13. Medialuna amarilla
-¿QUÉ ocurre, Diego? —oí preguntar a Eugenio—. ¿No hay huevos?
—Si, sí, los cojo y voy en seguida —le grité.
Entonces me volví hacia Beniche.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?
—Medio andando, medio en coche.
Una forma peluda y negra se frotó contra mis piernas. Era Noche.
—Y los del coche, ¿no han protestado porque ibas con un gato?
—La escondía en una de las bolsas.
Beniche estaba temblando de frío y era casi seguro que no habia comido nada en todo el día.
—Entra en la casa, anda —le dije—. Come algo y caliéntate al fuego. Estas personas son buena gente. Y el inspector Segura, también.
—¿Un inspector? —se sobresaltó—. No puedo, Diego. El policía me llevaría de vuelta a la ciudad. Y yo tengo que subir y volver con mis amigos. Quizá se haya puesto alguno enfermo. Isla dijo que ya no podía curarnos como antes. Con los medicamentos de las bolsas podré ayudarlos.
—El hombre que vive en esta casa es el hermano de Encino. Tal vez le gustaría que le contaras cosas de él.
—No puedo. ¿Es que no lo entiendes?
Beniche casi se echa a llorar. ¡Me daba tanta pena…! Sólo le preocupaba volver con sus amigos y cerciorarse de que estaban bien. De pronto me acordé de que habíamos encontrado a Brisa.
—Beniche, esta misma mañana, mamá y yo hemos dado con Brisa. Hemos hablado con ella y está de acuerdo en venir a visitar a Isla.
A pesar de la oscuridad, descubrí una sonrisa en el rostro de Beniche.
—Pues todavía con más razón tengo que llegar a Nadie. Isla se pondrá muy contenta —dijo emocionado.
Unos instantes después oímos unos pasos que se acercaban.
—¡Diego! —llamaba Eugenio—. ¿Te has perdido?
—Ya voy —le contesté con disimulo.
Eugenio seguía acercándose al gallinero.
—Beniche, tenemos que hacer algo —le susurré muy deprisa.
—Yo me voy a Nadie.
—No puedes. Está todo muy oscuro. Y hace mucho frío.
—Noche me enseñará el camino, ¿verdad? —preguntó a la gata mientras le acariciaba el suave pelaje.
Noche le contestó maullando levemente.
—De acuerdo —decidí en un arrebato de no sé qué, de solidaridad o de valor mal entendido—. Iremos a Nadie. Pero no te vayas sin mi.
—No digas nada a los demás.
—No se lo diré. Pero déjame pensar algo. Por si acaso, no te muevas de aquí. Y métete en el gallinero, que estarás más a cubierto. Espérame, ¿entendido?
—Bueno.
Le abrí la cerca y Beniche desapareció de nuevo en la oscuridad.
—¡Ah, estás aquí! —dijo Eugenio al dar conmigo—. ¿No tienes frío? Anda, dame los huevos y entremos en la casa.
Al cabo de un rato, la cena estaba lista. Mamá habia hecho una tortilla espléndida y el caldo de verduras de Amanda tampoco estaba nada mal. El viejo le dijo a su hija que sacara una botella de vino que tenía guardada en la despensa.
—Esta ocasión se lo merece —exclamó contento—. Nunca tenemos invitados, y menos un inspector de policía que ha prometido ayudarnos.
—Y lo haré, señor Ernesto —insistió el inspector Segura—. Primero debo arreglar un asunto con estas personas —añadió mirándonos—, pero en cuanto lo termine, me ocuparé de su caso. Veré qué se puede hacer para que usted y su hija sean reconocidos propietarios de esta casa y para llevarlos a un sitio más confortable.
—Gracias, inspector, es usted muy amable —musitó Amanda.
—Es mi trabajo —respondió el policía, con un punto de orgullo y satisfacción en la voz.
El ambiente dentro de la casa era de lo más agradable, a pesar de la escasez y de la pobreza que rezumaban aquellas cuatro paredes. Pero yo no podía dejar de pensar en Beniche, que me esperaba en el gallinero, y en cómo me las compondría para ayudarlo.
Después de cenar, Eugenio y mamá se pusieron a lavar los platos con Amanda. Luego, todos acercamos las sillas al fuego y charlamos un rato. El viejo y su hija nos contaron retazos de su vida. El hombre, sobre todo, recordaba su infancia en aquel lugar.
—Aunque ahora parezca muy solitario —decía—, en aquel tiempo había varias casas habitadas por estos alrededores. Todos nos conocíamos y nos ayudábamos cuando hacia falta. Lo malo es que la tierra no daba para mucho y, poco a poco, la gente se fue marchando a pueblos y ciudades más grandes.
—¿Se conocían con los de Nadie? —preguntó mamá.
—Teníamos alguna relación, sí —contestó el hombre—. Era un pueblo muy pequeño y muy alejado de todo, pero siempre había alguien que bajaba a comprar o a cambiar algo. Mi hermano Alfonso subía a menudo porque tenía muy buenos amigos allí y un hombre le enseñaba el oficio de carbonero. Por ello, cuando nuestros padres murieron y yo decidí marcharme de aquí, él se fue a Nadie, a vivir y a trabajar en la sierra.
—¿Lo volvieron a ver? —quise saber.
—Muy pocas veces —respondió el anciano—. Quizás tres o cuatro. Y era yo quien venía a visitarlo. Cuando me casé, subí para que conociera a mi mujer. Y más tarde, cuando nació Amanda, también subimos con ella para que supiera que tenía una sobrina. Me parece que él nunca se movió de allí.
—Mi tío Alfonso —intervino Amanda— era muy solitario. Muy bueno, pero muy hosco. Siempre decía que, pasara lo que pasara, él nunca abandonaría Nadie ni la sierra del Ocaso. Decía que quería vivir allí hasta que se muriese. Y ya ven que cumplió su promesa.
Me entraban unas ganas tremendas de decirles a aquellas dos personas que Alfonso aún vivía. Pero el inspector seguía haciéndonos señas para que no revelásemos nada. «¡Qué poco confiado es este hombre!», pensé. ¿Qué más necesitaba para darse cuenta, de una vez por todas, de que la historia de Beniche era tan cierta como que, cada año, el veinticinco de diciembre es Navidad? ¡Claro que Encino vivía todavía en la sierra! ¡Y la bruja Isla! ¡Y la Niña Azul! ¡Y Beniche, hasta que tuvo que irse en busca de Brisa!
—¡Diego! —oí que me llamaba mamá.
—¿Qué ocurre? —me sobresalté.
—Pareces dormido, hijo. Quizá sea mejor que nos acostemos ya. Mañana hay que levantarse temprano.
Amanda se fue a buscar unos cartones, que luego extendió por el suelo, y encima tendió las mantas.
—No sé si estarán cómodos aquí —dijo con voz de duda.
—Estaremos de maravilla; de verdad. Amanda —le aseguró mamá.
—El niño podría dormir con mi padre, y usted, si quiere, conmigo. Las camas son grandes —ofreció la mujer, que casi se avergonzaba de no poder darnos mejor acomodo.
—No se apure —la tranquilizó mamá—. Ande, vayan a acostarse.
Amanda y su padre desaparecieron por la puerta que daba a las habitaciones. Los demás nos echamos encima de las mantas y, con otras, nos cubrimos un poco.
—Como todavía hay algo de fuego, no creo que pasemos frío —observó el inspector.
—¿Estás bien, Diego? —me preguntó mamá, que se había acostado junto a mí.
—Sí, muy bien.
—Entonces, buenas noches. —Y me dio un beso.
—Buenas noches, mamá.
El agente Pérez apagó la lamparita que aún lucía encima de la mesa y la habitación se sumergió en una penumbra mágica. Las pequeñas llamas del fuego de la chimenea dibujaban extrañas figuras en las paredes, como sombras de animales o siluetas de montañas. Mirándolas, en seguida me entró sueño. Pero no debía dormirme.
De cuando en cuando, me pellizcaba, y buscaba las posturas más incómodas encima de la manta. Quería mantenerme despierto para salir a buscar a Beniche así que los demás se durmieran.
Muy pronto oí roncar al inspector y a Eugenio. El agente Pérez, en cambio, sólo respiraba acompasadamente, algo fuerte, pero sin llegar a los ronquidos. Aunque mamá no roncaba, estaba dormida, seguro, porque le susurré que me dolía la barriga —cosa que era mentira— y no me contestó.
Cuando estuve totalmente seguro de que todos dormían, me levanté con mucho sigilo. Cogí un pedazo de pan, otro de tortilla que había sobrado, un par de manzanas que encontré en la alacena y la linterna del agente Pérez. Rebusqué en el bolso de mamá hasta encontrar un lápiz y un papel para escribirle una nota: «Me he ido a Nadie con Beniche. Volveré en cuanto encontremos a sus amigos. Hasta pronto». Me puse el abrigo y salí.
Ahora, con el tiempo, me doy cuenta de que aquello fue una solemne tontería. Pero cuando tienes diez años, hay muchas cosas en las que no piensas hasta que ya es demasiado tarde. Si se me pasó por la cabeza que mamá podría llevarse un buen susto con mi excursión nocturna, el deseo de acompañar a Beniche hasta sus bosques del alma fue superior.
Hacia una noche preciosa. Únicamente soplaba un poco de viento y el cielo se veía salpicado de estrellas resplandecientes y con una medialuna amarilla colgando muy arriba. A pesar de toda aquella belleza nocturna, el frío era muy intenso. Y también el silencio. Tanto, que me estremecí unos instantes, dudando si era de frío o de miedo. Tal vez fuera un poco de todo. Yo nunca he sido demasiado valiente.
Alumbrándome con la linterna, llegué hasta el gallinero.
—Beniche —susurré.
Nadie me contestó.
«¿Será posible que se haya ido hasta Nadie sin esperarme?», pensé.
Pero me equivocaba.
Beniche estaba tendido en el suelo, dormido, con las tres bolsas de medicamentos bien asidas en sus manos. Noche, acurrucada a sus pies, también dormía, pero levantó la cabeza en cuanto me oyó llegar.
Una tremenda ternura me subió de lo más hondo. Y casi, casi se me saltan las lágrimas.