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Los rastreadores

La escena era igual a las otras sobre las que habían informado los neidars. Lo que había sido una minúscula aldea, en lo profundo de un pequeño valle situado entre los picos Eco del Cuerno, al oeste de los Tejedores del Viento, ahora era un cuadro de ruinas y devastación. Damon el Anunciado estaba sobre una cornisa baja, el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, con una fría mirada, mientras giraba lentamente y escudriñaba las estribaciones circundantes en busca de cualquier pista o señal que pudieran ofrecerle. A su lado estaba su tío, el jefe neidar Cale Ojo Verde, mascullando maldiciones en voz baja y de forma metódica al tiempo que sacudía la cabeza. Más abajo, los exploradores neidars se mezclaban con los ceñudos guerreros de Thorbardin que estaban al mando de Mazo Puntal de Martillo y rebuscaban entre los escombros, con los rostros cenicientos y los miembros temblorosos a causa de lo que encontraban.

Unas cuantas de las cabañas de techos bajos de paja habían ardido, aunque la mayoría estaban demolidas y allanadas como si fuera obra de algo o alguien que hubiera enloquecido. Mesas, sillas, banquetas y catres estaban rotos y astillados. Trozos de tela, que habían sido ropas, toallas e incluso tapices, ahora yacían empapados u ondeaban agitados por la brisa como pequeños estandartes hechos jirones. Herramientas estropeadas aparecían desparramadas por el suelo, e incluso los cacharros de cocina estaban desperdigados, abollados y desportillados.

Algunas de las casas y cobertizos tenían las puertas rotas como si hubiesen reventado hacia adentro, y estaban vacías y desiertas. Pero otras chozas habían sido literalmente despedazadas, los troncos de las paredes desgajados de los dinteles, las pesadas puertas de tablones y los postigos arrancados de sus goznes, los tejados aplastados como por un desprendimiento de rocas. Dentro de estas, que habían sido las estructuras más fuertes y sólidas de la aldea, yacían la mayoría de los muertos. La gente se había dado cuenta de que algo terrible se le echaba encima y había intentado protegerse. Sin embargo, todos sus esfuerzos habían sido en vano. Lo que quiera que fuera que los había atacado había logrado abrirse paso, de un modo u otro.

Por doquier se veían salpicones de sangre que se secaba con el aire de la alta montaña, y el aspecto de los cadáveres hacía palidecer incluso a los enanos más templados. Estas personas no habían sido asesinadas simplemente. Habían sido violadas, y sus cuerpos abiertos en canal. Las habían mutilado de un modo tan horrible como a los cadáveres de sus rebaños, esparcidos por los prados de las inmediaciones; como las devastadas cosechas, que habían quedado abandonadas en los campos, aplastadas y echadas a perder.

Cale dijo que era igual que en los otros pueblos donde esto había ocurrido, —esta era la tercera vez, que supieran los neidars—, salvo por dos detalles. Las otras tragedias habían sucedido en distantes aldeas fronterizas, bastante lejos al noroeste, a la sombra de los picos Muro de Hierro. Este último, en cambio, estaba mucho más dentro de Kal-Thax y mucho más cerca de la fortaleza subterránea de Thorbardin. En las dos ocasiones anteriores no había habido supervivientes. Esta vez, sí. Damon bajó la vista hacia el reducido grupo apiñado en torno a una pequeña fogata y sintió una punzada de pena. Sólo quedaban cuatro, y eran atendidos e interrogados por los neidars de Cale y un puñado de guerreros de Thorbardin pertenecientes a la Guardia Independiente de Mazo Puntal de Martillo, con quien había venido Damon desde la gran fortaleza en las entrañas de los Tejedores del Viento.

Cuatro supervivientes. De más de un centenar de pacíficos, inofensivos einars ocupados de sus propios asuntos en su pequeña aldea, sólo cuatro habían sobrevivido: un anciano de barba canosa con la camisa manchada de sangre; una joven de cabello cobrizo, cuyos ojos angustiados los contemplaban desde un rostro sucio de churretones y mugre; y dos chiquillos huérfanos eran todo lo que quedaba del pueblo Cañada del Viento. Habían escapado a la furia de… lo que quiera que fuera escondiéndose en un sótano.

—Ninguno tuvo la menor oportunidad, —masculló Damon, cuyos ojos de color gris tenían una expresión glacial y feroz.

Azotado por el viento y tenso por unas emociones controlados a duras penas, cuadró los hombros y apartó la vista de la carnicería de allí abajo. Con su metro sesenta de estatura Damon era más alto que la mayoría de sus congéneres, y los noventa años de existencia lo habían llevado a la plena madurez; sin embargo, en estos momentos, parecía muy joven a los ojos de su tío. Hasta ahora, en la vida de Damon en el reino subterráneo de Thorbardin no había ocurrido nada que lo hubiera preparado para una salvajada como la desplegada aquí. Damon sabía lo que era el sufrimiento, por supuesto, y Cale se preguntaba si su sobrino se habría recobrado realmente de la pérdida de su mujer en las aguas del mar de Urkhan. Claro que uno nunca estaba realmente preparado para presenciar un espectáculo semejante.

Cale Ojo Verde sacudió la cabeza mientras una rabia sorda le hacía entrecerrar los ojos; la fría brisa de la montaña agitó su barba, ahora salpicada toda ella de canas. Durante trescientos años, estos einars habían permanecido en su pequeño valle, atendiendo a sus rebaños y sus cosechas, sacando adelante a sus familias, sin hacer daño a nadie. Pero algo mortífero había llegado y ahora, en una sola noche, todo estaba destruido.

¿Por qué?

—Ninguna oportunidad, —retumbó el cabecilla neidar en conformidad con su sobrino.

Habían hablado con los supervivientes, pero no habían averiguado casi nada. Lo que quiera que hubiera venido, lo había hecho sin que nadie lo viera. Esa noche se había levantado una espesa niebla. El destructor se encontraba entre los encubridores remolinos. Habían oído sus rugidos y algunas vislumbres de algo tremendamente perverso y muy grande que parecía envolverse en niebla y oscuridad. Entonces empezó el horror. Las manos del viejo enano temblaron mientras intentaba describir los sonidos y los olores de una desenfrenada muerte. Los dos chiquillos se encogieron, demudados y con los ojos muy abiertos, al recordarlo. De todos ellos, sólo la joven Sauce Nube de Estío no lloró. Daba la impresión de no abrigar emoción alguna… hasta que uno se encontraba con sus ojos y en ellos veía una resolución tan honda y tan fría que era como un ventisquero.

Cale Ojo Verde apretó los dientes y miró a otro lado. En sus ciento treinta años de vida había combatido contra muchos tipos de enemigos y en muchas ocasiones: hordas de mercenarios humanos; ogros y goblins en las estribaciones fronterizas de Kal-Thax; grandes felinos en el valle oculto al suroeste de Tharkas. Como casi todos los enanos de estas tierras, había visto la muerte y había conocido el pesar. Había contemplado la gran depresión bajo la cual yacían los restos de su hermano, Handil el Tambor. Había visto el cuerpo sin vida de su propio padre, Colin Diente de Piedra, después de que el viejo cabecilla cayera víctima de la traición, largo tiempo atrás —noventa años o más—, en las cavernas bajo los Tejedores del Viento. Y, como Damon, había conocido el dolor más hondo: había perdido a su amada primavera, su esposa y su mejor amiga durante casi setenta años, a causa de una avalancha.

Con el paso de los años eran muchos los sinsabores que habían afectado al enano en otros tiempos conocido como Cale el Soñador, de los calnars, posteriormente como Cale Hijo del Jefe, de los hylars, y ahora como Cale Ojo Verde, de los neidars.

Pero nada lo había afectado de manera tan profunda como ver a estos cuatro enanos desolados contemplando fijamente lo que quedaba de sus hogares. El anciano estaba sentado y sus apagados ojos parecían no ver nada, como si se hubiera aislado de cuanto lo rodeaba. Los dos niños daban la impresión de estar en trance; y la joven, Sauce Nube de Estío, deambulaba sin propósito de aquí para allí, hurgando en los escombros.

—Tenemos que encontrar a la cosa que hizo esto, —le dijo Cale a Damon—. Los neidars conocemos estas montañas mejor que nadie. Rastrearemos.

Se volvieron al sonar el ruido de suelas metálicas sobre la piedra. Mazo Puntal de Martillo, capitán de la Guardia Independiente y jefe de la expedición de Thorbardin, había terminado de interrogar a los supervivientes y trepaba por la cuesta para reunirse con ellos en la cornisa. Al igual que los otros dos, el joven capitán era de estirpe hylar, con la oscura barba partida y peinada hacia atrás, los rasgos cincelados, y los intensos y pensativos ojos de sus antepasados. La bruñida armadura de acero relucía bajo la capa corta de terciopelo gris, y el martillo y el escudo colgados a la espalda los llevaba con la fácil despreocupación con que un picapedrero carga con una marra. Y, como todos los componentes de la Guardia Independiente de Thorbardin, Mazo Puntal de Martillo, con su metro cincuenta y ocho de estatura que lo hacía casi tan alto como el propio Damon, era un guerrero formidable, pero los ojos que se encontraron con los de Cale y Damon rebosaban angustia en este momento.

—Nos han dicho todo lo que saben, —comentó el capitán—. Puede que tuvieran una vislumbre de la cosa en medio de la niebla, pero no están seguros. No obstante, la oyeron… —Gesticuló fútilmente, señalando la devastación del pequeño valle—. La oyeron haciendo eso.

—¿Nada más? —Cale frunció el ceño—. Tiene que haber algo más concreto.

—Era grande. —Mazo se encogió de hombros—. Llegó arrastrándose, por debajo de las neblinas de los campos, pero cuando se irguió sobrepasaba los techos de las chozas. Daba la impresión de que la niebla lo seguía, como si se envolviera y se encubriera en sus remolinos. Y su rugido era semejante al viento invernal batiendo contra las paredes. El anciano cree haber visto colmillos tan grandes como él, y enormes y afiladas garras, pero sólo fue un atisbo y ni siquiera está seguro de eso, —Mazo suspiró—. Ahora ya no ve nada. Dice que no le interesa volver a ver.

—¿Ninguna huella? —insistió Cale—. ¿Nada?

—Hemos encontrado marcas, —asintió el capitán hylar—. Tus exploradores las hallaron. Pero son imprecisas. ¿Cómo buscar las huellas de algo que puede tener cualquier clase de patas o que incluso cabe la posibilidad de que ni siquiera camine?

—¿Y eso qué significa? —Cale Ojo Verde lo miraba de hito en hito.

—No lo sé. Es algo que ha dicho uno de los chiquillos. El más pequeño. Dijo que la puerta del sótano traqueteó cuando la niebla batió las alas.

—Alas, —repitió Cale—. ¿Como un dragón?

—¿Quién sabe? —Mazo sacudió la cabeza—. ¿Has visto alguna vez un dragón, Cale?

—No, —admitió el neidar—. Nunca.

—Tampoco yo. Ni nadie que yo sepa. Pero no creo que esto haya sido obra de un dragón. ¿Para qué iba un dragón a esconderse entre niebla? Además, —volvió a señalar hacia los campos devastados, el pueblo destruido—, ¿por qué iba un dragón a causar semejante estrago sin sentido? Se dice que los dragones son poderosos y que pueden mostrarse fieros, pero nunca he sabido de un dragón que actuara tan enloquecido como un gusano remolcador al oír las campanillas de las minas.

Cale se atusó la barba con gesto pensativo. ¿Qué podía haber tan poderoso como un dragón, tan grande como un dragón y quizá que volara como un dragón, pero que no fuera un dragón? Sacudió la cabeza y se arrebujó en la gruesa capa moteada; dio la impresión de fundirse con la niebla y la piedra del entorno.

Como un elfo, pensó Mazo. Estos neidars se fusionaban con el terreno tal como los elfos se volvían uno con sus bosques. Sin embargo, al mirar el preocupado semblante de Cale bajo el yelmo tachonado, —el oscuro cabello con sólo algunas hebras grises y la recortada barba peinada hacia atrás—, recordó que Cale Ojo Verde, hijo menor del legendario cabecilla Colin Diente de Piedra, era tan hylar de nacimiento como él mismo. Tanto como el corpulento Damon el Anunciado y su padre, el jefe hylar Willen Mazo de Hierro, cuñado de Cale. Su linaje era hylar, y hubo un tiempo en que lo fue, antes de elegir el sol del exterior, a la piedra; el hacha, al martillo. Algunos decían que Cale Ojo Verde había sido el primero de los que ahora se llamaban a sí mismos neidars, un clan que era parte de Thorbardin tanto como cualquiera de los que vivían debajo de las cumbres de las montañas.

No obstante, los neidars preferían vivir en el exterior a hacerlo dentro de las grandes cavernas de la fortaleza subterránea. Ahora se contaban por miles y a menudo se los veía dentro de los muros de las cavernas. Pero no vivían allí realmente. Venían a comerciar y a hacer visitas, y a veces a sentarse en el consejo con los otros thanes. Actuaban como exploradores y observadores de Kal-Thax, eran sus guardias fronterizos y vigilantes de la Gran Calzada del Tránsito que discurría a través de territorio enano desde las planicies meridionales de los reinos humanos hacia las vastas tierras al norte de Tharkas.

Muchos neidars habían sido simples einars en el pasado, los habitantes de valles de pueblos desperdigados, como este lo había sido. Pero también había muchos neidars que habían pertenecido a alguno de los clanes subterráneos. Entre ellos había daewars de cabellos y barbas dorados, fornidos theiwars de largos brazos; e incluso unos pocos daergars con sus máscaras de hierro; y algunos kiars de cabellos revueltos y aspecto salvaje. Al igual que Cale Ojo Verde, eran neidars porque así lo habían escogido, porque preferían las faldas de las montañas en lugar de su parte subterránea.

Del mismo modo que a los holgars, —la combinación de clanes que trabajaban para terminar las grandes puertas y los complejos sistemas de ventilación, que eran las últimas tareas en la construcción de la fortaleza de Thorbardin— se los consideraba gente de martillo, a los neidars se los consideraba gente de hacha.

Mazo Puntal de Martillo sacudió la cabeza para salir de sus reflexiones y miró el valle devastado.

—Hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano, —dijo—. Aparte de enterrar a los muertos y tocar el canto fúnebre con los tambores, los guardias no pueden hacer nada más, salvo informar de lo ocurrido a Thorbardin.

—Está ahí fuera, en alguna parte, —masculló Cale Ojo Verde mientras giraba sobre sí mismo lentamente y escudriñaba el extenso panorama de las montañas Kharolis—. Primero fue Prado Hermoso; luego, las explotaciones de Peña Hierro; y ahora, aquí, en Cañada del Viento. Cada vez ha sido más dentro de Kal-Thax. Sea lo que sea, está ahí fuera, en alguna parte. Hay que encontrarlo y destruirlo. —Con un juramento iracundo, se echó el escudo a la espalda, se colgó el hacha a la cadera y se echó la capa hacia atrás. Luego lanzó un silbido penetrante y, volviéndose hacia su sobrino, dijo:— Me alegro de haberte visto, Damon. Da recuerdos a tus padres. Diles que… Diles que, si esta cosa puede encontrarse, nosotros la encontraremos y la destruiremos.

Tras esto, descendió de la cornisa y se encaminó cuesta abajo hacia el pequeño valle. Damon el Anunciado no respondió ni lo miró mientras se alejaba. El corpulento hylar tenía la vista clavada en el oeste, con una expresión pensativa en los ojos.

La compañía neidar de Cale se encontró con su cabecilla al pie de la vertiente: sesenta enanos de semblantes severos, algunos conduciendo a sus caballos por las riendas y otros ya montados. Morrión Cresta de Bronce tiró de la brida del caballo de su jefe, Piquin, y se la entregó a Cale. Muchas generaciones de excelentes caballos separaban a este Piquin del gran semental calnar que Cale había montado tanto tiempo atrás en el gran éxodo de los exiliados hylars desde Thoradin hasta Kal-Thax. Este Piquin no tenía tanta alzada como el gran corcel que fue su antepasado, pero era bastante grande, fuerte y vigoroso, habiendo heredado tanto la resistencia de aquella raza montañesa de altos corceles calnars del pasado como la rapidez y precisión de reflejos de los caballos de las planicies ergothianas que también eran antepasados suyos. Mediante acuerdos y comercio se habían hecho cruces entre las dos razas de animales, y ahora los enanos de Kal-Thax y los humanos de Ergoth preferían y valoraban estas excelentes monturas. Los caballeros de los reinos humanos habían llegado a referirse a ellas con el término «caballos de guerra».

Cale acarició el hocico del animal con afecto y se volvió hacia la compañía.

—No sabemos qué clase de bestia mató a esta gente, —anunció—. Tampoco sabemos hacia dónde fue, pero ahora está dentro de Kal-Thax. Pido voluntarios para ayudarme a encontrarla.

De inmediato, toda la compañía neidar dio un paso al frente, ofreciéndose voluntaria. Cale sacudió la cabeza mientras miraba a sus hombres, del primero al último. La mayoría eran jóvenes aventureros que cabalgaban con él por propia elección, y supo que todos lo seguirían a cualquier parte. Aquí, unos joviales ojos azules relucían sobre la rubia barba de un rostro daewar; allí, unos serios ojos grises asomaban por encima de la barba peinada hacia atrás del linaje hylar; y, justo detrás, los rasgos sombríos, hombros anchos y largos brazos de uno cuyos padres eran theiwars; a su lado, codo con codo, un joven de fiera sonrisa cuya mata de pelo revuelta y rala barba denunciaban su ascendencia kiar.

Uno de ellos, que había hecho avanzar a su montura un poco más que las otras, parecía no tener rasgos en el rostro, salvo un óvalo de hierro con una hendedura a la altura de los ojos que lo tapaba desde el yelmo hasta la barbilla. Risco Cara de Hierro era mayor que la mayoría de sus compañeros, casi de la edad de Cale. Hijo de Vog Cara de Hierro, jefe de los daergars de Thorbardin, Risco había estado entre los primeros moradores de la oscuridad que se habían aventurado fuera de las minas y túneles de su clan y habían buscado el mundo exterior de los neidars.

—Tú, Risco, —dijo Cale—. Lo que buscamos es algo de oscuridad y niebla. Quizá tus ojos puedan ver lo que nosotros podríamos pasar por alto. —Su mirada recorrió la fila—. Tú, Gema Pie de Cobre, —señaló a un daewar, y luego a un joven theiwar de anchos hombros—, y tú, Zarpazo Tambac. Y tú, Morrión, y tú… —Continuó hasta tener seleccionados a diez para que lo acompañaran en la búsqueda. Luego se volvió hacia un enano de barba rizosa, anteriormente un einar, e hizo un gesto con la cabeza—. Ponte al mando del resto de la compañía, Grana… Todavía está pendiente el asunto de esos hechiceros. Id hacia el noreste, donde la Calzada del Tránsito atraviesa los picos Roca Roja. Habla con los guardias de allí y entérate de lo que saben. Si esos humanos manipuladores de magia deambulan sin rumbo fijo por estas tierras, han entrado ilegalmente, son intrusos. Ved si podéis encontrarlos y empujadlos para que salgan de aquí.

—Espero que los informes estén equivocados, —dijo Grana Piedra de Molino—. No me caen bien los magos.

—Ni a nadie, —le aseguró Cale—. Tú encuéntralos y pídeles que se marchen, pero no corras riesgo alguno. Ten cuidado.

—Sí —retumbó Grana—. Cuanto menos trato con lanzadores de hechizos, mejor. Pero ¿y si los encontramos pero no quieren marcharse?

—Entonces regresad a Thorbardin y dejad que el consejo de thanes decida qué hacer al respecto. —Cale soltó la pequeña escala de cuerda que colgaba de la silla de montar, subió por ella y la volvió a recoger—. Nos reuniremos en la Puerta Norte, —le dijo a Grana. Levantó el brazo y lo bajó al tiempo que espoleaba a Piquin—. ¡Voluntarios, adelante!

Mazo Puntal de Martillo siguió con ojos preocupados a los neidars que se alejaban al trote: Cale y sus diez voluntarios hacia el este, y el resto de la compañía hacia el norte, en dirección a la Gran Calzada. Entonces hizo una señal a sus tambores para que tocaran a agrupación. Su propia compañía de guardias de Thorbardin todavía tenía trabajo que hacer aquí, por muy desagradable que fuera. Había enanos muertos a los que enterrar y rendir honores.

Habían aparecido más personas en el lugar ahora, grupos de einars del vecino valle que venían a encargarse del cuidado de los cuatro supervivientes. Habían sido algunos de ellos, habitantes del pueblo de Bajocerro, quienes habían descubierto la destrucción de Cañada del Viento e informado sobre ella.

Damon el Anunciado se había arrodillado debajo de la cornisa y trazaba dibujos en la arena con la punta de su daga.

—Prado Hermoso fue el primero, —murmuró—. Luego, Peña Hierro. Y ahora, aquí. Sigue el trazado de un arco, primero hacia el norte y luego hacia el este. Entonces, venía del oeste. Más allá de Prado Hermoso. —Se puso de pie y estiró la flexible armadura de cuero. La espada hylar colgada a su costado, pareciendo casi un juguete en comparación con su gran estatura, tan semejante a la de su padre, Willen Mazo de Hierro, jefe de los hylars—. Vino de las regiones agrestes. La Falla y Cabezas de Yunque están más allá de Prado Hermoso.

—Quiero seguir el rastro de esa cosa en sentido contrario hasta llegar al punto de donde partió —le dijo a Mazo—. Puede que allí haya algo de interés que descubrir.

—Tengo que regresar con la guardia e informar, —le recordó Mazo Puntal de Martillo—. Los miembros del consejo estarán esperando.

—No me necesitas para dar el informe, —contestó Damon—, y yo no necesito a la guardia. Voy a descubrir de dónde procede esa cosa. —Hizo un ademán y un guardia le trajo su caballo, uno del valioso hato de Willen Mazo de Hierro.

—No vayas solo, —instó Mazo—. Al menos, llévate unos cuantos de mis guardias.

De las filas se adelantó un joven fornido con yelmo de visera de malla y los largos brazos habituales en los theiwars.

—Yo iré, capitán, —le dijo a Mazo.

—Y yo, —añadió un daewar de barba rubia.

Mazo los miró y luego asintió con un cabeceo.

—De acuerdo, Marbete Salan y Cobre Bota Azul. —Se volvió hacia Damon—. Por lo menos, llévate a estos dos, —insistió—, aunque no me hace gracia la idea de que salgas ahí fuera, Damon, ni siquiera con una escolta.

—Iré a donde me plazca en Kal-Thax —le recordó el corpulento enano al capitán con expresión severa. Ya habían traído caballos para los dos escoltas. Damon palmeó el hombro de su amigo—. Si te preocupa lo que pueda decir mi madre, Mazo, cuéntale que intentaste detenerme y que te tiré una piedra a la cabeza.

Damon sintió que alguien le daba tirones de la chaqueta y se volvió. La joven einar estaba allí, con los enormes y serios ojos alzados hacia él. Entre los escombros del pueblo había encontrado prendas de abrigo y otras cosas y ahora estaba plantada ante el enano, arrebujada en pieles y lanas y cargada con un sucio morral. Iba calzada con fuertes botas, y en una mano sostenía un hacha de leñador. A despecho de la terrible experiencia por la que había pasado, se mostraba calmada y sus ojos estaban secos, aunque en ellos ardía la cólera.

—Quiero ir contigo, —dijo—. Quiero encontrar la guarida de esa… esa cosa. Quiero ver de dónde vino y por qué.

Damon la miró fijamente un momento y después sacudió la cabeza.

—Tu sitio está aquí —dijo suavemente—. Viajaremos deprisa y no podremos perder tiempo con nadie que nos retrase.

Los ojos de la joven, rebosantes de rabia y desprecio como nubes en un cielo estival, se clavaron ardientes en él. Era como su apellido, Nube de Estío.

—¿Deprisa? —La palabra sonó siseante, y la muchacha se volvió para señalar por donde se habían marchado los neidars—. Ellos, los neidars, viajan deprisa. Puedo mantener el ritmo de un morador de agujeros como tú, holgar, en cualquier momento. ¡Exijo ir con vosotros! Quiero saber qué era esa cosa y ayudar a acabar con ella.

Falto de palabras ante un desprecio y una cólera semejantes, Damon extendió las manos; luego apretó los dientes y sacudió la cabeza otra vez.

—Has pasado por una mala experiencia, —dijo—. Comprendo cómo te sientes; la pérdida…

—¡Pérdida! —Sauce lo miró ferozmente—. ¿Qué puedes saber de pérdidas tú, que vives cobijado bajo las cumbres de las montañas? ¡Toda mi familia ha muerto aquí, morador de agujeros! Mi padre, mi madre, mis hermanos, mi abuela. Tú no estabas aquí. Tú no oíste sus gritos, pero yo sí. Puede que los neidars encuentren esa cosa y la maten, y puede que no. Pero yo voy con vosotros.

—No, no vienes, —replicó él, tajante—. Te quedas aquí. —Le dio la espalda—. Mazo, ocúpate de esta chica. Está alterada y afligida, y es incapaz de pensar con claridad. Cuida de ella.

Seguido por los dos miembros de la Guardia Independiente, Damon el Anunciado, —Damon el Flemático, hijo único del jefe del clan hylar de Thorbardin— montó y se encaminó hacia el oeste, a las distantes y ascendentes serranías de Kal-Thax. Y, mientras el terreno montañoso se desplegaba al frente, admitió para sus adentros que tenía algo en común con su tío, Cale Ojo Verde. Damon no era neidar; prefería el bullicio de Thorbardin a los espacios abiertos del exterior, pero tenía que admitir que, de vez en cuando, resultaba agradable respirar el aire puro de las montañas.

Al verlos desaparecer tras un recodo del sendero ascendente, Mazo Puntal de Martillo musitó una rápida plegaria a Reorx para que los protegiera. Sabía que Damon era capaz de cuidar de sí mismo. No había guerrero más duro en todo Thorbardin. Y los otros, Marbete Salan y Cobre Bota Azul, aunque jóvenes, también eran luchadores aguerridos. No obstante, tenía un mal presentimiento con que los tres se marcharan solos. Habría sido mejor que se quedaran con el grueso de la compañía.

A su lado se encontraba la muchacha, sujetando todavía el hacha en las manos con tanta fuerza que tenía blancos los nudillos, y con la mirada prendida en el sendero por donde se habían marchado los tres enanos.

—¿Qué sabrá ese hylar de pérdidas? —masculló Sauce Nube de Estío.

—Bastante, —dijo Mazo suavemente—. Más de lo que muchos imaginan. —Se volvió y musitó para sí mismo:— Espero que la profecía tenga un fondo de verdad.

—¿Qué? —preguntó Sauce a su espalda.

—Nada. —Mazo sacudió la cabeza—. Me estaba acordando de una vieja profecía respecto a que Damon el Anunciado sería el «Padre de Reyes» algún día. Si es verdad, lo protegerá contra su propia temeridad, puesto que aún no es padre de nadie.

Mazo estuvo muy ocupado un rato, dirigiendo la preparación de las tumbas. Cuando volvió a acordarse de la chica y fue en su busca, no la encontró en ninguna parte.