sigamon recorrió la distancia y después se situó directamente entre ambos puntos. Su marca completaría el triángulo, pero sólo mediante la prueba sabrían en qué dirección señalaría el tercer vértice. Sigamón sacó sus brillantes y transparentes gemas y las levantó.
—¡Dactis tat osis! —dijo—. ¡Chapak!
Una cegadora luz blanca fluyó de sus manos y salió disparada hacia atrás. Allí donde tocó el suelo se formó escarcha. Los otros dos hechiceros corrieron para marcar el sitio y, de nuevo, la propia tierra pareció rugir.
—Ojalá supiéramos qué es lo que ocasiona ese ruido, —comentó Sigamon—. Los Vástagos no mencionaron que ocurriría algo así.
—La magia es un arte nuevo. —Megistal se encogió de hombros—. Todavía es mucho lo que se desconoce; pero, una vez que las Torres de la Alta Hechicería ocupen su lugar, el aprendizaje podrá llevarse a cabo con más rapidez.
En un lugar oscuro, a gran profundidad bajo la superficie, frías brumas se agitaron y se arremolinaron para repetir los rugidos de pura e intensa ira. Como un durmiente importunado por insectos, había siseado y gruñido, aferrándose al sueño, dejando fuera todo tormento. Pero aquellos aguijonazos de invisibles incordios que tanto la irritaban se habían prolongado, insistentes, demasiado tiempo, y ahora estaba despierta y su bramido era como el único nombre que siempre había tenido: Furia.
¿Cuánto tiempo había dormido? No tenía ni idea, pero sabía que había sido mucho. Eras. En lo que antaño había sido una caverna de hielo en las profundidades de una montaña, ahora flotaban remolinos de fría neblina. Y allí donde en tiempos había estado atrapada en hielo, —confinada por fuerzas que escapaban a la imaginación—, ahora se encontraba medio recubierta por un caparazón pétreo, piedra caliza que se había formado a su alrededor con el derretimiento gradual del hielo duro como el acero. Habían transcurrido eras. Habían pasado eones mientras ella dormía.
Pero ahora estaba despierta, y su nombre era Furia, y toda ella era furia. Su cautiverio había concluido. Había sido confinada porque las criaturas del mundo la temían, y con razón. Eran cosas vivientes, y Furia era la muerte para ellas. Había campado a su antojo entre ellas, regocijándose con su poder para matar. No había habido otra igual. Era como si las fuerzas que la habían creado hubieran lamentado lo que habían hecho y se hubieran vuelto contra ella, aprisionándola en el hielo para siempre. Pero ahora, al parecer, ese «para siempre» había terminado.
Ahora estaba despierta de nuevo, y libre. Ignoraba como, pero lo estaba. ¿Existirían todavía criaturas en este mundo? ¿Seguirían siendo aquellas cosas físicamente débiles, chillonas, que tanto la habían deleitado, que guardaban calor en su interior y que se retorcían de dolor mientras morían? No lo sabía, pero tenía intención de comprobarlo. Furia rebulló, y la piedra caliza se resquebrajó y saltó hecha añicos entre la neblina arremolinada que la rodeaba y se adhería a ella como un oscuro manto de plata.
A Furia la traía sin cuidado cómo había despertado. Lo único que importaba era que estaba despierta. Lentamente, examinó la piedra que había a su alrededor hasta encontrar una grieta lo bastante grande para pasar por ella. Con la neblina flotando a su alrededor y deslizándose en pos de ella, partió en busca del mundo exterior. Por fin emergió a la superficie, bajo la luz de la luna, casi al pie de un gran muro de roca dentellado, un escarpado risco de decenas de metros de altura. Ante ella estaba un mundo montañoso de cumbres y valles, de adustas vertientes y extensas vistas.
Dando la espalda al risco del que había emergido, Furia salió a la caza.
Varios cientos de kilómetros al este, donde las onduladas planicies empezaban y al alcance de la vista de la cordillera oriental del reino de los enanos, las altas ventanas de una torre se asomaban a las numerosas vías y a los elevados tejados de una gran ciudad amurallada. En las abarrotadas calles al pie de la torre, multitud de personas competían por el espacio y por las piltrafas de riqueza que los grandes señores cedían de vez en cuando para sustentar a la ciudad y su población. Entre la gente, con oscuras armaduras y llamativos penachos, marchaban las compañías de severos guardias que mantenían el orden y hacían cumplir los dictados de los grandes señores.
Pero el hombre asomado a una ventana de la torre no contemplaba la ciudad ni sus calles atestadas. En cambio, miraba fijamente hacia el oeste, donde las cumbres nevadas, azules por la distancia, rompían la línea del horizonte y parecían dominarlo. El pico más próximo y más alto, el Fin del Cielo, se alzaba como un desafiante monolito y daba la impresión de devolver al hombre su dura mirada. Entre la ciudad y las montañas había barreras casi insalvables: kilómetros de peligrosas y agrestes tierras quebradas donde se agrupaban los viajeros, y los bandoleros aguardaban al acecho; y más adelante se interponía el gran precipicio conocido simplemente como el Cañón. Pero las barreras hacia las tierras montañosas no eran sólo orográficas. El verdadero obstáculo era la frontera de Kal-Thax, el país de los enanos. Durante siglos, conquistador tras conquistador habían intentado penetrar en las montañas y ocuparlas y todos habían fracasado, ya que los enanos del Kal-Thax eran fieros y tenaces.
Aun así, el Señor Supremo de Xak Tsaroth tenía ambiciones y una de ellas era conquistar el reino enano para saquear sus riquezas. El Señor Supremo tenía planes en marcha con vistas a tal fin.
Le dio la espalda a la ventana occidental y cruzó la cámara de la torre; sus zapatillas doradas apenas hacían ruido sobre la gruesa y espesa alfombra que cubría el suelo de piedra pulida.
Directamente debajo de la ventana oriental se encontraban las poternas del alcázar, por las que salían tres hombres en el momento en que el Señor Supremo se asomó y miró. Habían venido tres hechiceros desde un campamento distante pidiendo audiencia, y ahora se marchaban. Pero no eran exactamente los mismos. Dos de ellos, los hechiceros de las Órdenes de Solinari y Lunitari, sí; pero el hechicero de la Orden de Nuitari que había venido con ellos estaba muerto, asesinado por una magia mucho mayor que la suya. En su lugar, otro Túnica Negra se había unido a los dos magos restantes.
El Señor Supremo no confiaba en Kistilan. El hechicero tenía planes propios, y él lo sabía. Con todo, habían hecho un trato. La misión de las Órdenes, —establecer un centro de Alta Hechicería en las tierras enanas—, era una oportunidad demasiado importante para pasarla por alto. Muy pronto surgirían problemas con los enanos, y Kistilan estaba de acuerdo en actuar como agente del Señor Supremo. Cuando llegara el momento oportuno, Kistilan se pondría al mando de los magos que viajaban hacia el oeste, adonde habían ido sus topógrafos, y derribarían la fortaleza de los enanos.
¿Entregaría Kistilan el reino al Señor Supremo? El regente de Xak Tsaroth no confiaba en él hasta ese punto; claro que, para tal contingencia, tenía su propio plan. Si existía un humano capaz de penetrar en el país de los enanos, cruzarlo y establecer alianzas con el Ergoth occidental que había al otro lado, ese era Quist Pluma Roja, y el Señor Supremo era dueño y señor de Quist Pluma Roja. Mientras la familia del enviado permaneciera cautiva en los sótanos de su alcázar, el Señor Supremo estaba en disposición de mandar a su antojo al torvo cobar y este haría lo que le dijera. Quist Pluma Roja ya estaba de camino al reino enano. Anteriormente, en otra ocasión, el Señor Supremo había enviado a otro emisario, pero este había desaparecido. Claro que aquel hombre no era Quist Pluma Roja, de los cobars.
El Señor Supremo miró desde la alta ventana y sonrió con frialdad. De un modo u otro, vería derrotados a los enanos de las montañas. De un modo u otro, Xak Tsaroth se apoderaría de las riquezas de Kal-Thax.
En el año del Estado de la década del Cerezo, hacia finales del siglo del Viento según los cómputos del tiempo de los clanes enanos de Kal-Thax, la gran empresa que era la construcción de Thorbardin estaba a punto de concluir. A gran profundidad bajo el pico llamado Buscador de Nubes y coronado por los tres riscos, los Tejedores del Viento, en las primeras cavernas subterráneas descubiertas por el explorador y espía daewar Urkhan, la obra más grandiosa de los siglos estaba casi terminada. Agrupados por la necesidad y espoleados a continuar así tanto por los conflictos internos como por los sueños de sus cabecillas, los pendencieros súbditos de los clanes unidos habían logrado, en opinión de Plumín Cuño de Runa, lo inverosímil.
No era la construcción de un inmenso reino subterráneo; eso, después de todo, no era más que el resultado lógico de noventa años de esfuerzos en común de los mejores proyectistas, excavadores, artesanos, albañiles y metalúrgicos del mundo. Lo que Plumín consideraba más inverosímil de todo era que tantos enanos de tantas tribus diferentes, con opiniones tan dispares y tantos y tan arraigados prejuicios los unos contra los otros se las hubieran arreglado para compartir las mismas cavernas durante tanto tiempo sin aniquilarse entre sí.
Plumín Cuño de Runa nunca había dejado de maravillarse por la pura terquedad que había tras el gran proyecto. Incluso su viejo mentor, Mistral Thrax, que había sido consejero personal del visionario jefe hylar, Colin Diente de Piedra, había hecho mención de la firmeza de propósito que se requería, día tras día a través de todos los años, para mantener a miles y decenas de miles de joviales y arrogantes daewars, desconfiados e intuitivos theiwars, cautelosos y hoscos daergars, e impulsivos y volubles kiars… por no mencionar a los hylars, con su tendencia a ser reservados y arrogantes, o a los neidars y los independientes einars, que iban y venían a capricho, e incluso en ocasiones las tribus (o tropiezos, como los llamaba Plumín para sus adentros) de los pequeños y errabundos aghars, trabajando codo con codo a despecho de sus diferencias.
Colin Diente de Piedra, jefe de los hylars, cuando llegaron a esta tierra, había tenido una visión y, de algún modo, había transmitido su fuerza a los otros líderes de aquel primer consejo de thanes. La visión era Thorbardin, núcleo y fortaleza del reino enano de Kal-Thax.
Ahora, el plan inicial estaba casi terminado. Ciudades enteras se alzaban dentro de las grandes cavernas: la reluciente Daebardin, con sus pozos de cuarzo y sus conductos solares artesanales; la sombría Daerbardin, en las profundidades más oscuras de la zona meridional; las comunidades gemelas theiwars, Theibardin y Theibolden, en la orilla norte del mar de Urkhan; la ciudad sin nombre de los kiars, desperdigada al otro lado de la caverna de los gusanos remolcadores; e incluso un fárrago de zanjas y burdos cobertizos donde vivían los aghars, de vez en cuando, cerca de los mercados de minerales daergars. Y la más imponente de todas, la grandiosa Hybardin, elevándose nivel tras nivel en el interior de la estalactita gigante que los hylars llamaban el Árbol de la Vida.
Un centenar de variedades de vegetales y hongos comestibles, incluso algunos cereales exóticos, se producían en las vastas cavernas de cultivo. Las fraguas y forjas nunca descansaban, y los mercados comunes estaban localizados a lo largo de las calzadas de los túneles, abarrotadas de gente.
Por lo general, en las Salas de los Tribunales no se sentenciaban más de una docena de casos diarios por asesinato y mutilación. Para Plumín Cuño de Runa, custodio de legajos y heredero del saber popular recopilado por Mistral Thrax, esa era la verdadera y mayor maravilla. Hacía noventa años que no había habido guerra alguna entre las tribus enanas.
Los daewars seguían conspirando y maquinando contra los hylars; los theiwars aún sentían resentimiento y desprecio por los daewars; los daergars todavía sospechaban que todo el mundo intentaba robarles sus minas; y los kiars aún se desmandaban de vez en cuando. Pero el gran proyecto seguía adelante. En dos años, decían los proyectistas, Thorbardin quedaría terminado. La inmensa, impenetrable estructura de la Puerta Sur estaba instalada y funcionando a la perfección, y el soporte de la Puerta Norte estaba encastrado, a la espera de la colocación del gigantesco obturador. Unos conductos solares proporcionaban luz natural allí donde se deseaba, y unos vastos sistemas de ventilación dirigían el flujo de aire fresco desde los conductos enrejados, en el Valle de los Thanes, hasta los respiradores de escape, al pie de uno de los Tejedores del Viento. Sistemas de acueductos diseñados por artesanos hylars llevaban agua de todos los niveles de las ciudades, y unos complejos sistemas de aprovechamiento de basuras proporcionaban materia orgánica para las cavernas de cultivo.
Incluso un pequeño pozo de magma estaba terminado, a gran profundidad por debajo de los niveles inferiores, cerca de la Puerta Sur, para alimentar fundiciones y hornos. De momento era una cosa burda, que carecía del núcleo de magma natural que los hylars recordaban en las entrañas del viejo Thoradin, en las lejanas montañas del este, pero habían conseguido inducirlo a que cobrara vida y funcionaba bastante bien.
En los reinos humanos vecinos a Kal-Thax no era un secreto que los enanos estaban construyendo, —o quizá ya habían construido— una fortaleza para defender su reino montañoso, pero apenas se sabía nada sobre ello. Los enanos sabían que no era un secreto, pero consideraban que lo que hacían era exclusivamente de su incumbencia y de nadie más. Desde la culminación de la Calzada del Tránsito, que partía de Ergoth meridional y atravesaba Kal-Thax para llegar al gran paso de Tharkas, no se habían repetido los masivos asaltos humanos a las tierras enanas que tan comunes habían sido en otros tiempos. Aparte de los formidables guerreros enanos, excelentemente armados, que la patrullaban y de la propia calzada, los forasteros que viajaban por ella veían poco más del entorno en que se desenvolvía y prosperaba el pueblo enano. Se habían producido algunos asaltos esporádicos en los últimos años, generalmente llevados a cabo por tropas de la ciudad humana de Xak Tsaroth, donde los grandes señores, codiciaban las riquezas de los enanos. Pero habían sido rechazados, y durante varios años la frontera había permanecido relativamente en paz.
Sólo un humano había entrado en Thorbardin, un agente de los grandes señores que había intentado cruzar hacia el Ergoth occidental en busca de alianzas en contra de los enanos. Sin embargo, no lo había conseguido. Las patrullas enanas lo habían sorprendido en la Gran Calzada, habían encontrado sus sellos y credenciales del Señor Supremo de Xak Tsaroth, y lo habían arrestado. Por orden del consejo de thanes lo habían llevado a Thorbardin.
Aquel hombre había visto la fortaleza… o, al menos, una pequeña parte de ella. Todavía seguía allí, encarcelado en una mazmorra, y allí seguiría hasta que la última puerta estuviera instalada, por lo menos. Se barajaba la idea de que, una vez finalizada la fortaleza, podría llevárselo a dar un paseo hasta una de las salidas y allí dejarlo en libertad. Olim Hebilla de Oro era de la opinión que quizá fuera muy conveniente que el Señor Supremo de Xak Tsaroth tuviera conocimiento de lo que le aguardaba si alguna vez volvía a pasarle por la cabeza la idea de conquistar a los enanos.
Olim Hebilla de Oro era el mayor de los jefes del consejo de thanes y actuaba como regente. La barba del proyectista daewar había pasado de ser dorada a plateada en las décadas transcurridas desde el Pacto de Thanes, pero todavía prestaba al consejo esa mezcla especial de jovialidad, energía, buen tino y sagacidad que era la propia esencia del pueblo daewar. De este clan habían salido más líderes y oficiales de alto rango en Thorbardin que de cualquier otro, salvo el hylar.
Vog Cara de Hierro, antaño el guerrero más fiero de los daergars, era el segundo en antigüedad en el consejo. El morador de la oscuridad no había perdido fiereza con el paso de los años, como habían descubierto los muchos contrincantes insolentes que lo habían desafiado, pero en el consejo se mostraba calmoso y contemplativo. A menudo el último en hablar, su voz retumbaba huecamente tras la máscara de metal, o, —en ocasiones—, casi susurrante cuando hacía hincapié en un punto importante del debate. Vog Cara de Hierro era famoso por su fría e incisiva astucia, así como por su retraimiento fuera de las reuniones formales del consejo.
El tercero en antigüedad era Talud Tolec. De él se decía que nunca había querido ser jefe de los theiwars y que llevaba noventa años intentando retirarse, pero su propia gente no se lo permitía. De brazos largos, hombros anchos y una mata de pelo canosa que casi siempre llevaba cubierta con una especie de casco de malla, Talud Tolec se había convertido en un venerado miembro del gran consejo por el simple hecho de ser intuitivamente consciente, —más que ningún otro de ellos—, de las expectativas, esperanzas y pesadumbres de las gentes de Thorbardin. Cuando Talud Tolec hablaba del estado de ánimo de los ciudadanos, los otros jefes prestaban atención.
Y luego estaba el hylar. Aunque no era el miembro de más edad del consejo, Willen Mazo de Hierro era muy respetado, no sólo por sí mismo sino como sucesor del primer líder hylar, Colin Diente de Piedra. A sus casi ciento cincuenta años, Willen Mazo de Hierro seguía siendo grande y fuerte y se conservaba en plena forma, pero a su vitalidad se había añadido una profunda, casi tangible, dignidad. De todos los jefes del consejo, Willen Mazo de Hierro, —el antiguo líder de la guardia hylar—, era el que mejor personificaba el honor y la disciplina que se habían convertido en el código de todas las fuerzas de Thorbardin. La sabiduría que demostraba como uno de los líderes del reino era el eco de la sabiduría de otra persona: Tera Sharn, su adorada esposa e hija de Colin Diente de Piedra. Y aunque su hijo, Damon el Anunciado, no ocupaba una posición de autoridad, también era un enano que gozaba de gran respeto.
Entre los oficiales de alto rango de Thorbardin había, al menos, siete de primera fila que pertenecían al clan hylar. Plumín Cuño de Runa había especulado que cada cultura generaba sus propias cualidades especiales. Los daewars sobresalían en comercio, diplomacia y muchas artesanías de la piedra; los theiwars destacaban en asuntos de pura lógica mejorada por la intuición, así como en la fabricación de rieles, cables y vías de comunicación; y los daergars eran maestros reconocidos en la minería.
Del mismo modo, suponía Plumín, los hylars tendían a generar guerreros y líderes. Cosa rara, también producían poetas y músicos, pero eso parecía estar al margen del asunto. La cuestión era, se aseguraba a sí mismo, que de todas las funciones necesarias de Thorbardin casi la mitad estaban dirigidas por los hylars.
Como custodio de legajos, Plumín vagaba por Thorbardin observando y fisgoneando, escuchando y preguntando, y día tras día se dirigía a su cubículo para apuntar en pergaminos sus notas y sus observaciones, haciendo la crónica de la gran aventura de la creación de la mejor fortaleza de Krynn.
Últimamente, había cogido por costumbre seguir a Damon el Anunciado de aquí para allá. Todo empezó el día en que Plumín fue a las estribaciones bajas a presenciar el combate entre Damon y su tío, el jefe neidar Cale Ojo Verde. La liza era amistosa, consecuencia de un debate sobre qué era más poderoso a la hora de luchar, si el martillo o el hacha de guerra. Puesto que no llegaron a un acuerdo, y en el más puro estilo enano, la única solución que les quedaba era dilucidarlo en un combate.
Plumín jamás olvidaría aquel día. Allí, en los soleados prados de las estribaciones bajas, a la sombra de un enorme árbol, los dos guerreros, tío y sobrino, se habían puesto las armaduras y habían cogido las armas mientras centenares de curiosos enanos se reunían a su alrededor para observar.
Las armas eran sencillas. Damon llevaba martillo y escudo, y Cale, hacha y escudo. Se habían puesto frente a frente, se habían saludado y a continuación se lanzaron en un ataque simultáneo, ambos haciendo cuanto estaba en su mano para matar al otro sólo para demostrar que llevaban razón.
Quedó registrado que los dos habían combatido durante toda una tarde, golpeándose uno al otro, arremetiendo, atacando, esquivando y parando con el escudo mientras el sol de Krynn se desplazaba desde su cenit, justo encima de los Tejedores del Viento, hasta situarse sobre las cumbres de las Cabezas de Yunque, en el oeste. En cuatro ocasiones la lucha se había detenido para que los combatientes se equiparan con armaduras y escudos nuevos, —los equipos descartados estaban tan abollados y mellados que sólo servían para chatarra—, y luego se había reanudado con renovado entusiasmo.
La disputa no llegó a resolverse. El neidar con su hacha estaba a la altura del hylar con su martillo y viceversa. Finalmente los dos contendientes se habían separado, se saludaron y se marcharon juntos para ver qué clase de cerveza podía encontrarse en las tabernas de Porticada.
Sin embargo, atrás dejaron el nacimiento de un ritual. Habían sido muchas las apuestas cruzadas por los espectadores durante el combate. Como el resultado de la liza dejó pendientes estas apuestas, otros participantes habían reanudado la competición. Un mercader daewar había empezado el tema al negarse a pagar lo apostado a un leñador neidar. Antes de que los ecos de sus gritos se hubieran apagado, los dos habían tomado las armas y combatían bajo las extensas ramas del mismo árbol. Al cabo de unos minutos, a su alrededor había estallado una docena de conflictos aislados, y en las estribaciones resonó el estruendo de metal chocando contra metal. A partir de ese día, se tomó por costumbre solucionar los conflictos por apuestas pendientes no en los fosos del Gran Salón, donde se veían los casos por agravios y desafíos, sino fuera, en las estribaciones, bajo el que sería llamado Árbol de Minucias.
Desde entonces, Plumín Cuño de Runa había dedicado un especial interés a Damon el Anunciado y no lo había perdido de vista para descubrir si el hijo del jefe hylar tenía planeado volver a casarse. Damon había contraído matrimonio cuando tenía cincuenta años con una encantadora muchacha hylar llamada Dena Pizarra Gris. Pero Dena murió sin haber tenido hijos, ahogada en el mar de Urkhan cuando uno de los transbordadores de arrastre volcó, y Damon nunca se había sobrepuesto por completo a la tragedia.
Aún así, estaba la leyenda referente al nacimiento de Damon acerca de que un fantasma había aparecido y había proclamado que el niño sería el «Padre de Reyes». Era una leyenda desconcertante ya que no había reyes en Thorbardin y no parecía probable que los fuera a haber nunca, teniendo en cuenta las rivalidades tribales entre thanes. Damon el Anunciado tenía ahora noventa años, es decir, todavía un enano robusto y en plena madurez, aunque ya no era un jovencito. Y, lejos de ser el Padre de Reyes, daba la impresión de que no llegaría a ser ni siquiera padre si no dejaba atrás la pesadumbre y se buscaba otra esposa.
En consecuencia, Plumín se había arrogado la tarea de volver loco al fornido hijo del jefe insistiendo en sus «responsabilidades» hasta el punto de que empezaba a temer que el corpulento enano acabaría rompiéndole unos cuantos huesos llevado por la irritación.
En este momento, sin embargo, Damon estaba lejos de Thorbardin. Había salido con algún cometido junto con su amigo Mazo Puntal de Martillo, capitán de la Guardia Independiente, y no había regresado.
Plumín se había encogido de hombros y había vuelto a sus viejas costumbres. Deambulaba de aquí para allí, observaba y preguntaba y tomaba notas. Todas las tardes, cuando los conductos solares oscurecían, dejaba su trabajo y se dirigía al Cubil del Reposo. Entre las cosas que había aprendido del viejo Mistral Thrax, estaba el agrado por media hogaza de pan, el guiso de carne y una jarra de buena cerveza enana.