4
La Puerta Norte
La entrada de la Puerta Norte de Thorbardin, cuando se terminara, sería un calco de la Puerta Sur: un acceso perfectamente excavado, enmarcado en hierro, en un muro de sólido granito que daba a una amplia repisa amurallada, a gran altura de la ladera del pico Buscador de Nubes. El propio muro de granito estaba reforzado con una malla invisible de barras de hierro que perforaban la piedra, de manera que ni siquiera con la fuerza más grande podía resquebrajarse ni romperse. El marco de la abertura era de hierro pulido, con cuatro metros de ancho y sesenta centímetros de espesor.
Pasando a través de la garita de guardia, a continuación de la entrada, había un gigantesco tornillo instalado en un orificio abierto a rosca en la piedra, forrado con grafito, y ajustado a la transmisión de una rueda hidráulica. El tornillo en sí, y su gemelo —a casi treinta y cinco kilómetros de distancia, en la Puerta Sur— eran los dos artefactos más grandes hechos de una sola pieza en sólido acero que jamás se habían producido en las fundiciones enanas… o en ninguna otra fundición. Cada uno de ellos contenía la producción anual de hierro, coque y níquel de las mejores minas daergars, y se habían necesitado en cada uno nueve años para forjarlos, fresarlos y pulirlos hasta darles la forma final. Justo en la parte interior de la abertura, en la falda de la montaña, había una amplia zona excavada que servía como garita exterior o casa de guardia. La inmensa puerta que ahora descansaba allí, lista para ser instalada en el tornillo, era idéntica a la que ya funcionaba en la Puerta Sur: un gigantesco obturador de piedra, forrado de metal y estriado para deslizarse sobre raíles de acero, alineados e instalados en el suelo, el techo y las paredes de la garita. Una vez montado, se cerraría haciendo girar el tornillo para empujarlo y empotrarlo en la abertura.
Cuando se planearon al principio, las puertas de Thorbardin se imaginaron como obturadores con bisagras, un cerramiento eficiente desarrollado por los excavadores daewars en tiempos lejanos. Pero a medida que la gran fortaleza crecía, y las habilidades de daewars, theiwars y daergars se fundían con la destreza de los hylars, muchos planes habían sido modificados y mejorados. Un obturador de bisagras podría ser forzado por intrusos en cuanto dispusieran de tiempo y de las herramientas adecuadas para trabajar en él, pero no un obturador accionado por un tornillo, operado desde el interior y empotrado en una abertura con revestimiento metálico.
La intención original de los arquitectos de Thorbardin —muchos de los cuales todavía dirigían las miles de tareas que incluía el proyecto—, había sido que la fortaleza resultara inexpugnable a un ataque del exterior. Dentro de Thorbardin había los metalúrgicos más especializados, los mejores excavadores y constructores, y los proyectistas más ingeniosos del mundo; y, puesto que eran enanos, no estaban en contra del trabajo duro. Con estas puertas instaladas y en funcionamiento, y con el respaldo de las defensas de los grandes pasajes llamados Eco del Yunque, —unos túneles inmensos, de sesenta metros de altura, jalonados de agujeros de la muerte y que sólo podían cruzarse por un estrecho puente tendido a la mitad de la altura del túnel—, sería difícil, cuando no imposible, que en Thorbardin entrara alguien que los enanos decidieran no dejar pasar.
Todos los enanos que hubieran pasado la edad del aprendizaje artesanal eran tan diestros en el manejo de las armas como en el de las herramientas. Se había convertido en una verdad básica del saber tradicional de Thorbardin la afirmación, —originada en las viejas leyendas relatadas por los hylars—, de que la única diferencia básica entre una herramienta y un arma estaba en el uso que se le daba. Una jabalina para trepar por los muros se convertía en una lanza al arrojársela a un enemigo. Una marra descargada sobre el cráneo de un enemigo era un martillo de guerra. Un hacha de un artesano que hendía el escudo de un enemigo era un hacha de batalla. El casco protector de un excavador, llevado en combate era un yelmo; y, en la lucha, un protector metálico era un escudo de batalla.
Cierto que había pocas armas que tuvieran utilidad como herramientas. Un arco no resultaba tan eficaz como una honda para mandar pequeños objetos de un nivel a otro; una lanza era una jabalina de trepar muy poco práctica; y las espadas se forjaban primordialmente como mercancías comerciales, para negociar con ellas con los humanos de las órdenes ergothianas a cambio de objetos más útiles. De todos los enanos de Thorbardin, sólo entre los hylars, con su historial en el trato con humanos, había muchos que preferirían una espada a un buen martillo como armamento personal. Pero incluso entre ellos el martillo era muy apreciado en sus dos aspectos: como herramienta y también como arma.
Era una de las diferencias que habían surgido con el paso de los años entre los enanos de Thorbardin y sus parientes del exterior, los neidars y los desperdigados einars. Los enanos que vivían bajo la montaña eran famosos por su inclinación por el martillo, en tanto que los que vivían en el exterior preferían por regla general el hacha.
Pero, fuera cual fuera la herramienta que se tuviera a mano, siempre se estaba preparado para alzarla al instante como un arma contra cualquier intruso que intentara invadir la fortaleza de Thorbardin.
Como a Plumín Cuño de Runa, custodio de legajos, le gustaba decir: «Sólo hay un asunto concebible en el que todos los habitantes de Thorbardin se pondrían de acuerdo: los intrusos no son bienvenidos aquí. Quizá discutamos sobre qué fecha es o lleguemos a las manos argumentando si las lunas son realmente dos o tres, pero todos coincidimos en defender Thorbardin».
Hoy, el custodio de legajos iba pegado a los talones de Willen Mazo de Hierro, que, como jefe de los hylars y acompañado por sus diez guardias personales y varios oficiales de Thorbardin, hacía un recorrido por las instalaciones de la Puerta Norte.
Desde Hybardin, la ciudad en creciente desarrollo excavada en la gigantesca estalactita, en el centro del reino subterráneo, el grupo se había trasladado en los transbordadores de cables que cruzaban el mar de Urkhan hasta la zona septentrional de los muelles de Theibardin, donde Willen Mazo de Hierro se detuvo para hacer una breve visita al jefe theiwar, Talud Tolec. Después habían seguido por la segunda calzada hasta la recién ampliada caverna que en su día sería la segunda Sala de los Tribunales, —la Sala de los Tribunales Sur estaba teniendo tanto trabajo últimamente, con la expansión de una población pendenciera y escandalosa, que muy pronto sería necesaria la Sala de los Tribunales Norte—, y desde allí siguieron en dirección norte, hacia la Puerta Norte, sin detenerse más que para echar un rápido vistazo a la inmensa fosa vertical que el jefe de excavaciones había dado en llamar con ironía la «Vergüenza de Reorx». Tendría que haber sido un pozo de magma, como el Pozo de Reorx que estaba a punto de terminarse cerca de la Puerta Sur, pero aquí no había funcionado.
—Uno de nuestros fracasos, —dijo Fuste Piedra Roja tristemente mientras el grupo se asomaba al borde del gran agujero que se perdía en la oscuridad, allá abajo—. Ciento ochenta metros excavados en vertical, a través de sólida roca, y no hay nada ahí abajo, salvo más roca. Ni conductos de corrientes, ni fisuras, ni siquiera una elevación de la temperatura. Un error de cálculo, pura y simplemente. Debajo de la Puerta Sur hay magma ardiente, así que dimos por sentado que aquí lo habría también. Nos equivocamos.
—Una lástima, —dijo, comprensivo, Willen Mazo de Hierro—. Pero es un bonito agujero.
—Dos años de trabajo. —El jefe de excavaciones asintió y luego se encogió de hombros—. En fin, ya encontraremos un uso que darle. Si no alimenta las fundiciones, quizá pueda utilizarse para almacenar grano o algo.
La zona en torno al agujero estaba bien iluminada, mejor que la mayor parte de la calzada, debido a un gran conducto que llegaba hasta el exterior de la ladera de la montaña. Se había intentado equipar el conducto con lentes, como el que había cerca de la Puerta Sur, para así dirigir la luz del sol y prender el magma en reposo cuando fuera encontrado. Si no había magma que encender, al menos el agujero proporcionaría luz.
Así era como la mayoría de Thorbardin estaba iluminado. Antes de que existieran los conductos solares, las grandes cavernas habían sido unos lugares sombríos, alumbrados únicamente por los estratos naturales de cuarzo transparente que discurrían a través de la montaña, desde sus entrañas hasta las laderas. Los conductos solares, creados por la destreza artesanal de vidrieros hylars, —y con grandes depósitos de espejos de sus talleres—, ahora estaban instalados en casi todas partes por Thorbardin, y proporcionaban buena luz donde se deseaba. Sólo por la noche, —salvo en aquellos lugares de Thorbardin pertenecientes a los daergars, que veían mejor en la oscuridad—, era preciso encender lámparas para iluminar la fortaleza.
Desde el pozo de Fuste Piedra Roja había sólo unos pocos centenares de metros por una amplia vía de comunicación hasta el poblado subterráneo, bullicioso y en crecimiento, conocido por Talanquera: una serie de excavaciones de tres niveles vaciados por constructores daewars en su mayoría y apuntalados y tabicados por albañiles hylars. Tiendas, talleres y puestos jalonaban la vía principal en este punto, y detrás estaban los habitáculos de varios miles de enanos: guardias y sus familias, comerciantes ambulantes de túneles, artesanos y otros. En los últimos años, las dos comunidades de las puertas, Porticada en el sur y Talanquera en el norte, habían crecido hasta convertirse en ciudades por derecho propio, que rivalizaban en tamaño con las siete urbes originales de Thorbardin, agrupadas alrededor del mar subterráneo de Urkhan. Sin embargo, era un crecimiento temporal. Ahora que la Puerta Sur estaba terminada, Porticada empezaba a decrecer de nuevo. Lo mismo ocurriría con Talanquera cuando la Puerta Norte fuera acabada, y a medida que los constructores y sus familias empezaran a regresar a sus ciudades. El consejo de thanes ya tenía planes para las madrigueras que quedarían abandonadas cerca de las puertas. Se convertirían en almacenes para grano, madera, fibras, carnes ahumadas, pieles y aderezos acumulados en el comercio con los reinos del exterior y con los humanos de Ergoth.
Detrás de Talanquera, tres túneles conducían al Eco del Yunque y a la gran puerta. Los de los niveles superior e inferior conducían a los corredores de defensa que se extendían por encima y alrededor del Eco del Yunque. El túnel central llevaba a la inmensa gruta en sí, desembocando en el largo puente colgante que la cruzaba de punta a punta.
El lugar era seguro ahora, y estaba tranquilo mientras la comitiva caminaba a lo largo del puente, sin embargo los miembros del pequeño grupo eran conscientes de los ojos que los vigilaban desde cientos de agujeros, y Willen Mazo de Hierro sintió un escalofrío al pensar lo que sería este pasaje para cualquiera que intentara invadir Thorbardin.
La garita y las madrigueras adyacentes bullían de actividad. Los artesanos hacían los últimos ajustes en el intrincado mecanismo de engranajes que empujaría la puerta-obturador, y los metaleros estaban montando pernos y encajes para la instalación final de la propia puerta.
El grupo de enanos charló con algunos de los que estaban trabajando allí, y después se agacharon para pasar a través de los angostos nichos que había a lo largo del gigantesco tornillo y llegar a la puerta en sí, detrás de la cual estaba el mundo exterior.
Poca luz pasaba por la entrada. Estaba terminada, pero no abierta. Se había instalado unos pilares de piedra provisionales a través de su borde exterior, dejando sólo un pequeño postigo. Cuando la puerta estuviera montada, los pilares se utilizarían como soportes para torres de vigía en la cornisa amurallada del exterior.
El obturador en sí estaba contra la pared, justo detrás del tornillo, y los enanos se desplegaron para deambular a su alrededor, mirando y curioseando. Con nueve metros de alto, dieciocho de ancho y casi dos y medio de grosor, el artilugio estaba cortado y hecho de piedra, reforzado con barras incrustadas y totalmente forrado de metal. La cara interior era de bronce, con los bordes serrados y el encaje circular para el gran tornillo de hierro limado, en tanto que la cara exterior era de grueso acero pulido.
Era exactamente igual que el obturador de la Puerta Sur.
Muy pronto, estaría instalado y en uso. Entonces, Thorbardin sería inexpugnable. Willen Mazo de Hierro caminó a lo largo del gigantesco artilugio, seguido de cerca por los Diez, su escolta personal. Se detenía de vez en cuando para medir una juntura o paladear el metal.
—Perfecto, —musitó—. ¿Y los depósitos de accionamiento?
—Llenos, —dijo Talco Combahierro. El protector de la red de canales señaló hacia arriba, indicando las cañerías de piedra empotradas que descendían como grandes columnas desde el techo hasta el nicho excavado en la piedra para la rueda hidráulica. Sesenta metros más arriba había otra caverna separada y cerrada, llena de agua procedente del lago formado en la hoya de la cumbre del Buscador de Nubes. Las válvulas estaban listas para soltar el agua cuando fuera necesario, y cuando esta fluyera el gran tornillo giraría, avanzando sobre sus filetes con una fuerza tremenda, implacable. Una vez puesto en marcha, nada lo detendría salvo el propio obturador al encajarse en el acceso.
Al otro lado de la puerta provisional sonaron unas trompetas, y al cabo de unos instantes un enano vestido con armadura descendió presuroso por una escala lateral que había cerca, saludó a los dignatarios visitantes, y se volvió hacia su capitán.
—Vuelven algunos grupos del exterior, —anunció—. Los centinelas dicen que el más cercano es el de Mazo Puntal de Martillo y sus guardias, que regresan por el oeste. Un segundo grupo acaba de asomar por la ladera del Fin del Cielo, todavía demasiado apartado para identificarlo, aunque los centinelas creen que son neidars.
Plumín Cuño de Runa se volvió hacia Willen Mazo de Hierro.
—¿No era Mazo Puntal de Martillo con quien salió vuestro hijo Damon, mi señor?
—En efecto, —asintió el jefe hylar—. Y me… ¡ejem! Su madre se alegrará de que esté de vuelta. Suele preocuparse.
—Tengo ganas de oír el informe de Mazo, —comentó Cable Sendagrís.
Detrás del nicho del tornillo sonó un ruido metálico, seguido de voces enfadadas. Un grito penetrante y trémulo se alzó por encima del jaleo.
—¡Quítate de en medio! —demandó aquella voz—. ¡Herrín y corrosión! ¡Si miraseis por dónde vais habría menos accidentes por aquí!
—¡Eres un peligro, viejo! —bramó otra voz—. ¡Mira lo que has hecho con mi carga! ¡Por el óxido rojo de Reorx, perderé una hora recogiendo todos estos pernos!
—¿Un peligro? —gritó la primera voz, que pasó a ser un furioso gruñido—. Me llama peligro. ¡Peligro! ¡Un necio que ni siquiera es capaz de apartarse a un lado para dejar pasar unos cubos, y me llama peligro a mí! ¡Polvo de luna!
Las voces se ahogaron en gruñidos, y un guardia, —uno de los Diez—, se agachó y pasó por el nicho del tornillo. Volvió poco después, con una sonrisa asomando bajo su barba.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Willen.
—Poca cosa, —repuso el guardia—. Era un vejete. Él y un instalador de pernos chocaron ahí detrás.
A su espalda, la voz trémula sonó otra vez:
—¡Tú, pellejo metálico! ¡Hazte a un lado! ¡Estás estorbando!
El guardia se apartó y un viejo enano entró por la angosta abertura, tirando con una cuerda de una carretilla cargada de cubos. Tras recorrer un buen trecho hacia el acceso principal, volvió la plateada cabeza hacia los reunidos y lanzó una mirada iracunda a todos sin excepción.
—¡Diantre, lo menos que podría hacer alguno de vosotros es abrirme la puerta! —rezongó—. Ya veis que tengo las manos ocupadas.
Uno de los encargados del acceso echó a andar hacia el pequeño portillo provisional, pero Willen Mazo de Hierro estaba más cerca y lo despidió con una seña.
—Tienes razón, abuelo, —dijo—. Una persona con las manos ocupadas merece que alguien le abra las puertas. ¿Qué llevas ahí?
El viejo enano miró con encono al jefe de los hylars y después se encogió de hombros.
—Cubos con materiales, —contestó por último—. Quiero mezclarlos todos para ver qué pasa. Pero, por supuesto, no puedo hacerlo dentro de Thorbardin. Estamos llegando al punto de que una persona no puede hacer nada aquí sin que alguien ponga objeciones.
—¿Qué tipo de materiales? —se interesó Willen, que se asomó a los cubos para mirar dentro. Estaban llenos de diferentes sustancias, algunas negras, otras verdes, otras amarillas y algunas de un color indescriptible.
—Elementos, —gruñó el anciano—. Azufre, hollín, fermento de ceniza… ¿Y a ti qué te importa qué tipo de materiales son? ¡Es un experimento mío, no tuyo! A todo esto, ¿quién diantre eres?
—¡Cuida tus modales, anciano! —lo reprendió alguien—. Es Willen Mazo de Hierro, el dirigente de los hylars.
—Ah, uno de esos, —rezongó el viejo—. No tengo trato con los hylars. Vivo en Daebardin… aunque tal vez me traslade si Olim Hebilla de Oro no se disculpa pronto. —Se volvió hacia la cuerda de arrastre—. ¡Bueno, si de verdad tienes intención de abrirme la puerta, hazlo de una vez! ¡No puedo perder todo el día esperando!
Disimulando una sonrisa, el dirigente de los hylars hizo una leve inclinación, se apartó a un lado y empujó el portillo que había entre los pilares, abriéndolo. Rezongando y resoplando, el viejo enano pasó por él tirando de su carretilla de cubos tras de sí. Fuera, en el ancho parapeto, giró hacia el este y desapareció en dirección a las sesgadas pendientes que había más allá de las torres de vigía. Willen cerró el portillo.
—¿Quién era ese? —preguntó.
Algunos de los que estaban a su alrededor se encogieron de hombros y sacudieron la cabeza. Bardion Cornisa frunció el ceño con gesto pensativo y después chasqueó los dedos.
—Fardo Magnetita, —dijo—. Sabía que me resultaba familiar. Es ese al que el príncipe daewar mandó salir de Thorbardin.
—¿Salir de Thorbardin? —Willen enarcó una ceja.
—Oh, no de forma permanente, —aclaró Bardion—. Es que ya no se le permite realizar sus experimentos dentro. El príncipe ordenó que tenía que salir al exterior para hacer sus mezclas.
—Ahora recuerdo, —asintió Talco Combahierro—. Fardo Magnetita. Es el que ocasionó aquel espantoso hedor hace un mes, más o menos.
—El mismo, —dijo Bardion—. Olim me contó lo ocurrido. El viejo mezcló algunas sustancias nocivas y les prendió fuego en medio de la plaza principal de Daebardin. Media ciudad estuvo oliendo a huevos podridos durante una semana.
—¿Por qué lo hizo? —se interesó Willen.
Bardion se encogió de hombros otra vez.
—Olim dice que sólo quería comprobar si la mezcla podía arder. Algo relacionado con el intento de inventar un combustible controlable para las forjas de estañadores y así hacerse rico.
—Un hojalatero. —Barek Piedra sonrió—. ¿Se cree que es un gnomo?
—Olim dice que Fardo Magnetita tiene casi trescientos años —comentó Bardion—. A esa edad, a saber quién cree que es.
Willen Mazo de Hierro sacudió la cabeza y se ocupó de nuevo del asunto que los había traído aquí.
—Pondré mi sello en este proyecto, —les comunicó a los que estaban a su alrededor—. Estoy seguro de que el resto del consejo también hará lo mismo. Es un trabajo excelente. —Se volvió hacia el guardia de la torre—. ¿Cuándo llegará la Guardia Independiente?
—En unas pocas horas, señor, —contestó el guardia—. Ahora están en el camino de subida, dirigiéndose hacia esta puerta.
—Mazo querrá informar al consejo, —dijo Willen—. Será mejor que regresemos a la ciudad y enviemos mensajeros que avisen a los jefes.
Se encaminaba hacia el nicho del tornillo cuando un estruendo tremendo se alzó al otro lado del acceso, haciendo que el portillo temblara entre los pilares. Él y los demás se volvieron y fueron hacia la puerta presurosos; salieron a la cornisa arracimados, los Diez con las espadas desenvainadas.
Hacia el este, en la pendiente que había detrás de la torre de vigía, donde terminaba el acceso a la Puerta Norte, una gran nube de humo blanco subía arremolinada hacia el cielo y empezaba a extenderse a los cuatro vientos. De esa nube salió un ser negro, tirando de una carretilla achicharrada. Fardo Magnetita estaba cubierto de hollín de pies a cabeza; su blanco cabello alborotado y su barba estaban negros por la tizne, e incluso a esta distancia podía oírse su irritada voz temblorosa:
—¡Herrín y corrosión! ¡Esta mezcla no sirve! ¡Ningún estañador pondría eso en su forja! Ahora tendré que empezar otra vez desde el principio.
La multitud agolpada en la cornisa se apartó para dejarle paso, y el anciano fue rezongando todo el camino hasta la puerta y siguió haciéndolo dentro. Su voz se fue perdiendo en la distancia al dejar atrás el nicho del tornillo gigante.
—Creo que Olim Hebilla de Oro tomó una sabia decisión al ordenarle salir, —comentó Willen—. ¿Qué fue eso? ¿Magia?
—¡Por supuesto que no! —le aseguró Bardion Cornisa—. Puede que Fardo esté tan loco como un gusano remolcador, pero la magia le gusta tan poco como a vos o a mí.
—En fin, fuera lo que fuera lo que utilizase, nadie puede negar que ha sido muy ruidoso.
—Y apestoso, —añadió alguien. Las narices de todos se encogieron cuando una ráfaga de aire sopló en su dirección, arrastrando un poco de humo—. ¡Eso huele a huevos podridos!