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¿No decías que venía contigo ese médico amigo?

Mientras besaba a sus padres, que la esperaban en la terraza, pensaba en cuando aquella misma mañana subió a casa de Lucas para recordarle la invitación.

—No ha podido venir —mintió—. Otro día será.

¿Por qué Lucas, en su día libre, había salido de casa tan temprano? ¿Acaso por huir de aquella invitación?

—Has adelgazado, Marcela —dijo la madre, ajena a los pensamientos de su hija—. Sin duda comes mal. ¿Has recibido lo que te enviamos por Jeremías?

—Sí, sí, mamá. Pero no te molestes tanto. No merece la pena. Hago pocas comidas en casa. Cuando tengo guardia por la noche, como en el hospital; cuando no, lo hago en una cafetería, y cuando me apetece quedarme sola, me frío dos huevos. Ya sabes lo mucho que me gustan.

Entraban todos en el salón.

Se les notaba contentos de verla, pero sumamente inquietos. Marcela sabía que aceptaban la situación porque no tenían más remedio; que entre perderla para siempre y esperar, les resultaba mejor lo último porque, al fin y al cabo Marcela tenía un deber que cumplir por su casta, su nombre, su rango.

—Remi está disponiendo las cosas para que nos sirvan el almuerzo —dijo la madre—. Entretanto, siéntate y cuéntame cómo es tu vida en solitario. Llevas seis meses así, Marcela. ¿No sientes ninguna nostalgia? Un deseo natural de tener cerca calor familiar.

—Aveces, mamá, pero también las necesidades son buenas. Te enriquecen, te ayudan a personificarte. Te hacen más persona.

El padre meneaba el vaso de Martini mientras la miraba escrutador.

—Estás ojerosa. ¿Es que no has dormido?

Nada.

Se había pasado la noche en vela pensando en Lucas, en todo cuanto habían hablado, que, a fin de cuentas, nada aclaraba o, en cambio, hacía más confusa la situación de ambos.

—He dormido —mintió—. Lo que sucede es que he pasado una semana trabajando sin descanso.

Gerardo Igualada dejó el vaso a medio vaciar sobre una consola y fue a sentarse enfrente de ambas.

—Marcela, yo ya sé —dijo quedamente— que debo esperar seis meses más para que los dos nos sentemos a hablar de nuevo. Para nosotros, estos seis meses transcurridos no han sido nada tranquilizadores. Hubo sus más y sus menos en cuanto a los comentarios. David viene a vernos con frecuencia. Él es quien trae las novedades, y como tu madre y yo salimos poco, salvo que nos lo cuenten David o su padre, no sabemos nada.

—Muchas chicas —le cortó Marcela con suavidad— toma la determinación de vivir solas. Y nadie se rasga las vestiduras. Me temo que haya sido el propio David quien despertara la curiosidad. Al fin y al cabo, es hombre, y vanidoso, y su novia le ha dejado por un deseo de encontrarse a sí misma. Pero David no dirá esto último, sino que me ha entrado la chaladura de niña caprichosa.

—David sigue esperando que recapacites, Marcela.

—Mira, mamá. Y tú, papá, oídme bien. Pase lo que pase, no volveré con David. Eso es algo que tengo muy claro. No es que yo le ponga peros a David. Pero sí me los pongo a mí misma en cuanto a él. No le amo. Y cuando se ama a una persona y se le deja de amar, nunca se le vuelve a querer de la misma forma.

—Pero tú —dijo el padre, algo alterado— estás obligada a casarte, a tener hijos. A dar tu nombre a esta casa. No tenemos más hijos que tú, Marcela. ¿Puede uno escaparse de esa tan grande responsabilidad?

—Tengo tiempo de pensar en eso —se evadió—. Mucho tiempo. Habrá otro hombre, papá. Soy sentimental, soñadora. Me enamoraré de nuevo y de verdad. Ya verás cómo tendrás un sinfín de nietos que hereden tus posesiones.

Remi les anunció que la comida estaba servida y pasaron al comedor. La conversación versó sobre lo mismo. Ella se evadió como pudo.

Al regreso, ya anochecido, pensaba que había pasado un día entretenido, pese a todo el fardo de inquietudes e interrogantes que llevaba en su cerebro. Había montado a caballo, había recorrido la campiña en solitario, había ido hasta la cerca donde se perdían las reses bravas y se había bañado en la clara piscina de agua casi caliente por el tremendo sol que pegaba en ella todo el día, desde que salía hasta que se ponía.

Entraba de guardia a las diez, de modo que tenía el tiempo justo de ir a casa, cambiarse de ropa, subir a saber si estaba Lucas y comer algo en la cafetería antes de subir al hospital.

Pero nada se desarrolló como esperaba.

Se cambió de ropa. Se puso cómoda, unos pantalones blancos, blusa negra y un suéter del mismo tono de fina lana, atado al cuello, se calzó mocasines y así salió de su apartamento. No esperó el ascensor y en unos saltos estuvo ante la puerta del apartamento de Lucas.

¡Lucas!

¡Qué enigma era aquel hombre! De un gran amigo, se había convertido para ella en algo muy enervante. Pulsó el timbre varias veces y giró sobre sí, tomando el ascensor allí mismo, hacia el portal.

Cuando lo atravesaba vio que Lucas frenaba su auto.

* * *

En unos cuantos pasos apresurados estuvo a su lado.

—¿Escapas? —le preguntó.

Él sonrió tibiamente.

—Venía a comer algo antes de ir al hospital. Tenemos la guardia juntos.

—Lo cual no te agrada demasiado.

—Marcela, ¿tenemos la fiesta en paz?

—Fui a buscarte esta mañana, pero ya no estabas. Ahora vengo a llamar a tu puerta. El auto lo dejé en el garaje, de modo que tendré que subir contigo.

—Voy a comer algo.

—¿Y por qué no comemos algo por ahí?

—Tampoco es mala idea —descendió del automóvil—. Lo dejo aquí, y luego venimos a por él. Oye —la asió del brazo—, pero sin reticencias, sin ironías. Sin recordar para nada la divagante conversación de anoche.

—¿Crees que fue divagante, Lucas?

—Mucho. Saltamos de unas cosas a otras sin ningún sentido de la responsabilidad y la firmeza. Somos algo tontos los dos, Marcela. Algo impresionables. ¿Y sabes? Me hace gracia, porque entre el personal del hospital tienes fama de orgullosa, fría y distante. No te conocen.

Caminaban juntos.

Él vestía unos simples vaqueros, una camisa blanca de manga corta y llevaba un suéter azul colgado del cuello. Parecía un adolescente, salvo en sus ojos negros, en los que imperaba aquella melancolía; en sus facciones se apreciaba una tremenda madurez.

Era muy atractivo, delgado y ancho de hombros. Un tipo que, como solían decir las enfermeras y los médicos jóvenes, «está como un pan». Pero ella siempre le había visto con otros ojos, y era ahora cuando empezaba a verle de modo muy diferente.

—Eres de una sencillez aplastante—siguió diciendo Lucas—, y ya ves lo que opinan de ti. Quizá se deba a que saben que procedes de distinguida cuna.

Ella alzó la cara.

—¿Lo dices con ironía, Lucas?

—Claro que no. Es así, ¿no? —entraron los dos en la cafetería.

Lucas notó que Marcela se envaraba, y como aún tenía entre sus dedos el brazo femenino, la miró.

—¿Qué te ocurre?

—David... Es ése que se ríe en medio del grupo que está a la izquierda.

David ya la había divisado y avanzaba resueltamente hacia ella.

—Hola, Marcela. Tanto tiempo sin verte.

—Hola, David. Te presento a Lucas Heredia —y mirando a Lucas—. David Juncale.

—Mucho gusto —dijo Lucas.

—Encantado —dijo David.

Y dejó de prestarle atención para mirar de nuevo a Marcela.

—Oye, ¿cuándo nos vemos? Vas poco por el cortijo. Por lo visto no frecuentas los círculos sociales. ¿Cuándo se acaba el plazo, Marcela?

—Nos veremos un día cualquiera y hablaremos de eso, David.

—¿Mañana?

—Estoy de guardia.

—¿El domingo que viene, en tu casa?

—Puede que vaya.

—Te veré allí.

Sonrió, miró a Lucas de refilón y se dirigió al grupo de amigos que le esperaban.

Todos saludaron a Marcela de lejos.

—El que la acompaña es médico —dijo una de las chicas que se perdían en el grupo al cual se integraba David—. Es brasileño.

—¿Por qué lo sabes?

—Casualidades. Mi hermano estudiaba en Madrid, y en dos ocasiones en que fui a verle, me topé en su grupo a Lucas Heredia. ¿A que se llama así?

Miró a David.

—Sí, sí; se llama así.

—Mi hermano me contó algo particular referente a él, pero ahora no lo recuerdo. Sé que me asombró y me desconcertó —parecía hacer memoria—. Ya se lo preguntaré a Miguel cuando le vea. Precisamente está al venir para presentarles la novia a mis padres. Cuando sepa que Lucas está aquí...

—¿Eran muy amigos?

—Vivían en el mismo piso. Oye —con curiosidad—, ¿es el nuevo pretendiente de tu ex novia?

David se mordió los labios.

Pensaba que Miguel también era amigo suyo. Tan pronto le viera le preguntaría qué cosa peculiar le ocurría a aquel médico que, por lo visto, era muy amigo de Marcela.

¿Lo había dejado Marcela por él?

Sintió dentro de sí un odio mortal; en cambio, su sonrisa seguía siendo la plácida y amable sonrisa del David de siempre.

—Serán compañeros —dijo—. Me lo acaba de presentar.

—Es muy atractivo —dijo otra de las chicas—. Muy sexy.

David ya no miraba. Prefería estar de espaldas.

Él no había dicho a sus amigos que Marcela ya no le amaba o que dudaba de la firmeza de su amor hacia él. Había dejado correr la voz, en cambio, de que por cansancio y mutuo acuerdo, quedando amigos, habían decidido los dos dejarlo.

Nadie lo dudó. ¿A qué fin? David era muy atractivo, rico y de excelente familia.

Entretanto, en el grupo de David se hablaba de otra cosa. Lucas y Marcela se sentaron en un rincón, ante una mesa, sobre la cual pendía un farol de luz rojiza.

—Son las nueve —dijo Lucas—. Tenemos tiempo de tomar algo tranquilamente. Ojalá no tengamos mucho jaleo esta noche. ¿Sabes que dentro de unos meses no tendré guardia por las noches?

—Me lo imaginaba, dada tu categoría de jefe de grupo.

Él, en vez de hacer comentarios sobre el particular, murmuró:

—No entiendo cómo te has cansado de tu novio. Es muy atractivo. Entiendo poco de hombres, pero algo sí, no soy ciego.

—Si se amara a los hombres sólo por atractivos, tú estarías con mujeres al cuello todos los días.

—Gracias.

—Sin bromas. No se ama a un hombre sólo por su atractivo físico. A mí no me ocurre, al menos.