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E1 padre, de un salto, la retuvo asiéndola por un brazo.

—No te irás. Hemos de continuar hablando.

Marcela sólo volvió el rostro. Lo tenía rígido. María y Gerardo la conocían lo suficiente como para darse cuenta de que por las malas no llegarían a parte alguna.

Era fácil, para ellos, recordar cuando decidió ser enfermera. Cedió en lo de médico, pero nunca en lo de enfermera, por más razonamientos que esgrimieron.

El padre tenía cuarenta y cinco años escasos. María no llegaba a los cuarenta y uno, por tanto sabían cómo funcionaba la juventud, cómo se desprendía del amor fraterno contra viento y marea, cómo perdían la unidad familiar si se les imponían criterios ajenos.

Soltó el brazo que sujetaba.

—Entra de nuevo, Marcela —dijo, dolido y sin gritar—. De nada sirve tomar la cosa a la tremenda.

Marcela entró y se fue a sentar silenciosamente en el sofá que había dejado momentos antes.

—Somos jóvenes aún —dijo Gerardo, más calmado, de pie, junto al sillón que ocupaba su mujer, aún rígida y al parecer sin entender—. Evidentemente sabemos cómo funciona la juventud, cómo desprecia tantas cosas que toda la vida han sido bellas y dignas de ser respetadas. Es posible que tú digas, como dices del dinero y del poder, que no sirven de nada, pero sin ellos maldito si se consigue gran cosa. Quizá cuando quieras darte cuenta de eso, sea ya demasiado tarde.

—Marcela —insistió la madre ante el silencio ya atosigado de su marido—, quizá no te entendimos bien. Dices...

—Que quiero vivir sola. Que no estoy segura de amar a David para pasarme a su lado el resto de su vida. Y digo, además, que, en efecto, sin dinero nada se hace, pero no es preciso tener tanto, ni buscar más. Todo se queda aquí. La vida es lo único positivo que tenemos y lo único que nos personifica y nos complace, porque ella es absolutamente nuestra —se señaló a sí misma—. Puedo poseer un montón de cosas de los demás, de lo que me dais, y gustarme recibirlas. Pero la única que realmente me pertenece es mi propia vida.

—Marcela, nunca has pensado así.

—No, papá. Pero es que hasta ahora no he sido madura. Desde que hace un año empecé a trabajar en el hospital veo muchísimas cosas, demasiadas miserias humanas, demasiado dolor... Hay que ir por el hospital de vez en cuando: uno se hace más humano, más comprensivo.

—Nunca debimos dejarte trabajar en eso, Marcela.

—No, mamá. Me faltaría algo. Quizá me hubiese convertido en una muñeca frívola, en una damita mundana, en una mujer superficial —hablaba quedamente, como si reflexionara en voz alta pero para sí—. Allí he madurado, he comprendido, me he dado cuenta de que la vida no es tan bella ni tan fácil. De todos modos, prefiero ser así que ser la chica de antes que se iba con sus amigos o su novio y se olvidaba de todo para divertirse. No sé, no sé qué me pasa —se alisó el rubio cabello como con desesperación—. El sentido común, la miseria de los demás. La muerte asomando su cara. Yo qué sé. De todos modos, si me amáis, si de verdad os intereso, dadme una tregua.

—¿Una tregua?

—Sí, papá. De un año. Quizá antes aparezca por casa y os diga que no puedo más, que la soledad y la meditación no me van y que prefiero volver a mis hábitos de antes. En un año decidiré mi vida, papá. Te doy mi palabra. Y en cuanto a que viva sola en un apartamento, no te preocupes. Espantará a tus amigos, los que tienen tu edad o mayores, porque a ninguna persona joven, que tenga la cabeza en su sitio, le asombrará en absoluto mi decisión.

Se levantó.

Llegaba la hora de irse.

Remi andaba por la casa encendiendo luces.

—Reflexionad los dos sobre ello. A solas, si queréis. Y si os parece, llamáis a Gonzalo Juncale, el padre de David, y lo comentáis con él. Yo seguiré pensando igual y decidiré mi vida sobre esa base en menos de dos semanas.

—Marcela, ¿no podemos seguir hablando?

—En todo caso, mañana, papá. Ahora debo irme al hospital.

Pese a todo les envió un beso con los dedos y se alejó. Al rato oyeron el ronco motor del auto arrancar. Remi apareció en el umbral preguntando si comían en casa.

—Sí, Remi —dijo María de la Torre mirando vagamente al ama de llaves—. Pon dos cubiertos.

Cuando la puerta se cerró tras Remi, Gerardo Igualada de la Laguna preguntó:

—¿He oído bien, María?

—Has oído bien, Gerardo.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Dale la tregua de un año.

—¿Un año? ¿Lo entenderán Gonzalo y su hijo?

—El caso es que lo entendamos nosotros, Gerardo.

El ganadero se pasó los dedos por el pelo una y otra vez.

—Por más que hago, no lo entiendo, María. No lo entiendo. ¿Y si nos negamos?

—La perderás. La conocemos bien, Gerardo. La conocemos los dos perfectamente.

* * *

—No es posible.

—Lo es.

—¿Y David? ¿Y el matrimonio que esperábamos todos?

—Tendrá que esperar, como esperamos nosotros —dijo Gerardo Igualada con íntima desesperación—. De nada sirve rasgarse las vestiduras. Era fácil manipular a una joven de diecisiete, dieciocho e incluso diecinueve años. Pero, a una mujer de veintiuno, que, además, es nuestra hija y que no queremos perder, no es nada fácil.

—Pero es absurdo lo que pretende vuestra hija, ¿no es cierto, David? —el hijo dio unas cabezaditas afirmando—. Irse de casa, viviendo en la misma ciudad. Vivir sola, teniendo los padres aquí. Un novio ahí...

—No se puede tomar todo a la tremenda —dijo David, pausado y calmoso—. Yo le hablaré. Esta noche tengo una cita con ella. Debisteis hablarnos antes.

—Hace una semana que estamos peleando con Marcela, pero ella ya tomó el apartamento alquilado y lo está preparando para mudarse. Lo hará mañana.

Gonzalo Juncale se volvió hacia su hijo.

—¿Lo sabías tú?

—No.

—¿No te lo ha dicho?

—No la he visto desde hace dos semanas. Que si las guardias, que si esto y que si aquello. En realidad hace tiempo que las cosas entre los dos no funcionan bien, pero —aseveró, viendo la cara de los tres, alarmada— no es cosa mía. Es de Marcela. Desde que empezó a trabajar, todo son excusas. Los mismos amigos de siempre están desconcertados. Marcela antes se divertía mucho; ahora parece siempre atontada.

—De todos modos —gritó Gonzalo, algo despavorido—, eso de vivir sola es una atrocidad. Y yo no estoy de acuerdo.

—Ni yo —dijo David—. Tenemos un compromiso concertado. Unas relaciones de cuatro años. No creo que me deje en muy buen lugar lo que está haciendo. Se lleva mucho eso de vivir solas las chicas, pero no en mi ambiente. Es en otros distintos.

—Pues arréglate con ella, David —dijo María, cansada—. Nosotros ya lo hemos intentado todo, y como no deseamos perderla, hemos de darle la tregua de un año, que fue lo que nos pidió.

—Mira, María, a mí eso no me gusta absolutamente nada. Repito que nos deja a todos en muy mal lugar, el peor a David.

David hizo un gesto de cansancio.

—Esta noche hablaré con ella. Tiene la guardia por la mañana. Nos veremos a la noche, en la ciudad. Quedamos en reunimos a las siete —hizo un gesto vago—. Seguro que cuando le hable se le pasa esa manía.

—Dios te oiga, David.

—No en vano llevamos de novios cuatro años —añadió David con acento enfático—. La convenceré.

Pero María y su marido lo dudaban.

No obstante, aún les cabía una esperanza. Que se frustró pronto.

Esa misma noche, Marcela llegó a casa a las diez, pero cuando le preguntaron qué habían hablado ella y David, la joven se llevó las manos a la cabeza.

—¡Cielos! —exclamó—, me olvidé de él.

—¿Que te olvidaste?

—Pues sí. Estuve con un amigo dando los últimos toques al apartamento. Es un chico estupendo, médico y compañero, que se llama Lucas; es brasileño. Hablamos mucho. Un día os lo traeré para que le conozcáis.

—¿Y David, qué?

—¿Cómo que... qué?

—Si estabas citada con él... y dices que no has acudido a la cita.

—Vendrá él por aquí —dijo, indiferente—. Al ver que no acudo pensará que se me ha olvidado, que es lo que realmente ocurrió —y sin transición—. ¿Ya saben lo de mi traslado? Les habrá sentado como un tiro. Porque tú, papá, y tú, mamá, sois aún jóvenes, pero el carcamal de Gonzalo... no podrá comprender jamás cómo funciona hoy la juventud.

—Tampoco nosotros lo entendemos, aunque cedamos, Marcela.

—Gracias, papá.

Y con las mismas, se fue a su alcoba.

Casi en seguida llegó David, sofocado.

—Marcela no acudió a la cita —dijo, enfadadísimo.

—Se olvidó —replicó la madre, desolada—. Está en casa. La mandaré llamar.