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En tierras agrestes

Entre la mayoría de los humanos, —e incluso entre elfos, en ciertas circunstancias—, actuar de escolta del hijo de un gran jefe habría sido un privilegio y un honor. Pero Damon el Anunciado sabía que para los dos miembros de la Guardia Independiente que cabalgaban con él hacia el oeste su satisfacción por el viaje no tenía nada que ver con el honor. Entre los enanos, no se atribuía un prestigio especial al estar relacionado con alguien importante. Para las gentes pragmáticas e individualistas de Thorbardin, el respeto y el honor eran cosas que se ganaban, —cada cual por sí mismo—, y no una herencia del linaje.

La satisfacción de Marbete Salan y Cobre Bota Azul de acompañar a Damon en su misión radicaba simplemente en el hecho de que les caía bien, igual que ellos le caían bien a él. Damon tenía muchos amigos entre la Guardia Independiente y hubo un tiempo en que había sido uno de ellos, antes de la muerte de su esposa. Se encontraba en una misión cuando había ocurrido el accidente del transbordador y nunca había llegado a perdonarse el estar ausente cuando podría haber estado con ella: en lugar de encontrarse en Thorbardin, estaba rastreando a un mago bribón que había entrado en territorio enano y estaba ocasionando estragos entre los einars.

Nunca encontraron al hechicero, que había desaparecido para no volver a ser visto. Pero, con el paso de los años, Damon había ido desarrollando un profundo e intolerante desagrado por la magia y los que la utilizaban; un desagrado aún más intenso que el que casi todos los enanos sentían por los hechiceros.

No obstante, rara vez manifestaba mucha cólera. Si había algo realmente desconcertante respecto a Damon el Anunciado, —aparte de su gran tamaño, que había heredado de su padre—, era eso. Simplemente, nunca daba la impresión de perder los estribos. El hylar era, desde luego, un pueblo flemático por naturaleza. Todo el mundo lo sabía. Por norma, los hylars no eran tan joviales y eufóricos como los daewars, ni se encolerizaban tan rápidamente como los temperamentales daergars. Aún así, hylar o no hylar, eran enanos y la suya era una raza de genio vivo, a la que no hacía falta mucho para enfurecerse o reaccionar y, por lo general, igualmente rápida a la hora de perdonar y olvidar cuando todo había pasado.

Pero, si Damon el Anunciado había sentido cólera alguna vez, nadie lo había advertido, y a muchos ese rasgo les resultaba ominoso. ¿Qué hacía falta para enfadar a Damon el Anunciado? Y una pregunta alarmante para quienes lo conocían bien y sabían de su fuerza y su destreza: ¿qué pasaría si alguna vez se ponía verdaderamente furioso?

Incluso ahora, dirigiéndose hacia terreno agreste con el recuerdo del pueblo destruido reciente en la memoria, a Marbete y a Cobre no les parecía que estuviera furioso, sino tenso y con curiosidad.

El mapa que había trazado en la tierra le había indicado aproximadamente en dónde había empezado su incursión la cosa, fuera lo que fuera. Se dirigió directamente hacia las Cabezas de Yunque centrales, en el oeste; y, habiendo dejado atrás cuatro días de viaje, los tres enanos vieron la oscura y recta extensión de la Falla en la distancia, al frente.

La cordillera de las Cabezas de Yunque estaba al oeste de Thorbardin, cerca del centro del viejo reino enano conocido tradicionalmente como Kal-Thax. Como con la mayoría de sitios de Kal-Thax, las montañas habían sido bautizadas de acuerdo con su aspecto: muchos de los altos picos de la cordillera, que corría de norte a sur, ofrecían una silueta con la cumbre plana que los semejaba a yunques gigantescos. A lo largo de la vertiente este de la cordillera, cerca del centro, una vasta meseta de varios kilómetros de ancho en algunos puntos se extendía desde las montañas hasta un tajo alargado y casi vertical que era la Falla. Viniendo del este, era un enorme y escabroso muro de sólida roca, de muchos kilómetros de largo, que se alzaba recto centenares de metros en algunos puntos por encima de las pendientes que se abrían a sus pies y se hundían en una serie de profundos y pedregosos cañones.

Aunque se encontraba en el Kal-Thax central, la región era una de las más salvajes y más remotas del reino enano. Algunos pastores einars habían reparado en aquella zona en los primeros años de Kal-Thax, pero, aparte de las observaciones a distancia, —de las que había salido el nombre de las montañas Cabezas de Yunque y la Falla de cañones accidentados—, era un área inexplorada en su mayor parte. Mineros daergars se habían referido a la Falla como un sitio donde podrían buscarse minerales duros en el futuro, en algún momento; y algunos de los daewars hablaron de la posibilidad de extender las rutas comerciales a través de las serranías centrales a fin de promover el comercio con los humanos del Ergoth occidental, y quizá incluso con los elfos independientes que frecuentaban los bosques que había al otro lado del Muro del Cielo. Pero nadie había hecho mapas ni había explorado las tierras centrales. La mayoría de los asentamientos enanos de las montañas de Kal-Thax se hallaban en el tercio este de la región, donde los einars habían encontrado valles fértiles y buenos pastos, donde las tribus se habían convertido en clanes y donde la inmensa fortaleza de Thorbardin se había construido en las profundidades de una montaña.

Por lo que se sabía en el reino de Thorbardin, Kal-Thax central estaba deshabitado.

Para cuando los viajeros acamparon por cuarta noche consecutiva, a la vista de la Falla, se encontraban a gran distancia de cualquier sitio habitado. En consecuencia, fue una sorpresa para ellos cuando, en lo alto de un promontorio rocoso en medio de la oscuridad precedente a la salida de las lunas, Marbete Salan divisó el puntito luminoso de una lumbre a varios kilómetros de distancia por el camino por el que habían venido ellos, en el extremo de un valle salvaje que habían tardado la mayor parte del día en cruzar. Llamó a los otros y les señaló hacia aquel punto, pero ninguno tenía la menor idea de quién podía haber encendido aquel fuego. No se habían cruzado con nadie. De hecho, en los últimos días no habían visto a ninguna persona.

Con todo, ahí fuera, hacia el este, al otro lado del valle que acababan de cruzar, alguien había prendido una hoguera.

—¿Comerciantes einars? —se preguntó el theiwar—. No vi ninguna senda por aquella zona, pero podríamos haber atravesado una trocha de algún tipo.

—Tal vez sean neidars, —sugirió el daewar—. Patrullan hasta zonas bastante apartadas. Tal vez hayan llegado hasta aquí. Puede que incluso sean algunos de los que buscan a la bestia.

—No es probable, —dijo el hylar—. La bestia iba en dirección contraria. Sin embargo, podrían ser neidars embarcados en alguna otra empresa. O tal vez sea un grupo de exploradores daergars buscando nuevos yacimientos para su explotación.

—Los daergars no acampan durante la noche, —comentó el daewar—. Al menos, no lo hacen por regla general. Prefieren viajar de noche y no de día. Cuando brilla el sol la luz les hace daño en los ojos.

—Entonces quizá eso no sea una lumbre de cena, sino de desayuno, —sugirió Damon—. Pero no tiene importancia. Quienesquiera que sean, no es de nuestra incumbencia. —Se encogió de hombros y se volvió para mirar hacia el oeste—. Allí está lo que nos interesa. En alguna parte, más adelante, está el lugar de donde vino esa cosa.

—Si tu tío Cale y sus neidars la encuentran, no tendremos que preocuparnos sobre qué era o dejaba de ser, —afirmó el theiwar—. La matarán, sea lo que sea.

—Entonces esperemos que lo hagan, y cuanto antes, —asintió Damon—. Pero más vale que nos aseguremos de que, sea lo que sea esa cosa, no hay otras iguales allí de donde vino.

—¿Dónde empezamos a buscar?

—Empezaremos en la Falla y miraremos por allí. Nos dividiremos y exploraremos los alrededores. No sé qué es lo que buscamos. Tal vez un nido de alguna clase o una cueva con huellas recientes en las cercanías o una percha… —Se encogió de hombros.

—Por mí, vale, —dijo Marbete—. Pero mi intención es tener a mano y listas las armas en todo momento.

El daewar miró de soslayo al theiwar y esbozó una sonrisa.

—Nunca te he visto de otra manera, amante de las sombras. Sin tu espada, tu escudo, tus cuchillos y tus cachiporras, no creo que te reconociera.

Damon miraba fijamente hacia el oeste, los párpados entrecerrados en un gesto de concentración, forzando los ojos para intentar ver a la mortecina luz del anochecer. Marbete Salan reparó en su absorta contemplación y siguió su mirada.

—¿Has visto algo, Damon?

—Eso me pareció. Como un destello de luz, a lo lejos.

Los tres enanos escudriñaron en la distancia.

—¡Allí! —señaló Marbete—. Lo he visto. ¿Qué era, un rayo?

—¿Un rayo sin haber nubes? —comentó en tono áspero Cobre—. Lo dudo.

—Bueno, fue más que un chispazo, pero no llegaba a tener la fuerza de una lumbre.

Mientras los tres observaban, hubo otro distante centelleo, un fugaz destello de luz brillante que desapareció al punto. En esta ocasión, vieron de dónde parecía proceder y establecieron su localización con las marcas del terreno. Los destellos venían de la Falla. Si era por encima o por debajo de la gran falla, no podían estar seguros a causa de la distancia de kilómetros, pero los fogonazos habían aparecido en el mismo punto, en un área en línea con una forma en «V» trazada en la silueta de las Cabezas de Yunque que había detrás.

No vieron más destellos a pesar de que siguieron observando hasta que las lunas estuvieron muy altas. Sólo tres fogonazos, nada más. Pero ello les dio un lugar hacia el que dirigirse.

—Mañana empezaremos nuestra búsqueda allí —anunció Damon—. Marbete, ves mucho mejor en la oscuridad, así que te encargarás de los declives al pie de la Falla, mientras que yo treparé por el muro y examinaré la parte alta, en la meseta. Cobre, te quedarás con los caballos. Encuentra un sitio alto al este de la Falla y echa un vistazo desde allí. Quizá veas algo desde cierta distancia que podría pasarnos inadvertido a nosotros de cerca.

No encendieron fuego esa noche. El puntito de luz de la lumbre en el este y aquellos extraños destellos en la Falla, por el oeste, les advertían que no estaban solos en las tierras agrestes. Así pues, los tres tomaron una cena fría de carne seca y pan ázimo, dejaron a sus monturas en una zona de buen pasto, junto a un arroyuelo, y se acomodaron para pasar la noche. Harían turnos de guardia, con especial atención a la lumbre de campamento que había detrás, así como a la línea de la Falla que tenían al frente. Damon hizo el primer turno y despertó a Marbete cuando las lunas estuvieron en el cielo occidental.

De haber sido el theiwar el que hubiese estado de guardia en el tercer turno, en las oscuras horas precedentes al amanecer, cuando las lunas se habían puesto y sólo la luz de las estrellas caía sobre las montañas, quizá habría visto la sombra que pasó planeando por encima, oscuridad contra la oscuridad. Pero era Cobre Bota Azul el que estaba de guardia entonces, y sus ojos daewars eran más adecuados para la luz del día que para la negrura de la noche. En consecuencia, aunque estaba alerta y vigilante, no reparó en la forma que sobrevoló por encima del oscuro campamento en dirección al este, hacia las ascuas relucientes de la pequeña lumbre de campamento que los enanos habían visto unas horas antes.

Sauce Nube de Estío estaba acosada por terribles pesadillas, como le había ocurrido todas las noches desde que su aldea había sido destruida por la cosa que llegó con la niebla. Arropada en una piel de oveja, pegada al mortecino rescoldo de su pequeña lumbre, bulló y se volvió, aprovechando los momentos de descanso que le quedaban entre los horribles sueños que la hacían despertarse constantemente y el duermevela que la llevaría, sin remedio, a otro de aquellos sueños.

Esta vez, sin embargo, se despertó a causa de un ruido, no de un sueño. Sin haber acabado de despertar siquiera, ya estaba fuera de la piel de oveja y agazapada, con el hacha en una mano mientras escudriñaba la oscuridad que la rodeaba. Algo se había movido, había hecho ruido, y estaba cerca, pero durante un largo instante no vio nada. Luego, borrosa contra el cielo estrellado, atisbó una silueta que se movía, girándose para mirarla con un enorme y reluciente ojo, y luego con otro.

Aferrando el hacha con las dos manos, reculó unos pasos, estrechando los ojos. En la oscuridad, la cosa parecía un ave enorme, con una insinuación de alas plegadas y un pico, y largas y extendidas plumas de una cola que se agitaban al tiempo que la cosa ladeaba la cabeza.

—¿Qui… quién eres? —balbució con voz trémula—. ¿Qué eres?

La voz que le respondió le llegó, no de la gran ave, sino de un punto de más abajo, cerca de su lumbre de campamento casi apagada.

—No te servirá de nada hablarle a Graznido —dijo alegremente—. Graznido no sabe hablar. Por eso me deja que vaya montado en él, para que pueda hablar en su nombre si hay que hablar con alguien. ¿Qué es eso que sostienes en las manos? ¿Un hacha? No nos hace falta. Hay buena leña seca justo ahí mismo para encender el fuego. —Una pequeña sombra se agachó junto a las brasas, se inclinó sobre ellas y las sopló, haciéndolas reavivarse; luego puso encima unos cuantos palos.

—Con eso será suficiente, —dijo la voz—. Así podremos ver con quién estamos hablando.

Al tiempo que los palos prendían y empezaban a arder, Sauce entrecerró los ojos. De pie junto a su hoguera había una persona pequeña, mucho más baja que ella y delicadamente proporcionada. La criatura no medía mucho más de noventa centímetros de alta, era ágil y esbelta, con una voz aguda y musical y una gran mata de pelo oscuro que caía en cascada desde la cola de caballo atada a la coronilla. Detrás, inmensa en contraste con la oscuridad de la noche, estaba la cosa que Sauce había identificado como un ave. Dio un respingo al darse cuenta de que, efectivamente, lo era, aunque cien veces más grande que cualquier tipo de ave que jamás había visto. Su pico curvo era más grande que ella, y el trazo de plumas en arco por encima de sus enormes ojos anaranjados le daba un aspecto extremadamente iracundo.

—¿Quién eres? —inquirió Sauce, apartando con esfuerzo los ojos del ave gigante para mirar al pequeño personaje que estaba junto al fuego.

—Esa es una buena pregunta. —La personilla asintió con la cabeza—. Justo la clase de pregunta que la gente debe hacer si quiere conocerse. Y es la misma que tenía yo en mente. ¿Quién eres?

—Soy Sauce Nube de Estío, —respondió con aspereza—. Aunque no sea de tu incumbencia.

Volviéndose hacia el ave, la pequeña criatura articuló lo que podrían haber sido palabras o también notas musicales… Una serie de complejos sonidos vocales que abarcaban desde siseos bajos a trinos tan agudos que casi resultaban inaudibles. El ave escuchó y después respondió brevemente con un profundo y penetrante gorjeo que podría haber salido del pozo de una mina.

La personilla se volvió otra vez hacia la enana y se encogió de hombros.

—A Graznido le gusta bastante tu nombre, pero lo que realmente quiere saber es qué piensas hacer respecto a esa gente que está enredando en la meseta.

—¿Dónde? —Sauce miraba de hito en hito a la criatura—. ¿Qué gente? ¿Qué meseta?

—La de encima de los riscos. —Señaló hacia el oeste—. Hay gente allí arriba creando hielo y prendiendo fuego y haciendo toda clase de cosas. ¿Qué piensas hacer al respecto?

—Que yo sepa, no pienso hacer nada, —admitió Sauce—. ¿Por qué tendría que hacerlo?

—Eres enana, ¿no? ¿Es que a los enanos no les molesta que unos humanos entren en su territorio para hacer magia?

—¿Magia? —Sauce se estremeció—. ¿Están haciendo magia?

—Por supuesto que sí. Por ese motivo Graznido bajó desde las cumbres. Toda su familia está molesta con el asunto, ¿sabes? La magia no es buena para las rapaces.

—¿Es eso lo que él… lo que tu ave es? ¿Una rapaz gigante? Nunca había visto una.

—Como la mayoría de la gente, salvo yo, supongo. He visto a varias. Últimamente estoy viviendo con ellas, pero Graznido no es mi ave. Es su propio dueño. Yo sólo he venido a acompañarlo.

—Oh, vaya, —rezongó Sauce—. ¿Qué tal si respondes a mi pregunta?

—¿Cuál?

—La que no contestaste antes: ¿quién eres?

—¡Ah! Así que no te lo he dicho ¿eh? Me llamo Shill. En realidad mi nombre es Shillitec Medina Pieveloz, pero Shill es suficiente. Y tú ¿qué tal?

—¿Qué tal qué?

—No sé. Es algo que la gente pregunta cuando se conoce, ¿no? ¿O es que todo eso ha cambiado?

La lumbre brillaba más fuerte ahora, y los ojos de Sauce se abrieron como platos cuando de repente cayó en la cuenta de qué clase de criatura tenía delante.

—¡Eres kender! —exclamó.

—Por supuesto que sí —contestó el personajillo—. O al menos lo solía ser, antes de que el estúpido de Jass Breñal dijera que era una cabeza de chorlito. Fue entonces cuando me fui a vivir con las rapaces, y si Ese-como-se-llame quiere que regrese, tendrá que encontrarme antes. Pero soy kender, siempre lo he sido y siempre lo seré.

—Pero yo he visto otros kenders con anterioridad y no te pareces a ellos, —comentó Sauce—. Pareces… ¡Pareces una chica!

—¡Vaya, espero que sí! —Shill se estiró cuanto pudo mientras se atusaba el espeso y oscuro cabello—. Porque eso es lo que soy. —Miró en derredor, se fijó en el morral de Sauce y, acercándose a él, se agachó para mirar en su interior—. ¿Tienes algo de comer? Estoy muerta de hambre.

—Coge lo que… —empezó a decir Sauce, y entonces enmudeció al recordar lo que le habían contado sobre los kenders—. No, no, déjalo. Te lo daré yo. —Se acercó rápidamente al morral y apartó a la kender a un lado—. ¿Qué comes?

—Yo diría que cualquier cosa, —contestó Shill.

Sauce sacó los muslos de un conejo envueltos que llevaba en el petate y alzó la vista para encontrarse con el fiero y curioso ojo del ave gigante, que se había acercado y había agachado la cabeza para echar una ojeada al morral. Sobresaltada, la joven enana reculó al tiempo que alargaba la mano hacia su hacha.

—¿Y qué pasa con él? —le preguntó a la kender—. ¿Qué…, qué come?

—No te preocupes por Graznido —respondió Shill con indiferencia—. Sólo come un par de veces al mes y consigue su propia comida.

Sauce miró fijamente la enorme cabeza del ave, con su inmenso y curvo pico y sus ojos relucientes.

—Apuesto que sí —dijo.

Shill miraba hacia el este, donde una luz tenue empezaba a teñir el firmamento por encima de las cumbres.

—Pronto amanecerá —comentó—. Graznido puede llevarnos hasta la meseta, donde está esa gente, y entonces podrás decidir qué hacer al respecto.