6

Las sombras de Cabezas de Yunque

Durante largo rato todo fue silencio en el prado alto que descendía hacia las quebradas detrás de las cuales se alzaba la Falla. Una zona ovalada, del tamaño de una pequeña aldea, aparecía calcinada como si la hubiera abrasado un fuego instantáneo. Dentro de ella, unos cuantos tocones de matorrales carbonizados asomaban entre las cenizas, y en el centro yacían tres formas inmóviles, ennegrecidas. Mientras el sol se metía tras los picos Cabezas de Yunque, una de las formas se agitó, gimió y volvió a moverse. Al cabo de un rato, se incorporó un poco y se sentó; unos ojos solemnes parpadearon en medio de un rostro ennegrecido por el humo y enmarcado por un yelmo chamuscado y unos ralos mechones de lo que había sido una espesa barba.

Damon el Anunciado no tenía la menor idea de lo que había ocurrido. En cierto momento sus dos escoltas y él descendían cabalgando una larga vertiente, con la Falla elevándose frente a ellos a pocos kilómetros, y al momento siguiente estallaba una luz cegadora y un intenso calor, y después, nada. Tenía la garganta muy seca, y sentía la piel expuesta de su rostro, sus brazos y sus piernas como si se hubiera arrastrado a través de una forja en pleno funcionamiento.

Lentamente, con los dientes apretados, se puso de pie y se volvió hacia donde sonaba un débil gemido, muy cerca. Alguien más estaba vivo todavía. Se arrodilló junto a la caída figura, preguntándose quién sería, y entonces vio la estropeada visera de malla, sujeta todavía a su correa a pesar de que el yelmo del enano se había caído.

—Marbete, —llamó con una voz tan ronca que recordaba el chirrido de una lima contra un yunque—. Marbete, despierta.

La figura rebulló, gimió y masculló:

—¿Qué ha pasado? ¿Nos ha caído un rayo? ¿Quién…? ¿Damon? ¿Estás herido?

—No demasiado, —contestó—. ¿Y tú?

—He tenido días mejores, —admitió el theiwar. Se incorporó con esfuerzo para ponerse sentado y miró en derredor a través de la malla que probablemente le había salvado la vista de sus ojos, tan sensibles a la luz—. ¿Dónde…, dónde está ese condenado daewar sonriente?

—Cobre, —musitó Damon, al recordar a su otro compañero. Se puso de pie y miró a su alrededor. Luego echó a correr hacia donde yacía tendido el otro cuerpo. Se arrodilló al lado y después se levantó y se dio media vuelta. Cobre Bota Azul estaba muerto, el peto de la armadura completamente aplastado. Si había sobrevivido al fuego, no había sobrevivido a la caída. Daba la impresión de que su caballo hubiera rodado sobre él. Y no había señales de los animales por ningún sitio.

—Está muerto, —le comunicó al theiwar—. Y todos los caballos se han marchado con la mayor parte de nuestros equipos. —Se limpió los ojos de hollín, y alzó la vista al cielo y al mundo que lo rodeaba—. ¿Cómo pudo ser un rayo? —se preguntó—. No había nubes.

—Recuerdo algo más, —dijo Marbete mientras se incorporaba—. Justo antes…, antes de que pasara lo que quiera que fuera. Fue como si el mundo se volviera del revés. Nos habíamos estado dirigiendo hacia el oeste y de pronto íbamos, o eso parecía, hacia el sur. Lo que antes teníamos delante, estaba a nuestra derecha.

—Pero no lo estaba, —lo corrigió Damon—. Era como si hubiésemos dado la vuelta, pero no lo habíamos hecho. Y el terreno tenía un aspecto extraño. No parecía del todo normal, como si justo detrás de la vista de media vuelta hubiera otra, una que no había cambiado.

—Eso es, —asintió Marbete—. También reparé en ello. Y tú insististe en seguir de frente, y cuando lo hicimos la vista de media vuelta desapareció y las cosas volvieron a ser como antes. ¿Qué fue lo que pasó?

—No lo sé —admitió Damon—. Jamás había visto algo así. —Dio unos pasos y se arrodilló de nuevo junto al cuerpo de Cobre Bota Azul. Cerró los ojos fijos y sin vida y cruzó los brazos del daewar sobre el pecho destrozado.

—Viajero, —musitó el corpulento hylar—, tus viajes han terminado. Everbardin te abre sus puertas.

—¿Qué era eso que has dicho? —le preguntó Marbete Salan, que se había acercado a su lado.

—Es sólo algo que decimos los hylars. —Damon se encogió de hombros—. Se remonta a los tiempos antiguos, supongo, cuando algunos de nosotros éramos calnars, en un lugar muy lejano.

—Le habría gustado que se lo enterrara, —dijo Marbete.

—Sí. —Damon se puso de pie otra vez y merodeó por la zona, con Marbete pegado a sus talones. No lejos del cuerpo de Cobre encontraron unas cuantas herramientas y un rollo de cordel de cáñamo que probablemente habían caído del interior de un petate cuando los caballos habían huido desbocados. Las herramientas, igual que las armas y el equipo que llevaban consigo, estaban chamuscadas pero seguían siendo servibles: un cincel, un pico y una palanca. Damon escogió el cincel y descolgó el escudo y el martillo que llevaba encima. Le tendió el pico a Marbete—. Aquí, donde cayó —dijo—. La piedra es fina y debajo hay capas blandas donde podremos cavar con nuestros escudos. Lo enterraremos aquí.

Trabajaron hasta bien entrada la noche para enterrar a Cobre, y después compartieron el agua que le quedaba a Damon en su cantimplora y se sentaron a descansar. De repente, Marbete señaló y se incorporó de un brinco.

—¡Allí! —gritó—. Ahí está otra vez.

Damon se puso de pie y estrechó los ojos. Pasaron varios segundos y entonces un fugaz destello brilló en la distancia, en lo alto de la imponente pared de la Falla. Transcurrieron otros cuantos segundos, y después se produjo otro destello. Luego sólo hubo oscuridad.

—Hay alguien o algo allí arriba, —dijo Damon—. Esos destellos son iguales que los que vimos hace unas horas. Tres, como antes, y después nada.

—Tres colores diferentes, —añadió Marbete—. No había caído en la cuenta hasta ahora, pero uno de los destellos, el primero, tenía un tono rojo. El segundo era blanco, y el tercero, más azul. ¿Te fijaste?

—No percibí la diferencia, —admitió Damon—. Claro que tus ojos theiwars ven mejor que los míos después de anochecer. —Hizo una pausa—. ¿Azul, dices? ¿El tercer destello era azul?

—Un poco, —contestó el theiwar.

—Como la luz que nos quemó —musitó Damon—. En el instante en que la vi me pareció azul. —Se volvieron a sentar y Damon añadió pensativamente:— De ahí es de donde esa cosa, la cosa asesina, debe de haber venido. En alguna parte, allí arriba. Pero esas personas del pueblo no dijeron nada acerca de destellos luminosos. Me preguntó qué será.

—Allá, en Cañada del Viento, tu tío partió con diez neidars para buscar a la bestia, —dijo Marbete—. Los demás neidars fueron en otra dirección. ¿Hacia dónde se dirigían?

—A la Calzada del Tránsito, —comentó Damon—. Les habían comunicado algo sobre unos magos humanos que habían salido de la calzada. Pero… —Enmudeció, sintiendo un cosquilleo en la nuca y en la espina dorsal. Su mirada fue hacia lo alto de la Falla—. Hechiceros, —siseó—. ¡Magia! ¿Crees que…?

—¿Supones que era magia lo que nos golpeó, Damon? —gruñó Marbete—. ¿Qué alguien nos atacó deliberadamente… con magia?

—Nunca he visto magia. —Damon se encogió de hombros—. Pero pudo haber sido eso. Si lo era, más vale que hagamos algo con quienquiera que la está utilizando.

En su voz no se advertía la rabia que Marbete sentía, y el theiwar se preguntó una vez más qué haría falta para despertar la ira del corpulento hylar.

—Bien, no consiguió matarnos, —dijo Marbete—. Todavía no, al menos.

—Si alguien usó magia contra nosotros, entonces es que ese alguien nos ha visto. Y puede volvernos a ver aquí, en esta ladera despejada. ¿Qué te parece la idea de viajar por la noche?

—Mejor aún que a ti, —le recordó el theiwar—. Desde luego no soy un daergar, que podría contar las huellas de pisadas en un oscuro pozo de mina, pero veo muy bien a la luz de la luna.

—Entonces creo que será mejor que nos pongamos en marcha. Para cuando haya amanecido podemos estar en aquellas quebradas que hay al pie del precipicio. Descansaremos entonces, a cubierto.

Con los ojos desorbitados por el terror, Sauce Nube de Estío se aferraba desesperadamente a las pequeñas correas del arnés de Graznido mientras la gigantesca ave se remontaba más y más en el cielo. El arnés no era más que unas correas de cuero fino atadas por delante y por detrás de las alas del ave, y unidas entre sí por una tira de lo que parecía ser tela desechada, sujeta descuidadamente con unos nudos que tenían el aspecto de ir a desatarse en cualquier momento.

El primer despegue casi había terminado en desastre. La kender, Shill, no se había tomado la molestia de explicar a la enana cómo se sostenía uno sobre el lomo de un ave, y Graznido estaba sólo a unos quince metros sobre el suelo cuando las botas de Sauce resbalaron en las lustrosas plumas, y la enana cayó junto a una enorme ala, salvándose únicamente gracias a que se aferró con todas sus fuerzas a la inmensa garra que había debajo.

En el aterrizaje, había rodado, dado tumbos y recibido buenos zarandeos, pero finalmente aceptó intentarlo una vez más cuando Shill le enseñó cómo sentarse justo detrás de las gigantescas alas, utilizando la tira de tela como un agarradero y las piernas y los pies como anclajes. Ahora Sauce se sacudió el cabello que el viento le había echado a los ojos, miró al suelo y deseó haber decidido ir caminando. Abajo, el mundo estaba muy lejos y era minúsculo. Los picos y los valles parecían pequeñas arrugas entre campos mal arados, y lo que la enana sabía que eran grandes árboles en las laderas bajas, parecían poco más que pedacitos de arbustos.

—¡Vamos demasiado alto! —gritó, oyendo cómo el viento se llevaba sus palabras.

Delante de ella, la pequeña kender se volvió y dijo:

—¿Qué?

—¡Vamos demasiado alto! —repitió Sauce—. ¡No me gusta estar tan arriba! ¡Me prometiste que este pájaro volaría bajo y despacio!

—Oh. —Shill sonrió—. Bueno, para Graznido, esto es volar bajo y despacio. No pierde el tiempo haciendo el tonto cuando se trata de volar.

—Confío en que no, —exclamó Sauce.

—Claro que si decide hacer picados y toneles y acrobacias por el estilo entonces se vuelve muy emocionante…

—¡No! —chilló la enana.

—¿Qué?

—¡Nada de picados ni de toneles! ¡Nada de acrobacias! Ya es bastante malo así.

—Deduzco que no vuelas con frecuencia, —decidió Shill—. Bueno, no te preocupes. Esto sólo es una gira rápida para que puedas ver lo que han estado haciendo esos hechiceros. ¡Oh, mira! —Señaló hacia el suelo, medio incorporada, precariamente, sobre los hombros del ave—. Veo gente ahí abajo, montada en caballos. ¿Crees que son más enanos?

Agarrándose con toda clase de precauciones a la frágil tira de tela, Sauce se inclinó de lado y miró hacia abajo. A una distancia de vértigo, tres pequeños puntos descendían lentamente por una ancha ladera.

—¿Y bien? —insistió Shill—. ¿Son enanos?

—¿Quién puede asegurarlo desde aquí arriba? —replicó con brusquedad—. ¡Siéntate antes de que te caigas!

Shill pareció desconcertada durante un instante.

—Pensé que quizá los conocías, —dijo—. Unos enanos conocen a otros enanos, supongo.

—¡Siéntate sin moverte y agárrate! —El nudo delantero de la tira de tela se deshizo y Sauce cogió la punta con la mano libre—. ¿Quién infiernos ha atado este… esta cosa?

—Yo, —contestó Shill alegremente—. Muy ingenioso ¿eh? Cuando Graznido quiso que fuera con él a buscar un enano pensé que sería una buena idea hacerlo. Por supuesto, no tuve mucho tiempo para trabajar en ello, pero resultó bien. ¿No te parece divertido?

Dominando los nervios, Sauce volvió a atar el nudo rápidamente y después se agarró de la tira otra vez en el momento en que Graznido viraba a la izquierda, todavía ganando altura. El mundo allá abajo se iba haciendo más y más pequeño.

—Eso de allí delante es la Falla, —señaló la kender—. Los enanos le pusisteis ese nombre. No puede decirse que seáis muy imaginativos. Si hubiese sido yo, lo habría llamado Vertigo o Sube y Bajas o algo así de ingenioso, pero supongo que la Falla no está mal. Recuerdo que una vez mi madre cazó una comadreja y le puse de nombre…

Sauce intentó hacer oídos sordos a la cháchara de la kender en tanto que observaba con los ojos entrecerrados el tajo de kilómetros de longitud que se alzaba como una inmensa pared de piedra, frente a las estribaciones orientales. A partir del borde, hacia el oeste, arrancaba el altiplano que ascendía suavemente hacia las todavía distantes Cabezas de Yunque. Y sobre la meseta se divisaba una fea cicatriz negra que parecía medir unos ochocientos metros de punta a punta.

—¿Qué es eso? —preguntó la enana.

Shill miró hacia donde le señalaba y sacudió la cabeza.

—No lo sé. No estaba ahí cuando pasamos antes. Da la impresión de que haya habido un fuego.

—Sí, así es, —se mostró de acuerdo Sauce.

—¡Oh, mira! Ahí están esos. ¿Los ves? Justo al borde del precipicio. Son los tres que están haciendo todos esos relámpagos y rayos y truenos y todo lo demás.

Sauce apenas alcanzaba a distinguir a los tres hombres allá abajo, muy lejos; eran poco más que unos puntitos al mismo borde del precipicio. Estrechó los ojos, forzando la vista.

—¿Crees que podríamos descender un poco para echar una ojeada desde más cerca? —preguntó luego.

La kender trinó algo en su lenguaje de pájaro, y la gran ave le respondió con un único sonido que le salió de lo más profundo del pecho.

—Graznido dice que no. —Shill se encogió de hombros—. Dice que esos hombres no son amigos suyos y que no quiere tener nada que ver con ellos. Dice que para eso estás tú aquí. Quiere que discurras qué hacer respecto a ellos.

—¿Todo eso ha dicho? —Sauce había abierto unos ojos como platos.

—Bueno, no con tantas palabras, pero era lo que quería decir.

—Bien, pues, no tengo ni la más remota idea de qué hacer con esos magos y, además, no es ese el motivo por el que vine aquí. Estoy buscando una cosa que arrasó mi pueblo y mató a casi todo el mundo.

Shill se volvió para mirar a su pasajera con unos ojos relucientes de curiosidad, y Sauce cayó en la cuenta de que la pequeña kender se había incorporado otra vez y plantaba el peso en un pie y en otro de manera alternativa, como si bailara al ritmo del batir de alas de Graznido.

—¡Estate quieta! —instó la enana—. ¡Me estás poniendo nerviosa! —Sauce volvió la cabeza hacia un lado y parpadeó cuando una luz brillante estalló en la ladera de una montaña, bastante lejos a su espalda.

Shill también lo había visto y empezó a dar saltos por la excitación, manteniendo un precario equilibrio sobre la espalda del ave, que seguía remontándose.

—¿Has visto eso? —preguntó señalando—. Son esos hechiceros. Ya han empezado otra vez.

El destello desapareció en un instante, pero el humo subió en arremolinadas volutas en donde había estallado el fogonazo.

En ese momento, Graznido extendió las grandes alas, planeó y se zambulló de cabeza. Shill perdió pie y cayó por un costado.

Con un respingo, Sauce soltó la tira de tela, enganchó el pie a una de las correas, y se lanzó tras ella. Sus dedos se cerraron en torno a una fina muñeca y la enana tiró hacia atrás y consiguió subir a la kender de nuevo a la espalda del ave.

—¡Te dije que te sentaras! —chilló la enana.

—¡Caray! —gorjeó Shill—. ¡Eso sí que fue emocionante! —Gateó hasta ponerse en su sitio otra vez, delante de la enana, y se agazapó allí, con los ojos relucientes.

La gran ave había hecho un rápido giro dejando atrás la cumbre de la Falla y ahora descendía volando en círculo, hacia las laderas boscosas que ascendían por encima de la meseta. Shill gorjeó algo y luego se volvió hacia Sauce.

—Dijiste que querías echar una ojeada más de cerca, —dijo—. Graznido nos va a soltar donde están esos árboles, para que podamos hacerlo.

—¿Soltarnos? —Sauce frunció el ceño—. Espero que tenga intención de aterrizar primero.

—Oh, claro. Siempre aterriza. Ahí es donde me deja cuando observo a los hechiceros. Ya he estado en ese sitio varias veces. Por supuesto, he procurado que no me vieran, porque no parecen muy amigables. Pero a veces han dejado tiradas algunas cosas interesantes que supuse que ya no les hacían falta. Tengo un cáliz, y una cosa de piedra negra reluciente, y un par de zapatos con los que no sé qué hacer porque no son de la talla de nadie que conozco. Ah, y encontré varias estacas talladas con pequeños dibujos y runas. Estaban clavadas por el suelo al tuntún, aquí y allí.

Sin que lo molestara lo más mínimo la pareja que hablaba y se movía a su espalda, Graznido afirmó las enormes alas y se dirigió hacia una hendidura arbolada que había en las laderas por encima de la meseta.

Muchos kilómetros al este de la Falla, ya entrada la noche, un hombre caminaba a lo largo de la arenosa orilla de un pequeño arroyo de montaña, en dirección este. Era alto, esbelto y musculoso, con ojos negros asomando sobre una barba tupida y oscura; unos ojos que parecían estar en continuo movimiento, pasando por alto muy poco de lo que había a su alrededor. La espada sujeta a la espalda, el escudo de piel sin curtir colgado al hombro, y el arco con la cuerda montada que llevaba en la mano estaban siempre prestos para su uso. Era un intruso en tierras enanas, y sabía muy bien lo que significaba ser sorprendido por los retraídos enanos deambulando por su territorio: como mínimo, la inmediata expulsión del país llamado Kal-Thax. «Como mínimo», repitió para sus adentros; pero era más probable que significara la muerte. Los enanos no sentían aprecio por los forasteros.

Con todo, Quist Pluma Roja había venido, comprometido con una misión que detestaba pero que sin embargo estaba decidido llevar a cabo. Era mucho lo que había en juego para que el cobar se planteara siquiera un posible fracaso.

—Si hay un hombre capaz de cruzar la frontera de Kal-Thax —le había dicho el Señor Supremo de Xak Tsaroth—, no me cabe duda de que ese hombre eres tú. Y no dudo que, con tu familia a nuestro… eh… tierno cuidado, esperando tu regreso, harás cuanto esté en tu mano para tener éxito.

La «misión» era sencilla, aunque no fácil. Hacía tiempo que los grandes señores de Xak Tsaroth codiciaban las riquezas de los clanes enanos que habitaban en las montañas Kharolis, pero no habían conseguido que sus tropas pasaran el perímetro de Kal-Thax a causa de la ferocidad de las defensas enanas. Durante décadas la idea de la conquista se había dejado de lado, pero ahora el Señor Supremo volvía a maquinar. Con el paso de los años el despilfarro de los dirigentes de Xak Tsaroth había ido en aumento, hasta que la demanda de nuevas riquezas y nuevos beneficios se hizo abrumadora. Pero ahora esas mismas exigencias habían reducido gran parte de los ingresos de la ciudad a medida que más y más gente de Ergoth meridional se rebelaba contra los exorbitantes impuestos y las brutales tácticas de recaudación.

Incluso las órdenes de caballería de Ergoth tendían cada vez más a simpatizar con los rebeldes contra el poder de la gran ciudad estado de Xak Tsaroth. A decir verdad, los caballeros, —la fuerza unida más poderosa del reino—, no se habían sumado a ninguna rebelión hasta el momento, pero cada vez eran más los que trabajaban para obstaculizar los planes de traficantes de esclavos y recaudadores de impuestos que venían de la ciudad para expoliar y desvalijar a la gente común en Ergoth.

Ni siquiera el Señor Supremo de Xak Tsaroth era partidario de enfrentarse a las órdenes de caballería, así que buscó otras fuentes de ingresos; y allí, justo en el oeste, se alzaban los picos del país enano, rico en minerales, bosques, cultivos y comercio. Sin embargo, era un comercio en el que Xak Tsaroth no tenía parte directa. El único tratado comercial entre humanos y enanos era el que los thanes habían hecho con las órdenes de caballería. En todo el comercio entre Ergoth y Kal-Thax —o Thorbardin, como muchos llamaban ahora a todo el territorio—, los caballeros eran los agentes e intermediarios. Los enanos se habían negado de plano a iniciar tratos con Xak Tsaroth y con los grandes señores.

Así pues, el Señor Supremo buscó otro tipo de alianza. Al otro lado de Kal-Thax, hacia el oeste, había otros reinos humanos, incluyendo las tierras de Ergoth occidental, gobernadas por el emperador de Daltigoth.

El Señor Supremo había hecho cuidadosamente la elección al seleccionar a Quist Pluma Roja. Pocos humanos conocían las tierras agrestes como el cobar ni tenían su talento para la estrategia y su destreza con las armas. El Señor Supremo sabía que Quist era uno de los líderes de los cobars libres que casi habían tenido éxito en su intento de derrocar a los grandes señores.

El intento casi había tenido éxito, pero en el último momento algo había ido mal. Los soldados de Xak Tsaroth habían dispersado a los cobars invasores y habían capturado a muchos de sus cabecillas. La mayoría de estos estaban muertos ahora, por supuesto; decapitados públicamente para diversión de los grandes señores. Los restantes habían sido enviados al lejano este para ser vendidos como esclavos en lugares tan distantes como Istar. Sólo Quist Pluma Roja y su familia se habían salvado de correr esta suerte; Quist para ocuparse de una misión para los grandes señores, y su familia retenida como rehenes para garantizar su cooperación.

La misión era sencilla. Quist tenía que viajar directamente a través de territorio enano a las tierras que había al otro lado y presentar al rey de allí la propuesta del Señor Supremo de un pacto entre Xak Tsaroth y Daltigoth, situados a ambos lados del reino enano, para aunar fuerzas y conquistarlo, y después repartirse los beneficios.

No podía cruzar por la Calzada del Tránsito porque podían registrarlo y encontrarle la propuesta. Se daba por sentado que algo así era lo que le había ocurrido al primer correo que el Señor Supremo había enviado varios años atrás. Dicho emisario había desaparecido, simplemente, en alguna parte entre Xak Tsaroth y Daltigoth. En consecuencia, Quist tenía que evitar la calzada. Tenía que ir solo, a través de las tierras aledañas a Thorbardin y el territorio agreste que había más allá.

Ni siquiera tenía un caballo, porque ningún jinete podría cruzar sin ser visto por Kal-Thax oriental, donde habría enanos por todas partes. Era casi el peor de los insultos, tener que viajar a pie. Los cobars eran jinetes, probablemente los mejores de todo Ergoth. Se decía que un cobar sin su caballo era sólo medio cobar.

Quist había recorrido a pie casi la mitad del trayecto a través de Kal-Thax. Había dejado atrás las tierras pobladas, pero todavía le quedaba mucho camino por delante.

Entonces, en esta tarde, Quist Pluma Roja tuvo un golpe de suerte. Se paró al volver un recodo del cauce del arroyo, se escondió entre la maleza baja y observó atento. Justo al frente, en un pequeño claro, había tres caballos agotados y llenos de espuma que sólo podían ser animales huidos.

Los fieros ojos del cobar se iluminaron mientras los observaba. Buenos animales; estaban ensillados y aparejados, pero no con equipos humanos. Las pequeñas sillas de montar, con los estribos altos, eran productos enanos, como también lo era la ligera y aceitada malla de los faldares.

Pero una silla podía ser modificada.

A lo largo de la noche, Quist Pluma Roja estuvo vigilando a los caballos extraviados. Nadie vino por ellos; estaban solos. Con la llegada de la mañana, los recogió, les quitó los equipos, y se puso a trabajar en uno de los aparejos para adaptarlo a sus necesidades.