5
Reino de Thanes
A causa del tamaño de Thorbardin, que se extendía treinta y cinco kilómetros de norte a sur, organizar un consejo de tañes llevaba tiempo. Se necesitaba un mínimo de tres días, —y más a menudo cinco o seis—, para la reunión formal y ceremoniosa de los miembros del consejo en el Gran Salón de Audiencias. Era un procedimiento tedioso y engorroso celebrar el consejo de thanes. Esta vez, el propósito de la reunión era escuchar los informes de Mazo Puntal de Martillo y del neidar, Grana Piedra de Molino, aunque a las pocas horas de su llegada a la Puerta Norte casi todo el mundo en Thorbardin sabía las noticias que traían.
Algo feroz, algo elementalmente perverso, rondaba por las montañas, arrasando pueblos diseminados, matando a toda persona o animal que estuviera en su camino. Cale Ojo Verde y diez neidars iban tras el rastro de la cosa, pero todavía no se sabía qué era o de dónde venía. Era algo tan grande como un dragón, algo que venía con la oscuridad, envuelto en nieblas. Tan grande como un dragón, pero… —Mazo Puntal de Martillo y los demás que habían estado en Cañada del Viento eran de la misma opinión— no era un dragón. No había señales de que se hubiera utilizado magia de ningún tipo, y a los dragones les encantaba la magia.
Además, Damon el Anunciado se había empeñado en seguir el rastro de la bestia hacia el oeste. Se había marchado con dos voluntarios de la Guardia Independiente y no había vuelto para informar. Mazo empezaba a estar muy preocupado.
Y, por último, Grana Piedra de Molino había informado sobre hechiceros humanos deambulando a su antojo por territorio enano, y se había mostrado preocupado por la seguridad de Thorbardin a causa de algún antiguo túnel en desuso del que casi todo el mundo se había olvidado.
Fue esta preocupación de Grana lo que suscitó la decisión sin precedentes de Olim Hebilla de Oro, príncipe de los daewars, y de Willen Mazo de Hierro, dirigente de los hylars, de prescindir de la reunión formal de los thanes y hacerse cargo de la situación ellos mismos. La amenaza que Grana Piedra de Molino sugería, si se confirmaba, tampoco tenía precedentes. Thorbardin nunca había sido amenazado por la magia. A decir verdad, nadie se había planteado tal posibilidad, pero ahora había hechiceros en Kal-Thax, y estaban tramando algo.
Algunos hylars habían visto utilizar magia en combate largo tiempo atrás, y el recuerdo era aterrador.
Olim Hebilla de Oro estaba de acuerdo.
—No hay tiempo de convocar a los thanes, —anunció el viejo príncipe daewar a los que lo rodeaban en los muelles de Daebardin—. Conozco ese túnel. Fueron mis propios excavadores los que lo abrieron.
—Y lo cegaron posteriormente, —le recordó el protector de vías y calzadas—. Nada ni nadie ha pasado por ese túnel en casi noventa años. Haría falta un ejército para entrar allí, y sería aún más difícil recorrer todo el trecho hasta llegar aquí. Hay obstáculos que lo ciegan prácticamente cada kilómetro y medio de su recorrido.
—Está cegado, sí —admitió Olim. Sus azules ojos ardían con un brillo fiero en un semblante tan arrugado como un trozo de cuero viejo y enmarcado por una mata de pelo y una barba en los que todavía quedaban mechones dorados en medio de la plata—. Sellado, pero no contra la magia. Esos tapones carecen de la tecnología utilizada en las puertas de acceso. Entonces no disponíamos de esos adelantos técnicos, y quién sabe lo que un hechicero, —se estremeció de asco—, puede hacer contra unas simples barreras.
Una considerable multitud se había ido reuniendo en los embarcaderos de las instalaciones del muelle, gente de todo Thorbardin que había oído los rumores y sabía que algunos de los dirigentes estaban allí, convocando a los clanes a un consejo general.
Sumándose a la multitud había largas hileras de porteadores que acarreaban fardos de mercancías desde las activas forjas para transportarlas a la Puerta Sur. Durante meses, todas las forjas de Daebardin y Theibardin habían estado muy ocupadas produciendo espadas, escudos, mazos y yelmos. Carillón Lustre Brillante, el protector del comercio, había aceptado el mayor pedido de armas aprobado hasta ahora para vender a los humanos. Nadie sabía por qué había esta repentina necesidad de armamento en el sur de Ergoth, pero Carillón había obtenido una promesa y un rumor. La promesa era de las órdenes de caballería de Ergoth de que ninguna de estas armas se utilizaría contra los enanos. El rumor era que alguien en Xak Tsaroth —alguien que gozaba del favor de los caballeros—, sería el destinatario de la mercancía.
Ahora sonaba un murmullo de voces todo en derredor, y centenares de enanos se acercaron y se apretujaron para oír mejor.
Pero Plumín Cuño de Runa, custodio de legajos, se había quedado boquiabierto y miraba con expresión pasmada a Olim Hebilla de Oro y a Willen Mazo de Hierro.
—Pero no podéis… —empezó, luego se aclaró la garganta—. No podéis decidir en nombre de todo Thorbardin lo que ha de hacerse, como lo hacéis por vuestros propios clanes. No es así como se hacen las cosas. El Pacto de la Forja especifica claramente que todos los asuntos de importancia deben decidirse por los dirigentes de todos los thanes en una reunión.
—Todavía no hemos decidido nada, Plumín, —le recordó Willen—, excepto que quizá tengamos entre manos una emergencia y que no disponemos de tiempo para tramitar todos los procedimientos y formalidades de un consejo.
—¡Pero eso sería… como si tomarais el mando de Thorbardin! —insistió Plumín—. Dos jefes no pueden hacer eso.
—En una emergencia, incluso dos dirigentes son demasiados —dijo Willen con frialdad—. Es mejor que haya sólo uno.
De nuevo Plumín miró a su jefe de hito en hito.
—¡Pero entonces tendríamos un rey!
—No tendremos reyes, —replicó Olim Hebilla de Oro con brusquedad—. Siempre nos hemos opuesto a ello.
Barek Piedra, capitán general del ejército, había estado con el jefe hylar en su visita a la Puerta Norte, y todavía se encontraba presente. Se adelantó ahora, apartando de un empellón al alterado cronista.
—Os seguiré a cualquiera de los dos, —les dijo a Olim y a Willen—, pero no a ambos. Un mando militar no puede tener dos jefes.
—¡Se supone que no tienes que obedecer a ninguno de los dos, Barek! —gritó Plumín—. Tienes que responder ante el consejo en pleno no ante uno u otro thane.
Barek hizo caso omiso de él.
—Si los magos logran abrirse paso hasta aquí —continuó, dirigiéndose a los dos cabecillas—, no quedará consejo ni nada que un consejo pueda gobernar. Ya he dado órdenes a Gema Manguito Azul de apostar a la guardia de elite en el suburbio norte donde emergen los túneles. Mazo Puntal de Martillo enviará a las mejores unidades de su Guardia Independiente a la antigua ciudadela del Fin del Cielo, donde empieza el túnel. Ahora estoy a la espera de recibir órdenes sobre lo que hay que hacer aquí. ¡De cualquiera!
—¡Están hablando de disolver el consejo de thanes! —empezó a difundirse la noticia entre la multitud reunida.
—¡Hablan de ponernos a todos bajo el gobierno de un rey!
—¿Qué rey? —La pregunta se propagó entre la muchedumbre—. ¿Un rey de qué clan?
—Probablemente del hylar, —sugirió alguien—. Por lo general son los mejores militares.
—¡Militar o no militar, no doblaré la rodilla ante cualquier presumido hylar! —fue la opinión dada por muchas voces.
—¡Pues ante un daewar, menos aún! —soltó un fornido theiwar de hombros anchos—. Antes rendiré pleitesía al plomo que proclamar a un fundidor de oro como mi soberano. —Miró a su alrededor cuando varias espadas y algunos martillos daewars se alzaron no muy lejos de él. Levantó las manos—. Eh, un momento. Tengo tanto derecho a dar mi opinión como cualquiera de vosotros.
—No. En Daebardin, no, treparriscos, —se mofó un excavador daewar—. Si tiene que haber un rey, apoyo a Olim Hebilla de Oro para el trono.
—Voy a ver lo que Talud Tolec tiene que decir acerca de todo esto, —barbotó otro theiwar, que se dio media vuelta.
Willen Mazo de Hierro oyó el comentario y se volvió en aquella dirección.
—¡Eh, tú! —gritó—. Tu jefe debe de estar ya de camino hacia aquí. Envié mensajes a todos los dirigentes tan pronto como oí el informe de Grana.
—Bueno, en ese caso, habrá una reunión de los thanes —comentó alguien entre la muchedumbre—, así que ¿a qué viene tanta discusión?
Willen suspiró, miró a Olim y se encogió de hombros.
—Tiene razón, —dijo—. Habrá una asamblea.
De nuevo Plumín Cuño de Runa se abrió paso a empujones para ponerse en primera fila.
—¡Una asamblea no es un consejo! —siseó, los ojos ardiendo de rabia—. No hacemos las cosas así. Para reunir al consejo, primero tiene que haber una convocatoria general, y los correos jurados deben llevar los sellos a todos los thanes… Bueno, a todos salvo a los aghars, puesto que nunca se los encuentra con facilidad. Después, los puntos que quieren tratarse deben ponerse por escrito en pergamino y ser leídos por pregoneros en todas las plazas mayores, y el consejo debe reunirse en el Gran Salón de Audiencias para que así todo el mundo que quiera asistir pueda…
Una fuerte mano se cerró sobre el cuello de Plumín y, levantando al cronista en vilo, lo dio media vuelta, de manera que se encontró mirando a los fríos ojos de Barek Piedra.
—Con todos mis respetos, —gruñó el capitán general—, cierra el pico y quítate de en medio. Tenemos un problema entre manos.
—Desde luego que sí. —Olim Hebilla de Oro miraba pensativamente a su alrededor, a la creciente multitud de enanos que había en sus muelles. Ya había varios miles y seguían llegando más. Se volvió hacia el capitán general—. Suelta al cronista, Barek, —ordenó. Cuando el furibundo custodio de legajos estuvo de nuevo en el suelo sobre sus propios pies, Olim le preguntó—: Deduzco que te sabes los procedimientos de memoria, ¿no es así?
—¡Desde luego! —asintió Plumín—. Es mi trabajo.
—Entonces también sabrás la cláusula de emergencia que hay en el tratado, ¿no?
—Por supuesto. Dice que… ¡Oh! —balbució Plumín mientras parpadeaba—. Oh, claro. Hay la cláusula de emergencia.
—¿Y qué es lo que esa cláusula de emergencia dice?
—Simplemente, dice que en caso de emergencia puede prescindirse de las formalidades y cualesquiera que sean los dirigentes que estén reunidos decidirán lo que hay que hacer.
—Exacto. —El príncipe daewar asintió con la cabeza—. Y eso será lo que haremos ahora. —Señaló hacia el agua. Un transbordador dejaba tras de sí una ancha estela, impulsado por los barqueros que tiraban del cable. En la proa había un grupo numeroso de enmascarados daergars, con Vog Cara de Hierro en primera fila.
—Ya somos tres, —comentó Willen—. Y Talud está de camino.
—Ya me tenéis aquí —anunció una voz profunda. La muchedumbre apelotonada en la zona norte se apartó para dejar paso a una compañía de theiwars dirigida por Talud Tolec.
—Cuatro, —contó Willen—. Cale Ojo Verde está en el exterior, buscando a esa bestia o lo que sea, así que los neidars…
—Cale me dejó al mando, —declaró Grana Piedra de Molino—. Puedo hablar en nombre de los neidars si es necesario.
—Cinco, —dijo Willen con un cabeceo—. ¿Qué hay de Pekka Trune?
—Él y otros kiars venían pisándonos los talones, —contestó el jefe theiwar—. Estarán aquí pronto.
—Seis, —dijo el hylar—. ¿Sabe alguien dónde está… como se llame, el Gran Bulp aghar?
—Probablemente dormido o extraviado, —sugirió alguien con guasa.
—Sólo «El Uno» —le recordó Plumín a su cabecilla el nombre del jefe gully.
—Y con uno es más que suficiente, —comentó alguien de las primeras filas—. Si no mantiene alejada a su gente de mi bodega, voy a empezar a tirarles piedras en cuanto los vea.
—Bien, no lo esperaremos, —decidió Olim—. Cuando Pekka Trune llegue, nos reuniremos… eh, allí mismo servirá. Donde están los toldos.
—¡Bien! —gritó alguien cerca—. Entonces podremos tomar algunas decisiones.
—¿Sobre qué? —quiso saber otro—. ¿Sobre quién va a ser rey?
—¡Nada de reyes! —clamaron cientos de voces.
De inmediato surgieron gritos y comentarios de otros.
—¡Más vale que no sea un theiwar!
—¡No admitiré a un rey daergar!
—¡Ni a un daewar!
—¿Y para qué iba a querer un rey hylar? ¡Soy theiwar!
—¡No seguiré a nadie que no sea daergar!
Talud Tolec había llegado junto a los otros dirigentes y miró a su alrededor, con el ceño fruncido.
—Aquí nos hace falta un poco de sentido común, —dijo.
—Puede que lo que necesitemos sea un milagro, —comentó Barek Piedra—. Si esta gente es incapaz de ponerse de acuerdo en nada, ¿quién va a dirigirnos si resulta que estamos en peligro realmente?
—Tienes apostados guardias en el túnel, Barek, —dijo Willen—. ¿Está seguro?
—De momento, sí —asintió el capitán general—. Pero si los magos lo encuentran… En fin, no sabemos lo que los magos son capaces de hacer.
—Si hace falta entrar en acción, Olim puede ponerse al mando.
—¿Por qué yo? —replicó el príncipe daewar bruscamente—. ¿Por qué no tú o Talud o…?
—A mí no me mires, —gruñó Pekka Trune mientras se acercaba para ocupar su puesto entre los jefes reunidos—. Conoces a mi gente. Casi no puedo controlarlos, así que mucho menos a todo Thorbardin.
—Bien, pues, ¿por qué no Vog Cara de Hierro? —Olim señaló al líder daergar, que se abría paso entre la multitud en ese momento.
—¿Por qué no yo qué? —inquirió el daergar, su voz hueca tras la máscara de hierro.
—Están tratando de elegir a un rey, —barbotó un enano ceñudo que llevaba dos porras gemelas.
—¡No es verdad! —bramó Olim Hebilla de Oro—. ¡Nada de reyes! ¡Dejemos de hablar de reyes de una vez!
—Entonces ¿qué estáis intentando hacer? —demandaron varios enanos que había cerca.
—Intentamos celebrar una reunión de emergencia del consejo —gritó Willen Mazo de Hierro, iracundo. Tras él, los Diez desenvainaron las espadas y se desplegaron para situarse de frente a la muchedumbre en todas direcciones.
—¿Quién convoca el consejo? —preguntó Plumín Cuño de Runa mientras sacaba pluma y papel.
—Tú fuiste el primero en oír el informe, Willen, —sugirió Olim.
—Tú eres mayor que yo, —replicó Willen.
—¡Oh, está bien! ¡Yo, Olim Hebilla de Oro, príncipe del clan daewar, convoco al consejo de thanes en una sesión de emergencia!
—¿Qué se tratará en ella? —preguntó Plumín en tanto que la punta de acero de la pluma rascaba afanosa sobre el papel.
—¡Asuntos de estado! —bramó Olim.
—De defensa, —le recordó Willen.
—¡Por Reorx! —masculló Barek Piedra.
Lejos, en la distancia, en dirección a la calzada de los Suburbios, sonaron las trompetas, coreadas por otras más próximas, y después por otras aún más próximas. La multitud guardó silencio, y Barek Piedra escuchó con atención. Bajo la barba, el semblante se le puso pálido.
—Un nuevo informe, —les comunicó a los jefes reunidos—. Esos tres hechiceros humanos que salieron de la Calzada del Tránsito…
—¿Qué ocurre con ellos? —preguntó Willen—. ¿Se los ha encontrado?
—No, no se los ha encontrado, pero ya no son sólo tres. Unos jinetes en la frontera con Ergoth informan de que han entrado más humanos en la calzada hace dos días, y que ahora tampoco se sabe dónde están. Han desaparecido.
—¿Más hechiceros? —inquirió Olim con un rictus de desagrado—. ¿Cuántos?
—Muchos, —contestó Mazo—. Quizá un centenar o más.
Cale Ojo Verde y sus voluntarios neidars habían localizado un rastro a pocos kilómetros de Cañada del Viento. Era de una criatura, y el propio rastro les revelaba algo de lo que lo había hecho. Era una cosa grande, y también pesada. Grandes garras se habían hincado profundamente en la tierra en algunos sitios y habían aplastado piedras pequeñas en otros. Caminaba sobre dos patas, y tenía una cola larga y ondeante.
A veces, en lugar de caminar, volaba. Tenía alas, —arañazos en los afloramientos rocosos revelaban que eran unas alas equipadas con afiladas uñas—, y podía volar, pero al parecer no lo hacía a tramos largos: unos cuantos centenares de metros aquí, para cruzar un precipicio; una docena de metros allí, para saltar una grieta. En otras partes las huellas conducían hasta el borde de un risco y volvían a aparecer abajo en el fondo, como si la cosa hubiera descendido planeando, pero no hasta muy lejos.
En un sitio, donde había sobrevolado un soto de robles achaparrados, las copas de los árboles estaban rotas por donde había pasado.
—Una de dos: o prefiere no volar o no sabe hacerlo muy bien —comentó Cale a sus hombres—. No busca las alturas ni pasa mucho tiempo en vuelo.
Finalmente encontraron a un testigo. Un pastor einar que había salido a buscar unas cabras extraviadas caminaba a lo largo del fondo de una grieta a última hora de la tarde, cuando miró hacia arriba y vio algo inusual, —algo grande y nebuloso—, cruzar por un claro cercano. Sólo lo había visto fugazmente.
—Era como un banco de niebla a la deriva, —les dijo—. Sólo que había algo dentro de la niebla. Apenas se distinguía. Luego llegó una ráfaga de viento y, por un instante, barrió la niebla. Entonces lo vi. Era gris, como el acero, pero no brillante como el acero daewar, sino más oscuro, como el de las espadas daergars. Y era grande. Parecía un lagarto gigante, pero con la forma más semejante a… bueno, como un pavo escuálido, salvo que la cabeza y el cuello eran más grandes y echados hacia adelante, no erguidos. Tenía dos patas y dos… algo parecido a alas. Y también tenía una cola larga y enorme que brillaba como hierro húmedo.
—¿Qué tamaño tenía? —le preguntó Cale al pastor.
—Así, más o menos. —El enano caminó unos diez metros—. Eso es, al menos, lo que me pareció. Puede que incluso fuera más grande. No era fácil verlo, menos cuando el viento sopló y apartó la niebla.
—¿Había niebla en alguna otra parte?
—No, era una tarde despejada. Pero había niebla alrededor de esa cosa. Llevaba encima la niebla como yo llevaría una fina capa… si tuviera una prenda tan poco útil. La niebla la acompañaba y la cubría.
—¿Qué hiciste?
—¿Que qué hice? —El pastor lo miró con los ojos entrecerrados—. Lo que habría hecho cualquiera. Me escondí hasta que se marchó.
—¿Encontraste las cabras extraviadas? —quiso saber Risco Cara de Hierro.
—A tres. —El pastor frunció el ceño—. O tal vez cuatro. Algo las había encontrado antes que yo y no quedaba mucho para saber con certeza cuántas eran.
—No busques las restantes, —le aconsejó Cale—. Vuelve a casa y advierte a tu gente. Esa cosa que viste ha destruido tres aldeas hasta el momento. Estad alertas y, si veis niebla, desperdigaos y escondeos.
—Aquí fuera, me escondí —replicó el pastor con firmeza—. Pero, si esa cosa se acerca a mi casa, lucharé.
—En esos pueblos también lucharon, —dijo Cale con una expresión triste en los ojos—. Lucharon, y murieron igual que tus cabras.
—¿Y aún así vosotros, neidars, andáis buscando esa cosa? ¿Qué haréis cuando la encontréis?
—No lo sé —admitió Cale—. Matarla, si podemos.
Durante un día más los neidars rastrearon a la cosa de niebla. Después, en una profunda hondonada, cuando las sombras del ocaso se intensificaban, la cosa los encontró a ellos.
La primera advertencia llegó cuando Cale levantó la vista del débil rastro y advirtió una neblina suspendida sobre la hondonada. En lo alto, el cielo estaba despejado, pero de repente se encontraron rodeados de una niebla progresivamente espesa.
—¡Chitón! —Levantó una mano y tiró de las riendas—. La cosa está aquí, en alguna parte. Mantened los ojos abiertos y no os separéis.
Forzaron la vista mientras hacían recular a sus caballos para formar un grupo compacto. Con las armas desenvainadas, recorrieron con la mirada el entorno, que se iba oscureciendo paulatinamente. Durante unos largos instantes, no vieron nada. De repente, una densa niebla se abalanzó desde las oscuras sombras; una niebla fría, arremolinada, que parecía saltar sobre ellos, como si quisiera envolverlos.
—¡Retroceded! —gritó Cale—. ¡Apartaos de la niebla!
Hicieron recular a los caballos, sin bajar la guardia, y luego volvieron grupas y salieron a galope cuando el banco de niebla se abalanzó sobre ellos. Justo a sus espaldas oyeron un ruido que al principio era como el siseo del viento y que creció hasta convertirse en un bramido de rabia.
—¡Desplegaos y aguantad! —ordenó Cale.
Once caballos giraron sobre sí mismos y se plantaron con firmeza. En sus sillas, once enanos se echaron hacia adelante, con los escudos levantados y las armas prestas.
Por un momento la bullente masa de niebla pareció vacilar, como si observara el semicírculo formado por los enanos. De repente, el bramido se repitió; en esta ocasión fue un rugido profundo, retumbante, que levantó ecos en las estribaciones montañosas. Con el rugido llegó una oleada de niebla, como si un viento fuerte la empujara desde atrás. Los densos remolinos envolvieron a tres de los enanos; del interior llegaron los ruidos de golpes propinados y de gritos. Un enano chilló. Un caballo lanzó un relincho de dolor, y después, otro. Los ruidos pasaron a ser sonidos de cosas desgarrándose y partiéndose, de armaduras y huesos aplastándose.
—¡Atacadlo! —gritó Cale mientras clavaba los talones en los ijares de su caballo. Los cascos retumbaron y ocho neidars se desplegaron en círculo y cargaron contra la niebla. Cale se introdujo seis metros en aquella cegadora bruma, después, doce, y de repente vio una forma oscura al frente. Desviando a su montura mediante un tirón de las riendas, se aproximó a ella y descargó un poderoso golpe con su hacha. La hoja de acero repicó como si hubiese chocado con hierro, y algo muy grande le pasó zumbando justo por encima de la cabeza. El enano hizo girar a su montura, lo siguió, y arremetió otra vez.
En esta ocasión el hacha encontró una dureza más blanda, como cota de malla, y algo rugió enfurecido. Cale oyó descargarse otros golpes, pero no alcanzó a ver nada. Entonces el rugido de rabia se hizo más intenso, y el enano miró hacia arriba. Por encima de la niebla baja, algo se erguía, imponente; una cabeza enorme, con dientes como dagas, sacudiéndose a un lado y a otro. Cale y alguien más, —no pudo ver quién—, cargaron directamente por debajo de la bestia erguida y arremetieron contra su vientre, pero, de nuevo, fue como si los aceros se hubieran descargado sobre piedra o hierro.
La cosa volvió a recular, pareció hacer una pausa, y después atacó; Cale vio algo ancho y articulado que podía ser una pata o las protuberancias de un ala, caer sobre el enano que estaba a su lado. Sonó un crujir de huesos, y una rociada de sangre se esparció en la niebla; enano y caballo acabaron hechos trizas en un visto y no visto.
Desde alguna parte, una enorme cola descargó un latigazo y a punto estuvo de alcanzar a Cale y a su montura. El enano hizo que el caballo retrocediera. Era inútil. Estaban intentando luchar contra algo que ni siquiera podían ver.
—¡Abandonad la lucha y huid! —gritó—. ¡Alejaos! ¡Escapad!
Cale salió de la niebla, seguido por otro jinete. Oyó el ruido de más cascos que corrían en distinta dirección.
El banco de niebla se agitó y rugió, abalanzándose tras ellos, y después se volvió para perseguir a algún otro. A medio camino de la pared de la hondonada, Cale sofrenó a su caballo, se volvió y vio a Risco Cara de Hierro junto a él. Los dos miraron atrás. La niebla había desaparecido. Allí donde estaba antes, Cale veía ahora sólo sombras, pero oyó el respingo de horror del daergar cuando sus ojos de minero vieron lo que había allí.
—¡Por Reorx! —exclamó Risco—. No sé a cuántos hemos perdido, Cale. Enanos… caballos… No hay nada entero ahí abajo. Sólo… ¡sólo pedazos desgarrados!
Por la mañana se reunieron los que habían sobrevivido. Cale Ojo Verde, Risco Cara de Hierro y un joven theiwar, Zarpazo Tambac, que iba a pie. Había escapado de la cosa de niebla corriendo, a pesar de que su caballo había caído y había sucumbido bajo la bestia.
De once neidars armados y montados, quedaban sólo tres. Tres enanos y dos caballos.
—¿Crees que conseguimos herir a esa cosa? —preguntó Risco con tono sombrío.
—No, —admitió Cale—. No, no creo que le hiciéramos siquiera un rasguño. Hemos pagado un alto precio y todavía sigue ahí fuera, moviéndose a su antojo.
—Va hacia el este, —señaló Risco—. En dirección a Thorbardin.
—Qué despilfarro de vidas. —Zarpazo Tambac frunció el ceño—. Y para nada.
—Para nada, no, —lo corrigió Cale—. Ahora sabemos algo sobre esa cosa. Sabemos lo que puede hacer y también algo de lo que no puede.
—¿Qué es lo que no puede hacer esa bestia? —Zarpazo lo miraba con los ojos entrecerrados.
—No se mueve con rapidez, —señaló Cale—. Es ágil, pero no muy rápida. Además, sus alas no son realmente alas, sino más bien una especie de garras palmeadas. Por eso no vuela muy lejos ni a menudo: porque no puede. Y sabemos que no ve a través de su propia niebla. Por lo menos, no muy bien. Tuvo que alzarse por encima de ella para localizarnos.
—Todo eso está muy bien, pero… —Zarpazo suspiró— ¿cómo acabamos con ella?
—No lo sé —reconoció Cale—. Tendremos que pensar en algo.
—¿Vamos a seguirla otra vez? —preguntó Risco—. ¿Nosotros tres?
—No, no serviría de nada. Tenemos que ir en busca de ayuda.