18

Gerardo, pareces muy raro. ¿Qué dicen esas cartas? Mudamente el marido le mostró una.

—Es anónima —dijo con ronco acento—. Fíjate bien en lo que dice.

María no tomó el sobre; sí el pliego corto y sin remite.

—¡Dios mío! —murmuró—. ¿Qué opinas tú?

Gerardo se había sentado en el borde del lecho, donde ya su esposa se hallaba acostada. Miraba al frente y mantenía la pipa apagada apretada entre los dientes. Sus labios se curvaban hacia arriba.

—O es una calumnia asquerosa o es una noticia cierta. Ambas formas de comunicar algo que ignoramos resulta repulsivo. Pero no digas nada. Lo sabemos y en paz.

—Es que son dos noticias contradictorias, y malignas, Gerardo. Si Lucas es estéril, que fue lo primero que nos dijeron nuestros hijos, Marcela y él, su marido, y la carta asegura que Marcela espera un hijo... y que, además, puede ser negro. Gerardo, tómate las cosas con calma y escúchame. Ahora que leo este anónimo pienso que... algo hay de cierto. Verás...

—No quiero ver, María. No me da la gana de ver. Debajo de un anónimo de ese tipo siempre se esconde la envidia o el odio, y no acepto ninguna de ellas. He de pensar, y mientras Lucas no me diga lo que ocurre, yo no sabré nada.

—Nosotros ignorábamos que los orígenes de Lucas...

Gerardo se levantó y empezó a llenar la cazoleta con tabaco de hebra. Se mantenía firme, enhiesto casi. Su mujer le miraba desconcertada. Gerardo, tan tradicionalista, no parecía herido por el contenido de la carta, sino por cosas más íntimas que no decía y, por supuesto, nunca en contra de Lucas, eso se notaba a la legua.

—No estoy dispuesto a perder a mi hija y a los hijos adoptivos que me han traído. Y si ahora Marcela está embarazada, ten por seguro que Lucas aún lo ignora, y que su esterilidad era fruto de su imaginación. En cuanto a lo otro, mientras él no me lo diga, yo no abriré los labios al respecto.

—Le admiras mucho, Gerardo.

—Todo lo que un hombre puede admirar a otro hombre de bien.

Y sin más, prendió su fósforo y puso el anónimo encima, de modo que en dos segundos se convirtió en cenizas sobre un recipiente de cristal.

—Eso es lo que hago con tales noticias.

María respiró hondamente, mirando cegadora a su marido, que fumaba su pipa y cada vez se encendía más la llama de ésta.

—Gerardo, creo que eso del embarazo es verdad.

—Pues, como si fuera mentira, mientras no nos lo confirmen Lucas y Marcela. Y estoy seguro, y esa esperanza tengo, que sean los dos a la vez quienes nos lo digan y añadan eso de los orígenes que decía el asqueroso papel. Mira, María —y volvió a sentarse en el borde del lecho—, tenemos una sola hija, y estoy feliz de tener un yerno como Lucas. No sabría qué hacer sin él. Es mi continuador. Yo soy como soy, pero el cariño a las personas que están tan cerca de uno supera todo resentimiento, todo prejuicio. Tú supones que Marcela está embarazada, pero estoy seguro de que Lucas lo ignora. Te diré por qué lo pienso así. Lucas es un tipo sincero y verdadero, realista al máximo. De saber que esperaba un hijo de su mujer, me lo hubiese dicho y hasta me hubiese pedido parecer y terminaría comunicándome su inquietud referente a sus orígenes. Hay veces —añadió, pensativo, como si se diera una razón a sí mismo— que todo te parece negro y te niegas a aceptarlo. Luego vas conociendo a esas personas que tan negras te parecieron y las ves blancas, dignas, estupendas. El cariño lima asperezas, perdona todo tipo de ocultaciones. Si es cierto que Lucas tiene orígenes diferentes, pues que los tenga. Yo pensaba de modo muy diferente hace años Hoy, ante perder a mi hija, todo me parece aceptable y, por supuesto, tendré que oír primero a Lucas, con su voz y su gesto. Y sabrás que yo lo considero el mejor continuador de mi casta.

—¡Cuánto hemos cambiado, Gerardo!

—Es lógico. Tenemos dos nietos. Son adoptivos, pues bueno. Los quiero como si fueran paridos por Marcela. La vida evoluciona: lógico que los evolutivos sepan adaptarse a la nueva situación. Yo quiero saber, y estoy aprendiendo.

—Marcela me preguntó esta mañana sobre adoptar otro niño y que éste fuera negro.

—Es lógico. Si teme. Si es cierto que está embarazada, es que la esterilidad de su marido fue descubierta de una forma elemental, cuando todos eran estudiantes y no sabían de la misa la media. Pero yo no diré nada, ¿me oyes, María? Ni tú. Esperaremos. Estoy seguro de que Lucas hablará y dirá eso que, al parecer, puede ser cierto, pero que a mí no me interesa en absoluto.

—Quizá Lucas, al saberlo, no se atreva a decírtelo.

—Te equivocas. Lucas es un señor. Y sea del origen que sea, es sincero, ante todo y sobre todo, y no juega a petimetre sin sentido —se deslizó ya en el lecho con su mujer—. Nosotros a callar, María. Si aleo hay que decir, ellos lo dirán. Verás que acierto y más incluso que Marcela, y que el mismo Lucas Alguien anda por ahí haciendo daño por envidia, por frustración por dañar a los demás Pues tendrá que aguantarse porque yo no pienso abrir los labios. Y cuando Lucas me hable, que lo hará estoy seguro de ello ya sabré qué decirle —ya se hallaba acostado junto a su esposa y había apagado la pipa— La vida es corta María por larga que parezca y los de uno han de seguir siendo de uno Con defectos y virtudes, con delitos y diafanidades No pienso perder a mi hija ni a Lucas que si pierdo a uno también pierdo al otro. Ni estoy dispuesto a ser comodín de la maledicencia ajena. Ahora duerme, que mañana será otro día y puede traer cosas nuevas y positivas Si al contrario de lo que pienso son negativas tendremos que aceptarlas, porque son muy nuestras.

* * *

—No has ido a la casita del pajar —le reprochó Lucas saliendo del baño aún mojado y frotándose con una enorme toalla—. Me desvié de la ruta de tu padre y me fui allí, y esperé, pero tú no acudiste —allí mismo se despojó de la toalla y la llevó al baño, regresando enfundado en un pijama azul de popelín— Marcela, de unas semanas a esta parte estás muy diferente Me pregunto si en algún momento de tu vida, en estos últimos tiempos, te ha pesado haberte casado conmigo.

Se deslizó a su lado. Marcela se acodó para mirarlo.

—Nunca, Lucas.

—Pues no lo entiendo.

—Me gustaría hablar de algo muy íntimo, Lucas. Algo que llevo pensando —mentí— días y días.

—¿Como qué?

—Pues verás... Esa esterilidad de la cual hablas siempre. ¿Quién te hizo la exploración?

—¿Qué dices?

—Yo no digo, Lucas, te pregunto. Llevamos casados algunos años, no muchos, pero sí los suficientes, y nunca hemos tocado ese punto tan esencial.

Lucas se sentó en el ancho lecho y miró a su mujer con expresión cansada.

—Es algo tan viejo ya. Pienso que estudiaba tercero de carrera. Nos gustaba a los compañeros de piso hacernos exámenes mutuamente —y de súbito, alarmado—. ¿Por qué sacas a colación algo tan sabido y tan viejo, Marcela?

—Te pregunto. ¿No puedo? Porque si fue un examen rutinario, pudo resultar falso, carente de solidez.

—Jamás me hubiera casado con una mujer como tú si no hubiese tenido la seguridad.

—Sí, sí, estoy de acuerdo. Pero si el examen a que fuiste sometido no fue exhaustivo, sino rutinario entre estudiantes de medicina, no me merece credibilidad.

—¿Y por qué, a estas alturas, dices eso? Ya tenemos dos hijos, tus padres los adoran y yo los considero como si tú los hubieses parido. Además —añadió roncamente, tirándose hacia atrás y quedando casi pegado a su mujer—, mejor es así. Así, porque, de ser diferente, jamás me habría casado con una mujer como tú; eso ya lo sabes. ¿A qué fin, ese tipo de preguntas a tales alturas?

—Si yo te pidiera algo, ¿lo harías, Lucas?

—¿Como qué?

—Hazte un reconocimiento a fondo con tus compañeros.

—Pero...

—Te lo pido, Lucas.

—Marcela, no me asustes. ¿Qué cosa está pasando que yo ignoro? Porque, mira —y se pasó los dedos por el pelo, aún húmedo, separando unos cabellos de otros al introducir desesperadamente los dedos en él—, si me dicen que no soy estéril, me muero de pena.

—No puedes renunciar jamás a tus orígenes, Lucas.

—¿Qué dices? —y parecía desesperado—. Oye, que tus padres a mí me merecen el máximo respeto, y hubo algo que les hemos ocultado.

—Lo sé, Lucas, lo sé.

—¿Otra vez llorando, Marcela?

No lo podía remediar. Y no por ella; por él. Por todo lo que Lucas podía sufrir y sin duda ya empezaba a hacerlo.

—Sé sincera conmigo, Marcela —pidió roncamente, ahogándose por la impotencia—. Sé sincera. Lo más bonito en nuestra relación fue siempre la sinceridad, de modo que si sabes algo no me lo ocultes.

—Es que estoy embarazada, Lucas.

Así de sopetón. Además, sabía ya que Lucas no iba a dudar de ella y de las relaciones extramatrimoniales que pudiera haber tenido. Ni pensarlo siquiera.

Lucas quedó tenso. Se sentó de nuevo en el lecho.

—¡Embarazada!

—Sí. Y con un embarazo muy firme, muy sólido, muy lógico, a mi edad. Y no me digas si hice el amor con otro hombre, porque me ofenderías tanto que no sabría perdonártelo.

Lucas sudaba. El pelo, que había estado húmedo al principio, ya se hallaba seco, pero en la raíz del cabello aparecían gotas de frío sudor.

—Marcela, nunca dudaría de ti —y la abrazó desesperado—, pero lo que dices... rompería la armonía, me menguaría, me dejaría convertido en nada.

—Eso sería para los demás —siseó Marcela, alisando el alborotado cabello de su marido—, para mí, ¡jamás! Y no siendo para mí, si tuviéramos que dejar este paraíso, lo dejaríamos. Todo depende de mis padres.

—Pero es que yo no puedo engañarlos.

—Pues di la verdad. Puedes ir a ver a Jaime Roca. Él me dio la noticia. Además, yo ya lo sabía. Ése fue el motivo de retraerme. Tenía miedo. Digamos que lo tuve, pero ya no lo tengo. A fin de cuentas, si todo se pone feo y tengo un hijo de color, tomaría de la mano a los dos adoptivos, nos iríamos y trabajaríamos los dos para mantenerlos.

—Marcela, Marcela, —y la besaba, perdiendo un poco su ecuánime modo de ser—. Marcela, ¿es posible?

—No te engañé jamás, Lucas. ¡Eso, creo que tú lo sabes!

La besó reverencioso.

—Marcela, amor mío, cariño. ¿Cómo puedes ni imaginar que yo piense...? ¿Estás loca? Mañana mismo me haré un reconocimiento; verás que no soy estéril. Pero también te digo que, de saber eso, jamás me hubiera casado Pero por tus padres. Que por ti no me preocupé nunca porque siempre supe que el amor, la ternura, la sensibilidad, superaba con creces todos los traumas que pudieran arrastrar los hijos que tuviéramos Pero ahora... Es sorpresivo, Marcela, y no quiero que vivas inquieta ni que digas nada a nadie que si algo hay que decir, lo diré yo.