9

El pozo de Reorx

Willen Mazo de Hierro de los hylars, —muy en contra de su criterio—, fue nombrado regente de Thorbardin por cinco votos a uno. El único voto contrario fue el suyo propio. El argumento de Olim Hebilla de Oro fue determinante en la decisión de los dirigentes. Habiendo sido calnars en un tiempo, señaló el príncipe daewar, los hylars tenían la experiencia cultural del manejo y la defensa de una gran fortaleza enana. Thorbardin había sido su hogar. En segundo lugar, argumentó, habían sido los hylars los que consiguieron unir a los thanes bajo el Pacto de la Forja, y podía darse por supuesto que un pueblo que había creado un vínculo era el más indicado para mantener dicho vínculo. Y por último, señaló el astuto daewar, cuyos ojos relucían mientras sellaba la suerte de Willen, el hylar era el único clan de Thorbardin del que el resto de los clanes no tenían motivos ancestrales para odiarlo. Los hylars no llevaban en estas montañas el tiempo suficiente para haberse ganado enemistades y resentimientos. En consecuencia, proclamó, la única elección lógica para regente de Thorbardin era Willen Mazo de Hierro.

Hechas todas las consideraciones, Willen se tomó el resultado de la votación con bastante comedimiento. Fue de un lado a otro de la mesa echando pestes y acusando a sus colegas de gobierno de todo, desde traición a complicidad, y después volvió a su asiento y golpeó el tablero con su fuerte puño.

—Si he de ser regente, —tronó mientras su mirada furibunda pasaba de un jefe a otro—, iniciaré mi mandato con algunos edictos.

Su primer decreto fue que cualquier enano que lo tratara o se dirigiera a él del modo en que uno trata o se dirige a un mandatario, que se preparara para enfrentarse a él en los fosos. No toleraría las pompas de la realeza más que cualquier otro enano en su sano juicio.

Su segundo decreto fue que la terminación de la Puerta Norte tenía prioridad extrema en Thorbardin y tendría que llevarse a cabo tan rápidamente como fuera humanamente, —o mejor dicho, enanamente—, posible.

Su tercera disposición fue que el antiguo túnel daewar, —la ruta original de exploración al reino subterráneo—, debía ser inspeccionado exhaustivamente, sus cierres reforzados y, si ello era posible, el extremo del exterior, situado ochenta kilómetros al norte de la primera madriguera, en la vertiente nororiental del pico Fin del Cielo, no sólo tendría que ser clausurado, sino borrado de la faz de la tierra para siempre. Para la lógica enana, el único túnel realmente impenetrable era el que no existía.

—Costó una década excavar ese túnel, —dijo Olim—. ¿Cómo propones hacerlo desaparecer en menos tiempo?

—Les daré a tus mejores excavadores una semana para que encuentren una respuesta a esa pregunta. —Willen miraba al daewar con ferocidad—. Si para entonces no la tienen, entonces, ¡por Reorx que ofreceré mi propia solución! —El nuevo regente se volvió hacia los otros jefes, su mirada pensativa y seria.

—Creo, por los informes que tenemos, que Thorbardin va a arrostrar graves peligros dentro de poco. Quiero un inventario de todos los efectivos y mecanismos de que disponemos para la defensa.

—Eso ya lo sabes, —señaló Talud Tolec—. Contamos con las tropas de la guarnición, con los guardias y con la Guardia Independiente.

—Sí, lo sé —asintió Willen—. Y tenemos las puertas; al menos, una de ellas. Y el Eco del Yunque detrás de cada entrada. Tenemos los agujeros de la muerte y los puestos de guardia. Todo ello tiene fines defensivos. Lo que quiero es un inventario de qué otras cosas disponemos que puedan utilizarse como armas si es preciso. En Thorbardin nuestro pueblo tenía un dicho: «Cuando hay enemigos, ten en cuenta la otra cara de tus herramientas». Significa que cada herramienta puede servir como arma si el que la maneja sabe cómo usarla. También quiero que el número de soldados de la guarnición se doble. Que se instalen puestos de señalización con bengalas y tambores cada kilómetro y medio en todas las cavernas, madrigueras y calzadas, para así no tener que depender de corredores y señales luminosas en caso de emergencia. Quiero adiestramiento diario en todas las unidades de combate y una unidad de reserva preparada para respaldar cada unidad regular.

Barek Piedra, capitán general del ejército, esbozó una fría sonrisa al oír las últimas instrucciones. Willen Mazo de Hierro hablaba su mismo lenguaje.

—Hicimos una buena elección, Olim, —susurró Talud Tolec al príncipe daewar—. Este toma el mando cuando tiene que hacerlo, y sabe pensar como un guerrero.

Olim asintió con gesto abstraído y volvió a sumirse en sus enojosos pensamientos. No dejaba de preguntarse cómo podía nadie hacer desaparecer un túnel en un periquete, así, sin más, cuando construirlo les había costado diez años de esfuerzo a los mejores excavadores daewars.

Para cuando Megistal logró liberarse de sus ataduras y empezó a desatar a Sigamon, se encontraban solos en la meseta, encima de la Falla. Los enanos, —el llamado Damon y su compañero, así como la muchacha que se les había unido—, hacía mucho que se habían marchado. Habían descendido por la cara de la Falla en dirección hacia el este, y se habían perdido entre las abruptas quebradas. Si Megistal hubiese podido realizar un conjuro de seguimiento mientras los tenía todavía a la vista, ahora sabría dónde se encontraban. Pero, con las manos atadas y la boca amordazada, no le había sido posible utilizar la magia corriente. En cuanto a la kender, acababa de marcharse hacia quién sabía dónde.

Sigamon se sentó, se quitó la mordaza de un tirón y se frotó las muñecas.

—Ese enano casi me mató —lloriqueó, quejumbroso—. ¿Por qué no acabaste con él?

—Estuve más cerca de morir que tú. —Megistal le dio la espalda—. Fascinante, —musitó para sí mismo—. Ese enano pudo resistir la magia realmente. Se debatió contra ella y sobrevivió. Jamás habría imaginado que alguien pudiera hacer algo así.

—Tozudez, —siseó Sigamon—. Orgullo y tozudez y… ¡y puro y simple egoísmo!

—¿Egoísmo? —Megistal lo miró, ceñudo.

—¡Egoísmo, sí! ¡La magia es importante! La canalización de los poderes mágicos, a través de las torres, es vital. Sin embargo, estos enanos tienen el descaro de anteponer sus propios intereses al bien común.

—Oh. —Megistal se encogió de hombros—. Bueno, ya no hay necesidad de preocuparse por la construcción de una Torre de la Alta Hechicería aquí. Sin la Piedra de los Tres colocada debajo de su punto central, la torre no respondería a sus ocupantes ni sabría cómo protegerse a sí misma. Sólo sería un edificio corriente, como cualquier otro. La Piedra de los Tres es la fuente de vida de una torre, y ahora ha desaparecido.

—Entonces tendremos que recuperarla, —dijo Sigamon con brusquedad—. ¿Adónde han ido con ella?

—Sabes tanto como yo, —replicó Megistal. Volvió a darle la espalda y de nuevo habló más para sí mismo que para el otro—. ¿Ese enano es un caso excepcional o todos ellos son resistentes a la magia? ¿Y de ser así, hasta qué punto lo son? Me gustaría realizar una investigación de esos enanos…

—¡Investigación! —se mofó Sigamon—. ¡Bien, pues, investiga, correa roja! Yo tengo mejores cosas que hacer. —Erguido sobre sus larguiruchas y torpes piernas, el de la túnica blanca cruzó los brazos sobre el pecho, inclinó la cabeza y entonó:— Degat tonin ot… —Vaciló e inhaló hondo—. Detesto este hechizo, —gimió—. Siempre me da náuseas. ¡Degat tonin ot tonosos! ¡Chapak!

En el punto donde estaba de pie, el aire fluctuó y, de repente, el mago desapareció. Megistal sacudió la cabeza. Para recurrir a un conjuro de transporte el hechicero tenía que estar realmente alterado, porque, dondequiera que estuviera ahora, se sentiría revuelto como consecuencia de él. Los conjuros de transporte afectaban incluso a los estómagos más fuertes, y el de Sigamon no lo era demasiado.

Mascullando para sus adentros, Megistal recogió unas cuantas provisiones, las guardó en una mochila y se encaminó al borde del precipicio. Hizo una pausa al percibir movimiento en la distancia, y conjuró un anillo visual. Cuando la imagen se hizo clara, el mago frunció el entrecejo. No eran los enanos. No había señales de ellos. La imagen del anillo visual sólo era un humano, un bárbaro de las llanuras de alguna clase, montado a caballo.

Al hechicero se le ocurrió que un corcel podía serle útil. Viajar a caballo era más rápido que hacerlo a pie y mucho más agradable que un conjuro de transporte. Despreocupadamente, el mago señaló con un dedo a la imagen del anillo y musitó un encantamiento. Los dos, caballo y hombre, parecieron quedarse petrificados en el sitio, sin moverse. Megistal cargó con la mochila y pisó fuera del borde del precipicio. Con un sencillo conjuro de levitación descendió hasta el fondo del risco y se encaminó al este, hacia donde su caballo lo aguardaba.

Que Sigamon y aquellos que venían siguiéndolos se preocuparan de la Piedra de los Tres y de la construcción de torres, decidió.

Ciertamente, ciento veinte hechiceros, —ciento veintiuno, contando a Sigamon—, bastarían para encontrar la piedra, recobrarla de los enanos y continuar con el proyecto. Megistal había encontrado algo más interesante en lo que pensar. Quería observar con más detenimiento esta tierra de enanos y a sus habitantes. Había salido de la primera torre para emprender estudios superiores en las artes mágicas. Creía, —al igual que todos los que conocía—, que ninguna criatura sensible podía resistirse al poder de la magia sin utilizar magia para ello. Y, sin embargo, un enano acababa de hacerlo.

Cuando Megistal llegó al lugar donde el inmóvil jinete estaba sentado a lomos del petrificado caballo, el hechicero agitó una mano y musitó algo. El hombre fue levantado de la silla y dejado caer sin ceremonia alguna sobre el pedregoso suelo. Megistal se colocó junto al animal, se subió a la silla, y puso fin a su encantamiento de paralización. Al instante, el caballo avanzó un paso y después se giró a medias, mirando en derredor con desconcierto. Megistal aferró las riendas y, haciéndolo volver grupas, se dirigió al trote hacia el este. A su espalda, el hombre caído se incorporó a trompicones.

—¡Ladrón de caballos! —gritó al tiempo que colocaba una flecha en su arco.

—Deme tosis —musitó Megistal.

La flecha que se dirigía zumbando hacia él giró hacia un lado como si la hubiese desviado un escudo y se perdió entre los matorrales. El hechicero se giró en la silla de montar.

—¡Vete! —le gritó al hombre que corría hacia él. Pronunció otro conjuro y un árbol alto apareció de repente justo en el camino del hombre, que chocó contra él, salió rebotado hacia atrás, y quedó tendido en el suelo, despatarrado. El árbol se desvaneció, y Megistal azuzó con los talones a su montura. Mientras el corcel se lanzaba a un galope veloz que devoraba las distancias, Megistal se dijo:— En fin, la magia funcionó bien con él.

A su espalda, Quist Pluma Roja se puso de pie, limpiándose la sangre de la cara. Sus ojos, tan fríos y furibundos como nubes de invierno, siguieron al mago que se alejaba en la distancia.

—Un hechicero, —gruñó el cobar—. Un brujo cuatrero.

Se sacudió el polvo, recogió sus armas caídas y se volvió a mirar hacia el oeste, en la dirección hacia donde se dirigía anteriormente. Entonces, con un feroz gruñido, dio media vuelta hacia el este otra vez. Sus credenciales de Xak Tsaroth estaban ocultas entre la guarnición de la silla sobre la que ahora montaba el mago. Sin ellas, no podía llevar a cabo la misión que el Señor Supremo le había encomendado. A menos que pudiera recuperar el pequeño rollo de pergamino con su firma, su sello y su licencia de tránsito, no tenía sentido continuar el viaje.

Además, Quist Pluma Roja era un jinete. Era un jinete cobar. Y para un cobar era un insulto imperdonable que alguien le robara su caballo.

—Hechicero o no, —se dijo—, ese ladrón de la correa roja va a desear no haberme visto nunca.

Jamás alcanzaría al mago yendo a pie, lo sabía. Pero el lugar donde había encontrado el caballo no estaba lejos, y de donde venía ese, había otros dos. En todos sus años en territorios salvajes, Quist Pluma Roja no se había topado con nada ni con nadie al que no pudiera seguirle el rastro y alcanzarlo si montaba un buen caballo.

Dentro de la Puerta Sur, detrás del Eco del Yunque, el agujero de magma llamado Pozo de Reorx era el centro de una intensa y agitada actividad, como lo venía siendo desde su primer día de puesta en marcha, hacía varios años.

Aquí los enanos excavadores, siguiendo los planos proyectados por los hylars, habían abierto el agujero más profundo de todo Thorbardin. Desde el piso inferior del Atrio de Porticada, en el centro de una plaza en la que había grandes fundiciones y cientos de tiendas de metalúrgicos, puestos de comercio y un centenar de fábricas de distinta clase, el conducto descendía casi mil quinientos metros en vertical, un agujero circular de nueve metros de diámetro en su parte alta, y circundado, doscientos cincuenta metros más abajo, por una serie de cavernas laterales que albergaban inmensas fundiciones. En el fondo del conducto, a casi kilómetro y medio de profundidad, el reluciente magma burbujeaba. No era el magma natural que se había descubierto en el viejo Thorin, sino un magma de fabricación enana, uno de los mayores logros de la ingeniería de esta raza en los últimos cien años. Al construir el pozo, los enanos de Thorbardin habían excavado hasta llegar a un estrato rocoso que, una vez prendido y fundido con un intenso calor, se sustentaría a sí mismo como magma durante extensos períodos.

La piedra apropiada había sido encontrada a mitad de camino en la perforación. Lo supieron por el gusto de la piedra, el sabor a fuegos latentes. No era magma, pero podía convertirse en magma… a diferencia del fallido Vergüenza de Reorx, en la Puerta Norte, donde este tipo de estratos no se encontró. Con gran cuidado y excelente artesanía, la sima fue encendida durante un período de tres años enfocando luz del sol directamente desde los conductos solares situados encima del gran Salón de Audiencias, a través de una serie de lentes de fabricación hylar. La más grande de estas lentes, un enorme cristal convexo llamado Templo de las Estrellas por el modo en que reflejaba el cielo nocturno, estaba directamente encima del pozo.

La repetición del encendido una vez al año era adecuada para mantener vivo el magma del fondo del conducto.

En cierto modo, el Pozo de Reorx era el corazón de Thorbardin. Proporcionaba energía a todas las grandes fundiciones que convertían el mineral, —el obtenido en las minas daergars y en el comercio con las órdenes humanas de Ergoth—, en metales en bruto con los que se fabricaban los productos de Thorbardin. Además, el Pozo de Reorx estaba comunicado con incontables túneles pequeños y conductos para llevar aire caliente a través del reino subterráneo.

Todas las ciudades de Thorbardin tenían una central térmica, y sólo una de ellas no estaba alimentada por el Pozo de Reorx. Únicamente la urbe hylar, Hybardin, suspendida sobre el centro del mar de Urkhan, no podía recibir calor del pozo. Se había empezado la construcción de un conducto principal que después se paró cuando los excavadores descubrieron que su ruta discurría peligrosamente cerca del fondo del mar de Urkhan. La central térmica hylar estaba basada en la radiación directa a través de los conductos solares de los picos del Buscador de Nubes, concentrada con espejos en los depósitos principales del Árbol de la Vida.

Un efecto secundario de esto, que algunos consideraban una bendición y otros un fastidio, se producía en el sistema de cañerías de Hybardin. Todas las ciudades de Thorbardin tenían un sistema de canalización de agua dirigido por los protectores de canales bajo la dirección de Talco Combahierro, el protector general de la red de canales de Thorbardin. Intrincados laberintos de acueductos, depósitos, pilones y conducciones perforadas proporcionaban agua limpia a todas partes de las ciudades. Pero, en Hybardin, el agua de las cañerías estaba siempre caliente.

Otros enanos de Thorbardin tenían que calentar el agua para bañarse. Los hylars tenían que enfriarla para beberla.

Además de prender las fundiciones y calentar las viviendas de Thorbardin, el Pozo de Reorx proporcionaba energía a las plataformas elevadoras situadas en los principales conductos verticales de transporte. Había plataformas elevadoras por todas partes en Thorbardin, pero la mayoría se accionaban manualmente, utilizando poleas y tornos. Cada elevador era una cadena sin fin de cable acodado que corría entre grandes poleas en un hueco vertical cerrado, con una puerta abierta en cada nivel de la ciudad donde prestaba servicio. Unas plataformas semejantes a estantes iban acopladas a los cables a intervalos de dos metros y medio, y cada una de ellas podía transportar nueve enanos o una carretilla de mineral. Cuando los elevadores estaban funcionando, si alguien deseaba ir de un nivel a otro sólo tenía que montarse en una de las plataformas mientras pasaba y después bajarse cuando llegaba al nivel al que quería ir.

Los principales conductos de transporte, sin embargo, eran demasiado grandes para moverse con tornos operados manualmente. Estos operaban con fuerza de vapor, generada en las tinajas de agua, instaladas en el fondo de cada hueco, con el calor del Pozo de Reorx distribuido por las instalaciones a tal propósito y retenido con válvulas provistas de un mecanismo de muelles para la liberación de energía. La acción resultante, para cualquiera que no fuera enano, habría resultado aterradora. En cada puerta de cada elevador, —elevadores que triplicaban el tamaño de las plataformas corrientes—, un suelo metálico aparecía por la parte inferior y se paraba en medio de traqueteos cuando los grandes muelles enroscados en las profundidades obligaban a las válvulas a cerrarse. Durante un minuto y medio, aproximadamente, la gran plataforma permanecía quieta mientras los que venían en ella se bajaban y los que esperaban fuera, montaban; entonces, cuando la presión del vapor bajo las válvulas subía al punto crítico, sonaba un silbato, la puerta se cerraba con un golpe seco, y la plataforma ascendía, rugiente, a gran velocidad para pararse de forma brusca en el siguiente nivel.

Las plataformas de bajada, que aparecían en las puertas situadas enfrente de las de subida, eran simplemente el otro lado de los elevadores en su curso de descenso de la gran cadena sin fin.

Para los enanos, era un sistema tremendamente práctico y lógico para transportar grandes grupos de gente u objetos pesados de uno a otro nivel. El hecho de que el estruendoso y brusco sistema de los elevadores accionados por vapor pudiera resultar mortal para cualquiera que entrara o saliera de una plataforma en el momento en que las válvulas soltaban la presión, no era algo que los preocupara. Los enanos, con su sentido práctico natural, simplemente no subían ni bajaban de una plataforma después de que el silbato hubiera sonado.

Con todos estos usos, el Pozo de Reorx era, en opinión de la mayoría, la mejor herramienta de Thorbardin. No obstante, ahora, cuando se conoció la orden de Willen Mazo de Hierro de tener en cuenta la otra cara de las herramientas, planteó un enigma. Talco Combahierro, el protector de la red de canales, fue el primero de los protectores en llegar al Templo de las Estrellas para estudiar el asunto, y paseaba alrededor del gran agujero, deteniéndose de vez en cuando para asomarse, precariamente, sobre la barandilla, cuando Cambit Vaina de Acero, protector de vías y calzadas, llegó y se reunió con él. En cuestión de minutos, los dos estaban paseando y rascándose la cabeza con expresión desconcertada. Carillón Lustre Brillante, protector del comercio, y Gema Manguito Azul, protector de la vigilancia, se les unieron, e incluso Bardion Cornisa, —quien, como protector de residuos y desechos, no tenía nada que ver con el gran pozo—, vino a observar.

El regente había ordenado que todas las herramientas de Thorbardin tuvieran un uso alternativo, —en caso de emergencia— como arma de defensa. Sin embargo, el Pozo de Reorx, la mayor herramienta de todas, no ofrecía tal uso, o al menos a ellos no se les ocurría la forma. Como un solo hombre, los protectores superiores de Thorbardin caminaron, se asomaron al agujero y reflexionaron. Gacho Soflama, amanuense del consejo de protectores, iba tras ellos con pizarra y buril. Pasado un rato, llegaron Bezel Cantazo, encargado de forjas, y Humo Piedra Caliza, maestro de minas.

—La teoría hylar está bien, —retumbó el supervisor daergar tras su máscara de hierro—. Todo lo que puede servir como herramienta debería servir también como arma. Pero ¿esto? No veo cómo.

—Tampoco yo, —admitió Bardion Cornisa—. Es un agujero. Cierto que tiene casi kilómetro y medio de profundidad y que en el fondo hay magma activo, pero sigue siendo un agujero.

—Aún así, es una herramienta, —insistió Bezel Cantazo—. Calienta las fundiciones, mueve los elevadores, y alimenta las centrales térmicas. ¿Qué es entonces, sino una herramienta?

—Una herramienta, sí —se mostró de acuerdo Cambit Vaina de Acero—, pero sigue siendo un simple agujero. ¿Cómo puede usarse un agujero como arma?

—De un modo muy efectivo, —dijo entonces Bardion Cornisa, con una mueca—, si podemos persuadir a nuestros enemigos para que salten dentro de él. Pero no me parece un plan práctico para una contingencia general.

Alrededor de la barandilla del pozo se había reunido un gentío, pero los que estaban por la parte exterior se volvieron y recularon cuando un nauseabundo olor se les metió en las narices.

—Con «premiso» —pidió una voz de timbre agudo.

Los protectores se volvieron. Justo detrás de ellos, veinte o más aghars, —los pequeños seres, burdos y torpes, más conocidos como enanos gullys—, se aproximaron a la barandilla. Más que un grupo de enanos gullys era un desparramo, los unos tropezando con los otros, dando trompicones aquí y allí, pero arreglándoselas de algún modo para llevar entre todos, —más o menos recto—, un barril de cobre grande, abollado, abierto por la parte superior, y que apestaba de manera repulsiva.

El que iba a la cabeza, un hombrecillo andrajoso y desaliñado, de barba gris, llamado Fallo, era el Gran Opinante del clan aghar Bulp.

—Con «premiso» —repitió, esta vez con más urgencia—. Quitar «denmedio», por favor.

A medida que los protectores se apartaban, los enanos gullys acarrearon el repugnante recipiente hasta la barandilla y allí lo vaciaron en el Pozo de Reorx, estando a punto de dejar caer el barril en el proceso.

—¡Eh, vosotros! —resopló Talco Combahierro—. ¿Qué estáis haciendo? ¿Qué era eso?

El pequeño Gran Opinante miró a su alrededor.

—¿Eh?

—¿Qué era lo que habéis tirado al pozo?

—Gran Bulp dice limpiar tanque de «cantarillas». —Fallo se encogió de hombros—. Ese caldo estar en tanque.

—¿Por qué lo habéis tirado al Pozo de Reorx?

Fallo volvió a encogerse de hombros y miró fijamente a los enanos, mucho más grandes que él, que había a su alrededor.

—«Tinía…» —Tragó saliva y lo intentó de nuevo—. «Tiníamos quechar» en un sitio alguno.

—¡No en el Pozo de Reorx! —bramó Talco Combahierro—. ¡Los residuos del alcantarillado van a los pozos procesadores de basuras! Vosotros, los aghars, tenéis un pozo de desperdicios. ¿Por qué no lo echasteis allí?

—No usa pozo para caldo como este ya, —explicó el pequeño Gran Opinante—. Sitio mucho bueno en caza de ratas para «suciar» con caldo de «cantarillas».

—¡Por Reorx! —Talco sacudió la cabeza—. Creía que lo había visto todo ya, pero… ¡esto!

Allá, muy abajo, las aguas residuales del alcantarillado aghar cayeron en el magma y empezaron a evaporarse con el calor. Un rugido distante arrancó ecos en el gran conducto, y una pequeña nube de vapores rancios flotó hacia arriba.

—Así que esto era lo que pasaba con nuestros conductos de calor, —rezongó Cambit Vaina de Acero—. Gris Bolen creía que había herrumbre en alguna parte del sistema.

—¡Voy a poner punto final a esto! —bramó Bardion Cornisa. Mirando ferozmente a Fallo, inquirió:— ¿Dónde está vuestro dirigente?

—¿Quién?

—¡Vuestro jefe! ¡El Gran Bulp! ¡Ese comoquiera que se llame!

—Ah, él. —Fallo se encogió de hombros—. Se llama «E’luno». Pero no «sabo» dónde está. Gran Bulp «piérdese» un montón.

Gema Manguito Azul había vuelto a la barandilla que rodeaba el Pozo de Reorx y se asomaba por el borde con gesto pensativo. Se le estaba empezando a ocurrir una idea sobre cómo podría utilizarse el pozo como un arma defensiva. Pero, antes de exponerla en voz alta, decidió discutirla primero con Willen Mazo de Hierro.