8
El augurio del custodio de legajos
Marbete Salan supo, a los pocos minutos de meterse en la grieta al pie de la Falla, que había encontrado lo que estaban buscando: el origen de la cosa de niebla que había destruido tres pueblos.
El desprendimiento de rocas fuera de la grieta no había sido provocado desde el exterior, sino por el empuje desde dentro de algo muy potente. Y todavía había marcas en la grava aplastada dejadas por las patas de la cosa.
Marbete envolvió unas prietas bolas de hierba en torno a los extremos de unos palos, y las ató con los tallos de unas plantas rastreras. El puñado de antorchas resultante, —a las que algunos enanos llamaban lámparas theiwars—, no darían mucha luz, pero cada llamita duraría un rato. Con la primera de ellas encendida, Marbete desenvainó la espada y entró en el oscuro agujero.
El túnel alto, angosto, se internaba en el risco, girando aquí y allí, donde la erosión y la fricción habían abierto fallas, pero por lo general se dirigía hacia el oeste y hacia abajo, más y más profundamente, decenas de metros por debajo de la meseta. A lo largo de casi toda su extensión, la grieta era poco más que una secuencia de canales naturales, producto de la erosión, que descendían y que rara vez medían más de unos pocos metros de anchura, aunque con frecuencia eran tan altos que Marbete no alcanzaba a ver el techo. En algunas partes los canales se precipitaban en una negra nada, tanto hacia arriba como hacia abajo, lo que lo obligaba a encontrar pasos arriesgados a través de ciegos abismos… o incluso tener que hacerse esos pasos. Sólo donde los accesos naturales eran muy angostos encontraba evidencia de que algo había pasado por allí. En varios de estos sitios se había roto la piedra a fin de agrandar el hueco lo bastante para que cupiera algo que por lo menos medía tres metros de ancho. En uno de tales lugares el enano se detuvo para catar la piedra recientemente rota del ensanchado pasaje. No llevaba mucho tiempo expuesta; no más de uno o dos meses, a lo sumo.
El avance era muy lento, pero Marbete continuó. Sus antepasados theiwars habían sido moradores de riscos que habitaban en cavernas naturales, en lo alto de escarpadas laderas, y salvar salientes peligrosos era algo tan innato en él como para un daergar trabajar en los pozos de las minas o como excavar para un daewar.
Cuando el túnel cambió, sólo pudo suponer dónde se encontraba, pero sabía que por lo menos se había internado ochocientos metros en el estrato rocoso y muchas decenas de metros por debajo de la superficie.
Apenas acababa de atisbar el cambio en el túnel antes de que la antorcha que llevaba se apagara, y tuvo que encender otra. Pero cuando tuvo luz de nuevo sus ojos se abrieron de par en par. Los canales erosionados finalizaban bruscamente en una pared de roca mucho más dura y en esta pared había una abertura perfectamente redonda, y detrás de la abertura, un túnel perfectamente redondo que se curvaba hacia arriba. Calculó que el agujero tenía cuatro metros y medio de ancho.
Al entrar en él encontró un obstáculo: un tapón de piedra antiguo y erosionado que se había desgastado con el paso del tiempo y había caído hacia adentro. Ahora yacía en dos trozos, partido por la mitad, y la rotura sabía a reciente. Lo que quiera que hubiera pasado por aquí, había estado atascado por la «puerta» caída, y la había roto y la había cruzado.
Aunque la rotura era reciente, las superficies de la puerta eran inmensamente viejas; tanto, calculó Marbete, como las propias montañas. Los lados del túnel eran igualmente viejos, aunque exquisitamente excavados. Estaban perfectamente pulidos, lisos, sin siquiera la más pequeña marca de una herramienta que indicara cómo se había creado tal cosa. La única imperfección en el túnel era un mellado canalón que discurría por el fondo, encostrado de piedra caliza. El agua había corrido por aquí en el pasado, lentamente, pero durante mucho tiempo. Marbete miró a su alrededor y el misterio le causó un escalofrío. Era como si los propios dioses hubieran hecho este túnel mucho antes de que existiera cualquier otro ser para poder hacerlo.
Fascinado, siguió adelante, trepando a un ritmo constante por el extraño agujero. Hacia arriba y hacia adelante; el túnel era tan recto como un cable tirante. Recorrió casi quinientos metros, y luego otros tantos, y, de repente, se encontró en el final. Aquí, otra puerta de piedra se había erosionado y había caído; había permanecido así durante incalculables siglos y después había sido aplastada y apartada por algo muy grande y muy fuerte.
Al otro lado de la puerta machacada había una amplia zona abovedada; una esfera de brillante piedra tallada, a excepción del suelo, donde la piedra caliza había dejado capas duras sobre el granito, llenando casi un cuarto de la caverna. Cerca del centro, el suelo había sido roto. Había trozos irregulares de piedra caliza partida esparcidos por el lugar, en torno a un irregular crestón rocoso que semejaba el cráter de un pequeño volcán.
Marbete se acercó, sosteniendo en alto la antorcha, miró en el interior del agujero y silbó. De aquí había salido la cosa. En la cara interior de la piedra caliza había una impresión perfecta de un inmenso cuerpo enroscado. Podía ver la clara marca de una pata inmensa y garruda. Parte de la profunda concavidad en donde un enorme cuarto trasero había reposado, fundido con la cavidad aún mayor donde había quedado el molde del cuerpo en la piedra caliza. La cabeza, —podía ver pocos detalles, salvo que las mandíbulas eran muy grandes y que tenían un montón de dientes afilados—, había estado apoyada sobre un antebrazo o ala, y la larga y sinuosa cola había estado enroscada alrededor.
—Dormía aquí —se dijo el enano—. Dormía aquí y la piedra creció a su alrededor. Entonces despertó.
Buscó durante un rato, pero no había nada más que ver. Fuera lo que fuera la cosa, había estado sola. La caverna estaba completamente vacía, y la única salida era el camino por el que él había venido. Con las últimas dos antorchas que le quedaban, Marbete Salan desanduvo alrededor de dos kilómetros por los pasadizos y por fin salió al aire libre, en el punto por donde había entrado. El sol brillaba sobre la escarpa. Había transcurrido más de la mitad del día. Siguió la pared en dirección norte, por donde Damon el Anunciado había llevado a cabo la escalada, y empezó a trepar. Había notado que el nivel superior del farallón era de piedra lisa y vertical. Damon habría tenido que abrir asideros en ese tramo. Utilizaría los mismos.
En lo alto de la Falla encontró a su amigo hylar… y mucho más. Damon ya no estaba solo. Además de un hechicero muerto y otros dos vivos, se había reunido con una muchacha enana muy bonita y alguien que sólo podía ser una kender. La pequeña criatura fue la primera en ver a Marbete acercándose. Lo miró fijamente y después corrió a recibirlo.
—¡Dioses benditos! —exclamó—. ¡Otro enano! Pero te has perdido toda la diversión. Ahora ya no hay nadie haciendo magia. Soy Shill. Bueno, en realidad, mi nombre completo es Shillitec Medina Pieveloz, pero puedes llamarme Shill. Y supongo que tú eres Marbete. Damon dijo que venías con él. ¿Lo estás buscando? Está allí mismo, con Sauce. Ella es mi enana. Están empaquetando espejos y otras cosas. Ya han empaquetado a los hechiceros, ¿ves?
Señaló, y Marbete observó con atención. Dos hombres, uno de ellos seriamente magullado, yacían uno al lado del otro, atados de pies y manos. Unas mordazas les tapaban las bocas. Un tercer hombre yacía despatarrado a poca distancia, obviamente muerto.
Al lado de una pila de paquetes y bultos, Damon el Anunciado miró a su espalda, se puso de pie y se volvió. La chica que estaba con él también se incorporó, mirando fijamente al recién llegado.
—No les quites las mordazas, —advirtió Damon—. Son practicantes de magia y sus bocas son su mayor problema. —Se acercó, examinó a Marbete y preguntó—: ¿Qué encontraste?
—Su nido, —contestó—. O su cama. Esa cosa estuvo ahí abajo mucho tiempo antes de despertar.
—¿Había otras iguales?
—Sólo ella. Alguien la encerró en una cueva tanto tiempo como para que la ladera de la montaña aumentara más de medio kilómetro y varios palmos de piedra caliza crecieran a su alrededor. ¿Qué ha pasado aquí?
—Hechicería, —barbotó Damon al tiempo que entrecerraba los ojos—. Esos tres han estado aquí arriba haciendo mediciones topográficas, ¿puedes creerlo? Intentaban ocupar esta meseta y construir algún tipo de edificio mágico en ella, una torre de hechicería o algo así, pero ya he puesto fin a ese asunto. Los invité a que se marcharan, pero prefirieron luchar. Ojalá hubieras estado aquí. No me habría venido mal un poco de ayuda.
La enana se había aproximado a ellos y manifestó bruscamente:
—¡Tuviste ayuda, en caso de que lo hayas olvidado! Si no hubiera sido por mí, ahora estarías muerto.
—Lo siento, —asintió Damon—. Sí, tuve ayuda. Marbete, esta es Sauce Nube de Estío. Es de Cañada del Viento, y…
—La recuerdo. —Marbete sonrió e hizo una breve reverencia.
—… y nos siguió cuando nos dirigimos hacia el oeste.
—Yo la traje aquí —gorjeó la kender—. Nunca había montado en un ave, pero ahora ya lo ha hecho. Graznido quería que alguien hiciera algo respecto a estos hechiceros, así que salimos en busca de un enano y ella fue a la primera que encontramos. Chicos, ¿sabéis que los dos tenéis las barbas chamuscadas?
—¿Qué hacemos con los hechiceros? —preguntó Marbete a Damon.
—En realidad no lo sé, pero no podemos dejarlos aquí. Se pondrían a construir torres otra vez.
Marbete desenvainó su espada corta.
—No te preocupes, —dijo—. Sólo tengo que cortarles el cuello.
El hechicero de las ropas sucias dio la impresión de que iba a desmayarse de un momento a otro, pero el mago que estaba más cerca, un hombre de barba, con polainas de piel de gamo y una correa roja, se debatió y se esforzó contra las ataduras, en tanto que su voz ahogada se hacía audible tras la mordaza.
—Quiere hablar, —dijo la pequeña kender.
—Por supuesto que sí —se mofó Damon—. Quiere pronunciar un conjuro.
El hechicero sacudió la cabeza vigorosamente, intentando hablar otra vez. Damon se puso en cuclillas a su lado.
—¿Tienes algo importante que decirnos?
El hombre asintió.
—¿Nada de conjuros? —inquirió Damon.
El hombre lo consideró un momento y después hizo una seña a Marbete.
—Quítale la mordaza, —dijo—. Pero no te muevas de su lado; y, si dice una palabra, una sola palabra que no entiendes, mátalo.
Ya con la mordaza quitada, Megistal se aclaró la garganta.
—No serviría de nada matarnos. Con Tantas muerto, Sigamon y yo no podemos continuar nuestro proyecto. Se requieren tres.
—Entonces ¿no habrá torre? —preguntó Damon.
—Oh, sí habrá torre, —contestó el hombre—. Otros nos siguen. Terminarán el proyecto, estemos o no estemos aquí.
—Que te crees tú eso, —gruñó Damon—. Thorbardin se encargará de que no lo hagan.
—No podéis detener a las Órdenes de la Alta Hechicería. —Megistal suspiró.
—Podemos intentarlo, no te quepa duda. Y con todas las estacas de señalización quitadas…
—Ahora ya da lo mismo. Hemos terminado la prueba de las piedras, y la Piedra de los Tres está plantada en el punto central. Lo único que resta para poner los cimientos de la torre es la prueba de los espejos. Los otros encontrarán la Piedra de los Tres y completarán los sondeos. Entonces la construcción dará comienzo, y nada de lo que tú o todos los enanos de esta tierra hagáis será capaz de detenerla.
—Dime dónde está la Piedra de los Tres, —exigió Damon.
—No. —Megistal bajó la vista—. Mátame si quieres, pero eso no te lo diré.
La kender estaba al lado de Damon. Metió la mano en la bolsita que colgaba de su cinturón y sacó una bujería.
—¿Es esta? —preguntó.
—¡Suéltala! ¡Vuelve a ponerla en su sitio! —voceó el hechicero, con los ojos desorbitados por la incredulidad—. ¡No es tuya, pequeña… descuidera!
De manera repentina, la cuchilla de Marbete se situó delante de la expuesta garganta del hechicero, y Damon tuvo que actuar con rapidez para impedir que lo degollara.
—¡Espera! —ordenó—. ¿Qué haces?
—Dijo una palabra que no entendía, —explicó Marbete mientras se encogía de hombros.
—Sólo significa «ladrona» —gruñó Damon. Volviéndose, cogió la piedra de la mano de la kender y la miró. Era una gema ovalada, un objeto pulido, con muchas facetas. Su color parecía variar de manera constante mientras la giraba a la luz del sol, pasando de transparente a un blanco lechoso, a diversos matices de rojo, gris y negro azulado.
—Así, sobre la marcha, yo diría que es Piedra de los Tres —dijo el enano—. ¿Para qué vale?
—¡Suéltala! —gritó Megistal—. ¡No sabes lo que haces! Sólo hay siete de esas, una para cada Torre de la Alta Hechicería. Sin ella… ¡Sin las siete torres al completo la magia jamás estará debidamente equilibrada!
—Penoso, —rezongó Damon. Despreocupadamente, alzó la cambiante gema hacia la luz y después la probó con la lengua. Arrugó la nariz en un gesto de asco. El objeto no sabía como una gema normal, natural. Tenía un gusto terrible.
—¿Qué crees que estás haciendo? —demandó Megistal.
—Os estoy quitando del negocio de construcción de torres. —Damon se puso de pie, guardó la gema en su propia bolsa del cinturón, y cerró la tapa.
—¡Eh! —protestó la kender—. ¡Es mía! ¡Yo la encontré!
—¿Los matamos ahora? —preguntó Marbete al tiempo que volvía a poner la mordaza al hechicero.
—No. —Damon vaciló—. Probablemente deberíamos, pero… no. Quizá hagan correr la voz de que los magos no son bien recibidos aquí.
—¿Qué vamos a hacer con ellos?
—Dejarlos, —decidió Damon—. Para cuando se hayan soltado, estaremos muy lejos de aquí. —Se volvió hacia Megistal—. Puedes dar las gracias por haber conservado la vida, humano. No olvides que se te ha ordenado salir de Kal-Thax. Te sugiero que te marches tan pronto como puedas moverte.
Mientras los dirigentes de los clanes de Thorbardin, reunidos en sesión extraordinaria sobre una repisa rocosa despejada para la ocasión y que se asomaba a los muelles de Daebardin, se metían en materia y escuchaban los informes de Grana Piedra de Molino y de Mazo Puntal de Martillo, Plumín Cuño de Runa deambulaba al tuntún por el área como una pequeña y oscura nube. Con la cabeza gacha y las manos cruzadas a la espalda, caminaba de aquí para allí mascullando para sí, a veces obligando a otros a desviarse bruscamente hacia un lado para evitar chocar con él.
Sumido en sus reflexiones, intentó recopilar sus ideas en un orden lógico y práctico, como cualquier buen enano haría si algo lo incordiaba. Pero parecía no servir de nada. Oh, claro que había cosas que lo incomodaban. No estaba nada satisfecho con lo de la reunión informal del consejo. Plumín adoraba la pompa y la ceremonia, y los jefes habían prescindido de todo ello y habían ido directamente al grano.
El asunto de la bestia asesina que se había lanzado sobre Kal-Thax también lo preocupaba. Era terrorífico e intranquilizador que pudiera haber semejante criatura justo aquí, en las montañas de los clanes enanos. ¿Qué clase de ser era? ¿De dónde venía? ¿Habría otros iguales en algún sitio? ¿En qué estaría pensando Damon el Anunciado para emprender la loca empresa de buscar el nido de esa cosa? Damon iba a ser el «Padre de Reyes», si es que había algo de cierto en las viejas historias sobre su nacimiento. Y ahora estaba ahí fuera, en territorio salvaje, en alguna parte, casi como si buscara provocar su muerte.
Era Mistral Thrax quien le había dicho a Plumín que Damon estaba destinado a ser el Padre de Reyes. El propio Mistral Thrax lo había oído de boca del espectro de Kitlin Pescador, que era una leyenda. Mistral lo había creído, y Plumín deseaba que fuera verdad… aunque no acababa de hacerse a la idea de imponer un rey a los suyos.
Pero, si Damon se echaba a los caminos en tierras agrestes y hacía que lo mataran, entonces nada de esto podría hacerse realidad.
Plumín siguió paseando, rezongando para sí, y preocupándose.
Estaba el problema de los hechiceros humanos que habían desaparecido de la Calzada del Tránsito; primero, tres, y ahora, si se daba crédito a la gente de la frontera ergothiana, quizá un centenar o más. ¿Qué hacían los humanos en Kal-Thax? ¿Qué se traían entre manos? Y lo que hacía esto aún más terrible es que se trataba de practicantes de la magia. Para un enano, eso era tan atemorizante como repulsivo.
Y la intranquilidad de Grana Piedra de Molino acerca del antiguo túnel daewar que conducía a la montaña Fin del Cielo; eso también era una gran preocupación. ¿Estaba realmente cegado el túnel? ¿Estaba a prueba de practicantes de magia? Y si no, ¿podría rectificarse ese fallo? Plumín Cuño de Runa sabía muy poco sobre magia, pero su intuición le decía que cualquier cosa que se hubiera cerrado podía abrirse.
A su entender, el único modo de que el antiguo túnel fuera seguro es que no lo hubiera. Y su instinto le decía que si, de alguna forma, quedaba borrado de la memoria, entonces ni siquiera la magia podría sacarlo a la luz.
Vagando por las calles del puerto de Daerbardin, Plumín continuó preocupándose y echando humo. Algo lo incomodaba; una especie de corazonada o intuición que parecía escabullirse cuando estaba a punto de concretarse. No estaba seguro de cuál de sus muchas preocupaciones era.
¿Podía ser el hecho de que la Puerta Norte, aunque casi terminada, seguía siendo un acceso abierto? ¿O el hecho de que no se hubieran tenido noticias de la patrulla de Cale Ojo Verde desde que había partido tras las huellas de la criatura de la niebla? ¿Sería algo que había comido y le había sentado mal?
Hizo memoria de las muchas cosas que podían ser motivo de preocupación para él, buscando alguna clave de cuál había surgido en sus pensamientos repentinamente pasando de ser inquietud a terror innato. Mistral Thrax había sido siempre un enano intuitivo que a menudo parecía saber un poco más sobre las cosas de lo que en realidad debería saber. Según él, le había venido por haber estado expuesto a la magia una vez. Se había recuperado de los efectos mágicos, le contó, pero algunos vestigios permanecían retardados, como débiles ecos.
Quizá algunos de esos ecos hubieran pasado a Plumín Cuño de Runa.
Estaba la cuestión que se había convertido en tema principal entre los dirigentes casi desde el mismo instante en que Barek Piedra la planteó. El punto de que, en una emergencia, Thorbardin podía tener un solo líder. Como el capitán general de las fuerzas militares había expuesto, la cuestión era evidente e indiscutible. Pero para Plumín, como para casi todos los enanos de Thorbardin, la idea de que todo el mundo estuviera dirigido por una sola persona resultaba atemorizadora. Y, lo que era aún peor, rayaba en lo herético.
Sólo una vez había habido alguien que había intentado ser rey de todos los enanos, y ese alguien fue el maníaco Glome, hacía noventa años. Glome había muerto por ello, pero el episodio había reafirmado algo en que todos los enanos se mostraban de acuerdo: no querían tener un rey.
Y tampoco nadie quería ser rey. Ningún enano en su sano juicio, en opinión de Plumín, buscaría tener un trabajo así. Pero, en caso de una emergencia real, alguien tenía que ponerse al mando.
Plumín se rascó la barba, sacudió la cabeza y reanudó su ir y venir; entonces alzó la vista y sus ojos se abrieron como platos. Se encontraba a la orilla del agua, —el lago subterráneo llamado el mar de Urkhan—, y algo, una ilusión óptica, había atraído su atención hacia la gigantesca estalactita que colgaba sobre el centro del lago desde las sombras del techo de la gran caverna. La estalactita era la estructura natural de piedra viva más grande que cualquiera de ellos había visto nunca. Probablemente era la mayor estalactita del mundo. Se llamaba el Árbol de la Vida, y en su interior se hallaba la floreciente ciudad de Hybardin, hogar del clan hylar.
Los conductos solares instalados sobre Daebardin iluminaban la costa claramente, pero en el centro del lago había una penumbra, como si se estuvieran formando nubes en torno al Árbol de la Vida; unas nubes oscuras que se extendían en todas direcciones para ensombrecer los abovedados techos de Thorbardin.
Plumín parpadeó y se frotó los ojos. Una ilusión óptica, se dijo. Pero seguía allí, y ahora una figura fantasmal pareció surgir en las nubes. Inmensa, fluctuante y apenas perceptible, podría haber sido un débil espejismo, pero Plumín la contemplaba boquiabierto con respetuoso sobrecogimiento. Era el vago perfil de un enano, y parecía pasar de un contorno a otro. En un instante parecía ser un viejo enano apoyado en una muleta, —tal como Mistral Thrax se recostaba en la suya a veces—, y al instante siguiente era ligeramente distinto, como un enano andrajoso, cubierto de heridas y abrumado por el dolor, que sostenía un arpón en la mano.
Plumín lo observó fijamente, tragó saliva y miró a su alrededor para comprobar si alguien más había reparado en el fenómeno. Pero, al parecer, nadie más lo había visto. La gente iba y venía a su alrededor, dirigiéndose presurosa aquí y allí, como siempre, pero ni siquiera los que echaban una ojeada hacia el lago mientras pasaban parecían notar nada raro. Sin embargo, cuando Plumín se dio media vuelta, la cambiante imagen de la nube seguía allí visible para él. Unas voces sonaron en su mente ahora; voces que susurraban al unísono:
Lo que uno teme no son los dientes de un dragón, ni la cola ni las garras, susurraban las voces. Lo que se teme cuando la mente evoca un dragón es al dragón en su totalidad.
—¿Qué? —preguntó Plumín en voz alta. A su alrededor, varios enanos echaron una ojeada en su dirección, arquearon las cejas en un gesto de curiosidad y después prosiguieron su camino.
No es este o aquel pergamino el que contiene sabiduría, musitaron de nuevo las voces en su cabeza. La sabiduría no se encuentra en ningún pergamino… si bien está en todos ellos.
Plumín frunció el entrecejo, sacudió los brazos y gritó:
—Por Reorx bendito, ¿qué significa eso?
A su alrededor la gente se detuvo, lo miró de hito en hito y después se alejó presurosa, esperando que fuera lo que fuera lo que afectaba al custodio de legajos no fuera nada contagioso. La visión de la nube fluctuó del viejo apoyado en una muleta al enano sosteniendo un arpón y viceversa.
Un radio no es una rueda, susurraron las voces de la mente. Una punta no es una flecha, ni el grano es pan. Conocimiento no es sabiduría, Plumín Cuño de Runa, ni una pieza es el rompecabezas.
—¿Se supone que eso tiene que tener algún sentido? —chilló Plumín—. ¿Qué significa?
Los miembros de una compañía de guardias que pasaban cerca se miraron entre sí y sacudieron las cabezas. El custodio de legajos estaba cada día más raro.
Las voces mentales guardaron silencio un momento mientras la visión fluctuaba y cambiaba. Entonces una única voz, una voz titubeante y extrañamente modulada, le susurró:
Tus preocupaciones tienen fundamento, Plumín Cuño de Runa. Thorbardin corre peligro. Cuidado.
Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, la voz dio paso a otra y Plumín dio un respingo:
¿Qué es lo que te enseñé?, siseó la voz de Mistral Thrax en su mente. ¿Qué fue lo primero y lo fundamental que intenté meter en tu dura cabezota?
Entonces, tan rápidamente como había aparecido, o había dado la impresión de aparecer, la visión se desvaneció, si bien la sensación de nubes flotando sobre Thorbardin permaneció. Quizá el custodio había tenido una visión, y quizá sólo lo había imaginado, pero de repente los vagos temores en su mente se hicieron certeza. Dio media vuelta, el semblante más blanco que el hielo del invierno.
¡Lo fundamental! La sabiduría no es saber algo. La sabiduría es todo el conocimiento que uno tiene, expresándose a su manera, revelándole a la mente cosas que están más allá del conocimiento.
«La intuición —le había dicho Mistral Thrax hacía muchos años—, es la sabiduría que intenta pasar a través de los angostos pasajes de la mente».
Plumín sabía ahora lo que lo había estado incomodando. No era sólo el misterio de los magos, ni sólo la bestia asesina que rondaba por las montañas, ni sólo la cuestión de cómo afrontar una emergencia. Era la combinación de todas esas cosas juntas.
De algún modo estaban conectadas entre sí; de algún modo, estaban relacionadas y eran partes distintas del peligro que Plumín presentía.
¡Thorbardin corría peligro, y las oscuras nubes que percibía eran un augurio!
Se aproximaba una época tormentosa.
—¡Barek Piedra tenía razón! —anunció Plumín a nadie en particular, si bien los que pasaban cerca sufrieron un sobresalto y se volvieron para mirarlo—. ¡Los magos vendrán a Thorbardin y tendremos que combatirlos! ¡Y la bestia de la niebla está ahí fuera por culpa de los magos!
Dispersando espectadores en todas direcciones, Plumín Cuño de Runa corrió tan deprisa como sus cortas y fuertes piernas se lo permitieron, encaminándose hacia el pabellón donde los dirigentes de los clanes se enfrentaban en ese momento a la cuestión de cómo actuar en una emergencia que pudiera amenazar a toda la fortaleza y al reino que protegía.
Mientras se acercaba, Plumín no dejaba de gritar:
—¡Escuchadme! ¡Oídme! ¡No necesitamos un rey, pero necesitamos un…! ¡Necesitamos un…! Oh, herrín, ¿cuál es la palabra adecuada? ¡Un…, un ejecutivo! ¡Un consejo puede regir, pero alguien tiene que mandar!
En el pabellón, rostros perplejos se volvieron hacia él.
—¿Qué diantres está farfullando el cronista? —preguntó Olim Hebilla de Oro, volviéndose hacia Willen Mazo de Hierro—. Es un hylar, Willen. ¿Tiene algún sentido para ti lo que dice?
Por un instante el jefe hylar no respondió. Luego, lentamente, asintió con la cabeza.
—Sí, tiene sentido. Y, por Reorx, ¡tiene razón! —Se puso de pie y levantó las manos pidiendo silencio. Cuando tuvo la atención de todos dijo—: Propongo una regencia. Todos estamos de acuerdo en que Thorbardin no necesita rey, pero debemos tener a alguien que pueda dirigirlo todo cuando sea preciso. Un regente podría tener total autoridad para dirigir y dar órdenes y, sin embargo, no ser rey. Sería un jefe de jefes.
Los dirigentes consideraron la idea.
—¿En qué se basaría tal autoridad? —preguntó Talud Tolec.
—En la aprobación del consejo, —repuso Willen—. Aprobación dada de antemano para ciertas acciones en ciertas condiciones.
—No obstante, el problema continúa, —retumbó Vog Cara de Hierro—. Puede ser que llegue el día en que los daergars sigan a un theiwar o los theiwars a un daewar, pero ese día no ha llegado aún. ¿Por qué iba un daergar a seguir a uno que no es daergar, o un theiwar a alguien que no es theiwar?
—Porque seguirían a sus propios jefes, —dijo Willen—. Un regente no sólo representaría al consejo, sino a todos y cada uno de nosotros, los dirigentes.
—Los kiars siguieron a los hylars una vez, —comentó Pekka Trune—. No lo lamentamos. ¿Sería Willen Mazo de Hierro regente?
—No tengo el menor deseo de serlo. —El hylar sacudió la cabeza—. Olim Hebilla de Oro es el mayor aquí. Que sea él el regente.
—¡Ni hablar! —resopló Olim—. Vosotros sois jefes de vuestros clanes. Yo soy príncipe de mi pueblo. Si me convirtiera en regente, aunque lamento tener que admitirlo, los daewars podrían volverse realmente insufribles.
—Ya lo son, —rezongó un theiwar de la escolta.
—A mí no me miréis. —Talud Tolec se retiró de la mesa cuando las miradas se volvieron en su dirección—. No quiero ser regente. Ni siquiera quería ser cabecilla de los theiwars.
Vog Cara de Hierro se quitó la máscara metálica, y su zorruno rostro, enmarcado por el cabello entrecano, se arrugó en un gesto ceñudo.
—Rehúso que se me tome en consideración para ese puesto —declaró—. Soy daergar y jamás seré menos… ni más.
—Bueno, pues de esta mesa no nos levantamos hasta que alguien sea elegido regente, —resopló Olim.
—Por Reorx —rezongó Plumín—. Y yo que pensé que se me había ocurrido una buena idea.